Nos vamos de “cerdintxo”

Hace unos años unos hosteleros instauraron en Pamplona el llamado “juevintxo“: ofertas especiales los jueves para ir de pintxos. Pero ya hace mucho, y últimamente con más motivo, que el nombre deberían cambiarlo por “cerdintxo“.

No pasa semana sin que los vecinos del Casco Antiguo, que son quienes más sufren esto, contemplen impotentes cómo se quedan sus calles tras una tarde-noche de juevintxo. Sumémosle la del viernes y la del sábado, y añadamos al ocio de ir de bares el bebercio callejero: el botellón, y ya tendremos el pack completo de ruido, voces y carcajadas, vasos alfombrando el suelo, bebidas derramadas que hacen que se peguen las suelas y, a veces también, peleas callejeras, broncas, música en móviles con altavoces, etc.

Podemos entender la efervescencia juvenil, las ganas de pasarlo bien, la necesidad de salir con los amigos, de echarse unas cervezas. Pero no logro entender que todo esto tenga que llevar aparejada la suciedad inmunda que acaba llenando esta parte de la ciudad mayoritariamente. Llevar tres copas de más no debería ser excusa. Parece que la pandemia y sus restricciones han hecho que tanto aguantar y acatar haya acabado explosionando en forma de libertinaje y diversión mal entendida. No solo se trata de suciedad, claro, sino de las molestias que ocasionan a quienes quieren descansar, que también están en su derecho.

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Lo sé, es el cuento de nunca acabar. Algunos dicen que ya se sabe lo que conlleva vivir en la parte vieja. Otros, que todo el mundo tiene derecho a pasarlo bien, que qué se le va a hacer. Otros echan la culpa a los hosteleros, o a que han quitado el toque de queda. Los más afortunados tendrán una segunda vivienda a la que huir a partir del jueves, o habrán invertido dinero en insonorizar su casa. Muchos, por desgracia, acaban mudándose, dejando la parte más bonita de Pamplona cada vez más desierta.

No me imagino qué clase de educación recibirán algunos en su casa: como ya están los de la limpieza del ayuntamiento para eso, pues qué más da, ya limpiarán ellos. Si en el fondo es para que no se queden sin trabajo…

En fin, sé que hay temas más trascendentes, pero veo las imágenes de Barcelona -las últimas de las fiestas de Sants y del barrio de Gracia-, veo Pamplona, o las “no fiestas” de tantos lugares de España, y me entran ganas de agarrar a esos cerdos con dos piernas por las orejas o algún sitio peor, darles un cesto, una escoba y unos guantes (o sin guantes, qué leches) y mandarlos de una patada en el culo a dejar la ciudad como los chorros del oro. ¿Me sale la vena madre? Pues sí, pero ya llegarán a mis años, ya. Que yo a los suyos no era ninguna cerda.

Deshumanizados: #SinLatínYGriegoNoHayFuturo

Para saber de qué va esta entrada: Sentencia de muerte para Latín y Griego, por Jesús de la Villa Polo

El debate Ciencias o Letras viene de muy atrás. A los de Letras siempre nos han mirado por encima del hombro, minimizando nuestras salidas laborales, la dificultad de las materias (Humanibares era un recurrente juego de palabras) o dando por hecho que el que no valía para estudiar o era más “cortito” acababa yendo por Letras.

Cuando estudié el extinto BUP (bachillerato), Latín era materia obligatoria en segundo curso, con quince años. También lo era Matemáticas, con unos temas endiablados -funciones, números irracionales, trigonometría, cálculo de límites- que nunca jamás me han servido para nada, ni me servirán, en toda mi vida. Algunos argumentarán que saber las declinaciones tampoco les ha servido de nada en su vida. La diferencia, en cambio, estriba en que todos hablamos una lengua, el español o castellano, que no deja de ser un latín muy evolucionado. Conocer el latín, de entrada, es conocer más a fondo la propia lengua y otras lenguas romances -francés, italiano, gallego, catalán, portugués…

Según Wikipedia, “el léxico del español está constituido por alrededor de un 70 % de palabras derivadas del latín, un 10 % derivadas del griego, un 8 % del árabe, un 3 % del gótico, y un 9 % de palabras derivadas de distintas lenguas”. Vemos que el 80 % de nuestro vocabulario viene de dos lenguas maliciosamente llamadas muertas. Dejando de lado el aspecto meramente lingüístico, nuestra sociedad y forma de vivir son consecuencia de aquellas civilizaciones grecolatinas antiguas, y conocerlas mediante materias como Cultura clásica, sumada al estudio de dichas lenguas, provee a los estudiantes de unos conocimientos y un bagaje cultural aplicables en terrenos varios como la historia, la arqueología, la paleontología, la archivística y documentación, la traducción e interpretación, el arte, la arquitectura, etc. 

