Vida electrónica

Mi primer móvil -sin internet ni nada, un zapatófono de Motorola- lo tuve con 20 años. Mi cuenta de Facebook, eso que los muy jóvenes ni utilizan ya porque es «de viejos», la abrí rozando la treintena. Me hice certificado digital en 2019 para realizar un trámite y, en unos pocos años, me ha servido en numerosas ocasiones para evitarme unas cuantas gestiones presenciales. Una de ellas, muy reciente y de actualidad, ha sido poder descargar el certificado o pasaporte covid. No soy nativa digital: basta con saber mi fecha de nacimiento, así que he tenido que aprender sobre la marcha, y casi siempre de forma autodidacta, a desenvolverme con las nuevas tecnologías. Si en muchos momentos ha resultado arduo y desquiciante, no quiero imaginar cómo les resultará a las personas que me pasan diez, veinte o más años. Mis padres, por ejemplo, quienes recurren a mí o a mi hermana cuando el móvil les hace algo raro o quieren comprar entradas por internet para ir al teatro, por ejemplo. Por no hablar de mi abuelo nonagenario, que bastante tiene con saber llamar de un teléfono de esos para abuelitos, con teclas grandes y sin internet.

La tecnología debería servir para facilitarnos las cosas, no para abrir una brecha que habría que salvar invirtiendo tiempo y recursos económicos en formar al ciudadano y en atenderlo con calidez humana y paciencia, mucha paciencia. Ninguna de estas tres cosas parece abundar, en general y salvo excepciones, en nuestra sociedad digitalizada y cada vez más unipersonal. El mencionado pasaporte covid se ha convertido de la noche a la mañana en lo más demandado para acceder a un restaurante, entre otras cosas. Aquí en Navarra lo podían descargar sin problema quienes ya tenían activada su carpeta personal de salud. Yo misma lo obtuve así desde el teléfono, porque tengo activada la carpeta desde hace más de dos años. Pero muchísima gente no la conocía, y comenzó a acudir en masa hace pocas semanas a su centro de salud para solicitarla y poder conseguir así el pasaporte covid. Los centros de salud se colapsaron, los administrativos se quejaron, y el Departamento de Salud habilitó dos puntos en Pamplona en donde pedir su activación mediante usuario y contraseña. Siempre desde internet, uno entra con esas credenciales y puede acceder a la carpeta y a la consiguiente descarga del pasaporte. ¿Cuál ha sido el problema? Que el colapso que podía haber en cinco o diez centros de salud se trasladó de buenas a primeras a la calle Tudela (registro del Servicio Navarro de Salud) y al edificio Conde Oliveto, con colas interminables bajo la lluvia. Sin refuerzo de personal y casi sin ser avisados, los trabajadores de estos lugares no han dado abasto en los cuatro días laborables que llevan atendiendo a estas personas ávidas de obtener su certificado de vacunación. Cuatro días contados, sí, porque se les trasladó esta gestión el 30 de noviembre, en vísperas de todo un puente foral cargado de festivos. Hoy leo en las noticias que Salud va a buscar pronto una manera de descargar el certificado desde internet sin necesidad de ningún otro trámite previo. Mejorará bastante la cosa porque se evitarán esperas y colapsos, pero seguimos con la webdependencia: los abuelos a pedir ayuda a los hijos y a los nietos. Con lo sencillo que sería enviarlo en papel a cada persona vacunada, teniendo como tienen nuestros datos sanitarios y de domicilio.

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Pero la administración electrónica intenta prescindir del papeleo. Y no solo la administración, porque hoy leo que en enero arrancará un proyecto piloto para eliminar de los fármacos el famoso prospecto, ese papelito doblado por el mismísimo Belcebú (nunca consigo volverlo a doblar como estaba), ese papelito con tan característico sonido y que siempre está estorbando cuando abrimos la caja: de diez veces que abramos un medicamento, nueve veces lo abriremos por el lado en donde está el prospecto, parece hecho a mala idea. Bromas aparte, muchos añorarán el prospecto si acaba desapareciendo del todo, porque entonces, si alguien quisiera leer las contraindicaciones, la posología o los efectos adversos, tendrá que… ¡escanear un código QR! Pobres abuelos, enfermos crónicos, pacientes en general: si ya era un rollo desdoblar el papel y dejarse los ojos, ahora habrá que tener móvil con aplicación de escáner para enterarse de qué va el medicamento. Menos mal que los amables farmacéuticos, que ya de por sí ayudan muchísimo a sus clientes/pacientes, sumarán a sus labores la de facilitar en papel el prospecto a quien se lo pida, o la de ayudar a una abuelica a leer el QR con su móvil. https://www.ondacero.es/noticias/sociedad/fin-prospectos-medicamentos-papel-como-podran-leer-primeros-farmacos-afectados_2021120861b18e521034750001b7aa5f.html

Pero lo más terrible de las nuevas tecnologías es la banca electrónica, por el maltrato sistemático a la gente mayor desde su implantación. No entenderé nunca jamás que a una persona mayor se le niegue la atención tradicional en ventanilla para sacar 200 euros. O que hacer una transferencia atendidos por un empleado de la caja de ahorros sea misión imposible: hágalo usted en la app, caballero. Aquí tiene su contraseña. Los pagos en metálico solo de 8 a 10, gracias. Si es usted de otra entidad, le cobraremos tres euros de comisión.

