Lista de buenos propósitos

El 4 de abril, día de escalera sanferminera, la página Blogsanfermin recibió decenas de relatos tras lanzar unos días antes la iniciativa de que todo el quisiera escribiera relatos de no más de 204 palabras y que tuvieran algo que ver con la mítica frase «ya falta menos». Los relatos los harían llegar al Complejo Hospitalario de Navarra para entretener a los pacientes y trabajadores. Envié dos, y uno de ellos ya ha salido publicado, así que lo comparto también por aquí:

Lista de buenos propósitos

Para comer pintxos en lo viejo. Para abrir una caja de garroticos y unos boletos de la tómbola. Para volver a la niñez con un cucurucho de Nalia. Para subirnos al quiosco y contemplar nuestro salón repleto de vida. Para unas compras por la calle Mayor y un concierto en Condestable. Para disfrutar de las vistas desde el Caballo Blanco. Para embobarnos con el remozado claustro de la catedral. Para un paseo por la Vuelta del Castillo y un rato de charla sentados en la hierba. Para unas cañas en una terraza, pero una terraza de las que tienen camareros, no la terraza del ático, que de esa ya estamos más que aburridos. Para un rato en los columpios de la Plaza de la Cruz. Para un trago de agua fría en la fuente de Recoletas. Para contemplar las aves de la Taconera. Para chutar un balón en el verde de Yamaguchi. Para cantar un gol en el Sadar. Para volver a ser libres. Ya falta menos.

Croqueta de mi amor

(No se me tenga en cuenta el nivel de locura, es por el confinamiento. No se me tenga en cuenta tampoco el plagio a Espronceda en el verso 10. No creo que se levante de la tumba, aunque todo puede ser…)

 

De huevo, pollo o jamón,

y crujiente rebozado,

tu interior bien amasado

me ha ganado el corazón.

 

Manjar eres de los pobres;

de las sobras, solución.

Chiquitilla o croquetón,

tapa reina en los fogones.

 

Te adoran los paladares

del uno al otro confín

cuando en la barra por fin

te reponen en los bares.

 

Las mejores, las caseras,

de jugosa bechamel,

las preparan a granel

nuestras queridas abuelas.

¿Qué diría Freud?

Siento ser tan pesada, que no hace más que tres días de mi último escrito, pero me he despertado con un sueño palpitando en las meninges, tan real y a la vez tan imposible, que he sentido como si me estuviese ocurriendo de verdad.  He pasado el sábado y el viernes viendo a ratos un maratón en directo en YouTube de mi serie favorita, cuyos protagonistas son tres patrulleros. Quizá por eso en mi sueño éramos tres también. Ya se sabe que lo que vivimos tiene incidencia directa en los sueños. Y tantos capítulos seguidos habrán influido en mi subconsciente, intuyo. Eso sí, en mi sueño no íbamos a salvar la historia ni cruzábamos puertas del tiempo.

En el sueño estaba yo con dos amigos, un chico y una chica de mi edad, que son también amigos entre sí. Se intuía que habíamos quedado para comer, porque recuerdo imágenes sentados en un bar y con comida en la mesa, y luego hubo sobremesa, charla y hasta chupitos. Después me vienen unas escenas extrañas de nosotros tres viendo una especie de performance a cargo de una mujer joven. Sobre un césped algo mal cuidado, ella iba colocando tablones, ramas, hierbas y diferentes elementos naturales, y afirmaba estar representando una escuela. La gente, igual que nosotros tres, se agolpaba alrededor intentando desentrañar el significado de la disposición de los elementos, y a nosotros nos entraba la risa -quizá por los chupitos de antes- y acabamos quedándonos al final de la representación para hablar con la mujer artista, que amablemente nos iba explicando el significado de su obra.

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Después dábamos un paseo. En los sueños, los lugares suelen recordarnos a sitios reales aunque no se parezcan en nada. Pues en este sueño, las calles eran claramente las de Pamplona. No calles en particular que fueran reconocibles e inconfundibles, pero sí el entorno: el embaldosado, incluso; la altura de los edificios, la anchura de las aceras. Todo ello señalaba claramente hacia Iturrama o San Juan: Pío XII, Sancho el Fuerte, toda esa zona. Por ahí andábamos, en amena conversación, y recuerdo que atravesamos también los pasillos de una biblioteca pública: entrar y salir, como quien dice. Luego nos recuerdo sentados en un banco de esos con listones de madera verdes. Era una tarde de cielo encapotado, y se puso a llover estando nosotros sentados en el banco. Abrí mi bolso y saqué uno de los ¡tres paraguas plegables! que llevaba. Aquí viene otro motivo onírico -e irónico-: tenía tres paraguas pero solo saqué uno, lo abrí y nos juntamos los tres, ahí sentados, bajo el mismo paraguas, riéndonos como los amigos se ríen, abiertamente, en confianza y perfecta sintonía.

