Bendita locura la nuestra

Se anunciaba frío polar y sensación térmica de seis bajo cero para el miércoles, 25 de enero de 2023, en Pamplona. La RFEF, la tele y quién sabe más y por qué, deciden programar el encuentro entre Osasuna y Sevilla para ese día a las diez de la noche, que es una hora estupenda para estar 90 minutos o más a la intemperie. Va acercándose el día y me olvido del frío, de la hora, de que es muy difícil aunque, oye, jugando en casa, ¿quién te dice que no pasamos? Leo por ahí que Osasuna ha disputado cinco semifinales de Copa del Rey en su historia: dos ante el Barcelona (1936 y 1988), una ante el Sevilla (1935), otra ante el Recreativo de Huelva (2002), y la última, la que nos dio el pase a nuestra única final, ante el Atlético de Madrid en 2005. La final ese año fue el 11 de junio, contra el Betis, que nos ganó en la prórroga y nos mandó para Pamplona con lágrimas por lo que pudo haber sido y no fue, pero henchidos de osasunismo y orgullo a más no poder. El Betis levantó el trofeo, equipo al que acabamos de eliminar en octavos de final, con prórroga y penaltis, a la heroica, yendo con el marcador en contra hasta rascar el empatico tras 106 minutos jugados y que daba opción en los lanzamientos de penaltis a lograr el pase a cuartos.

Y vaya si pasamos. Cuartos de final, partido único y por fin en El Sadar (donde, por el formato del campeonato y los sorteos, no jugábamos Copa del Rey desde el 12 de septiembre de 2018); el rival, otro sevillano, el Sevilla F.C. Ahí estuvimos 19724 almas encogidas de frío, de nervios y de ilusión, mucha ilusión. Porque estamos séptimos en Liga, y hace 8 años nuestro club estuvo al borde de la desaparición. Jagoba Arrasate es el capitán del barco y nos ha vuelto a ilusionar, ha creado en los últimos años una piña equipo-afición no conocida desde los tiempos en que era entrenador Martín Monreal, por lo menos. Si hay posibilidad de algo grande, es esta temporada.

Me preparé a conciencia las capas de la cebolla: mucha ropa y forros para no pasar frío, que no fue tanto como el que anunciaban, o quizá es que por dentro bullía una gran olla a presión. Solo quien siente los colores de Osasuna lo entenderá: nudos en el estómago los días previos, contando las horas el día del partido, ansiando que lleguen las 22:00. Ni las inclemencias ni todos los inconvenientes del mundo pueden echar atrás a esta afición; se logró una entrada considerable, a pesar de que los socios también tuvimos que pasar por taquilla.

La primera parte fue más del Sevilla, pero a pesar de su insistencia logramos llegar al descanso con la puerta a cero. En la segunda mitad los de Sampaoli asediaron a Sergio Herrera con tres ocasiones clarísimas rondando el minuto 60 de juego. En ese momento la mente está: tanto va el cántaro a la fuente… nos la van a clavar, nos hundiremos y como mucho igual logramos empatar a uno y forzar la prórroga. Pero llega el minuto 70 y Juan Cruz levanta la cabeza, mete un pase en profundidad a Rubén García, que centra al área para que Chimy Ávila baje el balón, se gire, controle y dispare y ¡¡¡¡gooooooooooooool!!!! Ya está, nos hemos adelantado en el marcador, quedan 20 minutos y se puede, ¡se puede!

Poco después, nos acordamos de toda Croacia, del «somos contentos» y de lo mal que tiene que estar pasándolo este hombre de pómulos marcados, Ante Budimir, para no salir de ese bucle de mala racha goleadora, porque no hay tutía y en los minutos 89 y 92 falla dos ocasiones cantadas, muy claras. En la grada nos desesperamos, era la puntilla, qué oportunidad perdida, porque sí, llegó lo más temido: gol in extremis del Sevilla. Minuto 95 (el árbitro había añadido 6 al tiempo reglamentario), y En-Nesyri nos clava un puñal en el costado. Todos pensando que nos íbamos a casa con el 1-0 y tan felices y había que jugar la prórroga.

Quién dijo que sería fácil: aquí no se rinde ni Dios. Cansancio, sueño, calambres: la grada se echa al equipo en la espalda, os vamos a llevar en volandas, no os preocupéis. Juega Abde, el chaval cedido por el Barcelona, el de «encara, encara, Abde». Pues voy y encaro, vaya que sí: minuto 98, el tío echa a correr, se planta delante de un defensa que habrá tenido pesadillas con él, se frena, dribla, chuta y ¡¡¡¡goooooooooooooool!!!! Ahora toca resistir, aguantar el marcador, no hay que permitir que vuelva a empatar el Sevilla. Cada posesión del rival se acompaña de pitidos y abucheos en la grada: hay que minarles la moral, que sientan que no van a poder con Osasuna: el pase a semifinales es nuestro, ya está, queda un minuto. Pitido final y Sergio Herrera, nuestro loco, le quita la bandera a un aficionado y la ondea por el césped hasta que se sale la tela del mástil. La grada enloquece, lo hemos conseguido; los jugadores se abrazan, lloran, cojean, no pueden más del esfuerzo, pero aún pueden correr hacia graderío sur para dedicar la victoria. Está lloviendo y son más de las 12 y media, es jueves y dentro de pocas horas muchos irán a trabajar con ojeras y una sonrisa más grande que el puente de Triana.

Las semifinales enfrentarán a cuatro equipos, y los cuatro pertenecen a sus socios: F.C. Barcelona, Real Madrid, Athletic Club de Bilbao y Club Atlético Osasuna. Sabemos que ellos nos quieren como rivales. Nosotros, a lo nuestro, porque toque el que toque no nos vamos a rendir. Ellos suman entre los tres 73 copas del Rey ganadas. Osasuna, ninguna. Sabemos que todos los equipos modestos del país están con nosotros, porque es la hora de los humildes, es la hora de hacer historia. Pase lo que pase, estaremos orgullosos. Porque somos Osasuna, y esto nunca va a morir.

