Cuando sea, serán.

Hace hoy dos años de los últimos Sanfermines “normales” y parece que han pasado diez. El 6 de julio de 2020 el ayuntamiento de Pamplona desplegó un pañuelo gigante en la fachada de la Casa Consistorial, con la intención de quitarnos un poco la morriña. “Los viviremos”, en español, euskera, francés e inglés, decía el pañuelo. #Sanfermines2021 era lo que se leía a continuación. Bien, pues aquí estamos ya, el 6 de julio de 2021, y seguimos sin chupinazo, sin fiestas, sin encierros ni gigantes. Mucha gente no se resigna, y está hoy almorzando con la cuadrilla desde bien temprano. He visto esta mañana a algunos vestidos de blanco con la faja roja y el pañuelico anudado en la muñeca. Hacen bien mientras respeten las medidas de seguridad, que ya estamos a tope de contagios por el brote de Salou (otra de las merindades navarras). A mí, la verdad, no me sale. Tener una comida deliciosa delante de la nariz, olerla, salivar y no poder probarla es como querer celebrar unas fiestas que sabemos que no pueden tener lugar. Una alegría un tanto impostada, un quiero y no puedo. Pero allá cada uno mientras sus decisiones no traigan consecuencias que haya que lamentar.

Prefiero echar la vista atrás y pensar en todo lo maravilloso que he vivido los julios pasados del 6 al 14, pensar que ha de volver todo aquello, y cuando lo haga lo valoraremos más si cabe. He visto hoy que el Ayuntamiento tiene en una página (www.losviviremos.es) y en redes sociales una serie de vídeos muy emotivos protagonizados por diversas personas amantes de los Sanfermines. ¿Qué son los Sanfermines?, dice el vídeo que encabeza la campaña https://www.instagram.com/p/CQ-xM0iLpz9/?utm_source=ig_web_copy_link

San Fermín ya empieza a asomar el 5 de julio con los nervios y el hormigueo de sabernos en puertas de una explosión vibrante; es alegría que desborda bajo el sol del verano -o el cierzo, según le dé al tiempo en Pamplona. Es vivir sin horarios salvo alguna excepción: las 12 el cohete, las 8 el encierro, las 11 los fuegos, las 10 la procesión. Es dormir de día y darlo todo de noche, pero también es levantarse con legañas y resaca y aguantar el tipo en los gigantes, en el vermú, con la cuadrilla, con los suegros, en la sobremesa, con un cubata a las 6 de la tarde, con más cafés de la cuenta y bastante alcohol regando el hígado. Es poner la lavadora con la vana ilusión de que esas manchas que no sabes cómo han llegado ahí se vayan. Es gentío, compadreo, universalidad. Que te pregunte un guiri si eres de aquí, de Pamplona, y al decirle que sí te conteste ¡qué suerte! Es rito, un rezo al cielo periódico en mano bajo la hornacina; sentir el aliento de un bicho de media tonelada que patea las mismas calles por las que hace unas horas se desparramaba la fiesta.

Es que nos retumbe el pecho al ritmo de bombos y platillos, jalear a la Pamplonesa (¡esa, esa, esa…!), ziriquear a Caravinagre y echar a correr. Es sentir el aire que levantan las faldas de Toko Toko al girar y girar y girar. Es llorar al escuchar una jota a San Fermín, para reír diez minutos después abrazado a alguien conocido al que te acabas de encontrar en medio de la marabunta, porque Pamplona, también en San Fermín, es un pañuelo.

Es la fiesta en mayúsculas, donde cada uno encuentra su hueco: todas las edades, todas las condiciones, todas las confesiones, tendencias, gustos y preferencias. Muy probablemente la única cosa que une a todos los navarros (quizá pueda sumársele el cariño por Osasuna). Una ciudad de provincias con fama de anodina y santurrona que se transforma cual oruga en mariposa para abrazar a decenas de nacionalidades. Pamplona en Sanfermines lucha desde hace tiempo con ahínco por quitarse de encima estereotipos de borracheras, violencia sexual y callejera y descontrol al borde de la ley, imágenes poco o nada representativas de una fiestas que son mucho, muchísimo más.

Ahora mismo, y desde hace dos años, es una ciudad que espera como un niño espera a los Reyes Magos aunque sea aún febrero: con impaciencia pero con ilusión. Mientras tanto, haya que aguantar otro año más o más de un año, vivamos con el recuerdo de los Sanfermines pasados y la mirada puesta en el futuro, tarde lo que tarde.

Zumba que te zumba

El otro día asistí a una clase gratuita de zumba familiar, iniciativa de la profesora de zumba de mi hija para dar por terminado este curso tan raro y complicado y para tener un detalle con los alumnos y sus familias. Un fin de fiesta, en definitiva.

Allí estábamos bastantes madres, algún que otro padre, las criaturas -las más pequeñas de seis años, las mayores de trece o catorce-, y la entusiasta profesora, de quien envidio su permanente sonrisa, su energía desbordante y su ritmo y coordinación, sobre todo estas dos últimas virtudes. Fui con pocas expectativas de seguir la clase con dignidad, ciertamente. Conozco mis limitaciones físicas, pero me gusta mucho la música y creo que no bailo mal -en la intimidad- y que incluso tengo cierta gracia. Transcurrido el primer cuarto de hora mis pocas expectativas se confirmaron a la baja.

