Junio extraño

El que termina ahora en junio es el quinto curso escolar en el que no existe la recuperación de septiembre. Fue a partir del curso 2021-2022 cuando un alumno con una o varias asignaturas suspensas ya no podía examinarse en septiembre tras un verano de estudio entre chapuzón y chapuzón. Desde entonces la evaluación del curso termina en junio, y es durante las últimas semanas de ese mes cuando tienen lugar los exámenes de recuperación.


Los alumnos que, a primeros de junio, con la entrega de notas, tienen todo aprobado, deben seguir asistiendo a clase hasta mediados de mes, al igual que quienes tienen los exámenes de recuperación de junio. Estos últimos reciben clases de repaso dentro de la jornada lectiva, aunque muchos se quedan en casa estudiando. Son días lectivos, siento repetirme; así lo marca la resolución que anualmente dicta el Director General de Educación y Formación Profesional en Navarra.


Los afortunados que han aprobado todas las materias se ven ante la siguiente disyuntiva: ir al instituto y encontrarse con aulas semivacías en las que no se imparte materia ni se rellena el tiempo con nada productivo o quedarse en casa y que sus padres presenten un justificante de enfermedad u otra circunstancia eximente de acudir a clase. Esta trampilla no me la estoy inventando, así lo dicen los tutores directamente a sus alumnos.


Por lo que me cuenta mi hijo, hay profesores que al menos rellenan estos extraños días con actividades menos académicas (un concurso de preguntas, ver una película y mantener un posterior debate sobre ella, incluso tomar un pequeño almuerzo de picoteo para despedir el curso), pero otros llegan al aula y, viendo que tienen tres o cuatro alumnos, les dan vía libre para que adelanten o alarguen el recreo o jueguen a algo en el Chromebook. A veces concentran en una misma aula a alumnos de diferentes “letras” (3º. A, 3º. C y 3º. E, por ejemplo) para que no haya dos alumnos en un aula, tres en otra y cuatro en una tercera, y así por lo menos un mismo profesor los tiene a todos juntos, y los otros compañeros docentes pueden dedicarse a otra cosa.


Este año, en el instituto de mi hijo, se ha programado para todo el alumnado que ha aprobado el curso la proyección de tres películas en el salón de actos y en horario lectivo para que, al menos, tengan “algo que hacer”. Supongo que tratan de incentivar así que acudan al instituto y no se queden por ahí en la calle. Desconozco si la medida ha tenido éxito.


Como madre, y como alumna de instituto que fui en su día, no entiendo estas vacaciones adelantadas. Siguen siendo menores de edad que deben asistir a clase mientras dure el periodo lectivo; los padres tenemos que trabajar y confiamos en que están en el instituto hasta la hora de comer. Qué sentido tiene que sigan madrugando, vayan a clase durante semana y media después de publicarse las notas, y no hagan absolutamente nada. Pues que se queden en casa, me dirán. Ellos, además, esgrimen el argumento de “mis amigos no van a clase, yo tampoco quiero ir”.


No, miren, no; y si el problema es que el profesorado está con los alumnos de la recuperación y no puede ocuparse del resto, que el departamento de Educación busque soluciones: contratación temporal que cubra esos días prevacacionales y mantenga a los alumnos aprobados dentro de clase y aprendiendo algo.
Se les puede hablar de hábitos de salud, se les puede instruir en economía básica para la vida, explicarles conceptos del mundo laboral, enseñarles una receta de cocina, medidas preventivas de seguridad alimentaria, primeros auxilios, qué valores mide un análisis de sangre… ¡Cientos de cosas!


No olvidemos que están cursando Educación Secundaria Obligatoria. ¡Obligatoria! Los de bachiller van a clase si quieren, pero en la ESO la asistencia es obligatoria, o así lo entiendo yo, o quizá estoy equivocada y todo esto es lo más normal del mundo y no tengo derecho a quejarme.

Tiene tela

En un abrir y cerrar de ojos hemos pasado en Pamplona del abrigo al pantalón corto, y eso solo puede asegurarnos una cosa: toca cambio de armario. Pero no un cambio radical, que en dos días nos pega de nuevo el bajón térmico y hay que sacar las sudaderas otra vez. Y ya cuando el cambio de armario aplica a miembros menores de la familia y en plena edad de crecimiento y estirones, el soponcio es extremo al comprobar que no les vale nada o casi nada del verano pasado. Y llegan las prisas por comprar ropa fresca de su talla, y después el reconcome de qué hacer con la ropa que no les entra.

Aquí en la comarca de Pamplona pusieron hace varios años unos contenedores para ropa y calzado donde depositar este tipo de ¿residuo? para que operarios de Traperos de Emaús hagan recogidas periódicas y reutilicen esas prendas como consideren. Personalmente siento bastante desasosiego cuando me deshago de bolsas y bolsas de ropa, casi toda ella en buen estado de uso. A las prendas más monas o de más valor intento buscarles nuevo dueño, regalándolas a primas o conocidas que tengan hijos más pequeños y con quienes tenga yo suficiente confianza. Me da mucha pena tirar o entregar toda esa ropa a rastros de segunda mano o a la parroquia. Lo de la venta por internet nunca me funcionó, quizá es que no he insistido demasiado, pero las veces que anuncié alguna prenda nadie preguntó por ella.

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Mi mala conciencia transita entonces por un camino tortuoso donde se bifurcan y se juntan alternativamente:

  1. El remordimiento por ser tan consumista;
  2. La vena economista por tanto dinero gastado en ropa que habrá que volver a gastar en ropa nueva;
  3. La neura ecológica por los litros y litros de agua que se necesitan para fabricar ropa;
  4. La desazón y la pena al pensar en las personas de países lejanos que han sido explotadas laboralmente para confeccionar la ropa que yo tiro.

