Francina en el País de las Incongruencias

Érase una vez una alegre socialista, a la sazón presidenta del Gobierno de Baleares, llamada Francina. Una tarde, después de darse un chapuzón en una calita ibicenca, se sentó en el sofá de un local con música chill-out y sacó el móvil para tuitear un rato y ver qué se cocía en el ciberespacio político. Fuera porque era el atardecer, fuera porque el baño la había dejado muy relajada, se quedó dormida en el sofá y soñó con un lugar llamado el País de las Incongruencias.

En este mágico paraje todos parecían conocer a Francina. Primero, unos astronautas le salieron al encuentro llevando agujas de punto en las manos. Estaban tejiendo unos jerséis porque, según le contaron, eso es lo que hacían los astronautas del País de las Incongruencias.

Poco después se topó con un profesor de inglés que cantaba ópera delante de una pizarra y ante sus embelesados alumnos. Supo que era profesor de inglés porque en la pizarra ponía: All English teachers in this country can sing opera (todos los profesores de inglés de este país saben cantar ópera).

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Francina iba absorbiendo todas estas experiencias, y lo que iba viendo le gustaba y le divertía. Siguió caminando hasta descubrir entre unos árboles un grupo de lo que parecían médicos, a juzgar por su indumentaria. Hablaban un idioma desconocido para Francina, así que se acercó a uno de ellos, a una mujer en concreto, y le preguntó en voz baja qué idioma era aquel y si sabían hablar español. La doctora le contestó en perfecto castellano que estaban hablando en rumano porque se les exigía un nivel B2 de ese idioma para poder ejercer la medicina en el Servicio Público de Salud del País de las Incongruencias (SPSPI). Francina, como estaba soñando, y en el mundo onírico la lógica no existe, asintió, asimiló la idea, la interiorizó como algo completamente normal, y siguió su camino. En un momento dado, se giró porque creyó escuchar a alguien gritando muy enfadado: ¡Que no me tienen que operar de apendicitis, que lo que tengo son piedras en el riñón! Decidió no meterse en asuntos ajenos y continuó caminando.

De pronto, se había levantado un viento fresco que hizo que Francina despertara de tan extraño sueño. Cogió su móvil, abrió el WhatsApp y escribió en el grupo «Equip de Govern»: He tingut un somni. Demà parlem (He tenido un sueño. Mañana hablamos).

Días más tarde, los habitantes del archipiélago balear y el resto de los españoles leían esta bonita y onírica noticia, propia de un país de incongruencias:

Baleares exige el catalán para tocar en la Orquesta Sinfónica

Como se puede comprobar aquí, no es una inocentada: Bolsa de trabajo Fundación Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares

Redoble de tambores, trrrrrrrrrrr… ¡tacháááááán! (Aplausos).

Usuaria de Instagram, nivel principiante

Hace escasos dos meses decidí abrirme un perfil en Instagram, porque oía hablar mucho de esta red social y sentía curiosidad. Tengo Facebook desde hace por lo menos diez años, y tiempo después me hice también cuenta en Twitter, aunque esta última la uso poquísimo. No pertenezco a la generación de nativos digitales; en mi infancia viví con solo dos canales de televisión, conocí los teléfonos de ruleta, los casetes, los televisores de tubo, el walk-man, los walkie-talkie. Mi primer ordenador o PC no lo tuve hasta comenzar la universidad (y no tenía internet), y pasaba de los veinte años cuando tuve mi primer teléfono móvil y pude mandar mi primer SMS. Los de mi generación, los que hemos estudiado la EGB, hemos ido aprendiendo y «digitalizándonos» sobre la marcha. Nadie nos ha dado clases, somos autodidactas, y aún así, en mi caso particular al menos, muchas veces nos llegamos a sentir analfabetos digitales si nos comparamos con quienes hoy no han cumplido la mayoría de edad. Diccionario de Instagram

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Por tierras leonesas

Acabo de pasar con mi familia unos días de vacaciones en León, lugar que visitábamos por primera vez. Al ser la semana de Pascua, ya se habían terminado las procesiones y los distintos actos religiosos, así que la ciudad estaba en calma y no había demasiados turistas. Partíamos hacia León con la expectativa de visitar muchos lugares, de la capital y de la provincia. Y aunque hemos hecho bastantes cosas, viajar con niños pequeños imposibilita en muchos momentos ver todo lo que se había planificado al comienzo. No pretendo parecer una guía turística ni este es un blog de viajes, pero me gustaría dar unas pinceladas y recomendaciones por si alguien está pensando en viajar a León alguna vez.