La sala donde tuvo lugar la clase estaba fresquita al llegar. Qué agradable, pensé. Poco duró el fresco: en cuanto empecé a transpirar por todos mis poros mientras intentaba no morir ahogada en mi propio dióxido de carbono -querida mascarilla, qué majísima eres -, la sala se convirtió en sauna. Me había llevado un botellín de agua de medio litro que no duró la clase entera y que rellené en la primera fuente que vi al salir de clase.

He aquí una metáfora de la vida: los alumnos aventajados (los niños) seguían sonrientes y sin dificultad todos los pasos, sin despeinarse apenas y demostrando cómo las nuevas generaciones vienen pisando -y bailando- fuerte. Algunos de los adultos, para los que no era la primera vez en zumba, bailaban ufanos y en comunión con sus hijos, seguros de lo que hacían y capaces de respirar y llevar el ritmo al mismo tiempo. Y otras madres en bajísima forma, como yo, hacíamos un descanso entre canción de Maluma y temazo de C. Tangana para recobrar el resuello y dejar que nuestra piel volviese a un color normal por debajo del rojo bermellón. Y de paso, para ver con orgullo y sin perder detalle a nuestras hijas, tan chiquitas ellas, bailar con tanto salero y sin equivocarse nada en los pasos.

En zumba, como en la vida, es más fácil bailar libre que seguir los pasos de otro. Es más fácil también lavar la ropa, cocinar o planchar cuando nos viene bien, no cuando nos sale menos caro, ejem, ejem. Yo intenté seguir a la profe, de verdad, pero soy disléxica de cuerpo.

A pesar de ello, nos lo pasamos muy bien; gracias, Itziar. La clave es perseverar y practicar, quizá me apunte a zumba familiar el año que viene. Espero que ya sin mascarillas.

“Pequeñerías”

Una entrevista al cantante Dani Martín en su visita a El Hormiguero, a propósito de su últimos disco y gira, propicia la entrada que van a leer a continuación. Les dejo el enlace: https://www.antena3.com/programas/el-hormiguero/entrevista/entrevista-completa-dani-martin_20210429608b18d6e56957000125cb51.html

Gran parte del tiempo Dani Martín explica a Pablo Motos la historia que hay detrás de la canción Cómo me gustaría contarte, dedicada a su hermana Míriam, fallecida hace doce años https://www.youtube.com/watch?v=DgTSVNMBc3I. Dani ha escrito una letra hermosa y cotidiana, desde un dolor superado que aflora en forma de sonrisa, la sonrisa que suscitan los buenos recuerdos y que se nubla un poquillo por los ojos empañados. “Hay que vivir de los presentes”, dice en un momento del programa. A él se le pegaban siempre las sábanas, y su hermana, que le acercaba al sitio al que tuviera que ir, le decía desde el rellano “a las 9 me piro”. Esta frase aparece en la canción, como ejemplo de un pasado de días normales y corrientes en los que su hermana estaba. Al cantante le gustaría poder contar a su hermana cómo están sus padres, dónde viven ahora, cómo les va todo: “Cómo me gustaría robarte / del sitio al que te fuiste”. Es una canción verdaderamente preciosa.

A veces vamos buscando llenar nuestras vidas de grandes experiencias: viajes increíbles, conciertos en primera fila, restaurantes con estrella Michelín o intensas tardes en parques de atracciones. Nos atrae lo que se sale de la rutina, de esa monotonía de jingle publicitario donde no tienen cabida las sorpresas; de esa peli Atrapado en el tiempo en que a veces convertimos nuestro día a día. Somos unos ciegos que no reparamos en los “presentes” de los que habla Dani Martín. Curioso que ‘presente’ sea el tiempo actual y también un regalo. Cuánto nos cuesta aprender eso: que la vida es un regalo.

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No sé qué recordaré de la gente que quiero dentro de unos cuantos años cuando eche la vista atrás. Hoy, que aún no tengo canas -pero alguna quiere asomar ya-, hago el ejercicio de revivir “presentes”, “pequeñerías“, de recordar otros “a las 9 me piro”. Los despertares remolones un domingo cualquiera con el amor de mi vida, con nuestros niños trepando por la cama, dándonos besos y abrazos y los buenos días. Los bailes y las risas con mi hermana cantando como locas alguna de Bon Jovi o de los Backstreet Boys en el salón de casa de nuestros padres, o actuando como en los episodios de Friends. Los gritos de alegría con mis padres en cada gol cantado en las gradas de El Sadar. Mi abuelo revolviendo las brasas en el hogar de la casa del pueblo antes de poner la parrilla con la carne, o contando penurias de su juventud acabando siempre con la frase “qué sabréis lo que hemos pasado”. Mi abuela en bata o delantal, sin los dientes puestos y recién levantada poniéndonos el desayuno a mi hermana y a mí cuando nos quedábamos a dormir en su casa. O la hermana de mi abuela y su particular manera de jugar a cartas, con el antebrazo apoyado en la mesa y silbando entre turno y turno.

Los “hija mía” y “princesa” de mis bisabuelas; los largos viajes a Málaga por carretera para ver a mi prima, quemando el radiocasete de la Renault Express, sin cinturones atrás y saliendo de Pamplona de madrugada. Las risas que nos echamos en uno de esos viajes en un bar de carretera, de donde salió para quedarse la frase “son de paso”. La camarera nos atendió un poco “regulín” y le escuchamos decir a una compañera lo de “son de paso”. Mi madre escondió en el bolso un cenicero de barro (que a saber dónde acabó con los años), y nos fuimos de allí muertos de risa para continuar el viaje. La frasecilla nos saca aún sonrisas a los cuatro, recuerdo de los años de nuestra niñez y adolescencia, ¿verdad, tata?

