Game over

     Mi hijo mayor acaba de cumplir ocho años, y hemos ido esta tarde a cambiar uno de los regalos que le hicieron sus amigos porque ya lo tenía. En uno de los pasillos de la juguetería no he podido evitar fijarme en el despliegue de muñecos y juguetes basados en el videojuego Fortnite. No hace demasiado que escuché por primera vez este nombre, en boca de una de las madres del colegio al referirse a que hijos de amigas suyas juegan con siete u ocho años a este juego en línea. Ya en aquel momento escuché por ahí que contiene violencia no demasiado extrema, pero violencia al fin y al cabo, y que se puede jugar en línea con desconocidos o chatear con ellos. Investigando un poco más, leo que es muy adictivo porque las partidas son muy cortas -como máximo de veinte minutos si consigues que no te maten-, que promueve la competitividad y genera frustración en el niño que no consigue durar los veinte minutos de la partida. Además incita a consumir porque, aunque es gratuito y tiene su app para móviles, los personajes mejoran en habilidades y aspecto comprándoles todo tipo de armas y vestimenta, tirando, claro está, de la tarjeta de papi y mami. La edad recomendada en Europa para iniciarse en él es 13 años. Guía para padres sobre el videojuego Fortnite: Battle Royale

     No dejan de sorprenderme varias cosas. En la reunión de clase de mi hijo a comienzos de octubre, los tutores nos alertaban sobre la permisividad acerca de este videojuego cuando a nuestros hijos les faltan cuatro o cinco años para tener la edad mínima. No voy a juzgar a otros padres, pero creo que lo menos que podemos hacer por la educación de nuestros hijos es informarnos bien antes de permitir que jueguen a algo o vean ciertas cosas. Otro aspecto que me sorprende es que se vendan muñecos, como he mencionado antes, en una juguetería que no tiene sección específica “young-adult“, y que los anuncia en su página web para una franja de edad entre 9 y 12 años. Página juguetería

photo of man playing super mario bros

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     Esto de los videojuegos me pilla muy fuera de onda, lo reconozco. Quizá incluso nadie diga ya “fuera de onda”. En fin, de pequeña lo más parecido que tuve y con lo que jugué fue una máquina con el juego del Tetris. Adictiva hasta aburrir, he de reconocer, y eso que no era en color ni tenía música ni, por supuesto, posibilidad de interactuar con otros jugadores. Tengo un vago recuerdo de que alguna vez -probablemente una sola vez- jugué en casa de alguien, probablemente como invitada a un cumpleaños, al Comecocos o Pacman y al Super Mario Bros en su versión rudimentaria de mediados de los noventa. Era malísima, aún me sorprende que fuera capaz hace diecinueve años de sacarme el carné de conducir con mi falta de coordinación manifiesta. No puedo luchar contra los tiempos: mis hijos son nativos digitales y sentirán atracción o curiosidad por todo tipo de videojuegos y entretenimientos de la red o de fuera de ella. Pero mi deber como madre es estar informada, pedir asesoramiento si es necesario y acompañarles mientras juegan si finalmente lo veo apropiado. De momento son pequeños, pero saben que ciertos juegos están fuera de su alcance mientras sus padres lo digamos. Por no hablar de tener móvil a según qué edades, pero este es otro asunto y da para otra entrada.

     Y a todo esto, qué poco queda para que vengan los Reyes, ¿verdad? Ay, mamita.

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