Lo de las páginas web, cuentas y contraseñas da para otra entrada. Entre mi marido y yo tenemos apuntadas más de 80 páginas web con sus 80 contraseñas -algunas se repiten, otras no- de acceso con nombre de usuario. Es una maldita locura. Luego los expertos te recomiendan no usar contraseñas facilonas que un hacker podría averiguar sin mucho esfuerzo. Es imposible: para cualquier cosa hay que registrarse: usuario y contraseña. No podemos poner la misma para todo, pero poner una diferente para cada cosa es impensable a no ser que seas superdotado y recuerdes tus quinientas veinticuatro contraseñas. Solo nos queda encomendarnos a San Weborio de la Red Infinita para que no nos pirateen las cuentas con nuestras contraseñas de mierda. Y los pobres abuelicos rezan también para volver a los tiempos en que cobraban el jornal en un sobre, el del banco los llamaba por su nombre y el único móvil que conocían era el que colgaba de la cuna de sus hijos -y eso si tenían móvil o cuna.

¿Para qué esforzarse?

Hemos llevado el coche al taller para cambiar la batería y al recogerlo nos dicen que le han puesto media batería porque es suficiente. Salimos de la peluquería con el pelo medio mojado y el corte sin terminar. La guarnición del entrecot que nos hemos pedido en el bar de la esquina está a medio cocer. En el examen teórico de conducir nos dan el apto con 16 fallos de un total de 30 preguntas. Nos operan de la vista pero solamente en un ojo, total, ¿qué más da? Y en un examen de oposición con 100 preguntas nos ponen en la lista de aprobados habiendo fallado 25 y habiendo dejado 40 sin responder.


Algunas de estas situaciones nos han podido ocurrir de verdad, como la del entrecot. En tal caso nos habremos quejado al camarero o nos habremos dejado sin tocar la guarnición cruda. Lo de los exámenes entra ya en terreno de lo inimaginable. ¿O no?


https://www.elcorreo.com/sociedad/educacion/limite-suspensos-pasar-20211116132324-ntrc.html Lo primero que pensé al leer la noticia fue que, una vez más y por desgracia para nuestro país, con independencia de quién gobierne, las decisiones importantes en materia de educación se toman sin contar con la opinión de docentes con años de experiencia que tendrían bastante más que decir que lo que se saque de la manga el ministro o ministra de turno o turna. Lo segundo que pensé fue qué pena que se iguale por debajo y no se premie la excelencia: cualquiera va a aprobar la ESO tenga una media de 8, de 6, haya aprobado todas las asignaturas o haya terminado secundaria con cinco cates. En este último caso la decisión la tomarán sus profes, a los que ya veo recibiendo agasajos y detallitos en forma de jamón ibérico si los pudientes progenitores quieren aportar su granito de arena para que el chiquillo obtenga el título de graduado en ESO.


Pensando más fríamente, he de reconocer que una cosa buena tiene poder titular con suspensos, y es la siguiente. En el pasado, pongamos que cuando yo estudiaba bachillerato, un alumno podía tener clarísimo querer estudiar Traducción, o Geografía e Historia, o Filología, o Derecho, o cualquier titulación de letras. En 2º de BUP (lo equivalente al actual 4º de ESO) se le atragantaban matemáticas y física y química, que eran materias obligatorias y comunes para todo el alumnado. En la recuperación de junio este alumno conseguía aprobar física y química y se iba a septiembre con las mates. Sufriendo un verano de clases particulares y codos, conseguía aprobar matemáticas en septiembre y pasaba a 3º de BUP limpio. Esta manera de promocionar de curso es la que contemplaba la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa en su artículo 28.2 (“Los alumnos de dichos centros que no alcanzaren el nivel mínimo exigible en todo o en parte de las materias que integran cada curso podrán someterse a pruebas de suficiencia en las mismas, realizadas en el propio centro, superadas las cuales podrán pasar al curso siguiente”) y en su artículo 28.5 (“Los alumnos que no superen las pruebas de suficiencia quedarán obligados a repetir curso; pero si las deficiencias de aprovechamiento se redujeran a una o dos materias, podrán efectuar una nueva prueba dentro del mismo curso, tras haber seguido las enseñanzas de recuperación en la forma que reglamentariamente se determine”).

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Con el decreto chupiguay del actual gobierno, si el equipo docente sabe que un alumno es brillante en determinadas materias pero suspende matemáticas sin remedio –sin remedio aquí significa “no hay examen de recuperación porque nos lo hemos cargado de un decretazo”-, ese equipo docente bien puede ahora darle el título sin problemas porque no haber aprobado matemáticas no va a suponer un lastre en sus conocimientos ni en su futuro académico y profesional. Dicho de otra manera: yo misma aprobaba matemáticas en bachillerato sufriendo, pero aprobaba en junio sin pasar por recuperaciones. Y nunca en la vida he tenido que usar aquello que me martirizaba de los senos y cosenos, los límites o los números irracionales, porque estudié Filología. Y aunque hubiera estudiado otra cosa, tampoco. Se ve dónde quiero llegar, ¿no?