Aquella camarera dio en el clavo: éramos de paso, sí, meros transeúntes de camino al sur. Nunca hemos vuelto a ese bar; ella ya sabía que con clientes así no merecía la pena esmerarse en la atención. Con su actitud mi familia y yo nos llevamos una anécdota divertida, así que gracias, estés donde estés, no te lo reprochamos porque todos tenemos un mal día. En el viaje de la vida todos somos/estamos de paso, y de nosotros depende dejar huella.

Hay que vivir de los presentes,

que serán pasados

en un futuro.

Superliga, o sea.

Pobrecitos de nosotros, qué mal nos va que estamos pringando pasta y con el estadio en obras y sin pagar. Ya no vendemos tantas camisetas desde que se nos fue CR7. Hay más gente viendo La isla de las tentaciones que las galopadas de mi querido Vinicius. La juventud prefiere el Twitch o el Tik Tok antes que tragarse 90 minutos con el añadido, las pausas de revisión del VAR y la de hidratación si hace calor. La reforma que promete la UEFA para 2024 nos va a pillar ya muertos, RIP. Menos mal que yo, tito Floren, tengo la solución. ¿Por qué me tengo que tragar un Levante-Real Madrid que aburre a las ovejas? Me voy a juntar con mis coleguillas millonetis de la élite balompédica y nuestros laureados clubes jugarán una Superliga que sí va a interesar a todo el mundo y va a dejar mucha pasta en las arcas blancas. Las ligas nacionales, si eso, para los pobretones. Y no nos salimos de la española por solidaridad y porque somos muy majos, que a ver qué va a hacer el populacho sin ver los pocos partidos decentes que les proporcionamos Madrid, Atlético y Barcelona.

Claro, Floren, claro. Si tienes razón. A un señor de Pozuelo o a una chica de Castrourdiales les vuelven locos el Manchester United o el Milan. Se saben la historia de todos esos clubes europeos que deslumbran con su fútbol, conocen sus plantillas, han pisado las gradas de los grandes estadios, los templos del fútbol con mayúsculas. La Champions League se os ha quedado pequeña, porque a veces la juegan equipillos del montón, y hasta que no llegan los cuartos o las semis no empieza lo bueno. En el fondo lo vuestro es magnanimidad y amor al prójimo. https://www.eurosport.es/futbol/superliga-europea-formato-funcionamiento-clubes-que-es_sto8279560/story.shtml

Lo dices tú, textualmente: «Una vez que tenemos el dinero, lo repartimos porque el fútbol funciona con solidaridad». Pues nada, el cheque ya nos lo mandas cuando quieras, a la atención de Luis Sabalza, que nosotros también tenemos que pagar la reforma del estadio; la diferencia es que hay dinero para ello. «La situación es muy dramática. No es normal que la gran mayoría de clubes modestos ganen dinero y pierda dinero el Barcelona, por ejemplo. Eso no puede ser». Ah, no, no, no, eso no. Hasta ahí podíamos llegar. A lo mejor los clubes modestos que tú dices no se gastan lo que no tienen, cuentan con una masa social fiel que no da la espalda a la segunda derrota consecutiva (ni a la séptima), y gestionan mejor que un club grande su patrimonio. A lo mejor sus jugadores no tienen inconveniente en bajarse la ficha cuando vienen mal dadas. El amor a los colores y esas cosas.

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«Hoy en día muchos jóvenes dicen que los partidos se les hacen largos (…). El mundo cambia. O no tiene suficientemente interés el partido o hay que acortarlos. Yo hay muchos partidos que no los aguanto». Floren, el fútbol es de los aficionados, y de eso tú tienes poco o nada. Fútbol es ver partidos aburridos de tu equipo, soportar derrotas ignominiosas y aún así no renegar de tus colores. Fútbol es abrazar a un desconocido gritando gol con todas las cuerdas vocales en tensión. Es un pasado con un padre o un abuelo que nos empezó a contagiar el gusanillo cuando no levantábamos ni un metro del suelo. Es llorar de alegría porque os habéis salvado de bajar a los infiernos. Es celebrar un córner en el minuto 92 porque sabes que ahora o nunca. Es sentir como de tu familia a Oier, Torres, David García o Moncayola. Es pasear por la Estafeta y gritarles a unos pelos al viento ¡aúpa ahí, Aridane! Es dar colorido a una grada, pulirse los ahorros para apoyar al equipo en Gijón, Sevilla, Vigo o Burdeos. Es planificar el fin de semana en función de a qué hora juegan los tuyos. Fútbol es todo lo que no propugna esa Superliga que te has inventado. Es soñar con lo imposible a base de esfuerzo y mérito. Es dejar que cualquiera pruebe, si lo ha merecido, las mieles de enfrentarse a los poderosos. Fútbol es que exista el “Alcorconazo” (lo siento, Floren, sé que escuece). Agradezco desde aquí a Valencia y Osasuna, que juegan mañana (y a otros equipos que harán reivindicaciones parecidas), porque van a lucir camisetas con el lema ‘Earn it’ (ganátelo). Dos palabras que resumen lo que opinamos muchísimos aficionados.

