No corre, vuela

El otro día fuimos mi marido y yo a realizar una gestión en una oficina de la compañía con la que tenemos contratadas las líneas de teléfono móvil y la tele de pago. Nos atendieron muy bien, y, para cerrar la gestión, el empleado nos dijo que tenía que hacerse un selfi con el titular del contrato. Nos miramos y lo miramos a él con caras de extrañeza. Al parecer, y según nos explicó, cada vez va a ser más frecuente que en bancos, empresas y otros organismos la firma autorizada del titular no consista ya estampar un autógrafo con boli, ni siquiera con una PDA, sino una fotografía tomada en tiempo real y vinculada al documento de identidad. Esto de manera resumida, pero en este artículo lo explican más extensamente.

Así que el empleado envió un mensaje de texto a mi teléfono, abrí el enlace, apareció una casilla y varios «acepto», y finalmente una ventanita redonda donde insertar una fotografía con la cámara del móvil. El dependiente tomó mi celular, se posicionó al lado de mi marido, como dos amigos que han salido a tomar un vino, extendió el brazo y apretó el botón para registrar la instantánea. La cara de mi esposo, un poema de versos alejandrinos, con lo que le emocionan los avances tecnológicos y lo rápido que va todo…

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«El documento ha sido firmado con éxito». La vida moderna… Aproveché que estábamos ahí para comentar una incidencia que nos había ocurrido al intentar ver el partido de fútbol el anterior fin de semana, ya que la plataforma en cuestión incrustaba continuamente en la pantalla de la tele un mensaje de error. Al parecer, nos explicó, le había pasado a mucha gente, y podría tener que ver con que el televisor no soportaba las características técnicas del canal en el que se estaba emitiendo el partido, canal que no era de los habituales donde se retransmite la Liga en esta plataforma.

Terminamos charlando de cómo las empresas tecnológicas fabrican ya todo con la intención de que todo se quede desfasado enseguida: la famosa obsolescencia programada, que obliga a comprar un nuevo teléfono móvil cada poco tiempo, que obliga a actualizaciones, que obliga, en definitiva, a consumir, a gastarnos el dinero. Esto es extensivo a televisores, tabletas, robots que aspiran la casa, lavadoras inteligentes, coches…

Los libros no piden actualizaciones, pensé, no se quedan obsoletos –bueno, los de medicina o ciencias u otras disciplinas, sí, pero por su contenido, no por su continente-, no se estropean salvo que se mojen, se quemen o se usen como arma arrojadiza, son infinitamente más baratos, y en lugar de atontarnos nos cultivan, nos enriquecen y nos vuelven mejores, de eso estoy segura. Pero volviendo a lo de antes: me abrumé al darme cuenta de cómo vuela la tecnología a una velocidad de la que aún no nos hacemos idea.

Hoy vi un anuncio del nuevo programa de Masterchef Celebrity Legends. La cabecera está hecha totalmente con IA: aparecen uno por uno los concursantes, con su nombre rotulado en pantalla, y cada uno de ellos interactúa con platos de comida; David Bustamante, por ejemplo, sonríe a la cámara, bailando entre espaguetis del mismo tamaño que él, que giran y saltan a su alrededor en un plato gigante. Habrá a quien le hagan mucha gracia estas imágenes de la IA generativa, y quien, además, se asombre de lo logrado que está, de lo bonito que queda y de lo original que parece.

Pues ni logrado, ni bonito, ni original. A mí personalmente me horroriza. Esos carteles que ya cuelgan de cualquier esquina o farola anunciando clases de taekwondo o de yoga, o las fiestas del barrio, hechos con cualquier IA para torpes, son todos iguales. Iguales de feos e impersonales, con la misma tipografía de letra y colores chillones, crean en mí el efecto contrario de lo que persiguen: en lugar de hacer que me pare a leer lo que pone, logran mi indiferencia. Me da mucha tristeza, qué quieren que diga; veo a mi hijo dibujar con ese arte que tiene y que nos deja boquiabiertos, y pienso en qué futuro tienen las profesiones creativas.

Y bueno, tampoco sería tan grave si la cosa de la inteligencia artificial se quedara en generar (y digo bien: generar, no crear) carteles, vídeos publicitarios o incluso canciones. No se queda ahí, y es lo que asusta. Los jefes de Anthropic y OpenAI piden frenar el «ritmo» del desarrollo de la IA, tras varios incidentes preocupantes. Dario Amodei, director ejecutivo y cofundador de Anthropic, habla de posibilidades reales de la extinción humana por una descontrolada inteligencia artificial.

No quiero vivir en un relato de Isaac Asimov, luchando contra robots cabreados que buscan eliminarnos. Nunca me han gustado demasiado las historias apocalípticas o futuristas, y la literatura y el cine están repletos de ellas. Esas historias vieron la luz gracias a cerebros humanos, inteligencias naturales, de carne y hueso, de meninges e hipotálamos: escritores, guionistas, directores de cine, historietistas que idearon y plasmaron ficciones que, leídas o vistas, nos conmueven, nos asustan y asombran como nada puede hacerlo, y hasta nos hacen disfrutar porque nos parecen irrealizables o distópicas.

Por muy inteligente que sea, la IA lleva la A de artificial. Y lo artificial siempre ha tenido malas connotaciones, ¿o no? O si no, a ver qué preferimos comer: un puchero de la abuela o una sopa de sobre.

Se me han quitado las ganas

Al principio me hacía ilusión, lo reconozco. Un evento astronómico que rara vez ocurre en la vida de una persona, visible desde múltiples lugares del país y en pleno verano. Me compré las gafas homologadas en un supermercado hará como dos semanas. Busqué incluso información de las zonas habilitadas aquí en Navarra, y me planteé cómo organizarme la tarde del 12 de agosto, que es mañana.

