Miedo

De las aglomeraciones en sitios cerrados, de tocar algo y no lavarnos las manos (¿dónde he dejado el hidrogel?), de ir a un bar, de tocar la mascarilla para ajustarla mejor, aunque no se debe tocar, no, no, no, no toques. De quedar con amigos a los que estoy deseando ver, tocar, abrazar. De los desconocidos que van con la nariz al aire, o se han tocado la cara para luego tocar otra cosa. De que mis hijos jueguen en el parque con niños completamente desconocidos, muchos de los cuales no llevan mascarilla porque de 6 a 12 años no es obligatorio mientras guarden 1,5 metros de distancia (que no guardan). De ir a la piscina (cuánto la echamos de menos). La playa no, no la echo nada de menos (quien me conoce o ha leído un poco este blog, sabe que odio la playa). De ir de tiendas, probar un pantalón, una camisa, una blusa. No, no, no, no te arriesgues, no.

Miedo. Llevamos desde marzo con el miedo metido en el cuerpo, y nos estamos olvidando de vivir. Nuestro presente está invadido por el miedo, pero también el futuro más próximo. ¿Trabajaremos? ¿Cómo será la vuelta a las aulas, si es que se da? ¿Nos volverán a confinar? ¿Contagiaré, sin saberlo, a mi abuelo, a mis padres?

El enemigo está ahí fuera, nos lo han grabado a fuego, nos lo repetimos día a día. Es un enemigo invisible, no sabes cuándo ataca, no sabes quién ya ha sido atacado. Pero ¡no se puede vivir con miedo! Vivir es un morir lentamente, nos guste o no. Se puede vivir en la angustia, atenazado, alerta, temeroso, receloso de todo y de todos, siempre en pro de la seguridad y de preservar la salud. Pero no es vivir. Lejos de fortalecernos, nos debilita.

Viajamos en coche, continuamente. Nos ponemos el cinturón, respetamos los límites de velocidad e intentamos conducir con los cinco sentidos. Estas son nuestras mascarillas a la hora de coger el coche. ¿Significa eso que no pueda llegar un loco, un borracho, un metepatas, y nos haga sufrir un accidente fatal? No estamos a salvo nunca: es un virus, pero es también una caída, un accidente, un cáncer. La vida es corta y única.

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Soy consciente de lo poco estructurado de esta entrada, y es a propósito, porque la cabeza no para de dar vueltas desde hace meses. Ha sido una primavera entre cuatro paredes y está siendo un verano de mierda, con perdón, y lo que espera a la vuelta no depara cosas más halagüeñas. Hay necesidad de descargar, desahogarse, llorar si hace falta. Hemos vivido un duelo, pasando de la negación o incredulidad a la rabia, la negociación, la depresión, la aceptación, y no precisamente en ese mismo orden, porque todos estos estados de ánimo se repiten, se entrecruzan, vuelven a la carga.

Me digo hoy: ¡basta ya! Voy a seguir siendo precavida, con mascarilla como cinturón de seguridad, con distancia e higiene como límites de velocidad. Pero con ganas de vivir, de ser consciente de todo lo bueno que me rodea, de ser agradecida. Lucharé para que mis hijos y todos los que me importan sean felices en esta nueva forma de estar y de convivir. Sin miedo. Y si vienen mal dadas, lo afrontaremos juntos.

Deshumanizados: #SinLatínYGriegoNoHayFuturo

Para saber de qué va esta entrada: Sentencia de muerte para Latín y Griego, por Jesús de la Villa Polo

El debate Ciencias o Letras viene de muy atrás. A los de Letras siempre nos han mirado por encima del hombro, minimizando nuestras salidas laborales, la dificultad de las materias (Humanibares era un recurrente juego de palabras) o dando por hecho que el que no valía para estudiar o era más “cortito” acababa yendo por Letras.

