Chanel nº 5

No soy yo muy aficionada a echarme perfume, todo lo contrario que algunas personas a las que se les ha ido la mano con el bote o el flis-flis, que llegan a dejar un rastro tan intenso que confieso que a veces me ha dado hasta la tos. Sin embargo, sí me declaro fan absoluta de ciertos olores que en ocasiones nos rodean. Algunos son caros de oler (por infrecuentes), como por ejemplo el olor a mar para los que no vivimos cerca de él. Por eso mismo, cuando visitamos un lugar con costa, los que somos de interior percibimos rápidamente cómo huele el aire a sal y a mar aun cuando no hemos llegado siquiera a pisar la arena de la playa.

Otros olores nos quedan muy atrás porque ya hace tiempo que dejamos la niñez, pero si alguna vez los volvemos a percibir regresamos al instante a esos momentos: el forro para proteger los libros tiene un olor muy particular, que a mí me recuerda al comienzo del curso; igual de particular es el olor que tienen las aulas en los colegios. Cuando ahora tengo que ir a alguna reunión con la tutora de mi hijo, visitar el aula es como un regreso al pasado, huele exactamente igual que olía mi clase en el cole.

El papel y los libros también provocan un olor reconocible. Es entrar en una librería o en una biblioteca y sentir de inmediato ganas de leer. Y qué sensación única la de abrir un libro, pasar sus páginas aceleradamente con el pulgar de modo que estas te abanican, y de pronto percibir su olor, el papel, la tinta.

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Para mañana, mates

Herrikoa, la Federación de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado de Navarra, ha hecho un llamamiento a los padres de los colegios públicos de Navarra para que secunden la campaña Stop Deberes en defensa de unas vacaciones de Semana Santa sin tareas escolares. Pide que esta campaña se difunda por Twitter con la etiqueta #StopDeberes, y persigue los siguientes objetivos: sensibilizar, alertar y movilizar.

No es la primera vez que los deberes escolares son el foco del debate educacional; incluso se llevó al Congreso a comienzos del curso 2016-2017. Los contrarios a la existencia de los deberes argumentan que estos forman parte del pasado, que demuestran la ineficacia del sistema educativo porque el hecho de que se pongan deberes es señal de que no se realiza un trabajo eficaz en las aulas; que merman la calidad de vida del alumnado, influyen negativamente en su salud y no sé que otras más consecuencias nefastas.

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Catálogo de placeres inefables

Comer la última croqueta del plato, la que nadie se atreve a coger, esa: para mí, ¡ñam!

Estar en la cola del supermercado, ver que en la otra caja se avanza más rápido. Ser fuerte para no cambiar de caja, y descubrir finalmente que sí, que la que tú elegiste ha sido en verdad la más rápida.

Que alguien te deje pasar antes en la cola del supermercado porque ha visto que solo llevas dos cositas.

Encontrar aparcamiento a la primera. Llegar y ya.

Aparcar en dos maniobras de nada cuando te está mirando una cuadrilla de expectantes señores que piensan a ver si la cagas porque eres mujer.

Dejar fundir en la boca una pastilla de chocolate del bueno.

Devorar un huevo frito con la única ayuda de un buen trozo de pan y los dedos.

Encontrar dinero en un bolsillo de un pantalón que no te ponías desde hace tiempo.

Cantar un temazo a grito pelao y bailar como una posesa en compañía de tus amigas en un bar abarrotado con la música atronando, porque te da igual, nadie te oye desafinar, y es como si estuvierais solas en ese bar.

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

Quemar para leer, así es esta edición…

No acostumbro a leer narrativa de ciencia ficción, pero quería probar con esta famosa novela distópica que no me ha dejado en absoluto indiferente. Empezaré por dejar este apunte: en unos planes de estudios de bachillerato donde se repiten hasta la saciedad Lorca, Unamuno, Valle-Inclán o García Márquez como lecturas obligatorias materia de examen preuniversitario, estaría bien dar una oportunidad a otro tipo de literatura que case más con los gustos de los estudiantes. Si estos acuden en masa al cine a ver Juegos del Hambre o la saga Divergente (ambas basadas en novelas distópicas), no veo por qué no puede entusiasmarles la historia que aquí se nos presenta, escrita (parece mentira) en 1953. O si no encaja como lectura obligatoria, sí al menos como lectura recomendada para trabajar en clase de Filosofía o de Ética.