Mañana.

Ayer, 10 de agosto, salió en prensa que retiraban varios modelos de gafas para ver el eclipse por riesgo de lesiones oculares https://elpais.com/sociedad/2026-08-10/consumo-retira-seis-modelos-de-gafas-para-el-eclipse-por-riesgo-de-lesiones-oculares.html El algoritmo de mi teléfono me sacude desde hace días con vídeos de expertos que me alertan de las lesiones irreversibles que puede sufrir la retina por un mínimo descuido de mirar el disco solar sin la debida protección. En la última semana no se puede ver un informativo en la tele sin que nos machaquen con el eclipse.

Pues miren, ya lo han conseguido. Mis hijos tienen miedo y me lo han contagiado, aunque no sé si es miedo o sentido común. He tenido que guglear cuántos eclipses se han podido ver en España desde que nací, y el motivo de la búsqueda es que tengo un vago recuerdo de haber presenciado un eclipse parcial sin moverme de mi barrio y, hasta donde alcanza mi memoria, sin gafas especiales. Historia de Eclipses Solares en España (1905-2026) Creo que usé un trozo de radiografía o un negativo. Si no sabes qué es un negativo, pregúntaselo a la IA y disfruta de tu juventud, bro. A los que ya os crujen las articulaciones, no hace falta que os lo explique. Bueno, pues aquel eclipse parcial fue el 11 de agosto de 1999, hace hoy 27 años, y no me dejó una huella imborrable ni me causó daños en la vista: ya era miope entonces y no noté absolutamente nada que empeorara mi ya borrosa visión. Tampoco logró convertirse en una experiencia inolvidable: la prueba es que no me acordaba de ello hasta que lo he buscado en internet. Fue parcial, eso es cierto, vaaaale. Y el de mañana es total.

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Pero no en todas partes, no. Para ver el eclipse total hay que ir a los lugares de la franja de totalidad, valga la redundancia. Ya os digo yo quién va a coger el coche mañana: yo no. Además, con toda la retahíla de instrucciones, precauciones y consejos varios con la que estoy siendo bombardeada, me está entrando una ansiedad que no sentía desde la dichosa pandemia y su distancia de seguridad.

Me pongo en situación: casi dos horas dura el fenómeno. Pienso en todas las cosas que puedo hacer en ese rato. En mi ciudad no será total, solo parcial. No puedo mirar más de un minuto seguido al sol, ni siquiera con las gafas especiales, tengo que descansar la vista y mirar al suelo si me voy a quitar las gafas. Si cometo un error y por descuido se me ocurre mirar al sol sin las puñeteras gafas puedo tener una retinopatía irreversible. Si mis hijos cometen un error y por descuido miran al sol, no me lo voy a perdonar en la vida.

Conclusión. Mañana haré vida normal hasta las 7 de la tarde, momento en el que mi familia y yo nos recluiremos en casa y pondremos la tele para abrir YouTube y conectarnos, por ejemplo, aquí: Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC): eclipse solar en directo desde el Cristo del Otero en Palencia Cuando veamos en la retransmisión que el fenómeno está en su apogeo, saldremos al balcón para mirar al suelo. Al suelo, sí, a la calle, a ver qué maravillosa luz penumbrosa, quasi fantasmagórica, nos deleita la retina. De fondo pondré a Bonnie Tyler, que en paz descanse, y su temazo Total eclipse of the heart. Y vuelta al sofá.

Al día siguiente podré hacer scroll infinito y veré incontables vídeos cortos de toda la gente que habrá grabado el eclipse. Podré ver el eclipse tomado desde Burgos, desde León, desde Peñíscola o Albarracín. Podré verlo mil veces si quiero, con corona solar y sin corona solar. Sin riesgos. Habrá quien me diga que estoy loca por querer perdérmelo voluntariamente. Bueno, quizá esté loca. Esta loca les dice que mi vida no se va a ver afectada absolutamente en nada tanto si lo veo como si no. Y esta loca ama mucho sus dos pequeños y verdes ojos miopes.

Histórico, otra vez

Lo comentábamos el otro día en el trabajo: la gente que vive ajena al fútbol como deporte de masas o que incluso lo detesta tiene que haber estado estos últimos 39 días hasta más allá de la coronilla. No tienen bastante con la temporada de liga, que también cada cuatro años hay Copa del Mundo. El Mundial, vamos. Ah, y dentro de dos añitos de nada, Eurocopa. Lo siento, pacientes almas, tocará unirse al enemigo o mudarse al Everest.

Sé que ganar una copita no resuelve los grandes problemas de nuestro mundo; de hecho, pensándolo en frío, alegrarse por ello es de una frivolidad insultante. Cualquier persona sensata (y que no viva del fútbol), sabe que su vida no va a cambiar porque Rodri haya levantado el trofeo de campeones del mundo al cielo de Nueva Jersey. Pero la capacidad que tiene el fútbol de amalgamar como una masa compacta a individuos tan diferentes entre sí, creo que pocas cosas en esta vida la tienen.

El otro día vi en Movistar Plus el reportaje ¿Qué hacías el 11 de julio de 2010?, título que hace referencia a la consecución de la primera Copa del Mundo por parte de España. Ese día el país entero vibró con el gol de Iniesta (0-1) a la selección de Países Bajos, en el minuto 116, durante la segunda parte de la prórroga. El reportaje se grabó en 2020, una década después de aquel logro, y en él aparecen el entonces seleccionador, Vicente del Bosque, y diversas personas no relacionadas con el fútbol pero que recuerdan aquel momento y qué estaban haciendo; aparecen tanto personajes conocidos (David Bisbal, Rafa Nadal o Carlos Martínez, comentarista de aquel mundial) como personas anónimas que vivieron aquello como grandes aficionados al fútbol.