Cuando estudié el extinto BUP (bachillerato), Latín era materia obligatoria en segundo curso, con quince años. También lo era Matemáticas, con unos temas endiablados -funciones, números irracionales, trigonometría, cálculo de límites- que nunca jamás me han servido para nada, ni me servirán, en toda mi vida. Algunos argumentarán que saber las declinaciones tampoco les ha servido de nada en su vida. La diferencia, en cambio, estriba en que todos hablamos una lengua, el español o castellano, que no deja de ser un latín muy evolucionado. Conocer el latín, de entrada, es conocer más a fondo la propia lengua y otras lenguas romances -francés, italiano, gallego, catalán, portugués…

Según Wikipedia, “el léxico del español está constituido por alrededor de un 70 % de palabras derivadas del latín, un 10 % derivadas del griego, un 8 % del árabe, un 3 % del gótico, y un 9 % de palabras derivadas de distintas lenguas”. Vemos que el 80 % de nuestro vocabulario viene de dos lenguas maliciosamente llamadas muertas. Dejando de lado el aspecto meramente lingüístico, nuestra sociedad y forma de vivir son consecuencia de aquellas civilizaciones grecolatinas antiguas, y conocerlas mediante materias como Cultura clásica, sumada al estudio de dichas lenguas, provee a los estudiantes de unos conocimientos y un bagaje cultural aplicables en terrenos varios como la historia, la arqueología, la paleontología, la archivística y documentación, la traducción e interpretación, el arte, la arquitectura, etc. 

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El estudio y traducción de textos en latín o griego ponen en marcha unos mecanismos del pensamiento que, sin ser yo pedagoga ni experta en la materia, resumiré aquí por mi mera experiencia de estudiante (aunque hayan pasado casi dos décadas). Para empezar, es indispensable la memoria. Latín y griego se declinan y tienen unas conjugaciones verbales muy complejas que, igual que las declinaciones, hay que saberse de memoria. Ante un texto, reconocer a un golpe de vista sustantivos y adjetivos que concuerdan en caso, género y número, es básico para ir agrupando la sintaxis y, por tanto, poder traducir correctamente. La sintaxis clásica no es sencilla, pero dominar sus bases clarifica muchísimo el funcionamiento de nuestra propia lengua y fomenta nuestra capacidad analítica. Un ejemplo: en español decimos “La casa de Pablo es grande”, y “Estuve en la casa de Pablo”. El sintagma casa de Pablo es invariable en español, pero su función cambia porque le añadimos, en este caso, una preposición de lugar en la segunda oración. En latín sería: Domus Pauli magna est (La casa de Pablo es grande); In domu Pauli fui (Estuve en la casa de Pablo); la función sintáctica nos la dicta el caso gramatical. Con el griego ocurre parecido, pero es más complejo porque también hay artículos (en latín, no), y el alfabeto es diferente (preciosas letras con las que nos mandábamos mensajes ocultos que los de ciencias no entendían, ja). En definitiva: memorizar, observar, agrupar, analizar, traducir. Pocas materias del bachillerato ordenan la mente y exprimen tantas capacidades como el estudio del latín y el griego, amén de los conocimientos lingüísticos y culturales que proporcionan. 

Como en estos tiempos nuestros solo parecen importar las ciencias, las nuevas tecnologías, la robótica, el progreso y el futuro con mayúsculas, todo lo antiguo, arcaico, muerto, rancio u obsoleto parece que no sirven para nada. Todo se mide en rentabilidad y en trabajos lucrativos, y nada interesa el pasado, al contrario, se denuesta. Ahí tienen a los derribaestatuas iconoclastas e ignorantes, que no saben la diferencia entre a ver / haber, o haya, halla, aya, o vaya / valla / baya.

Todo ofende

La entrada que van a leer es un poco larga, pero se resume en la siguiente idea: vivimos tiempos en que la libertad se nombra y se encumbra como el bien supremo y, al mismo tiempo, se ve machacada cada dos por tres por nimiedades provocadas por quienes tienen la piel muy fina y se arrogan el poder de decidir qué está bien y qué no, cuales vigilantes morales prestos a señalar y vilipendiar a quien ose contravenir el pensamiento que ellos han dictaminado como el único, el real y moralmente válido. En pocas palabras: libertad sí, pero la que yo te diga.

