Política infantil

El Gobierno debe de tener mucho tiempo libre a pesar del problema de los ERTE, la gestión de la pandemia, la inmigración, la erupción del Cumbre Vieja, los macrobotellones, la movida de Cataluña o la crisis en general. Tiene tanto tiempo libre que ha creado un órgano para el politiqueo cuyos miembros serán niños y adolescentes, por aquello de perpetuar la especie homo politicus vitalicius: dícese del espécimen que desde la más temprana infancia dedica su vida a vivir del cuento y del dinero de los ciudadanos hasta que puede vivir del dinero de las eléctricas o de tertuliano en la Sexta.

https://www.europapress.es/epsocial/infancia/noticia-gobierno-crea-consejo-estatal-participacion-infancia-estara-formado-34-menores-17-anos-20210927123512.html

Esto de que los chiquillos jueguen a cosas de mayores siempre me ha dado grima. Esos concursos de cantar o de cocinar en los que los críos hablan y se comportan como adultos en miniatura me dan como repelús, por muy bien que canten y cocinen, que no digo yo que no lo hagan. Ya me imagino a esos padres orgullosos diciendo en el trabajo que su niño tiene hoy reunión por videoconferencia con el Consejo (el compañero de curro agachará la cabeza porque sus hijos solamente van a baloncesto y a kárate); lo vestirán de Bebé Jefazo o de Angelita Merkel, y sonreirán porque su hijo o hija está dando su tiempo y sus grandes ideas por su país. Todo muy orwelliano; se me ponen los pelos de punta.

El Gobierno se ha curado en salud y la elección de los miembros correrá a cargo de otros menores de colectivos o asociaciones locales o estatales. Vamos, que no vayamos a pensar que los van a poner en el Consejo a dedo o por ser hijos, sobrinos o nietos de. Ni se nos ocurra creer tampoco que los vayan a llevar a su terreno ideológico o que las reuniones vayan a ser guiadas o guionizadas, qué va. No hay que ser malpensados, el Gobierno solo quiere dar voz a las generaciones futuras. Porque es más fácil sacar una partida presupuestaria para crear otro chiringuito cuqui y progresista que enviar al político de turno a entrevistarse con asistentes sociales, docentes, psicólogos infantiles, pedagogos, terapeutas, pediatras o agentes de inmigración para palpar los verdaderos problemas y quebraderos de cabeza de la infancia y la adolescencia. Hacer eso requiere del político de turno una cosa poco común en su especie: trabajar. Pero trabajar de verdad, codo con codo con los miembros de la sociedad, no desde el despacho. Igual que cierta ministra de Educación, que sacó su ley educativa sin pisar un aula, por ejemplo. Es mejor que el trabajo lo hagan los niños, que además no cobran.

Señores políticos: dejen a los niños vivir su infancia y a los adolescentes su adolescencia. Preocúpense más de dotarlos de un sistema educativo firme y sólido, de buenas perspectivas laborales, de inversión en ciencia y tecnología. Preocúpense por sus padres y tutores legales, para que no tengan dificultades en sacarlos adelante.

Y hagan su trabajo, que para eso les pagamos.

Nos vamos de “cerdintxo”

Hace unos años unos hosteleros instauraron en Pamplona el llamado “juevintxo“: ofertas especiales los jueves para ir de pintxos. Pero ya hace mucho, y últimamente con más motivo, que el nombre deberían cambiarlo por “cerdintxo“.

No pasa semana sin que los vecinos del Casco Antiguo, que son quienes más sufren esto, contemplen impotentes cómo se quedan sus calles tras una tarde-noche de juevintxo. Sumémosle la del viernes y la del sábado, y añadamos al ocio de ir de bares el bebercio callejero: el botellón, y ya tendremos el pack completo de ruido, voces y carcajadas, vasos alfombrando el suelo, bebidas derramadas que hacen que se peguen las suelas y, a veces también, peleas callejeras, broncas, música en móviles con altavoces, etc.

Podemos entender la efervescencia juvenil, las ganas de pasarlo bien, la necesidad de salir con los amigos, de echarse unas cervezas. Pero no logro entender que todo esto tenga que llevar aparejada la suciedad inmunda que acaba llenando esta parte de la ciudad mayoritariamente. Llevar tres copas de más no debería ser excusa. Parece que la pandemia y sus restricciones han hecho que tanto aguantar y acatar haya acabado explosionando en forma de libertinaje y diversión mal entendida. No solo se trata de suciedad, claro, sino de las molestias que ocasionan a quienes quieren descansar, que también están en su derecho.

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Lo sé, es el cuento de nunca acabar. Algunos dicen que ya se sabe lo que conlleva vivir en la parte vieja. Otros, que todo el mundo tiene derecho a pasarlo bien, que qué se le va a hacer. Otros echan la culpa a los hosteleros, o a que han quitado el toque de queda. Los más afortunados tendrán una segunda vivienda a la que huir a partir del jueves, o habrán invertido dinero en insonorizar su casa. Muchos, por desgracia, acaban mudándose, dejando la parte más bonita de Pamplona cada vez más desierta.