La ciudad nos pareció fácil de recorrer y de orientarse en ella. Nuestro hotel estaba en la zona del campus universitario san Mamés, que queda a unos veinte minutos a pie del centro histórico. Se podía aparcar libremente -así que nos movimos a pie sin necesitar apenas el coche-, y además había comercio de todo tipo en los alrededores, lo cual nos vino muy bien para comprar comida, ya que en la habitación teníamos una pequeña cocina y frigorífico.

El día después de nuestra llegada descubrimos un lugar interesante que acabaría siendo una gran solución para nosotros. Nuestros hijos no son muy andarines y no tienen edad para apreciar el arte gótico, las pinturas al fresco o la orfebrería medieval, y nos quedó muy claro la primera tarde que intentamos pasear por el casco histórico y empezar a visitar algún monumento y ellos iban pidiendo ir al parque, y se peleaban por quién iba sentado en el carrito. Decía que habíamos descubierto un lugar interesante, y es que a dos manzanas del hotel hay una guardería 0-3 años y ludoteca para niños de 4 a 12 años, abierta de 7 a 22 horas y que cobra por horas. Guardería Tataruga

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A nuestros hijos les entusiasmó la idea de estar juntos tres horas jugando y divirtiéndose. A nosotros, pasar tres horas sin niños nos dio la posibilidad de visitar la catedral de León, su museo y el claustro, con todos los sentidos puestos en ello y experimentando la maravillosa visión de las vidrieras más impresionantes.

Otro día cogimos el coche hasta Ponferrada, a hora y media aproximadamente de León. Allí recorrimos durante casi una hora el interior del castillo, cuya parte más antigua data del siglo XII. Los peques disfrutaron algo más que el día anterior, quizá por la atmósfera de cuento de reyes y princesas que parece envolver el castillo. Eso sí, la pequeña tuvo a su padre de porteador toda la visita, pues el carrito no puede acceder al recinto, y los brazos paternos le aliviaron mucho el cansancio. El padre amaneció la mañana siguiente con unas estupendas agujetas.

Después de comer como en casa en la taberna de Toño (un encanto de persona), salimos para Astorga, que queda a medio camino entre León y Ponferrada. Taberna San Andrés, Ponferrada Vimos el palacio episcopal concebido por Gaudí, que hoy es museo y se puede visitar, aunque no nos detuvimos mucho en él. Junto al palacio está la catedral de Astorga, la cual también visitamos rápidamente.

Y sin salir de Astorga, fuimos además al Museo del Chocolate. Astorga, ciudad del chocolate Esta localidad fue en su momento una gran productora de chocolate artesanal, llegando a tener en los años veinte del pasado siglo más de cincuenta empresas distintas dedicadas al chocolate. El museo está pensado también para el público menudo, es bastante interactivo y las explicaciones claras. Al salir se puede degustar chocolate, y comprarlo en la propia tienda del museo.

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Al día siguiente no pudimos hacer gran cosa porque nuestro hijo mayor estaba indispuesto, así que la pequeña disfrutó de la ludoteca mientras yo me escapaba sola a visitar la basílica de san Isidoro, su museo y el panteón de los reyes. Es este un monumento no tan conocido como la catedral, pero que merece mucho la pena visitar. La iglesia no cuenta con visita guiada, se puede entrar gratis respetando, eso sí, las horas de culto. Pero el museo y el panteón se visitan con guía, y son muy interesantes. Las pinturas al fresco del panteón fueron lo que más me gustó. La foto no es mía, puesto que no se permitían fotos:

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Sí es mía esta foto del exterior de la basílica y esta otra del interior de la iglesia:

Lo último que vimos en familia no está en la capital, sino al norte de la provincia: las hoces de Vegacervera y la cueva de Valporquero. Siguiendo el río Torío pasamos diversos pueblos como Matallana de Torío o Garrafe de Torío, hasta llegar a Vegacervera. Según se asciende, el paisaje se vuelve más impresionante. Había mucha nieve aún en las montañas, y el río bajaba atronador.