Vayamos a lo concreto. Les voy a adelantar trabajo a los adalides de la nueva moralidad, que estoy viendo que son tantas las áreas que deben acometer, que no van a dar abasto: en lugar de decir “me pone negro cada vez que llega tarde y tengo que esperarle”, hay que decir “mi aspecto físico se torna cambiante cada vez que llega tarde…”. En lugar de decir “hija, se nota que has estado en la playa, qué negra estás“, hay que decir “hija, se nota que has estado en la playa, la melanina de tu epidermis está realmente potenciada”.  No se puede afirmar “siempre lo ves todo negro, no seas pesimista”, hay que decir “siempre tiendes a situar tus miras en el entorno de lo negativo, no seas pesimista”. No diga usted “tengo la negra, no solo se retrasa el avión sino que me pierden la maleta”; diga “mi mala suerte experimenta una tendencia alcista, no solo se retrasa el avión sino que me pierden la maleta”. Ya no cobrará nadie en negro: será dinero no declarado fiscalmente. Ah, y el tablero de ajedrez ya no albergará blancas y negras: mejor azules y naranjas, como en el Pasapalabra.

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Los Conguitos son racistas Conguitos responde a la polémica que acusa a la marca de racista. Los cosméticos que unifican el tono de la piel para aclararla son racistas L’Oréal retirará palabras como “blanco” y “claro” de sus productos

Ya todo el mundo a estas alturas sabe que HBO puso la diana en Lo que el viento se llevó, que está en su parrilla de programación, por las protestas sobre su contenido racista. Mucho se ha comentado ya al respecto. Los defensores de la moral racial y de la corrección política tienen trabajo a espuertas si pretenden revisar y censurar toda producción cinematográfica, pictórica, literaria, etc. hecha en y para occidente desde los tiempos prehistóricos hasta hoy. Porque sí, amigos, todos los males mundiales viven a este lado del planeta: el capitalismo, el patriarcado bla, bla, tienen la culpa de todo lo que nos pase.

Pero volvamos a lo concreto, que me voy por los cerros de Úbeda (y que no se enfaden los oriundos de otros hermosos lugares que también tienen cerros). Todo el mundo sabe, cambiando de asunto, que las voces humanas son distintivas de cada persona, que ninguna voz es igual a otra y que, por la voz, se puede saber el color de la piel, el país de origen, qué ha desayunado la persona dueña de esa voz y si vota por un partido u otro. Ah, que no. Que estas últimas cosas no están determinadas por  la voz, ¿dicen ustedes? No es lo que parece al leer cosas como esta: Los personajes de los Simpson serán doblados por actores de su misma raza. Me pregunto de dónde hay que ser para doblar a unos personajes que son casi todos amarillos… Quieren visibilizar la diversidad racial con medidas así y, a mi modesto entender, están acentuando las diferencias. Si estamos de acuerdo en que todos los seres humanos somos iguales y que no importa el color de la piel ni dónde hemos nacido, etcétera, no entiendo ese interés en que el actor que doble a un hindú tenga que ser de esa procedencia. Quizá se esté rechazando así, no lo sé, a magníficos actores que no dan el perfil porque, fíjate tú, han tenido la mala suerte de no haber nacido de un determinado vientre (como si eso se pudiese elegir, igual que poner en el currículum francés hablado y escrito nivel alto). Otro cuestión es cuando en las audiciones para una película hay un papel para un personaje, pongamos, de origen africano (porque es vital para el guion y para entender la historia), y los actores que no son de origen africano no se presentan para ese papel, por razones obvias. Y todo el mundo lo entiende. Pero me temo que ya no veremos pelis de mafiosos, de narcos mexicanos, sobre esclavitud, sobre la antigua Roma (pérfidos, con las atrocidades que hacían), sobre cualquier hecho histórico susceptible de escocer a esta gente de piel fina.

Y de una serie mítica a otra: La creadora de “Friends” pide perdón por la falta de diversidad racial en la serie. Resulta que Monica y Ross Geller son judíos, este último tuvo una novia asiática y otra negra (por iniciativa del actor que daba vida a Ross, según leí). Joey venía de una familia numerosa de orígenes italianos, el padre de Chandler era transexual. La exmujer de Ross es lesbiana y con pareja. Todos los estereotipos están tratados desde el respeto y en pro del humor. Para ser una serie de los noventa, yo creo que de diversidad estaba bien surtida. Cosas de casa (Family matters, en inglés) es de esa época y no hay un solo personaje blanco, caray, qué desfachatez. Como todo el mundo sabe, las series de ¡ficción! deben reflejar fielmente la realidad. Por eso los chicos de Friends son atractivos treintañeros sin demasiados problemas económicos, con piso en el centro de Manhattan, pasan el día tomando café en el Central Perk o piscolabis en el piso de Monica, o jugando al billar en casa de Joey y Chandler. La pura realidad, vamos. Igual que nuestras series: todo el mundo ha ido a un instituto igualito al de Al salir de clase o Compañeros. ¡Venga ya!

