Zumba que te zumba

El otro día asistí a una clase gratuita de zumba familiar, iniciativa de la profesora de zumba de mi hija para dar por terminado este curso tan raro y complicado y para tener un detalle con los alumnos y sus familias. Un fin de fiesta, en definitiva.

Allí estábamos bastantes madres, algún que otro padre, las criaturas -las más pequeñas de seis años, las mayores de trece o catorce-, y la entusiasta profesora, de quien envidio su permanente sonrisa, su energía desbordante y su ritmo y coordinación, sobre todo estas dos últimas virtudes. Fui con pocas expectativas de seguir la clase con dignidad, ciertamente. Conozco mis limitaciones físicas, pero me gusta mucho la música y creo que no bailo mal -en la intimidad- y que incluso tengo cierta gracia. Transcurrido el primer cuarto de hora mis pocas expectativas se confirmaron a la baja.

La sala donde tuvo lugar la clase estaba fresquita al llegar. Qué agradable, pensé. Poco duró el fresco: en cuanto empecé a transpirar por todos mis poros mientras intentaba no morir ahogada en mi propio dióxido de carbono -querida mascarilla, qué majísima eres -, la sala se convirtió en sauna. Me había llevado un botellín de agua de medio litro que no duró la clase entera y que rellené en la primera fuente que vi al salir de clase.

He aquí una metáfora de la vida: los alumnos aventajados (los niños) seguían sonrientes y sin dificultad todos los pasos, sin despeinarse apenas y demostrando cómo las nuevas generaciones vienen pisando -y bailando- fuerte. Algunos de los adultos, para los que no era la primera vez en zumba, bailaban ufanos y en comunión con sus hijos, seguros de lo que hacían y capaces de respirar y llevar el ritmo al mismo tiempo. Y otras madres en bajísima forma, como yo, hacíamos un descanso entre canción de Maluma y temazo de C. Tangana para recobrar el resuello y dejar que nuestra piel volviese a un color normal por debajo del rojo bermellón. Y de paso, para ver con orgullo y sin perder detalle a nuestras hijas, tan chiquitas ellas, bailar con tanto salero y sin equivocarse nada en los pasos.

En zumba, como en la vida, es más fácil bailar libre que seguir los pasos de otro. Es más fácil también lavar la ropa, cocinar o planchar cuando nos viene bien, no cuando nos sale menos caro, ejem, ejem. Yo intenté seguir a la profe, de verdad, pero soy disléxica de cuerpo.

A pesar de ello, nos lo pasamos muy bien; gracias, Itziar. La clave es perseverar y practicar, quizá me apunte a zumba familiar el año que viene. Espero que ya sin mascarillas.

Patatas neutras

La corrección política ha llegado al mundo juguetero. La marca Mr Potato, juguete de Hasbro, abandona tan masculino nombre para ser Potato Head, denominación que no incluye referencias al sexo. https://www.lavanguardia.com/cribeo/fast-news/20210226/6260149/hasbro-retira-mister-potato-conocemos-rebautizarlo-genero-neutro.html

Porque, como todo el mundo sabe, los niños (y las niñas, válgame el Señor), ven una patata con ojos y ya se identifican con ella. Y si se identifican con una patata con bigote, ¿dónde quedan los derechos de las criaturas de no identificarse con ese rol, vamoavé? ¿Y qué es eso de llamar míster a un tubérculo? Estábamos confundiendo a nuestros hijos, qué terrible. Ahora ya puedo dormir tranquila: la patata con ojos es de “género neutro”. Sí, entrecomillado. Porque el género lo tienen las palabras, y el frutero del barrio, de quien las abuelas dicen que tiene el género muy bueno.