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La cueva de Valporquero es bien conocida por los vecinos del lugar, aunque sólo hace unos cincuenta años que está acondicionada para el turismo. Se puede recorrer con guía durante una hora o durante hora y media, según nuestra capacidad y espíritu aventurero. Con niños es recomendable la visita de una hora. La fuerza del agua es la responsable de su profundidad y de las formaciones de estalactitas y estalagmitas, columnas y demás fantasías pétreas. El ruido del agua en el interior era sobrecogedor, y toda la cueva era un festival para la vista. Las fotos no hacen justicia,  pero aquí van.

Animo a todos a visitar León, una tierra con mucha historia, con unas gentes muy hospitalarias. Nos queda la pena de no haber tapeado por el barrio Húmedo, pero en otra ocasión será.

Semblanza

Nació a comienzos de 1931, en una familia trabajadora de seis miembros: los padres, dos hijos varones y dos hijas; ella la pequeña. Su padre pronto faltó, siendo ella muy jovencita; creció con sus hermanos y su madre en una casa-cueva, fría en verano, cálida en invierno, y sin lujos. En el pueblo y en casa siempre había quehacer: dar de comer a los animales, limpiar el corral, remendar, salir a comprar -casi nunca mucho; casi siempre les fiaban-, bajar al río a lavar la ropa, rezar el rosario, hacer la comida, atender a los hombres de la casa cuando venían de las labores. Entre rato y rato, a la escuela a aprender cuatro letras y números.

Trabajó mucho dentro de casa pero también en casa ajena, limpiando y cuidando niños. Cuando se daba la ocasión, se llevaba un poco de embutido de los señores para echarlo al guiso propio, pues la carne era un bien de ricos. Alguna vez también ellos comían de la matanza, por noviembre en san Martín, pero no de las partes reservadas para los pudientes, sino del hígado o la morcilla que ella aprendió a elaborar removiendo la sangre del cerdo para que no cuajara. Los huevos los reservaban para sus hermanos, que tenían que reponer fuerzas tras la faena en el campo. Las mujeres compartían un huevo para cada dos, si acaso.

Bien joven conoció al que sería su marido, un mozo del pueblo, hijo único. Años después se casarían, en 1955, y poco después se mudarían a la capital con todos los ahorros. Vivieron en la zona vieja, hoy la más turística; también en la periferia y finalmente en un barrio obrero. Tuvieron dos hijos. Ella conseguiría un trabajo de limpiadora en unas oficinas de una suministradora eléctrica; él de barrendero municipal y más tarde de empleado de mantenimiento en las piscinas. Tuvieron mucha suerte, pero no la hay sin trabajo, sin sacrificio y sin capacidad de ahorro. De las tres cosas iban sobrados.

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El hijo pequeño se les fue para siempre con veintiocho años. Nunca lo superaría, en el fondo, ni con la alegría por la primera nieta (tuvieron dos), que contaba seis años cuando una enfermedad se llevó a su hijo al cementerio. Con 55 años le arrancaron parte del alma, que afloró en luto unos cuantos años y se quedó negra por dentro para los restos.

Pero intentó remontar, como todo el mundo, y no dejó de ser la mujer jovial que siempre fue. Disfrutó con las nietas, a las que cuidó y malcrió como solo saben hacer las abuelas, y se desvivió por que no le faltase de nada a su familia: marido, hija, nietas y yerno. Cuidó además de su suegra y de su madre cuando ambas estaban ya mayores.

Disfrutaba siendo el alma de la fiesta, teniendo todo a punto como perfecta anfitriona. Siempre debía abundar la comida: «mejor que sobre que no que falte». Cuando se jubilaron, su marido y ella viajaron por la costa como hacen muchos jubilados; les encantaba la playa, y bailar el pasodoble, jugar a las cartas y al bingo. Pasaron muchos veranos en la casa del pueblo, y en ella disfrutaron con la familia de comidas al aire libre y juegos en la sobremesa, y de paso visitaban a los hermanos y los cuñados, los primos, los sobrinos.

Celebró rodeada de seres queridos las bodas de oro con su marido. Cincuenta años casados, que finalmente serían algo más de sesenta (¡sesenta!). Vivió la alegría de ser bisabuela por dos veces, el gozo de tener de nuevo en brazos un bebé y verlos crecer, aunque sea un poquito.

Vela por sus bisnietos y por toda su familia desde un lugar privilegiado, allí en las alturas.

Ella es Juana, mi abuela, y hoy, 4 de abril, hace dos años que nos dejó.