Así que me encuentro todavía digiriendo la noticia, entre la rabia y la incertidumbre. Como madre solo sé que a mis hijos les pido esfuerzo y mérito, que busquen mejorar siempre, que sean inconformistas. No les va a valer lo ramplón y lo mediocre si yo sé que son capaces de más. Por mucho que pasar de curso vaya a ser desde ahora tan sencillo. Rafa Nadal ha logrado lo que ha logrado tras esfuerzos inimaginables, constancia y afán de superación. Los mejores en su campo (educación, ciencia, medicina, deporte, etc.) lo son porque nadie les ha regalado nada y lo han peleado a pulso. De nosotros, padres, depende que nuestros hijos se conformen con que les pasen de curso haciendo lo mínimo exigible o buscando obtener la mejor nota, ya que fuera de casa está claro que no se lo van a exigir tanto. Están creando un mundo de mediocres y analfabetos funcionales para que parezca que hay menor abandono escolar y mejores resultados.


Termino con esta cita, que viene al pelo: «El mundo recompensa antes las apariencias de mérito que el mérito mismo» (François de la Rochefoucauld, 1613-1680).

Mi pequeño

Hoy es tu cumpleaños, cariño: ¡felicidades!. Cumples diez preciosos años durante los que has aprendido valiosas enseñanzas: pedir las cosas por favor, dar las gracias, no arrojar basura al suelo, tomar tus propias decisiones sin importar qué dirán, no insultar a nadie y respetar a todo el mundo. Cosas que parecen comunes y corrientes pero que no todos ponen en práctica: felicidades por ser uno de los que sí. Felicidades, hijo, por ser como eres, con tu simpatía y cariño a raudales, tu sensibilidad y creatividad, tu sentido del deber y de la justicia.

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Gracias por haberme hecho crecer tanto, por tener paciencia conmigo cuando a veces pierdo la paciencia. Por comprender que los adultos trabajamos y ocupamos mucho tiempo, a veces demasiado, en cosas de adultos. Gracias por tus ansias de saber, por tus preguntas curiosas y tu escucha atenta. Gracias por ese amor infinito hacia tus abuelos y tus tíos, y por esos abrazos que nos das a todos acompañados siempre de un «te quiero». Gracias por querer tanto a tu hermana, por cuidarla y jugar tanto con ella como sueles hacer. Nunca dejéis de cuidaros el uno al otro. Vosotros dos sois lo más importante para papá y para mí, y estáis por delante de cualquier cosa.

Llevo diez años currando en esto de la maternidad, y no ha sido fácil ni lo será nunca. Pero le pongo todo el empeño: espero estar haciéndolo bien, y seguir creciendo contigo a mi lado, aprendiendo cada día con tu evolución. Te estás haciendo mayor y pronto serás un jovencito con muchos proyectos en la cabeza: seguirás estudiando, trabajarás, te enamorarás. Estaremos a tu lado para lo que necesites, ya lo sabes. Me convertiste en madre un mediodía de noviembre, me encontraba exhausta pero tu llegada me hizo olvidar todos los males, y trajiste contigo el amor más puro, genuino e incondicional.

Estoy orgullosa de ti, mi niño. Disfruta muchísimo de uno de tus días favoritos, el de tu cumple. Te quiere: mamá.

Que llueva, que llueva

Llevamos muchas semanas, al menos aquí en Navarra, viviendo un día de la marmota climático: fresquito por la mañana, subida de temperaturas a mediodía rondando los 20 grados y caída progresiva del termómetro según avanza la tarde. Y ni una gota. No sé ustedes, pero yo necesito que llueva.

“Culpable” del verdor de los campos, de ríos caudalosos y cascadas de ensueño, de impresionantes cielos encapotados y poblados de grises nubarrones, del ambiente húmedo que ensancha las fosas nasales y despeja la cabeza, la lluvia también nos rompe la rutina y nos regala recuerdos para el futuro.

¿Quién no ha disfrutado de niño saltando dentro de los charcos pertrechado de botas de goma y chubasquero? Con doce años fui en junio a un campamento de una semana en Ultzama y solo dejó de llover el último día. Benditos monitores que supieron entretenernos con juegos en interiores, canciones, relatos o gymkanas. Y sin embargo lo pasé muy bien: al mal tiempo, buena cara.

Pero también de adultos la lluvia nos ha chafado unas vacaciones cuando no se la esperaba, y hemos tenido que reinventar los planes que traíamos pensados de casa. Luego está el caso contrario: reporteros de televisión que, alcachofa en mano, preguntan a turistas en pleno enero o febrero a ver qué tal sienta estar de vacaciones en Alicante a 25 grados, y los turistas responden que encantados de la vida, que así tenía que ser siempre. No, por favor.