Los que tenéis tanto poder, Floren, podíais invertir vuestros esfuerzos en hacer que los aficionados podamos volver a nuestros estadios. Que la pandemia existe y hay que hacer muchos sacrificios, sí, pero el fútbol se ve y se disfruta al aire libre, y con un poco de organización y de voluntad ya se podía haber intentado algo. Que hay actividades más de riesgo que estar en una grada con separación y todo eso. A lo mejor es que os ha venido bien que no podamos estar, no lo sé.

No sé qué pasará con tu invento de hermandad universitaria yanqui. Pero recuerda que los empollones, los rezagados, los del club de ciencias y el de ajedrez, los que estudian con beca y malviven en un apartamento de 40 metros cuadrados podemos unirnos y despacharos de la liga. Id a vuestra mansión a celebrar fiestas pijas y a beber ponche, que nosotros nos vamos al bar de la esquina a beber cerveza fría y a gritar los goles de nuestro equipo. Aunque pierda.

Una historia “covidiana”

Covidiano“. Acrónimo que me acabo de inventar a partir de cotidiano y covid.

Les voy a contar un caso real y reciente, aunque con nombres falsos para preservar la identidad de los protagonistas. En Pamplona, Iñaki regenta un bar junto a su mujer, Laura, y su hija, María. Algunos fines de semana, el hermano de Laura, José, les echa una mano trabajando en el bar. José está soltero y es el que atiende a sus padres y el que más está con ellos.

El viernes 12 de marzo, un cliente habitual del bar acudió como tantas otras veces y pidió que le dieran de almorzar. Iñaki decidió almorzar con él, pues se llevan bien, y María, la hija, atendió la mesa. En el bar también estaban Laura y José.

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El lunes 15, Laura e Iñaki supieron que habían dado positivo en coronavirus (ya tenían síntomas el día 14), y también su hija María. José, el hermano de Laura, empieza a tener síntomas el martes 16 y da positivo. Afortunadamente, no ha contagiado a sus padres. Pero sí ha contagiado a su otro hermano, Patxi, y su mujer, Lorena, y a su sobrina, Leire, que habían estado con José en la casa del pueblo el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero ese martes 16, Patxi y Lorena no saben aún que están contagiados. Patxi y Lorena se enteran el lunes de lo ocurrido con el almuerzo del día 12 y su cuñado Iñaki. Por si acaso, Lorena decide que ese lunes no irá a visitar a su madre, como suele hacer. Patxi y Lorena se encuentran bien, y su hija también. Patxi ha ido toda la semana a trabajar, y Leire al colegio.

El viernes 19, Lorena tiene fiebre, dolor de garganta y dolor de cabeza. El sábado 20 la prueba da positivo. El domingo se hacen la prueba Patxi y la pequeña Leire, los dos asintomáticos. Ambos se enteran de que son positivos el lunes 22. Lorena, Patxi y Leire habían estado con José el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero cuando José dio sus nombres el martes 16 al equipo de rastreadores, no consideraron necesario hacerles PCR porque no habían estado con José el lunes 15. Desde el 15 de marzo hasta el 19, Lorena ya tenía el virus. Pero no es hasta el día 20 cuando sale el positivo. Ese mismo día, por la noche, Iñaki se encontraba muy mal y no podía respirar bien. Para entonces ya sabían que el “amigo” del almuerzo había ido al bar siendo positivo en coronavirus, y sabiéndolo. Laura llamó a urgencias pero no le quisieron mandar una ambulancia al pueblo donde viven, cerca de Pamplona. Que no había ambulancia, le dijeron. Laura no tuvo otro remedio que coger el coche, de noche, y llevar a su marido, que no respiraba bien, a urgencias. Recordemos que ambos son positivos y en teoría no deben salir de casa. Pudieron haber lamentado ese trayecto para siempre si Iñaki se hubiera puesto peor mientras Laura conducía.

Decíamos que Leire ha estado yendo al colegio los días previos al positivo de sus padres y el suyo propio. Lorena, afortunadamente, no ha estado con personas vulnerables y no trabaja, así que sus contactos han sido mínimos. Lorena comunica al colegio el día 22 por la mañana que su hija ha dado positivo en la prueba del domingo 21. Los rastreadores comunican al colegio el lunes 22 por la noche que no es necesario confinar a la clase de esta niña porque han pasado más de 48 horas desde que estuvo en clase por última vez (la niña salió del colegio el jueves 18 y no había vuelto a ir desde ese día, ya que el 19 era festivo. El 19 fue cuando su madre empezó con síntomas).

Lorena, positivo en coronavirus y con síntomas, no tendrá que hacerse una segunda PCR después de los diez días de cuarentena, pero sí le harán seguimiento desde su centro de salud. Eso es lo que dice el protocolo en Navarra. El tipo que fue a almorzar el día 12 quizá se había saltado su cuarentena.  O quizá estaba en el décimo día y por eso se fue al bar, pero contagió. No sabemos los detalles de su historia. Pero les ha calzado el bicho a Iñaki (en la UCI, asmático), Laura, María, José. Patxi, Lorena y Leire.

