Obligaciones

Sería maravilloso tener este superpoder: eliminar de la existencia y a nuestro antojo aquellas obligaciones o tareas o circunstancias que nos resultan un suplicio y que llevamos a cabo porque el mundo está así montado y no nos queda otro remedio que pasar por el aro. La vida es demasiado corta, y perdemos un tiempo valiosísimo en estupideces y burocracias que yo, con gusto, borraría con mi varita mágica si la tuviera.

Por 25 pesetas, dígannos marrones, quehaceres y requisitos varios que nos vienen impuestos y que ojalá no se tuvieran que hacer. Un, dos, tres, responda otra vez.

La declaración de la renta. ¿Ya la han hecho? En Navarra se acababa hoy el plazo, ¡cachis! Para mí está en el top 3 de mierdas inmensas que lleva aparejado el mero hecho de existir y ganarse la vida. No basta con pagar impuestos, no, también hay que invertir tiempo todas las primaveras en desentrañar qué es eso de los rendimientos, las rentas exentas, la base liquidable y el mínimo personal. Es que, ojo, hace años, al menos, pedías cita con Hacienda y un empleado público te hacía la declaración. Ahora, si no tienes la suerte de que te envían la propuesta, o la intentas hacer tú en tu casita (si tienes ordenador, que estamos presuponiendo cosas) o acabas pagando (por si no has pagado ya bastante en tu vida por cuantísimas cosas) a un asesor fiscal. Hacienda tiene un sentido del humor muy fino: te dicen en su página web que si no has recibido la propuesta tramites tu declaración de manera muy sencilla. Coser y cantar. Solo debes disponer de certificado digi…

El dichoso certificado digital. La administración será digital o no será. Pobres abuelitos, Dios mío. A ver, es cierto que una vez que lo tienes instalado en el ordenador o lo que sea es práctico y agiliza muchas gestiones, pero hasta que llegas a ese punto tienes que pasar las penas de San Patricio: ir a la página de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, poner mogollón de datos -el grupo sanguíneo creo que no lo piden-, ir a una oficina de registro, darles un código que te ha dado la Fábrica, que te validen la petición, volver a casa o adonde tengas el equipo donde quieres descargar el certificado, abrir el correo electrónico, pulsar en el enlace que te han enviado y descargar el puto certificado. Y repetir el proceso cuatro años después, ¡porque caduca! Briconsejo: yo tengo clave permanente, que no requiere instalarse nada y no expira, y sirve prácticamente para lo mismo que el certificado digital. Ambos son gratis, menos mal. Pero te salen canas.

La Inspección Técnica de Vehículos, la ITV, o cómo pasar un rato agradable haciendo fila detrás de un montón de coches para que, cuando por fin es el turno de tu bólido, un señor vestido de mecánico y con una carpeta de clip en la mano y un boli en la otra te vaya dando órdenes mientras tú te pones muy nerviosa porque conduces tu coche todos los puñeteros días pero de repente se te ha olvidado cómo se ponen las luces largas, y estás ahí como cuando hacías la selectividad, sudando tinta para aprobar. Y además, pagando. Menos mal que luego te dan una pegatina, como cuando te portas bien en el pediatra.

Registrarse para todo es otro de los castigos divinos que hemos de sufrir en nuestras ocupadas vidas. Para comprar entradas para el teatro, para reservar un hotel o un vuelo, para participar en un sorteo, inscribir al niño en el comedor, responder a una encuesta, ver las notas de tus hijos, hacerse una cuenta de correo, entrar en una red social, pedir un libro en préstamo a la biblioteca, etc., etc., etc. Y para todo ello, tachán, tachán, redoble de tambor: usuario y contraseña, usuario y contraseña, usuario y contraseña. Y luego los gurús del internet: no utilices la misma contraseña para todo, que te hackean. Espera, voy a clonar mi cerebro para registrar todas las elaboradísimas y superencriptadas contraseñas que tengo, todas diferentes, para las mil quinientas ochenta mierdas y paridas diversas en las que me he registrado desde que soy un ser humano digital y mandé el papel al ostracismo o al rollo con el que me limpio las posaderas cada vez que me cisco en la vida moderna.

Cualquier día, la cabeza

Lo que me ha pasado esta tarde es digno de guion de película. Tras recoger a mi hija del colegio hemos ido en coche a renovar su DNI, para lo cual teníamos cita a las cinco y media. Íbamos ya un poco justas, y en esa zona de Pamplona, si de por sí es difícil aparcar, las salidas de los colegios complican más la tarea. Como veía imposible encontrar sitio cerca de la comisaría, he tirado hacia Lezkairu, un barrio próximo donde también cuesta lo suyo aparcar, pero ha habido suerte y aún teníamos tiempo de llegar a la cita, a paso ligero, eso sí. Todavía nos faltaba sacar las fotos de carné, pero afortunadamente la tienda (que está frente a la comisaría) estaba vacía y el fotógrafo ha sido muy rápido y amable.