No me imagino qué clase de educación recibirán algunos en su casa: como ya están los de la limpieza del ayuntamiento para eso, pues qué más da, ya limpiarán ellos. Si en el fondo es para que no se queden sin trabajo…

En fin, sé que hay temas más trascendentes, pero veo las imágenes de Barcelona -las últimas de las fiestas de Sants y del barrio de Gracia-, veo Pamplona, o las “no fiestas” de tantos lugares de España, y me entran ganas de agarrar a esos cerdos con dos piernas por las orejas o algún sitio peor, darles un cesto, una escoba y unos guantes (o sin guantes, qué leches) y mandarlos de una patada en el culo a dejar la ciudad como los chorros del oro. ¿Me sale la vena madre? Pues sí, pero ya llegarán a mis años, ya. Que yo a los suyos no era ninguna cerda.

Cuando sea, serán.

Hace hoy dos años de los últimos Sanfermines “normales” y parece que han pasado diez. El 6 de julio de 2020 el ayuntamiento de Pamplona desplegó un pañuelo gigante en la fachada de la Casa Consistorial, con la intención de quitarnos un poco la morriña. “Los viviremos”, en español, euskera, francés e inglés, decía el pañuelo. #Sanfermines2021 era lo que se leía a continuación. Bien, pues aquí estamos ya, el 6 de julio de 2021, y seguimos sin chupinazo, sin fiestas, sin encierros ni gigantes. Mucha gente no se resigna, y está hoy almorzando con la cuadrilla desde bien temprano. He visto esta mañana a algunos vestidos de blanco con la faja roja y el pañuelico anudado en la muñeca. Hacen bien mientras respeten las medidas de seguridad, que ya estamos a tope de contagios por el brote de Salou (otra de las merindades navarras). A mí, la verdad, no me sale. Tener una comida deliciosa delante de la nariz, olerla, salivar y no poder probarla es como querer celebrar unas fiestas que sabemos que no pueden tener lugar. Una alegría un tanto impostada, un quiero y no puedo. Pero allá cada uno mientras sus decisiones no traigan consecuencias que haya que lamentar.

Prefiero echar la vista atrás y pensar en todo lo maravilloso que he vivido los julios pasados del 6 al 14, pensar que ha de volver todo aquello, y cuando lo haga lo valoraremos más si cabe. He visto hoy que el Ayuntamiento tiene en una página (www.losviviremos.es) y en redes sociales una serie de vídeos muy emotivos protagonizados por diversas personas amantes de los Sanfermines. ¿Qué son los Sanfermines?, dice el vídeo que encabeza la campaña https://www.instagram.com/p/CQ-xM0iLpz9/?utm_source=ig_web_copy_link

San Fermín ya empieza a asomar el 5 de julio con los nervios y el hormigueo de sabernos en puertas de una explosión vibrante; es alegría que desborda bajo el sol del verano -o el cierzo, según le dé al tiempo en Pamplona. Es vivir sin horarios salvo alguna excepción: las 12 el cohete, las 8 el encierro, las 11 los fuegos, las 10 la procesión. Es dormir de día y darlo todo de noche, pero también es levantarse con legañas y resaca y aguantar el tipo en los gigantes, en el vermú, con la cuadrilla, con los suegros, en la sobremesa, con un cubata a las 6 de la tarde, con más cafés de la cuenta y bastante alcohol regando el hígado. Es poner la lavadora con la vana ilusión de que esas manchas que no sabes cómo han llegado ahí se vayan. Es gentío, compadreo, universalidad. Que te pregunte un guiri si eres de aquí, de Pamplona, y al decirle que sí te conteste ¡qué suerte! Es rito, un rezo al cielo periódico en mano bajo la hornacina; sentir el aliento de un bicho de media tonelada que patea las mismas calles por las que hace unas horas se desparramaba la fiesta.

Es que nos retumbe el pecho al ritmo de bombos y platillos, jalear a la Pamplonesa (¡esa, esa, esa…!), ziriquear a Caravinagre y echar a correr. Es sentir el aire que levantan las faldas de Toko Toko al girar y girar y girar. Es llorar al escuchar una jota a San Fermín, para reír diez minutos después abrazado a alguien conocido al que te acabas de encontrar en medio de la marabunta, porque Pamplona, también en San Fermín, es un pañuelo.

Es la fiesta en mayúsculas, donde cada uno encuentra su hueco: todas las edades, todas las condiciones, todas las confesiones, tendencias, gustos y preferencias. Muy probablemente la única cosa que une a todos los navarros (quizá pueda sumársele el cariño por Osasuna). Una ciudad de provincias con fama de anodina y santurrona que se transforma cual oruga en mariposa para abrazar a decenas de nacionalidades. Pamplona en Sanfermines lucha desde hace tiempo con ahínco por quitarse de encima estereotipos de borracheras, violencia sexual y callejera y descontrol al borde de la ley, imágenes poco o nada representativas de una fiestas que son mucho, muchísimo más.

Ahora mismo, y desde hace dos años, es una ciudad que espera como un niño espera a los Reyes Magos aunque sea aún febrero: con impaciencia pero con ilusión. Mientras tanto, haya que aguantar otro año más o más de un año, vivamos con el recuerdo de los Sanfermines pasados y la mirada puesta en el futuro, tarde lo que tarde.