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El estudio y traducción de textos en latín o griego ponen en marcha unos mecanismos del pensamiento que, sin ser yo pedagoga ni experta en la materia, resumiré aquí por mi mera experiencia de estudiante (aunque hayan pasado casi dos décadas). Para empezar, es indispensable la memoria. Latín y griego se declinan y tienen unas conjugaciones verbales muy complejas que, igual que las declinaciones, hay que saberse de memoria. Ante un texto, reconocer a un golpe de vista sustantivos y adjetivos que concuerdan en caso, género y número, es básico para ir agrupando la sintaxis y, por tanto, poder traducir correctamente. La sintaxis clásica no es sencilla, pero dominar sus bases clarifica muchísimo el funcionamiento de nuestra propia lengua y fomenta nuestra capacidad analítica. Un ejemplo: en español decimos “La casa de Pablo es grande”, y “Estuve en la casa de Pablo”. El sintagma casa de Pablo es invariable en español, pero su función cambia porque le añadimos, en este caso, una preposición de lugar en la segunda oración. En latín sería: Domus Pauli magna est (La casa de Pablo es grande); In domu Pauli fui (Estuve en la casa de Pablo); la función sintáctica nos la dicta el caso gramatical. Con el griego ocurre parecido, pero es más complejo porque también hay artículos (en latín, no), y el alfabeto es diferente (preciosas letras con las que nos mandábamos mensajes ocultos que los de ciencias no entendían, ja). En definitiva: memorizar, observar, agrupar, analizar, traducir. Pocas materias del bachillerato ordenan la mente y exprimen tantas capacidades como el estudio del latín y el griego, amén de los conocimientos lingüísticos y culturales que proporcionan. 

Como en estos tiempos nuestros solo parecen importar las ciencias, las nuevas tecnologías, la robótica, el progreso y el futuro con mayúsculas, todo lo antiguo, arcaico, muerto, rancio u obsoleto parece que no sirven para nada. Todo se mide en rentabilidad y en trabajos lucrativos, y nada interesa el pasado, al contrario, se denuesta. Ahí tienen a los derribaestatuas iconoclastas e ignorantes, que no saben la diferencia entre a ver / haber, o haya, halla, aya, o vaya / valla / baya.

El aula en casa

El curso escolar más extraño de nuestras vidas está a punto de terminar, y aún no sabemos de qué manera será el siguiente. No voy a comentar nada, no sea que vuelva el “donde dije digo, digo Diego”, tónica general de cualquier ministerio que se precie. Cuando sepamos realmente las ratios, la obligatoriedad o no de llevar mascarilla, y qué es eso de grupos convivientes en el aula, igual, no lo sé, me dará por opinar algo, aunque no sirva de nada.

Lo que quiero en realidad con esta entrada es romper una lanza en favor de un colectivo generalmente infravalorado e incluso vilipendiado, más aún si cabe en el reciente confinamiento y cuarentena de la era covid-19: los docentes.

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De respeto, educación y normas

Algunas personas estaban mejor confinadas y no esparciendo su mala educación en las horas establecidas, las no establecidas y las inventadas. Para lo poco que salgo, cuántas maldades veo.

Todo empezó el 26 de abril, primer día en que los niños podían salir a pasear con un progenitor, una hora al día, no más de un kilómetro desde su domicilio, y entre las 12 y las 19 horas. Abro la ventana y veo la plaza de abajo llena de gente, con padres haciendo corrillos, sin guardar distancia, mientras sus niños juegan con los del vecino compartiendo balón y quizá algo más. Paseando, no muchos. Los días sucesivos la historia se repite, aunque poco a poco va tomándose conciencia del uso de la mascarilla y la distancia preceptiva. En este tiempo me he encontrado casualmente en la calle y en dos días diferentes con dos conocidas, sin mascarilla ambas, y les hablé de lejos, no las besé ni toqué. Noté extrañeza en su mirada pero, qué quieren que les diga, me da igual.

Continuamente veo guantes y mascarillas tirados por la calle, amén de bolsas de basura apiladas junto a contenedores que deben de estar ahí de adorno, porque parece que cuesta mucho trabajo introducir los propios desechos por la abertura.