Llevamos más de un año con la mierda esta, con perdón, de la pandemia. Todavía hay quien no se lo toma en serio. Quien es positivo y sale de casa. Quien se quita la mascarilla en cuanto pone sus posaderas en la silla de un bar y no se vuelve a cubrir la cara hasta que sale de ahí. Quien aún no sabe colocarse correctamente una puñetera mascarilla (es una mascarilla, no un mueble de Ikea). Quien se junta con quince en una casa a comer, beber y celebrar cualquier cosa, todos bien juntos y sin mascarilla. Quien se queja, y con razón, de las mil restricciones que nos imponen pero luego no pone nada de su parte para que estas vayan desapareciendo y nos vayan soltando cuerda.

Lorena es amiga mía. Leire va al colegio con mis hijos. Mi deseo es que ellas y todos sus familiares se recuperen bien de esta enfermedad diabólica. Y que historias como esta y con otros protagonistas y otros avatares nos den una lección a todos sobre lo que no hay que hacer.

Patatas neutras

La corrección política ha llegado al mundo juguetero. La marca Mr Potato, juguete de Hasbro, abandona tan masculino nombre para ser Potato Head, denominación que no incluye referencias al sexo. https://www.lavanguardia.com/cribeo/fast-news/20210226/6260149/hasbro-retira-mister-potato-conocemos-rebautizarlo-genero-neutro.html

Porque, como todo el mundo sabe, los niños (y las niñas, válgame el Señor), ven una patata con ojos y ya se identifican con ella. Y si se identifican con una patata con bigote, ¿dónde quedan los derechos de las criaturas de no identificarse con ese rol, vamoavé? ¿Y qué es eso de llamar míster a un tubérculo? Estábamos confundiendo a nuestros hijos, qué terrible. Ahora ya puedo dormir tranquila: la patata con ojos es de “género neutro”. Sí, entrecomillado. Porque el género lo tienen las palabras, y el frutero del barrio, de quien las abuelas dicen que tiene el género muy bueno.

Decía que puedo dormir tranquila, pero no. En Toy Story había una Señora Potato. ¿Y ahora, qué? La han dejado viuda a golpe de copyright. Más que viuda, la han dejado a dos velas y sin coyunda. Espero que en las cajas del nuevo Potato Head metan accesorios para armar una Señora Potato. ¿O eso tampoco? Imagino que si es sexista lo de Mr Potato, también lo será que entre las piezas haya labios rojos y carnosos, un sombrero con flores o unas orejas con pendientes. Entonces el juguete se nos quedaría muy limitado, prácticamente a unos ojos neutros, una nariz neutra, unas orejas neutras y una boca neutra. Los niños no son estúpidos, y por quitar el “Mr” del nombre no van a dejar de ver a un señor patata, de sexo masculino. Que haya señoras con bigote es la excepción, amigos.

Va, en serio: se les ha ido la pinza. Otra cosa es lo que lleva haciendo Mattel con su Barbie cada vez más inclusiva, decisión no exenta tampoco de polémica: https://www.nacion.com/viva/moda/barbie-inclusiva-conozca-a-las-munecas-con/6T2DNPTFUZHFDM6VAJR65D6O5M/story/ Si existiera una forma de meternos dentro del cerebro de un niño para saber realmente qué se le pasa por la cabeza cuando está jugando con Potato, con Barbie, con Playmobil, etcétera, quizá (y solo quizá) dejarían de ocurrir estas cosas. Si de verdad la industria juguetera quiere hacer algo útil y en beneficio de los niños, le propongo lo siguiente. En primer lugar, que deje de asociar el color rosa con las niñas. Recorrer el pasillo de muñecas de una juguetería es como meterse en la mansión de Barbie: rosa, rosa, rosa, fucsia, violeta, más rosa. Debería firmarse un acuerdo del gremio para que las cajas y etiquetas de todos los juguetes, independientemente de la marca o el fabricante, fuesen del mismo color, por ejemplo blanco. Y sobre el blanco podrían ponerse unas líneas de color, identificando cada uno con una franja de edad: 0-1 año, 1-2 años, 2-3 años, 3-6 años, 6-8 años, 9-12 años. Cero referencias al sexo. Y una guía por colores sobre lo que realmente importa: para qué edad es adecuado el juego o juguete. Nadie se ofendería (supongo) y la idea ayudaría muchísimo a padres, consumidores y comerciantes. Y como me siento generosa, ahí van dos materias del ámbito juguetero que todavía están por ser cambiadas en el aspecto identitario-sexual. En primer lugar, los disfraces. Si una niña o una mujer se quieren disfrazar de policía o bombero (por poner dos ejemplos), la niña verá en el envoltorio del disfraz la foto de un niño, nunca una niña, y la mujer adulta tiene dos opciones: comprar el disfraz “para chicos”, que le quedará grande muy probablemente, o comprar la versión “para ellas”: policía sexy, bombera sexy… Dejen de “sexificar” los disfraces, por favor. Y en segundo lugar: el futbolín. Ya están tardando en poner “chicas” en los futbolines, que el fútbol femenino es una realidad, y ese cambio sí sería útil y significativo, no como llamar Potato Head a Mr Potato. DEP.