Intento borrar estos pensamientos intrusivos diciéndome que hay gente que compra mucha más ropa que yo, que compra incluso compulsivamente hasta el punto de tener prendas con etiqueta y sin estrenar aún en su armario, que goza de unos armarios de suelo a techo que ocupan como la mitad de mi piso, en el interior de los cuales podrían vivir cómodamente un matrimonio, dos hijos y un gato. También me digo que la ropa que entrego acabará siendo aprovechada por alguien con menos recursos, y casi acabo sintiéndome peor.

Luego pienso en esas series americanas en las que los personajes sacan sus enseres al jardín de su casa y se acercan a él los vecinos a comprarles la tostadora, el vinilo, el chaquetón o el vestido de novia. Todo el mundo sale ganando: el que vende se deshace de cosas que no usa y gana un dinerillo; el que compra obtiene alguna que otra ganga, y todos pasan un día estupendo conversando y regateando, sonriendo y diciendo muchas veces thank you very much.

A veces me gustaría vivir en una serie americana, pero luego me acuerdo de que no conocen el aceite de oliva ni el bocata de chistorra y se me pasa.

Échame un ojo al niño

Una vecina de la misma calle donde me crie era quien me llevaba al colegio en mis primeros años de la EGB. Aún viven ella y su marido en el mismo portal, en la misma acera que mis padres. Llevaba a sus dos hijos y de paso a mí y a otra niña de la edad de la suya. No era un trayecto largo, apenas quince minutos a pie, pero en aquel entonces el barrio tenía muchas zonas sin urbanizar, y el peatón no estaba tan protegido como en las ciudades actuales: los coches no sorteaban badenes o guardias dormidos, ni circulaban por calles de límite 30 por hora, y los peatones teníamos aceras estrechas y pocos pasos de cebra.

El caso es que andaba yo pensando en la importancia de esas vecinas que antaño nos sacaban de más de un apuro, y no me refiero al típico prestar un poco de sal para el guiso. Siendo yo pequeña, otra vecina de la misma calle me acogió en su casa un par de noches porque había fallecido mi tío tras varios días hospitalizado.

Mis padres, abuelos desde hace muchos años, también cuidan en contadas ocasiones de los hijos de los vecinos de arriba, muy pequeños aún (el mayor tiene siete). Los padres no tienen muchas veces de quién tirar, y mi madre, sobre todo, es quien les hace el favor de cuidarlos, teniéndolos en su casa o en el propio piso de los vecinos.

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Cuando los míos eran así de pequeños, he tenido la inmensa suerte de contar con mis padres y con mi suegra, quienes me han ayudado –y lo siguen haciendo- siempre encantados y con una sonrisa tan grande que, más que hacerme ellos el favor a mí pareciera lo contrario. Si no hubiera sido por ellos tres, dudo mucho de que cualquiera de mis vecinos se hubiese ofrecido a hacer de canguro. Claro que en mi vecindario hay parejas con niños –ahora esos niños ya me pasan una cabeza-, pero nunca he sentido la confianza necesaria para cruzar la barrera de intercambiar unas palabras de cortesía, un «buenos días» o un silencio incómodo en el ascensor.

Nuestra sociedad actual, occidental y urbana, es individualista en exceso y centrada en el yo-mí-me-conmigo. Seguro que habrá excepciones, y está claro que la ciudad no es el entorno más propicio –los pueblos pequeños son otra historia-, pero la tónica general no invita a dejar a los hijos con un vecino. Curiosamente, publicamos todo tipo de intimidades, en forma de fotos, principalmente, y ese exceso de información, paradójicamente, no se traduce en herramientas válidas para decidir si un conocido, un vecino o un compañero de trabajo son realmente de fiar.

Existen, por otro lado, iniciativas que persiguen la creación de esa «red de cuidados» cuando estos se salen de los lazos puramente familiares. Hablo de los comerciantes que ofrecen su apoyo y ponen a disposición su teléfono para que, cuando un adolescente aún no tiene móvil por decisión, sabia, por otra parte, de sus padres, pueda comunicarse con quien necesite. Una simple llamada para decir «me quedo un rato más» o «nos vamos a casa de Nico a jugar a la Play». Las plataformas de Adolescencia Libre de Móviles promueven este tipo de iniciativas, y me parece de diez.

Recuerdo cuando de pequeña me bajaba a casa de la vecina a jugar a las barbis, y en el patio interior nos juntábamos con los niños de medio bloque a jugar al escondite, o salíamos a la plaza con una cuerda y un balón y echábamos la tarde. Me reconozco culpable porque no hemos dado a nuestros hijos nada de eso, y no sé achacarlo a un solo motivo. Ahora crecen inexplicablemente antes o más rápido o nos empujan a que lo hagan más precozmente. Y la calle deja de sonar a risas y a canciones infantiles para ser solo un lugar gris de hormigón desnudo sin vecinas charlando sobre la vida o las lentejas que dejaron en el puchero.

Horas evaporadas

Hace un par de días fue el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, que lleva celebrándose desde el 2 de marzo de 2020 para concienciar acerca de los problemas de salud mental de los jóvenes. Esto me viene muy al pelo para reflexionar sobre un aparato presente en la vida cotidiana de todos nosotros, no solo de la chavalería, y que está afectando cada vez más a nuestra salud mental y a nuestro equilibrio emocional: el teléfono móvil, o más concretamente, el smartphone.

Hace un par de meses tuve ocasión de asistir a dos formaciones para familias que impartió Sonia Ledesma (dejo enlace a su página; también la podéis encontrar en Instagram) acerca de la importancia de enseñar a nuestros hijos a regular el uso de los dispositivos. Partidaria de retrasar lo más posible la entrega del primer móvil (con internet, se entiende), aboga también por encontrar el equilibrio entre el no más rotundo a las nuevas tecnologías y un uso moderado de estas que no les impida realizar actividades de ocio al aire libre, socializar fuera de las pantallas, leer, etc., siendo asimismo conscientes de los peligros que encierra un aparato tan pequeño en manos de niños y adolescentes. Estas charlas, teniendo en cuenta que no hay pociones mágicas y que cada familia es diferente, tuvieron el objetivo de dar algunas pautas para nosotros, los padres, que nos hemos topado con un problema bastante gordo en esto de lidiar con los hijos y su uso (o abuso) de las pantallas.