Basta ya de poner en tela de juicio lo que ha ocurrido en el pasado. Basta ya de censurar las obras y a sus autores, de buscar discriminación donde no la hay. Dejen de mirar con lupa lo que ocurrió hace siglos con la mentalidad actual, y no nos hagan pedir perdón por lo que hicieron antepasados y gobernantes que llevan siglos criando malvas.  Dejen de inmiscuirse, de agobiar, de estrujar las creaciones de otros; de retorcer el lenguaje y querer evitar que llamemos a las cosas por su nombre. Cultiven más el sentido del humor, la caricatura libre y sin miedo pero con respeto. Dejen tranquila la libertad que tanto nombran y tanto constriñen. 

 

El aula en casa

El curso escolar más extraño de nuestras vidas está a punto de terminar, y aún no sabemos de qué manera será el siguiente. No voy a comentar nada, no sea que vuelva el “donde dije digo, digo Diego”, tónica general de cualquier ministerio que se precie. Cuando sepamos realmente las ratios, la obligatoriedad o no de llevar mascarilla, y qué es eso de grupos convivientes en el aula, igual, no lo sé, me dará por opinar algo, aunque no sirva de nada.

Lo que quiero en realidad con esta entrada es romper una lanza en favor de un colectivo generalmente infravalorado e incluso vilipendiado, más aún si cabe en el reciente confinamiento y cuarentena de la era covid-19: los docentes.

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De respeto, educación y normas

Algunas personas estaban mejor confinadas y no esparciendo su mala educación en las horas establecidas, las no establecidas y las inventadas. Para lo poco que salgo, cuántas maldades veo.

Todo empezó el 26 de abril, primer día en que los niños podían salir a pasear con un progenitor, una hora al día, no más de un kilómetro desde su domicilio, y entre las 12 y las 19 horas. Abro la ventana y veo la plaza de abajo llena de gente, con padres haciendo corrillos, sin guardar distancia, mientras sus niños juegan con los del vecino compartiendo balón y quizá algo más. Paseando, no muchos. Los días sucesivos la historia se repite, aunque poco a poco va tomándose conciencia del uso de la mascarilla y la distancia preceptiva. En este tiempo me he encontrado casualmente en la calle y en dos días diferentes con dos conocidas, sin mascarilla ambas, y les hablé de lejos, no las besé ni toqué. Noté extrañeza en su mirada pero, qué quieren que les diga, me da igual.

Continuamente veo guantes y mascarillas tirados por la calle, amén de bolsas de basura apiladas junto a contenedores que deben de estar ahí de adorno, porque parece que cuesta mucho trabajo introducir los propios desechos por la abertura.

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Hay personas a las que, de repente, les da apurillo apartarse como si el prójimo fuese un apestado. ¡Y es que a lo mejor el otro sí es un “apestado”!Que vaya alguien por la acera y le rebasen viandantes sin mascarilla, ciclistas o corredores que no se apartan lo más mínimo para evitar riesgos de contagio, sin inmutarse ni pedir disculpas, me hace pensar que, una de dos, o son unos desconsiderados, o son considerados de más porque no quieren que los tachen de misántropos. En cualquier caso, mal.

Mal no, peor, es manifestarse por el motivo que sea abarrotando calles y favoreciendo que los hospitales vuelvan a desbordarse. Si el motivo es ensalzar a un asesino, entonces la temeridad, además de sanitaria, es de índole moral. Pero ahí ya no entro.

