Siento un hormigueo

Microrrelato presentado al Certamen 4º peldaño Escalera de San Fermín (blogsanfermin.com)

“¿Por dónde vamos ahora?” Habían dejado atrás una pronunciada cuesta, y el camino torcía ligeramente a la izquierda hacia una plaza desierta, tan desierta como todo lo recorrido desde que partieron. El silencio era avasallador; la reina tenía razón y la suya había sido una gran idea: aquella era la mejor época para hacer esa excursión. Llevaban años planeándola, fue siempre su ilusión, pero los riesgos eran grandes. No podían exponerse a perder efectivos, ya que siempre había sido una zona muy concurrida. Hacerlo de noche tampoco era una opción. Así que ahí estaban, cumpliendo un sueño, y juntas como la gran familia que eran. En cabeza, la reina las guiaba. Ni siquiera ella sabía por qué, de repente, ningún zapato amenazaba con acabar con la colonia. Era como si los humanos hubieran caído en un sueño eterno como el de la princesa del cuento.

“Ya estamos en la curva de Mercaderes”, anunció la reina. Las hormigas sonrieron y gritaron al unísono: ¡Ya falta menos!

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Vecinos nuevos

El siguiente texto es un relato que mandé a la editorial Mueve Tu Lengua, que organizó un pequeño certamen a través de sus redes sociales durante estos días de confinamiento. No resultó premiado, pero me han regalado un vale de descuento para comprar libros suyos. Lo pongo aquí, especialmente dedicado a las personas mayores, a nuestros pueblos vacíos y vaciados, a nuestro hermoso país lleno de encanto en cada piedra, y a la esperanza de que saldremos adelante.

VECINOS NUEVOS

Volvía de dar su paseo matinal cuando Avelina se detuvo a pocos metros de su casa y contempló aquel descomunal camión de mudanzas. Lo siguió con la mirada: el camión continuó subiendo un poco más la cuesta y giró a la derecha. Avelina recorrió el mismo trayecto, y pronto vio el camión detenido frente a la casa donde en tiempos vivieron Antonio y Brígida. Junto al camión había otro vehículo grande, de tipo familiar, en el que no había reparado hasta ese momento. “Vecinos nuevos, alguien ha comprado la casa”, pensó.

Se aproximó más y pudo ver a un niño de unos diez años mirando lo que parecían unos cromos –una buena colección que a duras penas podía sujetar en sus pequeñas manos- y a una niña cuatro o cinco años más pequeña que sostenía una muñeca de pelo largo y rubio mientras daba saltitos sobre una pierna. La pequeña reparó en Avelina, mientras el que sería su hermano cambiaba de mano un cromo tras otro. La niña estaba mirándola fijamente y acabó por esbozar una sonrisa.

-Hola. Te pareces a mi abuela, que se fue al cielo.

La anciana le devolvió la sonrisa, metió la mano en el bolsillo de su bata y le tendió a la niña un caramelo de naranja. “Tienes una muñeca muy bonita. ¿Qué le pasó a tu abuelita?”.

-Cogió el coronavirus. Mis papás están ahí dentro sacando nuestras cosas.

Entonces, de la casa de piedra salió una pareja que pasaba de los cuarenta. Se notaba a la legua que venían de ciudad. La mujer se acercó a Avelina. “Hola, buenos días. ¿Es usted de aquí, del pueblo?”.

Hechas las primeras presentaciones, pasaron unos pocos días y los nuevos vecinos fueron entablando relación con los cuatro gatos que vivían aún en el pueblo, entre ellos Avelina. Las tardes soleadas que aún le quedaban al verano las pasaban los dos niños correteando por las cuestas, persiguiendo pájaros y jugando a nombrar todos los futbolistas de los cromos de una temporada inacabada. Su madre era sobrina-nieta de Antonio y Brígida, y propietaria de la casa y de un terreno que pertenecieron a sus tíos.