Resultados de España en el Mundial de 2010 hasta la final

Como ellos, cualquiera con un mínimo interés en lo que sucedía en Sudáfrica aquel 11 de julio, es capaz de recordar dónde y con quién se encontraba cuando España ganó a Países Bajos. Recuerdo estar yo en capilla, a punto de pasar por el altar ese mismo mes. Vi el partido con mi entonces novio y actual marido, mis padres y mis amigos Rebeca y Darío en casa de mis padres. Era 11 de julio, sexto día de las fiestas de San Fermín, y compramos unas barras de pan para hacer unos bocatas y ver el partido todos juntos en el salón donde crecí y me crie.

Fue especial por muchos motivos: íbamos de blanco y rojo –era, como he dicho, San Fermín-, y el ambiente festivo venía ya de serie. Y lo bonito es que nunca antes se había dado tal situación, que España jugara la final de un Mundial, así que podía pasar cualquier cosa. Creo que entonces, en los días previos del encuentro, no se palpaba un optimismo generalizado: aunque España venía de ganar dos años antes la Eurocopa, no mucho tiempo atrás había protagonizado claras decepciones en lo deportivo.  El hecho de ser los campeones europeos no les daba por sí solo la etiqueta de favoritos, y además se había cerrado el ciclo con Luis Aragonés en el banquillo y era Del Bosque quien cogía el testigo.

Recuerdo pinceladas de aquella noche: buen ambiente, y enseguida gritos y manos a la cabeza cuando a Xabi Alonso le propinó De Jong aquella patada en el pecho al más puro estilo kung-fu (minuto 28). Recuerdo sufrir mucho porque con un empate a cero estás todo el rato en el alambre: cualquier error en forma de gol en contra te pone en una cuesta arriba muy chunga. Que se lo digan a Casillas y su paradón con la puntita del pie el disparo de Robben en el minuto 61. Los minutos pasaban, llegó la prórroga y el reloj corría inexorable hacia la tanda de penaltis, un verdadero infierno en la tierra.

Pero llegó Andrés Iniesta, a pase de Cesc, para poner ese gol casi postrero, rozando el final del tiempo de juego de la prórroga. Y en aquel salón gritamos y nos abrazamos con una frase aún resonando en nuestros oídos: «¡¡Está habilitado!!» Eso dijo Darío al ver que Iniesta chutaba en posición reglamentaria: no había fuera de juego. Gol legal, gol ganador, gol de campeones del mundo.

La historia nos ha obsequiado con otro título igual: España ya cuenta con dos estrellas bordadas en el pecho. Anoche sufrimos, vaya que sí. El escenario fue mi casa, no la de mis padres. Estaban ellos (qué bendición poder decirlo: he visto con mis padres los dos títulos), estaban mi marido y mis hijos. Mis hijos… Anoche les decía: estáis viviendo algo histórico, lo recordaréis de mayores. No son muy futboleros, pero algo como lo de ayer se vive casi sin pretender vivirlo.

Resumen del partido España-Argentina

Resultados de España en el Mundial 2026

Dentro de unos cuantos años recordaremos el gol de Ferrán en el minuto 106, y el gol que lo precedió, marcado por Nico Williams (min. 96) y anulado por una falta inexistente previa (lamentable el error arbitral). Recordaremos la retahíla de patadas, codazos y encontronazos con que nos deleitó la selección argentina (Paredes debió ser expulsado, no solo Enzo Fernández). Y llevaremos con orgullo esa segunda estrella que ya luce bordada en la camiseta oficial por lo menos cuatro años más.

«El fútbol es la más importante de las cosas menos importantes». Se cree que lo dijo Arrigo Sacchi, o quizá fue Jorge Valdano, argentino él. Solo sé que con esta cosa tan poco importante se exaltan las emociones de una manera poco equiparable con otras emociones. Se abrazan desconocidos, se comparten vivencias y recuerdos. Y se sueña, como soñaban los niños con Peter Pan, deseando viajar a aquella segunda estrella a la derecha, el país de Nunca Jamás. La segunda estrella va a la derecha de la primera, efectivamente. Y que no sea la última, no dejemos de soñar.

Una última cosita. Saludos a los energúmenos que en pleno partido se presentaron en un bar de Berriozar, localidad pegada a Pamplona, para tirar mesas y sillas y golpear con barras de hierro a quienes pacíficamente estaban viendo el encuentro cenando en la terraza. Saludos, en general, a todo ser viviente (personas no, ya que no alcanzan) que disfruta sintiendo odio y echando bilis solo porque odia el país en el que vive y odia su bandera, y odia cualquier sentimiento de pertenencia y cree que su legítimo derecho a no sentirse español le da carta blanca para agredir, amenazar, insultar y mirar por encima del hombro. Idos al Everest, al menos allí estaréis lejos de nosotros cuando queramos gritar a los cuatro vientos que viva España.

Junio extraño

El que termina ahora en junio es el quinto curso escolar en el que no existe la recuperación de septiembre. Fue a partir del curso 2021-2022 cuando un alumno con una o varias asignaturas suspensas ya no podía examinarse en septiembre tras un verano de estudio entre chapuzón y chapuzón. Desde entonces la evaluación del curso termina en junio, y es durante las últimas semanas de ese mes cuando tienen lugar los exámenes de recuperación.