Hago aquí un inciso. El sitio donde hemos aparcado es una calle larga con muchas plazas para estacionar en batería, y anexa hay una ladera con rampa peatonal por la cual se accede al patio de un colegio. Rápidamente he deducido que no solo se podría acceder al colegio sino que habría algún camino aledaño para llegar a la calle donde está la entrada principal, desde la que, a 300 metros, se encuentra la comisaría de policía. Estaban saliendo los niños de clase en ese momento, y nosotras íbamos en dirección contraria, rampa arriba mientras todo el mundo iba rampa abajo. Para corroborar mi deducción, le pregunto a una mamá de las tantas que nos íbamos cruzando, y me dice que sí, que hay salida a la calle después de atravesar el patio. En esto que se termina la rampa y accedemos al colegio, que es un bullir de uniformadas criaturas masticando la merienda, y papis y mamis cargando con mochilas y abrigos. Con los nervios y las prisas vuelvo a preguntar, en este caso a un papá, por dónde salgo del patio hacia la calle principal. Me lo indica amablemente y, por fin, mi hija y yo vemos la luz al final del túnel y hacemos válido el atajo colegial con el que nos hemos evitado unos cuantos pasos de más.

Hasta aquí el inciso. Y ahora viene lo bueno: al salir de la policía tan contentas con el DNI en la mano me doy cuenta de que no llevo el móvil. La última vez que lo había usado lo llevaba en la mano en el patio del enorme colegio, pero no consigo averiguar dónde ni en qué momento lo he perdido. Volvemos hasta donde habíamos aparcado mientras mi lengua reprime unas cuantas maldiciones y mi cerebro está ya pensando en la cantidad de información que guardo -y que guardamos- en el móvil, y en la faena que supone perder un dispositivo del que somos tan dependientes ya para todo. Iba pensando en esto y en que debía volver a casa para llamarme a mí misma, a ver si alguien lo había encontrado.

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Por fin, arranco el coche y desaparco, y a los pocos metros veo a mi marido salir marcha atrás de una plaza de aparcamiento. Nos saludamos con el claxon y al pasar a su altura me grita por la ventanilla: ¡tengo tu móvil!

Doy media vuelta y detengo el coche, me bajo y me acerco a él. He aquí lo sucedido: un padre del mencionado colegio encontró mi teléfono, pulsó el botón de emergencia que aparece en la pantalla de bloqueo y accedió a los contactos de emergencia. Y ahí estaba el número de mi marido, al que llamó para explicarle que tenía mi teléfono. Claro, el pobre no sabía de qué le estaban hablando ni por qué yo había perdido el móvil en un colegio que no es el de nuestros hijos. No supo relacionar la proximidad de la comisaría con el lugar donde apareció el teléfono. En cualquier caso, dejó lo que estaba haciendo y se fue a donde le dijo este hombre que estaba aguardando para entregarle el móvil.

Estimado conciudadano: ¡gracias, gracias, muchas gracias! No todo el mundo es así de honrado, ni todo el mundo sabe que en la pantalla de bloqueo se puede acceder a los contactos de emergencia, ni todo el mundo está dispuesto a perder unos minutos de su ajetreada vida para ayudar a alguien. Gracias por llamar, por preocuparte, por esperar. Te podrás imaginar el gran favor que me has hecho hoy.

Apunten: en los ajustes del móvil, vayan a «seguridad y emergencias«. Pulsen «información de emergencia«, y ahí podrán añadir su nombre, grupo sanguíneo, si son donantes de órganos, y más abajo los contactos de emergencia. Añadan los contactos que deseen. Será la forma más sencilla de que, si pierden el teléfono, como yo, les puedan avisar, o si un día están indispuestos o inconscientes y un sanitario debe llamar a alguien por lo que sea, pueda hacerlo. También se puede agregar información médica, como la medicación que toman o si son alérgicos a alguna cosa. Una vez rellenado todo, prueben a bloquear el móvil. Pulsen el botón de desbloqueo pero no pongan el pin ni dibujen el patrón. En la pantalla verán «emerg…». Desde ahí cualquier persona que no pueda desbloquear el móvil entrará en los contactos de emergencia, y solo ahí. No podrá ver ninguna otra información del teléfono. Y está comprobado que puede ser de gran ayuda.

Sombra aquí, sombra allá

El otro día descubrí que pertenezco a la generación X. Bueno, descubrí de hecho los nombres de varias generaciones, y que mis hijos pertenecen a la Alfa, la posterior a la Z, que es la inmediatamente posterior a la Millenial, que es la inmediatamente posterior a la X. Vamos, que entre mis hijos y yo median dos generaciones más. Les dejo una ayudita para no perdernos con las fechas que abarca cada generación. Aviso: a la siguiente la llamarán Beta: ¿A qué generación perteneces?

Los de mi generación crecimos en un mundo analógico, sin internet ni redes sociales, donde existían teléfonos con cables que se enredaban un montón y en los que marcar un número costaba giros y giros de rueda. Como no había tutoriales ni creadores de contenido, para todo teníamos que recurrir a alguien «que supiera», o nos teníamos que leer las instrucciones que venían en las cajas, o preguntar al vecino, a los padres, los tíos, etc. Cuando era adolescente y jovenzuela, nunca llegué a maquillarme. En primer lugar porque mi madre, el referente adulto en cuestión, no se maquillaba; como mucho, se pintaba la raya del ojo, y a mí eso de pasarme un lápiz por la línea de agua inferior me daba mucho repelús. En segundo lugar, porque mis amigas de entonces tampoco se maquillaban aún. No tuve quien me enseñara y tampoco tenía mucho interés, la verdad. Estoy hablando de mis 12 a 17 años, cuando los únicos peros que tenía mi piel eran los granitos ocasionales del acné o las leves quemaduras de cuando me excedía de horas de piscina y se me ponía la cara roja. Con el paso del tiempo fui aprendiendo a comprarme algún producto que otro y más o menos a utilizarlo: pintalabios, máscara de pestañas, colorete… Me los ponía en ocasiones muy muy especiales, desde luego no para la rutina diaria de ir a clase.