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Hay personas a las que, de repente, les da apurillo apartarse como si el prójimo fuese un apestado. ¡Y es que a lo mejor el otro sí es un “apestado”!Que vaya alguien por la acera y le rebasen viandantes sin mascarilla, ciclistas o corredores que no se apartan lo más mínimo para evitar riesgos de contagio, sin inmutarse ni pedir disculpas, me hace pensar que, una de dos, o son unos desconsiderados, o son considerados de más porque no quieren que los tachen de misántropos. En cualquier caso, mal.

Mal no, peor, es manifestarse por el motivo que sea abarrotando calles y favoreciendo que los hospitales vuelvan a desbordarse. Si el motivo es ensalzar a un asesino, entonces la temeridad, además de sanitaria, es de índole moral. Pero ahí ya no entro.

O la gente tiene una grave falta de comprensión lectora, o reinterpreta las normas según su conveniencia. Sabemos que leer el BOE es mortalmente aburrido, pero es que ni siquiera hay que pasar ese trance: cualquier noticiero, periódico, página web o incluso influencer nos puede poner al día de manera más concisa y clara. Si luego ya “adaptamos” la norma, así nos va. Niños a las 9 de la noche por la calle, octogenarios a las ocho, adolescentes en grupo sin distancia ni mascarilla, terrazas atestadas que no cumplen la normativa.

A nadie le gusta estar privado de tantas libertades como teníamos antes de esta pandemia. Pero no hay que olvidar que mi libertad acaba donde coarto la del otro. Listillos podemos ser todos, pero es mejor ser listos, no listillos, para que toda esta pesadilla acabe, para que no haya más contagios, para dejar que el personal sanitario se recupere física y mentalmente, para que puedan seguir abiertos los comercios y no nos vuelvan a confinar. Nunca antes la solidaridad, el buen comportamiento y la empatía habían sido tan importantes. Y de todo eso, algunos están muy faltos.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando los pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora “podemos” llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, lo están sobrellevando muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a “hacer recados”.

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que me estoy saltando el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Game over

     Mi hijo mayor acaba de cumplir ocho años, y hemos ido esta tarde a cambiar uno de los regalos que le hicieron sus amigos porque ya lo tenía. En uno de los pasillos de la juguetería no he podido evitar fijarme en el despliegue de muñecos y juguetes basados en el videojuego Fortnite. No hace demasiado que escuché por primera vez este nombre, en boca de una de las madres del colegio al referirse a que hijos de amigas suyas juegan con siete u ocho años a este juego en línea. Ya en aquel momento escuché por ahí que contiene violencia no demasiado extrema, pero violencia al fin y al cabo, y que se puede jugar en línea con desconocidos o chatear con ellos. Investigando un poco más, leo que es muy adictivo porque las partidas son muy cortas -como máximo de veinte minutos si consigues que no te maten-, que promueve la competitividad y genera frustración en el niño que no consigue durar los veinte minutos de la partida. Además incita a consumir porque, aunque es gratuito y tiene su app para móviles, los personajes mejoran en habilidades y aspecto comprándoles todo tipo de armas y vestimenta, tirando, claro está, de la tarjeta de papi y mami. La edad recomendada en Europa para iniciarse en él es 13 años. Guía para padres sobre el videojuego Fortnite: Battle Royale

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Al recreo

Aprovechando que es domingo y puedo tomarme un respiro, no podía venir al caso mejor tema que el recreo, pero el de los chiquillos, no el nuestro, al que llamamos “fin de semana” (o “finde”, ya puestos a ahorrar esfuerzos).

El otro día tuve la reunión de curso con los profesores de mi hijo. En ella, entre otras muchas cosas, se nos mencionó a los padres que, un año más, el colegio contaría con la “dinamización de patio”. Esta práctica, de nombre rimbombante, no es más que llevar a cabo una serie de actividades lúdicas en la hora del recreo para que los escolares no se limiten a jugar al balón o a aburrirse por las esquinas. En el gimnasio, juegos diversos; en la biblioteca, rato para leer o hacer alguna tarea pendiente; el “bibliocarro” con cuentos para todas las edades, y lápices y papel para dibujar.

