Fuego

Todavía no me puedo creer la horrible pesadilla sufrida por decenas de pueblos y miles de personas aquí en mi tierra de Navarra en la última semana. El fatídico 15 de junio, mientras en Zamora empezaba a arder la sierra de la Culebra, reserva de la biosfera de la Unesco, aquí desalojaban a los monjes del monasterio de Leyre por un incendio provocado por un rayo en la sierra homónima, que amenazaba, y mucho, con llegar hasta los muros de tan emblemático lugar. El horror se avivó tres días después en otros puntos.

Era el sábado 18 de junio a la hora de la siesta. Me llegaban varios mensajes al móvil porque las noticias nos sobresaltaban a todos: fuego en Obanos, Muruzábal, Olleta, Legarda. Pueblos de la zona media de Navarra, pueblos agrícolas muy cercanos a Pamplona. No tardaba en llegar la noticia del desalojo del parque Sendaviva, más de 2500 personas abandonan un día de diversión en familia sintiendo el humo y las llamas muy cerca. El fuego empezó en las Bardenas, muy próximas al parque de atracciones y reserva de animales. La gente en redes sociales sufría no solo por las personas afectadas sino también por esos animales que hubo que evacuar en tiempo récord. Durante todo el fin de semana seguíamos con el corazón encogido las noticias que SOS Navarra y otras cuentas oficiales en Twitter iban actualizando.

Todo el tiempo que ha habido que pelear por extinguir el fuego hemos tenido en mente a las dotaciones de bomberos, que vinieron también de otras comunidades, al ejército, a los agricultores que han estado trabajando para hacer cortafuegos, voluntarios y vecinos de un sinfín de pueblos, a la Cruz Roja. Llegará el momento de pedir responsabilidades por la falta de previsión ante una ola de calor sin precedentes, o de preguntarse por qué no se dota de más recursos y personal la prevención de incendios durante todo el año, no solo ahora.

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En Navarra han ardido más de 10.000 ha. Es el equivalente a 14.000 campos de fútbol, pero apenas se ha mencionado de pasada en las noticias nacionales. Creo que si no existiera Twitter más de uno no se hubiera hecho ni enterar (también por Twitter han circulado bulos infundados, menos mal que atajados a tiempo). A día de hoy ya se han quemado más de 30.000 ha en Zamora. Eso es tres veces la superficie de Navarra. Tres. https://www.laopiniondezamora.es/zamora-ciudad/2022/06/21/manifestacion-zamora-incendio-sierra-culebra-67460521.html

Zamora y Navarra son dos sitios alejados entre sí (las capitales distan entre ellas 430 km) pero tienen casi la misma superficie: 10.561 km2 Zamora y 10.421 km2 Navarra. Sin embargo, la provincia castellanoleonesa tiene 169.000 habitantes y Navarra 661.000, que es casi cuatro veces más. Cifras aparte, las tragedias no entienden de datos y afectan igualmente a sitios de renombre o a provincias chiquiticas. Todo lo quemado tardará en recuperarse, y si no queremos que vuelva a repetirse algo así ni aquí, ni en Zamora, ni en ningún otro lugar de España, habrá que dotar convenientemente de recursos contra el fuego, limpiar el monte, poner medidas, no sé, lo que sea que haya que hacer, que yo me reconozco ignorante en esas cuestiones.

Solo sé que en esta tierra todo el mundo tiene un amigo, un conocido, un pariente, en tal o en cual pueblo. Habremos pasado mil veces por muchos de ellos, los hemos visitado, hemos estado en sus fiestas patronales, nos hemos sacado fotos en sus ruinas, su iglesia, sus bosques o su monasterio. Oír el nombre de cualquier pueblo de Navarra, a los que somos de aquí, nos suena igual que oír el nombre de una persona querida. Porque es fácil encontrar un vínculo con ese lugar, porque lo conocemos o sabemos de alguien que tiene relación con él.

Tenemos las fiestas más grandes del mundo a la vuelta de la esquina, pero se nos ha apagado bastante la alegría con todo esto que hemos vivido. Les dejo un enlace a un medio local por si quieren saber más: https://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/2022/06/22/10-000-hectareas-arrasadas-navarra-532191-300.html

Por último, espero que reine la cordura la noche de San Juan y a nadie se le ocurra encender su fogatica. Son muchos los ayuntamientos que ya han prohibido las hogueras, pero inconscientes los hay por todas partes. Por desgracia para todos.

De jornadas escolares

A estas alturas de partido tuerzo el gesto al leer estos comienzos de enunciado: «según un estudio…». Mi último momento incrédulo ha ocurrido al degustar este precioso artículo de El País: La jornada escolar continua es negativa para los niños y agrava la brecha de género

Me enteré mirando Twitter: está habiendo todo tipo de reacciones, muchas airadas entre el cuerpo docente, de quienes se dice en el texto lo siguiente: Los beneficios de la jornada intensiva, concluye el informe, son para los profesores, “tanto en términos de bienestar como en posibilidades de conciliación”. Traducido al castellano: si ya vivíais bien los profes con jornada partida, no os digo na con jornada de mañana, malandrines, que no pensáis más que en tener vacaciones, válgamelseñor.

Miren, no me voy a meter en muchos jardines, porque este tema tiene tantas tonalidades a favor y en contra como el más colorido arcoíris. No soy docente, pero soy madre trabajadora, y puedo hablar desde mi experiencia.