Empezó explicando cómo es, a grandes rasgos, el cerebro de un niño o adolescente en cuanto a maduración -la corteza prefrontal, que es el conjunto de neuronas situadas en la parte más anterior del lóbulo frontal y cumple funciones relacionadas con la memoria de trabajo, la conducta y el control de las emociones, no termina de desarrollarse hasta casi los treinta años de edad-, o en cuanto, por ejemplo, al control del riesgo y las consecuencias: la promesa de recompensa es más fuerte que cualquier tipo de precaución ante los posibles riesgos. Cuando el lóbulo frontal no ha madurado, las decisiones que los jóvenes tomen pueden ser alteradas por la actividad de otras áreas del cerebro, responsables de controlar los instintos. Si ya a los adultos nos cuesta escapar de la recompensa inmediata, del scroll infinito (deslizar el dedo para ver contenido multimedia sin fin) o de las continuas distracciones que nos provocan las notificaciones del teléfono, cuánto más les costará a los pequeños y jóvenes de la casa.

Al margen del tiempo que nos roba tener un móvil en la mano, más preocupan los problemas derivados de tener demasiado pronto acceso a internet sin control parental, a cualquier hora y sin límite de uso. Sexting, grooming, ciberacoso, pornografía, baja autoestima por el bombardeo de cánones de belleza irrealizables y de estilos de vida falsamente perfecta, aislamiento, falta de empatía, dificultad para relacionarse con los demás cara a cara, etc. Sonia nos contó cómo muchas educadoras infantiles no dan crédito cuando cuidan de bebés que no interactúan con ellas, o que no comen bien porque no reconocen las comidas, ya que en sus casas comen delante de una pantalla sin reparar en los sabores, los colores o las texturas de los alimentos. Estremece ver a niños en carritos y sillas, aún con pañales, y sosteniendo un teléfono mientras su madre hace la compra o se toma un café con una amiga.

Sobre estas líneas, la carta de una lectora de El País que se ha viralizado en los últimos días; me tomo la libertad de citarte aquí, Rocío García Vijande, de Gijón. Quiero pensar que, como Rocío, hay una tendencia al alza en muchos padres y en ciudadanos en general rebelándose contra este uso desproporcionado del móvil.

Lo mejor, en palabras de Sonia Ledesma, es predicar con el ejemplo. Dediquemos los ratos en común con la familia a charlar, no a mirar el teléfono. Se puede establecer un horario para consultar el móvil, hacer gestiones o, por qué no, pasar un pequeño rato viendo vídeos de lo que nos gusta, chateando con amigos o respondiendo a ese montón de correos acumulados en la bandeja de entrada. Siempre con un límite de tiempo. Se puede utilizar como excusa el interés de nuestros hijos por un contenido concreto (vídeos de maquillaje, de parkour, de videojuegos, de recetas de cocina o manualidades) para hacerlos salir de ahí, levanten la vista y nos cuenten qué han visto, qué les ha resultado interesante, por qué siguen a tal o cual creador de contenido, etc. Hay que hablarles de los riesgos, de lo que implica también compartir algo íntimo (una foto, una crítica, un chisme), hablarles de que, tras una pantalla, siempre hay una persona, y esa persona a veces no es quien dice ser. Un ejemplo de esto: Un hombre de 38 años llega a la casa de una familia porque los niños le habían dado su dirección por Roblox

Siento, según escribo estas líneas, que el tema da para mucho más. Me doy cuenta, además, de lo incongruente que resulta estar hablando de dejar el teléfono a un lado cuando tú, estimado lector, tienes estas líneas en la pantalla de tu teléfono. Sin él, este texto no llegaría a ti, probablemente. In medio stat virtus (la virtud está en el medio). Tenemos en el bolsillo una herramienta increíble de información, entretenimiento y posibilidades. Pero fuera de ahí está la vida. Saber equilibrar ambos extremos es el reto al que nos enfrentamos, y es un reto en el que debemos implicarnos todos. El otro día mi hijo volvió de pasar una semana con los compañeros y algunos profesores de clase esquiando y haciendo otras actividades de ocio. En las normas de la convivencia venía bien clara la prohibición de llevar móvil o dispositivos electrónicos. El día de su regreso, un correo electrónico de la directora del instituto nos llegó a los padres con un tirón de orejas para las familias que hicieron caso omiso de la prohibición. Muchos estudiantes se llevaron el móvil a la «semana blanca». Qué terrible no ser capaces de limitar esto.

Termino recomendando esta página con recursos para familias y docentes: https://educaciondigitalresponsable.org/, y dos libros que a mí me han entusiasmado, no solo por el tema del móvil, sino por otras muchas cosas: Salmones, hormonas y pantallas, del Dr. Miguel Ángel Martínez-González, y El valor de la atención, de Johann Hari.

Primero en casa

En varios de los niveles del instituto donde estudia mi hijo se han llevado a cabo las semanas pasadas unas sesiones de orientación afectivo-sexual, cada cual adecuada, se supone, al curso al que se dirigen. Desde el centro se nos envió a los padres, coincidiendo con el día de la primera sesión (ahí, ahí: avisando con tiempo), una información facilitada por la asociación o empresa que impartía las charlas, en la cual se explicaba a grandes rasgos el contenido de las sesiones según el curso. Junto a dicha información se nos facilitó un correo electrónico para expresar dudas, o cualquier tipo de comunicación, a la empresa responsable de las charlas.