El viajar es un placer

Otro año más llega la Semana Santa y con ella las procesiones. Las religiosas y las otras: la procesión A-6, la A-8, la A-1, la A-66, etc. Precaución al volante, por favor, que se trata de llegar bien y en tu propio coche, no en la ambulancia.

No era en estas fechas sino en verano, pero recuerdo la primera vez que fuimos mi familia y yo de Pamplona a Málaga, allá por 1994. Nos pegábamos el madrugón para intentar pasar Madrid antes de la hora punta. Mi hermana y yo nos tumbábamos como podíamos en los asientos traseros de una Renault Express sin cinturones atrás (ahora da escalofríos pensarlo) y sin dirección asistida. Dormíamos un par de horas o lo que nos permitiera el dolor de espalda por la postura. Mi padre era el único que conducía, y parábamos bastantes veces a estirar las piernas para que descansara. Llevábamos el repertorio musical en casetes, desde Mocedades a Roberto Carlos, lo que les gustaba -les gusta- a mis padres. Enseguida se acababa la música, no existía el MP-3 para poder llevar decenas y decenas de canciones diferentes en poco espacio. La radio tampoco era una solución a la falta de variedad, porque cada poco se iba la emisora y tenías que buscar otra entre el ruido blanco de las ondas hertzianas. Tampoco tenía la furgoneta aire acondicionado, y a mediodía, habiendo pasado Madrid y en tierras manchegas, el calor ya había hecho mella en los cuatro. A pesar de las incomodidades, un viaje largo como ese puede llegar a unir muchísimo a una familia, y nunca se olvidan las anécdotas relacionadas con él.

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Hoy queremos llegar rápido a todas partes. No hay más que fijarse un poco si vamos por la autopista, donde el límite es 120 km/hora, y contaremos muchos coches que van a más de 140. Algunos encuentran un entretenimiento magnífico en adelantar a todo quisqui, y hacen suyo el carril izquierdo, se acomodan allí y a veces ven con pasmo cómo alguien les adelanta por el carril derecho: la paradoja hecha conducción.

En ese afán «adelantatorio», muchos echan el intermitente (cuando lo echan, porque algunos ni eso) y creen que eso ya les da derecho a salir del carril y meterse con calzador en el carril izquierdo, por donde estás tú adelantando, y tienes que pisar el freno para que el listillo de turno se te ponga delante. No hay bocinas en el mundo para afear ese comportamiento, descortés pero sobre todo peligroso.

En el sopor y el aburrimiento de un viaje de tantos kilómetros, cualquier nota discordante era bienvenida: cuando veías pasar un tráiler, un camión cisterna, una autocaravana con remolque, un toro de Osborne, una escultura horrenda en la mediana, un conejo aplastado en el asfalto, un grupo de moteros en sus Harley, el Patrol de la Guardia Civil… Recurríamos también a los juegos de carretera, como el de las palabras encadenadas o el veo-veo, o nos fijábamos en la procedencia de los coches por sus matrículas, cuando todos llevaban esa señalización en la placa:

V- Valencia

M- Madrid,

AB- Albacete

VI- Vitoria (Álava)

CC- Cáceres

Hemos avanzado mucho e incluso un viaje largo se hace llevadero si se descansa adecuadamente cada tres horas. No pasamos ya calor ni frío en nuestros coches y los asientos son mucho más cómodos que antes. Muchos vehículos llevan control de velocidad, no hay peligro de que se nos acabe la música o la tengamos que oír repetidas veces. Los peajes se pueden pasar casi sin detener el coche gracias a que una antena detecta el dispositivo de nuestro coche al llegar a la barrera; ya no hay que llevar suelto para pagar en una ventanilla. Las áreas de servicio son más numerosas y modernas, y contamos con otras opciones para viajar, porque los trenes, por ejemplo, hoy muy veloces, ya no son tampoco como los de antes, y hay más kilómetros de vía que antaño.

Por encima de todo, y sea cual sea la opción que elijamos, viajar es en sí toda una experiencia, y si el viaje es por vacaciones y por placer, mucho mejor.

Lo dicho, que todo el mundo esté aquí a la vuelta, y como decía la coplilla: no corras mucho, papá.