Las adolescentes de hoy se mueven como pez en el agua entre bases, correctores, iluminadores, perfiladores de cejas y de labios, lápices de ojos, sérum, sombras de ojos, polvo mate, polvos bronceadores, colorete, labiales, brillos… Hace unos días, dos chicas que iban en el mismo autobús que yo a las ocho de la mañana iban charlando mientras una de ellas, con una pericia asombrosa, se maquilló, agarrada a la barra vertical, las cejas, los labios y los pómulos, y no se cayó al suelo ni se metió un lápiz al ojo a pesar de los frenazos y vaivenes del autobús. No tendrían más de quince años.

Mi mejor amiga me comentaba el otro día, preocupada, cómo su hija de doce años le pidió comprarse un producto de maquillaje en el Mercadona. Existen cadenas de tiendas de perfumería y productos similares del mundo, llamémoslo, «belleza», que literalmente reciben hordas de adolescentes y niñas muy jóvenes que van en grupos como quien pasa la tarde en el cine o merendando. Se sirven de una estética juvenil, con muchos tonos rosa y fucsia, con dependientas muy jóvenes y muy maquilladas, con precios muy competitivos y disposición de supermercado: no te tiene que atender nadie: entras, miras, tocas, coges lo que quieres y pagas. Tienen tarjetas de fidelización: a más compras, más ventajas o descuentos. La mayoría de estas clientas tiene ya redes sociales, ha visto utilizar los productos en vídeos protagonizados por chicas de su edad a las que pagan las marcas por publicitar su género. Les hablan directamente a ellas, les instan a tener mejor cara, a estar bellas, a tapar imperfecciones, sin importar las consecuencias que todo ese proceder va a tener en su piel. Adolescentes obsesionadas con el skincare: el otro peligro de las redes sociales

Suelo leer lo que publica en Instagram Carmen (@carmenhijosconexito), una pedagoga, investigadora y madre, porque siempre da buenos consejos sobre la adolescencia en muy diferentes temas. Sobre el tema que nos ocupa, publicaba el otro día estas reflexiones. Dejo las imágenes para quien no tenga acceso a Instagram:

Las consecuencias de querer convertir en adultas a nuestras niñas -también a los niños, claro- ya se están viendo en forma de problemas de autoestima, acoso escolar, bajo rendimiento escolar, abusos sexuales, diversos trastornos mentales, ideas suicidas… Parece una cuestión banal, pero no lo es en absoluto. El culto exacerbado del yo y de la imagen, pero sobre todo de la imagen que los demás tienen de nosotros, está llevando al límite a muchas personas, y las más vulnerables son las personas jóvenes, que libran día tras día una batalla por la aceptación, por estar bien valorados en el grupo, pero casi nunca por motivos intelectuales, sino por ser guapos, vestir bien y a la última, tener las mejores zapatillas, llevar el mejor maquillaje, lucir un pelo brillante y espectacular, de salón de belleza.

Los jóvenes están cortados todos por el mismo patrón, raro es el caso que desentona y se sale un poco del rebaño. Como leí el año pasado en un libro magnífico (Salmones, hormonas y pantallas, de Miguel Ángel Martínez González), hay que atreverse a ser salmones en la vida, porque los salmones nadan contra la corriente. Algo cada vez más difícil pero también cada vez más necesario.

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Qué rabia da

En la colada que he recogido del tendedero tenía una sudadera a la que se le había salido el cordón de la capucha. Potente centrifugado ha debido de ser… He agarrado una horquilla del pelo, he capturado el cordón con ella y la he pasado con toda mi santa paciencia por el exiguo túnel de tela del que nunca debió escaparse (el cordón, no la horquilla). Una vez ambos cabos del cordón han asomado por sendos agujeros, he hecho unos nudos para que no vuelva a ocurrir lo mismo, espero.

Con la lavadora también me ha llegado a pasar que meto y lavo una prenda en cuyo bolsillo yace, sin yo saberlo, un pañuelo de papel usado y olvidado, que acaba más desintegrado que la ética del gobierno más progresista de la historia. Al abrir el tambor para tender la ropa encuentro minúsculos trocitos de papel mojado que se adhieren a la ropa y se esparcen por el suelo, como confeti en un día lluvioso, pero sin colorines.

¿Y la moneda que cae del bolsillo del pantalón al estrecho hueco existente entre el asiento del conductor, el cierre del cinturón y el suelo del coche? Ese dinero es más difícil de recuperar que la dignidad cuando te has vendido por un puñado de votos. Con las monedas que no has perdido todavía compras un paquete de galletas (o de pipas, o de gusanitos); esos envoltorios de plástico siempre los intentas abrir con cuidado por uno de los cierres engomados, y acaban rasgados en diagonal para que se salgan migas, pipas y galletas, y el plástico ya ni guarde ni proteja, y se te desparrama el contenido.

