Perdona nuestras ofensas

Prepárense para dos cosas: la primera, que vengo ofendida. Y la segunda, que esta entrada va a estar plagada de enlaces para que ustedes cliqueen a gusto y se entienda de qué hablo.

El acicate ha sido una persona con la que coincidí en la universidad y hace mucho que no veo en persona. Nos seguimos en Facebook y suele publicar reflexiones muy interesantes y con mucha guasa, como dicen en el sur. Transcribo parte de su última publicación:

<<Creo que ha llegado el momento de hacer oficial que los millennials ya han crecido y que el término que está despuntando para la generación actual es los «ofendiditos». Espero que alguien escriba un libro o empiece un blog sobre este tema, que da para mucho. Se puede empezar hablando del emoji ensalada al que hubo que quitar el huevo para no ofender a los veganos (…) y seguir directamente con el tema de los refranes que hay que eliminar por ofensas a animales (…). Nos estamos ofendiendo «por encima de nuestras posibilidades».>>

Recojo el guante, y empiezo diciendo que no doy crédito, ya que ni me había enterado de lo del emoji y los refranes. Aquí les dejo sendos enlaces para que se ilustren como he hecho yo: Google elimina el huevo de su emoji de ensalada para contentar a los veganos

PETA exige modificar los refranes «ofensivos» referidos a los animales porque «vulneran sus derechos»

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No es ninguna gilipollez

Más de uno se habrá llevado las manos a la cabeza al leer los extractos del libro más famoso del momento: Español en vivo.

La guía que enseña a los rusos a hablar español de puta madre

Para quien aún no se haya enterado, este método de enseñanza de español para hablantes de ruso ha desatado la sorpresa y las risas en Twitter y en algún magacín televisivo. Imagino que dicho manual irá dirigido a alumnos adultos, no a escolares menores de edad. Si nos llama la atención a los hispanohablantes es por varios motivos, y creo que el más obvio es que refleja con pasmosa realidad lo malhablados que somos por estos lares. Aquí hay más tacos que en una cantina mexicana.

El libro de marras tiene como autores a gente experta en la materia, como puede leerse en el artículo citado arriba. Todos los que hemos estudiado algún idioma podemos recordar cómo eran de correctos y «estiradillos» los diálogos que venían en los textos y ejercicios. Los profesores nos hablaban de pasada, en el caso del inglés, del slang y del colloquial English. Pues bien, aquí tenemos un ejemplo vivísimo del español de la calle, el de tu vecino, el tuyo propio cuando tienes un mal día, el del cuñado que lo cree saber todo, y hasta el del quinqui que trapichea. Por supuesto que no estamos todo el tiempo hablando así -quizá en algún módulo carcelario o en la grada de cualquier estadio de fútbol, sí-, pero quién se atreverá a negar que todos soltamos a la cuadrilla Gilipollas, Mierda, Coño, Puñetero, De Puta Madre, Me Cago En, Joder y La Hostia a la primera de cambio. Y al Cojonudo, Cabrón(azo), La Madre Que Me/Te Parió y Cojones.

woman making hand sign

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¿Deben estas lindezas aparecer en un manual de lengua extranjera? En mi opinión, siempre y cuando se especifique que pertenecen a un registro coloquial y aparezca su equivalencia en registro estándar, sí. No hay más que ver cualquier serie española. En muchos países tienen la sana costumbre de no doblar a su idioma nativo las ficciones televisivas, sean españolas o no. Las dejan en versión original, y está probadísimo que allí aprenden el español real, pues aunque las tramas son inventadas, suelen captar muy bien el habla del momento. Y no me refiero solo a la colección de tacos, sino a expresiones muy comunes que no pueden tomarse en sentido literal e incluso no tienen traducción o equivalentes en otros idiomas. Sin extenderme más, pensemos en frases como «¿Qué pasa?», que puede estar preguntando literalmente por lo que está sucediendo, o puede ser un saludo coloquial. O esta otra: «Nos vemos«. Es obvio que nos vemos, si tenemos la vista en condiciones. Pero sabemos que es una despedida también, del tipo hasta luego o hasta pronto.