De pronto, de las ventanas y balcones que nos circundaban, salía la gente y se oían aplausos. ¡Son las ocho!, dije yo. ¡Ostras, que no se puede estar en la calle! Sí, esto pasaba en mi sueño. Aclaro una cosa: mientras paseábamos y ocurría lo que he contado antes, no habíamos estado solos en ningún momento, había más gente por la calle. Pero fue como si, al llegar el aplauso sanitario, nos hiciéramos conscientes de que no teníamos que estar ahí. Así que, metidos los tres bajo el paraguas, nos levantamos del banco y caminamos hacia las paradas de villavesa que nos iban a llevar a cada uno a su casa, y nos entraba el miedito de qué excusa íbamos a poner si nos paraba la policía. Recuerdo claramente ir caminando por la acera del hotel Tres Reyes desde la calle Navas de Tolosa, y cómo mi amiga me decía señalando con el dedo: ¡por ahí viene tu villavesa! (por la zona del Rincón de la Aduana).

Ahora viene un momento genial: di a cada uno de mis amigos un abrazo profundo, intenso, tan real que, si no es porque estaba soñando, juraría que nos lo dimos de verdad. «Bueno, hay que quedar otro día, ¿eh?» En la siguiente escena estoy yo en la parada de villavesa (mis amigos ya se han ido), rodeada de gente que también va para casa (y todos vamos sin mascarillas ni nada, ¡a lo loco!) sacando la tarjeta del bus del bolso mientras reparo en el teléfono móvil, que no he mirado en toda la tarde. Abro los mensajes y tengo un millón entre mi marido y mi suegra, que hablan alarmados entre sí porque nuestra hija pequeña, que debía de estar al cuidado de la abuela esa tarde, está con 40 de fiebre.

Lo adivinan: ahí me he despertado.

PD: prometo que no me he inventado nada. El sueño ha sido tal y como lo he contado. Empiezo a pensar que si esto dura mucho más acabo en el psiquiátrico.

PD2: la villavesa es como se le llama tradicionalmente al autobús urbano en Pamplona. Su nombre viene de Villava, localidad limítrofe con Pamplona, cuna del gran ciclista Miguel Induráin. 

PD3: mañana mis hijos y yo cumplimos un mes, ¡un mes!, de confinamiento. Como miles y miles de personas, no piensen que me creo especial. Pero quería recalcar el dato. Un mes. Feliz domingo.

Reinos de balcón

Como pequeños reinos de taifas, países del mundo entero se han desintegrado en estados-balcón. No voy a escribir sobre la pandemia, los contagios, las medidas de seguridad, los hospitales o el permanente estado de alarma; de todo estoy vamos sobrados con solo encender la tele, aparato que apenas enciendo desde hace semanas si no es para ver una película o algún programa de entretenimiento. Voy a hablar en clave personal de sensaciones, sentimientos, angustias, alegrías y toboganes emocionales. De esto último también andamos sobrados todos, solo hay que pararse un momento y atender.

He descubierto que, las poquísimas veces que piso la calle (para comprar el pan o tirar la basura), el corto trayecto que recorro y lo que veo a mi alrededor (bloques de casas y un parque vacío) ahora me parecen más grandes, como si yo hubiese encogido y los edificios fuesen más altos. El silencio que me rodea, lejos de tranquilizar, inquieta. Cuando, sentada en el sofá, surge ahí afuera una risa infantil proveniente de algún balcón o ventana, sonrío y doy gracias a la vida por los niños: por los míos y los de los demás. Intento no venirme abajo pensando en qué diferentes serán sus vidas -y las de todos- a partir de ahora; ya lo están siendo, pero el futuro no pinta mucho mejor. Sonrío al darme cuenta de lo fuertes que están demostrando ser. Aunque sigan con sus enfados y riñas y sus vengaaa, porfaaa, yo no he sidooo, nos están dando una lección de aguante y conformidad.