Y ahí empiezas a cascar pipas con tus paletas alineadas con ortodoncia, y las pipas te saben bien, te recuerdan a las tardes de infancia y adolescencia en la plaza con tus colegas, y masticas absorta con un ritmo marcado de clic-clac-ñam , clic-clac-ñam, sin darte cuenta de que esa pipa, esa que te acabas de meter en la boca está amarga y rancia y sabe a demonios. Y tendrás que comer una docena y media más de pipas con sabor normal para que desaparezca el regusto de esa única y ponzoñosa pipa traidora.

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Otro día compras fresas y tienen una pinta estupenda, las sacas del paquete y las colocas con lo verde hacia abajo en los huecos de una huevera de cartón porque has leído que así se conservan mejor. Al día siguiente te quieres comer unas pocas y vas escogiendo las de mejor aspecto para lavarlas bien y trocearlas, y desechas las chungas que no llevan ni veinticuatro horas en tu nevera y parece que vienen de Chernobyl. Tampoco les puedes quitar la parte estropeada porque has leído que los microorganismos ya se han esparcido por toda la pieza y es mejor tirarla. Y te comes las cuatro fresas que has salvado de acabar en el cubo de la basura orgánica que tiras como un ciudadano ejemplar en el contenedor orgánico, ese que otra gente ni abre porque deja sus asquerosas bolsas en el suelo de la calle como esperando que leviten y se depositen solas tras el conjuro wingardium leviosa.

Y hablando de convecinos amables, mis favoritos (y los tuyos también, seguro) son los que van alfombrando las aceras con las deposiciones de sus perros para que tú, incauto ciudadano, decores la suela de tu zapatilla del Decathlon con un precioso tono marrón café con leche, porque, oh desgracia, no mirabas dónde ponías el pie. Esos amables convecinos son los mismos que no ceden el asiento en el autobús a las personas mayores, los que no vuelven a dejar el carrito de la compra bien metido en su sitio, los que no saben reciclar ni saben dónde está el punto limpio de su barrio, los que aparcan antes que tú en un sitio que tú has visto primero, los que no dan los buenos días ni dan las gracias ni piden nada por favor.

Pero eh, sonríe. A ellos también se les queman las tostadas, se les rompe alguna uña o les sale un tomate en el calcetín. O incluso les sale la declaración de la renta a pagar. La vida, a veces, puede ser maravillosa.

Trece

Hoy, 16 de marzo de 2024, Osasuna se enfrenta en El Sadar al Real Madrid.

Hace trece años de la última victoria rojilla contra los blancos. Y trece son las victorias totales del club navarro ante los merengues en toda la historia, en los casi 104 años de historia de Club Atlético Osasuna. Repasémoslas, ya que no son tantas, y deleitémonos con un placer que los equipos grandes y con exceso de títulos no conocen: el placer de retener en la memoria todas y cada una de las gestas que suponen ganar a un equipo superior en presupuesto, en socios, en juego, en masa social, en poder mediático, arbitral, etc. Qué aficionado merengue o culé puede recordar con exactitud todas las veces que venció ante el «Osasunica». Alguno habrá, pero para ellos son otras victorias más. Vamos allá:

TEMPORADAJORNADAFECHARESULTADOGOLEADORES ROJILLOS Y MINUTO
1956-57430/09/19562-0Vila Escuer (21’, 80’)
1957-581605/01/19581-0Marañón (47’)
1981-822521/02/19823-2Martín (13’), Iriguíbel (52’), Echeverría (83’)
1982-831619/12/19822-1Rípodas (30’), Echeverría (80’)
1984-852917/03/19851-0Lumbreras (35’)
1986-87705/10/19861-0Bustingorri (37’)
1987-882313/02/19882-1Goikoetxea (21’), Rípodas (60’)
1990-911630/12/19900-4Urban (17’, 37’, 52’), Iñigo Larrainzar (56’)
2001-023414/04/20023-1Fernando (32’), Alfredo (39’), Rosado (74’)
2002-032216/02/20031-0Manfredini (37’)
2003-043211/04/20040-3Valdo (2’), Pablo García (44’), Moha (61’)
2008-093831/05/20092-1Plasil (15’), Juanfran (60’)
2010-112130/01/20111-0Camuñas (62’)
De las trece victorias, once son en casa y dos fuera. Hay enlaces a vídeos con los goles en algunos de los resultados.

Destaquemos los siguientes hechos: trece victorias en 103 años; once de las cuales han sido en El Sadar (la importancia de jugar en casa); nueve de estas victorias se produjeron en temporadas consecutivas (años 1956, 1958, 1982 -dos veces-, 1986, 1988, 2002, 2003, 2004), lo cual habla de la importancia de los ciclos y las buenas plantillas y/o entrenadores; cinco de las trece victorias ocurrieron en los años 80, con aquel Osasuna de los «indios»; y las únicas dos veces que Osasuna cometió la osadía de ganar en el Bernabéu lo hizo goleando. Soy joven pero no tanto: he vivido casi la mitad de estas victorias, seis, desde el 0-4 de 1990 hasta la actualidad. Cómo me gustaría hacer un viaje en el tiempo para ver cómo jugaba aquel Osasuna de los ochenta, eléctrico, de la casa, de partidos con farias, bota de vino y asientos de piedra (estos sí los conocí, ya he dicho que no soy tan joven).