O la gente tiene una grave falta de comprensión lectora, o reinterpreta las normas según su conveniencia. Sabemos que leer el BOE es mortalmente aburrido, pero es que ni siquiera hay que pasar ese trance: cualquier noticiero, periódico, página web o incluso influencer nos puede poner al día de manera más concisa y clara. Si luego ya “adaptamos” la norma, así nos va. Niños a las 9 de la noche por la calle, octogenarios a las ocho, adolescentes en grupo sin distancia ni mascarilla, terrazas atestadas que no cumplen la normativa.

A nadie le gusta estar privado de tantas libertades como teníamos antes de esta pandemia. Pero no hay que olvidar que mi libertad acaba donde coarto la del otro. Listillos podemos ser todos, pero es mejor ser listos, no listillos, para que toda esta pesadilla acabe, para que no haya más contagios, para dejar que el personal sanitario se recupere física y mentalmente, para que puedan seguir abiertos los comercios y no nos vuelvan a confinar. Nunca antes la solidaridad, el buen comportamiento y la empatía habían sido tan importantes. Y de todo eso, algunos están muy faltos.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora “podemos” llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, están sobrellevándolo muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a “hacer recados”.

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que estoy saltándome el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Reinos de balcón

Como pequeños reinos de taifas, países del mundo entero se han desintegrado en estados-balcón. No voy a escribir sobre la pandemia, los contagios, las medidas de seguridad, los hospitales o el permanente estado de alarma; de todo estoy vamos sobrados con solo encender la tele, aparato que apenas enciendo desde hace semanas si no es para ver una película o algún programa de entretenimiento. Voy a hablar en clave personal de sensaciones, sentimientos, angustias, alegrías y toboganes emocionales. De esto último también andamos sobrados todos, solo hay que pararse un momento y atender.

He descubierto que, las poquísimas veces que piso la calle (para comprar el pan o tirar la basura), el corto trayecto que recorro y lo que veo a mi alrededor (bloques de casas y un parque vacío) ahora me parecen más grandes, como si yo hubiese encogido y los edificios fuesen más altos. El silencio que me rodea, lejos de tranquilizar, inquieta. Cuando, sentada en el sofá, surge ahí afuera una risa infantil proveniente de algún balcón o ventana, sonrío y doy gracias a la vida por los niños: por los míos y los de los demás. Intento no venirme abajo pensando en qué diferentes serán sus vidas -y las de todos- a partir de ahora; ya lo están siendo, pero el futuro no pinta mucho mejor. Sonrío al darme cuenta de lo fuertes que están demostrando ser. Aunque sigan con sus enfados y riñas y sus vengaaa, porfaaa, yo no he sidooo, nos están dando una lección de aguante y conformidad.

Extrañamente no se me hacen muy largos los días, ¿señal de que lo estoy llevando bien? Suelo encontrar fácilmente algo que hacer: ordenar un cajón alborotado o la sobrecargada despensa, limpiar los cristales (confieso que es algo que no hacía nada, pero nada a menudo), leer, ayudar a mi hijo con las tareas, contestar mensajes, escribir, darle a la bici estática (¡en buena hora la compramos!), recortar una huevera de cartón y convertirla en colorida flor… La de escribir es una actividad que me asalta constantemente. No en este blog, pero en mis perfiles estoy poniendo a diario alguna frase que me viene a la mente con todo esto, y la verdad es que desahoga bastante, afila mi sentido del humor y le quita pesadez a la incertidumbre.

Me da por pensar en épocas pasadas: las atrocidades que vivía la gente, ese no saber si despertarían con el nuevo amanecer. No éramos conscientes de nuestra finitud, pendientes como estábamos de lucir bien, comer sano, viajar mucho -y contarlo-, llegar a todo, ser esclavos del reloj. El mío de pulsera descansa desde el 13 de marzo en un estante.

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Cualquiera puede ser la siguiente víctima, porque un bicho malaje ha venido para democratizar y asemejar a ricos y pobres, anónimos y famosos. Si alguna cosa buena puedo sacar de todo esto es que nos va a cambiar la perspectiva, o debería hacerlo. Lo malo, me temo, es que se nos acabó esa manera tan nuestra de ser: los bares de bote en bote, los conciertos hombro con hombro sudando y cantando, las fiestas patronales, un único plato de bravas y ocho tenedores alrededor. Todo eso que alaban los anuncios de cerveza: la vida mediterránea, lo nuestro, la “marca España”. Pienso en los orientales con su “distancia social”, sus reverencias, su estatismo. Cómo nos va a cambiar la vida.