Perlita de Huelva: Amigo conductor

«Amabiliza», que no es poco

Anoche tuve un sueño maravilloso. Me encontraba en un comercio muy cuqui, de los que hacen ciudad, de los que cambian muy a menudo los escaparates (preciosos, además), y en los que tratan al cliente con suma amabilidad y una sonrisa permanente porque les gusta ser comerciantes, llevan toda una vida haciéndolo y quieren que vuelvas a su tienda. Bien, pues en el sueño todo era como en la realidad, tal y como he descrito. Lo llamativo era que no había sistema de alarma en la puerta. Las prendas y los objetos no tenían etiquetas ni alarmas, y la dueña del establecimiento miraba todo el rato en dirección opuesta a mí. No había nadie más en el local, solo ella y yo. Por alguna extraña razón, algo me empujó a coger un abrigo preciosísimo que, aunque no llevaba precio, tenía pinta de ser muy, muy caro. Me lo probé, y desdoblé también un par de camisetas de marca que seguramente me iban a quedar divinas. Miré de reojo a la señora y seguía inexplicablemente mirando a la pared. También me fijé en una funda para el móvil y una taza de cerámica de esas con mensaje positivo que tan agradables me haría los desayunos. Con todo esto en las manos, fui reculando hasta la puerta de la tienda. Con estupor pero también con alegría inmensa salí de allí sin que sonara ninguna alarma y sin que la dueña se percatara de nada. Y desperté.

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Los comercios también son «atracados» fuera del mundo onírico. A raíz de lo tristemente sucedido en el barrio de Lavapiés en Madrid, donde murió un hombre que se dedicaba a la venta ambulante ilegal -mantero-, muchas y variadas han sido las reacciones. Aquí, en Pamplona, uno de los partidos que integran el equipo de gobierno ha propuesto unas medidas, cuando menos, curiosas:

Aranzadi propondrá un plan para reordenar el comercio de los manteros en Sanfermines

El descontento del gremio de comerciantes de Pamplona no es nuevo, llevan varios años quejándose por la permisividad de la que disfrutan los vendedores ambulantes en fiestas, que exponen en las aceras peatonales su mercancía y espantan así a su clientela. No pueden competir con un muestrario tan a la vista de los viandantes (que son muchísimos), que tiene un precio más barato por tratarse de falsificaciones de marcas conocidas (marcas que ellos venden en sus negocios) y que no tiene un horario de apertura ni cierre. Estos comerciantes de la ciudad pagan alquileres -nada baratos-, pagan impuestos, declaran a Hacienda, pagan la seguridad social a sus empleados, contribuyen a que la ciudad esté viva, a que haya empleo; sufren desde hace unos meses la «amabilización» de la ciudad, que ha hecho que llevar el coche al centro sea una tarea casi imposible, y que ha hecho descender sus ventas de manera progresiva. Ahora también se propone que los manteros tengan una parcelita exclusiva en la ciudad durante los nueve días de Sanfermines y que la policía no haga nada. Vía libre, pues. Voy a imprimir yo unas camisetas Adadas y las voy a vender delante de la estatua de los Fueros, enfrente de la Policía Foral. Como no he nacido en el África subsahariana, seguramente vendrían a por mí «en cero coma».

Tiremos por tierra el trabajo de los comerciantes, tiremos por tierra la propiedad intelectual. Si de verdad quieren ayudar a esta gente que no tiene otro medio de subsistir que vender de manera ilegal, que promuevan escuelas-taller, cursos básicos de hostelería, de comercio, que hagan convenios con las empresas para que puedan hacer prácticas y alcanzar con suerte un contrato que les permita salir de las calles; que luchen por un cambio en la legalidad para que gente que lleva tantos años en España y no ha dado problemas cambie su situación legal. Son políticos, ¿no? Les pagan para encontrar soluciones con nuestros impuestos. Los mismos impuestos que pagan los comerciantes y en los que parece que se mean encima con medidas como las que intentan aprobar.

Decálogos de 19 puntos

El sindicato CCOO ha publicado en su dosier Conquistando espacios y transformando la educación un artículo llamado Breve decálogo de ideas para una escuela feminista. Las autoras son Yera Moreno (artista, investigadora y educadora) y Melani Penna (profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid). Dejo aquí el enlace, es un archivo PDF y el artículo en cuestión comienza en la página 24. Léanlo primero, y después continúen, si lo desean, leyendo esta entrada.