“Pequeñerías”

Una entrevista al cantante Dani Martín en su visita a El Hormiguero, a propósito de su últimos disco y gira, propicia la entrada que van a leer a continuación. Les dejo el enlace: https://www.antena3.com/programas/el-hormiguero/entrevista/entrevista-completa-dani-martin_20210429608b18d6e56957000125cb51.html

Gran parte del tiempo Dani Martín explica a Pablo Motos la historia que hay detrás de la canción Cómo me gustaría contarte, dedicada a su hermana Míriam, fallecida hace doce años https://www.youtube.com/watch?v=DgTSVNMBc3I. Dani ha escrito una letra hermosa y cotidiana, desde un dolor superado que aflora en forma de sonrisa, la sonrisa que suscitan los buenos recuerdos y que se nubla un poquillo por los ojos empañados. “Hay que vivir de los presentes”, dice en un momento del programa. A él se le pegaban siempre las sábanas, y su hermana, que le acercaba al sitio al que tuviera que ir, le decía desde el rellano “a las 9 me piro”. Esta frase aparece en la canción, como ejemplo de un pasado de días normales y corrientes en los que su hermana estaba. Al cantante le gustaría poder contar a su hermana cómo están sus padres, dónde viven ahora, cómo les va todo: “Cómo me gustaría robarte / del sitio al que te fuiste”. Es una canción verdaderamente preciosa.

A veces vamos buscando llenar nuestras vidas de grandes experiencias: viajes increíbles, conciertos en primera fila, restaurantes con estrella Michelín o intensas tardes en parques de atracciones. Nos atrae lo que se sale de la rutina, de esa monotonía de jingle publicitario donde no tienen cabida las sorpresas; de esa peli Atrapado en el tiempo en que a veces convertimos nuestro día a día. Somos unos ciegos que no reparamos en los “presentes” de los que habla Dani Martín. Curioso que ‘presente’ sea el tiempo actual y también un regalo. Cuánto nos cuesta aprender eso: que la vida es un regalo.

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No sé qué recordaré de la gente que quiero dentro de unos cuantos años cuando eche la vista atrás. Hoy, que aún no tengo canas -pero alguna quiere asomar ya-, hago el ejercicio de revivir “presentes”, “pequeñerías“, de recordar otros “a las 9 me piro”. Los despertares remolones un domingo cualquiera con el amor de mi vida, con nuestros niños trepando por la cama, dándonos besos y abrazos y los buenos días. Los bailes y las risas con mi hermana cantando como locas alguna de Bon Jovi o de los Backstreet Boys en el salón de casa de nuestros padres, o actuando como en los episodios de Friends. Los gritos de alegría con mis padres en cada gol cantado en las gradas de El Sadar. Mi abuelo revolviendo las brasas en el hogar de la casa del pueblo antes de poner la parrilla con la carne, o contando penurias de su juventud acabando siempre con la frase “qué sabréis lo que hemos pasado”. Mi abuela en bata o delantal, sin los dientes puestos y recién levantada poniéndonos el desayuno a mi hermana y a mí cuando nos quedábamos a dormir en su casa. O la hermana de mi abuela y su particular manera de jugar a cartas, con el antebrazo apoyado en la mesa y silbando entre turno y turno.

Los “hija mía” y “princesa” de mis bisabuelas; los largos viajes a Málaga por carretera para ver a mi prima, quemando el radiocasete de la Renault Express, sin cinturones atrás y saliendo de Pamplona de madrugada. Las risas que nos echamos en uno de esos viajes en un bar de carretera, de donde salió para quedarse la frase “son de paso”. La camarera nos atendió un poco “regulín” y le escuchamos decir a una compañera lo de “son de paso”. Mi madre escondió en el bolso un cenicero de barro (que a saber dónde acabó con los años), y nos fuimos de allí muertos de risa para continuar el viaje. La frasecilla nos saca aún sonrisas a los cuatro, recuerdo de los años de nuestra niñez y adolescencia, ¿verdad, tata?

Aquella camarera dio en el clavo: éramos de paso, sí, meros transeúntes de camino al sur. Nunca hemos vuelto a ese bar; ella ya sabía que con clientes así no merecía la pena esmerarse en la atención. Con su actitud mi familia y yo nos llevamos una anécdota divertida, así que gracias, estés donde estés, no te lo reprochamos porque todos tenemos un mal día. En el viaje de la vida todos somos/estamos de paso, y de nosotros depende dejar huella.

Hay que vivir de los presentes,

que serán pasados

en un futuro.

Superliga, o sea.

Pobrecitos de nosotros, qué mal nos va que estamos pringando pasta y con el estadio en obras y sin pagar. Ya no vendemos tantas camisetas desde que se nos fue CR7. Hay más gente viendo La isla de las tentaciones que las galopadas de mi querido Vinicius. La juventud prefiere el Twitch o el Tik Tok antes que tragarse 90 minutos con el añadido, las pausas de revisión del VAR y la de hidratación si hace calor. La reforma que promete la UEFA para 2024 nos va a pillar ya muertos, RIP. Menos mal que yo, tito Floren, tengo la solución. ¿Por qué me tengo que tragar un Levante-Real Madrid que aburre a las ovejas? Me voy a juntar con mis coleguillas millonetis de la élite balompédica y nuestros laureados clubes jugarán una Superliga que sí va a interesar a todo el mundo y va a dejar mucha pasta en las arcas blancas. Las ligas nacionales, si eso, para los pobretones. Y no nos salimos de la española por solidaridad y porque somos muy majos, que a ver qué va a hacer el populacho sin ver los pocos partidos decentes que les proporcionamos Madrid, Atlético y Barcelona.