Cuando mi hijo mayor empezó a ir al colegio con 3 añitos, yo ya me había reducido la jornada laboral a la mitad. Lo llevaba a las 9 al cole y lo tenía que dejar en el comedor, porque yo salía a las 14 horas y él a las 12:50 con la jornada partida. Su hermana, que nacería unos meses después ese mismo curso, acabó yendo a la guardería con 9 meses, y también comía allí y echaba la siesta, con lo cual no recogía a ninguno de los dos hasta las 16:30 o 16:45. En aquellos años, yo salía del trabajo, llegaba a mi casa hacia las 14:30, comía y marchaba a la guardería y acto seguido al colegio. Cerca de las cinco, tocaba hacer algún recado, o compra, o dejar la comida hecha o lo que fuera. Y por si no lo he dicho: el mayor, el único que iba al colegio, tenía jornada partida de 9 a 12:50 y de 15 a 16:40. Con mi exiguo sueldo pagaba comedor escolar y cuota de guardería. No me compensaba trabajar, pero lo hice. Menos mal que teníamos el sueldo del papá.

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Cuando la pequeña empezó el colegio, mi situación era otra, porque me encontraba en paro y podía atenderlos: se acabó el gasto de comedor. Seguían teniendo jornada partida, pero podía hacer los cuatro viajes diarios al colegio para llevarlos o recogerlos, y comían en casa, por supuesto. Cuando me puse a estudiar, mis padres me ayudaron mucho recogiéndolos a mediodía y dándoles de comer y volviéndolos a llevar a clase, así yo tenía más horas para estudiar. Mi hija se quedaba dormida la mayoría de los días en el sofá antes de ir a las tres a clase. Costaba un mundo moverlos de casa una vez que habían comido, y siempre con prisas y temiendo no llegar a tiempo. Tras recogerlos pasadas las cuatro y media, la tarde se nos quedaba muy corta si había que hacer alguna tarea escolar -en el caso del mayor- y si nos quedábamos en el parque se hacía enseguida de noche en los meses invernales.

Hace un año volví a trabajar. Era enero de 2021, con la pandemia en nuestras vidas, y aquí en Navarra se había implantado de manera provisional la jornada «covid»: clases solamente por la mañana. Así que su horario era entonces de 9 a 14:10 horas. Mi jornada laboral me permite no tener que pagar comedor, porque tengo la suerte de que mis padres los recogen y comen, unos días con ellos, y otros con la abuela paterna. Y sin prisa por volver al colegio corriendo. También comen en casa, por supuesto, simplemente tenemos ese acuerdo los tres abuelos porque les encanta tener a los nietos, y de hecho insisten en cuidar de ellos más veces de las que «toca». Mientras ellos quieran y puedan, por nuestra parte estamos felices de que nuestros hijos disfruten de sus abuelos. Tenemos mucha suerte y ellos saben lo agradecidos que estamos por ello.

Pero me voy del tema. A los detractores de la jornada continua les digo: no sé cómo será en otras comunidades, pero aquí en Navarra los centros con jornada de mañana permiten todas las opciones: puedes recoger a tus hijos a las 2 de la tarde, y comerán en casa y tú te ahorrarás mucha pasta. O si lo necesitas, puedes dejarlos a comer, previo pago, hasta las 3 y media. O que continúen después de comer en alguna actividad de refuerzo impartida por el propio profesorado del centro y sin coste para las familias, y recogerlos a eso de las 4 y media (opción comedor + extraescolar gratis). Es decir, tienes todas las posibilidades, y el mismo horario de recogida, si lo necesitas, que con la jornada partida.

Las ventajas de poder cogerlos a las 2 son obvias: no hay prisa por volver a ningún sitio, han hecho más gana de comer (mis hijos comen infinitamente mejor a las 2 y media que a la una y cuarto), queda toda la tarde por delante para adelantar la salida a la calle a jugar, para ir a una actividad extraescolar, para hacer deberes, jugar, ver una película, incluso ir al cine.

Con la jornada partida, la opción de dejarlos en el comedor es cuasi obligatoria: ¿quién puede recogerlos a la una? Quien trabaje de tarde o de noche, y ni siquiera así. Salen casi a las cinco, la tarde se queda cortísima. Volver a clase después de comer es un sufrimiento, a nadie le apetece moverse de casa con la barriga llena, y total para escasa hora y media de clase. El artículo habla de que la jornada de mañana es agotadora porque apenas hay descanso entre clases: mis hijos tienen dos recreos, y sus sesiones lectivas son de 45 minutos. Salen de clase con mucha energía, se comen hasta mis pies cuando les pongo la comida y disfrutan de la tarde porque les da tiempo a todo.

Y una última cosa. La brecha de género existe, claro que sí. La mayoría de las familias opta por que sea la madre la que se reduzca jornada. Razones hay variadas: generalmente el empleo de la mujer está peor retribuido. O quizá el tipo de trabajo permite más flexibilidad. O simplemente es una decisión de pareja y ya está, también habrá padres (varones) que se reduzcan el horario para atender a los hijos. En cualquier caso es un sacrificio económico que hacen todas las familias, en un sentido o en otro, porque el mundo laboral es así, es una mierda, con perdón. Las empresas no mueven un dedo por facilitar la conciliación familiar. Los abuelos, para quien tenga la suerte de contar con ellos, cargan con muchas horas de cuidados de nietos para ayudar a los hijos. No me extraña que las parejas no quieran tener hijos, porque no es fácil. Nunca lo ha sido, pero no me arrepentiré nunca de perder músculo económico por atender debidamente a mis hijos. Gracias a Dios no he tenido que pedir ayudas estatales para criarlos, pero otros padres sí. El mundo tiene que cambiar mucho para que no siga cayendo la natalidad en picado.