Un día eres joven

Lo sé, no soy muy original. Las redes sociales están plagadas de memes sobre hacerse viejo, pero voy a aportar mi granito de arena para completar la frase “Un día eres joven y al otro…”

Te activas todos los descuentos de la tarjeta cliente del súper. Y acumulas tarjetas cliente de todas partes. Vas por la casa apagando interruptores y diciendo “la luz no es gratis”. Emites un quejido o suspiras al levantarte o sentarte en el sofá. Cuentas anécdotas e historietas que a ti te parece que han ocurrido ayer pero hace más de veinte años que sucedieron. Te acuerdas de lo que daban de sí 5.000 pelas. Estrenar colchón te hace más ilusión que estrenar ropa de marca. No sabes quién es la mitad de los cantantes y grupos que suenan en la radio. Es más, no entiendes por qué no usan su nombre y apellido sino apodos, diminutivos e iniciales pronunciadas en inglés. C. Tangana, Becky G., Karol G. Hache, I, Jota Balvin.

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Entiendes cada vez más a tus padres. La brecha generacional con quienes tienen diez años menos que tú (o más de diez) te parece en muchos aspectos insalvable. Te llaman señor/a los de la brecha insalvable. Eres capaz de ver un debate electoral o un “especial elecciones” sin quedarte dormido. Ya eres mayor que el mayor de los futbolistas en activo de la Liga. Añoras las Nocheviejas con Martes y Trece o con Ramontxu. Te has vuelto un sibarita, tú, que bebías cualquier cosa a la que echar unos hielos y comías kebab guarrete y chorreante.

Te emocionas cuando ganan el bote de Pasapalabra. Vigilas el colesterol, la glucosa y los triglicéridos. Lo de controlarlos ya, si eso, mañana. Acostarte más tarde de la una es trasnochar. Te pones o te quitas las gafas para enfocar. Repites cada vez más que ya no hacen películas/canciones/series como las de antes. La chavalería te mira raro cuando dices cosas como estas: El que sabe, “saba”. El algodón no engaña. Bic cristal escribe normal. Alucina, vecina. Para dentro, Romerales. Y hasta aquí puedo leer.

Tú también has podido leer hasta aquí, con gafas o sin ellas, y te invito a añadir en los comentarios lo que te venga a la mente tras el comienzo de esta entrada: Un día eres joven y al otro…

Tres años

El pasado 31 de enero este humilde blog cumplió tres años de vida. He publicado 113 entradas sin contar esta de hoy. El promedio de vistas o lecturas es casi 45, así que mil gracias a ese estupendo promedio de 45 lectores.

Ha habido unas pocas entradas que han superado el centenar de lecturas, ¡guau! Por pura estadística, dejo aquí el “top 5”, las cinco entradas que más vistas han tenido en estos tres años:

11/12/2018 Perdona nuestras ofensas……………………..173 vistas

04/04/2018 Semblanza………………………………………………119 vistas

21/04/2020 Los olvidados………………………………………….109 vistas

05/02/2019 Tengo afasia de género, criaturas…………103 vistas

20/03/2018 Chanel nº 5………………………………………………101 vistas

Muchísimas gracias a los lectores fieles, a los ocasionales, a los que leyeron algo y no regresaron más, a mi familia por su aliento y sus elogios, a mis amigos por los debates que se suscitan tras cada publicación, y a la fibra óptica y el portátil que me permiten dar rienda suelta a mis tonterías. Por muchos años más.

La culpa es del guisante

¿Recuerdan el cuento de La princesa y el guisante? Para casar al príncipe, debían encontrar a una verdadera princesa a la que hicieron pasar una prueba sin ella saberlo: colocaron un guisante debajo de una decena de colchones. Al día siguiente, la candidata contó que no había descansado nada porque notaba algo molesto bajo el colchón. Ella era la nuera perfecta: delicada y de piel fina hasta para notar un mísero guisante a bastante distancia de su trasero.

Vivimos rodeados de princesas de piel fina que denuncian pequeñeces. La última, que Disney haya señalado tres clásicos suyos por contenidos racistas. Pueden leer el asunto aquí: https://www.huffingtonpost.es/entry/disney-bloquea-por-racismo-dumbo-peter-pan-y-los-aristogatos-para-menores-de-7-anos_es_600ea626c5b6fe97669e0eaa

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Para no alargarme mucho, me centraré en una de mis películas favoritas: Peter Pan. Resulta que se ridiculiza a los nativos americanos -nativos de Nunca Jamás, como todo el mundo sabe- llamándolos ‘pieles rojas’. A qué está esperando la tropa de censores para eliminar por siempre todos los wéstern de extensas praderas, indios (perdón, nativos americanos) emplumados que no saben hablar inglés, oh my God, salvajes cortacabelleras que montan a caballo “a pelo” y tienen una endiablada puntería con el arco y las flechas. Qué imagen denigrante para esos antepasados venerables. Normal que el cine los retratara así, crueles y salvajes, para justificar de algún modo la masacre deliberada que llevaron a cabo los estadounidenses contra las tribus que obstaculizaban la expansión política y territorial. Si les gusta la historia, lean sobre ello porque hemos crecido engañados viendo pelis de John Wayne: https://www.abc.es/historia/abci-verdad-7-caballeria-jinetes-lideraron-genocidio-indio-eeuu-201908210124_noticia.html

Más allá de cuestiones raciales, facilitemos el trabajo a los ‘pieles finas’ y desmenucemos Peter Pan hasta dejarla como la bazofia infumable que quieren que sea. Qué dirían…