La sociolingüística y la pragmática son ramas de la lingüística bastante olvidadas en la enseñanza de idiomas hasta hace pocos años. Este manual de español, o al menos las páginas que hemos podido ver gracias a internet, tiene en cuenta estos aspectos, y en un nivel de lengua intermedio-alto es de agradecer que aparezcan estas cuestiones. Así, cuando un ruso venga a España o hable con un español,  tendrá plena competencia lingüística. Un par de amigas con gran experiencia como profesoras de español podrían dar al respecto algún apunte.

Microrrelato escondido

Acabo de encontrar por casualidad esta página en la que se anuncia que varios microrrelatos elaborados por lectores de las bibliotecas navarras, entre los cuales se encuentra uno mío, van a publicarse en una revista que tendrá continuidad. Me ha hecho mucha ilusión, ya no me acordaba del relato porque lo entregué en la biblioteca allá por septiembre. Dejo el enlace de dicha página.

Revista Topatu. Pamplona Actual

Victorino R.

Cuando trabajaba de librera, tuve la suerte de conocer a muchos clientes que me dieron gratas conversaciones, sobre libros o sobre la vida, daba igual. Uno de ellos fue Victorino. Por edad podría haber sido mi abuelo. De pelo blanco, estatura escasa, bastón para la puñetera artrosis, mirada afable y siempre, siempre, amables palabras. Decía que le atendía como nadie, que siempre le conseguía los libros que me pedía. Victorino leía la prensa local a diario y tomaba nota de cuantas publicaciones se anunciaban en ella y eran de su interés. Casi siempre este interés tenía que ver con la arqueología. Hablaba con un placer sin igual sobre los yacimientos que había ido visitando a lo largo de los años: Santa Criz de Eslava, Numancia, Andelos, y otros muchos cuyos nombres no recuerdo porque quedan en otras provincias y no he tenido la suerte de visitarlos. El pueblo ibero le atraía especialmente, y sobre él era capaz de leer verdaderos tochos solo aptos para gente muy ducha en la materia. Pero él podía con todo, le ponía auténtico empeño porque, decía, si hubiera podido estudiar más, qué de cosas hubiera leído.

ancient art cemetery england

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Ahora acabo de enterarme de que tenía 83 años, cuatro hijos y cuatro nietos. No contaba mucho de su vida, solo que enviudó años atrás y que los hijos tenían su vida hecha, y que la edad ya le iba impidiendo hacer esas excursiones que tan buenos ratos le hacían pasar. La última vez que hablamos fue por teléfono, porque él quiso tener contacto conmigo aun habiendo cerrado la librería. Me llamaba, sobre todo, para saber qué tal me iba, si tenía trabajo o no, y para decirme que había leído la última carta al director que me habían publicado. A mi marido le hablaba de Victorino a menudo, sobre todo cuando aún le atendía detrás del mostrador. Un día, atando cabos, resultó que se conocían de vista. Entonces, cuando tuvo la ocasión, mi marido se presentó cuando andaba trabajando en la calle donde vivía Victorino y este le mandó saludos para mí. Qué coincidencia, debió de pensar.

En el periódico del 6 de noviembre he visto su esquela. No había podido leerlo hasta hoy, porque he estado fuera unos días y no he tenido acceso a la prensa local, esa que él leía a diario. Paradójicamente, murió el mismo día que en mi familia estábamos celebrando el cumpleaños de mi hijo mayor.

Si por los azares de la vida, sus familiares llegan a leer estas líneas, quisiera darles mi más profundo pésame. Tuvo que ser un padre ejemplar, de eso estoy segura. Para mí, el poco tiempo que lo conocí, fue algo cercano a un abuelo. Descansa en paz, Victorino.

Con la mitad de años

Hoy me ha dado por echar la vista atrás. Me pasa por ver concursos musicales en los que a la mayoría de los pipiolos que intervienen les doblo la edad. Por no hablar de algunas jóvenes promesas del fútbol nacional, a las que también, o por poco, les doblo la edad. Y bien, ¿qué pasaba en mi vida con la mitad de años?

Con la mitad de años, acababa de empezar la carrera universitaria, pero vitalmente no sabía ni por dónde me daba el aire. Aún no tenía carné de conducir, para eso me faltaba un año. Mis mejores amigas eran las mismas de ahora, y en el periplo por la uni coseché nuevas amistades que aún conservo. Me moría por tener novio, pero no me miraba ni el tato. Si me gustaba alguien, era que me gustaba alguien. Ahora a eso se le llama crush. A la juventud de hoy, no hay quien la entienda, y menos mal que sé inglés, que si no…

black calendar close up composition

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Con la mitad de años, había viajado a los mismos países extranjeros que ahora: Francia e Italia. Nota mental: es urgente, muy urgente, que me ponga al día en esto de viajar. Ah, y el World Trade Center estaba ahí, de pie. Todavía.