La clase de mi hijo recibió cinco sesiones durante una semana: eso supuso, para empezar, perder cinco clases ordinarias, ya que la educación afectivo-sexual se desarrolló en horario lectivo. Según se iba pasando la semana, mi hijo venía a casa contándonos cosas que, o bien le sorprendieron, o bien le impactaron, o bien le repugnaron o una mezcla de todo ello. A nuestros hijos les hemos hablado de todo siempre, pero atendiendo en primer lugar a su necesidad de saber. Un ejemplo: a mi hija pequeña no le contamos cómo se hace un bebé hasta que lo preguntó. Ella sabía por dónde nace un bebé, pero no cómo llega a formarse un bebé ahí. A la edad que nos preguntó todo esto, estábamos ahí para explicárselo, sin tener en cuenta que, con toda seguridad, algo ya le habrían explicado en el colegio (y no digamos los compañeros de clase, ese colectivo avispado que siempre va por delante de los propios hijos y les va soltando bombas de información o bulos como que fulanito ya lo ha hecho con menganita y son novios).

Como digo, a nuestros hijos les hablamos sin rodeos pero adaptando la información a sus necesidades, su edad y su momento madurativo. No puedes enseñarles a hacer divisiones si no se saben las tablas de multiplicar, ¿cierto? Bien, pues a mi hijo le hablaron de prácticas sexuales de las que no sabía nada, y de otros temas que, a sus trece años, no nos pareció oportuno que se trataran en un aula. Cuando terminó la semana mandé un correo a la empresa encargada, expresándole nuestro punto de vista y lo que había contado nuestro hijo en casa.

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Al día siguiente me llamaron por teléfono y estuve un rato hablando con la sexóloga que estuvo en clase de mi hijo. Me explicó que su forma de trabajar es favorecer que esas sesiones sean un espacio y un lugar donde los alumnos expresen sus dudas e inquietudes con respecto a la sexualidad y donde se les reorienta y corrige cuando tienen ideas erróneas, y se les habla de aquello que van demandando. Algo así me dijo, y claro, hay que tener en cuenta que algunos tienen conocimiento de muchas cosas, otros han repetido y tienen uno o dos años más que el resto y han tenido ya relaciones sexuales, y ellos están ahí para escuchar y orientar y blablabla. Esto no se lo dije a ella, pero me toca las narices muchísimo ese empecinamiento en dejar que el alumno sea quien marque el aprendizaje: ¡vamos a dar en clase lo que a ellos les interese, para que sea un aprendizaje significativo! Que manden ellos, ¿qué puede salir mal?

Aunque argumenté y rebatí, al terminar la conversación telefónica tuve la sensación de que me llevó a su terreno y además me hizo un poco la pelota: qué bien que vosotros como padres le habléis de todo y que estas sesiones hayan favorecido un diálogo, lamento que se haya llevado impresión con algunas cosas, pero así es la vida. Sí, qué bien todo, ajá.

Me mandó un correo la directora del instituto: que estaba al tanto de lo ocurrido y que lamentaba que mi hijo se hubiera llevado una mala experiencia, pero que llevaban años trabajando con esa asociación y sin ningún problema nunca. Que si necesitábamos cualquier cosa, ahí nos tenía. Se lo agradecí, claro. A veces me pregunto si, cuando nunca ha habido ningún problema, será porque nadie se ha atrevido a levantar la voz y expresar su desacuerdo.

En fin, yo solo pido que, en aras de los tan manoseados términos de la diversidad, la inclusión, el respeto, etc., se tenga en cuenta la variedad del público al que se dirige una información tan sensible, solo por el mencionado respeto. Soy muy consciente de, en efecto, la variedad que puede haber en un aula adolescente. Habrá quienes se acercaron al porno (sí, al porno) a los ocho o nueve años (una lacra horrorosa que, como sociedad, hay que atacar), quienes no saben ni siquiera cómo funciona el ciclo menstrual ni conocen ningún método anticonceptivo. Bueno, pues precisamente por esta variedad hay que tratar estos temas con mucho cuidado y yendo de menos a más. Primero, las tablas de multiplicar, y luego las divisiones.

A los pocos días de suceder esto, hablé con una amiga, y en el instituto de su hija iban a tener también varias sesiones de educación afectivo-sexual. Al menos allí les iban a citar las familias para un reunión informativa. Mi amiga y yo estábamos de acuerdo: no podemos pararlo ni posicionarnos en contra, pero afortunadamente ambas tenemos hijos dialogantes que comunican muy bien y que cuentan las cosas. Que sirva todo esto para tener largas conversaciones con ellos, rebatir aquello con lo que no estemos de acuerdo y formarles desde casa, en familia, para enfrentarse al mundo con la información necesaria y los valores que les hagan ver que no hay que ser como la mayoría, que no hay que querer correr, que tienen trece años aún. Y que aquí estamos sus padres para lo que necesiten.

De tarea

Me he dado cuenta de que en 2024 llevo publicadas trece entradas en el blog, así que, aunque no soy supersticiosa, vaya aquí la decimocuarta para no conjurar la mala suerte en el último día del año.

Un año más se me han vuelto a pasar los 365 días + 1 (ya que fue bisiesto) volando. Entre trabajar, los niños, los quehaceres cotidianos y los imprevistos que se inventa la vida, se acaba ya el año en que cumplí 44. Qué razón tenía mi abuelo cuando me decía que, pasando de los 18 años, el tiempo corría que se las pela. Sin darme ni cuenta ya tengo un hijo adolescente y otra cada vez más cerca de serlo. Confieso que a veces me entra morriña y desearía, por un minuto, que menguaran y volviesen a gatear, balbucear y tener esa textura blandita y achuchable de bebés. Después se me pasa, claro, pero algo ha detectado el algoritmo del móvil que no hace más que proponerme vídeos de bebés monísimos.