Mamitis

Un profesor que impartía lingüística general en la universidad nos decía a los aprendices de filólogos que todo el mundo tiende a opinar sobre el lenguaje porque todos somos hablantes y nuestro idioma materno lo sentimos tan propio como nuestros lunares o el color de nuestros ojos (esto último no lo decía él, pero bueno). Sí que nombraba a menudo a los hablantes diletantes; en su segunda acepción, diletante es la persona que cultiva un arte o una disciplina como aficionado, no como profesional, generalmente por no tener capacidad para ello.

https://www.rae.es/noticia/la-rae-presenta-las-novedades-del-diccionario-de-la-lengua-espanola-en-su-actualizacion-236 Con la presentación de las nuevas incorporaciones del DLE (Diccionario de la Lengua Española), cuya actualización 23.6 cuenta con 3152 novedades, han salido a la palestra las inevitables y quejosas voces diletantes contrarias a la RAE, rancia institución de señoros machistas y anclados al pasado que siguen impenitentemente sin aceptar todes, todxs, tod@s y demás engendros. Una tal Ana Morgade, presentadora popular de televisión que lleva gafas de mentira y alguna vez me ha hecho incluso reír, ha debido de leerse las 3152 novedades de la actualización y ha resaltado de todas ellas mamitis. Además de inflamación de la mamá, la nueva acepción es «excesivo apego a la madre«. Morgade no ha sido la única en saltar a la yugular académica; aquí dejo un artículo con numerosas reacciones: https://www.publico.es/tremending/2022/12/24/la-rae-se-moderniza-mal-lluvia-de-criticas-por-la-definicion-de-mamitis-que-se-ha-incorporado-en-el-diccionario/

En su cuenta de Twitter, Morgade expresa que se le hizo raro que la RAE no añada «PAPITIS también al diccionario. Pero claro, el afecto y el apego solo es excesivo si se tiene hacia una madre, eso está documentadísimo por la universidad de los c0j0nes cuadrados. Circulen, que aquí no pasa nadEN FIN». Lo he copiado textualmente y con la tipografía original de su cuenta @ana_morgade, aquí dejo por si acaso el enlace: https://twitter.com/ana_morgade/status/1606393714913558534?s=20&t=oSzYz9ea-88zvzfT59aXGQ

Imaginemos que es al revés: que papitis está en el diccionario y mamitis no. Las voces exaltadas como la de Ana habrían dicho entonces que no es justo que los bebés y niños pequeños tengan excesivo apego al padre y no a la madre, qué desfachatez no reflejar el amor materno en el diccionario. A ver, Ana: los lexicógrafos introducen nuevas palabras, añaden nuevas acepciones a palabras ya existentes o retiran voces en desuso con arreglo a lo que palpan en el uso de los hablantes, con arreglo a cuánto de documentada está tal o cual palabra en publicaciones coetáneas tales como literatura, prensa, radio, publicaciones científicas y técnicas, etc. Tú puedes utilizar papitis si te place, y cuando esté tan extendida y documentada como mamitis también aparecerá en el diccionario. La buena noticia es que si dices papitis la gente te entenderá porque existe mamitis, simplemente por conciencia metalingüística (por hablar tu mismo idioma, vamos). Como hablantes tenemos un superpoder que es el de crear palabras utilizando los recursos conocidos de nuestro idioma. Te pongo un ejemplo, Ana. ¿Has leído a Julio Cortázar? Pues el adjetivo cortazariano es otra de las novedades del DLE, y está formada por el apellido del escritor y el sufijo -iano, igual que en bolivariano o kantiano. Aunque no sepamos el significado de cortazariano, si sabemos quién es Cortázar deduciremos que hace referencia a ese escritor, porque el sufijo nos informa de ello. Así que, en resumen, tú puedes crear palabras con los recursos del español y te entenderán, es algo que escritores, periodistas, hablantes en general e incluso humoristas ¿como tú? llevan haciendo toda la vida.

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Pero, querida, para estar en el diccionario una palabra necesita mucho más. Necesita presencia textual, uso extendido y estar acorde con las normas gramaticales y léxicas del español. Y ser necesaria, además, porque nombra una realidad nueva. Conspiranoico no estaba en el DLE hasta ahora, pero se ha usado tanto en los últimos tiempos que había que incluirla, porque designa un rasgo muy específico de una realidad muy concreta. Las palabras tienen ese nosequé (mira, otra palabra que no está en el diccionario pero podría estarlo): las leemos o escuchamos y sabemos exactamente adónde apuntan, son como una flecha o un letrero luminoso; y sin embargo no siempre son clarividentes, también son equívocas y confunden, son polisémicas, sarcásticas, irónicas, hiperbólicas. Pero son piezas del idioma, un idioma que tú y yo y todos construimos.

El castellano, el español, no es machista ni racista ni clasista, en todo caso lo serían sus hablantes. Y alguien que escribe un diccionario debe reflejar en él los usos de las palabras, nos guste o no lo que designan esas palabras. Ojalá no existieran palabras como subnormal: 1. adj. Dicho de una personaQue tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la considerada normal. U. t. c. s. U. frec. c. insulto o en sent. despect.

A todos nos horroriza (o debería horrorizarnos) que alguien llame subnormal a una persona con discapacidad intelectual. Pero debe estar en el diccionario (y bien señalado su sentido despectivo) porque alguien que está aprendiendo español y desconoce esta palabra debe poder encontrarla en el diccionario, por ejemplo. Si miras en la entrada brazo aparece brazo de gitano como 1. m. Pastel formado por una capa delgada de bizcochocon crema o algún dulce por encimay enrollada en forma de cilindro.

Mientras ese pastel en concreto con esa descripción concreta siga llamándose brazo de gitano, deberá seguir apareciendo en el diccionario. Ese es el quid de la cuestión, querida Ana, no sé si me sigues.

Termino despidiéndome de ti como cuarentañera (nueva incorporación, mucho mejor que cuarentona o cuadragenaria, que ya estaban en el DLE): de cuarentañera a cuarentañera (nos llevamos solamente un año, querida), déjame decirte que ya me tocaste los ovarios bastante cuando hace no mucho en Pasapalabra pusiste verde la canción de Hombres G «Sufre, mamón» por su letra machirula y patriarcal. David Summers ya te contestó adecuadamente. Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, explica: Hemos incorporado ‘mamitis’ y no ‘papitis'», declara Muñoz. Para evitar críticas por cuestiones de género ha añadido a su comunicado que no es que consideren que «una cosa existe y otra no: ‘mamitis’ está documentada y ‘papitis’ no».