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Inventando cuentos

En alguna ocasión, cuando vamos en familia en el coche, mis hijos piden que les contemos un cuento, mejor si es inventado. Quien va conduciendo hace las veces de apuntador y da sugerencias, pero es el copiloto el que crea la historia, más que nada porque no tiene que prestar atención a la carretera. Siempre que ha ocurrido esto hemos acabado inventando un cuento hilarante. O al menos lo ha sido para nuestros hijos, que se desternillan en el asiento trasero. Recuerdo una versión de Rapunzel de autoría paterna en la que el príncipe trepaba por el pelo… de los sobacos de la chica. De mi cosecha fue una Blancanieves con acento maño que enamoriscaba a uno de los enanitos, que era bonaerense. Y hace unos días inventé a cierto duende que sufría un gran problema.

Esta introducción me hace reflexionar sobre algunas tendencias en libros infantiles. Hablo como madre de niños pequeños, exlibrera y lectora, no como editora ni como profesional de la literatura. Así, encuentro en librerías y bibliotecas opciones muy similares y repetitivas: mucho libro divulgativo sobre el cuerpo humano, los animales, los dinosaurios, la Edad Media o el antiguo Egipto; libros sobre las emociones, el control de esfínteres -sí, amigos-, la caída de los primeros dientes, la llegada de un hermanito o la pérdida de un abuelo. Son libros, en su mayoría, maravillosos, a mí me lo parecen al menos, porque enseñan, estimulan y ayudan. Casi siempre somos los padres los que leemos estos libros en voz alta a nuestros hijos. En mi caso, solo el mayor sabe leer, pero empiezo a observar que demanda otro tipo de lectura.

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Niños a clase o clasificar niños

Hay tres palabras que se repiten como un mantra estos días en cartelería de grandes superficies, marquesinas, folletos publicitarios y mentes de padres, profes y alumnos: VUELTA AL COLE.

Días atrás fui con mi familia a un centro comercial muy conocido en Pamplona para aprovechar algunas ofertas de ropa para los críos, que tienen la mala costumbre de dejar todo pequeño o roto y desgastado, lo que ocurra antes. Mi hijo mayor, que aún no ha cumplido los siete, preguntó decepcionado por qué la ropa de niñas tiene colores más bonitos y llamativos y la de niños es tan sosa. En concreto señaló un chándal que yo no compraría ni loca, a saber: de color rosa claro tanto el pantalón como la chaqueta, y esta última poblada de ponis multicolores y cruzada de arcoíris. El resto de la sección «niñas» lo poblaban colores como el fucsia, el rosa claro, el morado, y en menor medida el gris, el clásico azul jeans y otros tonos como el beige o el granate.

pink and blue textile near yellow textile

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No supe qué contestarle. Por suerte, se contentó con un chándal que encontramos para él que tenía el pantalón rojo y satisfizo su gusto por los colores llamativos. Unos días antes, y en otro centro comercial, estábamos comprando zapatillas de deporte para nuestros hijos. La pequeña eligió unas de color rojo y con el dibujo de Rayo McQueen que estaban en la sección de niños, porque también las zapaterías están en esas. Se las compramos, porque eran de su número y eran preciosas, y también nos llevamos unas de Frozen con purpurina, adornos rosas ¡y luces!

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Que no pare la música

PLAY. La música es esencial en nuestras vidas, nos acompaña día a día y es inherente al ser humano y una de sus máximas expresiones artísticas y sensitivas. Incluso el reggaetón. En esta vida hay que escuchar de todo, amigos, unas veces por gusto y otras por obligación. Mis hijos han pasado, con mayor o menor intensidad o fervor, por las mismas etapas evolutivo-musicales de: Cantajuegos a todas horas (ya saben: Soy una taza, una tetera; El cocodrilo se metió en la cueva; Chu-chu-wá, chu-chu-wá, etc); Miliki versión 3.0 (La gallina Turuleca, Don Pepito y don José, Había una vez un circo…); Todas Las Bandas Sonoras De Las Películas Disney Habidasyporhaber (El rey león, Frozen, VaianaMoana para quienes me leen de fuera de España-, alguna que no es de Disney como Trolls, etc). Todas estas melodías infantiles son, en general, muy buenas opciones para tener a los monstruitos entretenidos en el coche. No soy partidaria de llevar tabletas o pantallas para viajar tranquilos con las fieras, así que enchufo el USB repleto de música, y listo.