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La vida en la ciudad se había vuelto complicada. Además del desconsolador aspecto laboral, estaba el emocional. Los niños –y también los padres- necesitaban el contacto con la vida más pura y libre. Abrirían en la enorme casa un alojamiento rural, pues tenían habitaciones de sobra.

Venían de dejar atrás muchas lágrimas e incertidumbres, pero bajo aquel atardecer estival aún podían sonreír viendo a sus hijos jugar felices.

“¿Y aquí no tuvieron ningún contagio?”, le preguntaron un día a Avelina. “Ninguno. Somos muy de cuidarnos. Y estamos acostumbrados a estar solos”.

“Bueno, ahora estamos nosotros”, le dijo la mujer a Avelina poniéndole la mano sobre la rodilla.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora “podemos” llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, están sobrellevándolo muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a “hacer recados”.

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que estoy saltándome el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Lista de buenos propósitos

El 4 de abril, día de escalera sanferminera, la página Blogsanfermin recibió decenas de relatos tras lanzar unos días antes la iniciativa de que todo el quisiera escribiera relatos de no más de 204 palabras y que tuvieran algo que ver con la mítica frase “ya falta menos”. Los relatos los harían llegar al Complejo Hospitalario de Navarra para entretener a los pacientes y trabajadores. Envié dos, y uno de ellos ya ha salido publicado, así que lo comparto también por aquí:

Lista de buenos propósitos

Para comer pintxos en lo viejo. Para abrir una caja de garroticos y unos boletos de la tómbola. Para volver a la niñez con un cucurucho de Nalia. Para subirnos al quiosco y contemplar nuestro salón repleto de vida. Para unas compras por la calle Mayor y un concierto en Condestable. Para disfrutar de las vistas desde el Caballo Blanco. Para embobarnos con el remozado claustro de la catedral. Para un paseo por la Vuelta del Castillo y un rato de charla sentados en la hierba. Para unas cañas en una terraza, pero una terraza de las que tienen camareros, no la terraza del ático, que de esa ya estamos más que aburridos. Para un rato en los columpios de la Plaza de la Cruz. Para un trago de agua fría en la fuente de Recoletas. Para contemplar las aves de la Taconera. Para chutar un balón en el verde de Yamaguchi. Para cantar un gol en el Sadar. Para volver a ser libres. Ya falta menos.

Croqueta de mi amor

(No se me tenga en cuenta el nivel de locura, es por el confinamiento. No se me tenga en cuenta tampoco el plagio a Espronceda en el verso 10. No creo que se levante de la tumba, aunque todo puede ser…)

 

De huevo, pollo o jamón,

y crujiente rebozado,

tu interior bien amasado

me ha ganado el corazón.

 

Manjar eres de los pobres;

de las sobras, solución.

Chiquitilla o croquetón,

tapa reina en los fogones.

 

Te adoran los paladares

del uno al otro confín

cuando en la barra por fin

te reponen en los bares.

 

Las mejores, las caseras,

de jugosa bechamel,

las preparan a granel

nuestras queridas abuelas.

¿Qué diría Freud?

Siento ser tan pesada, que no hace más que tres días de mi último escrito, pero me he despertado con un sueño palpitando en las meninges, tan real y a la vez tan imposible, que he sentido como si me estuviese ocurriendo de verdad.  He pasado el sábado y el viernes viendo a ratos un maratón en directo en YouTube de mi serie favorita, cuyos protagonistas son tres patrulleros. Quizá por eso en mi sueño éramos tres también. Ya se sabe que lo que vivimos tiene incidencia directa en los sueños. Y tantos capítulos seguidos habrán influido en mi subconsciente, intuyo. Eso sí, en mi sueño no íbamos a salvar la historia ni cruzábamos puertas del tiempo.