Faltan veinte minutos para las ocho. Los primeros días sentía como vergüencilla aplaudiendo al aire; los últimos días me apetece mucho que lleguen las ocho, porque oigo las palmas y siento que estamos unidos sin conocernos. Miro el bloque de enfrente y no sé quiénes son esas personas, pero siempre salimos las mismas. Cada vez aplaudimos con más fuerza, me duelen los brazos y se me ponen las manos rojas porque los aplausos están durando más y más cada día que pasa. Nos necesitamos. Y nos recompondremos, ya sea en mayo, junio o cuando quiera Dios.

 

A nuestros mayores

Enseñadores de la vida,

maestros siempre.

De acostarse tarde y no madrugar,

de pasarse con los dulces.

O de hacer pasteles, metiendo

las manos hasta el codo.

Y amasar, amasar la alegría

hasta convertirla en enorme bola

rebotona y con arrugas en las manos.

Manos que nos levantaron

al aprender a caminar. Manos

que nos acariciaron en consuelos

cotidianos.

Manos encallecidas, duras de sol y de tierra.

Algunas olían a lejía. Otras a limón o canela.

Las de ahora huelen a enfermedad canalla

y no tienen otras manos conocidas que agarrar.

Tan solo -y no es poco- las de ángeles de la guarda

sin alas pero con bata blanca, verde, azul clara.

Con mascarillas ocultando mil sonrisas que cuestan

y que, al mismo tiempo, no cuestan nada.

Si a alguien debemos ser quienes somos,

esos son ellos: nuestros abuelos.

No merecen la cuneta de una cama de hospital.

Rezaremos por todos vosotros.

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De China para el mundo

Todos teníamos muchos planes para este fin de semana, y un bicho asqueroso de rapidísimo contagio nos los ha desbaratado. Hemos pasado en poco tiempo de la incredulidad y la negación, al miedo o la tristeza, al enfado y la rabia, a la aceptación y, finalmente, la resignación. En menos de una semana se han dejado atrás las reivindicaciones por el 8M, que ocupaban desde hacía días todos los informativos, y hemos asistido al goteo constante y machacón de noticias en torno al COVID-19.

Antes de la reclusión voluntaria en casa, pude oír opiniones de todos los tipos. Gente alarmista había, pero también personas que le quitaban importancia y no estaban tomando ninguna precaución y confesaban no estar siguiendo todas las noticias porque se agobiaban más y se estaban saturando de tanto martilleo catastrofista. Reconozco que, hace unas semanas, vivía tranquilamente haciendo mis rutinas diarias (que eran muy “sencillicas” y de escasa vida social), pero el paso de los días nos tiene a todos así, haciendo alarde del #YoMeQuedoEnCasa, haciendo acopio de víveres en la medida en que la locura colectiva nos lo permite y, quienes somos padres, haciendo acopio de toneladas de paciencia.

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Un poco de reflexión sobre todo esto del bombardeo de los medios y el tono apocalíptico en las redes sociales me ha hecho acordarme de la segunda Javierada, prevista para el domingo 14 de marzo, y suspendida por el mismo motivo por el que se llevan suspendiendo multitud de eventos con más o menos concentración de personas. Se pospone la segunda Javierada ante la expansión del coronavirus ¿Qué tenía que ser emprender un viaje a un país muy, muy lejos de tu casa, sin conocer apenas nada de ese destino exótico, sin saber el idioma, y sin los medios de transporte modernos? San Francisco Javier, patrón de Navarra, santo a quien se dedican las llamadas Javieradas, se pasó trece meses viajando entre 1541 y 1542 para llegar a Goa (India) a evangelizar habiendo partido de Lisboa en 1541. Voyages of St Francis Xavier

No somos conscientes del privilegio que supone poder estar conectados con cualquier persona a un clic de distancia. En otros siglos el correo -en papel- era el único medio de transmisión de noticias, y una carta podía tardar años en llegar a su destino. Se enfrentaban a enfermedades desconocidas, la mayoría mortales, y poquísimas personas tenían acceso a la educación o a fuentes fiables de información sobre las epidemias que les asolaban. La asepsia era una práctica desconocida en medicina, de ahí las innumerables muertes, evitables con los debidos conocimientos.