Las peleas ahora no son para que coman, duerman la siesta o se les pase una rabieta. Los esfuerzos se centran en combatir el exceso de pantallas, en que se concentren por más de treinta minutos seguidos para realizar una tarea o estudiar para un examen, en que lean, salgan a la calle, hagan deporte y les dé el aire, desarrollen su personalidad y eviten las malas compañías. En definitiva, estas y otras batallas libradas cada día por padres y madres de adolescentes tienen lugar en un escenario a veces nada alentador: llegamos del trabajo cansados, nuestros hijos regresan también de una jornada intensa que los ha levantado a las siete de la mañana y los ha tenido en clase seis horas. Tras la comida quieren descansar un poco, pero enseguida han de enfrentarse a los deberes. LA TAREA.

Añadamos otro ingrediente: las nuevas tecnologías. En secundaria utilizan el chromebook para todo. Los profesores suben al classroom (de Google) las tareas de su asignatura: tal o cual ejercicio en tal o cual formato y su fecha de entrega. El alumno se acostumbra o se tiene que acostumbrar a diseñar presentaciones, crear diapositivas, contestar kahoots o interpretar mapas virtuales, o simplemente contestar preguntas, pero en el chromebook: realiza la mayor parte de sus tareas en una pantalla, la mayoría de las veces por pura intuición o aprendiendo a base de errores, ya que manejan aplicaciones que sus padres desconocen por mera brecha generacional.

Supongo que a los profesores les resultará mucho más cómodo corregir treinta o cincuenta ejercicios y trabajos que llegan directamente a su cuenta de classroom, donde controlarán fácilmente quién ha entregado la tarea a tiempo y quién no, donde corregirán y evaluarán a golpe de ratón y devolverán la calificación con un clic. Supongo, también, que no les queda otra porque son directrices de los de arriba, y que habrá muchos docentes contrarios a estas prácticas.

Pues bien, voy a hablar por boca de mi hijo. Está en segundo de ESO y ya está harto de tanto chromebook y tanta pantalla. Cree (y estoy de acuerdo con él) que tardaría la mitad de tiempo en hacer esas mismas tareas en papel. Luego está la cuestión de si se exceden o no con la cantidad de tareas. Al mío le ha caído en suerte -más bien en desgracia- una profesora de física y química que no descansa un solo día: todos los días que toca su asignatura vuelve mi hijo con tarea. Como además no le gusta la materia, es un suplicio enfrentarse todas las tardes y muchos fines de semana a esos deberes. Igual la clave no es la cantidad y la frecuencia de esas tareas, sino la calidad. Valdría más la pena centrarse en tareas importantes, realizadas en clase, y corregidas y explicadas delante de los alumnos, que mandar a diario ejercicios sin ton ni son que solo se califican, sin entrar en explicaciones de dónde se ha fallado o qué se puede mejorar.

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¿Cómo vamos a fomentar que nuestros adolescentes realicen actividades al aire libre o socialicen fuera de una pantalla o del WhatsApp si pasan las tardes encerrados en su habitación despachando deberes mirando una pantalla?

Habrá quien me diga que estamos en el siglo XXI y hay que evolucionar con los tiempos: que las nuevas tecnologías son cruciales para nuestra forma de vivir y trabajar, y que los estudiantes de hoy son los adultos del mañana y deben ser competentes en el uso de aplicaciones digitales de toda índole. Mi opinión es que algo de esto es cierto, pero sin excedernos.

La escritura y el uso del papel y de los libros de texto son cruciales en el aprendizaje, y muchos estudios avalan esta postura. Y ahora que menciono la escritura: mi hija está en cuarto de primaria y sus profesoras les están mandando copiar a mano, como una tarea más que añadir a las divisiones o al inglés, textos de cuentos tradicionales para que practiquen la caligrafía, la ortografía y la presentación escrita. Deben escribir un trocito cada semana, ya que han detectado que la letra les ha empeorado desde infantil, en muchos casos. Por qué será que al final se vuelve a la enseñanza tradicional.

En fin, ya perdonarán estas disertaciones. Tenía ganas de desahogarme sobre estos temas y se me ha echado el año encima. Que Dios nos asista, que nos queda más de la mitad de la secundaria aún.

Muy feliz año nuevo, que 2025 les traiga salud, buenas noticias y días felices.

¿Ya se ha acabado el verano?

La percepción humana del transcurrir del tiempo puede verse afectada por factores como la memoria, la atención, la motivación y las emociones, pero además cambia a medida que envejecemos: los niños tienden a percibir el tiempo de manera más lenta que los adultos debido a su desarrollo cognitivo y a la novedad de sus experiencias.

Esta obviedad que acabo de soltar la he tomado de la página del colegio de psicólogos en Argentina (de dónde mejor). Pero no hace falta colegiarse ni estudiar psicología para darse cuenta de que el paso del tiempo no lo percibimos de igual manera a los ocho años que a los dieciocho, veintiocho o cincuenta y ocho.

No sé que ha pasado este verano para que mi percepción al llegar septiembre haya sido la de ir caminando por la vida, como Melendi, sin pausa pero sin prisa, y de repente ver cómo un tren se dirige hacia mí a una velocidad desbocada y terrorífica sin que yo muestre más reacción que quedarme en el sitio esperando a ser arrollada.

Qué tiene el mes de septiembre para que muchas personas lo sintamos como el año nuevo pero sin uvas, ni campanadas, ni brindis a medianoche. Supongo que tener en casa a dos individuos en edad escolar ayuda bastante. Preparar material, ropa, libros; pagar matrículas, extraescolares y cuotas; recordar cargar el chromebook, poner almuerzos, firmar justificantes; asistir a reuniones, mandar correos, contestar en el grupo de padres… y cientos de tareas como estas, relacionadas con el inicio de curso, caen y rebotan constantemente dentro del cajón cerebral, ya de por sí lleno a rebosar, de padres y madres de todo el mundo civilizado.