Las novias antes llevaban huevos a las Clarisas para que no lloviera el día de su boda: esto es comprensible; nadie quiere un día deslucido en el que preciosos trajes y zapatos acaben hechos un asco. Ahora bien, con lluvia o sol, una boda siempre es algo inolvidable.

¿Y los partidos de fútbol en un césped embarrado? Una victoria en tales circunstancias tiene más valor todavía. El balón no rueda bien, las piernas “pesan” y cada aterrizaje en una lucha por la pelota deja pantalón, camiseta y medias de color chocolate. Épica.

Como todo en esta vida, no son buenos ni el exceso ni el defecto. Tan grave es la sequía como unas inundaciones; nunca olvidaré el 8 de julio de 2019 porque iba al volante por la autopista y con mis hijos en el asiento de atrás y nos pilló la gran tormenta a la altura de Pueyo. No he pasado tanto miedo conduciendo como ese día. Un hombre falleció arrastrado por la riada, y las pérdidas materiales tras aquel aciago día fueron cuantiosas en la zona media de Navarra, sobre todo en Tafalla. Recuerdo con mucha tristeza también la tragedia de la que hace poco se han cumplido 25 años: la inundación del camping de Biescas que causó casi 90 fallecidos.

Ojalá llegase el día en el que el ser humano pudiese controlar a su antojo el clima y decidir cuándo hace falta que llueva y cuándo hace falta tiempo soleado. Aunque me temo que saldrían a relucir los intereses particulares y colectivos y el tema acabaría siendo motivo de discusión y tensiones en el Congreso. Porque nunca llueve a gusto de todos. Y últimamente hay que quitar “a gusto de todos” y quedarnos en “nunca llueve”. Lástima grande.

 

 

 

 

 

 

 

Política infantil

El Gobierno debe de tener mucho tiempo libre a pesar del problema de los ERTE, la gestión de la pandemia, la inmigración, la erupción del Cumbre Vieja, los macrobotellones, la movida de Cataluña o la crisis en general. Tiene tanto tiempo libre que ha creado un órgano para el politiqueo cuyos miembros serán niños y adolescentes, por aquello de perpetuar la especie homo politicus vitalicius: dícese del espécimen que desde la más temprana infancia dedica su vida a vivir del cuento y del dinero de los ciudadanos hasta que puede vivir del dinero de las eléctricas o de tertuliano en la Sexta.

https://www.europapress.es/epsocial/infancia/noticia-gobierno-crea-consejo-estatal-participacion-infancia-estara-formado-34-menores-17-anos-20210927123512.html

Esto de que los chiquillos jueguen a cosas de mayores siempre me ha dado grima. Esos concursos de cantar o de cocinar en los que los críos hablan y se comportan como adultos en miniatura me dan como repelús, por muy bien que canten y cocinen, que no digo yo que no lo hagan. Ya me imagino a esos padres orgullosos diciendo en el trabajo que su niño tiene hoy reunión por videoconferencia con el Consejo (el compañero de curro agachará la cabeza porque sus hijos solamente van a baloncesto y a kárate); lo vestirán de Bebé Jefazo o de Angelita Merkel, y sonreirán porque su hijo o hija está dando su tiempo y sus grandes ideas por su país. Todo muy orwelliano; se me ponen los pelos de punta.

El Gobierno se ha curado en salud y la elección de los miembros correrá a cargo de otros menores de colectivos o asociaciones locales o estatales. Vamos, que no vayamos a pensar que los van a poner en el Consejo a dedo o por ser hijos, sobrinos o nietos de. Ni se nos ocurra creer tampoco que los vayan a llevar a su terreno ideológico o que las reuniones vayan a ser guiadas o guionizadas, qué va. No hay que ser malpensados, el Gobierno solo quiere dar voz a las generaciones futuras. Porque es más fácil sacar una partida presupuestaria para crear otro chiringuito cuqui y progresista que enviar al político de turno a entrevistarse con asistentes sociales, docentes, psicólogos infantiles, pedagogos, terapeutas, pediatras o agentes de inmigración para palpar los verdaderos problemas y quebraderos de cabeza de la infancia y la adolescencia. Hacer eso requiere del político de turno una cosa poco común en su especie: trabajar. Pero trabajar de verdad, codo con codo con los miembros de la sociedad, no desde el despacho. Igual que cierta ministra de Educación, que sacó su ley educativa sin pisar un aula, por ejemplo. Es mejor que el trabajo lo hagan los niños, que además no cobran.

Señores políticos: dejen a los niños vivir su infancia y a los adolescentes su adolescencia. Preocúpense más de dotarlos de un sistema educativo firme y sólido, de buenas perspectivas laborales, de inversión en ciencia y tecnología. Preocúpense por sus padres y tutores legales, para que no tengan dificultades en sacarlos adelante.

Y hagan su trabajo, que para eso les pagamos.

Nos vamos de «cerdintxo»

Hace unos años unos hosteleros instauraron en Pamplona el llamado «juevintxo«: ofertas especiales los jueves para ir de pintxos. Pero ya hace mucho, y últimamente con más motivo, que el nombre deberían cambiarlo por «cerdintxo«.