Claro, Floren, claro. Si tienes razón. A un señor de Pozuelo o a una chica de Castrourdiales les vuelven locos el Manchester United o el Milan. Se saben la historia de todos esos clubes europeos que deslumbran con su fútbol, conocen sus plantillas, han pisado las gradas de los grandes estadios, los templos del fútbol con mayúsculas. La Champions League se os ha quedado pequeña, porque a veces la juegan equipillos del montón, y hasta que no llegan los cuartos o las semis no empieza lo bueno. En el fondo lo vuestro es magnanimidad y amor al prójimo. https://www.eurosport.es/futbol/superliga-europea-formato-funcionamiento-clubes-que-es_sto8279560/story.shtml

Lo dices tú, textualmente: «Una vez que tenemos el dinero, lo repartimos porque el fútbol funciona con solidaridad». Pues nada, el cheque ya nos lo mandas cuando quieras, a la atención de Luis Sabalza, que nosotros también tenemos que pagar la reforma del estadio; la diferencia es que hay dinero para ello. «La situación es muy dramática. No es normal que la gran mayoría de clubes modestos ganen dinero y pierda dinero el Barcelona, por ejemplo. Eso no puede ser». Ah, no, no, no, eso no. Hasta ahí podíamos llegar. A lo mejor los clubes modestos que tú dices no se gastan lo que no tienen, cuentan con una masa social fiel que no da la espalda a la segunda derrota consecutiva (ni a la séptima), y gestionan mejor que un club grande su patrimonio. A lo mejor sus jugadores no tienen inconveniente en bajarse la ficha cuando vienen mal dadas. El amor a los colores y esas cosas.

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«Hoy en día muchos jóvenes dicen que los partidos se les hacen largos (…). El mundo cambia. O no tiene suficientemente interés el partido o hay que acortarlos. Yo hay muchos partidos que no los aguanto». Floren, el fútbol es de los aficionados, y de eso tú tienes poco o nada. Fútbol es ver partidos aburridos de tu equipo, soportar derrotas ignominiosas y aún así no renegar de tus colores. Fútbol es abrazar a un desconocido gritando gol con todas las cuerdas vocales en tensión. Es un pasado con un padre o un abuelo que nos empezó a contagiar el gusanillo cuando no levantábamos ni un metro del suelo. Es llorar de alegría porque os habéis salvado de bajar a los infiernos. Es celebrar un córner en el minuto 92 porque sabes que ahora o nunca. Es sentir como de tu familia a Oier, Torres, David García o Moncayola. Es pasear por la Estafeta y gritarles a unos pelos al viento ¡aúpa ahí, Aridane! Es dar colorido a una grada, pulirse los ahorros para apoyar al equipo en Gijón, Sevilla, Vigo o Burdeos. Es planificar el fin de semana en función de a qué hora juegan los tuyos. Fútbol es todo lo que no propugna esa Superliga que te has inventado. Es soñar con lo imposible a base de esfuerzo y mérito. Es dejar que cualquiera pruebe, si lo ha merecido, las mieles de enfrentarse a los poderosos. Fútbol es que exista el “Alcorconazo” (lo siento, Floren, sé que escuece). Agradezco desde aquí a Valencia y Osasuna, que juegan mañana (y a otros equipos que harán reivindicaciones parecidas), porque van a lucir camisetas con el lema ‘Earn it’ (ganátelo). Dos palabras que resumen lo que opinamos muchísimos aficionados.

Los que tenéis tanto poder, Floren, podíais invertir vuestros esfuerzos en hacer que los aficionados podamos volver a nuestros estadios. Que la pandemia existe y hay que hacer muchos sacrificios, sí, pero el fútbol se ve y se disfruta al aire libre, y con un poco de organización y de voluntad ya se podía haber intentado algo. Que hay actividades más de riesgo que estar en una grada con separación y todo eso. A lo mejor es que os ha venido bien que no podamos estar, no lo sé.

No sé qué pasará con tu invento de hermandad universitaria yanqui. Pero recuerda que los empollones, los rezagados, los del club de ciencias y el de ajedrez, los que estudian con beca y malviven en un apartamento de 40 metros cuadrados podemos unirnos y despacharos de la liga. Id a vuestra mansión a celebrar fiestas pijas y a beber ponche, que nosotros nos vamos al bar de la esquina a beber cerveza fría y a gritar los goles de nuestro equipo. Aunque pierda.

Una historia “covidiana”

Covidiano“. Acrónimo que me acabo de inventar a partir de cotidiano y covid.

Les voy a contar un caso real y reciente, aunque con nombres falsos para preservar la identidad de los protagonistas. En Pamplona, Iñaki regenta un bar junto a su mujer, Laura, y su hija, María. Algunos fines de semana, el hermano de Laura, José, les echa una mano trabajando en el bar. José está soltero y es el que atiende a sus padres y el que más está con ellos.

El viernes 12 de marzo, un cliente habitual del bar acudió como tantas otras veces y pidió que le dieran de almorzar. Iñaki decidió almorzar con él, pues se llevan bien, y María, la hija, atendió la mesa. En el bar también estaban Laura y José.