Va siendo hora de cambiar estas estadísticas. Trece son muchos años ya sin ganar a esta cuadrilla de millonarios, y el 13 además es un número feo. El fútbol ha cambiado muchísimo desde entonces, desde aquella última victoria, y no voy a disertar sobre el tema porque daría para otra entrada. Pero voy a apelar desde ya al corazón y la rasmia, palabra tan definitoria del club de mi vida. Estamos en un momento de la temporada sin apuros clasificatorios, venimos de cuatro partidos sin perder, más el tropiezo en Montilivi contra el Girona el otro día, que nos pasó por encima. Sabemos que el Madrid nunca juega cómodo en El Sadar, metemos mucha presión y, tanto jugadores como afición, siempre hemos sido conscientes de ser, a priori, carne de derrota, pero también somos conscientes de que, en un momento como el actual -con la permanencia asegurada- hay que salir a morder, no hay nada que perder y mucho que ganar. ¿Tres puntos? Sí, claro, como en cualquier otro partido. Pero las nuevas generaciones necesitan gestas nuevas, porque no vivieron las anteriores. ¡Trece años!

Es inevitable acordarse hoy del 6 de mayo de 2023, nuestra última final, que se llevó el Real Madrid a la vitrina en forma de su vigésima Copa del Rey. Lo tuvimos muy cerca y cualquier rojillo recuerda lo que sintió y cómo lo vivió cuando marcó gol Torró. Con total seguridad digo que celebrar un gol así (como el de Aloisi en 2005, que tampoco sirvió para ganar la Copa), tiene mucho más poder en la memoria colectiva de una afición que cualquiera de los cientos de copas y trofeos que atesora el club madrileño.

Esta tarde iré al Sadar con el sueño de sumar otra muesca en la historia, la decimocuarta. Los chavales de mi tierra tienen mucho que enseñar a cierto jugador que acapara portadas y recibe premios por sus acciones solidarias, y también recibe todo el cariño que merece de las aficiones rivales, un incomprendido, el brasileño. Deseando estoy de verlo con las orejas gachas porque ha vivido en sus carnes una derrota en el infierno del Sadar.

Termino con una frase de Rafa Nadal: «Si no pierdes, no puedes disfrutar de las victorias». Pues hagámosle el favor a Vini, que pierda de una vez contra Osasuna, y así disfrutará el doble del siguiente triunfo.

Zorra

No he seguido este año el Benidorm Fest, confieso que ni sabía cuáles eran los intérpretes ni las canciones entre las que había que elegir la que representara a España en Eurovisión. Así que, no teniendo con qué comparar por puro desconocimiento, me quedé de piedra al leer que la elegida se titulaba ‘Zorra’. Deduje, antes de escucharla, que la canción no versaría sobre la vulpes vulpes, hembra del zorro, de la familia Canidae, mamífero de costumbres nocturnas. No me equivoqué, aunque nocturna también es la zorra de la canción, pero no sé si sale de noche a cazar como el animal porque la letra no lo dice. Sí que habla de que se le hace de día y se empodera, también de que puede convertirse en chacal (es una zorra transformer) y de que sale a la calle a gritar (supongo que lo de «sola y borracha quiero llegar a casa»), y también algo de una postal. ¿Qué significa ser una zorra de postal? Interesante cuestión. Eurovision 2024. Letra de Zorra

No voy a entrar en el nivel de mamarracheo en que se está convirtiendo el mundo del espectáculo en general. Tampoco voy a valorar la calidad vocal de la intérprete ni las virtudes musicales de la pieza que nos representará en un festival de música que cada vez lo es menos. Menos de música y más de otras cosas. Centrándome en la implicación de llevar un tema cuyo título es un insulto por definición, expongo las siguientes consideraciones.

La séptima acepción de la entrada zorro (DLE) en femenino es esta, con sus correspondientes sinónimos.

7. f. despect. malson. prostituta.

Sin.:prostituta, meretriz, puta, furcia, ramera, fulana, pelandusca.

Ya sé que se está oyendo en todas las teles que esta canción lo que busca es dar la vuelta a lo que habitualmente se entiende por zorra, dotando a la palabra de una nueva dimensión más feminista, empoderada y reivindicativa. Pues lamento decir que un cambio significativo de tal calibre no va a suceder por una cancioncita. Lo decía el otro día Carmen Calvo en Espejo Público, aunque acertando a medias: tenía razón en eso, en que una canción no va a cambiar lo que una mujer siente como un puñal cuando un cabronazo le grita ¡zorra! Sin embargo, en lo que no estuvo acertada la exministra fue en el tirón de orejas a la Real Academia Española para que revise el significado que todos conocemos. Pues mire, no, ya que los diccionarios recogen y explican las palabras de una lengua, y aunque son repertorios abiertos porque la lengua está en continuo cambio, no podrán reflejar esos cambios en las palabras mientras estos no se produzcan en la conciencia lingüística de los hablantes. Y mucho me temo que, todavía, zorra significa lo que significa, y está muy lejos de referirse a una mujer que sale todo lo que quiere por la noche, que se empodera, se come el mundo y está «reconstruida por dentro». Esto último de la letra me tiene ojiplática, porque no sé si hace referencia a los efectos del bisturí, y en ese jardín no me voy a meter.