Pues eso, Ana. Esperando estoy tu próxima salida de pata de banco en el universo tuitero. Y hablando de Twitter, quiero elogiar y recomendar la cuenta @RAEinforma, que es la de la Real Academia Española. Por medio de su etiqueta #dudaRAE se pueden plantear dudas lingüísticas. Tienen una paciencia infinita con ciertas cuestiones, he aquí un ejemplo de alguien que insistía con la discriminación del género femenino en el idioma y la brillante respuesta de @RAEinforma. Lo mejor es el final.

Despedida

Abuelo, te has ido como tú hacías las cosas: tranquilo y sin hacer ruido. Aunque sabíamos que llegaría este momento, no podemos evitar sentir pena porque dejas un hueco difícil de llenar. No eras muy conversador, más bien discreto, pero tu presencia nos llenaba a todos: esa sonrisa y tus ganas de disfrutar con las pequeñas cosas: una buena comida, la copica de vino y un poco de patxaran; bailar una ranchera o un pasodoble, cantar por Antonio Machín y echar la partida al tute o al chinchón.

Nos dejas montones de buenos momentos, como los bailes que te echaste en la boda de tu nieta pequeña: no hubo moza que se te resistiera. Para siempre recordaremos tus anécdotas de joven, ligadas todas a tu pueblo, adonde ibas siempre que podías, encantado de saludar a tus paisanos y de dejarte saludar. Allí naciste y te enamoraste, tuviste los hijos, y la casa que nos has legado estará siempre llena de recuerdos tuyos y de la abuela. Vas a estar presente cuando hagamos costillas en sarmientos: qué a gusto las comías y cuántas veces preparaste migas con sebo, las últimas veces ayudado por los biznietos. En fiestas disfrutabas como nadie viendo las vacas, y salías a torear cuando eras un muete, y no tan muete. Sin duda has dejado huella, sobre todo en tu familia.

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Te sentiremos también cada vez que juegue el Barça, pero reconoce que un poquillo de Osasuna te habías vuelto. Cuando estemos en familia echando un vermú, ahí estarás seguro, con el frito y el vaso de vino, disfrutando como siempre has hecho, rodeado de tu familia, sonriendo por dentro y por fuera.

No te haces idea de lo que te quiso todo el mundo, porque fuiste un trozo de pan, el abuelo de todos, siempre dispuesto a cualquier cosa por los tuyos. Si hay algo de lo que puedes estar muy orgulloso, abuelo, es de que nos has unido todavía más. Descansa en paz y cuídanos desde el cielo. Te quiero mucho.

D.E.P. (26/11/2022)

Pe-tardeo

A punto estuve de coger entradas para ir con mis antiguos compañeros de universidad al concierto Yo fui a EGB que tuvo lugar en Pamplona el pasado día 3. Terminamos desechando el plan porque eran seis horas de espectáculo y nos pareció mucho, la verdad. Que el precio de las entradas tampoco era barato sumó argumentos para no comprarlas (lo del precio de los conciertos da para otro escrito, en serio lo digo).  

Es sorprendente lo que vende la nostalgia. En la tele tenemos la longeva serie Cuéntame, los programas de recuerdos televisivos musicales Cachitos y Viaje al centro de la tele; los viajes al pasado histórico de la magnífica El Ministerio del Tiempo. En la gran pantalla, sagas ochenteras míticas como Regreso al futuro o los estrenos más recientes Voy a pasármelo bien (con números musicales de los éxitos de Hombres G) o Mañana es hoy, en la que vemos a Javier Gutiérrez y Carmen Machi “viajar” de 1991 a 2022 y vuelta al pasado otra vez: por la pantalla desfilan cabinas de teléfonos, el walk-man o los Héroes del silencio.

La tarde en que finalmente no fuimos al concierto acabamos yendo de tardeo, curiosa palabra que aún no sale en el DRAE. Sí que aparece tardear: «Detenerse más de la cuenta en hacer algo por mera complacencia, entretenimiento o recreo del espíritu«. Me cuadra bastante para tardeo eso del entretenimiento y recreo del espíritu. Tardeo yo lo definiría como divertimento para mayores de 40 consistente en echar unos bailes en un garito de moda con música de los 80, 90 y primeros 2000, tras previamente haber comido y bebido a gusto en cuadrilla. Nota: se empieza a partir de las 6 de la tarde y puede prolongarse lo que se quiera o se aguante. Como dice la RAE (aunque sean palabras diferentes), nos podremos detener “más de la cuenta”. 

Pues ahí estábamos, como en tiempos veinteañeros pero a las siete de la tarde en vez de entrada la madrugada. El local, a rebosar; la media de edad, unos 45. La música, la de entonces: El último de la fila, Mecano, Bon Jovi, Spice Girls, Wham, Robbie Williams, Alaska… El universo egebero en todo su esplendor, la gente dándolo todo y coreando las canciones. Es curioso cómo el haber crecido los de mi generación con los mismos grupos musicales, las mismas películas y los mismos entretenimientos (el futbolín, el pin-ball, el VHS y el videoclub (podría seguir enumerando hasta aburrirles), nos hace estar unidos por un hilo invisible a los nacidos en las décadas de los setenta y ochenta, incluso de más edad. Tengo compañeros de trabajo que me pasan casi diez años y no se nota la diferencia cuando hablamos de personajes, músicos, cine, escándalos o programas de televisión.

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Mis hijos me descubrieron hace no mucho a un youtuber barra tiktoker barra creador de contenido (yo ya no sé) llamado Sergio Encinas. Tiene su gracia, un punto club de la comedia pero centrado en sus «clases de historia semimoderna». Por sus vídeos desfilan el tamagotchi, la Nintendo 64, la Game Boy, el Frigopié o los Peta Zeta. Los niños alucinan bastante cuando él describe el objeto en cuestión, lo muestra a cámara, y explica cómo jugaba él o los recuerdos que le suscita hoy. Siempre con un toque de humor, de nostalgia y de niño-adulto muy logrado. Búsquenlo porque pasarán un buen rato.

Me reconozco una viejoven: no escucho apenas la música actual, sí que sé quiénes son Rosalía, Beret, Morat o Aitana, y reconozco muchos de los temas que lo están petando (¿se sigue diciendo esto?). Pero cuando quiero escuchar música por placer voy a lo de antes. Con el cine intento que mis hijos disfruten con películas de siempre, y no hablo del blanco y negro, pero ver a Marty McFly en el Delorean, a ET señalando con el dedo o a unos niños minúsculos encogidos por el chiflado inventor que es su padre bien merece soportar la etiqueta de viejoven. O nostálgica. O boomer, que no sé muy bien qué es pero nos lo llaman a los viejales, ¿no?