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El lunes 15, Laura e Iñaki supieron que habían dado positivo en coronavirus (ya tenían síntomas el día 14), y también su hija María. José, el hermano de Laura, empieza a tener síntomas el martes 16 y da positivo. Afortunadamente, no ha contagiado a sus padres. Pero sí ha contagiado a su otro hermano, Patxi, y su mujer, Lorena, y a su sobrina, Leire, que habían estado con José en la casa del pueblo el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero ese martes 16, Patxi y Lorena no saben aún que están contagiados. Patxi y Lorena se enteran el lunes de lo ocurrido con el almuerzo del día 12 y su cuñado Iñaki. Por si acaso, Lorena decide que ese lunes no irá a visitar a su madre, como suele hacer. Patxi y Lorena se encuentran bien, y su hija también. Patxi ha ido toda la semana a trabajar, y Leire al colegio.

El viernes 19, Lorena tiene fiebre, dolor de garganta y dolor de cabeza. El sábado 20 la prueba da positivo. El domingo se hacen la prueba Patxi y la pequeña Leire, los dos asintomáticos. Ambos se enteran de que son positivos el lunes 22. Lorena, Patxi y Leire habían estado con José el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero cuando José dio sus nombres el martes 16 al equipo de rastreadores, no consideraron necesario hacerles PCR porque no habían estado con José el lunes 15. Desde el 15 de marzo hasta el 19, Lorena ya tenía el virus. Pero no es hasta el día 20 cuando sale el positivo. Ese mismo día, por la noche, Iñaki se encontraba muy mal y no podía respirar bien. Para entonces ya sabían que el “amigo” del almuerzo había ido al bar siendo positivo en coronavirus, y sabiéndolo. Laura llamó a urgencias pero no le quisieron mandar una ambulancia al pueblo donde viven, cerca de Pamplona. Que no había ambulancia, le dijeron. Laura no tuvo otro remedio que coger el coche, de noche, y llevar a su marido, que no respiraba bien, a urgencias. Recordemos que ambos son positivos y en teoría no deben salir de casa. Pudieron haber lamentado ese trayecto para siempre si Iñaki se hubiera puesto peor mientras Laura conducía.

Decíamos que Leire ha estado yendo al colegio los días previos al positivo de sus padres y el suyo propio. Lorena, afortunadamente, no ha estado con personas vulnerables y no trabaja, así que sus contactos han sido mínimos. Lorena comunica al colegio el día 22 por la mañana que su hija ha dado positivo en la prueba del domingo 21. Los rastreadores comunican al colegio el lunes 22 por la noche que no es necesario confinar a la clase de esta niña porque han pasado más de 48 horas desde que estuvo en clase por última vez (la niña salió del colegio el jueves 18 y no había vuelto a ir desde ese día, ya que el 19 era festivo. El 19 fue cuando su madre empezó con síntomas).

Lorena, positivo en coronavirus y con síntomas, no tendrá que hacerse una segunda PCR después de los diez días de cuarentena, pero sí le harán seguimiento desde su centro de salud. Eso es lo que dice el protocolo en Navarra. El tipo que fue a almorzar el día 12 quizá se había saltado su cuarentena.  O quizá estaba en el décimo día y por eso se fue al bar, pero contagió. No sabemos los detalles de su historia. Pero les ha calzado el bicho a Iñaki (en la UCI, asmático), Laura, María, José. Patxi, Lorena y Leire.

Llevamos más de un año con la mierda esta, con perdón, de la pandemia. Todavía hay quien no se lo toma en serio. Quien es positivo y sale de casa. Quien se quita la mascarilla en cuanto pone sus posaderas en la silla de un bar y no se vuelve a cubrir la cara hasta que sale de ahí. Quien aún no sabe colocarse correctamente una puñetera mascarilla (es una mascarilla, no un mueble de Ikea). Quien se junta con quince en una casa a comer, beber y celebrar cualquier cosa, todos bien juntos y sin mascarilla. Quien se queja, y con razón, de las mil restricciones que nos imponen pero luego no pone nada de su parte para que estas vayan desapareciendo y nos vayan soltando cuerda.

Lorena es amiga mía. Leire va al colegio con mis hijos. Mi deseo es que ellas y todos sus familiares se recuperen bien de esta enfermedad diabólica. Y que historias como esta y con otros protagonistas y otros avatares nos den una lección a todos sobre lo que no hay que hacer.

Patatas neutras

La corrección política ha llegado al mundo juguetero. La marca Mr Potato, juguete de Hasbro, abandona tan masculino nombre para ser Potato Head, denominación que no incluye referencias al sexo. https://www.lavanguardia.com/cribeo/fast-news/20210226/6260149/hasbro-retira-mister-potato-conocemos-rebautizarlo-genero-neutro.html

Porque, como todo el mundo sabe, los niños (y las niñas, válgame el Señor), ven una patata con ojos y ya se identifican con ella. Y si se identifican con una patata con bigote, ¿dónde quedan los derechos de las criaturas de no identificarse con ese rol, vamoavé? ¿Y qué es eso de llamar míster a un tubérculo? Estábamos confundiendo a nuestros hijos, qué terrible. Ahora ya puedo dormir tranquila: la patata con ojos es de “género neutro”. Sí, entrecomillado. Porque el género lo tienen las palabras, y el frutero del barrio, de quien las abuelas dicen que tiene el género muy bueno.