Los alumnos que, a primeros de junio, con la entrega de notas, tienen todo aprobado, deben seguir asistiendo a clase hasta mediados de mes, al igual que quienes tienen los exámenes de recuperación de junio. Estos últimos reciben clases de repaso dentro de la jornada lectiva, aunque muchos se quedan en casa estudiando. Son días lectivos, siento repetirme; así lo marca la resolución que anualmente dicta el Director General de Educación y Formación Profesional en Navarra.


Los afortunados que han aprobado todas las materias se ven ante la siguiente disyuntiva: ir al instituto y encontrarse con aulas semivacías en las que no se imparte materia ni se rellena el tiempo con nada productivo o quedarse en casa y que sus padres presenten un justificante de enfermedad u otra circunstancia eximente de acudir a clase. Esta trampilla no me la estoy inventando, así lo dicen los tutores directamente a sus alumnos.


Por lo que me cuenta mi hijo, hay profesores que al menos rellenan estos extraños días con actividades menos académicas (un concurso de preguntas, ver una película y mantener un posterior debate sobre ella, incluso tomar un pequeño almuerzo de picoteo para despedir el curso), pero otros llegan al aula y, viendo que tienen tres o cuatro alumnos, les dan vía libre para que adelanten o alarguen el recreo o jueguen a algo en el Chromebook. A veces concentran en una misma aula a alumnos de diferentes “letras” (3º. A, 3º. C y 3º. E, por ejemplo) para que no haya dos alumnos en un aula, tres en otra y cuatro en una tercera, y así por lo menos un mismo profesor los tiene a todos juntos, y los otros compañeros docentes pueden dedicarse a otra cosa.


Este año, en el instituto de mi hijo, se ha programado para todo el alumnado que ha aprobado el curso la proyección de tres películas en el salón de actos y en horario lectivo para que, al menos, tengan “algo que hacer”. Supongo que tratan de incentivar así que acudan al instituto y no se queden por ahí en la calle. Desconozco si la medida ha tenido éxito.


Como madre, y como alumna de instituto que fui en su día, no entiendo estas vacaciones adelantadas. Siguen siendo menores de edad que deben asistir a clase mientras dure el periodo lectivo; los padres tenemos que trabajar y confiamos en que están en el instituto hasta la hora de comer. Qué sentido tiene que sigan madrugando, vayan a clase durante semana y media después de publicarse las notas, y no hagan absolutamente nada. Pues que se queden en casa, me dirán. Ellos, además, esgrimen el argumento de “mis amigos no van a clase, yo tampoco quiero ir”.


No, miren, no; y si el problema es que el profesorado está con los alumnos de la recuperación y no puede ocuparse del resto, que el departamento de Educación busque soluciones: contratación temporal que cubra esos días prevacacionales y mantenga a los alumnos aprobados dentro de clase y aprendiendo algo.
Se les puede hablar de hábitos de salud, se les puede instruir en economía básica para la vida, explicarles conceptos del mundo laboral, enseñarles una receta de cocina, medidas preventivas de seguridad alimentaria, primeros auxilios, qué valores mide un análisis de sangre… ¡Cientos de cosas!


No olvidemos que están cursando Educación Secundaria Obligatoria. ¡Obligatoria! Los de bachiller van a clase si quieren, pero en la ESO la asistencia es obligatoria, o así lo entiendo yo, o quizá estoy equivocada y todo esto es lo más normal del mundo y no tengo derecho a quejarme.

Tiene tela

En un abrir y cerrar de ojos hemos pasado en Pamplona del abrigo al pantalón corto, y eso solo puede asegurarnos una cosa: toca cambio de armario. Pero no un cambio radical, que en dos días nos pega de nuevo el bajón térmico y hay que sacar las sudaderas otra vez. Y ya cuando el cambio de armario aplica a miembros menores de la familia y en plena edad de crecimiento y estirones, el soponcio es extremo al comprobar que no les vale nada o casi nada del verano pasado. Y llegan las prisas por comprar ropa fresca de su talla, y después el reconcome de qué hacer con la ropa que no les entra.

Aquí en la comarca de Pamplona pusieron hace varios años unos contenedores para ropa y calzado donde depositar este tipo de ¿residuo? para que operarios de Traperos de Emaús hagan recogidas periódicas y reutilicen esas prendas como consideren. Personalmente siento bastante desasosiego cuando me deshago de bolsas y bolsas de ropa, casi toda ella en buen estado de uso. A las prendas más monas o de más valor intento buscarles nuevo dueño, regalándolas a primas o conocidas que tengan hijos más pequeños y con quienes tenga yo suficiente confianza. Me da mucha pena tirar o entregar toda esa ropa a rastros de segunda mano o a la parroquia. Lo de la venta por internet nunca me funcionó, quizá es que no he insistido demasiado, pero las veces que anuncié alguna prenda nadie preguntó por ella.

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Mi mala conciencia transita entonces por un camino tortuoso donde se bifurcan y se juntan alternativamente:

  1. El remordimiento por ser tan consumista;
  2. La vena economista por tanto dinero gastado en ropa que habrá que volver a gastar en ropa nueva;
  3. La neura ecológica por los litros y litros de agua que se necesitan para fabricar ropa;
  4. La desazón y la pena al pensar en las personas de países lejanos que han sido explotadas laboralmente para confeccionar la ropa que yo tiro.

Intento borrar estos pensamientos intrusivos diciéndome que hay gente que compra mucha más ropa que yo, que compra incluso compulsivamente hasta el punto de tener prendas con etiqueta y sin estrenar aún en su armario, que goza de unos armarios de suelo a techo que ocupan como la mitad de mi piso, en el interior de los cuales podrían vivir cómodamente un matrimonio, dos hijos y un gato. También me digo que la ropa que entrego acabará siendo aprovechada por alguien con menos recursos, y casi acabo sintiéndome peor.