  • El Partido Pirata en defensa del Ron (PPR): la imagen que se da en Peter Pan de la piratería es falsa: se nos pinta como torpes, cobardes e inútiles, incapaces de pararles los pies a unos mocosos maleducados e insolentes. Pardiez.
  • Los Coleguis Animalistas en defensa de los Peluditos (CAP): el personaje de Nana, un perro san bernardo al que explotan laboralmente como niñera de tres hermanos, acaba expulsado de su hogar y durmiendo a la intemperie. Es intolerable.
  • La Asociación Brigitte Bardot contra las Pieles (ABB): esos pulgosos Niños Perdidos van ataviados con pieles de animales muertos. ¿Qué clase de mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones: que pueden matar a su antojo para abrigarse?
  • Hadas en Lucha (HL): Nosotras tenemos voz, no como esa Campanilla ridícula y muda que suspira como una tonta por Peter, que no le hace ni caso hasta que Garfio la enjaula y él teme por su vida. La película no retrata bien a las hadas, no nos representa. Tonto Pan y tonta Wendy.
  • Sirenas Veganas (SSVV): Las sirenas salimos en la película como seres frívolos y holgazanes, sin objetivos en la vida, y no es así porque llevamos siglos denunciando la pesca indiscriminada y la contaminación de los mares.
  • Amigas de Irene Montero por la Igualdad (AIMI): El personaje de Wendy es un insulto a la inteligencia: una niñita remilgada cuya gran aspiración es ser madre para contarles cuentos a sus hijos, una tonta que bebe los vientos por un duende con mallas verdes al que aún no le ha salido pelo en el pecho. Wendy perpetúa los estereotipos de género porque sabe coser sombras, cantar, contar cuentos, no lleva pantalones, tiene el pelo largo y tirabuzones, y ha de cuidar de sus hermanos porque sus padres pasan del tema. Es un personaje desvalido y sin recursos que necesita en todo momento que la rescate una figura masculina.

Ahora en serio. Estamos llegando a un punto en que todo ofende y es censurable, cualquier cosa es susceptible de herir sentimientos. La corrección política lleva camino de ir acabando con películas, libros, series y canciones. Los personajes malvados, ¿alguien sabe qué tipo de actores o actrices deberán interpretarlos? Si son mujeres, será machismo. Si no son blancos caucásicos, será racismo. Si hablan otro idioma, será xenofobia. Si son bajitos, o gordos, o calvos, o miopes, será discriminación. Cualquier manifestación cultural que hable de hechos pasados será censurable a ojos de la corrección política: los mencionados western, el conocido caso de Lo que el viento se llevó y HBO, las pelis de nazis, todos los cuentos clásicos, cualquier historia en la que la mujer no aparezca empoderada, líder y resolutiva, sino sumisa y unida a un hombre que se lleva el protagonismo.

Disney tiene trabajo si quiere limpiar su imagen, porque la mayoría de sus películas, al menos las antiguas, retrata a princesas enamoradas a primera vista de un hombre que acaba rescatándolas con un beso de amor o luchando contra dragones. Hay que esperar a Mérida, Vaiana, Elsa y Anna para descubrir mujeres jóvenes tenaces, luchadoras e independientes. Es la simple evolución de los tiempos, lo cual no significa que haya que cargarse lo del pasado.

Se trata de ignorar el guisante y disfrutar del sueño reparador.

Anecdotario librero

Ahora que llevo casi una semana en mi nuevo trabajo, voy a echar la vista atrás y a recordar anécdotas de mi anterior ocupación durante casi catorce años: librera. Si me hubiera dado por llevar un registro diario de hechos curiosos, habría tenido material para escribir un libro: es lo que tiene trabajar de cara al público. Pero vayan aquí unas pinceladas.

Una señora llegó un día preguntando por “colecciones de libros elegantes”. Supuse que se refería a libros con cubierta de piel o de tela, algo poco habitual, pero resultó que lo que ella quería era rellenar unas estanterías con libros de apariencia lujosa, y que fueran de igual tamaño; el contenido le era indiferente. Tentada estuve de venderle todos los códigos de legislación de Aranzadi -todos tremendos, de color verde oscuro y similares dimensiones pero con tapas de cartón, no de piel-, pero le enseñé alguna edición especial de algún clásico, poca cosa para la cantidad de libros que ella necesitaba. Inevitablemente imaginé el salón de esta señora como los montajes de las tiendas de muebles, en donde los libros que decoran la exposición son de cartón hueco, más falsos que un duro de madera.

Un chaval entró otro día buscando algún libro de pocas páginas y que, a ser posible, tuviera versión cinematográfica para poder ver la peli y evitarse gran parte de la lectura, obligada por algún retrógrado profesor de literatura. Otro mocete me pidió La familia de Pascual Duarte de Cela en “castellano moderno, no en castellano antiguo”. Don Camilo es que hablaba muy a la antigua, claro, igual que un juglar.

En otra ocasión alguien fue a devolver un diccionario de inglés porque no aparecían todas las palabras. Me puso de ejemplo un verbo en pasado y, además, irregular, y yo respiré hondo y le expliqué que las entradas del diccionario contienen los verbos sin conjugar, en infinitivo. No recuerdo si cambió el diccionario o se marchó con él decepcionado… Si es que hay que explicarlo todo.

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Una señora bastante mayor venía cada poco a preguntar por un libro cuyo autor era su difunto marido. Ella tenía en casa bastantes ejemplares que le proporcionaba la editorial y no se habían vendido, y se recorría varias librerías para asegurarse de que el libro en cuestión estuviese bien expuesto, a la vista y, por supuesto, en el escaparate, aunque esto supusiera quitarles el espacio a las novedades editoriales, de exposición prioritaria. No importó cuántas veces le expliqué la política del establecimiento a este respecto: la mujer no dejaba de venir casi todos los meses a ver dónde estaba el libro de marras, que no lo veía en el escaparate, y a preguntar si se habían vendido y si necesitábamos más. Después dejó de venir, imagino que empeoraría su salud o se cansó de insistir.