Sobre todo de madres. La tan famosa carga mental sigue siendo cosa de ellas -de nosotras-, por mucho reparto de tareas que nos propongamos con el padre de las criaturas. Y ojo, que aún así hemos avanzado muchísimo con respecto a la generación anterior. Aunque me arriesgo a asegurar que la carga mental de entonces (en los años ochenta y noventa), en lo que a los hijos y el colegio se refiere, no pesaba los quintales que pesan las nuestras. Porque la vida era mucho más fácil. Ahora tenemos hijos hiperdigitalizados, hiperestimulados, hiperextraescolarizados, en una sociedad multitarea, extracompetitiva y contrarrelojizada. Siento tanta invención de palabras, pero así se entiende mejor lo que quiero decir.

Y si la carga mental fuera poco, la administración que nos cobra los impuestos a todos tampoco pone las cosas fáciles. Que se lo digan a la mamá de Arturo, que sube a su hijo a la espalda por las escaleras del colegio porque el ascensor que debería funcionar en dicho colegio lleva estropeado desde el final del curso pasado. Hay que ser de piedra para no sentir una punzada de rabia y tristeza con situaciones como esa. ES.DECIR en X: «Un mundo teóricamente accesible y prácticamente imposible para personas como Arturo (por desgracia)» La verdadera inclusión es que niños como Arturo puedan estudiar en un colegio que les haga la vida más llevadera, sin complicar más el ya de por sí duro transcurrir de los días. Arreglar un ascensor no debería costar tanto, ni en dinero ni en tiempo.

Y ya que hablamos de tiempo, soy consciente de que no me prodigo mucho por aquí últimamente. Mis sinceras disculpas. O quizá agradecen este silencio bloguero al que les tengo condenados en los últimos meses. La verdad es que el verano me ha tenido entretenida; quizás ahora que nos encaminamos hacia los nubarrones, el frío y las tardes de sofá y manta les empiece a dar la turra con más asiduidad.

Respiremos hondo, que ya ha empezado el curso.

Cualquier día, la cabeza

Lo que me ha pasado esta tarde es digno de guion de película. Tras recoger a mi hija del colegio hemos ido en coche a renovar su DNI, para lo cual teníamos cita a las cinco y media. Íbamos ya un poco justas, y en esa zona de Pamplona, si de por sí es difícil aparcar, las salidas de los colegios complican más la tarea. Como veía imposible encontrar sitio cerca de la comisaría, he tirado hacia Lezkairu, un barrio próximo donde también cuesta lo suyo aparcar, pero ha habido suerte y aún teníamos tiempo de llegar a la cita, a paso ligero, eso sí. Todavía nos faltaba sacar las fotos de carné, pero afortunadamente la tienda (que está frente a la comisaría) estaba vacía y el fotógrafo ha sido muy rápido y amable.

Hago aquí un inciso. El sitio donde hemos aparcado es una calle larga con muchas plazas para estacionar en batería, y anexa hay una ladera con rampa peatonal por la cual se accede al patio de un colegio. Rápidamente he deducido que no solo se podría acceder al colegio sino que habría algún camino aledaño para llegar a la calle donde está la entrada principal, desde la que, a 300 metros, se encuentra la comisaría de policía. Estaban saliendo los niños de clase en ese momento, y nosotras íbamos en dirección contraria, rampa arriba mientras todo el mundo iba rampa abajo. Para corroborar mi deducción, le pregunto a una mamá de las tantas que nos íbamos cruzando, y me dice que sí, que hay salida a la calle después de atravesar el patio. En esto que se termina la rampa y accedemos al colegio, que es un bullir de uniformadas criaturas masticando la merienda, y papis y mamis cargando con mochilas y abrigos. Con los nervios y las prisas vuelvo a preguntar, en este caso a un papá, por dónde salgo del patio hacia la calle principal. Me lo indica amablemente y, por fin, mi hija y yo vemos la luz al final del túnel y hacemos válido el atajo colegial con el que nos hemos evitado unos cuantos pasos de más.

Hasta aquí el inciso. Y ahora viene lo bueno: al salir de la policía tan contentas con el DNI en la mano me doy cuenta de que no llevo el móvil. La última vez que lo había usado lo llevaba en la mano en el patio del enorme colegio, pero no consigo averiguar dónde ni en qué momento lo he perdido. Volvemos hasta donde habíamos aparcado mientras mi lengua reprime unas cuantas maldiciones y mi cerebro está ya pensando en la cantidad de información que guardo -y que guardamos- en el móvil, y en la faena que supone perder un dispositivo del que somos tan dependientes ya para todo. Iba pensando en esto y en que debía volver a casa para llamarme a mí misma, a ver si alguien lo había encontrado.

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Por fin, arranco el coche y desaparco, y a los pocos metros veo a mi marido salir marcha atrás de una plaza de aparcamiento. Nos saludamos con el claxon y al pasar a su altura me grita por la ventanilla: ¡tengo tu móvil!

Doy media vuelta y detengo el coche, me bajo y me acerco a él. He aquí lo sucedido: un padre del mencionado colegio encontró mi teléfono, pulsó el botón de emergencia que aparece en la pantalla de bloqueo y accedió a los contactos de emergencia. Y ahí estaba el número de mi marido, al que llamó para explicarle que tenía mi teléfono. Claro, el pobre no sabía de qué le estaban hablando ni por qué yo había perdido el móvil en un colegio que no es el de nuestros hijos. No supo relacionar la proximidad de la comisaría con el lugar donde apareció el teléfono. En cualquier caso, dejó lo que estaba haciendo y se fue a donde le dijo este hombre que estaba aguardando para entregarle el móvil.