Lean el artículo de El País y saquen sus conclusiones. Solo fíjense en que el estudio en cuestión lo ha publicado una escuela privada. Privada. Por qué será que abomina del horario continuo de la escuela pública y aboga por volver al partido, que es la jornada por excelencia de la concertada. La concertada que ingresa dinero en el comedor y en las extraescolares de precios abusivos.

Lean, lean. Yo tengo claro qué prefiero, y mis hijos también. Que es lo importante.

A cara descubierta

Casi 700 días hemos estado llevando boca y nariz tapadas (algunos solo la boca, las cosas como son). Nos hemos tirado casi dos años de nuestras vidas acostumbrándonos al dolor de orejas, a tener que repetir las cosas porque no se nos entiende o no se nos oye bien, a que se nos empañen las gafas al entrar desde el frío de la calle a un sitio calentito o a llevar siempre un complemento en el codo, bajo la barbilla o dentro de un bolsillo.

Hemos vivido situaciones incongruentes, como la de ir por la calle con mascarilla, entrar a un bar, sentarnos a consumir y quitarnos la mascarilla durante media hora, una hora o más. O el aguante de los chiquillos en clase con la cara tapada toda la jornada escolar para después jugar en el parque muy cerca de niños de todas las edades y distintos colegios o en casa de algún amigo ir a cara descubierta. O estar en un campo de fútbol bajo el cielo azul con el tapabocas puesto sin comer ni beber mientras otros ven el partido en el bar de abajo echando una cerveza y dejando la mascarilla aparcada los noventa minutos más el tiempo añadido.

Desde el 10 de febrero no es obligatorio su uso al aire libre, salvo en sitios muy concurridos o si no podemos mantener la distancia interpersonal, y sin embargo muchísima gente la ha seguido llevando en sus paseos sin tener a nadie cerca ni potencial peligro de contagiarse: https://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/pamplona-comarca/2022/04/20/21-transeuntes-pamplona-lleva-mascarilla-calle-524700-1002.html

A mis hijos les explico que quitarse una costumbre de dos años nos va a costar mucho, a unos más que a otros. Ellos han sido muy disciplinados, y aguardan con incertidumbre el regreso al colegio tras las vacaciones de Semana Santa. Por un lado están muy contentos con la libertad que va a suponer quitarse esa cortinilla, pero habrá que ver hasta qué punto se sienten seguros sin ella. Nos pasa a la mayoría. Se supone que solo tendríamos que llevar mascarilla en transporte público, centros sanitarios, residencias de mayores y farmacias. ¿Fuera de estos lugares, vía libre? Pues tampoco es así, por lo que se ve a nuestro alrededor. Y aquí entran en juego los conceptos de recomendación, urbanidad o educación. Para hablar con alguien sin mascarilla en un sitio cerrado, se recomienda seguir manteniendo un mínimo de 1,5 metros. Citando el BOE:

Se recomienda para todas las personas con una mayor vulnerabilidad ante la infección por COVID-19 que se mantenga el uso de mascarilla en cualquier situación en la que se tenga contacto prolongado con personas a distancia menor de 1,5 metros.

Por ello, se recomienda un uso responsable de la mascarilla en los espacios cerrados de uso público en los que las personas transitan o permanecen un tiempo prolongado. Asimismo, se recomienda el uso responsable de la mascarilla en los eventos multitudinarios. En el entorno familiar y en reuniones o celebraciones privadas, se recomienda un uso responsable en función de la vulnerabilidad de los participantes.

Vamos, que seguiremos con el constante «quitapón» hasta que se nos inflen las narices, más todavía, y dejemos el odiado complemento olvidado adrede en casa. Confieso que el día 20, primer día sin mascarilla en interiores, fui al partido entre Osasuna y Real Madrid -más de 21.000 personas en el estadio- sin llevar puesta la mascarilla en ningún momento. Como la mayoría, vamos. No saben el gusto que da animar, cantar y jalear a tu equipo sin nada que tape la boca. Todavía no sé qué haré cuando vaya a hacer la compra, típica situación de lugar cerrado con mucha gente alrededor. Supongo que me taparé por precaución y por respeto a los demás, pero me planteo la siguiente reflexión: ¿hasta cuándo? Quiero decir que, estando sana y vacunada, no siendo persona de riesgo por edad y viendo que, supuestamente, el virus se ha debilitado mucho, ¿cuándo diantres nos olvidaremos de todo esto y viviremos como antes y, sobre todo, sin culpabilidad? Porque esa es otra cuestión: si yo decido quitarme la mascarilla, mucha gente me mirará mal, me tachará de maleducada, de insolidaria, de imprudente, de caradura. Y hará que me sienta fatal por mi mala educación, mi insolidaridad, mi imprudencia y mi cara de cemento armado. Más o menos como las personas que, libremente, decidieron no vacunarse, y no entro en los distintos motivos que tuvieran para no hacerlo. Me da la impresión de que si voy en ascensor y se sube alguien, deberé ponerme la mascarilla. Si voy al súper, lo mismo. Si estoy en el trabajo, donde no tengo obligación por las características del puesto, deberé taparme si se me acerca alguien, o si estamos muchos en la misma sala o habitación. Y así con todo. En resumidas cuentas: quitamos la palabra obligatoriedad y la cambiamos por recomendación. Y de paso seguimos recaudando impuestos con la venta de mascarillas, pensará el gobierno.