Bradbury inventa una sociedad alienada y tecnócrata en la que nadie -casi nadie-  piensa ni lee porque hace tiempo que los libros son objetivo de un cuerpo de bomberos que no apaga incendios sino que los provoca. Aquel que guarda libros en su casa puede ser descubierto o denunciado, y los bomberos se ponen en marcha lanzallamas y manguera de petróleo en ristre hasta que no dejan ni una página «viva». No les importa incluso quemar a los dueños de los libros con ellos, hecho que conmoverá al protagonista del libro, Guy Montag, bombero de profesión, cuando se vea obligado a prender fuego a la casa de una mujer con ella dentro porque se niega a abandonar sus libros. Montag está casado con una completa desconocida cuya única motivación es ver una televisión multipantalla que le habla directamente (es un futuro imaginado, recordemos) y de la que ya ni recuerda cómo se enamoró. Sigue leyendo

Lazos negros en el alma

Por nada del mundo hubiese querido escribir sobre el fatal desenlace. El pequeño Gabriel Cruz, al que llevaban buscando desde el 27 de febrero, ha aparecido muerto en el maletero del coche que conducía la pareja de su padre. Todavía se desconocen las circunstancias de su muerte. Solo deseo que quien/quienes sean culpables de tamaña atrocidad lo paguen con creces. No puedo imaginar el dolor que estará sintiendo su familia en estos momentos.  A mí, que no tengo nada que ver con él, se me ha puesto una pelota en el estómago desde que conozco la noticia. Detenida la pareja del padre…

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Las noticias. Constantemente oímos, leemos, nos enteramos de noticias funestas, horribles, que superan la ficción y las mentes más retorcidas. La muerte revolotea alrededor de casi todas ellas. Para siempre van a quedar en nuestras mentes nombres propios que también permanecerán en la historia negra de un país, el nuestro. No me voy a referir hoy a las casi novecientas muertes perpetradas por el terrorismo etarra. Voy a recordar a otros inocentes, todos menores, que también en su día fueron noticia y aún lo siguen siendo. Sigue leyendo

Salud, femenino singular

Salud, dinero y amor. Los Rodríguez

Los Rodríguez cantaban «brindo por las mujeres que derrochan simpatía». Salud, contesto; y añado:

Por las que quieren llegar a todo y, aunque saben que igual no llegan, finalmente llegan.

Por las que lo dejan todo y se van de cooperantes a la otra punta del planeta.

Por las que se desviven cuidando del otro, del dependiente, sorteando dificultades con ayudas estatales irrisorias.

Por quienes emigran portando un expediente impecable y brillante, buscando a ver si en otro lugar son valoradas como corresponde.

Por aquellas a las que el cáncer les arrebató una parte (una, no más) de su feminidad y miran la vida con valentía.

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Por las que no tienen otra opción que comerciar con su cuerpo para poder salir adelante de mala manera. Sigue leyendo

De la maternidad y otros demonios

Me contaba una amiga que pronto será madre lo distorsionado que está el concepto de maternidad. Hemos llegado a un punto en que solo parecen existir los extremos, en este tema y en otros muchos, pero nadie parece querer hablar desde un término medio. Leyendo algunas cosas, fundamentalmente en redes sociales y blogs variopintos, cualquiera se asustaría ante lo que se le puede venir encima si decide tener descendencia. Ejemplo de maternidad terrorífica

El otro extremo estaría en aquellas madres ideales e idealizadas, bellísimas siempre, que parece que no han engordado doce kilos en nueve meses ni han pasado por un paritorio, y cuyos bebés son más parecidos a un reborn (por lo tranquilos y quietecitos) que a la máquina de lloros, cacas y gritos que casi todas hemos padecido. Ejemplo de maternidad idealizada

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Seamos claros: ni ser madre es la gran hecatombe ni tampoco es un reportaje del Hola donde los bebés son perfectos en habitaciones perfectas y ordenadas y con madres perfectas en todo su esplendor. Otra cosa es ver el asunto con humor, y por eso recomiendo el Club de las Malasmadres, una comunidad muy grande de madres que se ríen de sí mismas y desmitifican la maternidad además de luchar por la conciliación con su lema «Yo no renuncio» capitaneadas por Laura Baena, Malamadre jefa. Club de Malasmadres

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Comunicando

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Hojeando el periódico de hoy me he topado con el anuncio de la fotografía. He tachado el apellido para preservar su identidad, pero no he podido evitar publicarlo aquí y utilizarlo de excusa para darle a la tecla.

La pobre Itziar debe de sentirse muy desubicada sin su móvil. No la culpo, todos estamos más o menos encadenados a ese pequeño artefacto de obsolescencia cada vez más temprana, con cada vez más aplicaciones, que gasta más batería cada vez y nos aplatana y esclaviza como nos descuidemos un poco. Centrémonos en la petición de Itziar: «llamadme, amigos, para recuperar el contacto». Me estoy imaginando la agenda de contactos del itziarphone: con más nombres que la chorboagenda de Will, el Príncipe de Bel Air, con más números de teléfono que las Páginas Amarillas de Tokio. ¿Cómo no va a estar agobiada nuestra amiga? (Un briconsejo: conviene tener una agenda de papel, de las de toda la vida, de las que llevan las abuelas en el bolso, donde apuntemos los contactos que almacenamos en el móvil, para que no nos pasen estas cosas).