boy wearing black jacket holding electric guitar

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¿Qué ocurre? Que acabamos escuchando hasta la saciedad («en bucle», como dicen ahora los millennials) toda la retahíla, los críos se aprenden las letras y las melodías, comemos y cenamos suéltaloooo (gracias, reina Elsa de Arendelle), y sin darnos cuenta podríamos subir a un karaoke a cantar Hakuna Matata sin mirar a la pantalla.

Pero de repente, un día, una conjunción de astros tiene lugar y el monstruito mayor me pide que le ponga Waka-waka de Shakira porque su compañero de clase la canta a todas horas. O me pide Despacito de Luis Fonsi porque en clase de plástica a veces la profe les pone música y le ha gustado esa canción. Y mi niño, que tiene muy buen oído y se aprende muy rápido las letras de las canciones, empieza a cantar «canciones de la radio», como dice él. Comienza a interesarse por temas, intérpretes y estilos, y contagia a su hermana que, como es más pequeña, copia en todo a su idolatrado tato mayor. Y a día de hoy tengo a estos dos coreando:

Pa fuera lo malo, no, no, no / Pasito a pasito, suave, suavecito / No eres tú, no eres tú, soy yo / y aunque me lo pidas ya no te doy ni la hora, uh-na-na, uh-na-na

Es un salto evolutivo considerable, y lo mejor es que todavía tengo el poder pleno para elegir qué canciones les dejo o no les dejo escuchar (y aprender, que es peor). Porque no todo lo que se oye en el dial es apto para menores, ¿verdad, Maluma? De momento estoy urdiendo un maquiavélico plan musical. Estamos en verano y el cuerpo pide ritmos pegadizos y letras facilonas, no vamos a discutir eso. Pero mis peques ya han entrado por el aro de la música comercial «no infantil», y estoy a un paso de meterles en vena la música que, además de gustarme, es mito e historia de la cultura popular. Ya contaré por aquí, dentro de no mucho -espero-, qué reacciones han tenido ante los cuatro de Liverpool, su majestad Queen, el increíble Michael Jackson o las bandas de rock más legendarias. De momento, en píldoras, a veces sintonizo Rock FM y suspiro aliviada si escuchan la canción que esté sonando sin pedir a gritos que les ponga otra cosa.

No puedo terminar esta entrada sin agradecer a mis padres su paciencia infinita con mi hermana y conmigo por escuchar tantas y tantas veces las canciones de Parchís y aguantarnos a nosotras cantando -o algo parecido. Y animo a todo aquel que tenga niños cerca, sean o no hijos suyos, a que intervengan en su educación musical. Y que viva la música. Y que no reduzcan las horas de música en las escuelas, por favor. Y que pongan música en directo en la tele, que no hay nada más vergonzoso que el play-back. Gracias. Eso. STOP.

Aitana, Ana Guerra – Lo malo

Luis Fonsi – Despacito

Luis Fonsi, Demi Lovato – Échame la culpa

Ana Guerra, Juan Magán – Ni la hora

Felices vacaciones

Los Refrescos: Aquí no hay playa

Quizá se deba a que la playa más cercana me queda a hora y cuarto de casa, pero el caso es que este tipo de turismo y una servidora no nos llevamos muy bien. Imagino que no seré la única porque, de ser así, no existiría la famosa pregunta de «¿playa o montaña?»

