Victorino R.

Cuando trabajaba de librera, tuve la suerte de conocer a muchos clientes que me dieron gratas conversaciones, sobre libros o sobre la vida, daba igual. Uno de ellos fue Victorino. Por edad podría haber sido mi abuelo. De pelo blanco, estatura escasa, bastón para la puñetera artrosis, mirada afable y siempre, siempre, amables palabras. Decía que le atendía como nadie, que siempre le conseguía los libros que me pedía. Victorino leía la prensa local a diario y tomaba nota de cuantas publicaciones se anunciaban en ella y eran de su interés. Casi siempre este interés tenía que ver con la arqueología. Hablaba con un placer sin igual sobre los yacimientos que había ido visitando a lo largo de los años: Santa Criz de Eslava, Numancia, Andelos, y otros muchos cuyos nombres no recuerdo porque quedan en otras provincias y no he tenido la suerte de visitarlos. El pueblo ibero le atraía especialmente, y sobre él era capaz de leer verdaderos tochos solo aptos para gente muy ducha en la materia. Pero él podía con todo, le ponía auténtico empeño porque, decía, si hubiera podido estudiar más, qué de cosas hubiera leído.

ancient art cemetery england

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Ahora acabo de enterarme de que tenía 83 años, cuatro hijos y cuatro nietos. No contaba mucho de su vida, solo que enviudó años atrás y que los hijos tenían su vida hecha, y que la edad ya le iba impidiendo hacer esas excursiones que tan buenos ratos le hacían pasar. La última vez que hablamos fue por teléfono, porque él quiso tener contacto conmigo aun habiendo cerrado la librería. Me llamaba, sobre todo, para saber qué tal me iba, si tenía trabajo o no, y para decirme que había leído la última carta al director que me habían publicado. A mi marido le hablaba de Victorino a menudo, sobre todo cuando aún le atendía detrás del mostrador. Un día, atando cabos, resultó que se conocían de vista. Entonces, cuando tuvo la ocasión, mi marido se presentó cuando andaba trabajando en la calle donde vivía Victorino y este le mandó saludos para mí. Qué coincidencia, debió de pensar.

En el periódico del 6 de noviembre he visto su esquela. No había podido leerlo hasta hoy, porque he estado fuera unos días y no he tenido acceso a la prensa local, esa que él leía a diario. Paradójicamente, murió el mismo día que en mi familia estábamos celebrando el cumpleaños de mi hijo mayor.

Si por los azares de la vida, sus familiares llegan a leer estas líneas, quisiera darles mi más profundo pésame. Tuvo que ser un padre ejemplar, de eso estoy segura. Para mí, el poco tiempo que lo conocí, fue algo cercano a un abuelo. Descansa en paz, Victorino.

Un comentario en “Victorino R.

  1. Gracias a estas líneas he hablado por teléfono con cuatro personas con un alma muy grande: los cuatro hijos de Victorino, a los que no conozco en persona pero a los que me une el afecto por su padre. Ha sido muy emocionante y les agradezco sus palabras y su cariño

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