Decía que puedo dormir tranquila, pero no. En Toy Story había una Señora Potato. ¿Y ahora, qué? La han dejado viuda a golpe de copyright. Más que viuda, la han dejado a dos velas y sin coyunda. Espero que en las cajas del nuevo Potato Head metan accesorios para armar una Señora Potato. ¿O eso tampoco? Imagino que si es sexista lo de Mr Potato, también lo será que entre las piezas haya labios rojos y carnosos, un sombrero con flores o unas orejas con pendientes. Entonces el juguete se nos quedaría muy limitado, prácticamente a unos ojos neutros, una nariz neutra, unas orejas neutras y una boca neutra. Los niños no son estúpidos, y por quitar el “Mr” del nombre no van a dejar de ver a un señor patata, de sexo masculino. Que haya señoras con bigote es la excepción, amigos.

Va, en serio: se les ha ido la pinza. Otra cosa es lo que lleva haciendo Mattel con su Barbie cada vez más inclusiva, decisión no exenta tampoco de polémica: https://www.nacion.com/viva/moda/barbie-inclusiva-conozca-a-las-munecas-con/6T2DNPTFUZHFDM6VAJR65D6O5M/story/ Si existiera una forma de meternos dentro del cerebro de un niño para saber realmente qué se le pasa por la cabeza cuando está jugando con Potato, con Barbie, con Playmobil, etcétera, quizá (y solo quizá) dejarían de ocurrir estas cosas. Si de verdad la industria juguetera quiere hacer algo útil y en beneficio de los niños, le propongo lo siguiente. En primer lugar, que deje de asociar el color rosa con las niñas. Recorrer el pasillo de muñecas de una juguetería es como meterse en la mansión de Barbie: rosa, rosa, rosa, fucsia, violeta, más rosa. Debería firmarse un acuerdo del gremio para que las cajas y etiquetas de todos los juguetes, independientemente de la marca o el fabricante, fuesen del mismo color, por ejemplo blanco. Y sobre el blanco podrían ponerse unas líneas de color, identificando cada uno con una franja de edad: 0-1 año, 1-2 años, 2-3 años, 3-6 años, 6-8 años, 9-12 años. Cero referencias al sexo. Y una guía por colores sobre lo que realmente importa: para qué edad es adecuado el juego o juguete. Nadie se ofendería (supongo) y la idea ayudaría muchísimo a padres, consumidores y comerciantes. Y como me siento generosa, ahí van dos materias del ámbito juguetero que todavía están por ser cambiadas en el aspecto identitario-sexual. En primer lugar, los disfraces. Si una niña o una mujer se quieren disfrazar de policía o bombero (por poner dos ejemplos), la niña verá en el envoltorio del disfraz la foto de un niño, nunca una niña, y la mujer adulta tiene dos opciones: comprar el disfraz “para chicos”, que le quedará grande muy probablemente, o comprar la versión “para ellas”: policía sexy, bombera sexy… Dejen de “sexificar” los disfraces, por favor. Y en segundo lugar: el futbolín. Ya están tardando en poner “chicas” en los futbolines, que el fútbol femenino es una realidad, y ese cambio sí sería útil y significativo, no como llamar Potato Head a Mr Potato. DEP.

PCR: Paciencia, Constancia y Resignación.

Que quede de claro que no busco desprestigiar a los grandes profesionales sanitarios y de administración que estos días y desde hace meses se parten el pecho en unas condiciones nada fáciles. Pero quería dejar constancia de cómo está funcionando la citación para PCR desde que cantidad de aulas en Navarra deben confinarse al haber un positivo en ellas. El caso concreto de mi hija:

17 septiembre por la mañana: nos llaman del colegio para informarnos del positivo en clase de mi hija. No podrá volver a clase hasta el 1 de octubre. Primera contradicción: hablan de cuarentenas de 11 días, y de entrada nos ponen 14.

18, 19 y 20 de septiembre: sin noticias. No llega la cita para la PCR. Seguimos sin salir de casa. PACIENCIA.

20 septiembre, domingo, por la tarde: me entero de que varios compañeros de mi hija se han hecho la PCR ya, ese mismo domingo. Como no hemos recibido nada, decido llamar el lunes. PACIENCIA.