Termino reconociendo que el reciente invento del tardeo (o pe-tardeo) me gusta mucho. Ojalá se hubiera puesto de moda hace veinte años. La buena noticia es que aún queda cuerda para rato.

Vamos de cumple

En cosa de dos o tres meses he llevado a mi hija pequeña a dos cumpleaños de compañeros de clase que cumplían siete años. Hace poco hemos celebrado de manera similar el cumpleaños del mayor. Ninguna de las tres «fiestas» tienen nada que ver con cómo celebrábamos los cumples cuando yo era niña.

Se invitaba a los mejores amigos del cole a merendar a casa. La mamá ponía medias noches con nocilla o chorizo, gusanitos, patatas de bolsa y refrescos, nos apretujábamos en la cocina y mojábamos los ganchitos en cocacola, y cantábamos el cumpleaños feliz ante un bizcocho casero que devorábamos antes de irnos a jugar a la habitación del homenajeado. Si era en tiempo bueno, salíamos al parque a jugar. Los papás de los invitados rara vez se quedaban: volvían un par de horas o tres más tarde a recoger a sus hijos. A veces había regalos, que solían ser libros de Barco de Vapor o puzzles o unos rotus Carioca. Como yo cumplo en agosto, a casa venían solo mis amigas muy amigas, porque seguíamos viéndonos en verano, pero no invitaba a otros niños de mi clase: cumplir en verano tiene esa desventaja de dejar de verse. No tengo recuerdo de cuándo empecé a celebrar así mi cumple, pero no creo que fuera antes de los nueve años.

Los padres de hoy en día organizamos fiestas de cumpleaños a nuestros hijos en cuanto empiezan el colegio con tres años; algunos, aún en la guardería, montan unos saraos con cientos de globos, decoración temática y tarta de tres pisos e invitan a toda la familia, familia política y primos lejanos incluidos. Y el niño en cuestión no ha dejado todavía los pañales ni recordará jamás ese primer cumpleaños hiperbólico. Estas nuevas ¿tradiciones? las considero llegadas fundamentalmente de América latina: hasta hace poco tiempo a los españolitos no se nos hubiera ocurrido montar estas parties.

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Confieso que me metí en esta noria de las fiestas de cumpleaños cuando a mi hijo mayor lo invitó un compañero a los tres años. Las madres en aquel momento ni nos conocíamos apenas, y sonrío porque hoy, varios años después, ya las considero mis amigas. Aquel primer cumpleaños tuvo los mismos ingredientes que los que fueron llegando en años sucesivos: parque infantil integrado en centro comercial, merienda poco o nada sana; niños hiperestimulados y sudorosos dándolo todo en el hinchable, los laberintos y la piscina de bolas; padres alrededor de la mesa sirviendo platos de tarta del Mercadona y tratando de ser sociables con otros padres desconocidos que, a fuerza de juntarse en otros cumpleaños, irán dejando de ser tan desconocidos.

Me he encontrado con opiniones contrarias a estas celebraciones: la última, la de la peluquera, también madre y con niños de las edades de los míos. Padres como ella arguyen que, al no ser viable invitar a toda la clase, quienes no son invitados se sienten excluidos. Añaden que se fomenta además el consumismo y el recibir regalo de cada uno de los amiguitos del cumple. Proponen concentrar trimestralmente en un mismo día todos los cumpleaños de ese periodo y celebrarlos con toda la clase en el patio del colegio o en un parque al aire libre, sin regalos; me explicó que en la ikastola de sus hijos se juntan en el comedor para tal propósito. No me parece mala propuesta si tienen ese lugar cerrado (en invierno es un problema querer celebrar nada a la intemperie); tampoco es mala idea si los padres (y madres, claro) en cuestión están todos de acuerdo, se llevan bien y organizan adecuadamente el tinglado. Otra ventaja es que en una tarde te ventilas de un plumazo unos cuantos cumpleaños que, de haber sido por separado, te hubiesen jorobado varios fines de semana del año y te hubiesen obligado a comprar algún juguete por compromiso y con tique regalo por si lo quieren cambiar por otra cosa.

Como digo, son varias las ventajas. Sin embargo, en mi experiencia personal, creo que conceder protagonismo a mis hijos cuando llega su cumpleaños y darles la oportunidad de celebrarlo con sus mejores amigos es un pequeño sacrificio que estoy dispuesta a hacer. Otros padres se gastan burradas más a menudo que yo en ir a cenar porquerías con los niños, en que jueguen a las maquinitas del centro comercial o en unas zapatillas de marca para su retoño. O les sueltan un móvil de 400 euros en su primera comunión. Por supuesto, nadie tiene obligación de aceptar la invitación a una fiesta de cumpleaños: parece perogrullada pero existe la opción de decir no, gracias. Tampoco dice en ningún sitio que haya que ir con un regalo para el cumpleañero. Mis hijos invitan a quienes quieren, y suelen ser poquitos niños; por descontado, reparten las invitaciones sin que se entere toda la clase, aunque ya sabemos que los niños luego lo van largando todo. Mis hijos saben que la propia fiesta ya es un regalo de nuestra parte: no reciben paquete alguno de papá y mamá. Con la dichosa pandemia dejamos de hacer la celebración: mi hija no tuvo «fiesta» ni en 2021 ni en 2022 porque ambos años, en enero, el virus estaba desatado. Mi hijo se perdió solo la de 2020, ha tenido más suerte. No van a ser niños eternamente, y no me arrepiento de haberles organizado siempre que se ha podido su pertinente combinado de camas elásticas, hinchables, coches de choque, pizza, chuches y hasta partida de bolos. Ver sus caras y las de sus amigos es la mejor recompensa. Ya llegará el día en que echaremos todo esto de menos.