Luego pienso en esas series americanas en las que los personajes sacan sus enseres al jardín de su casa y se acercan a él los vecinos a comprarles la tostadora, el vinilo, el chaquetón o el vestido de novia. Todo el mundo sale ganando: el que vende se deshace de cosas que no usa y gana un dinerillo; el que compra obtiene alguna que otra ganga, y todos pasan un día estupendo conversando y regateando, sonriendo y diciendo muchas veces thank you very much.

A veces me gustaría vivir en una serie americana, pero luego me acuerdo de que no conocen el aceite de oliva ni el bocata de chistorra y se me pasa.

Échame un ojo al niño

Una vecina de la misma calle donde me crie era quien me llevaba al colegio en mis primeros años de la EGB. Aún viven ella y su marido en el mismo portal, en la misma acera que mis padres. Llevaba a sus dos hijos y de paso a mí y a otra niña de la edad de la suya. No era un trayecto largo, apenas quince minutos a pie, pero en aquel entonces el barrio tenía muchas zonas sin urbanizar, y el peatón no estaba tan protegido como en las ciudades actuales: los coches no sorteaban badenes o guardias dormidos, ni circulaban por calles de límite 30 por hora, y los peatones teníamos aceras estrechas y pocos pasos de cebra.

El caso es que andaba yo pensando en la importancia de esas vecinas que antaño nos sacaban de más de un apuro, y no me refiero al típico prestar un poco de sal para el guiso. Siendo yo pequeña, otra vecina de la misma calle me acogió en su casa un par de noches porque había fallecido mi tío tras varios días hospitalizado.

Mis padres, abuelos desde hace muchos años, también cuidan en contadas ocasiones de los hijos de los vecinos de arriba, muy pequeños aún (el mayor tiene siete). Los padres no tienen muchas veces de quién tirar, y mi madre, sobre todo, es quien les hace el favor de cuidarlos, teniéndolos en su casa o en el propio piso de los vecinos.

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Cuando los míos eran así de pequeños, he tenido la inmensa suerte de contar con mis padres y con mi suegra, quienes me han ayudado –y lo siguen haciendo- siempre encantados y con una sonrisa tan grande que, más que hacerme ellos el favor a mí pareciera lo contrario. Si no hubiera sido por ellos tres, dudo mucho de que cualquiera de mis vecinos se hubiese ofrecido a hacer de canguro. Claro que en mi vecindario hay parejas con niños –ahora esos niños ya me pasan una cabeza-, pero nunca he sentido la confianza necesaria para cruzar la barrera de intercambiar unas palabras de cortesía, un «buenos días» o un silencio incómodo en el ascensor.

Nuestra sociedad actual, occidental y urbana, es individualista en exceso y centrada en el yo-mí-me-conmigo. Seguro que habrá excepciones, y está claro que la ciudad no es el entorno más propicio –los pueblos pequeños son otra historia-, pero la tónica general no invita a dejar a los hijos con un vecino. Curiosamente, publicamos todo tipo de intimidades, en forma de fotos, principalmente, y ese exceso de información, paradójicamente, no se traduce en herramientas válidas para decidir si un conocido, un vecino o un compañero de trabajo son realmente de fiar.

Existen, por otro lado, iniciativas que persiguen la creación de esa «red de cuidados» cuando estos se salen de los lazos puramente familiares. Hablo de los comerciantes que ofrecen su apoyo y ponen a disposición su teléfono para que, cuando un adolescente aún no tiene móvil por decisión, sabia, por otra parte, de sus padres, pueda comunicarse con quien necesite. Una simple llamada para decir «me quedo un rato más» o «nos vamos a casa de Nico a jugar a la Play». Las plataformas de Adolescencia Libre de Móviles promueven este tipo de iniciativas, y me parece de diez.

Recuerdo cuando de pequeña me bajaba a casa de la vecina a jugar a las barbis, y en el patio interior nos juntábamos con los niños de medio bloque a jugar al escondite, o salíamos a la plaza con una cuerda y un balón y echábamos la tarde. Me reconozco culpable porque no hemos dado a nuestros hijos nada de eso, y no sé achacarlo a un solo motivo. Ahora crecen inexplicablemente antes o más rápido o nos empujan a que lo hagan más precozmente. Y la calle deja de sonar a risas y a canciones infantiles para ser solo un lugar gris de hormigón desnudo sin vecinas charlando sobre la vida o las lentejas que dejaron en el puchero.

Cuento de nah-vidad

Hace no muchos años, la magia y el olfato de los grandes magnates del comercio dieron vida a tres pequeños elfos de nahvidad: Zampa, Pimpla y Despilfarra. Su tamaño es imperceptible para el ojo humano, pero con sus poderes mágicos se instalan en el cerebro de niños y mayores moldeando la voluntad de las personas a su antojo, o más bien en pro del interés de quienes los crearon con ese fin.

Estos pequeños seres vestidos de rayas rojas y blancas, con gorro y zapatos puntiagudos y cara de pillastres consiguen que el paso de las hojas del calendario se acelere como un cohete supersónico, y que la noche de Halloween, alojada en el 31 de octubre, dé paso, solo un día inmediatamente después, a la carrera frenética hacia la nahvidad.

Nada más despuntar noviembre todo huele a nahvidad: hay turrones y mazapanes en los supermercados, guirnaldas y árboles con espumillón de mil colores, galletas de jengibre, renos y papanoeles, infinidad de luces parpadeantes en ventanas y balcones y en las calles de las ciudades; suenan jingle-bells y all-I-want-for-Christmas-is-you. Para contribuir a la carrera frenética llega también el black Friday o los black days, con descuentos increíbles (precisamente eso, increíbles) para que las personas, avivadas por el ahorro, satisfagan el susurro imperioso que late en su cabeza y que proviene de la magia poderosa de Zampa, Pimpla y Despilfarra, los elfos de nahvidad.