Puede resultar un fastidio estar oyendo a todas horas informativos con noticias a cada momento más pesimistas y poco esperanzadoras. Pero agradecidos deberíamos estar de que contamos con medios de difusión, de que cualquier noticia de cualquier punto del planeta nos va a llegar al momento.

Ahora más que nunca, somos ciudadanos del mundo. Olvidemos el terruño, sintámonos compatriotas de un lugar llamado Tierra. Quizá las terribles circunstancias que estamos viviendo sirvan para labrar un futuro mejor entre todos. No perdamos la esperanza ni la fe en la humanidad, que ya ha demostrado de qué es capaz en las figuras de médicos, científicos, enfermeros y personal sanitario en general. Ellos son nuestros ángeles de la guarda y, a pesar de las dificultades con las que se están encontrando, a pesar de ser ellos los más expuestos al contagio, siguen dándolo todo para intentar atender a todos los enfermos, los del coronavirus y los de otras patologías.

Nada más que añadir, no voy a repetir lo que ya sabemos todos porque ya lo oímos en la tele, la radio, lo leemos en prensa, internet, etc. Solo me queda desearles precaución, paciencia, cordura y salud para quien ya esté contagiado. Quien crea, que rece mucho. Quien no, que cruce los dedos para que esto se vaya frenando más pronto que tarde. No olvidaremos en mucho tiempo lo vulnerables que somos y lo poco que, a veces, apreciamos lo que tenemos.

8 de marzo

No saldré a las calles hoy a corear lemas vestida de morado.

  • No me siento parte de unas marchas de tono político monocromo que se arrogan la bandera de un mal entendido feminismo, o blanden una doble vara de medir dependiendo de si la insultada o la parodiada es de izquierdas, a la que hay que defender, o de derechas, y entonces nos callamos todas y miramos para otro lado (casos ha habido unos cuantos).
  • No necesito que, para sentirme incluida, destrocen nuestro idioma con atrocidades como portavoza, miembra, Consejo de Ministras, todes, todxs, etc., ni desdoblamientos innecesarios: chicos y chicas, españoles y españolas, seguros y seguras, contentos y contentas.

No creo en los favoritismos por ser mujer (ni por ser hombre, claro está).

  • Ya hablé en otra entrada (Oferta en la uni) de cómo el gobierno quería ofrecer gratis a las mujeres el primer curso de carreras científicas para fomentar estos estudios, minoritarios entre las chicas. En la Ley Foral 17/2019 de 4 de abril de igualdad entre mujeres y hombres, hablando también de educación universitaria e investigación, se dice: “En las convocatorias de ayudas y subvenciones a proyectos de investigación, se podrán valorar y priorizar los proyectos liderados por mujeres y los presentados por equipos de investigación que tengan una composición equilibrada de mujeres y hombres […]”. Ser directora de cine va a salir más rentable que ser director: Cultura reservará un 35% de las ayudas al cine a películas dirigidas por mujeres. Menos mal que queda gente cabal en la farándula: Candela Peña, sobre las ayudas a mujeres en el cine

No creo en la criminalización del hombre.

  • Ciertos discursos feministas colocan a todo ser masculino en el mismo saco de inmundicia y machismo patriarcal. Hay hombres maravillosos y hay auténticos cabronazos, con perdón, y lo mismo pasa con las mujeres. Como reza un texto que circula por mensajería: “A los hombres también les duele cuando matan, violan, acosan o lastiman a una mujer; esta lucha no es de mujeres contra hombres, es de gente buena contra gente mala”.
  • Hombres y mujeres, en conjunto, han ido construyendo el mundo como lo conocemos hoy, cada cual con sus propios sacrificios y miserias. Los hombres como fuerza protectora de la familia, como proveedores del sustento en fatigosos trabajos, como luchadores en las guerras -el servicio militar obligatorio, ya extinto, era solo para hombres; las mujeres como madres, gobernadoras y ecónomas del hogar, como la parte emocional del binomio.
  • La salida de la mujer de puertas para afuera, a la conquista del mercado laboral, trajo cambios positivos. La persecución de la igualdad real y efectiva es lo que interesa, no la lucha entre sexos ni el buscar culpables o dar prioridad, prebendas y privilegios a las mujeres para reparar todo el daño sufrido en el pasado.