La intolerancia por bandera

La víspera del Día de la Hispanidad tuvo lugar en Pamplona un encuentro de fútbol amistoso entre las selecciones femeninas de España y EEUU. El Sadar acogió el partido, que era de pago a 5 euros la entrada (y retransmitido por Teledeporte), a las 20:35 horas de un martes víspera de festivo. Fuimos 11.209 personas, cifra que bate hasta ahora todos los récords de asistencia a un partido de la selección femenina de fútbol como equipo local. Por dar una referencia, el último encuentro de Osasuna en El Sadar congregó a 20.260 espectadores.  

El evento fue posible gracias a la colaboración entre Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona y la Federación Navarra de Fútbol, aunque he de decir que no se le dio mucha publicidad. A pesar de ello, la entrada registrada es para estar contentos: el fútbol femenino parece que sigue arrastrando gente a los estadios, claro está que los precios populares también contribuyen a ello.

Había mucha gente joven en las gradas, y el ambiente fue de animación y respeto en todo momento. Los únicos insultos fueron los proferidos antes del partido por ciertos seres mononeuronales que se juntaron en el exterior del campo que creen de su propiedad a gritar “españoles, hijos de p***”. Días antes, estos mismos energúmenos o amigos suyos pintarrajearon su querido Sadar con el precioso mensaje de “p*** España, p*** selección”. Por supuesto, sacaron además su preceptivo comunicado de repulsa, infumable de principio a fin.  

Llevo 32 años yendo a El Sadar como seguidora y socia rojilla, y en todo este tiempo nunca (¡nunca!) hasta este martes 11 de octubre había visto banderas de España poblando las gradas, con la excepción de cuando viene afición visitante, y no siempre. Nadie insultó a nadie, y antes de que alguien diga que a ver a España solo van votantes de derecha, ultraderecha y cayetanos varios, allí estábamos gente de todo pelo, ¡hasta había gente con camisetas de Osasuna! Varios conocidos míos fueron también, y puedo asegurar que ni ellos ni yo respondemos a esa clasificación que muchos dan por sentada.

El Sadar, y especialmente en un sector de la grada, se llena todos los partidos de ikurriñas. Se ve también alguna bandera de Marruecos (por Abde) o de Argentina (por Chimy Ávila), y no hace mucho de Ecuador, por ejemplo (por Estupiñán). Nunca he llevado ninguna bandera al fútbol, solo mi bufanda de Osasuna, pero cuando veo estas y otras banderas no me hierve la sangre ni me entran ganas de insultar a nadie. Se llama respeto. Eso de lo que carecen muchos, que partido tras partido se ganan a pulso multas económicas que, por supuesto, paga el club, porque han insultado a grito pelao al equipo rival, a España, a UPN, a Javier Tebas o a la santa madre del árbitro.  

El odio no es innato, se aprende: lo tengo clarísimo. Te lo pueden inculcar en casa, en el aula o en el grupo de “amigos”. A veces se odia por inercia, por no ser separado del rebaño. Gritas puta España y luego te vas de vacaciones al Puerto de Santa María y te partes el culo porque qué graciosos son los gaditanos, pisha. Los que intentamos respetar a quien no opina como nosotros deberíamos empezar por afear ciertas conductas. Afortunadamente, hace tiempo que se oyen pitidos reprobatorios cuando estos amantes de la tolerancia sacan su lengua a pasear. Que luego animan como nadie, eso no lo discuto. Pero curiosamente aplauden a rabiar el día que la Liga dedica una jornada a reivindicar que no haya racismo en el deporte. Una vez más, el refranero es implacable: consejos vendo y para mí no tengo.

Ah, España ganó 2-0 y jugando muy bien, por cierto. Bravas. Y añado: el pabellón Navarra Arena ya ha acogido partidos de la selección de baloncesto, con gran afluencia de público. Espero que los combinados nacionales de cualquier deporte sigan viniendo a Navarra. Pese a quien le pese.


Toletum – Tulaytulah – Toledo

Este verano hemos estado tres días y pico en Toledo a mediados de julio, en plena ola de calor, con 41 grados diurnos y 31 nocturnos. Todo bien, gracias. Llevábamos años queriendo ir, y lo íbamos dejando porque que si en verano no, que hace mucho calor (ejem), que si espera a que el crío sea mayor, que si ahora tampoco porque acabamos de tener a la segunda, que si vamos a esperar a que esta también crezca un poco… A ver, que ya sé que hay familias que van donde sea con un bebé o con chiquillos que apenas saben hablar, pero nosotros preferimos esperar a este momento en que están más mozos y autónomos y pueden incluso absorber algo de cultura e historia y recordar un poquito de ello en el futuro.

Toledo, la ciudad de las tres culturas. El guía (Dani) que nos llevó a callejear por la ciudad empezó su explicación con una apreciación muy cierta: conocer la historia de Toledo es conocer la historia de España. No voy a soltar un rollo aquí porque para eso hay libros y publicaciones varias. Lo de «rollo» es un decir: las explicaciones del guía se nos hicieron muy amenas, estábamos bastantes personas en esta visita y creo que todas disfrutamos mucho. Quien tenga interés, que no deje de indagar sobre la historia de Toledo y también sobre sus leyendas. Al nombrar Dani el mazapán como producto típico de Toledo -leyenda incluida, que atribuye la receta a un milagro de san Clemente-, una chica que no era española sino del otro lado del Atlántico contestó que no cuando el guía preguntó «¿todos sabemos lo que es el mazapán, no?». Seguro que a ella no se le olvidará jamás si llegó a probarlo. Leyenda del mazapán de Toledo. Aprovecho para recomendar las delicias de mazapán del obrador de Santo Tomé (hay muchas confiterías típicas en Toledo, yo hablo del mazapán que probé): Santo Tomé, obrador de mazapán

Nosotros nos alojamos en un apartamento, El muro de piedra, situado a 300 metros de la Catedral de Toledo y a 600 de Zocodover, que es la plaza donde se reúnen los toledanos y punto neurálgico de la ciudad, de donde salen prácticamente todas las visitas guiadas. Teníamos todo cerca, y aire acondicionado en la sala-cocina y en el dormitorio principal. El coche lo aparcamos en la cochera del alojamiento pagando un poco más (8 euros la noche), y merece la pena, ya que no movimos el vehículo en los días que estuvimos, además de que es complicado o más bien imposible aparcar en el centro histórico de Toledo. No cobro por la publicidad, pero recomiendo el apartamento por su situación, su limpieza, su cocina equipada y la amabilidad de la propietaria, Cristina. Desayunábamos allí, y también hicimos alguna cena aunque no todas las noches. Para comprar comida teníamos a 200 metros una tienda de barrio, San Justo, donde compramos leche, huevos, yogures, pan y alguna otra cosa. Recuerdo que en algún paseo por la judería vimos también un Carrefour. Las cosas claras: la mayoría de las tiendas en el meollo turístico son de recuerdos en forma de espadas, damasquinados, abanicos, frikadas de El señor de los anillos, Juego de tronos o Harry Potter. Bastantes heladerías y cafeterías, sin que falte un Starbucks, un McDonald’s o un Burger King -la globalización no entiende de siglos de historia.