Decía que puedo dormir tranquila, pero no. En Toy Story había una Señora Potato. ¿Y ahora, qué? La han dejado viuda a golpe de copyright. Más que viuda, la han dejado a dos velas y sin coyunda. Espero que en las cajas del nuevo Potato Head metan accesorios para armar una Señora Potato. ¿O eso tampoco? Imagino que si es sexista lo de Mr Potato, también lo será que entre las piezas haya labios rojos y carnosos, un sombrero con flores o unas orejas con pendientes. Entonces el juguete se nos quedaría muy limitado, prácticamente a unos ojos neutros, una nariz neutra, unas orejas neutras y una boca neutra. Los niños no son estúpidos, y por quitar el “Mr” del nombre no van a dejar de ver a un señor patata, de sexo masculino. Que haya señoras con bigote es la excepción, amigos.

Va, en serio: se les ha ido la pinza. Otra cosa es lo que lleva haciendo Mattel con su Barbie cada vez más inclusiva, decisión no exenta tampoco de polémica: https://www.nacion.com/viva/moda/barbie-inclusiva-conozca-a-las-munecas-con/6T2DNPTFUZHFDM6VAJR65D6O5M/story/ Si existiera una forma de meternos dentro del cerebro de un niño para saber realmente qué se le pasa por la cabeza cuando está jugando con Potato, con Barbie, con Playmobil, etcétera, quizá (y solo quizá) dejarían de ocurrir estas cosas. Si de verdad la industria juguetera quiere hacer algo útil y en beneficio de los niños, le propongo lo siguiente. En primer lugar, que deje de asociar el color rosa con las niñas. Recorrer el pasillo de muñecas de una juguetería es como meterse en la mansión de Barbie: rosa, rosa, rosa, fucsia, violeta, más rosa. Debería firmarse un acuerdo del gremio para que las cajas y etiquetas de todos los juguetes, independientemente de la marca o el fabricante, fuesen del mismo color, por ejemplo blanco. Y sobre el blanco podrían ponerse unas líneas de color, identificando cada uno con una franja de edad: 0-1 año, 1-2 años, 2-3 años, 3-6 años, 6-8 años, 9-12 años. Cero referencias al sexo. Y una guía por colores sobre lo que realmente importa: para qué edad es adecuado el juego o juguete. Nadie se ofendería (supongo) y la idea ayudaría muchísimo a padres, consumidores y comerciantes. Y como me siento generosa, ahí van dos materias del ámbito juguetero que todavía están por ser cambiadas en el aspecto identitario-sexual. En primer lugar, los disfraces. Si una niña o una mujer se quieren disfrazar de policía o bombero (por poner dos ejemplos), la niña verá en el envoltorio del disfraz la foto de un niño, nunca una niña, y la mujer adulta tiene dos opciones: comprar el disfraz “para chicos”, que le quedará grande muy probablemente, o comprar la versión “para ellas”: policía sexy, bombera sexy… Dejen de “sexificar” los disfraces, por favor. Y en segundo lugar: el futbolín. Ya están tardando en poner “chicas” en los futbolines, que el fútbol femenino es una realidad, y ese cambio sí sería útil y significativo, no como llamar Potato Head a Mr Potato. DEP.

La culpa es del guisante

¿Recuerdan el cuento de La princesa y el guisante? Para casar al príncipe, debían encontrar a una verdadera princesa a la que hicieron pasar una prueba sin ella saberlo: colocaron un guisante debajo de una decena de colchones. Al día siguiente, la candidata contó que no había descansado nada porque notaba algo molesto bajo el colchón. Ella era la nuera perfecta: delicada y de piel fina hasta para notar un mísero guisante a bastante distancia de su trasero.

Vivimos rodeados de princesas de piel fina que denuncian pequeñeces. La última, que Disney haya señalado tres clásicos suyos por contenidos racistas. Pueden leer el asunto aquí: https://www.huffingtonpost.es/entry/disney-bloquea-por-racismo-dumbo-peter-pan-y-los-aristogatos-para-menores-de-7-anos_es_600ea626c5b6fe97669e0eaa

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Para no alargarme mucho, me centraré en una de mis películas favoritas: Peter Pan. Resulta que se ridiculiza a los nativos americanos -nativos de Nunca Jamás, como todo el mundo sabe- llamándolos ‘pieles rojas’. A qué está esperando la tropa de censores para eliminar por siempre todos los wéstern de extensas praderas, indios (perdón, nativos americanos) emplumados que no saben hablar inglés, oh my God, salvajes cortacabelleras que montan a caballo “a pelo” y tienen una endiablada puntería con el arco y las flechas. Qué imagen denigrante para esos antepasados venerables. Normal que el cine los retratara así, crueles y salvajes, para justificar de algún modo la masacre deliberada que llevaron a cabo los estadounidenses contra las tribus que obstaculizaban la expansión política y territorial. Si les gusta la historia, lean sobre ello porque hemos crecido engañados viendo pelis de John Wayne: https://www.abc.es/historia/abci-verdad-7-caballeria-jinetes-lideraron-genocidio-indio-eeuu-201908210124_noticia.html