No pasa semana sin que los vecinos del Casco Antiguo, que son quienes más sufren esto, contemplen impotentes cómo se quedan sus calles tras una tarde-noche de juevintxo. Sumémosle la del viernes y la del sábado, y añadamos al ocio de ir de bares el bebercio callejero: el botellón, y ya tendremos el pack completo de ruido, voces y carcajadas, vasos alfombrando el suelo, bebidas derramadas que hacen que se peguen las suelas y, a veces también, peleas callejeras, broncas, música en móviles con altavoces, etc.

Podemos entender la efervescencia juvenil, las ganas de pasarlo bien, la necesidad de salir con los amigos, de echarse unas cervezas. Pero no logro entender que todo esto tenga que llevar aparejada la suciedad inmunda que acaba llenando esta parte de la ciudad mayoritariamente. Llevar tres copas de más no debería ser excusa. Parece que la pandemia y sus restricciones han hecho que tanto aguantar y acatar haya acabado explosionando en forma de libertinaje y diversión mal entendida. No solo se trata de suciedad, claro, sino de las molestias que ocasionan a quienes quieren descansar, que también están en su derecho.

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Lo sé, es el cuento de nunca acabar. Algunos dicen que ya se sabe lo que conlleva vivir en la parte vieja. Otros, que todo el mundo tiene derecho a pasarlo bien, que qué se le va a hacer. Otros echan la culpa a los hosteleros, o a que han quitado el toque de queda. Los más afortunados tendrán una segunda vivienda a la que huir a partir del jueves, o habrán invertido dinero en insonorizar su casa. Muchos, por desgracia, acaban mudándose, dejando la parte más bonita de Pamplona cada vez más desierta.

No me imagino qué clase de educación recibirán algunos en su casa: como ya están los de la limpieza del ayuntamiento para eso, pues qué más da, ya limpiarán ellos. Si en el fondo es para que no se queden sin trabajo…

En fin, sé que hay temas más trascendentes, pero veo las imágenes de Barcelona -las últimas de las fiestas de Sants y del barrio de Gracia-, veo Pamplona, o las «no fiestas» de tantos lugares de España, y me entran ganas de agarrar a esos cerdos con dos piernas por las orejas o algún sitio peor, darles un cesto, una escoba y unos guantes (o sin guantes, qué leches) y mandarlos de una patada en el culo a dejar la ciudad como los chorros del oro. ¿Me sale la vena madre? Pues sí, pero ya llegarán a mis años, ya. Que yo a los suyos no era ninguna cerda.

Zumba que te zumba

El otro día asistí a una clase gratuita de zumba familiar, iniciativa de la profesora de zumba de mi hija para dar por terminado este curso tan raro y complicado y para tener un detalle con los alumnos y sus familias. Un fin de fiesta, en definitiva.

Allí estábamos bastantes madres, algún que otro padre, las criaturas -las más pequeñas de seis años, las mayores de trece o catorce-, y la entusiasta profesora, de quien envidio su permanente sonrisa, su energía desbordante y su ritmo y coordinación, sobre todo estas dos últimas virtudes. Fui con pocas expectativas de seguir la clase con dignidad, ciertamente. Conozco mis limitaciones físicas, pero me gusta mucho la música y creo que no bailo mal -en la intimidad- y que incluso tengo cierta gracia. Transcurrido el primer cuarto de hora mis pocas expectativas se confirmaron a la baja.

La sala donde tuvo lugar la clase estaba fresquita al llegar. Qué agradable, pensé. Poco duró el fresco: en cuanto empecé a transpirar por todos mis poros mientras intentaba no morir ahogada en mi propio dióxido de carbono -querida mascarilla, qué majísima eres -, la sala se convirtió en sauna. Me había llevado un botellín de agua de medio litro que no duró la clase entera y que rellené en la primera fuente que vi al salir de clase.

He aquí una metáfora de la vida: los alumnos aventajados (los niños) seguían sonrientes y sin dificultad todos los pasos, sin despeinarse apenas y demostrando cómo las nuevas generaciones vienen pisando -y bailando- fuerte. Algunos de los adultos, para los que no era la primera vez en zumba, bailaban ufanos y en comunión con sus hijos, seguros de lo que hacían y capaces de respirar y llevar el ritmo al mismo tiempo. Y otras madres en bajísima forma, como yo, hacíamos un descanso entre canción de Maluma y temazo de C. Tangana para recobrar el resuello y dejar que nuestra piel volviese a un color normal por debajo del rojo bermellón. Y de paso, para ver con orgullo y sin perder detalle a nuestras hijas, tan chiquitas ellas, bailar con tanto salero y sin equivocarse nada en los pasos.

En zumba, como en la vida, es más fácil bailar libre que seguir los pasos de otro. Es más fácil también lavar la ropa, cocinar o planchar cuando nos viene bien, no cuando nos sale menos caro, ejem, ejem. Yo intenté seguir a la profe, de verdad, pero soy disléxica de cuerpo.

A pesar de ello, nos lo pasamos muy bien; gracias, Itziar. La clave es perseverar y practicar, quizá me apunte a zumba familiar el año que viene. Espero que ya sin mascarillas.