Las carteras y las tarjetas de crédito se vacían para poblar y saturar los hogares con manjares suculentos, vinos y bebidas alcohólicas de todo tipo, dulces típicos y dulces importados: panetone, barras de chocolate Dubái, Baklava, dátiles. Las personas se vuelven locas buscando los regalos perfectos para toda la familia, creyendo que esa cartera de piel o esa novela best-seller que compran para la cuñada que no soportan el resto del año les hará quedar bien y cumplir el expediente.

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Crear la atmósfera idónea es muy importante, y Zampa, Pimpla y Despilfarra son expertos. Llenan diciembre de comidas y cenas de empresa, quedadas con los del instituto, las del gimnasio, los de pádel. Brindis por aquí y por allá, ruido, música y desenfreno. Se trata de consumir, gastar y no pensar, no detenerse ni para mirar el extracto del banco. No hay dolor ni arrepentimiento, es lo que hay que hacer en estas fechas, y si hay gente que puede permitírselo, también los elfos intentan que a algunos se les ocurra hacer un viaje exótico para celebrar la nah-vidad y colgar cientos de fotos en Instagram con el hashtag #merrychristmas.

Y en mitad de todo este desenfreno existen seres arrebujados bajo una manta raída que ven pasar las piernas de la marabunta consumidora. Solo de vez en cuando algunas piernas se detienen y una mano arroja unas monedas al cestillo que sigue todavía muy vacío después del paso de muchas horas y de mucho frío y de mucha soledad y desesperanza.

Esos seres arrebujados bajo una manta raída quizá recuerdan todavía con añoranza esos días de diciembre con castañas calientes en las manos, alrededor de una mesa a la que se sentaban familiares que se marcharon de este mundo ya, y en la que se servía consomé y merluza en salsa verde. A los postres se sacaban los mazapanes, el turrón duro y el blando y algún polvorón; se tocaba la pandereta y la zambomba y se cantaba Los peces en el río y El tamborilero. Los regalos eran humildes y siempre eran objetos que se necesitaban. Presidiendo el hogar estaba el portal de Belén, y no había luces de colores pero sí mucho amor y otra calma de vivir.

Desde la oscuridad de un refugio improvisado al calor de los animales, con la sola luz de una estrella en el cielo que guía hacia la luz más refulgente y hermosa, hay un Niño que no puede creer en qué se ha convertido lo que un día fue Navidad. En nada, en vacío, en nah. En nahvidad.

Los amigos del arte

Los responsables de urbanismo de cada ciudad española deberían plantearse con urgencia establecer zonas (paredes, muros), a ser posible en lugares céntricos y de paso, para que todo el mundo pueda pintarrajear consignas, colgar banderas o lanzar a lo loco botes de pintura (o huevos, quién sabe), y para que todo el mundo lo vea. Esta medida lograría que cada cual pueda escupir (literal y figuradamente) sobre un muro ad hoc sus reivindicaciones. Cada cierto tiempo se limpiarían, y el número y dimensiones de tales superficies irán acordes con la cantidad de habitantes de la localidad o municipio en cuestión, y una vez limpios vuelta a empezar.

Con unos muros así, quizá la gente proclive al borreguismo insensato se inhibiría de atacar fachadas, escaparates y comercios por el simple y llano motivo de porque-me-sale-de-los-cojones. El pasado 27 de septiembre, para celebrar por todo lo alto las fiestas de San Fermín de Aldapa (o “Txikito”), un grupo de jóvenes tuvo a bien lanzar huevos y provocar destrozos en el local recién inaugurado de ‘Sabor a España’, marca con tiendas en diversas ciudades de nuestro país. Se ve que el solo nombre de España les produjo tal iracundia que quisieron dejar claro, ya en los comienzos de este negocio en Pamplona, quién manda aquí, faltaría más. Radicales atacan con huevos el comercio ‘Sabor a España’ recién abierto en Mercaderes La mencionada tienda elabora frutos secos garrapiñados, turrones, pastas, golosinas, etc., y está ubicada en la Plaza Consistorial, 1. Emplazamiento publicitario número 1.

El mismo tipo de gente –supongo que se conocerán o serán de la misma cuadrilla- es el que tiró pintura roja, verde y negra a la fachada del edificio donde está ‘Zara’. El edificio de Zara en el centro de Pamplona amanece manchado de pintura (14 de septiembre). Vídeo: Zara, objeto de las protestas de los manifestantes a favor de Palestina (3 de octubre). No hará falta que especifique qué vende ‘Zara’; la fachada atacada en cuestión, dos veces en el último mes, está en la Avenida de San Ignacio, 7. Se ve que Amancio Ortega y sus herederos tienen toda la culpa de lo que pasa en Gaza, y por eso se les decora la pared con los colores de la bandera palestina, para recordárselo. Los amables manifestantes también pusieron pegatinas chulísimas en los cristales. Emplazamiento publicitario número 2.

Algunos establecimientos tienen claras fallas de memoria, y por eso amablemente se les volvió a recordar este mes de octubre que no son bienvenidos. Es el caso del Starbucks de la calle Mercaderes, 6, (emplazamiento publicitario número 3), que ha recibido su recordatorio en forma de pintura, por si la rotura de cristales de diciembre de 2024, primero, y mayo de 2025, después, no fue suficiente Vandalizan otra vez el escaparate de Starbucks en Mercaderes

Esta gentuza tan aficionada a redecorar comercios (y que tendrán amigos en el gremio de cristaleros, supongo) justifica sus actuaciones bajo excusas tales como “no es comercio local”, “no son de aquí”, “son explotadores”, “son españoles» (sic), y demás. Nunca se paran a pensar en los empleados de dichas tiendas y comercios, que a lo mejor son nacidos en Lerín, Añorbe o Elizondo, y que bastante tienen con haber logrado un trabajo, mejor o peor pagado, acorde o no con su formación y experiencia, para además tener que limpiar destrozos o simplemente pasar el mal trago de que una turba lance cosas contra los cristales mientras ellos intentan trabajar.