En el sueño estaba yo con dos amigos, un chico y una chica de mi edad, que son también amigos entre sí. Se intuía que habíamos quedado para comer, porque recuerdo imágenes sentados en un bar y con comida en la mesa, y luego hubo sobremesa, charla y hasta chupitos. Después me vienen unas escenas extrañas de nosotros tres viendo una especie de performance a cargo de una mujer joven. Sobre un césped algo mal cuidado, ella iba colocando tablones, ramas, hierbas y diferentes elementos naturales, y afirmaba estar representando una escuela. La gente, igual que nosotros tres, se agolpaba alrededor intentando desentrañar el significado de la disposición de los elementos, y a nosotros nos entraba la risa -quizá por los chupitos de antes- y acabamos quedándonos al final de la representación para hablar con la mujer artista, que amablemente nos iba explicando el significado de su obra.

backlit blur close up dawn

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Después dábamos un paseo. En los sueños, los lugares suelen recordarnos a sitios reales aunque no se parezcan en nada. Pues en este sueño, las calles eran claramente las de Pamplona. No calles en particular que fueran reconocibles e inconfundibles, pero sí el entorno: el embaldosado, incluso; la altura de los edificios, la anchura de las aceras. Todo ello señalaba claramente hacia Iturrama o San Juan: Pío XII, Sancho el Fuerte, toda esa zona. Por ahí andábamos, en amena conversación, y recuerdo que atravesamos también los pasillos de una biblioteca pública: entrar y salir, como quien dice. Luego nos recuerdo sentados en un banco de esos con listones de madera verdes. Era una tarde de cielo encapotado, y se puso a llover estando nosotros sentados en el banco. Abrí mi bolso y saqué uno de los ¡tres paraguas plegables! que llevaba. Aquí viene otro motivo onírico -e irónico-: tenía tres paraguas pero solo saqué uno, lo abrí y nos juntamos los tres, ahí sentados, bajo el mismo paraguas, riéndonos como los amigos se ríen, abiertamente, en confianza y perfecta sintonía.

De pronto, de las ventanas y balcones que nos circundaban, salía la gente y se oían aplausos. ¡Son las ocho!, dije yo. ¡Ostras, que no se puede estar en la calle! Sí, esto pasaba en mi sueño. Aclaro una cosa: mientras paseábamos y ocurría lo que he contado antes, no habíamos estado solos en ningún momento, había más gente por la calle. Pero fue como si, al llegar el aplauso sanitario, nos hiciéramos conscientes de que no teníamos que estar ahí. Así que, metidos los tres bajo el paraguas, nos levantamos del banco y caminamos hacia las paradas de villavesa que nos iban a llevar a cada uno a su casa, y nos entraba el miedito de qué excusa íbamos a poner si nos paraba la policía. Recuerdo claramente ir caminando por la acera del hotel Tres Reyes desde la calle Navas de Tolosa, y cómo mi amiga me decía señalando con el dedo: ¡por ahí viene tu villavesa! (por la zona del Rincón de la Aduana).

Ahora viene un momento genial: di a cada uno de mis amigos un abrazo profundo, intenso, tan real que, si no es porque estaba soñando, juraría que nos lo dimos de verdad. “Bueno, hay que quedar otro día, ¿eh?” En la siguiente escena estoy yo en la parada de villavesa (mis amigos ya se han ido), rodeada de gente que también va para casa (y todos vamos sin mascarillas ni nada, ¡a lo loco!) sacando la tarjeta del bus del bolso mientras reparo en el teléfono móvil, que no he mirado en toda la tarde. Abro los mensajes y tengo un millón entre mi marido y mi suegra, que hablan alarmados entre sí porque nuestra hija pequeña, que debía de estar al cuidado de la abuela esa tarde, está con 40 de fiebre.

Lo adivinan: ahí me he despertado.

PD: prometo que no me he inventado nada. El sueño ha sido tal y como lo he contado. Empiezo a pensar que si esto dura mucho más acabo en el psiquiátrico.

PD2: la villavesa es como se le llama tradicionalmente al autobús urbano en Pamplona. Su nombre viene de Villava, localidad limítrofe con Pamplona, cuna del gran ciclista Miguel Induráin. 

PD3: mañana mis hijos y yo cumplimos un mes, ¡un mes!, de confinamiento. Como miles y miles de personas, no piensen que me creo especial. Pero quería recalcar el dato. Un mes. Feliz domingo.