21 septiembre, lunes. Llamo a mi centro de salud y explico la situación. Entran en la historia de mi hija y me leen los dos teléfonos que aparecen. Uno es el fijo de casa (2º teléfono), y el principal es un móvil que, cosas de la vida, es el que usa mi marido para trabajar y el que a veces da ya que va con él encima la mayor parte del día. Salvo ahora, claro. Por circunstancias, ese móvil lleva un tiempo sin usarse. Le digo a la persona que me atiende que vamos a comprobar los mensajes, y cuelgo después de pedir que quiten ese número y pongan el mío. Miramos en el móvil del trabajo y ¡ahí está la cita!: domingo por la mañana. Hemos perdido la ocasión; es lunes. RESIGNACIÓN.

Me llaman casualmente del colegio y me preguntan si le han hecho a la niña la PCR. Explico por qué no, y me aseguran que Salud cruza los datos con la base de datos EDUCA, que manejan colegios y docentes y que actualizan todos los años por si ha habido cambios de domicilio o teléfonos. En EDUCA no consta ese teléfono del trabajo, sino nuestros teléfonos móviles personales. Por tanto, quien sea que haya enviado la cita por SMS no ha usado el EDUCA. Desde el colegio alucinan, y me cuentan además que hay dos niños del B que han recibido citación sin necesitarla. Un caos, vamos.

Paso los siguientes 45 minutos llamando al centro de salud. CONSTANCIA. Por fin me cogen y explico lo sucedido, y hay por suerte un hueco para el lunes a mediodía, faltan unas dos horas. Me explican amablemente que los datos no se cogen de EDUCA (??), y que Salud tira de sus propias bases de datos. Decido no rebatir esto, quizá los propios centros de salud no están al tanto del procedimiento que sigue Salud, no lo sé. Pregunto, antes de colgar, si ahora hay que ir a pie (las PCR en Refena se hacían hasta este domingo 20 de septiembre desde los coches). Me confirman que sí, que a pie. La persona que está al otro lado del teléfono me dice que ellos se han enterado por la prensa este fin de semana, igual que yo que soy una simple ciudadana y no trabajo en sanidad. La pobre resopla y se disculpa como diciendo: esto es un verdadero caos y nos vuelven locos, bastante tenemos con atender a todo el mundo lo mejor que podemos. RESIGNACIÓN. Finalmente doy las gracias y cuelgo, aliviada porque, con un día de retraso con respecto a sus compañeros, mi hija va a hacerse la prueba.

Veinticinco minutos antes de la cita (la niña ha ido con su padre), me llama la enfermera de pediatría para que le explique lo que ha ocurrido. Casualmente ve en su ordenador que desde administración ya han puesto una cita para el día de hoy (repito, faltan 25 minutos). Me dice que va a generar el volante para que conste en el ordenador de los que están en Refena haciendo las PCR, porque si no hay volante es como si no hubiera cita. Le digo que la niña ya está yendo para allá. Si no llega a llamarme a tiempo la enfermera, mi marido habría llegado allí y no hubiera constado que mi hija tenía cita en ese momento. HAY CONSTANCIA: el volante ha llegado a tiempo.

Lo único que me consuela de todo esto es que mi hija está perfectamente. Espero que no nos tengan varios días en vilo, pero visto lo visto habrá que armarse de PACIENCIA.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando los pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora “podemos” llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, lo están sobrellevando muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a “hacer recados”.

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que me estoy saltando el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Niñofobia

Me sugiere una amiga que hable de los restaurantes «solo para adultos» porque están en auge: Adults only en bares y hoteles. Apuesto a que es un tema de lo más controvertido, cuyas posturas al respecto se verán influidas por ostentar o no la condición de padres. En mi caso, madre como soy, puedo entender la postura en contra así como la postura a favor. Veamos: los empresarios hosteleros quieren una clientela feliz que se encuentre a gusto en sus locales, permanezca el mayor tiempo posible consumiendo y vuelva más veces. Comprensible y respetable: han invertido esfuerzo y dinero y se reservan el famoso derecho de admisión.

