Lo comentábamos el otro día en el trabajo: la gente que vive ajena al fútbol como deporte de masas o que incluso lo detesta tiene que haber estado estos últimos 39 días hasta más allá de la coronilla. No tienen bastante con la temporada de liga, que también cada cuatro años hay Copa del Mundo. El Mundial, vamos. Ah, y dentro de dos añitos de nada, Eurocopa. Lo siento, pacientes almas, tocará unirse al enemigo o mudarse al Everest.
Sé que ganar una copita no resuelve los grandes problemas de nuestro mundo; de hecho, pensándolo en frío, alegrarse por ello es de una frivolidad insultante. Cualquier persona sensata (y que no viva del fútbol), sabe que su vida no va a cambiar porque Rodri haya levantado el trofeo de campeones del mundo al cielo de Nueva Jersey. Pero la capacidad que tiene el fútbol de amalgamar como una masa compacta a individuos tan diferentes entre sí, creo que pocas cosas en esta vida la tienen.
El otro día vi en Movistar Plus el reportaje ¿Qué hacías el 11 de julio de 2010?, título que hace referencia a la consecución de la primera Copa del Mundo por parte de España. Ese día el país entero vibró con el gol de Iniesta (0-1) a la selección de Países Bajos, en el minuto 116, durante la segunda parte de la prórroga. El reportaje se grabó en 2020, una década después de aquel logro, y en él aparecen el entonces seleccionador, Vicente del Bosque, y diversas personas no relacionadas con el fútbol pero que recuerdan aquel momento y qué estaban haciendo; aparecen tanto personajes conocidos (David Bisbal, Rafa Nadal o Carlos Martínez, comentarista de aquel mundial) como personas anónimas que vivieron aquello como grandes aficionados al fútbol.

Como ellos, cualquiera con un mínimo interés en lo que sucedía en Sudáfrica aquel 11 de julio, es capaz de recordar dónde y con quién se encontraba cuando España ganó a Países Bajos. Recuerdo estar yo en capilla, a punto de pasar por el altar ese mismo mes. Vi el partido con mi entonces novio y actual marido, mis padres y mis amigos Rebeca y Darío en casa de mis padres. Era 11 de julio, sexto día de las fiestas de San Fermín, y compramos unas barras de pan para hacer unos bocatas y ver el partido todos juntos en el salón donde crecí y me crie.
Fue especial por muchos motivos: íbamos de blanco y rojo –era, como he dicho, San Fermín-, y el ambiente festivo venía ya de serie. Y lo bonito es que nunca antes se había dado tal situación, que España jugara la final de un Mundial, así que podía pasar cualquier cosa. Creo que entonces, en los días previos del encuentro, no se palpaba un optimismo generalizado: aunque España venía de ganar dos años antes la Eurocopa, no mucho tiempo atrás había protagonizado claras decepciones en lo deportivo. El hecho de ser los campeones europeos no les daba por sí solo la etiqueta de favoritos, y además se había cerrado el ciclo con Luis Aragonés en el banquillo y era Del Bosque quien cogía el testigo.
Recuerdo pinceladas de aquella noche: buen ambiente, y enseguida gritos y manos a la cabeza cuando a Xabi Alonso le propinó De Jong aquella patada en el pecho al más puro estilo kung-fu (minuto 28). Recuerdo sufrir mucho porque con un empate a cero estás todo el rato en el alambre: cualquier error en forma de gol en contra te pone en una cuesta arriba muy chunga. Que se lo digan a Casillas y su paradón con la puntita del pie el disparo de Robben en el minuto 61. Los minutos pasaban, llegó la prórroga y el reloj corría inexorable hacia la tanda de penaltis, un verdadero infierno en la tierra.
Pero llegó Andrés Iniesta, a pase de Cesc, para poner ese gol casi postrero, rozando el final del tiempo de juego de la prórroga. Y en aquel salón gritamos y nos abrazamos con una frase aún resonando en nuestros oídos: «¡¡Está habilitado!!» Eso dijo Darío al ver que Iniesta chutaba en posición reglamentaria: no había fuera de juego. Gol legal, gol ganador, gol de campeones del mundo.
La historia nos ha obsequiado con otro título igual: España ya cuenta con dos estrellas bordadas en el pecho. Anoche sufrimos, vaya que sí. El escenario fue mi casa, no la de mis padres. Estaban ellos (qué bendición poder decirlo: he visto con mis padres los dos títulos), estaban mi marido y mis hijos. Mis hijos… Anoche les decía: estáis viviendo algo histórico, lo recordaréis de mayores. No son muy futboleros, pero algo como lo de ayer se vive casi sin pretender vivirlo.
Resumen del partido España-Argentina

Dentro de unos cuantos años recordaremos el gol de Ferrán en el minuto 106, y el gol que lo precedió, marcado por Nico Williams (min. 96) y anulado por una falta inexistente previa (lamentable el error arbitral). Recordaremos la retahíla de patadas, codazos y encontronazos con que nos deleitó la selección argentina (Paredes debió ser expulsado, no solo Enzo Fernández). Y llevaremos con orgullo esa segunda estrella que ya luce bordada en la camiseta oficial por lo menos cuatro años más.
«El fútbol es la más importante de las cosas menos importantes». Se cree que lo dijo Arrigo Sacchi, o quizá fue Jorge Valdano, argentino él. Solo sé que con esta cosa tan poco importante se exaltan las emociones de una manera poco equiparable con otras emociones. Se abrazan desconocidos, se comparten vivencias y recuerdos. Y se sueña, como soñaban los niños con Peter Pan, deseando viajar a aquella segunda estrella a la derecha, el país de Nunca Jamás. La segunda estrella va a la derecha de la primera, efectivamente. Y que no sea la última, no dejemos de soñar.
Una última cosita. Saludos a los energúmenos que en pleno partido se presentaron en un bar de Berriozar, localidad pegada a Pamplona, para tirar mesas y sillas y golpear con barras de hierro a quienes pacíficamente estaban viendo el encuentro cenando en la terraza. Saludos, en general, a todo ser viviente (personas no, ya que no alcanzan) que disfruta sintiendo odio y echando bilis solo porque odia el país en el que vive y odia su bandera, y odia cualquier sentimiento de pertenencia y cree que su legítimo derecho a no sentirse español le da carta blanca para agredir, amenazar, insultar y mirar por encima del hombro. Idos al Everest, al menos allí estaréis lejos de nosotros cuando queramos gritar a los cuatro vientos que viva España.