Mención aparte merecen los amantes del arte, en este caso del arte ajeno. Tanto les gusta el arte que buscan aportar su visión pictórica añadiendo unas pinceladas de sopa de tomate La joven que atacó con tomate un cuadro de Van Gogh: «Necesitamos que la gente hable del cambio climático» o de pintura roja -eso sí, biodegradable Dos activistas de Futuro Vegetal arrojan pintura roja sobre un cuadro de Colón en el Museo Naval de Madrid El motivo de tal afán artístico es lo de menos: llamar la atención por el clima o protestar porque en 1492 un tipo con calzas y peinado a lo Greta Thunberg se equivocó de ruta y llegó a las costas de la actual América del Sur, donde todo era paz y armonía y los indios eran superamigos y en absoluto se comían unos a otros.

Para esta gente la historia no vale nada, el arte no vale nada, solo importa su minuto de caso, su hazaña por la que abrirán informativos. Qué importa si se ataca un Van Gogh, ¡como si quiere hundirse todo el techo de Notre Dame! Mirad, estúpidas niñatas de colegio de pago que jugáis a la revolución: vuestro activismo me resulta repugnante y totalmente falto de consideración. Conseguís el efecto contrario, mi total desafección hacia lo que reivindicáis. Espero que, al menos, os hagan pagar de vuestro bolsillo los daños y desperfectos que vais ocasionando.

Por último, a los directores de museos de todo el mundo: igual que nos cachean a los aficionados al entrar a un campo de fútbol, espero que se empiece ya a poner detectores de metales, guardias de seguridad y toda medida disuasoria para que estos alelados del espray y el bote de pintura sean pillados antes de cometer sus barbaridades. Si hay que pagar más cara la entrada porque las medidas cuestan caras, se paga.

Nota final: la publicidad que he hecho a ‘Sabor a España’, ‘Zara’ y ‘Starbucks’ no me reporta ni un céntimo de euro. La hago gratis.

Nota final 2: ayer fue 12 de octubre. A todo el que piense «genocidio en América», «nada que celebrar», «España debe pedir perdón» le recomiendo encarecidamente que lea Nada por lo que pedir perdón, de Marcelo Gullo Omodeo. Y tampoco cobro por la publicidad, simplemente lo he leído, y es muy bueno, y creo que le hace falta a mucha gente.

Si has llegado hasta aquí, gracias por leerme.

Enfermos de calor

Ahora que está la inteligencia artificial en boca de todos, veamos qué responde a la pregunta de cuántos hospitales públicos en España disponen de aire acondicionado:

Me llevo una pequeña decepción, ya que la IA no me sabe decir cuántos centros hospitalarios de mi país tienen instalación de aire acondicionado. Vayamos más allá. Buscando noticias sobre hospitales y aire acondicionado encuentro lo siguiente:

«Pacientes denuncian la falta de aire acondicionado en hospitales: Esto es un horno; una sauna» 01/07/2025, noticia de Gerona publicada en la web de Antena 3 noticias.

«Hasta 40 grados en hospitales de Canarias por la falta de aire acondicionado: No están en condiciones para los pacientes» 13/08/2025, publicado por Informativos Telecinco.

«Los hospitales españoles, asfixiados por el calor: pacientes y sindicatos denuncian las altas temperaturas que sufren en los centros» 01/07/2025, publicado por La Sexta Noticias.

Me voy ahora a lo que tengo más cerca, a mi tierra: Quejas por el calor en el pabellón de geriatría del Hospital Universitario de Navarra, publica Diario de Navarra publica Diario de Navarra el 13 de agosto. En referencia a este hospital en concreto, un sindicato de enfermería ya ha denunciado la situación, y explica que se trata de un problema estructural y crónico, que se repite todos los veranos en los últimos años. La misma situación se extiende a algunas plantas del antiguo hospital Virgen del Camino, y por supuesto ocurre parecido en el área de salud de Estella y de Tudela.

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Este sindicato exige una revisión urgente de las condiciones térmicas de todos los centros sanitarios, la dotación de sistemas portátiles de climatización donde sea necesario, y la ejecución inmediata de planes de reforma estructural, con inversión y mantenimiento diario.

También han pedido revisar las condiciones laborales en los servicios más afectados, dando prioridad a la salud de pacientes y profesionales. “Esto no va de comodidad, va de salud, de seguridad y de dignidad. Las enfermeras no pueden seguir cuidando en estas condiciones, y los pacientes no merecen ser tratados en habitaciones que superan los 28 o 30 grados”, han advertido. (Estos dos últimos párrafos los pueden leer aquí: Denuncian temperaturas de más de 30 grados en hospitales navarros y no hay soluciones)

Desconozco cuál puede ser la solución, pero es urgente que quienes gestionan el servicio público de salud se sienten a trabajar sobre este único y prioritario punto del orden del día. No se puede tolerar que los enfermos, sus acompañantes y los trabajadores de un hospital tengan que soportar estas temperaturas poniendo en riesgo su salud. Imagino que no será nada fácil; hablamos de edificios antiguos, con un mal aislamiento térmico, con plantas en altura -las plantas más afectadas por el calor suelen ser de la quinta para arriba-, y, claro está, hablamos de una inversión millonaria.