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Una amiga mía ya me dijo una vez que nunca volveríamos a la vida de antes. Mi marido opina lo mismo, y añade: y todos a tragar lo que nos echen y a no cuestionarnos nada. Si en el confinamiento del principio teníamos policías de balcón, vamos a tener ahora policías de mascarilla: personas que la seguirán llevando y nos juzgarán a los demás por decidir no llevarla, ojo, sin incumplir ninguna ley. Aclaro a este respecto que en el fútbol nadie miraba mal a nadie, ni por llevar mascarilla ni por no llevarla. Pero más de un rifirrafe habrá cuando a alguien se le diga póngase la mascarilla (un cliente a otro en un comercio, por ejemplo) y este último se niegue con todo derecho.

Antes del coronavirus dichoso, nadie se escandalizaba por entrar a un hospital exhalando aerosoles alegremente, repletos de virus y bacterias, que iban a ver a un recién nacido y a su recién parida madre en manada y sin ningún cuidado. Por no hablar de que visitábamos a enfermos inmunodeprimidos con total impunidad. Casi nadie se echaba las manos a la cabeza cuando la gripe colapsaba las urgencias y morían ancianos todos los inviernos: si algo bueno nos va a dejar esto es que en todo centro sanitario los enfermos y los trabajadores van a estar más seguros.

Pero el día a día no se compone, gracias a Dios, de recorrer pasillos de hospital a no ser que trabajes en el ramo. Nos movemos en ambientes cotidianos y queremos volver a la normalidad. No a la nueva normalidad (no se puede «volver» a algo nuevo, es incoherente), sino a la vieja vida de antes, por difícil que sea. Y respetémonos todos, ya de paso.

La lista de la compra

Me declaro polígama en cuanto a supermercados y cadenas de alimentación. Hace unos años solía comprar en el mismo sitio, normalmente hacía una compra semanal grande y solo reponía en compras pequeñas los productos frescos como la fruta y la verdura. No hacía mucho caso a los precios, siempre caía algún capricho inesperado y tampoco llevaba lista. Hablo de diez años atrás, quizá más.


Pero los últimos tiempos mis hábitos de consumidora han cambiado bastante. Siempre llevo una lista en papel, copiada previamente de la pizarra blanca que tengo en la cocina, en la que voy apuntando aquello que se me ha terminado o está a punto de terminarse. Dicen que así nos limitamos a comprar lo estrictamente necesario, aunque ello esté supeditado a la fuerza de voluntad de cada uno (porque salirse de la lista es muy fácil, reconozcámoslo). En esa lista suelo separar los productos por tienda: unas cosas las compro en un sitio, otras en otro y otras me es indiferente y acabaré comprándolas en donde crea yo que están más baratas. Un ejemplo: manzanas. En cualquier súper las hay, pero el precio cambia según la tienda y la variedad. A veces estarán de oferta por algún excedente y habrá que aprovechar, aunque la jugada no siempre sale bien: compro en el primer sitio y en el segundo resultó que estaban más baratas. Cachis. Otras veces hay suerte y ocurre al revés.


En fin, que soy de las personas que compran los yogures, el pan de molde o el zumo en un sitio; el queso, el pavo en lonchas o el café en otro. Confieso que pruebo distintas marcas blancas: el yogur griego en formato de un kilo me gusta más el de un súper que el del otro. Me ilusiona descubrir delicias, y más aún si son saludables: un paté vegetariano (lo sé, eso no es paté, pero lo pone en el envase) a base de pimiento, calabacín y tomate, ideal para untar en pan, se acaba de sumar a los descubrimientos que me hacen la boca agua. Un pan de harina de centeno y sésamo en formato tostadita que está riquísimo con ese “paté”, o con queso de untar. Los cereales sin azúcar añadido a base de avena, quinoa y arroz que están riquísimos con yogur o con requesón. Las tortitas integrales de trigo que me sacan de un apuro en la cena, porque pegan con casi todo y se preparan en dos minutos. No me reconozco: yo, que me quedaba babeando delante de la sección de chocolates, hablando de comida sana y sin remordimientos.


Tendrá mucho que ver que llevo mes y medio desayunando de manera diferente. Lo saben los pobres incautos seguidores de mi Instagram, donde doy la tabarra con mis fotos de desayuno-by-influencer. Tranquilos, aún no he caído en eso de proferir moderneces como healthy, food-lover, brunch, AOVE o fit. Hasta digo influyente en lugar de influencer, siguiendo los consejos de la Real Academia Española. Cuidemos el idioma, por favor.


Estoy hecha una señora en toda regla, digo cosas como “hay que ver qué caro está todo”. O me cisco en la marca Pepito Pérez por subir de repente veinte céntimos el paquete. Comento con mi madre el precio de las mandarinas, y mi madre, a su vez, me da unos plátanos que estaban de oferta y ella dice que ya comprará más. Empiezo a creer que la moda del ayuno intermitente (a esta no pienso apuntarme, ya lo aviso) es la excusa para comprar menos por comer menos y por tanto gastar menos y llegar mejor a fin de mes. Menos es más. Siempre.