«Pequeñerías»

Una entrevista al cantante Dani Martín en su visita a El Hormiguero, a propósito de su últimos disco y gira, propicia la entrada que van a leer a continuación. Les dejo el enlace: https://www.antena3.com/programas/el-hormiguero/entrevista/entrevista-completa-dani-martin_20210429608b18d6e56957000125cb51.html

Gran parte del tiempo Dani Martín explica a Pablo Motos la historia que hay detrás de la canción Cómo me gustaría contarte, dedicada a su hermana Míriam, fallecida hace doce años https://www.youtube.com/watch?v=DgTSVNMBc3I. Dani ha escrito una letra hermosa y cotidiana, desde un dolor superado que aflora en forma de sonrisa, la sonrisa que suscitan los buenos recuerdos y que se nubla un poquillo por los ojos empañados. «Hay que vivir de los presentes», dice en un momento del programa. A él se le pegaban siempre las sábanas, y su hermana, que le acercaba al sitio al que tuviera que ir, le decía desde el rellano «a las 9 me piro». Esta frase aparece en la canción, como ejemplo de un pasado de días normales y corrientes en los que su hermana estaba. Al cantante le gustaría poder contar a su hermana cómo están sus padres, dónde viven ahora, cómo les va todo: «Cómo me gustaría robarte / del sitio al que te fuiste». Es una canción verdaderamente preciosa.

A veces vamos buscando llenar nuestras vidas de grandes experiencias: viajes increíbles, conciertos en primera fila, restaurantes con estrella Michelín o intensas tardes en parques de atracciones. Nos atrae lo que se sale de la rutina, de esa monotonía de jingle publicitario donde no tienen cabida las sorpresas; de esa peli Atrapado en el tiempo en que a veces convertimos nuestro día a día. Somos unos ciegos que no reparamos en los «presentes» de los que habla Dani Martín. Curioso que ‘presente’ sea el tiempo actual y también un regalo. Cuánto nos cuesta aprender eso: que la vida es un regalo.

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No sé qué recordaré de la gente que quiero dentro de unos cuantos años cuando eche la vista atrás. Hoy, que aún no tengo canas -pero alguna quiere asomar ya-, hago el ejercicio de revivir «presentes», «pequeñerías«, de recordar otros «a las 9 me piro». Los despertares remolones un domingo cualquiera con el amor de mi vida, con nuestros niños trepando por la cama, dándonos besos y abrazos y los buenos días. Los bailes y las risas con mi hermana cantando como locas alguna de Bon Jovi o de los Backstreet Boys en el salón de casa de nuestros padres, o actuando como en los episodios de Friends. Los gritos de alegría con mis padres en cada gol cantado en las gradas de El Sadar. Mi abuelo revolviendo las brasas en el hogar de la casa del pueblo antes de poner la parrilla con la carne, o contando penurias de su juventud acabando siempre con la frase «qué sabréis lo que hemos pasado». Mi abuela en bata o delantal, sin los dientes puestos y recién levantada poniéndonos el desayuno a mi hermana y a mí cuando nos quedábamos a dormir en su casa. O la hermana de mi abuela y su particular manera de jugar a cartas, con el antebrazo apoyado en la mesa y silbando entre turno y turno.

Los «hija mía» y «princesa» de mis bisabuelas; los largos viajes a Málaga por carretera para ver a mi prima, quemando el radiocasete de la Renault Express, sin cinturones atrás y saliendo de Pamplona de madrugada. Las risas que nos echamos en uno de esos viajes en un bar de carretera, de donde salió para quedarse la frase «son de paso». La camarera nos atendió un poco «regulín» y le escuchamos decir a una compañera lo de «son de paso». Mi madre escondió en el bolso un cenicero de barro (que a saber dónde acabó con los años), y nos fuimos de allí muertos de risa para continuar el viaje. La frasecilla nos saca aún sonrisas a los cuatro, recuerdo de los años de nuestra niñez y adolescencia, ¿verdad, tata?

Aquella camarera dio en el clavo: éramos de paso, sí, meros transeúntes de camino al sur. Nunca hemos vuelto a ese bar; ella ya sabía que con clientes así no merecía la pena esmerarse en la atención. Con su actitud mi familia y yo nos llevamos una anécdota divertida, así que gracias, estés donde estés, no te lo reprochamos porque todos tenemos un mal día. En el viaje de la vida todos somos/estamos de paso, y de nosotros depende dejar huella.

Hay que vivir de los presentes,

que serán pasados

en un futuro.

Superliga, o sea.