Reinos de balcón

Como pequeños reinos de taifas, países del mundo entero se han desintegrado en estados-balcón. No voy a escribir sobre la pandemia, los contagios, las medidas de seguridad, los hospitales o el permanente estado de alarma; de todo estoy vamos sobrados con solo encender la tele, aparato que apenas enciendo desde hace semanas si no es para ver una película o algún programa de entretenimiento. Voy a hablar en clave personal de sensaciones, sentimientos, angustias, alegrías y toboganes emocionales. De esto último también andamos sobrados todos, solo hay que pararse un momento y atender.

He descubierto que, las poquísimas veces que piso la calle (para comprar el pan o tirar la basura), el corto trayecto que recorro y lo que veo a mi alrededor (bloques de casas y un parque vacío) ahora me parecen más grandes, como si yo hubiese encogido y los edificios fuesen más altos. El silencio que me rodea, lejos de tranquilizar, inquieta. Cuando, sentada en el sofá, surge ahí afuera una risa infantil proveniente de algún balcón o ventana, sonrío y doy gracias a la vida por los niños: por los míos y los de los demás. Intento no venirme abajo pensando en qué diferentes serán sus vidas -y las de todos- a partir de ahora; ya lo están siendo, pero el futuro no pinta mucho mejor. Sonrío al darme cuenta de lo fuertes que están demostrando ser. Aunque sigan con sus enfados y riñas y sus vengaaa, porfaaa, yo no he sidooo, nos están dando una lección de aguante y conformidad.

Extrañamente no se me hacen muy largos los días, ¿señal de que lo estoy llevando bien? Suelo encontrar fácilmente algo que hacer: ordenar un cajón alborotado o la sobrecargada despensa, limpiar los cristales (confieso que es algo que no hacía nada, pero nada a menudo), leer, ayudar a mi hijo con las tareas, contestar mensajes, escribir, darle a la bici estática (¡en buena hora la compramos!), recortar una huevera de cartón y convertirla en colorida flor… La de escribir es una actividad que me asalta constantemente. No en este blog, pero en mis perfiles estoy poniendo a diario alguna frase que me viene a la mente con todo esto, y la verdad es que desahoga bastante, afila mi sentido del humor y le quita pesadez a la incertidumbre.

Me da por pensar en épocas pasadas: las atrocidades que vivía la gente, ese no saber si despertarían con el nuevo amanecer. No éramos conscientes de nuestra finitud, pendientes como estábamos de lucir bien, comer sano, viajar mucho -y contarlo-, llegar a todo, ser esclavos del reloj. El mío de pulsera descansa desde el 13 de marzo en un estante.

low angle photo of balconies

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Cualquiera puede ser la siguiente víctima, porque un bicho malaje ha venido para democratizar y asemejar a ricos y pobres, anónimos y famosos. Si alguna cosa buena puedo sacar de todo esto es que nos va a cambiar la perspectiva, o debería hacerlo. Lo malo, me temo, es que se nos acabó esa manera tan nuestra de ser: los bares de bote en bote, los conciertos hombro con hombro sudando y cantando, las fiestas patronales, un único plato de bravas y ocho tenedores alrededor. Todo eso que alaban los anuncios de cerveza: la vida mediterránea, lo nuestro, la “marca España”. Pienso en los orientales con su “distancia social”, sus reverencias, su estatismo. Cómo nos va a cambiar la vida.

Faltan veinte minutos para las ocho. Los primeros días sentía como vergüencilla aplaudiendo al aire; los últimos días me apetece mucho que lleguen las ocho, porque oigo las palmas y siento que estamos unidos sin conocernos. Miro el bloque de enfrente y no sé quiénes son esas personas, pero siempre salimos las mismas. Cada vez aplaudimos con más fuerza, me duelen los brazos y se me ponen las manos rojas porque los aplausos están durando más y más cada día que pasa. Nos necesitamos. Y nos recompondremos, ya sea en mayo, junio o cuando quiera Dios.