Aparte del sector hostelero, están aquellos clientes que salen a comer o cenar buscando un local acogedor, innovador, gastronómicamente satisfactorio, en el que mantener una conversación tranquila sin oír llantos o tiroriros de juguetes estridentes ni presenciar escenas «médico de familia» (si son niños bien portados) o «los Simpson» (si son niños pa echar de comer aparte). A todos nos gusta la calma en ese contexto de gastrónomos y gourmets, en ese romper la rutina que supone que nos mimen el paladar y nos sirvan plato tras plato. Unos niños ruidosos y maleducados destrozan cualquier intento de contexto gastrónomo.

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Y sin embargo, prohibir la entrada a alguien que lleva a un niño o más de la mano tiene algo de capitán Garfio, de niñofobia. El término lo verán así a nada que lo busquen en Google: encontrarán opiniones de todos los colores. A mí me resulta incómodo ver en la mesa de al lado en un restaurante a alguien mascando a dos carrillos y hablando al mismo tiempo, y supongo que no seré la única. ¿Deben prohibir la entrada a las personas sin un mínimo de buenos modales? No digamos si nos regalan un «provechito» ruidoso, si en otra mesa le cantan a un colega de curro el cumpleaños feliz más desafinado de la historia o en otra se ponen a entonar jotas a la hora de los cafés y licores. He visto locales que no permiten la entrada si vas en bañador o similar (los típicos bares junto a la playa), y locales anti-despedidas de soltero/a (en Logroño hay bares con carteles al respecto). Puro sentido común en pro del decoro y el saber estar.

No voy a erigirme ahora en madre coraje ni a defender a mis niños: reconozco que me cuesta que se comporten si estamos comiendo fuera de casa; ni son buenos comedores -raritos me han salido- ni aguantan demasiado tiempo de sobremesa. Pero al menos suelen quedarse sentados -no corretean por todo el restaurante-, no gritan ni tiran comida al suelo. Una libreta y unas pinturas son mano de santo para que nos dejen acabar de comer.

La culpa de la niñofobia no solo hay que buscarla en los padres permisivos que dejan al crío a su libre albedrío y no le afean su mala conducta. La sociedad actual cada vez es menos tolerante con la infancia. Babeamos viendo un anuncio de pañales, pero luego gritamos «los niños, para sus padres». Olvidamos que los niños de hoy serán adultos en menos que canta un gallo. Los niños estorban: paralizan la vida laboral, especialmente la de la madre; nos joroban planes, viajes, vida social. Nos contagian sus virus, nos ponen en evidencia, airean nuestras intimidades. Dificultan el poder compaginar nuestras mil historias con sus horarios y necesidades. Son dependientes, exigentes, egocéntricos, desagradecidos; ensucian, desordenan, hablan cuando queremos silencio. Puedo entender tanta animadversión hacia ellos porque yo misma la siento en muchas ocasiones, y eso que son mis propios hijos. Con más motivo pueden sentirla quienes no han sido padres por decisión propia.

Pero no olvidemos que todos fuimos niños una vez. No hace mucho tiempo, a los niños se les dejaba más en paz. Corrían libres por la calle, no tenían ni la cuarta parte de los juguetes que tienen ahora; celebraban los cumpleaños con toda la familia y algunos amigos apelotonados en un cuarto de estar diminuto, sin “parques de bolas” ni salas de fiestas infantiles a «cojón de pato» el cubierto de sándwich de chorizo y bolsa de gusanitos. Hemos pasado del «calla, que estamos hablando los adultos» al «¿qué quiere mi chiquitín para merendaaar?». Es curioso esto último: cuanto más los mimamos con cosas materiales, peor nos salen. Los niños de hoy palpan ese sentir general de que estorban: Toma el móvil y cállate. Vete a tu cuarto y déjame ver la tele. Notan que se les deja con abuelos (quienes tengan la suerte de tenerlos), vecinos y nannies para que sus padres puedan hacer esto o aquello. Crecerán y serán adultos con los mismos o peores problemas, con situaciones laborales precarias y con un afán desmedido por encontrar la felicidad en el consumo, el autobombo, las experiencias y demás mandangas que dejan fuera el sacrificio, el dar la vida por la familia, el darse entero a los demás. Serán adultos que no querrán hijos.