Me encanta comer sano pero es costoso, en todos los sentidos. Las “guarrindongadas” están mejor de precio, no es justo. Voy a comerme una fresa.


Mamá, el domingo llevo torrijas, que una cosa no quita la otra.

Duele

La detonación fue un momento y duró siglos.

Gritos, confusión, miedo. No comprendo, no quiero, no está pasando.

Cristales rotos alfombran mi casa. Mi casa destruida en un suspiro.

Estamos bien, vivos, rotos por dentro, pero vivos. Y el piano.

Lo miro: tan blanco, está entero. ¿Sonará? Hijos, venid. No sé,

no sé si hay tiempo, esperad un momento, necesito pensar, tocar, pensar.

Irina frota las teclas negrasblancasnegrasblancas. Suspira, teme y le duele.

Sabe que hay que marcharse, dejar todo atrás. La música y su vida allí, la música

y la tranquilidad, la tibieza de un hogar labrado a golpe de esfuerzo y amor. La música.

Elige a Chopin, qué delicia, no puede imaginar sus dedos huérfanos.

Sus dedos se irán con ella, el piano se queda atrás. Llegarán otros pianos, quizá otro hogar,

con suerte, no lo sabe.

La música brota de sus manos, está en su cabeza, negrasblancasnegrasblancas y corcheas.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Como en aquella película, cómo se llamaba,

la del pianista.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Suena la última nota.

Nos vamos.

(Para escuchar a Irina despidiéndose: https://www.youtube.com/watch?v=KkZQuE50b9E)

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Feliz cumpleaños, papá

Me contaron que no cabías por los pasillos de maternal, que “tú me viste primero” –mi madre dormida aún por la anestesia tras la cesárea. No sé qué cara habrías puesto, papá, pero a buen seguro una muy parecida a la que luciste al coger a tu primer nieto en brazos.

Rigoberta Bandini ha hecho un himno a las madres que tienen siempre caldo en la nevera (o un táper listo para llevar: te quiero, mamá), pero aquí va un homenaje humilde a quien siempre tuvo y tiene un abrazo en la recámara. Rigoberta Bandini – Ay mamá

Llevas tatuada en el corazón la palabra familia. Cuando eras muy pequeño la tuya vio aflojarse el nudo de la lazada ya que la mamá se fue demasiado pronto al cielo. Con el nudo flojo, otros parientes estuvieron ahí para apretarlo un poco y cuidar de ti y tus hermanos. La vida te recompensó de alguna manera cuando formaste tu propia familia con una mujer extraordinaria. No estabas llamado a hacerte seminarista; por suerte te viniste de los Salesianos para Pamplona a buscarte las lentejas y encontraste además a la chica más guapa de la Ribera.

En esas noches de dos canales de televisión y fatiga en el cuerpo, ahí estabas a los pies de mi cama para que me durmiera. Te perdías media película por mi culpa. Nana a media voz y salías de puntillas de mi cuarto creyendo que ya estaba roque pero… papááá, no te vayas – ¿Aún no te has dormido? Historias que se han repetido también en mi casa, con mis hijos.

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Ya sabías lo que hacías cuando aquel enero de hace 32 años me llevaste contigo al Sadar. Muchos dirán que solo es fútbol, pero tengo tantos recuerdos bonitos ligados a nuestro equipo y contigo a mi lado–también después con mamá- que sé que no se borrarán nunca y los reviviré con cada gol celebrado presente y futuro.

Me has dado tu apoyo en mis decisiones en la vida, aunque no siempre estuvieras de acuerdo, dándome tu opinión por si me servía. Y es que siempre has sido conciliador. Discutidor también, pero de buen rollo, que se lo digan a tus yernos si no.

Si he tenido tanta suerte por tenerte de padre, la tengo doble por ser el abuelo de mis hijos: el abuelo pirigüelo al que se le cae la baba a borbotones. Me siento muy dichosa por haber llegado a la edad adulta teniendo a mis padres jóvenes y sanos. La mano siempre tendida antes incluso de que el otro pida ayuda. Tú y mamá sois así con todos: atentos y amables, buena gente con mayúsculas, con la que puedes contar en cualquier momento.

Hoy es tu cumpleaños y tendrás un día muy ajetreado, como cada año. Te quiere tanta gente que el teléfono arderá con llamadas –no tantas como antes, las nuevas tecnologías mandan- y mensajes, muchos mensajes. Doy gracias al cielo porque tu piña familiar, de la que formo parte, podemos darte un abrazo en vivo y en directo más allá del típico mensaje de feliz cumpleaños. Te queremos, papá.

Vivir es urgente

No sé si es por el subconsciente, donde habita el carpe diem clásico y de El club de los poetas muertos, pero a veces me invade una sensación de no estar aprovechando el momento como es debido; no sé si les pasa: típico domingo por la tarde de sofá y de pulsar el mando a distancia con el móvil en la otra mano, y de repente una vocecilla en el cerebro: no estás exprimiendo el tiempo, podías hacer algo creativo, o salir con la bici, o hacer una manualidad con los críos, o poner orden en las dos mil fotos que no has vaciado del teléfono. Hacer, hacer, llenar los minutos con algo productivo.