 

Feliz cumpleaños, S.

Sé que me lee, de hecho se suscribió muy pronto al blog, y un día me dijo que leyéndome se le hacía más corto el trayecto del trabajo a casa. Hoy es su cumpleaños, y estará en su casa de Barcelona con su marido y sus dos niños, “teletrabajando” para sus alumnos universitarios. Sirva esta pequeña entrada para desearle un feliz cumpleaños, aunque no se librará de mi llamada telefónica.

Nos conocemos desde niñas: nacimos el mismo año, fuimos al mismo colegio, al mismo instituto y a la misma universidad. Pero ella tiró por ciencias, y yo no. Compartimos profesora particular de inglés para sacarnos el First Certificate, allá en un piso frente al hotel Tres Reyes. Nos veo a las dos también en su casa de la Rochapea recibiendo alguna clase de matemáticas -gratis, encima- de su padre, que fue profesor de FP y hoy está jubilado. Nos veo también en la Renault de mi padre, montadas en la parte de atrás junto con otras tres o cuatro amigas (cuando no era obligatorio el cinturón de seguridad) yendo al Sadar en unos años muy malos para el club rojillo. Estuvimos en el mismo grupo de amigas del colegio hasta que la vida nos fue separando y cada una tiró por caminos distintos y frecuentó nuevas amistades. Pero los años no han dejado que perdamos el contacto.

two people holding cake with lit candles

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Desde hace unos cuantos ya, cuando viene a visitar a su familia a Pamplona, me llama y quedamos un rato con los niños. Suelen ser un par de veces al año: en verano y en Navidad. Pero siempre me avisa, y encontramos un hueco que nos vaya bien. Valoro mucho su amistad; desde niñas siempre nos entendimos: ambas estudiosas, tímidas, poco amigas de llamar la atención. Es una luchadora y la admiro mucho.

Terminó la carrera y se embarcó en un doctorado. Después se marchó a Barcelona a trabajar, y lleva años en la docencia universitaria. Sin tener a su familia cerca, está criando a dos hijos. La vida le ha puesto unas cuantas pruebas en esta carrera de fondo, y las está salvando con creces.

Estas semanas de confinamiento quizá estén influyendo para que nos demos cuenta de lo importantes que son las personas que pueblan nuestras vidas. No solemos expresar lo que sentimos por los demás, hasta que quizá es demasiado tarde. No he querido dejar pasar la ocasión de felicitarte en tu cumpleaños, un día extraño para cualquiera que cumpla años metido en casa, sin que esta se encuentre llena de invitados. Tienes suerte, y yo también, de pasar este día -y todos los que haya que pasar- con las tres personas más importantes de tu vida. Comeos a besos, recibe estoicamente los tirones de orejas de los peques, y sopla las velas para que se cumplan todos tus deseos.

El año que viene, mejor. Seguro.

A nuestros mayores

Enseñadores de la vida,

maestros siempre.

De acostarse tarde y no madrugar,

de pasarse con los dulces.

O de hacer pasteles, metiendo

las manos hasta el codo.

Y amasar, amasar la alegría

hasta convertirla en enorme bola

rebotona y con arrugas en las manos.

Manos que nos levantaron

al aprender a caminar. Manos

que nos acariciaron en consuelos

cotidianos.

Manos encallecidas, duras de sol y de tierra.

Algunas olían a lejía. Otras a limón o canela.

Las de ahora huelen a enfermedad canalla

y no tienen otras manos conocidas que agarrar.

Tan solo -y no es poco- las de ángeles de la guarda

sin alas pero con bata blanca, verde, azul clara.

Con mascarillas ocultando mil sonrisas que cuestan

y que, al mismo tiempo, no cuestan nada.

Si a alguien debemos ser quienes somos,

esos son ellos: nuestros abuelos.

No merecen la cuneta de una cama de hospital.