Os dejo aquí dos sitios donde comimos que nos gustaron mucho y donde nos pusimos las botas: Niño malo La Malquerida de la Trinidad

Para ver Toledo no es necesaria mucha planificación; antes de ir, reservé por internet un par de visitas guiadas, con una empresa llamada Rutas de Toledo. Hicimos el free tour (que duró dos horas y por el que se paga la voluntad) y también la visita Toledo subterráneo, que cuesta 15 euros por persona. Nos gustaron muchísimo las dos: con la primera te sitúan en la ciudad, aprendes las calles principales y los sitios que no debes perderte, y además te empapas en un momento de la historia de la ciudad y de muchas anécdotas y leyendas. Con la subterránea, vimos unos restos de termas romanas, unas mazmorras del siglo XVI, las de la Santa Hermandad, una casa judía y unos baños árabes. Encontraréis bastantes empresas que ofertan rutas y visitas guiadas, y cualquiera que escojáis será un acierto, estoy convencida, porque Toledo es de esas ciudades mágicas que tienen tanto que contarnos que limitarse a pasear por ella sin ir más allá es como ver las olas desde la arena sin mojarse ni los pies. Hablando de magia, nos quedamos con las ganas de comprar la visita de Toledo de noche o la de las leyendas, pero el cansancio hace mella y siempre hay que dejar algo para una próxima vez. Recuerdo lo que nos dijo Cristina, de El muro de piedra, sobre unos clientes suyos que repetían visita en Toledo pero esa vez para siete días (más que la primera vez). Y le dijeron que así sí estaban conociendo Toledo. Lo tengo claro: quiero volver.

A pesar de ser julio y del fuego que salía de los adoquines, había bastantes turistas, muchos de ellos extranjeros. Las calles principales, como la calle Comercio y todas las que llevan a Zocodover o las que quedan cerca de la catedral, tenían un incesante ir y venir de gente. Sin embargo podíamos adentrarnos en la judería y estar completamente solos en diálogo con casas y piedras que habrán observado el paso de los siglos y sus gentes diversas. El segundo día de nuestra estancia compramos, también por internet, dos pulseras turísticas: un trozo de tela con un código QR con el que, por 10 euros, se pueden visitar siete monumentos de Toledo (la catedral no es uno de ellos) por menos dinero que pagando la entrada normal de cada lugar (tres euros). Se puede, además, repetir visita sin coste adicional (hasta tres visitas extra en cada monumento), y la pulsera tiene una duración de un mes. Entre los lugares a que da derecho la pulsera están la iglesia de santo Tomé, donde se encuentra el cuadro El entierro del conde de Orgaz, de El Greco, o también la sinagoga de Santa María la Blanca o el monasterio de San Juan de los Reyes. La pulsera te la dan en el primer monumento que escojas visitar de entre los siete, el orden es libre. Tan solo hay que enseñar el código QR de la compra que previamente has hecho por internet, y así queda activada. Los menores de 11 años no pagan, así que a nosotros nos salió redondo. No te la puedes quitar mientras la quieras utilizar, porque entonces pierde su vigencia. Las pulseras se pueden adquirir en muchos puntos, yo las compré aquí, aunque veo que han subido de precio, porque ahora cuestan 12 euros y no 10.

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Y llegamos a la joya turística, la que, según el citado guía no te puedes perder si vas a Toledo: la Catedral Primada. La entrada general cuesta 10 euros (los menores de 12 años entran gratis). Las entradas se adquieren en la tienda de la catedral, que está justo enfrente del acceso para turistas. Allí te alquilan una audioguía por la que hay que dejar 50 euros en concepto de señal (te los devuelven cuando dejas las audioguías tras acabar la visita). La audioguía (PDA, creo que se llama), tiene un menú táctil con los puntos señalizados por el recorrido dentro de la catedral. Es cuestión de ir siguiendo la ruta indicada y escuchar en el idioma que se quiera las explicaciones relativas a la construcción del templo, los artistas, fechas, marco histórico y referencias artísticas y religiosas. Me parece una manera muy práctica de visitar un lugar de culto aprendiendo todo lo importante sobre él sin que haya un ruido excesivo dentro. Todo el mundo iba con sus auriculares en respetuoso silencio y no había grupos numerosos escuchando al guía de turno y quebrantando el silencio y el recogimiento. Otra ventaja es que puedes hacer la visita a tu ritmo, administrando el tiempo como te parezca: mientras la catedral esté abierta, bien puedes estarte ahí con tu audioguía las horas que necesites. Nosotros, yendo con niños y teniendo en cuenta que ellos no iban escuchando la audioguía (aunque les íbamos contando cositas que ellos podían comprender y apreciar a su edad), estuvimos unas dos horas y media. Nombrar aquí los tesoros artísticos de todas las disciplinas (arquitectura, escultura, pintura) que alberga esta catedral nos llevaría muchas líneas, y para saberlo lo mejor es ir a Toledo un par de días o tres y disfrutar de lo lindo. Para los tacaños: se puede acceder gratis a primera hora de la mañana, de 8 a 9:30, y además hay misa por el rito mozárabe, en latín. No lo pude comprobar (me gusta demasiado dormir), pero es una opción interesante, aunque ese acceso gratuito desconozco si incluye la totalidad del templo o únicamente la capilla donde se celebra la misa. Una curiosidad: la fachada principal de la catedral es asimétrica porque solo tiene una torre. Iba a tener una segunda torre que no llegó a terminarse, quedando solo el arranque y albergando en él la capilla mozárabe. El motivo de que no haya dos torres iguales pudo ser la humedad del terreno o la falta de fondos para acabarla, quién sabe.