Últimamente, y desde hace ya demasiado tiempo, nos engulle la rutina: ese no tener vida social, ese miedo al contagio, del trabajo a casa, sin aglomeraciones, compañía la justa. Destaparse la cara para beber un sorbo es deporte de riesgo; hay que ventilar, no acercarse al otro, ¡desconfía! El termómetro bajo cero no invita a salir, a ir de excursión, a escapar. Un día es parecido al anterior, y al siguiente, y sin embargo tenemos que sonreír porque siempre hay alguien que está peor que nosotros. Gente cuya realidad transcurre en un ay, en no llegar a fin de mes: un desahucio, un embargo, una nevera vacía, un negocio cerrado. Soy afortunada, no puedo quejarme.

Nuestra existencia sencilla y en ocasiones aburrida choca cada vez más a menudo con que vivir tenga que ser excitante, cada día una aventura. La publicidad y los que viven de enseñar su vida a través de una pantalla de teléfono nos muestran lugares de ensueño, comida deliciosa y perfectamente fotografiada, imagen cuidadísima -cabello, maquillaje, ropa, pose. Pero la mayoría llevamos vidas corrientes y parecidas entre sí, porque esta puta pandemia -permítanme el exabrupto- nos ha hecho ser similares: tenemos el mismo miedo, repetimos el mismo discurso que nos vomitan los medios de comunicación y mantenemos las mismas conversaciones que giran en torno a incidencias acumuladas, ocupación de camas UCI, presión hospitalaria, positivos, cuarentenas y antígenos.

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No estoy siendo ordenada, perdón: no escribo hoy con planteamiento, desarrollo y desenlace. Necesito echar fuera un sentimiento de rabia, hastío y hartazgo que estoy segura comparten conmigo. Tengo ganas de gritar al aire, dar una patada y que reviente por donde sea. Me pongo triste cuando pienso en mis hijos, cuando miro al pasado y veo cuán diferente era de ahora. Me aferro a una esperanza chiquitita de que esto pasará, pero dudo muchísimo de que el mundo vuelva a ser como hace diez o quince años.

Todo va muy deprisa, acojonantemente deprisa, y es oscuro y estremecedor. La libertad, nuestra libertad, debe ser nuestro bien más preciado. Y en cambio se oyen y se leen discursos atroces que salen de personas corrientes, como tú, como yo, en virtud de no sé qué normas.

La última vez que sentí plena felicidad (desbordante, simple y rotunda) fue hace unos meses en la boda de mi hermana. Porque verlos felices era contagioso, porque bailamos todos hasta caer rendidos y nos dieron igual las mascarillas y la distancia, porque estábamos (y estamos) todos hasta las narices, esas narices que llevamos tapadas demasiadas horas al día.

¿Cuándo va a acabar esto? Quiero vivir como antes, urgentemente.

Vida electrónica

Mi primer móvil -sin internet ni nada, un zapatófono de Motorola- lo tuve con 20 años. Mi cuenta de Facebook, eso que los muy jóvenes ni utilizan ya porque es «de viejos», la abrí rozando la treintena. Me hice certificado digital en 2019 para realizar un trámite y, en unos pocos años, me ha servido en numerosas ocasiones para evitarme unas cuantas gestiones presenciales. Una de ellas, muy reciente y de actualidad, ha sido poder descargar el certificado o pasaporte covid. No soy nativa digital: basta con saber mi fecha de nacimiento, así que he tenido que aprender sobre la marcha, y casi siempre de forma autodidacta, a desenvolverme con las nuevas tecnologías. Si en muchos momentos ha resultado arduo y desquiciante, no quiero imaginar cómo les resultará a las personas que me pasan diez, veinte o más años. Mis padres, por ejemplo, quienes recurren a mí o a mi hermana cuando el móvil les hace algo raro o quieren comprar entradas por internet para ir al teatro, por ejemplo. Por no hablar de mi abuelo nonagenario, que bastante tiene con saber llamar de un teléfono de esos para abuelitos, con teclas grandes y sin internet.

La tecnología debería servir para facilitarnos las cosas, no para abrir una brecha que habría que salvar invirtiendo tiempo y recursos económicos en formar al ciudadano y en atenderlo con calidez humana y paciencia, mucha paciencia. Ninguna de estas tres cosas parece abundar, en general y salvo excepciones, en nuestra sociedad digitalizada y cada vez más unipersonal. El mencionado pasaporte covid se ha convertido de la noche a la mañana en lo más demandado para acceder a un restaurante, entre otras cosas. Aquí en Navarra lo podían descargar sin problema quienes ya tenían activada su carpeta personal de salud. Yo misma lo obtuve así desde el teléfono, porque tengo activada la carpeta desde hace más de dos años. Pero muchísima gente no la conocía, y comenzó a acudir en masa hace pocas semanas a su centro de salud para solicitarla y poder conseguir así el pasaporte covid. Los centros de salud se colapsaron, los administrativos se quejaron, y el Departamento de Salud habilitó dos puntos en Pamplona en donde pedir su activación mediante usuario y contraseña. Siempre desde internet, uno entra con esas credenciales y puede acceder a la carpeta y a la consiguiente descarga del pasaporte. ¿Cuál ha sido el problema? Que el colapso que podía haber en cinco o diez centros de salud se trasladó de buenas a primeras a la calle Tudela (registro del Servicio Navarro de Salud) y al edificio Conde Oliveto, con colas interminables bajo la lluvia. Sin refuerzo de personal y casi sin ser avisados, los trabajadores de estos lugares no han dado abasto en los cuatro días laborables que llevan atendiendo a estas personas ávidas de obtener su certificado de vacunación. Cuatro días contados, sí, porque se les trasladó esta gestión el 30 de noviembre, en vísperas de todo un puente foral cargado de festivos. Hoy leo en las noticias que Salud va a buscar pronto una manera de descargar el certificado desde internet sin necesidad de ningún otro trámite previo. Mejorará bastante la cosa porque se evitarán esperas y colapsos, pero seguimos con la webdependencia: los abuelos a pedir ayuda a los hijos y a los nietos. Con lo sencillo que sería enviarlo en papel a cada persona vacunada, teniendo como tienen nuestros datos sanitarios y de domicilio.

