Chanel nº 5

No soy yo muy aficionada a echarme perfume, todo lo contrario que algunas personas a las que se les ha ido la mano con el bote o el flis-flis, que llegan a dejar un rastro tan intenso que confieso que a veces me ha dado hasta la tos. Sin embargo, sí me declaro fan absoluta de ciertos olores que en ocasiones nos rodean. Algunos son caros de oler (por infrecuentes), como por ejemplo el olor a mar para los que no vivimos cerca de él. Por eso mismo, cuando visitamos un lugar con costa, los que somos de interior percibimos rápidamente cómo huele el aire a sal y a mar aun cuando no hemos llegado siquiera a pisar la arena de la playa.

Otros olores nos quedan muy atrás porque ya hace tiempo que dejamos la niñez, pero si alguna vez los volvemos a percibir regresamos al instante a esos momentos: el forro para proteger los libros tiene un olor muy particular, que a mí me recuerda al comienzo del curso; igual de particular es el olor que tienen las aulas en los colegios. Cuando ahora tengo que ir a alguna reunión con la tutora de mi hijo, visitar el aula es como un regreso al pasado, huele exactamente igual que olía mi clase en el cole.

El papel y los libros también provocan un olor reconocible. Es entrar en una librería o en una biblioteca y sentir de inmediato ganas de leer. Y qué sensación única la de abrir un libro, pasar sus páginas aceleradamente con el pulgar de modo que estas te abanican, y de pronto percibir su olor, el papel, la tinta.

Ayer acabaron las Fallas en Valencia. No he tenido aún la suerte de conocer esta tierra, pero seguro que en esas fechas huele estupendamente bien a pólvora y pirotecnia. Este es un olor que siempre me ha gustado; en Pamplona son bien conocidos los fuegos artificiales que se exhiben durante nueve noches de los nueve días que duran las fiestas de San Fermín. Desde pequeñita he vivido intensamente los Sanfermines, y recuerdo con especial cariño las carreras de la mano de mi padre delante del Toro de Fuego que sale todas las noches de las fiestas a perseguir niños por unos minutos. El olor que desprende el animal de cartón escupiendo fuego me retrotrae siempre a esos felices momentos.

Y si hablamos de buenos olores, no podemos olvidarnos de los culinarios. En mi lista de olores que abren el estómago de par en par está, por ejemplo, el del pan recién hecho. En la ciudad no es fácil encontrar obradores tradicionales que hagan el pan como se ha hecho siempre. Sí que huelen bien las panaderías, por supuesto, pero hoy ya casi todas venden masas precocidas que se meten en el horno y están listas para su venta en diez minutos. Por eso, cuando visito en modo turista pueblecitos de estos con encanto, de suelos empedrados, que viven del turismo y del modo de vida artesanal, intento entrar en alguna tiendecita de esas que venden productos típicos como rosquillas, madalenas, bizcochos y mantecadas, porque entrar ahí y abrir la nariz es todo uno (e inmediatamente lleva a la compra compulsiva de todo lo rico y que engorda un montón).

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Otras cosas que engordan mucho y huelen muy bien son los churros. Además de recordarme a los Sanfermines (otra vez) porque en fiestas siempre hay churrerías en distintos puntos de la ciudad (la más emblemática, la de la Mañueta), los churros también me recuerdan a ciertos inviernos de mi ciudad cuando existía un aparcamiento en la explanada que hoy es la zona verde anexa a la estación de autobuses. Allí era habitual que hubiera unas cuantas atracciones de feria, poca cosa: unos cochecitos, unos caballitos, y también una churrería. Mis padres me llevaban los domingos a dar una vuelta en alguna atracción y luego solían comprar una docena de churros para los tres.

Cuando era pequeña, mi abuela solía hacer madalenas en casa. Me dejaba que le ayudase a mezclar los ingredientes, y siempre metía el dedo en la masa de huevos, azúcar y lo demás, y estaba deliciosa. Como delicioso era el aroma que se apoderaba de la cocina y del resto de la casa cuando el horno estaba a pleno rendimiento con las madalenas creciendo y dorándose dentro.

También solían mis abuelos hacer longaniza en casa: compraban la carne y la trituraban con una picadora, luego le añadían ajo, sal y pimentón, y me dejaban meter las manos y darle vueltas a la mezcla. Salía con las manos rojas y un olor intenso a pimentón que aún puedo rememorar si entro en una carnicería donde tengan un buen muestrario de chorizo, longaniza y chistorra.

Más o menos así olía el ultramarinos donde mis abuelos compraban hace un montón de años, porque ya cerró. Lo gestionaban dos hermanos, que a mí ya entonces se me antojaban muy mayores porque tenían los dos el pelo gris y las cejas pobladas. Ese colmado, como se les llama también en algunos lugares a los ultramarinos, vendía de todo: conservas, verdura, pan, embutidos… El mostrador era de madera desgastada, el suelo de terrazo, había un calendario de María Auxiliadora en la pared y lo más particular era el olor del local. No he logrado identificar un olor similar a ese fácilmente; creo que ya no existe, por desgracia.

Termino mi lista particular de olores favoritos con el que desprenden las costillas de cordero puestas al fuego de unos sarmientos. Para quien no lo sepa, los sarmientos son los vástagos o ramas de la cepa de vid, de donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Cuando se podan los sarmientos, estos son ideales para hacer brasa y asar carne. En el pueblo de mi madre aún solemos hacer fuego y asar costillas o chuletas de cordero, sobre todo en verano. Y si el olor es maravilloso, el sabor de la carne es espectacular.

Que vivan los pueblos, las buenas comidas y las buenas costumbres. Porque de todos ellos nacen los mejores olores del universo, y esos no pueden encerrarse en un frasco. Qué pena.

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