Dosier Conquistando espacios y transformando la educación

Empezando por el hecho de que no es un decálogo porque contiene diecinueve puntos y no diez (deca-, diez), y aunque alguno de estos puntos puede tener parte de razón (como el de la necesidad de incluir en el currículum educativo a escritoras, artistas, y músicos mujeres), me niego a tolerar tal sarta de sandeces, como la de tener que decir *todes para incluir a todo el mundo, por ejemplo. Soy licenciada en Filología Hispánica, sé de qué hablo cuando hablo de lenguaje. No me parece de recibo que haya que cambiar un sistema (porque la lengua es un sistema), porque algunas tengan un complejo de inferioridad cuando al escuchar o leer la palabra todos (o ciudadanos, alumnos, trabajadores, etc.) no se sienten incluidas. Podría escribir y escribir sobre el tema del lenguaje inclusivo y del masculino plural, pero paso a otros puntos.

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Chanel nº 5

No soy yo muy aficionada a echarme perfume, todo lo contrario que algunas personas a las que se les ha ido la mano con el bote o el flis-flis, que llegan a dejar un rastro tan intenso que confieso que a veces me ha dado hasta la tos. Sin embargo, sí me declaro fan absoluta de ciertos olores que en ocasiones nos rodean. Algunos son caros de oler (por infrecuentes), como por ejemplo el olor a mar para los que no vivimos cerca de él. Por eso mismo, cuando visitamos un lugar con costa, los que somos de interior percibimos rápidamente cómo huele el aire a sal y a mar aun cuando no hemos llegado siquiera a pisar la arena de la playa.

Otros olores nos quedan muy atrás porque ya hace tiempo que dejamos la niñez, pero si alguna vez los volvemos a percibir regresamos al instante a esos momentos: el forro para proteger los libros tiene un olor muy particular, que a mí me recuerda al comienzo del curso; igual de particular es el olor que tienen las aulas en los colegios. Cuando ahora tengo que ir a alguna reunión con la tutora de mi hijo, visitar el aula es como un regreso al pasado, huele exactamente igual que olía mi clase en el cole.

El papel y los libros también provocan un olor reconocible. Es entrar en una librería o en una biblioteca y sentir de inmediato ganas de leer. Y qué sensación única la de abrir un libro, pasar sus páginas aceleradamente con el pulgar de modo que estas te abanican, y de pronto percibir su olor, el papel, la tinta.

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Para mañana, mates

Herrikoa, la Federación de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado de Navarra, ha hecho un llamamiento a los padres de los colegios públicos de Navarra para que secunden la campaña Stop Deberes en defensa de unas vacaciones de Semana Santa sin tareas escolares. Pide que esta campaña se difunda por Twitter con la etiqueta #StopDeberes, y persigue los siguientes objetivos: sensibilizar, alertar y movilizar.

No es la primera vez que los deberes escolares son el foco del debate educacional; incluso se llevó al Congreso a comienzos del curso 2016-2017. Los contrarios a la existencia de los deberes argumentan que estos forman parte del pasado, que demuestran la ineficacia del sistema educativo porque el hecho de que se pongan deberes es señal de que no se realiza un trabajo eficaz en las aulas; que merman la calidad de vida del alumnado, influyen negativamente en su salud y no sé que otras más consecuencias nefastas.

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Catálogo de placeres inefables

Comer la última croqueta del plato, la que nadie se atreve a coger, esa: para mí, ¡ñam!

Estar en la cola del supermercado, ver que en la otra caja se avanza más rápido. Ser fuerte para no cambiar de caja, y descubrir finalmente que sí, que la que tú elegiste ha sido en verdad la más rápida.

Que alguien te deje pasar antes en la cola del supermercado porque ha visto que solo llevas dos cositas.

Encontrar aparcamiento a la primera. Llegar y ya.

Aparcar en dos maniobras de nada cuando te está mirando una cuadrilla de expectantes señores que piensan a ver si la cagas porque eres mujer.

Dejar fundir en la boca una pastilla de chocolate del bueno.

Devorar un huevo frito con la única ayuda de un buen trozo de pan y los dedos.

Encontrar dinero en un bolsillo de un pantalón que no te ponías desde hace tiempo.

Cantar un temazo a grito pelao y bailar como una posesa en compañía de tus amigas en un bar abarrotado con la música atronando, porque te da igual, nadie te oye desafinar, y es como si estuvierais solas en ese bar.

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