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Pero la administración electrónica intenta prescindir del papeleo. Y no solo la administración, porque hoy leo que en enero arrancará un proyecto piloto para eliminar de los fármacos el famoso prospecto, ese papelito doblado por el mismísimo Belcebú (nunca consigo volverlo a doblar como estaba), ese papelito con tan característico sonido y que siempre está estorbando cuando abrimos la caja: de diez veces que abramos un medicamento, nueve veces lo abriremos por el lado en donde está el prospecto, parece hecho a mala idea. Bromas aparte, muchos añorarán el prospecto si acaba desapareciendo del todo, porque entonces, si alguien quisiera leer las contraindicaciones, la posología o los efectos adversos, tendrá que… ¡escanear un código QR! Pobres abuelos, enfermos crónicos, pacientes en general: si ya era un rollo desdoblar el papel y dejarse los ojos, ahora habrá que tener móvil con aplicación de escáner para enterarse de qué va el medicamento. Menos mal que los amables farmacéuticos, que ya de por sí ayudan muchísimo a sus clientes/pacientes, sumarán a sus labores la de facilitar en papel el prospecto a quien se lo pida, o la de ayudar a una abuelica a leer el QR con su móvil. https://www.ondacero.es/noticias/sociedad/fin-prospectos-medicamentos-papel-como-podran-leer-primeros-farmacos-afectados_2021120861b18e521034750001b7aa5f.html

Pero lo más terrible de las nuevas tecnologías es la banca electrónica, por el maltrato sistemático a la gente mayor desde su implantación. No entenderé nunca jamás que a una persona mayor se le niegue la atención tradicional en ventanilla para sacar 200 euros. O que hacer una transferencia atendidos por un empleado de la caja de ahorros sea misión imposible: hágalo usted en la app, caballero. Aquí tiene su contraseña. Los pagos en metálico solo de 8 a 10, gracias. Si es usted de otra entidad, le cobraremos tres euros de comisión.

Lo de las páginas web, cuentas y contraseñas da para otra entrada. Entre mi marido y yo tenemos apuntadas más de 80 páginas web con sus 80 contraseñas -algunas se repiten, otras no- de acceso con nombre de usuario. Es una maldita locura. Luego los expertos te recomiendan no usar contraseñas facilonas que un hacker podría averiguar sin mucho esfuerzo. Es imposible: para cualquier cosa hay que registrarse: usuario y contraseña. No podemos poner la misma para todo, pero poner una diferente para cada cosa es impensable a no ser que seas superdotado y recuerdes tus quinientas veinticuatro contraseñas. Solo nos queda encomendarnos a San Weborio de la Red Infinita para que no nos pirateen las cuentas con nuestras contraseñas de mierda. Y los pobres abuelicos rezan también para volver a los tiempos en que cobraban el jornal en un sobre, el del banco los llamaba por su nombre y el único móvil que conocían era el que colgaba de la cuna de sus hijos -y eso si tenían móvil o cuna.

¿Para qué esforzarse?

Hemos llevado el coche al taller para cambiar la batería y al recogerlo nos dicen que le han puesto media batería porque es suficiente. Salimos de la peluquería con el pelo medio mojado y el corte sin terminar. La guarnición del entrecot que nos hemos pedido en el bar de la esquina está a medio cocer. En el examen teórico de conducir nos dan el apto con 16 fallos de un total de 30 preguntas. Nos operan de la vista pero solamente en un ojo, total, ¿qué más da? Y en un examen de oposición con 100 preguntas nos ponen en la lista de aprobados habiendo fallado 25 y habiendo dejado 40 sin responder.


Algunas de estas situaciones nos han podido ocurrir de verdad, como la del entrecot. En tal caso nos habremos quejado al camarero o nos habremos dejado sin tocar la guarnición cruda. Lo de los exámenes entra ya en terreno de lo inimaginable. ¿O no?


https://www.elcorreo.com/sociedad/educacion/limite-suspensos-pasar-20211116132324-ntrc.html Lo primero que pensé al leer la noticia fue que, una vez más y por desgracia para nuestro país, con independencia de quién gobierne, las decisiones importantes en materia de educación se toman sin contar con la opinión de docentes con años de experiencia que tendrían bastante más que decir que lo que se saque de la manga el ministro o ministra de turno o turna. Lo segundo que pensé fue qué pena que se iguale por debajo y no se premie la excelencia: cualquiera va a aprobar la ESO tenga una media de 8, de 6, haya aprobado todas las asignaturas o haya terminado secundaria con cinco cates. En este último caso la decisión la tomarán sus profes, a los que ya veo recibiendo agasajos y detallitos en forma de jamón ibérico si los pudientes progenitores quieren aportar su granito de arena para que el chiquillo obtenga el título de graduado en ESO.


