Usuaria de Instagram, nivel principiante

Hace escasos dos meses decidí abrirme un perfil en Instagram, porque oía hablar mucho de esta red social y sentía curiosidad. Tengo Facebook desde hace por lo menos diez años, y tiempo después me hice también cuenta en Twitter, aunque esta última la uso poquísimo. No pertenezco a la generación de nativos digitales; en mi infancia viví con solo dos canales de televisión, conocí los teléfonos de ruleta, los casetes, los televisores de tubo, el walk-man, los walkie-talkie. Mi primer ordenador o PC no lo tuve hasta comenzar la universidad (y no tenía internet), y pasaba de los veinte años cuando tuve mi primer teléfono móvil y pude mandar mi primer SMS. Los de mi generación, los que hemos estudiado la EGB, hemos ido aprendiendo y “digitalizándonos” sobre la marcha. Nadie nos ha dado clases, somos autodidactas, y aún así, en mi caso particular al menos, muchas veces nos llegamos a sentir analfabetos digitales si nos comparamos con quienes hoy no han cumplido la mayoría de edad. Diccionario de Instagram

Esto es un poco lo que me ha pasado con Instagram. No hay día que no me sorprenda de algo. Ayer mismo tuve que buscar qué significaba regram y stalkear. No voy a soltar ahora un glosario de términos, primero porque no tengo apenas idea, y segundo porque no pretendo aburrir a quien no use Instagram. Pero sí quisiera contar aquí qué cosas me resultan curiosas de esta aplicación.

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  1. Los filtros. No, no son los retales de los cigarrillos. Instagram es un sitio donde la gente exhibe, sobre todo, fotografías. Pero todo el mundo miente. Porque si la fotografía digital es, de por sí, mentirosa (¿dónde quedaron las fotos hechas a traición, las fotos movidas o borrosas; en fin, aquellas sacadas con carrete, que a veces salían quemadas por el flash, y eran sucesiones de caretos que hoy nos sacan los colores de la vergüenza?), si hoy todo el mundo tiene móviles con cámara que nos permiten repetir la foto hasta que la consideramos perfecta, además contamos ¡con los filtros de Instagram! Son unos botones de la aplicación que modifican, a nuestra elección, el contraste, el color o la saturación de la foto original. Así, si tenemos la piel del tono blanco nuclear, le ponemos un filtro bronceador, y listo. O si en la foto el día estaba nublado y esta ha quedado tristona, le metemos el filtro amarillento y parece que lucía el sol. Yo todavía ando pillándole el tranquillo a lo de los filtros, y he de decir que no los utilizo apenas, porque si decido subir una foto que he hecho es porque me gusta cómo me ha quedado. De verdad que añoro las fotos sin preparar, las que nos hacían antes nuestros padres delante del sofá de escay o esas en las que salías con tus primos en grupo y el gracioso de turno te plantaba unos cuernos detrás de la coronilla. Esas eran fotos sin trampa ni cartón; lo que hay ahora es mucho fingimiento, nada de espontaneidad y una obsesiva tendencia a la perfección.
  2. El famoseo. Cualquier famoso que se precie tiene Instagram y sabe cómo utilizarlo. Vemos cómo hacen yoga, degustamos con la mirada sus elaboraciones culinarias; sacan fotos de sus desayunos (siempre en plano cenital y con todo bien colocadito, en plan bodegón moderno), nos presentan a sus gatos, nos cuentan que han terminado un rodaje, los vemos en un estudio de grabación guitarra en ristre, o en la Quinta Avenida con un café de Starbucks en la mano y el móvil en la otra sacándose la foto. Reconozco que engancha, es como leer el Hola pero gratis (este es un país de cotillas, admitámoslo). Las fotos que más gracia me hacen son las que algunos famosos se sacan a sí mismos dentro del ascensor, apuntando al espejo. Es como si quisieran recordar más tarde qué ropa se pusieron ese día, y quieren que todos la veamos y nos queramos comprar esa chaqueta y ese fular. Una vez intenté sacarme una foto de esas en mi ascensor, pero no me quedaba igual y me deprimí un poco. Quizá es que no me tomé el tiempo requerido, pues las prisas por si un vecino llamaba al ascensor y me pillaba in fraganti no ayudaban a tomar la instantánea perfecta. O será que mi ropa es de lo más anodino porque hace siglos que no voy de compras y tampoco tengo en nómina un personal shopper como los famosos.
  3. Los “directos”. Pulsando un botón, cualquiera puede grabar cualquier cosa o a sí mismo en directo y retransmitirlo. Quien esté conectado en ese momento puede ver lo que estamos grabando a tiempo real. A su vez, la persona que graba puede ver quién está siguiéndole, y puede saludarle por escrito e incluso integrarle en su “directo”, de forma que la pantalla se subdivide. Es como una videoconferencia con la pantalla partida en dos. Admiro a los que hacen directos, sobre todo a quienes tienen miles de seguidores que no conocen de nada, porque ahí están, hablando a la cámara sin red, sin ensayos previos. Con lo mal que lo paso yo hablando en público, y a ellos les sale tan natural… Quizá porque no tienen al público delante, solo al teléfono, y parece que están hablando solos. Eso sí se me da bien, lo de hablar sola. Tendré que ensayar delante del espejo, por si un día me hago famosa y tengo que hacer cosas de influencer y tal.
  4. El autobombo y la publicidad. Lo confieso, yo también anuncio mi blog en Instagram. Tonta sería si no lo hiciera, porque todo hijo de vecino se da publicidad de lo que sea. Que ha salido mi libro, que ha salido mi disco, que voy a una alfombra roja en tal festival, que me han hecho una entrevista en no sé qué revista, que te doy clases de inglés, que te ayudo a adelgazar con estos batidos maravillosos, que pruebes esta crema antiarrugas que uso yo y que te recomiendo porque sí -y no porque me estén pagando los de la crema para que la recomiende.

No sé si acabaré dejando de usar Instagram o me convertiré en experta con el tiempo. De momento, me pongo al día, porque en algún lugar leí o escuché que tener Facebook ya está pasado de moda, que la gente joven (la joven, joven de verdad) lo que usa es Instagram. Y yo soy joven. Joven, joven de verdad. De la buena. Sin filtros.

http://www.instagram.com/amalbamblu

 

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