Otra señora había comprado un librito que resultó estar encuadernado bocabajo. Lo trajo para devolverlo y recuperar su dinero. Le ofrecí otro ejemplar sin defecto, ya que era lo que hacíamos en casos de defectos de impresión o encuadernación. Insistió en que no quería ya el libro, sino el dinero. Deduje que había leído el libro porque el defecto de encuadernación no impedía su lectura, y una vez leído ya no lo necesitaba, y esto sumado a su actitud altiva me sacó tan de quicio que no accedí a darle el dinero, y acabó rellenando una hoja de reclamaciones. Días más tarde, se le dio la razón y volvió a por el dinero, y ese día, a Dios gracias, no me tocaba trabajar.

En el apartado “tiquismiquis” había anécdotas casi a diario. Cualquier pequeña mancha en las tapas o en las hojas, o una pequeña arruga en alguna esquina de la cubierta era motivo para solicitar otro ejemplar “nuevo”. Nuevos eran todos, llegaban de las editoriales pasando después por las distribuidoras, pero algunas personas necesitaban los libros impolutos, inmaculados. Los libreros solíamos usar una goma de borrar para limpiar los cantos de pequeñas manchas de dedos o de roces, o utilizar un algodón mojado en alcohol para limpiar las cubiertas, que tenían que ser de papel satinado, ya que otro tipo de papel o cartón absorbía el alcohol, se humedecía y se estropeaba. Había veces en que el “defecto” era tan nimio que yo no alcanzaba a verle la importancia, y más aún cuando el destino de un libro es ser manipulado por su lector. Imagino a estas personas colocando su adquisición con esmero en un atril y pasando sus páginas con unos guantes de algodón egipcio, como si fuera un incunable. A veces los trucos de limpieza no eran suficientes y acabábamos encargando ejemplares al distribuidor, con tan mala suerte que no siempre los libros que llegaban estaban en mejor estado que el rechazado por el cliente. Al fin y al cabo, los libros habitan en almacenes, los meten en cajas, viajan en camiones y furgonetas de reparto y terminan en estanterías donde los coge la gente, que no siempre es cuidadosa al volverlos a colocar en su sitio. Lo increíble de los tiquismiquis es que deben de pensar en los libros como objetos intocables y vírgenes, y precisamente su naturaleza los obliga a ser hojeados, manoseados, doblados, subrayados y anotados. O quizá temen no agradar a la persona destinataria del regalo porque este no está en condiciones óptimas. Por muy bien que tratemos un libro, nunca va a volver a estar igual que de recién comprado. Y, por otro lado, ya saben: nunca juzguen un libro por su portada.

Atender a clientes que buscaban un libro “para regalar” era sinónimo de armarse de paciencia. Acertar con un libro no es fácil, por mucho que se conozcan los gustos del destinatario del regalo. Las respuestas a la pregunta del librero “¿qué tipo de libros le gustan?” solían ser estas: “no lee nunca”/ “apenas lee”/ “no lo sé, recomiéndame algo”. Ahí un librero demuestra su capacidad para acertar, sorprender y no perder la paciencia cuando ha sacado dos docenas de títulos diversos de los estantes y ninguno le cuadra al cliente. “Siempre puede cambiarlo por otro, ¿le hago un tique-regalo?”, sugieres con una sonrisa desesperada cuando la cola que se ha formado entretanto es kilométrica.

Las colas, la espera y el gentío sacan lo mejor y lo peor de las personas. Daba igual que yo fuera cargada con un rimero de libros de una punta a otra de la tienda: me paraban para preguntarme por un título, obviando que había ya una larga fila de personas asesinando con la mirada a quienes se saltaban el orden para interpelar a cualquier empleado con el simple preámbulo de “una preguntica…”

Trabajar de cara al público es, a pesar de todo, muy gratificante. Tuve la suerte de conocer a personas muy agradables e interesantes, con las que mantuve conversaciones sobre libros la mayoría de las veces, pero también sobre la vida en sus muchas facetas. Una vez una señora nos trajo unos dulces de su pueblo porque le guardábamos los marcapáginas de publicidad que nos enviaban las editoriales; otra señora me regaló un pijama para mi futuro bebé. Angelita Alfaro, cocinera riojana, nos traía cosicas dulces hechas por ella para que, por favor, le pusiéramos su último libro de recetas en donde se viera bien. De mi querido Victorino ya hablé en otra entrada del blog. Al final, los clientes habituales eran caras amigas.

Siempre guardaré buenos recuerdos de aquellos años entre libros. El de librero es un oficio precioso, vocacional y de gran dedicación. Cada vez que cierra una librería, grande o pequeña, se muere un pedacito del alma de la ciudad.

Termino con una petición si viven en España. Compren los libros en las librerías, y si les da mucha pereza ir a la más próxima, a golpe de clic en http://www.todostuslibros.com pueden comprar lo que quieran en cualquiera de las muchísimas y buenas librerías de este país. Hay más opciones fuera de Amazon. Porque una librería no es solamente un comercio. Felices lecturas.