La dinamización va dirigida a alumnos de entre 6 y 12 años, ya que los pequeñitos de educación infantil tienen el recreo en horario diferente. Si a niños de las mencionadas edades hay que entretenerlos para que la extendida práctica del fútbol no cope todo el terreno del patio, es que tenemos un problema de fondo y, quizá, de convivencia. Cuando iba al colegio (que entonces duraba hasta los 14 años), jamás sentí que nadie que jugara al balón me quitara mis derechos de usar el patio. Es más, jugábamos muchos -y muchas- al balón, y ocurría a diario. Ahora hay colegios en los que se fija un calendario semanal de práctica de fútbol; el día que no toca, no hay balones. Sigue leyendo

Oferta en la uni

Les pido perdón por haber desaparecido últimamente de sus pantallas. Antes son las obligaciones, y escribir no es una de ellas. No pensaba retomar el blog todavía, pero algún seguidor ya me estaba preguntando cuándo iba a publicar algo. Temas no me faltan, porque ¡menudo veranito! Ahora que empieza el curso escolar, traigo a colación una noticia que seguramente ya han oído o leído por ahí: El PSOE propone que las carreras científicas o técnicas sean gratis para mujeres el primer año

Como mujer que ha estudiado una carrera de letras-letras, me quedé al leer esto entre la perplejidad y el cabreo monumental. Para empezar, Mamá y Papá PSOE (por lo de la perspectiva de género, ejem) demuestran así velar por el futuro de las mujeres, esas tontitas del trasero que no tienen criterio ni capacidad de elección al enfrentarse a la universidad. Bonitas mías, aquí está el Gobierno-En-Funciones para daros la oportunidad de vuestras vidas: estudiar algo de ciencias sin pagar un euro el primer año. Así, si luego os pegáis el batacazo porque no es lo que queríais, solo habréis perdido un curso, pero nada de dinerito. ¿A que mola la idea? De paso, demostramos al mundo entero que las mujeres también podéis ser grandes matemáticas, físicas, biólogas e ingenieras, que tenéis cerebro debajo de las mechas rubias. ¡Abajo la brecha salarial, los techos de cristal y… a quemar los sujetadores!

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Mira, hijo…

No hace ni una hora que, de pronto, mi hijo de siete años me ha dibujado el símbolo @ y me ha preguntado (o más bien quería confirmarlo) si eso valía como la o, la a y la e juntas. Su tutora se lo había dicho. Y también tienen carteles en clase de mates para guiarles con los problemas, como que si el problema dice “entre los/las dos” significa que hay que sumar. Mi respuesta primera ha sido apagar la tele, mirarle a los ojos y decirle que su profesora no tiene razón y miente. El signo @ no es lingüístico. Lo que muchos le han atribuido no tiene fundamento científico (sí, la lingüística también puede llamarse ciencia). Entre su padre y yo hemos tratado de explicarle, para sus siete años, que el castellano tiene en el masculino plural la marca de ambos géneros. Le he puesto un ejemplo que mi profesor Ramón González nos dio en la universidad. La palabra ‘día’ es, frente a ‘noche’, el término no marcado, porque ‘día’ significa ‘día = horas diurnas de luz’ pero también significa ‘día + noche’, 24 horas. ‘Noche’ solo significa ‘noche’, es el término marcado.

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Así, ‘chicos’ es el término no marcado frente a ‘chicas’. Chicos puede ser sólo los chicos, o puede ser chicos + chicas. En cambio, chicas siempre será ‘chicas’.

Mi hijo lo ha entendido. Le he recalcado que si algún profesor le fuerza a desdoblar los géneros, que me lo mande con un lazo, que tendremos una charla. Lo sé, estoy en una batalla perdida, pero me niego a dejar de luchar.

Pequeños ludópatas

Recientemente algunos medios se hicieron eco de la labor preventiva que realiza la Policía Foral en el entorno de los centros educativos de Navarra que cuentan en sus inmediaciones con locales de apuestas deportivas. Visitaban estos negocios para recordar a sus empleados y dueños su deber de vigilar escrupulosamente que todos los apostantes son mayores de edad, y ante la duda, pedir siempre el DNI. La ludopatía no es cosa de risa, desde luego (aunque juego, en latín IOCUS, significaba ‘broma’) y se debe atajar desde la adolescencia o cuanto antes. La Policía Foral ha realizado 365 inspecciones este año para prevenir apuestas de menores

Sin salir del tema del juego, traigo a colación mis visitas esporádicas con mi familia a cierto centro comercial. Centro comercial Itaroa Quién no ha pasado un domingo en familia en el cine, en la bolera o merendando “marranadas” de las que no está permitido comer a diario. Bien, pues allá que nos fuimos para un bautismo de bolera con nuestros retoños. La novedad les impactó, y gritaban de felicidad cada vez que derribaban más de un bolo. El recinto dedicado al ocio está plagado de máquinas recreativas: desde las que permiten batallar contra marcianos o echar carreras de fórmula 1 hasta las infantiles que se balancean y encienden lucecitas para regocijo del peque, previo pago de un euro. Todo a un euro, señores.

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