Pobrecitos de nosotros, qué mal nos va que estamos pringando pasta y con el estadio en obras y sin pagar. Ya no vendemos tantas camisetas desde que se nos fue CR7. Hay más gente viendo La isla de las tentaciones que las galopadas de mi querido Vinicius. La juventud prefiere el Twitch o el Tik Tok antes que tragarse 90 minutos con el añadido, las pausas de revisión del VAR y la de hidratación si hace calor. La reforma que promete la UEFA para 2024 nos va a pillar ya muertos, RIP. Menos mal que yo, tito Floren, tengo la solución. ¿Por qué me tengo que tragar un Levante-Real Madrid que aburre a las ovejas? Me voy a juntar con mis coleguillas millonetis de la élite balompédica y nuestros laureados clubes jugarán una Superliga que sí va a interesar a todo el mundo y va a dejar mucha pasta en las arcas blancas. Las ligas nacionales, si eso, para los pobretones. Y no nos salimos de la española por solidaridad y porque somos muy majos, que a ver qué va a hacer el populacho sin ver los pocos partidos decentes que les proporcionamos Madrid, Atlético y Barcelona.

Claro, Floren, claro. Si tienes razón. A un señor de Pozuelo o a una chica de Castrourdiales les vuelven locos el Manchester United o el Milan. Se saben la historia de todos esos clubes europeos que deslumbran con su fútbol, conocen sus plantillas, han pisado las gradas de los grandes estadios, los templos del fútbol con mayúsculas. La Champions League se os ha quedado pequeña, porque a veces la juegan equipillos del montón, y hasta que no llegan los cuartos o las semis no empieza lo bueno. En el fondo lo vuestro es magnanimidad y amor al prójimo. https://www.eurosport.es/futbol/superliga-europea-formato-funcionamiento-clubes-que-es_sto8279560/story.shtml

Lo dices tú, textualmente: «Una vez que tenemos el dinero, lo repartimos porque el fútbol funciona con solidaridad». Pues nada, el cheque ya nos lo mandas cuando quieras, a la atención de Luis Sabalza, que nosotros también tenemos que pagar la reforma del estadio; la diferencia es que hay dinero para ello. «La situación es muy dramática. No es normal que la gran mayoría de clubes modestos ganen dinero y pierda dinero el Barcelona, por ejemplo. Eso no puede ser». Ah, no, no, no, eso no. Hasta ahí podíamos llegar. A lo mejor los clubes modestos que tú dices no se gastan lo que no tienen, cuentan con una masa social fiel que no da la espalda a la segunda derrota consecutiva (ni a la séptima), y gestionan mejor que un club grande su patrimonio. A lo mejor sus jugadores no tienen inconveniente en bajarse la ficha cuando vienen mal dadas. El amor a los colores y esas cosas.

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«Hoy en día muchos jóvenes dicen que los partidos se les hacen largos (…). El mundo cambia. O no tiene suficientemente interés el partido o hay que acortarlos. Yo hay muchos partidos que no los aguanto». Floren, el fútbol es de los aficionados, y de eso tú tienes poco o nada. Fútbol es ver partidos aburridos de tu equipo, soportar derrotas ignominiosas y aún así no renegar de tus colores. Fútbol es abrazar a un desconocido gritando gol con todas las cuerdas vocales en tensión. Es un pasado con un padre o un abuelo que nos empezó a contagiar el gusanillo cuando no levantábamos ni un metro del suelo. Es llorar de alegría porque os habéis salvado de bajar a los infiernos. Es celebrar un córner en el minuto 92 porque sabes que ahora o nunca. Es sentir como de tu familia a Oier, Torres, David García o Moncayola. Es pasear por la Estafeta y gritarles a unos pelos al viento ¡aúpa ahí, Aridane! Es dar colorido a una grada, pulirse los ahorros para apoyar al equipo en Gijón, Sevilla, Vigo o Burdeos. Es planificar el fin de semana en función de a qué hora juegan los tuyos. Fútbol es todo lo que no propugna esa Superliga que te has inventado. Es soñar con lo imposible a base de esfuerzo y mérito. Es dejar que cualquiera pruebe, si lo ha merecido, las mieles de enfrentarse a los poderosos. Fútbol es que exista el «Alcorconazo» (lo siento, Floren, sé que escuece). Agradezco desde aquí a Valencia y Osasuna, que juegan mañana (y a otros equipos que harán reivindicaciones parecidas), porque van a lucir camisetas con el lema ‘Earn it’ (ganátelo). Dos palabras que resumen lo que opinamos muchísimos aficionados.

Los que tenéis tanto poder, Floren, podíais invertir vuestros esfuerzos en hacer que los aficionados podamos volver a nuestros estadios. Que la pandemia existe y hay que hacer muchos sacrificios, sí, pero el fútbol se ve y se disfruta al aire libre, y con un poco de organización y de voluntad ya se podía haber intentado algo. Que hay actividades más de riesgo que estar en una grada con separación y todo eso. A lo mejor es que os ha venido bien que no podamos estar, no lo sé.

No sé qué pasará con tu invento de hermandad universitaria yanqui. Pero recuerda que los empollones, los rezagados, los del club de ciencias y el de ajedrez, los que estudian con beca y malviven en un apartamento de 40 metros cuadrados podemos unirnos y despacharos de la liga. Id a vuestra mansión a celebrar fiestas pijas y a beber ponche, que nosotros nos vamos al bar de la esquina a beber cerveza fría y a gritar los goles de nuestro equipo. Aunque pierda.