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La segunda acepción de zorro, zorra (coloquial) habla de persona muy taimada, astuta y solapada. Por desgracia pocas veces se utiliza el femenino, zorra, con este significado. En masculino, en cambio, es mucho más frecuente, y creo que la foto de nuestro amado e icónico presidente P.S. iría que ni pintada al lado de esta segunda acepción, porque a taimado, astuto y solapado pocos le ganarán, la verdad. Sugiero una versión para ‘Zorro’, que quedaría tal que así:

Si miento mucho soy muy zorro / Si cojo el Falcon, el más zorro / si les concedo la amnistía / soy más zorro todavía / Cuando consigo lo que quiero (zorro, zorro) / le rindo cuentas a Marruecos (zorro, zorro) / y aunque se os acelere el pulso / no me lo pienso ni un segundo / Estoy en un buen momento, / de Moncloa no me muevo / Vais a salir a la calle a gritar y me importa / menos que un pimiento.

En fin, ahora en serio: como mujer que no ha sufrido nunca, gracias a Dios, violencia verbal ni física me solidarizo desde aquí con las mujeres que sí la han sufrido, porque contemplan con estupor la banalización de un insulto que habrán tenido que escuchar muchas veces. Dejo aquí el comunicado de Alianza contra el borrado de las mujeres, que resume estupendamente y mucho mejor que yo el sentir de quienes pensamos así: CON SU ELECCIÓN PARA EUROVISIÓN, RTVE BANALIZA LA VIOLENCIA CONTRA MUJERES Y NIÑAS

Ah, un último apunte. ‘Zorra’ tiene cierta similitud con temas de Alaska, de ritmo pegadizo y de los ochenta. Directivos de RTVE, ya veo por dónde van. El año pasado perdieron la ocasión de llevar ‘Nochentera’ a Eurovisión, que se convirtió por méritos propios en canción del verano. Ahora lo quieren arreglar con esto, viendo que se equivocaron con el flamenco de Blanca Paloma, veremos en qué puesto nos deja la zorra-chacal. Aunque realmente es lo de menos, porque este festival ya sabemos todos cómo funciona, ¿o no? También les digo que, con la que está cayendo, estar hablando de canciones polémicas como que huele un poco a humo, ¿verdad? A cortina, claro.

Qué pelos

Hay cabelleras que se nutren más que algunas personas: manteca de karité, aguacate, cebolla roja, miel, aceite de jojoba, eucalipto… Los champús del mercado son de una variedad apabullante en cuanto a ingredientes, propiedades y precios. A todo esto, me topé el otro día con un vídeo en el que cambiaban, editando su imagen, el tipo de peinado a famosas de ayer y de hoy, y era sorprendente cómo algunas aparentaban más o menos edad en función del estilo de su pelo. Si nos paramos a pensarlo, nuestro cabello -o la ausencia de él en muchos casos- nos dota de personalidad, mal que nos pese. Y si no, que se lo pregunten al portavoz del Partido Popular, Miguel Tellado, a quien la ministra María Jesús Montero describía como «el que tiene menos pelo» porque no recordaba su nombre La MINISTRA MONTERO habla de la CALVICIE de TELLADO y él le REPROCHA «NO ESTAR A LA ALTURA» | RTVE No vamos a explicar aquí qué hubiera pasado de suceder esto a la inversa, pero no nos desviemos del tema.

No conozco a nadie a quien le encante su pelo, a nadie que no tenga un pero o un conque: el color, el grado de lisura o rizo, el encrespamiento, el volumen, si le crece más o menos deprisa, si se le cae mucho o si tiene muchísima cantidad y no lo puede domar. Creo que nos quejamos más veces al día de nuestro pelo que del tráfico o de lo cara que está la cesta de la compra. Y lo siento, chicas, me estoy refiriendo en especial a nosotras.

Y es que, cómo somos, ¿eh? Tanto nos quejamos que incluso en inglés hay una expresión específica, y si no me creéis, vayámonos al diccionario Cambridge:

Traduzco: mal día de cabello (informal): un día en el que no te sientes atractivo, especialmente a causa de tu pelo, y todo parece ir mal. «Estoy teniendo un mal día de cabello». Confieso que he visto muchísimas veces una película que no pasará a la historia del cine por sus virtudes para el séptimo arte pero que a mí me saca siempre una sonrisa y me entretiene, y es Miss Agente Especial (año 2000; Miss Congeniality en su versión original). La protagonista, interpretada por Sandra Bullock, es una agente del FBI que no se preocupa en absoluto por su imagen personal, y usa al principio de la cinta esa expresión, bad hair day. En realidad su pelo tiene una mala década, añade ante la mirada estupefacta del maravilloso Michael Caine, que tiene ante sí el arduo reto de convertirla en toda una miss para que pueda infiltrarse en el concurso (perdón, beca de estudios) de Miss Estados Unidos. Miss Congeniality – bad hair day

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Presiento que mi pelo, por cierto, está entrando en una mala década. Nunca tuvo una época de esplendor, la verdad, lo tengo lacio y escaso, y de un color indefinido: ni castaño, ni rubio, ni de un color fácil de describir. Siendo muy muy pequeña lo tuve muy rubio, ay. Ahora me están empezando a salir canas, y aunque son todavía pocas y cobardes contemplo cómo poquito a poco se van haciendo más numerosas y visibles, las muy canallas. Y es injusto, muy injusto para las mujeres, porque los hombres con canas tienen buena prensa: interesantes, misteriosos, atractivos, con poso, con conversación; te llevan al teatro, a tomar un vino y a charlar sobre el cine de Kubrick. Maldita sea, y a nosotras se nos mira mal si no nos teñimos o nos damos unas mechitas que cubran esa ignominiosa blancura. Una mujer con canas y en chándal es el summum del descuide. Si es la reina Letizia da igual, eso es chic y crea tendencia. Pero las mujeres mortales y del pueblo llano no vamos a la compra vestidas de Caprile o de Pertegaz y con maquillaje de revista, me temo.