Pensando más fríamente, he de reconocer que una cosa buena tiene poder titular con suspensos, y es la siguiente. En el pasado, pongamos que cuando yo estudiaba bachillerato, un alumno podía tener clarísimo querer estudiar Traducción, o Geografía e Historia, o Filología, o Derecho, o cualquier titulación de letras. En 2º de BUP (lo equivalente al actual 4º de ESO) se le atragantaban matemáticas y física y química, que eran materias obligatorias y comunes para todo el alumnado. En la recuperación de junio este alumno conseguía aprobar física y química y se iba a septiembre con las mates. Sufriendo un verano de clases particulares y codos, conseguía aprobar matemáticas en septiembre y pasaba a 3º de BUP limpio. Esta manera de promocionar de curso es la que contemplaba la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa en su artículo 28.2 (“Los alumnos de dichos centros que no alcanzaren el nivel mínimo exigible en todo o en parte de las materias que integran cada curso podrán someterse a pruebas de suficiencia en las mismas, realizadas en el propio centro, superadas las cuales podrán pasar al curso siguiente”) y en su artículo 28.5 (“Los alumnos que no superen las pruebas de suficiencia quedarán obligados a repetir curso; pero si las deficiencias de aprovechamiento se redujeran a una o dos materias, podrán efectuar una nueva prueba dentro del mismo curso, tras haber seguido las enseñanzas de recuperación en la forma que reglamentariamente se determine”).

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Con el decreto chupiguay del actual gobierno, si el equipo docente sabe que un alumno es brillante en determinadas materias pero suspende matemáticas sin remedio –sin remedio aquí significa “no hay examen de recuperación porque nos lo hemos cargado de un decretazo”-, ese equipo docente bien puede ahora darle el título sin problemas porque no haber aprobado matemáticas no va a suponer un lastre en sus conocimientos ni en su futuro académico y profesional. Dicho de otra manera: yo misma aprobaba matemáticas en bachillerato sufriendo, pero aprobaba en junio sin pasar por recuperaciones. Y nunca en la vida he tenido que usar aquello que me martirizaba de los senos y cosenos, los límites o los números irracionales, porque estudié Filología. Y aunque hubiera estudiado otra cosa, tampoco. Se ve dónde quiero llegar, ¿no?


Así que me encuentro todavía digiriendo la noticia, entre la rabia y la incertidumbre. Como madre solo sé que a mis hijos les pido esfuerzo y mérito, que busquen mejorar siempre, que sean inconformistas. No les va a valer lo ramplón y lo mediocre si yo sé que son capaces de más. Por mucho que pasar de curso vaya a ser desde ahora tan sencillo. Rafa Nadal ha logrado lo que ha logrado tras esfuerzos inimaginables, constancia y afán de superación. Los mejores en su campo (educación, ciencia, medicina, deporte, etc.) lo son porque nadie les ha regalado nada y lo han peleado a pulso. De nosotros, padres, depende que nuestros hijos se conformen con que les pasen de curso haciendo lo mínimo exigible o buscando obtener la mejor nota, ya que fuera de casa está claro que no se lo van a exigir tanto. Están creando un mundo de mediocres y analfabetos funcionales para que parezca que hay menor abandono escolar y mejores resultados.


Termino con esta cita, que viene al pelo: «El mundo recompensa antes las apariencias de mérito que el mérito mismo» (François de la Rochefoucauld, 1613-1680).

Mi pequeño

Hoy es tu cumpleaños, cariño: ¡felicidades!. Cumples diez preciosos años durante los que has aprendido valiosas enseñanzas: pedir las cosas por favor, dar las gracias, no arrojar basura al suelo, tomar tus propias decisiones sin importar qué dirán, no insultar a nadie y respetar a todo el mundo. Cosas que parecen comunes y corrientes pero que no todos ponen en práctica: felicidades por ser uno de los que sí. Felicidades, hijo, por ser como eres, con tu simpatía y cariño a raudales, tu sensibilidad y creatividad, tu sentido del deber y de la justicia.

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Gracias por haberme hecho crecer tanto, por tener paciencia conmigo cuando a veces pierdo la paciencia. Por comprender que los adultos trabajamos y ocupamos mucho tiempo, a veces demasiado, en cosas de adultos. Gracias por tus ansias de saber, por tus preguntas curiosas y tu escucha atenta. Gracias por ese amor infinito hacia tus abuelos y tus tíos, y por esos abrazos que nos das a todos acompañados siempre de un «te quiero». Gracias por querer tanto a tu hermana, por cuidarla y jugar tanto con ella como sueles hacer. Nunca dejéis de cuidaros el uno al otro. Vosotros dos sois lo más importante para papá y para mí, y estáis por delante de cualquier cosa.

Llevo diez años currando en esto de la maternidad, y no ha sido fácil ni lo será nunca. Pero le pongo todo el empeño: espero estar haciéndolo bien, y seguir creciendo contigo a mi lado, aprendiendo cada día con tu evolución. Te estás haciendo mayor y pronto serás un jovencito con muchos proyectos en la cabeza: seguirás estudiando, trabajarás, te enamorarás. Estaremos a tu lado para lo que necesites, ya lo sabes. Me convertiste en madre un mediodía de noviembre, me encontraba exhausta pero tu llegada me hizo olvidar todos los males, y trajiste contigo el amor más puro, genuino e incondicional.

Estoy orgullosa de ti, mi niño. Disfruta muchísimo de uno de tus días favoritos, el de tu cumple. Te quiere: mamá.