Una historia «covidiana»

«Covidiano«. Acrónimo que me acabo de inventar a partir de cotidiano y covid.

Les voy a contar un caso real y reciente, aunque con nombres falsos para preservar la identidad de los protagonistas. En Pamplona, Iñaki regenta un bar junto a su mujer, Laura, y su hija, María. Algunos fines de semana, el hermano de Laura, José, les echa una mano trabajando en el bar. José está soltero y es el que atiende a sus padres y el que más está con ellos.

El viernes 12 de marzo, un cliente habitual del bar acudió como tantas otras veces y pidió que le dieran de almorzar. Iñaki decidió almorzar con él, pues se llevan bien, y María, la hija, atendió la mesa. En el bar también estaban Laura y José.

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El lunes 15, Laura e Iñaki supieron que habían dado positivo en coronavirus (ya tenían síntomas el día 14), y también su hija María. José, el hermano de Laura, empieza a tener síntomas el martes 16 y da positivo. Afortunadamente, no ha contagiado a sus padres. Pero sí ha contagiado a su otro hermano, Patxi, y su mujer, Lorena, y a su sobrina, Leire, que habían estado con José en la casa del pueblo el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero ese martes 16, Patxi y Lorena no saben aún que están contagiados. Patxi y Lorena se enteran el lunes de lo ocurrido con el almuerzo del día 12 y su cuñado Iñaki. Por si acaso, Lorena decide que ese lunes no irá a visitar a su madre, como suele hacer. Patxi y Lorena se encuentran bien, y su hija también. Patxi ha ido toda la semana a trabajar, y Leire al colegio.

El viernes 19, Lorena tiene fiebre, dolor de garganta y dolor de cabeza. El sábado 20 la prueba da positivo. El domingo se hacen la prueba Patxi y la pequeña Leire, los dos asintomáticos. Ambos se enteran de que son positivos el lunes 22. Lorena, Patxi y Leire habían estado con José el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero cuando José dio sus nombres el martes 16 al equipo de rastreadores, no consideraron necesario hacerles PCR porque no habían estado con José el lunes 15. Desde el 15 de marzo hasta el 19, Lorena ya tenía el virus. Pero no es hasta el día 20 cuando sale el positivo. Ese mismo día, por la noche, Iñaki se encontraba muy mal y no podía respirar bien. Para entonces ya sabían que el «amigo» del almuerzo había ido al bar siendo positivo en coronavirus, y sabiéndolo. Laura llamó a urgencias pero no le quisieron mandar una ambulancia al pueblo donde viven, cerca de Pamplona. Que no había ambulancia, le dijeron. Laura no tuvo otro remedio que coger el coche, de noche, y llevar a su marido, que no respiraba bien, a urgencias. Recordemos que ambos son positivos y en teoría no deben salir de casa. Pudieron haber lamentado ese trayecto para siempre si Iñaki se hubiera puesto peor mientras Laura conducía.

Decíamos que Leire ha estado yendo al colegio los días previos al positivo de sus padres y el suyo propio. Lorena, afortunadamente, no ha estado con personas vulnerables y no trabaja, así que sus contactos han sido mínimos. Lorena comunica al colegio el día 22 por la mañana que su hija ha dado positivo en la prueba del domingo 21. Los rastreadores comunican al colegio el lunes 22 por la noche que no es necesario confinar a la clase de esta niña porque han pasado más de 48 horas desde que estuvo en clase por última vez (la niña salió del colegio el jueves 18 y no había vuelto a ir desde ese día, ya que el 19 era festivo. El 19 fue cuando su madre empezó con síntomas).

Lorena, positivo en coronavirus y con síntomas, no tendrá que hacerse una segunda PCR después de los diez días de cuarentena, pero sí le harán seguimiento desde su centro de salud. Eso es lo que dice el protocolo en Navarra. El tipo que fue a almorzar el día 12 quizá se había saltado su cuarentena.  O quizá estaba en el décimo día y por eso se fue al bar, pero contagió. No sabemos los detalles de su historia. Pero les ha calzado el bicho a Iñaki (en la UCI, asmático), Laura, María, José. Patxi, Lorena y Leire.

Llevamos más de un año con la mierda esta, con perdón, de la pandemia. Todavía hay quien no se lo toma en serio. Quien es positivo y sale de casa. Quien se quita la mascarilla en cuanto pone sus posaderas en la silla de un bar y no se vuelve a cubrir la cara hasta que sale de ahí. Quien aún no sabe colocarse correctamente una puñetera mascarilla (es una mascarilla, no un mueble de Ikea). Quien se junta con quince en una casa a comer, beber y celebrar cualquier cosa, todos bien juntos y sin mascarilla. Quien se queja, y con razón, de las mil restricciones que nos imponen pero luego no pone nada de su parte para que estas vayan desapareciendo y nos vayan soltando cuerda.

Lorena es amiga mía. Leire va al colegio con mis hijos. Mi deseo es que ellas y todos sus familiares se recuperen bien de esta enfermedad diabólica. Y que historias como esta y con otros protagonistas y otros avatares nos den una lección a todos sobre lo que no hay que hacer.