Total, que en breve debería pasar por la peluquería a cortarme las puntas, y la gran duda es si me lanzo al pozo sin fondo del tinte o las mechas, porque eso lo veo como abrir una bolsa de patatas fritas, que una vez que empiezas ya no puedes parar. Por otro lado me pica la curiosidad: ¿cómo se verá mi cabello con dos colores, el mío y el encanecido? En fin, el tiempo lo dirá, y mientras van multiplicándose los pelillos blancos tengo aún margen para decidirme.

Acabo disculpándome por este ejercicio de vanidad y superficialidad, pero a veces está bien salirse de lo profundo o lo serio y pasarse al lado rosa de la vida. Rosa como la prensa rosa, me refiero, la misma que nos muestra los peinados de las famosas que luego queremos imitar y nos quedan fatal. Cuántas peluqueras en los noventa habrán imitado con sus tijeras el corte de Jennifer Aniston, por poner un ejemplo. Actriz que, por cierto, sigue luciendo una melena envidiable a sus casi 55 años (los cumple el 11 de febrero).

Me vuelvo a disculpar. ¡Que alguien me exorcice, llevo dentro a María Patiño!

Feliz año nuevo

Mi abuelo vivía el momento de las uvas de nochevieja como un rito inaplazable, venerable y ancestral, de vital importancia para empezar bien el año y no tener mala suerte. Le encantaba Ramón García, y este año que el bilbaíno ha vuelto a la televisión pública no estaba él para verlo. En cuanto en la pantalla salía el reloj de la Puerta del Sol nos mandaba callar a todos: ¡shhh, que va a empezar, calla!, y mi padre siempre le contestaba que tranquilo, hombre, que ya sabemos que es un momento de gran importancia, que todavía están presentando y contando lo de los cuartos, que es lo de todos los años y ya nos lo sabemos.

Recuerdo las nocheviejas de mi infancia y juventud en casa de mis abuelos, cenando en el salón las primeras veces y en la habitación del fondo los últimos años hasta que mi abuela ya estuvo muy mayor para ejercer de anfitriona y trasladamos las celebraciones navideñas a casa de mis padres. Cuando era pequeña poníamos en la televisión a Martes y Trece, años después a Cruz y Raya, recuerdo cuando pasó lo de la teta de Sabrina; jugábamos al chinchón, reíamos, cantábamos, bailábamos incluso, y no faltaba nunca alguna llamada de otros familiares para desearnos feliz año nuevo. El móvil era un objeto que no existía y no ocupaba manos ni mesas, así que todavía la gente se llamaba por el teléfono fijo, el único que había. Muchas nocheviejas mi hermana y yo nos quedábamos a dormir en esa casa, tras la cena y las uvas, y aquellas noches en casa de los abuelos -y las de reyes, y las de muchos sábados- forman parte de mis numerosísimos momentos felices. Fuimos creciendo y, tras las doce uvas, empecé a salir con las amigas disfrazada. Aclaremos una cosa: en Pamplona nos disfrazamos en nochevieja desde hace 41 años. Una de esas nocheviejas, hace 21, conocí al que es mi marido, pero esa es otra historia.

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Esta última nochevieja (la de la cortina de ducha de Cristina Pedroche y la joya robada que no fue realmente robada; la de la futbolista emporedada y el traje fucsia de un sesentón de Bilbao), estábamos jugando tan a gusto a un juego de mesa cuya partida empezó alrededor de las once que de pronto vimos la hora en el reloj del microondas y rápidamente pusimos la tele porque eran las 23:58. Las uvas estaban preparadas en platitos desde hacía un rato, menos mal, aún teníamos tiempo. Tardamos unos segundos en decidir qué cadena poner, y tras un breve zapeo que acabó dejando el canal ETB, la televisión pública vasca, vimos que iban por la novena campanada en Euskadi. Será porque no quieren seguir el rollo a los españoles, pensamos. Cambiamos a la primera cadena y ahí estaba Ramontxu terminando de decir feliz 2024. Anda, pues resulta que el reloj del microondas va con retraso, mamá.

«Abuelo», dije mirando al cielo (al techo), «contigo no nos habría pasado esto, cagüen diez». Ha sido la vez que más despacio he masticado las uvas. Prisas pa qué.

De recuerdos que olvidamos recordar

Organizar las fotos familiares desde que nadie usa cámaras analógicas y acumulamos miles de instantáneas en el móvil es, para mi gusto, una tarea titánica a la par que aburrida. Mi padre hizo hace un par de meses limpieza de la galería de su teléfono, y se fue a una tienda a imprimir un buen montón de fotos. Unas cuantas eran para mí, y me las tendió dentro de un sobre de gran tamaño. Aquí ando desde entonces reorganizando los álbumes de fotos que ya se me antojaban objetos de un siglo pasado.