Ahora que tenemos el otoño llamando a las puertas y que (esperemos) las temperaturas no serán tan elevadas, animo desde mi humilde blog a visitar una de las ciudades más bonitas y con más historia de nuestro país. Ojalá nos lleguen los dineros para seguir viajando todos los años, que no hay cosa mejor en el mundo.

Miraculum

Pestañear es el aleteo de dos mariposas en el rostro. Surgen arreboles al atardecer y tiñen el cielo de rojo y anaranjado. Un rayo de luz trazado con tiralíneas atraviesa las nubes y parece un foco sobre el escenario de la tierra. Risas de niños en el parque y sonrisas de abuelos surcadas de arrugas. Una tarde de charla entre amigos alrededor de unos cafés. Salir indemne de un accidente que parecía fatal. Agua que surge limpia y fresca accionando tan solo una palanca. Historias de papel o de pantalla que nos hacen llorar (o reír). Descubrir el amor. Gestar y alumbrar una vida.

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Que juntando unos signos seamos capaces de transmitir mensajes y entendernos. Que haya miles de códigos diferentes llamados lenguas que logran ese propósito. Los avances médicos, científicos y tecnológicos. Las invenciones, las serendipias. Ver una estrella fugaz. La luna redonda como un queso, brillante como una moneda nueva. Las olas del mar, rítmicas, cíclicas, hipnóticas. La música.

Emocionar y que nos emocionen; que una simple caricia nos desarme. Esas miradas que dicen tanto, no hablemos ya de las sonrisas. El poder sanador de un abrazo o el de una carcajada. Soñar.

Esta es mi lista de milagros, inadvertidos casi siempre, pero que suceden a diario. Si estamos rodeados de milagros, si estamos hechos de milagros, ¿por qué no creer que este podrido mundo aún tiene esperanza? Así lo espero.

El cartel

Volviendo de mis vacaciones el 27 de julio iba yo de copiloto en el coche cotilleando Twitter cuando me sorprendió un cartel del Ministerio de Igualdad con el rótulo “El verano también es nuestro”, escrito con una tipografía que me recordaba a la del sorteo de verano de la ONCE o a algo similar. Pero las chicas del cartel no jugaban a la lotería, leí después que eran ejemplos de “cuerpos no normativos” (sic, véase https://www.inmujeres.gob.es/actualidad/noticias/2022/Julio/elveranotambienesnuestro.htm), de cuerpos víctimas de “violencia estética” (sic, de nuevo).
Con el paso de los días se ha ido sabiendo que, por ejemplo, del diseño del cartel se ha encargado Arte Mapache, que a través de Twitter ha pedido disculpas por utilizar una tipografía sin tener la licencia, y también por (y aquí viene lo más chungo) utilizar imágenes de personas reales sin su consentimiento. Textualmente la artista tuiteó: “Mi intención jamás fue hacer abuso de su imagen, sino trasladar en mi ilustración la inspiración que suponen para mí mujeres como ellas, Nyome Nicholas, Raissa Galvão… Su trabajo y su imagen deben ser respetados. Gracias por vuestra labor, incluso en este caso”. Después añadió que de forma privada tratará de solucionar este asunto con las partes implicadas. También la cuenta oficial del Instituto de las Mujeres pidió disculpas: “en ningún momento tuvimos conocimiento de que eran modelos reales. Estamos resolviendo con la autora y vamos a contactar con las modelos para resolver esta cuestión. Pedimos disculpas por el daño ocasionado”. Curiosamente, ni en la cuenta del Instituto ni en la del Ministerio de Igualdad encuentro hoy, 1 de agosto, el famoso cartel. Borrado por arte de magia, también por cierto de sendas páginas web oficiales. Tampoco existe la web de Arte Mapache, borrada también del mapa virtual. Pero les dejo aquí esta noticia donde se ve muy bien el cartel: https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2022/07/29/la-autora-del-cartel-elveranoesnuestro-uso-imagenes-de-modelos-sin-permiso-y-ahora-les-ofrece-repartir-beneficios-1590739.html


Empecemos por el hecho de que alguien que se dedica a la ilustración (su perfil de Twitter dice “artivismo gordo y de la diversidad corporal”) debería saber qué es una licencia o qué ocurre cuando usas una imagen de alguien públicamente. Gisela Escat se llama, se presenta como diseñadora audiovisual, artista multidisciplinar y experta en la autogestión (sea lo que sea eso). Con su trabajo busca “a través de la ilustración y testimonios reales, mostrar la diversidad de cuerpos, romper con la normatividad, dar lugar a otras realidades invisibilizadas, empoderar, liberar, empatizar, formar redes de cuidados, crear nuevos referentes y espacios de reflexión” (fuente: https://okdiario.com/espana/asi-gisela-escat-ilustradora-activista-contra-gordofobia-detras-del-cartel-igualdad-9467726).
La cosa se ha liado bastante porque, claro, estas mujeres del cartel se han quejado con razón de que el gobierno de España haya usado su imagen sin su permiso. Y no solo eso, sino que además se han manipulado estas imágenes. No voy a extenderme mucho, pueden leer al respecto en muchos sitios. El resumen es que a una chica con pierna protésica le han puesto una pierna de verdad y le han pintado pelos en el sobaco y las piernas, a una mujer con doble mastectomía le han puesto un pecho por arte de magia y el otro se lo han dejado extirpado (robando de paso la imagen original a la fotógrafa Ami Barwell en su colección Mastectomy), a otra chica le han cambiado el peinado y añadido celulitis –quizá porque en la realidad sus piernas eran demasiado lisas-, y otra chica de las que están sentadas también se ha visto reconocida (la imagen real era de pie, en el cartel está sentada). Mujeres reales con nombres y apellidos, a algunas de las cuales les han hecho retoques nada inclusivos y sí muy violentos.

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Mire, señora ministra: usted ve problemas donde no los hay. Ve discriminación, machismo y violencia donde no los hay. Yo tengo un cuerpo de esos “no normativos”. Con sobrepeso, celulitis, muchísimas pecas, tripa flácida, piel blancucha y talla 44-46. He ido toda mi vida a la piscina, con bañador y con biquini, y un poco menos a la playa por razones geográficas, y jamás, jamás, he sufrido “violencia estética”. Hace cuatro días estaba chapoteando en la Costa del Sol y la gente iba a su bola, y fíjese, lo que abundaban eran los cuerpos nada esculturales. Ni rastro de modelos de pasarela, y todos tan contentos. Nadie me ha dicho nunca ni mu sobre mi precioso cuerpo, cuerpo que me gusta con todos sus rasgos porque me permite llevar una vida plena, está sano y me ha dado dos hijos maravillosos.