Creo en los méritos y el esfuerzo con independencia de la condición de hombre o mujer.

  • Reivindico la igualdad de salarios, la corresponsabilidad en el hogar y la crianza de los hijos. Necesitamos horarios flexibles para todos, permisos de paternidad y maternidad más prolongados (en otros países nos sacan tremenda ventaja). Los empresarios tienen que poner de su parte para favorecer la conciliación y, en consecuencia, la natalidad. Creo que hombres y mujeres somos iguales en lo esencial pero también diferentes, y esa diferencia, que no puede negarse, nos complementa y nos hace mutuamente necesarios para construir la sociedad.

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No entiendo ni papa de la ley Montero, la del “solo sí es sí”.

  • Creo que ni la misma ministra la entiende del todo, tal como intenta explicarse en televisión. No me la he leído ni soy jurista pero, según ha informado la prensa, “se entenderá que no existe consentimiento cuando la víctima no haya manifestado libremente por actos exteriores concluyentes e inequívocos, conforme a las circunstancias concurrentes, su voluntad expresa de participar en el acto”. ¿Vamos a tener que grabar los encuentros sexuales? ¿O llevarnos un testigo que acredite que ha habido consentimiento? ¿Vale retractarse, o sea, vale decir olvídate del consentimiento de antes, que ahora ya no me apetece? ¿Qué son las circunstancias concurrentes? ¿Van a escuchar la versión del presunto agresor/violador o se van a limitar a preguntar a la mujer si hubo consentimiento expreso? ¿Está a salvo la presunción de inocencia?
  • El Gobierno da luz verde al anteproyecto de ley de libertad sexual que lleva el ‘solo sí es sí’ al Código Penal.
  • Si alguien quiere profundizar, le recomiendo este artículo: La garantía de la libertad sexual y el ‘pensamiento jurídico’ de Podemos

No entiendo tampoco qué de heroico tiene el lema que promueve el Ministerio de Igualdad para gritarlo a pleno pulmón hoy, 8-M. “Sola y borracha quiero llegar a casa”.

  • Menudo nivel el del Ministerio: similar al de un graderío de fútbol o al de una rave preuniversitaria. El sentido común dicta a cualquiera que, si se ha bebido de más, lo razonable es ir acompañado, y a ser posible evitando zonas oscuras y poco transitadas. Está claro que lo que se intenta transmitir con este desafortunado lema es que las mujeres queremos sentirnos seguras por la calle, sea la hora que sea, sobrias o no, sin temor a que un desaprensivo -o más de uno- nos agreda sexualmente. Pero hay otras formas de decirlo, eso también. No olvidemos, por otra parte, que, de noche y a ciertas horas, nadie está totalmente a salvo, seas mujer o no.

No quiero que cuestionen mi feminidad.

  • Hay muchas maneras de ser mujer, todas respetables. Pero parece que suspirar por un amor romántico, sentirse deseada al vestir un traje espectacular, o querer recibir un piropo amable son actitudes censurables. Nos quieren homogeneizar e incluso masculinizar. Hasta quieren que vuelva la censura: ¿anuncios publicitarios donde se exhibe el cuerpo femenino? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Propongo entonces que dejen de salir tíos musculados nadando en aguas bravas en ciertos anuncios de perfume. Ah, no, que ahí sí está justificado un torso desnudo porque es de hombre.

La igualdad entre mujeres y hombres es un objetivo loable y muy necesario. Pero la demagogia que reina en muchos sectores del actual feminismo no tiene cabida en mis ideales. Si es igualdad, no puede primarse a un sexo sobre el otro, no puede haber favoritismos, no cabe denostar al sexo masculino. Tampoco se puede dar por sentado que todas las mujeres pensamos igual por el hecho de serlo. Para muestra, un botón. Lo triste es que a quienes pensamos distinto ya se nos empieza a tachar de antifeministas.