En casa de mis padres siguen estando los álbumes con las fotos de mi infancia; siempre me pareció que estaban muy desordenados, pues en la misma hoja (de esas con adhesivo y una lámina de plástico) podían convivir fotos mías en pañales con otras de preadolescente. Una vez que me mudé empecé a rellenar mis propios álbumes, con fotos del noviazgo, de vacaciones en pareja, con amigos, en salidas y excursiones, y años después con las fotos de la boda, los primeros años de casados, nuestros hijos… Eran años en que llevábamos una cámara Canon sencillita a todos los viajes y eventos diversos, y aunque el carrete de fotos estaba en desuso, aún había que ir a revelar esas fotos que entonces contenía la tarjeta de memoria que se insertaba en la cámara. Confieso que aún guardo de esas tarjetas en casa y no tengo ni idea de qué contienen, seguro que fotos ya impresas en su momento. A veces se traspasaban las imágenes de la tarjeta de memoria a un CD, y eso nos parecía la repanocha.

He detectado una laguna de tiempo sin fotos en papel: de mi hijo mayor hay imágenes impresas dentro de su correspondiente álbum, y luego se produce un salto temporal tras el que ya aparecen fotos impresas de mi hija pequeña con cuatro o seis años, supongo que de alguna otra vez que hicimos limpieza de móvil. Pero de ella bebé no tengo, así que deduzco que la llegada de los teléfonos inteligentes influyó para que le hiciéramos muchísimas fotos y no imprimiéramos casi ninguna. A mí este desbarajuste me produce cierta desazón. Me he puesto manos a la obra y quiero rescatar de esos pozos inmensos de olvido y recuerdo (Google Fotos, Amazon Photos y otras nubes) algunas fotos que me faltan para completar la sucesión cronológica, aunque ya sepa de antemano que no las voy a colocar en su sitio ni en el orden correcto, porque eso implicaría quitar y poner, volver a quitar y volver a poner. Mi paciencia es abundante pero tiene límite.

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He mencionado antes esos pozos de olvido y recuerdo; evidentemente las fotos son recuerdos de nuestro pasado y del pasado de otras personas que han transitado por nuestra vida. Y evidentemente de muchas de estas personas no nos harían falta fotos para recordarlas para siempre. Digo que son pozos de recuerdo, pero también de olvido. Porque una vez hecha la foto con el móvil y archivada en algún lugar (el propio móvil, un disco duro, un pendrive o la nube), está abocada al olvido si no tenemos un álbum de papel, con sus tapas y sus hojas con fundas. Qué pocas veces nos da por abrir un archivo informático del tipo que sea para ver fotos, y qué placentero y fácil es, en cambio, hojear un álbum repleto de fotos, aunque estén desordenadas.

Me hace gracia que se llame nube a ese espacio virtual ilimitado e incorpóreo donde dejamos nuestras fotos y hasta nuestros documentos y archivos. Así define nube el DLE en su octava acepción:

8. f. Inform. Espacio de almacenamiento y procesamiento de datos y archivos ubicado en internet, al que puede acceder el usuario desde cualquier dispositivo.

Me hace gracia, decía, porque uno suele andar por las nubes cuando es despistado o soñador y no se apercibe de la realidad (y hay que ver sin embargo, caray, cómo nos damos cuenta de la realidad al ver una foto nuestra y comprobar cómo nos han tratado los años). Una nube es efímera y va a merced del viento, y se deshace o se destruye o se hace más grande según cambia el tiempo. Una nube digital es todo lo contrario, porque tiene intención de durabilidad y fiabilidad, contiene muchísima información y es todo lo tangible y estable que se puede ser mientras no se hunda el internet global y se colapse el mundo, el universo y el metaverso y todo eso. Nube es muy poético, pero no parece un término muy acorde.

Qué tiempos, en fin, en los que todas nuestras fotos cabían en un librito. Si nos propusiéramos imprimir todas y cada una de las que almacenan nuestros teléfonos y cachivaches tecnológicos, no habría sitio suficiente en casa para guardar tanto álbum. Es bonito ver recuerdos, y más bonito aún que una simple instantánea toque nuestro cerebro y descargue de la memoria momentos, personas, sonidos, voces, olores, risas. No hay mayor nube que el corazón.

¿En qué lado de la balanza estás?

Esta mañana iba montada en el autobús camino del trabajo, y suelen subirse a esa hora los mismos estudiantes cada día; las caras son las mismas cada mañana, y desde hace poco uno de esos chicos de instituto va con muletas, mochila y el tobillo inmovilizado.

No me extenderé, esto es solamente una anécdota que no es representativa de cómo se comporta la juventud de nuestra sociedad, o eso quiero creer. Pero el chico de las muletas entró en el autobús y avanzó hasta el fondo, donde todos los asientos estaban ocupados. Yo misma me quedé de pie en el fondo, muy cerca de él. Nadie se levantó para cederle el sitio. Unos iban mirando el móvil, otros hablando con el compañero de asiento (entiendo que eran compañeros de clase, además), y otros, simplemente, han seguido a lo suyo. El chaval realizó todo el trayecto de pie manteniendo el equilibrio sobre la pierna buena y las muletas, y con la mochila puesta.

Si hubiera sido mi hijo habría montado en cólera. Me he contenido para no espetar ahí mismo ¿es que nadie piensa dejarle su sitio para que se siente?

Reflejo del mundo en el que vivimos, por desgracia. Menos mal que aún queda gente que compensa la balanza, porque ayer mismo una mujer me vio buscando aparcamiento con mi coche y, desde la acera, me indicó dónde tenía el suyo para que me pusiera a la par y pudiera aparcar yo. La vida.