Inventando cuentos

En alguna ocasión, cuando vamos en familia en el coche, mis hijos piden que les contemos un cuento, mejor si es inventado. Quien va conduciendo hace las veces de apuntador y da sugerencias, pero es el copiloto el que crea la historia, más que nada porque no tiene que prestar atención a la carretera. Siempre que ha ocurrido esto hemos acabado inventando un cuento hilarante. O al menos lo ha sido para nuestros hijos, que se desternillan en el asiento trasero. Recuerdo una versión de Rapunzel de autoría paterna en la que el príncipe trepaba por el pelo… de los sobacos de la chica. De mi cosecha fue una Blancanieves con acento maño que enamoriscaba a uno de los enanitos, que era bonaerense. Y hace unos días inventé a cierto duende que sufría un gran problema.

Esta introducción me hace reflexionar sobre algunas tendencias en libros infantiles. Hablo como madre de niños pequeños, exlibrera y lectora, no como editora ni como profesional de la literatura. Así, encuentro en librerías y bibliotecas opciones muy similares y repetitivas: mucho libro divulgativo sobre el cuerpo humano, los animales, los dinosaurios, la Edad Media o el antiguo Egipto; libros sobre las emociones, el control de esfínteres -sí, amigos-, la caída de los primeros dientes, la llegada de un hermanito o la pérdida de un abuelo. Son libros, en su mayoría, maravillosos, a mí me lo parecen al menos, porque enseñan, estimulan y ayudan. Casi siempre somos los padres los que leemos estos libros en voz alta a nuestros hijos. En mi caso, solo el mayor sabe leer, pero empiezo a observar que demanda otro tipo de lectura.

Es incontestable que el libro infantil debe formar -el mero hecho de leer ya es una acción formativa-, pero, desde mi punto de vista, debe también (y sobre todo) entretener y divertir. No digo que conocer los secretos de las pirámides no sea divertido, pero quizá un niño que acaba de aprender a leer busque otras opciones. Mi hijo disfruta y ríe a carcajadas con cualquier historia en la que salgan cosas asquerosas o escatológicas. Será la edad, supongo, y por esta misma razón también está loco por los superhéroes y los superpoderes. Pongo aquí enlaces a algunos de los libros que le han hecho reír, y algunos otros que no hemos leído pero conozco por mi anterior experiencia profesional.

El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza

La sopa quema

El hombre que pisó una caca

El primer hipopótamo en la luna

Y ahora, y pidiendo disculpas de antemano por el atrevimiento, les cuento la última historia surgida en el habitáculo de nuestro coche. Sean comprensivos, pues fue fruto de la improvisación, y apenas he cambiado nada para ser fiel a la petición de mi hijo, que era que pusiera el cuento por escrito.

El duende que no podía dormir porque tenía que hacer otra cosa

En cierto bosque frondoso vivía un duende llamado Perlimplín. Todas las noches de verano, en cuanto los grillos comenzaban su perorata de cri-cri, Perlimplín comenzaba a sufrir su pesadilla de cro-cro. Así llamaremos finamente a lo que Perlimplín expulsaba por el pompis durante toda la noche, o al menos durante todo el tiempo que duraba el canto de los grillos. A más cri-cri, más cro-cro. El pobre duende se quedaba flacucho y deshidratado al final de la noche, y las ojeras le llegaban a los pies (que no era mucha distancia porque era bajito) porque no lograba dormir y para cuando conseguía meterse en la cama era ya de día.

nature forest trees park

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En las horas de sol, Perlimplín ocupaba el tiempo en comer y beber para reponer todo lo perdido, y apenas hacía vida social, porque se echaba largas siestas para compensar todo lo que no dormía de noche. Pero un día se dijo que no podía más, que aquello era cosa de hechizo, y que tenía que ponerle remedio. Había pensado en pisotear a todos los grillos del bosque, pero era una tarea casi imposible, pues el bosque era enorme y él era muy pequeño. También probó a ponerse tapones en los oídos, pero se ve que el cro-cro iba por libre y no respondía a lo que oyesen o dejasen de oír sus pequeños oídos. Caminaba por el bosque hablando en voz alta y pensando qué hacer, cuando de pronto un conejo le salió al paso y le dijo que ese problema que tenía el duende ya lo había tenido antes un elfo que el conejo conoció.

-Debes ir a ver al mago que vive en lo más profundo del bosque, en la corteza de un árbol hueco, y que responde al nombre de Merlimplín.

-Caramba, debe de ser pariente mío. ¿Y dices que solucionará mi problema?

-No pierdes nada por intentarlo, además no está lejos de aquí.

Perlimplín fue para allá y no tuvo dificultad en dar con el lugar, pues del tronco salía un tufo mezcla de potingues y hierbajos de mago y de lentejas con chorizo.

Merlimplín le enseñó todos los diplomas que tenía de curandero, quiropráctico, masajista y apicultor. En todos estaba el sello de la Universidad del Bosque Verde y la firma del rey. Con semejante formación, el mago conocía el antídoto para el mal del cro-cro.

-Toma esta rana y este martillo. Esta noche, dale un martillazo a la rana y ten lista una cazuela con agua hirviendo. Sumerge a la rana tres veces durante cinco segundos cada vez. Sácala del agua y cuando esta se enfríe, tómate la infusión de un trago.

-Gracias, dígame cuánto le debo por el remedio.

-La rana es gratis. El martillo me lo dieron por abrir una cuenta nómina, así que me conformo con que me obsequies algún día con una auténtica paella valenciana, que estoy muy harto de comer siempre lentejas con chorizo.

Perlimplín se despidió con esa promesa. Por increíble que parezca, esa misma noche hizo lo que el mago le había explicado (con cierta dificultad porque cada vez que iba a sumergir a la rana le daba el apretón), y en cuanto hubo bebido el preparado, su vientre hizo un ruido extraño y los grillos dejaron de influir en su intestino. Los siguientes dos días los pasó durmiendo a pierna suelta, pero el tercer día se fue de viaje a Valencia, se puso de aprendiz de cocina con el mejor chef de allí y, una vez que aprendió a hacer paella, compró todos los ingredientes necesarios, regresó a su choza y preparó una suculenta paella que llevó de regalo al mago Merlimplín. Se la zamparon en un periquete y se hicieron grandes amigos tras montar juntos el primer chiringuito de paellas (que elaboraba el duende) y smoothies (que elaboraba el mago con sus hierbajos) del bosque frondoso.

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