Me gustaría que alguien que haya nacido en la costa, que tenga verdadera costumbre de pisar la playa casi todos los días del año (y, por descontado, del verano), me intente convencer de las bondades de dicha costumbre; a saber: la brisa del mar, la belleza del paisaje, el rumor del oleaje, el yodo del agua marina (que todas las abuelas dicen que es lo mejor para el reuma), ese azul infinito que se besa con el horizonte, esos veleros en lontananza… Todos estos detalles de postal de vacaciones, de película de James Bond, de anuncio de perfume con tío cachas saliendo del agua, o de perfil de influencer luciendo biquini en Zahara de los Atunes son el compendio de lo chachi y fantástico que es ir a la playa.

beach foam landscape nature

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Pero las que no somos Paula Echevarría -o Anita Obregón en sus años buenos-, tenemos algo que decir. Llego a la playa, con mi familia, cargada con: sombrilla XXL (porque sin ella corro el riesgo de volver a casa del color de la camiseta de Osasuna), bolso XL donde llevo el bote de crema solar factor 50+ pediátrico para mi piel dorada, la botella de agua para no morir de sed y que además me ayudará a quitarme el salero que parecerá que habré estado lamiendo tras darme un baño, las gafas «de ver» (las de sol ya las llevo puestas), cuatro pares de chanclas, una camiseta vieja para ponerme encima del biquini porque los hombros y la espalda son las zonas que más se queman, las toallas para sentarnos bajo la sombrilla, otra toalla protegida dentro de una bolsa con la que poder secarnos la cara (toalla a la que no puede caerle arena bajo ningún concepto, porque no queremos una exfoliación, solo secarnos), gorras con visera para toda la familia (porque es importante proteger la cabeza del sol), unos bocadillos, los cubos y las palas para los castillitos de arena, la muda para después de quitarnos los bañadores mojados, el monedero y la llave del coche. Matizo que los bocadillos son para la merienda de los niños, porque no entiendo el placer que encuentran algunos en la actividad de comer en la playa.

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El detalle

(Puede parecer un relato ficticio, pero es real. Tan real como que nos quejamos por tonterías, ponemos cara de fastidio a todas horas y no vemos más allá de lo que creemos que nos importa)

Por su apariencia podría tener edad de abuelo. Para suplir su desconocimiento del idioma, sonríe mucho, inclina la cabeza y vuelve a sonreír. La primera vez que me lo encontré, en la puerta de cierto supermercado pidiendo limosna, le dijo «bonita» a mi hija pequeña, y yo le di unas monedas al salir. Otra de las veces, estaba yo sola y fui a sacar del maletero unas bolsas con ropa usada de mis hijos para llevar a Traperos de Emaús. El aparcamiento del supermercado me quedaba bastante cerca de la trapería, y por eso decidí ir andando y él me vio con las bolsas. Se acercó a mí y me preguntó «¿ropa?» mientras se señalaba los pantalones. Le dije que sí, pero ropa de bebé, al tiempo que sacaba una de las prendas para que viera que no era ropa de adulto. Con gesto de decepción, sonrió de nuevo y se volvió a su silla de pedir limosna.

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Es asiduo a la puerta de ese supermercado, pero no está todos los días, porque no siempre que voy me lo encuentro. Hoy estaba, y he ido con mis hijos. Nos ha reconocido al entrar, le hemos sonreído y le he prometido la moneda del carro cuando nos marcháramos. Una vez pagada mi compra, mis hijos pedían con ahínco que les comprara un huevo Kinder, estratégicamente colocados a la altura de 80 a 100 centímetros de estatura y junto a la línea de cajas, para que cualquier chiquillo goloso se fije en ellos. Me he negado, aun presintiendo la rabieta de la pequeña (por suerte, el mayor ya va tolerando mejor la frustración), y hemos salido del local dejando un rastro de lágrimas.

Estaba lloviendo bastante, cosa que al entrar no ocurría, y ahí seguía él, a cubierto y de pie junto a su silla plegable. Hemos ido al coche a meter la compra en el maletero, y a causa de la lluvia he metido a los peques dentro del coche para ir yo sola a devolver el carro a su lugar. Él se ha acercado para recogerlo, pues le había prometido la moneda de euro, y así yo no me he tenido que mojar tanto. Cuando ya me había metido en el coche y estaba a punto de accionar el contacto, veo que se acerca a nosotros con el brazo en alto y llevando una botella en la otra mano. Me he bajado del coche y he reconocido la botella de vino que había comprado hace un momento: me la había dejado en el carro olvidada, probablemente por los nervios de lidiar con la rabieta de cierta personita e intentar que se sentara de una vez en su silla de auto. Venía a devolvérmela, y repetía, sin dejar de sonreír, tan solo estas palabras: «Rumanía piensan roba, Rumanía no roba».

Acerté a decir únicamente gracias. Cuando, conduciendo, pasé a su altura, nos decía adiós con la mano.