Más allá de cuestiones raciales, facilitemos el trabajo a los ‘pieles finas’ y desmenucemos Peter Pan hasta dejarla como la bazofia infumable que quieren que sea. Qué dirían…

  • El Partido Pirata en defensa del Ron (PPR): la imagen que se da en Peter Pan de la piratería es falsa: se nos pinta como torpes, cobardes e inútiles, incapaces de pararles los pies a unos mocosos maleducados e insolentes. Pardiez.
  • Los Coleguis Animalistas en defensa de los Peluditos (CAP): el personaje de Nana, un perro san bernardo al que explotan laboralmente como niñera de tres hermanos, acaba expulsado de su hogar y durmiendo a la intemperie. Es intolerable.
  • La Asociación Brigitte Bardot contra las Pieles (ABB): esos pulgosos Niños Perdidos van ataviados con pieles de animales muertos. ¿Qué clase de mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones: que pueden matar a su antojo para abrigarse?
  • Hadas en Lucha (HL): Nosotras tenemos voz, no como esa Campanilla ridícula y muda que suspira como una tonta por Peter, que no le hace ni caso hasta que Garfio la enjaula y él teme por su vida. La película no retrata bien a las hadas, no nos representa. Tonto Pan y tonta Wendy.
  • Sirenas Veganas (SSVV): Las sirenas salimos en la película como seres frívolos y holgazanes, sin objetivos en la vida, y no es así porque llevamos siglos denunciando la pesca indiscriminada y la contaminación de los mares.
  • Amigas de Irene Montero por la Igualdad (AIMI): El personaje de Wendy es un insulto a la inteligencia: una niñita remilgada cuya gran aspiración es ser madre para contarles cuentos a sus hijos, una tonta que bebe los vientos por un duende con mallas verdes al que aún no le ha salido pelo en el pecho. Wendy perpetúa los estereotipos de género porque sabe coser sombras, cantar, contar cuentos, no lleva pantalones, tiene el pelo largo y tirabuzones, y ha de cuidar de sus hermanos porque sus padres pasan del tema. Es un personaje desvalido y sin recursos que necesita en todo momento que la rescate una figura masculina.

Ahora en serio. Estamos llegando a un punto en que todo ofende y es censurable, cualquier cosa es susceptible de herir sentimientos. La corrección política lleva camino de ir acabando con películas, libros, series y canciones. Los personajes malvados, ¿alguien sabe qué tipo de actores o actrices deberán interpretarlos? Si son mujeres, será machismo. Si no son blancos caucásicos, será racismo. Si hablan otro idioma, será xenofobia. Si son bajitos, o gordos, o calvos, o miopes, será discriminación. Cualquier manifestación cultural que hable de hechos pasados será censurable a ojos de la corrección política: los mencionados western, el conocido caso de Lo que el viento se llevó y HBO, las pelis de nazis, todos los cuentos clásicos, cualquier historia en la que la mujer no aparezca empoderada, líder y resolutiva, sino sumisa y unida a un hombre que se lleva el protagonismo.

Disney tiene trabajo si quiere limpiar su imagen, porque la mayoría de sus películas, al menos las antiguas, retrata a princesas enamoradas a primera vista de un hombre que acaba rescatándolas con un beso de amor o luchando contra dragones. Hay que esperar a Mérida, Vaiana, Elsa y Anna para descubrir mujeres jóvenes tenaces, luchadoras e independientes. Es la simple evolución de los tiempos, lo cual no significa que haya que cargarse lo del pasado.

Se trata de ignorar el guisante y disfrutar del sueño reparador.

Olentzero está enfadado

“Olentzero da «un tirón de orejas» a los niños de Leioa por no escribirle las cartas en euskera”

https://www.elcorreo.com/bizkaia/margen-derecha/polemica-olentzero-tiron-orejas-ninos-euskera20201211092855-nt-20201211105711-nt.html

No sé qué me parece más rastrero: si abroncar a los niños por expresarse libremente en la lengua que dominan o que simplemente están más habituados a utilizar, o si amenazarlos con dejarlos sin regalos si Olentzero no recibe las peticiones en la lengua exigida.

A ver, que lo de amagar con dejar a los críos sin regalos no lo ha inventado el ayuntamiento de Lejona/Leioa. En cuanto arrancamos del calendario la hoja de noviembre, todos los padres recurrimos al «si no te portas bien, igual no te traen lo que has pedido, que se enteran de todo». Incluso antes de noviembre, si me apuran. Pero eh, son nuestros hijos, y Olentzero, majo, ahí te has metido en el fango. ¿Amenazas con no regalarles lo que desean porque no entiendes el castellano? De esto último no queda ninguna duda: ni lo entiendes ni te sabes expresar bien en esa lengua. Aquí pueden leer íntegra la carta de Olentzero a los niños de Leioa:

Además de tener una redacción bastante deficiente y con numerosos anacolutos, el texto omite tildes (varias veces en cómo, pero también en carbón), pone comas donde no hace falta y las omite donde sí se necesitan, o confunde el porque con el por qué. Los signos de apertura de exclamación e interrogación brillan por su ausencia, y en su conjunto el texto parece sacado del traductor de Google en sus peores momentos. Olentzero y Mari Domingi se pasan el día “preparando carbón” (igual querían decir carbonara, no sé), no extrayéndolo. Sobre las cartas de los niños dicen que “estaremos deseando recibirlas”, construcción extraña si la comparamos con la simple y llana “estamos deseando recibirlas”.