Estimado conciudadano: ¡gracias, gracias, muchas gracias! No todo el mundo es así de honrado, ni todo el mundo sabe que en la pantalla de bloqueo se puede acceder a los contactos de emergencia, ni todo el mundo está dispuesto a perder unos minutos de su ajetreada vida para ayudar a alguien. Gracias por llamar, por preocuparte, por esperar. Te podrás imaginar el gran favor que me has hecho hoy.

Apunten: en los ajustes del móvil, vayan a «seguridad y emergencias«. Pulsen «información de emergencia«, y ahí podrán añadir su nombre, grupo sanguíneo, si son donantes de órganos, y más abajo los contactos de emergencia. Añadan los contactos que deseen. Será la forma más sencilla de que, si pierden el teléfono, como yo, les puedan avisar, o si un día están indispuestos o inconscientes y un sanitario debe llamar a alguien por lo que sea, pueda hacerlo. También se puede agregar información médica, como la medicación que toman o si son alérgicos a alguna cosa. Una vez rellenado todo, prueben a bloquear el móvil. Pulsen el botón de desbloqueo pero no pongan el pin ni dibujen el patrón. En la pantalla verán «emerg…». Desde ahí cualquier persona que no pueda desbloquear el móvil entrará en los contactos de emergencia, y solo ahí. No podrá ver ninguna otra información del teléfono. Y está comprobado que puede ser de gran ayuda.

Sombra aquí, sombra allá

El otro día descubrí que pertenezco a la generación X. Bueno, descubrí de hecho los nombres de varias generaciones, y que mis hijos pertenecen a la Alfa, la posterior a la Z, que es la inmediatamente posterior a la Millenial, que es la inmediatamente posterior a la X. Vamos, que entre mis hijos y yo median dos generaciones más. Les dejo una ayudita para no perdernos con las fechas que abarca cada generación. Aviso: a la siguiente la llamarán Beta: ¿A qué generación perteneces?

Los de mi generación crecimos en un mundo analógico, sin internet ni redes sociales, donde existían teléfonos con cables que se enredaban un montón y en los que marcar un número costaba giros y giros de rueda. Como no había tutoriales ni creadores de contenido, para todo teníamos que recurrir a alguien «que supiera», o nos teníamos que leer las instrucciones que venían en las cajas, o preguntar al vecino, a los padres, los tíos, etc. Cuando era adolescente y jovenzuela, nunca llegué a maquillarme. En primer lugar porque mi madre, el referente adulto en cuestión, no se maquillaba; como mucho, se pintaba la raya del ojo, y a mí eso de pasarme un lápiz por la línea de agua inferior me daba mucho repelús. En segundo lugar, porque mis amigas de entonces tampoco se maquillaban aún. No tuve quien me enseñara y tampoco tenía mucho interés, la verdad. Estoy hablando de mis 12 a 17 años, cuando los únicos peros que tenía mi piel eran los granitos ocasionales del acné o las leves quemaduras de cuando me excedía de horas de piscina y se me ponía la cara roja. Con el paso del tiempo fui aprendiendo a comprarme algún producto que otro y más o menos a utilizarlo: pintalabios, máscara de pestañas, colorete… Me los ponía en ocasiones muy muy especiales, desde luego no para la rutina diaria de ir a clase.

Las adolescentes de hoy se mueven como pez en el agua entre bases, correctores, iluminadores, perfiladores de cejas y de labios, lápices de ojos, sérum, sombras de ojos, polvo mate, polvos bronceadores, colorete, labiales, brillos… Hace unos días, dos chicas que iban en el mismo autobús que yo a las ocho de la mañana iban charlando mientras una de ellas, con una pericia asombrosa, se maquilló, agarrada a la barra vertical, las cejas, los labios y los pómulos, y no se cayó al suelo ni se metió un lápiz al ojo a pesar de los frenazos y vaivenes del autobús. No tendrían más de quince años.

Mi mejor amiga me comentaba el otro día, preocupada, cómo su hija de doce años le pidió comprarse un producto de maquillaje en el Mercadona. Existen cadenas de tiendas de perfumería y productos similares del mundo, llamémoslo, «belleza», que literalmente reciben hordas de adolescentes y niñas muy jóvenes que van en grupos como quien pasa la tarde en el cine o merendando. Se sirven de una estética juvenil, con muchos tonos rosa y fucsia, con dependientas muy jóvenes y muy maquilladas, con precios muy competitivos y disposición de supermercado: no te tiene que atender nadie: entras, miras, tocas, coges lo que quieres y pagas. Tienen tarjetas de fidelización: a más compras, más ventajas o descuentos. La mayoría de estas clientas tiene ya redes sociales, ha visto utilizar los productos en vídeos protagonizados por chicas de su edad a las que pagan las marcas por publicitar su género. Les hablan directamente a ellas, les instan a tener mejor cara, a estar bellas, a tapar imperfecciones, sin importar las consecuencias que todo ese proceder va a tener en su piel. Adolescentes obsesionadas con el skincare: el otro peligro de las redes sociales

Suelo leer lo que publica en Instagram Carmen (@carmenhijosconexito), una pedagoga, investigadora y madre, porque siempre da buenos consejos sobre la adolescencia en muy diferentes temas. Sobre el tema que nos ocupa, publicaba el otro día estas reflexiones. Dejo las imágenes para quien no tenga acceso a Instagram:

Las consecuencias de querer convertir en adultas a nuestras niñas -también a los niños, claro- ya se están viendo en forma de problemas de autoestima, acoso escolar, bajo rendimiento escolar, abusos sexuales, diversos trastornos mentales, ideas suicidas… Parece una cuestión banal, pero no lo es en absoluto. El culto exacerbado del yo y de la imagen, pero sobre todo de la imagen que los demás tienen de nosotros, está llevando al límite a muchas personas, y las más vulnerables son las personas jóvenes, que libran día tras día una batalla por la aceptación, por estar bien valorados en el grupo, pero casi nunca por motivos intelectuales, sino por ser guapos, vestir bien y a la última, tener las mejores zapatillas, llevar el mejor maquillaje, lucir un pelo brillante y espectacular, de salón de belleza.