Teniendo en cuenta que aquí en Navarra las mayores partidas presupuestarias van para sanidad, educación y el convenio económico con el Estado, algunos me dirán que ya se invierte en salud, y que nuestra comunidad presume de tener una de las mejores o la mejor sanidad de España. Una búsqueda sencilla por internet nos sitúa a la cabeza junto con País Vasco y Asturias, en un informe de 2024. Pero siempre se puede mejorar, y una mano de pintura barata no va a hacer que los desconchones que sufre nuestra sanidad desaparezcan. No hay duda de que soportar un ingreso hospitalario con temperaturas tórridas es un desconchón de tamaño considerable, y no digamos nada si se trabaja allí atendiendo pacientes, en jornadas de 7, 10, 12, 24 horas.

Otro día podemos abrir el melón de los aparcamientos de pago en zonas hospitalarias, que hoy ya me he extendido mucho hablando del calor. Tener un familiar enfermo durante días o semanas y tener que apoquinar no pocos euros para poder visitarlo o permanecer de acompañante es, a mi modo de ver, sangrante, injusto, recaudatorio e inhumano. Pero en fin, ya digo que no da tiempo a hablar de todo.

Aprovecho este párrafo final para agradecer al siempre humano y amabilísimo personal del Hospital Universitario de Navarra y centros análogos del Servicio Navarro de Salud su disposición y cuidados para con los pacientes. En los últimos años he tenido familiares ingresados por diversas patologías y el trato ha sido siempre exquisito.

Aparcar en zona rosa

A veces me pregunto si entre los propios políticos acostumbran a sacar a la luz tonterías supinas para tapar escándalos mayores, lo que se conoce como cortinas de humo, vamos. De escándalos mayores vamos bien surtidos últimamente, a pesar de que el Número Uno asegura no conocer nada ni estar enterado de lo que hacían sus amigos del Peugeot. Ahora nadie sabe quién es Santos Cerdán, el nuevo habitante de Soto del Real.

En fin, resulta que en León ha saltado la noticia o la cortina de humo de que el consistorio, socialista para más señas, ha habilitado varias plazas de aparcamiento de una zona de la ciudad marcándolas con un distintivo que representa a las mujeres. Es decir, serían plazas donde preferentemente aparcarían mujeres, una práctica al parecer habitual en otras ciudades europeas y que persigue la seguridad de un colectivo “vulnerable”. Aquí dejo la noticia en cuestión: Nueva polémica por los aparcamientos para mujeres en León: vandalizan los pictogramas una semana después de su entrada en vigor

Es admirable cómo la izquierda, dueña siempre de la autoridad moral para todo, cae constantemente en sus propias contradicciones.

Si las mujeres y los hombres somos iguales –principio del feminismo- ¿por qué se necesitan plazas de aparcamiento diferentes según el sexo?

Si el género es un constructo social y no viene determinado por la biología, sino que más bien es una cuestión de sentires y de autopercepción, ¿qué impide a un hombre aparcar ahí si asegura percibirse como mujer? ¿Con qué derecho se le puede pedir que vaya a otro lugar del parking?

Si los juguetes de color rosa perpetúan los estereotipos de género, ¿por qué el símbolo que han pintado en el pavimento es de color rosa? ¿Las mujeres llevamos asociado este color por el hecho de serlo? Qué patriarcal todo, ¿no?

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Si una falda o un vestido no debe considerarse una prenda femenina per se, o es machista representar a las mujeres con esas prendas de vestir, ¿por qué el muñeco pintado lleva falda?

Si existen los baños inclusivos, donde puede usted hacer pipí y popó sin preocuparse de qué muñecajo aparece en la puerta, ¿por qué deben existir plazas de aparcamiento no inclusivas?

Si el aumento de la criminalidad y la delincuencia en España son un invento de la ultraderecha y los pseudomedios, ¿por qué es necesario habilitar plazas de aparcamiento con más luminosidad y próximas a la zona del intercambiador de transporte para no tener que recorrer a oscuras toda la superficie del parking? ¿Por qué, eh? ¿No hemos quedado en que España tiene tasas de criminalidad bajísimas y se puede caminar por la calle sin ningún problema?

Si las mujeres podemos hacer cualquier labor o tarea igual que los hombres, si no se nos puede discriminar por razón de género, si estamos tan empoderadas, ¿por qué se nos da trato de favor? ¿Significa que solamente a nosotras nos beneficia aparcar en estas zonas VIP? Un señor de setenta años que conduce y aparca en la zona oscura ¿no corre ningún riesgo de ser asaltado mientras camina por el aparcamiento?

Todo esto me recuerda a algo de lo que escribí hace casi seis años en cuanto a la gratuidad de determinados grados universitarios si se es mujer: Oferta en la uni

El socialismo siempre presume de igualitario y justo, pero acaba siendo injusto y discriminatorio, una y mil veces más. ¿Por qué, si no, promete y concede a los jóvenes descuentos para viajar este verano sin importar el nivel de renta? ¿Acaso es justo dar la misma subvención a un currela que cobra el SMI que a un niño de papá y mamá sin problemas económicos?

Menos mal que el PSOE está siempre vigilante en pro de la igualdad y nos dota a las mujeres con plazas de aparcamiento para nosotras. Seguro que esta solución era la más acertada, y no la de iluminar mejor los aparcamientos, o poner vigilancia, cámaras o más dotación de patrullas policiales, o hacer que los delincuentes entren en prisión y no acaben en libertad a la mínima para que vuelvan a hacer de las suyas hasta que los vuelvan a trincar, si eso ocurre.

Gracias, políticos, no sé qué haríamos sin ustedes.