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Mira lo que has hecho, Berto

En dos ratitos de nada nos hemos visto en casa la nueva serie de Movistar +, creada por Berto Romero y dirigida por Carlos Therón. Consta de seis capítulos de veinticinco minutos, y eso, de entrada, es de agradecer. Breve y buena, en dos palabras. Mira lo que has hecho nos presenta a una pareja formada por Berto (alter ego del mismísimo Berto Romero, que se interpreta a sí mismo) y Sandra (Eva Ugarte). Se quieren y acaban de ser padres de Lucas. Por los capítulos desfilan secundarios maravillosos que interpretan a los padres de Berto, a su hermano, su cuñada, su suegro (quien no lo traga porque no tiene un trabajo «de verdad»), su suegra (alegre separada y con un novio más que conocido), o el pediatra de Lucas, inolvidable personaje.

A pesar de la brevedad de los episodios, la forma de narrar los acontecimientos logra una condensación que sorprende por su elocuencia. En el primer capítulo, recién estrenada su paternidad, Berto y Sandra reciben en su casa las visitas de padres, cuñada y amigos con una fingida amabilidad y a todas luces sobrepasados por la situación. Aunque pueda parecer una serie solo para que la disfruten quienes son padres y han vivido situaciones parecidas, en realidad se retratan otras cuestiones de nuestra sociedad, y siempre con una comicidad inusual. Hacía tiempo que no me divertía tanto con una serie de televisión.

Mira lo que has hecho es ante todo una comedia: urbana, bastante gamberra, cotidiana, a ratos absurda, que trata temas variados como las dudas de los padres primerizos, lo efímero de la fama, la permisividad de algunos padres con sus hijos (fantástico capítulo el del youtuber Polímero), la suficiencia de muchos padres (brutal el episodio del grupo de padres de la guardería, el Guardipapis), la vida en pareja, la pérdida de la pasión cuando nos gana el estrés, los estereotipos… Sin embargo, también tiene momentos emotivos, sobre todo al final, cuando casi todos los personajes comparten escena en el hospital, donde espera el desenlace sublime que nos arrastra desde la lágrima por lo que acaba de vivir Berto a la carcajada irreprimible de la escena del pediatra en cierta situación incómoda. Incómoda para otros, no para él -no quiero desvelarlo, hay que verla.

Otro punto a favor es su universalidad, porque las historias que se cuentan podrían transcurrir en cualquier lugar de nuestra sociedad occidental, con lo cual la serie es fácilmente exportable.

Me alegro muchísimo de que se haya confirmado que habrá continuación, y espero que esta mantenga el nivel, muy alto de por sí.

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Bye, bye, baby boom

Las mujeres vivimos permanentemente cuestionadas. A partir de cierta edad, comienza el tercer grado: ¿No tienes novio? ¿Y cuándo os casáis? ¿Para cuándo el bebé? ¿No vas a hacer abuelos a tus padres? ¿Cuándo le vas a dar un hermanito a X.? ¿Vas a dejar de trabajar? ¿Cuándo vuelves a trabajar? Y así sucesivamente.

En lo que concierne a tener o no descendencia, me gustaría dar voz desde aquí a varias de mis amigas. La decisión de tener hijos compete, en primer lugar, a las mujeres, por el sencillo e incontestable hecho de que es nuestro cuerpo el que va a soportar un tobogán de cambios físicos, hormonales y emocionales y el que va a pasar por el parto y el puerperio, y solo por estos motivos las mujeres somos las primeras en decidir, apoyadas en todo momento por nuestra pareja y nuestra familia.

Si una mujer en edad fértil, con pareja estable y medios económicos responde que no quiere tener hijos ante la insistencia de familiares y conocidos, siempre soportará la incredulidad de sus interlocutores, y quizá la susceptibilidad: en estos casos, se tiende a pensar que ella no puede tener hijos. Ella o su pareja, claro, aunque por alguna razón se suela señalar a la hembra como la que «no puede» tener hijos, sin tener en cuenta que a lo mejor «no quiere» tener hijos, y no deja de ser una mujer completa, realizada, satisfecha con su vida y, por encima de todo, feliz.

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Cabe la otra posibilidad, y entonces no puedo imaginarme lo doloroso que resultará para estas parejas que les pregunten año tras año cuándo se van a animar a ser papás. Una amiga mía y su marido están ahora esperando su primer hijo, concebido por fecundación in vitro tras superar muchos obstáculos y, según me cuenta ella, soportar habladurías y comentarios de mal gusto, como la sugerencia de relajarse para lograr concebir, pues todo se reduce, parece ser, a estar tranquila y no preocuparse tanto, como si para conseguir un embarazo bastase con asistir a clases de yoga. Sigue leyendo