En el cartel hay muchos fallos: solo hay mujeres (su ministerio se llama de “Igualdad”), dichas mujeres están ahí sin que nadie les haya preguntado si quieren salir, a algunas les han retocado sus “deficiencias”, ya que parece que la playa está vetada a las personas con prótesis. Es un cartel innecesario, una campaña que no responde a ninguna urgencia social, porque la gente, normalmente, disfruta del verano tenga el cuerpo que tenga. Otra cosa es si su cartera le da para disfrutar del verano, tal como está la inflación, aunque esa es otra cuestión. Da la sensación de que había que gastar en algo la millonada de presupuesto que tiene su ministerio, y esto es lo mejor que se les ha ocurrido. Las posibles demandas con consecuencias económicas supongo que las pagaremos los españoles y que no habrá ninguna dimisión por este motivo.


Habrá quien esté pensando en replicarme con argumentos como que la sociedad ensalza los cuerpos bonitos en la publicidad, que las marcas siempre ponen modelos con determinadas medidas y cánones, y que esto daña a quien no se ve reflejado en esos cuerpos, empujándolo a dejar de comer, a someterse a cirugía o a hacer dietas salvajes y ejercicio a saco para perder unos gramos y parecerse a esa chica de Instagram que tiene tantos seguidores o a aquel maromo musculado y depilado que está como un queso. No lo voy a negar: la imagen vende y mucha gente, sobre todo joven, consume a diario el contenido de estos influencers con cuerpos esculpidos y modélicos, llegando a creer que el éxito en la vida dependerá de nuestra imagen ideal. Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Empezamos a cerrar cuentas de toda la “gente guapa”? ¿Obligamos a las marcas a contratar modelos gordos, feos, con pelo en las orejas, nariz aguileña o con estrabismo, para que cualquiera con un rasgo de estos se sienta plenamente identificado y respetado? ¿Va a estar prohibida la belleza? ¿O hay alguien tan hipócrita que prefiera ver un cuerpo con molletes y lorzas en una valla publicitaria antes que a un tío buenorro o a una mujer de piernas infinitas? Y no me digan que a ver quién determina qué es bello y qué no lo es. Bueno sí, ya sé la respuesta: el heteropatriarcado, ¿verdad, Irene?


Sé que es un tema peliagudo, y empiezo a abrir el paraguas para recoger la lluvia de críticas que vendrá. La sociedad es diversa, siempre lo ha sido y lo es cada vez más: diferentes etnias, cuerpos, caras, orientaciones sexuales, discapacidades, colores de piel. El secreto está en enseñar a respetar a las personas sin etiquetarlas. Respeta a todo el mundo, no respeta al gay, respeta al negro, respeta al transexual, respeta al ateo, al discapacitado, a la lesbiana, al gordo, al feo, al calvo, al pobre, al rico. Cuando dejen de poner etiquetas para resaltar la diferencia, desaparecerán las diferencias. Y que dejen de tirar el dinero de nuestros impuestos en tonterías, ya de paso.

Ya falta menos

Estamos a horas de entonar el Pobre de mí, ay. Hoy para las 10 de la mañana ya no había ni rastro de vallado del encierro. Los carpinteros de Puente la Reina corren más que los Victoriano del Río.

Estos Sanfermines se han hecho esperar tres años desde los últimos, y no sé si es por eso o porque me ha tocado trabajar varios días, pero el caso es que se me han pasado volando. San Fermín con niños y teniendo que madrugar se toma con otra tranquilidad, y más con cuatro décadas en los huesos: vamos cumpliendo años y el cuerpo lo nota, hay que dosificar. 

Aun así, hemos estado en el post-chupinazo echando un vermú y mojándonos bajo la lluvia, una mañana en los gigantes, un vistazo rápido a la procesión cuando llegaba el santo a misa de 12, una hora y media en las –carísimas- barracas (a mediodía y a pleno sol, cuando no hay gente ni colas), cuatro noches viendo los fuegos (nos queda la de hoy), un mediodía a la sombrica tomando un frito con mosto, un par de ratos de verbena prefuegos, tres cenas de bocata en la calle, un concierto para carrozas en Sarasate y un par de paseos por los puestos ambulantes de la Taconera (echando el freno a los hijos, que se comprarían de todo como si el dinero cayera del cielo).

El mejor día, el 9, que vinieron mis amigos de Zaragoza: siempre es un gusto estar con vosotros y las niñas. ¿Me he quedado con pena de algo? De estar con mi hermana y mi cuñado, que iban a venir el 10 pero el covibicho se cruzó en el camino de ella, y ese almuercico se quedó un poco cojo sin ellos, y el sorbete del Gazteluleku tuvimos que dejarlo para otro año. Y se me va otro San Fermín sin probar los churros de la Mañueta. ¡Asignatura pendiente! Hay otra cosa que tampoco he hecho en toda mi vida de PTV: coger sitio en la calle, en el recorrido del encierro. En la tele dijeron que la gente se aposta en el vallado para las 4 de la mañana. ¡Qué moral, con lo bien que se ve por la tele! Hace muchos años, tendría yo 16 o así, me invitó una compañera del colegio a un balcón en Estafeta donde está un club de jubilados donde su abuelo tenía opción de llevar a gente, o algo parecido, no recuerdo bien. Fue mi única vez presenciando el encierro en vivo: merece la pena, aunque es visto y no visto.

San Fermín, para los de aquí, es una sucesión de recuerdos en cada esquina: se pasean por la memoria anécdotas y vivencias de tantos Sanfermines vividos y disfrutados. Tengo la suerte de haber nacido en la ciudad con las mejores fiestas del mundo, y el honor de pasar el testigo a mis hijos, para que amen las tradiciones y defiendan unas fiestas muchas veces denostadas por motivos que nadie quiere que sucedan, ni aquí ni en ningún lugar del mundo. Si la gente ya fuera menos guarra y no dejara el suelo y todo como un estercolero, ¡otro gallico nos cantaría! El de San Cernin, por ejemplo, que lo tienen a buen recaudo porque está la torre en obras.

¡Ya falta menos!