Rezaremos por todos vosotros.

couple elderly man old

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De China para el mundo

Todos teníamos muchos planes para este fin de semana, y un bicho asqueroso de rapidísimo contagio nos los ha desbaratado. Hemos pasado en poco tiempo de la incredulidad y la negación, al miedo o la tristeza, al enfado y la rabia, a la aceptación y, finalmente, la resignación. En menos de una semana se han dejado atrás las reivindicaciones por el 8M, que ocupaban desde hacía días todos los informativos, y hemos asistido al goteo constante y machacón de noticias en torno al COVID-19.

Antes de la reclusión voluntaria en casa, pude oír opiniones de todos los tipos. Gente alarmista había, pero también personas que le quitaban importancia y no estaban tomando ninguna precaución y confesaban no estar siguiendo todas las noticias porque se agobiaban más y se estaban saturando de tanto martilleo catastrofista. Reconozco que, hace unas semanas, vivía tranquilamente haciendo mis rutinas diarias (que eran muy “sencillicas” y de escasa vida social), pero el paso de los días nos tiene a todos así, haciendo alarde del #YoMeQuedoEnCasa, haciendo acopio de víveres en la medida en que la locura colectiva nos lo permite y, quienes somos padres, haciendo acopio de toneladas de paciencia.

woman sitting while reading a book

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Un poco de reflexión sobre todo esto del bombardeo de los medios y el tono apocalíptico en las redes sociales me ha hecho acordarme de la segunda Javierada, prevista para el domingo 14 de marzo, y suspendida por el mismo motivo por el que se llevan suspendiendo multitud de eventos con más o menos concentración de personas. Se pospone la segunda Javierada ante la expansión del coronavirus ¿Qué tenía que ser emprender un viaje a un país muy, muy lejos de tu casa, sin conocer apenas nada de ese destino exótico, sin saber el idioma, y sin los medios de transporte modernos? San Francisco Javier, patrón de Navarra, santo a quien se dedican las llamadas Javieradas, se pasó trece meses viajando entre 1541 y 1542 para llegar a Goa (India) a evangelizar habiendo partido de Lisboa en 1541. Voyages of St Francis Xavier

No somos conscientes del privilegio que supone poder estar conectados con cualquier persona a un clic de distancia. En otros siglos el correo -en papel- era el único medio de transmisión de noticias, y una carta podía tardar años en llegar a su destino. Se enfrentaban a enfermedades desconocidas, la mayoría mortales, y poquísimas personas tenían acceso a la educación o a fuentes fiables de información sobre las epidemias que les asolaban. La asepsia era una práctica desconocida en medicina, de ahí las innumerables muertes, evitables con los debidos conocimientos.

Puede resultar un fastidio estar oyendo a todas horas informativos con noticias a cada momento más pesimistas y poco esperanzadoras. Pero agradecidos deberíamos estar de que contamos con medios de difusión, de que cualquier noticia de cualquier punto del planeta nos va a llegar al momento.

Ahora más que nunca, somos ciudadanos del mundo. Olvidemos el terruño, sintámonos compatriotas de un lugar llamado Tierra. Quizá las terribles circunstancias que estamos viviendo sirvan para labrar un futuro mejor entre todos. No perdamos la esperanza ni la fe en la humanidad, que ya ha demostrado de qué es capaz en las figuras de médicos, científicos, enfermeros y personal sanitario en general. Ellos son nuestros ángeles de la guarda y, a pesar de las dificultades con las que se están encontrando, a pesar de ser ellos los más expuestos al contagio, siguen dándolo todo para intentar atender a todos los enfermos, los del coronavirus y los de otras patologías.

Nada más que añadir, no voy a repetir lo que ya sabemos todos porque ya lo oímos en la tele, la radio, lo leemos en prensa, internet, etc. Solo me queda desearles precaución, paciencia, cordura y salud para quien ya esté contagiado. Quien crea, que rece mucho. Quien no, que cruce los dedos para que esto se vaya frenando más pronto que tarde. No olvidaremos en mucho tiempo lo vulnerables que somos y lo poco que, a veces, apreciamos lo que tenemos.