Un último apunte: estos restaurantes para adultos sin niños deberían replantearse si no les merece la pena reconvertirse en restaurantes «kids-friendly». Si lo ponen así, en inglés, éxito seguro. Lugares donde aceptan niños, con salas donde estos puedan comer acompañados de otros niños, mientras cerca y a la vista están sus padres comiendo tranquilamente sabiendo que lo están pasando bien. Si el negocio va bien, esos mismos niños volverán de mayores al mismo restaurante… pero acompañados de sus propios hijos.

Game over

     Mi hijo mayor acaba de cumplir ocho años, y hemos ido esta tarde a cambiar uno de los regalos que le hicieron sus amigos porque ya lo tenía. En uno de los pasillos de la juguetería no he podido evitar fijarme en el despliegue de muñecos y juguetes basados en el videojuego Fortnite. No hace demasiado que escuché por primera vez este nombre, en boca de una de las madres del colegio al referirse a que hijos de amigas suyas juegan con siete u ocho años a este juego en línea. Ya en aquel momento escuché por ahí que contiene violencia no demasiado extrema, pero violencia al fin y al cabo, y que se puede jugar en línea con desconocidos o chatear con ellos. Investigando un poco más, leo que es muy adictivo porque las partidas son muy cortas -como máximo de veinte minutos si consigues que no te maten-, que promueve la competitividad y genera frustración en el niño que no consigue durar los veinte minutos de la partida. Además incita a consumir porque, aunque es gratuito y tiene su app para móviles, los personajes mejoran en habilidades y aspecto comprándoles todo tipo de armas y vestimenta, tirando, claro está, de la tarjeta de papi y mami. La edad recomendada en Europa para iniciarse en él es 13 años. Guía para padres sobre el videojuego Fortnite: Battle Royale

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Al recreo

Aprovechando que es domingo y puedo tomarme un respiro, no podía venir al caso mejor tema que el recreo, pero el de los chiquillos, no el nuestro, al que llamamos “fin de semana” (o “finde”, ya puestos a ahorrar esfuerzos).

El otro día tuve la reunión de curso con los profesores de mi hijo. En ella, entre otras muchas cosas, se nos mencionó a los padres que, un año más, el colegio contaría con la “dinamización de patio”. Esta práctica, de nombre rimbombante, no es más que llevar a cabo una serie de actividades lúdicas en la hora del recreo para que los escolares no se limiten a jugar al balón o a aburrirse por las esquinas. En el gimnasio, juegos diversos; en la biblioteca, rato para leer o hacer alguna tarea pendiente; el “bibliocarro” con cuentos para todas las edades, y lápices y papel para dibujar.

La dinamización va dirigida a alumnos de entre 6 y 12 años, ya que los pequeñitos de educación infantil tienen el recreo en horario diferente. Si a niños de las mencionadas edades hay que entretenerlos para que la extendida práctica del fútbol no cope todo el terreno del patio, es que tenemos un problema de fondo y, quizá, de convivencia. Cuando iba al colegio (que entonces duraba hasta los 14 años), jamás sentí que nadie que jugara al balón me quitara mis derechos de usar el patio. Es más, jugábamos muchos -y muchas- al balón, y ocurría a diario. Ahora hay colegios en los que se fija un calendario semanal de práctica de fútbol; el día que no toca, no hay balones. Sigue leyendo

100% madre

Madre mía (nunca mejor dicho), ¡la que se ha liado por un anuncio publicitario! El del Día de la Madre de El Corte Inglés, ese del que todo el mundo habla, excepto la gente como mi padre, que no hace ni caso de los anuncios porque le sobran todos y le cortan las películas y los programas que está viendo. Si no saben de qué hablo, vean:

Anuncio Día de la madre El Corte Inglés / Cartel Día de la madre El Corte Inglés

En principio, el cartel es lo que más está escociendo en el sector femenino, y con razón, he de decir. Para los publicistas que han pergeñado la campaña -y cuando digo los publicistas no estoy asumiendo que sean hombres-, las madres somos 97% entregadas, 3% egoístas y 0% quejas. Pues miren, no. En Narnia, a lo mejor, pero en el mundo real tenemos días malos, semanas malas e incluso trienios atroces. Como cualquier mortal. Si nos fijamos en el anuncio televisivo, la cosa cambia algo, porque se hace un intento de ensalzar el papel de las madres con algún pobre dato estadístico, imágenes de madres que trabajan fuera de casa y que también quedan con las amigas o salen a correr (no pienso decir running) y alguna hipérbole como la de que le sacamos 48 horas a la jornada. Un poco magas somos, sí, porque nos empeñamos en llegar a todo. Pero si no llegamos, que es lo normal, no pasa nada. Repetid conmigo, hermanas: ¡no pasa nada!

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Mira, hijo…

No hace ni una hora que, de pronto, mi hijo de siete años me ha dibujado el símbolo @ y me ha preguntado (o más bien quería confirmarlo) si eso valía como la o, la a y la e juntas. Su tutora se lo había dicho. Y también tienen carteles en clase de mates para guiarles con los problemas, como que si el problema dice “entre los/las dos” significa que hay que sumar. Mi respuesta primera ha sido apagar la tele, mirarle a los ojos y decirle que su profesora no tiene razón y miente. El signo @ no es lingüístico. Lo que muchos le han atribuido no tiene fundamento científico (sí, la lingüística también puede llamarse ciencia). Entre su padre y yo hemos tratado de explicarle, para sus siete años, que el castellano tiene en el masculino plural la marca de ambos géneros. Le he puesto un ejemplo que mi profesor Ramón González nos dio en la universidad. La palabra ‘día’ es, frente a ‘noche’, el término no marcado, porque ‘día’ significa ‘día = horas diurnas de luz’ pero también significa ‘día + noche’, 24 horas. ‘Noche’ solo significa ‘noche’, es el término marcado.

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Así, ‘chicos’ es el término no marcado frente a ‘chicas’. Chicos puede ser sólo los chicos, o puede ser chicos + chicas. En cambio, chicas siempre será ‘chicas’.

Mi hijo lo ha entendido. Le he recalcado que si algún profesor le fuerza a desdoblar los géneros, que me lo mande con un lazo, que tendremos una charla. Lo sé, estoy en una batalla perdida, pero me niego a dejar de luchar.

Pequeños ludópatas

Recientemente algunos medios se hicieron eco de la labor preventiva que realiza la Policía Foral en el entorno de los centros educativos de Navarra que cuentan en sus inmediaciones con locales de apuestas deportivas. Visitaban estos negocios para recordar a sus empleados y dueños su deber de vigilar escrupulosamente que todos los apostantes son mayores de edad, y ante la duda, pedir siempre el DNI. La ludopatía no es cosa de risa, desde luego (aunque juego, en latín IOCUS, significaba ‘broma’) y se debe atajar desde la adolescencia o cuanto antes. La Policía Foral ha realizado 365 inspecciones este año para prevenir apuestas de menores

Sin salir del tema del juego, traigo a colación mis visitas esporádicas con mi familia a cierto centro comercial. Centro comercial Itaroa Quién no ha pasado un domingo en familia en el cine, en la bolera o merendando “marranadas” de las que no está permitido comer a diario. Bien, pues allá que nos fuimos para un bautismo de bolera con nuestros retoños. La novedad les impactó, y gritaban de felicidad cada vez que derribaban más de un bolo. El recinto dedicado al ocio está plagado de máquinas recreativas: desde las que permiten batallar contra marcianos o echar carreras de fórmula 1 hasta las infantiles que se balancean y encienden lucecitas para regocijo del peque, previo pago de un euro. Todo a un euro, señores.

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