En fin, podría hacer un extenso comentario sobre los errores de redacción y estilo, pero al margen de esto tengo una preocupación mayor. De todos es conocido el afán del nacionalismo -de todo nacionalismo- por utilizar las lenguas como signo identitario y diferenciador y no como mero instrumento de comunicación o bien cultural. A nadie le es desconocida la forma de pensar a este respecto del Partido Nacionalista Vasco, que gobierna en coalición con el PSE en la localidad que nos ocupa. Pero embadurnar unas fiestas entrañables, tan ligadas a la infancia, a la ilusión inocente, con el empeño de construcción nacionalista e identitaria, de odio a lo español y de afán diferenciador y segregador utilizando a los niños, que leerán emocionados ¡una carta de Olentzero! es, sencilla y tristemente, rastrero, nauseabundo y a todas luces fuera de lugar.

Desde el ayuntamiento se defienden diciendo que muchos padres agradecen que animen a sus hijos a expresarse en euskera. La enseñanza del euskera ya está perfectamente instalada en el sistema educativo del País Vasco. Su conocimiento no implica necesariamente su uso mayoritario. Fomentar no es forzar. Hay múltiples formas de activar el uso de una lengua sin pasar por las amenazas a unas criaturitas que esperan ansiosas sus regalos.

La carta termina animando a estos insensatos niños enemigos del euskera a apuntarse en una web para participar en una videollamada con el trío carbonero. Me pregunto qué hará el PNV cuando se desplieguen las ventanitas del Meet, Zoom o equivalente y la chiquillería abra una boca enorme para decir a sus ídolos “¡¡holaaaaaaaa!!” y a continuación pregunte a bocajarro si Olentzero va a atender sus peticiones a pesar de haber escrito la carta en castellano.

Apuesto a que el saco de Olentzero irá este año repleto de diccionarios y gramáticas de lengua vasca para enmendar esta inmoralidad.

Almas tristes

En la película de animación Trolls (Dreamworks), esos pequeños seres de pelos de colores, canciones pegadizas y purpurina a raudales se ven por un momento atrapados por los tristes “bergen”, y sus esperanzas de escapar se desvanecen. Sus cuerpos de colores y sus cabelleras llenas de luz y vida se apagan y se tornan grises. Hasta que uno de los trols entona una melodía llena de amor y poco a poco hace que cada trol vuelva a recuperar sus colores, su esperanza y el ánimo para intentar un plan de huida en equipo que finalmente resulta exitoso.

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Vivimos un tiempo gris, nuestras cabelleras han perdido su arcoíris, y entonar canciones felices resulta cada vez más difícil. Siguiendo con el símil cinematográfico, vivimos un día de la marmota perenne. De casa al trabajo y del trabajo a casa -el que tenga trabajo, claro. El ocio se ha reducido a ver pelis y series en el sofá, guasapear mensajes a nuestros familiares y amigos, a quienes no vemos o vemos muy poco, en la calle y sin un triste abrazo, y marchar al monte más próximo a pasear a ver si la naturaleza es capaz de sanar nuestra alma triste.

El otro día fui con mis hijos al cine, no habíamos estado desde el verano. Era miércoles, no esperaba ver mucha gente en la sala. La película, Trolls 2, quizá por eso he empezado esta entrada hablando de estos seres. Sesión de las 18:30 y la sala vacía, sin poder comer ni beber. Vacía a excepción de nosotros cuatro. Ignoro cuánta gente podría haber en las demás salas, pero a juzgar por cómo estaba el pasillo de acceso imagino que estarían desiertas o casi.

La pandemia nos está quitando muchas cosas y a muchas personas, y una de esas cosas es la capacidad de dar sorpresas. Se nos ha acabado presentarnos de improviso en casa de un amigo, o tomar unos potes después del trabajo y terminar yendo de farra sin haberlo planeado. O visitar a los abuelos y que los niños imploren a la hora de marchar a casa quedarse a dormir con ellos, porfi, porfi. Las fiestas de cumpleaños con mucha gente y soplando muchas velas también se han extinguido. Por cierto, nunca hasta ahora habíamos pensado en la guarrería que supone soplar encima de un alimento. En fin. El azúcar de la rutina se va desvaneciendo, y estamos permanentemente ante un plato de brócoli hervido.

Será esta luz de otoño, será la proximidad de unas no-navidades. Será la crispación que atraviesa la pantalla del televisor cuando vemos las noticias. La tristeza nos inunda, y necesitamos un trol cantarín y colorido que nos devuelva la sonrisa. Busquen a su trol, quizá es ese amigo con el que hace tiempo que no habla. Quizá son sus hijos ya crecidos e independientes, a los que debe recordar más a menudo que los quiere mucho y los echa de menos. O sus hijos pequeños, esos valientes que no se quejan de todo lo que están viviendo porque su capacidad de adaptación es asombrosa. O un libro por abrir y que inesperadamente les hace olvidar un rato las penurias. Les deseo de corazón que encuentren a diario a su trol cantarín que les anime el alma. Cuídense y dejen que la vida les sorprenda, por difícil que sea.