Los jóvenes están cortados todos por el mismo patrón, raro es el caso que desentona y se sale un poco del rebaño. Como leí el año pasado en un libro magnífico (Salmones, hormonas y pantallas, de Miguel Ángel Martínez González), hay que atreverse a ser salmones en la vida, porque los salmones nadan contra la corriente. Algo cada vez más difícil pero también cada vez más necesario.

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Admitido

Al acabar la primaria, un niño tiene en Navarra tres opciones para estar escolarizado en un centro de secundaria.

Una es continuar en el mismo centro educativo, si este cuenta en su oferta con educación secundaria obligatoria. Los centros concertados suelen recibir al alumnado con 3 años y lo despiden cubierto de acné con 16 (acabada la ESO) o con 18 (tras el bachillerato).

Otra es ejercer su derecho a plaza en el instituto adscrito a su colegio: los centros públicos tienen «adjudicado» un centro de secundaria por cercanía o por similitud curricular (modelo lingüístico, por ejemplo), y en principio el alumnado cuyo colegio es un centro adscrito tiene prioridad para estudiar en ese centro de secundaria. Es decir, acaban sexto en su colegio y pasan al instituto que le corresponde a su colegio, que es adonde, en principio, irá la mayoría de sus compañeros. Sobra decir que la decisión acerca de qué instituto le corresponde a cada colegio no está en nuestras manos, queridos, sino en las del departamento de Educación.

Y la tercera vía es optar, a través de una solicitud dirigida al departamento, a que el alumno estudie en un centro de secundaria que no es el que le corresponde. Dicha solicitud requiere enviar en plazo cierta documentación, y pobre de ti si se te pasa ese plazo.

Optando por esta tercera vía, sobreviene un periodo de incertidumbre, peor que cuando estábamos esperando si la UEFA dejaba a Osasuna jugar la Conference. Las plazas que oferte el instituto objeto de nuestros deseos (o institutos, ya que se pueden consignar hasta seis en orden de preferencia) se conceden, de manera preferente, a alumnado con necesidades educativas especiales, y además, como he dicho, a alumnado procedente de centros adscritos. Si después sobran plazas libres, se conceden a los solicitantes teniendo en cuenta un baremo con diferentes criterios puntuables.

Los criterios en cuestión responden a situaciones familiares (familia numerosa, monoparental, víctima de violencia de género…), económicas (nivel de renta), geográficas (puntúa la cercanía del domicilio con el centro o la cercanía del lugar de trabajo de uno de los progenitores con el centro educativo), de coincidencia (tener hermanos en el mismo centro o uno de los padres trabajando en él), etc. Habiendo empate a puntos, se sigue el orden alfabético a partir de las letras que salieron en un sorteo público realizado ad hoc. El listado de admitidos se ordena por puntuación según baremo y atendiendo a este sorteo de letras.

No existe ningún criterio académico en el baremo; un expediente brillante no tiene ninguna importancia. Curioso esto de que, por ejemplo, alguien que ha aprobado la primaria a trompicones tenga más puntos que otro alumno de nueves y dieces solo por contar, por ejemplo, con un hermano mayor en el centro al que quiere entrar.

En marzo hicimos la preinscripción por la «tercera vía». En junio y julio salieron listados de admisión, y mi hijo quedó siempre en lista de espera. No teníamos otra opción que matricularlo en el centro de referencia, que no era de nuestro agrado por diferentes motivos. Capítulo aparte merece el hecho de que los días para hacer la matrícula fueran, exclusivamente, el 5 de julio en horario de oficina y el 6 de julio hasta las 11:45. Los de Pamplona sabemos cómo está el ambiente por esas fechas, ¿verdad? Pobre de ti si se te había ocurrido irte de vacaciones coincidiendo con esos días. Y no, no había más días para hacer la matrícula, qué te habías creído.

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En fin, llegó septiembre y, aunque las listas de espera seguían teniendo vigencia y aún podía ocurrir cualquier cosa, nos habíamos hecho a la idea de que el día 7 nuestro hijo iba a empezar secundaria en un centro que teníamos que aceptar con resignación y todo el optimismo posible. El mismo día 3 fui con mi hijo de casa al instituto para que se aprendiera el camino y las paradas de autobús.

Pero tres días antes del inicio de las clases recibí la llamada, justo un día después de esa pequeña excursión para enseñarle el camino al instituto al que ya no iba a ir. Se habían producido vacantes en el centro de nuestra elección, y me preguntaban si estábamos interesados en formalizar allí la matrícula. Si me hubiera tocado la lotería no me habría puesto tan contenta, creo yo. No olvidaré nunca ese lunes.

Mi reflexión sobre todo este periplo es la siguiente. A pesar del final feliz de la historia, me pregunto a qué cabeza cruel se le ocurrió tener a multitud de familias toda la primavera y casi todo el verano pendientes de si la lista se mueve, de si el departamento le llama, de a qué centro van a ir los compañeros de colegio de su hijo, de si tendrán que hacer malabares con los horarios, de cómo llegar todos los días al instituto, con coche, sin coche, con autobús, villavesas, a pie, etc. Mi solidaridad también con las familias que, inocentemente, creyeron que tenían plaza asegurada en el instituto que les correspondía y que, sin embargo, se han quedado fuera a pesar de tener preferencia para entrar, simplemente porque el departamento no ha abierto más líneas en ese centro y ha habido más demanda que oferta. Hasta en la prensa ha salido esto, con firmas y firmas de las familias afectadas.

Expulso con una sonrisa un gran suspiro de alivio porque todo ha terminado bien para nosotros. Pero envío desde aquí un tirón de orejas virtual a todo aquel con competencias para darle una vuelta a todo este proceso de admisión de locos.

Feliz curso nuevo.