Extrañamente no se me hacen muy largos los días, ¿señal de que lo estoy llevando bien? Suelo encontrar fácilmente algo que hacer: ordenar un cajón alborotado o la sobrecargada despensa, limpiar los cristales (confieso que es algo que no hacía nada, pero nada a menudo), leer, ayudar a mi hijo con las tareas, contestar mensajes, escribir, darle a la bici estática (¡en buena hora la compramos!), recortar una huevera de cartón y convertirla en colorida flor… La de escribir es una actividad que me asalta constantemente. No en este blog, pero en mis perfiles estoy poniendo a diario alguna frase que me viene a la mente con todo esto, y la verdad es que desahoga bastante, afila mi sentido del humor y le quita pesadez a la incertidumbre.

Me da por pensar en épocas pasadas: las atrocidades que vivía la gente, ese no saber si despertarían con el nuevo amanecer. No éramos conscientes de nuestra finitud, pendientes como estábamos de lucir bien, comer sano, viajar mucho -y contarlo-, llegar a todo, ser esclavos del reloj. El mío de pulsera descansa desde el 13 de marzo en un estante.

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Cualquiera puede ser la siguiente víctima, porque un bicho malaje ha venido para democratizar y asemejar a ricos y pobres, anónimos y famosos. Si alguna cosa buena puedo sacar de todo esto es que nos va a cambiar la perspectiva, o debería hacerlo. Lo malo, me temo, es que se nos acabó esa manera tan nuestra de ser: los bares de bote en bote, los conciertos hombro con hombro sudando y cantando, las fiestas patronales, un único plato de bravas y ocho tenedores alrededor. Todo eso que alaban los anuncios de cerveza: la vida mediterránea, lo nuestro, la «marca España». Pienso en los orientales con su «distancia social», sus reverencias, su estatismo. Cómo nos va a cambiar la vida.

Faltan veinte minutos para las ocho. Los primeros días sentía como vergüencilla aplaudiendo al aire; los últimos días me apetece mucho que lleguen las ocho, porque oigo las palmas y siento que estamos unidos sin conocernos. Miro el bloque de enfrente y no sé quiénes son esas personas, pero siempre salimos las mismas. Cada vez aplaudimos con más fuerza, me duelen los brazos y se me ponen las manos rojas porque los aplausos están durando más y más cada día que pasa. Nos necesitamos. Y nos recompondremos, ya sea en mayo, junio o cuando quiera Dios.

 

A nuestros mayores

Enseñadores de la vida,

maestros siempre.

De acostarse tarde y no madrugar,

de pasarse con los dulces.

O de hacer pasteles, metiendo

las manos hasta el codo.

Y amasar, amasar la alegría

hasta convertirla en enorme bola

rebotona y con arrugas en las manos.

Manos que nos levantaron

al aprender a caminar. Manos

que nos acariciaron en consuelos

cotidianos.

Manos encallecidas, duras de sol y de tierra.

Algunas olían a lejía. Otras a limón o canela.

Las de ahora huelen a enfermedad canalla

y no tienen otras manos conocidas que agarrar.

Tan solo -y no es poco- las de ángeles de la guarda

sin alas pero con bata blanca, verde, azul clara.

Con mascarillas ocultando mil sonrisas que cuestan

y que, al mismo tiempo, no cuestan nada.

Si a alguien debemos ser quienes somos,

esos son ellos: nuestros abuelos.

No merecen la cuneta de una cama de hospital.

Rezaremos por todos vosotros.

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A vuelta de correo

Joaquín Sabina; A vuelta de correo

Hace unas semanas en nuestro buzón había una carta que contenía la invitación a la boda de mi prima. No es nada frecuente que encontremos correspondencia personal o familiar en estos tiempos: todo son facturas (y a veces ni eso, pues ya llegan en formato electrónico), publicidad (colchones, cadenas de supermercados, pizzerías, etc.) o a lo sumo alguna publicación municipal (programas de fiestas, eventos, cursos en centros culturales…).

Así es que tan grato acontecimiento -el de encontrar una carta con sello y todo, y el hecho de que anunciara una boda que estaba más que anunciada- me ha hecho recordar momentos de mi pasado en los que todavía recibía cartas y, cómo no, también las escribía.

En 1º de BUP, allá por 1995, la profesora de inglés del instituto nos animó a apuntarnos a un programa internacional de intercambio epistolar con alumnos de otros países, con el fin de que practicáramos inglés con alguien nativo y de nuestra edad. El programa lo gestionaba una empresa finlandesa llamada International Youth Service (IYS), que cerró en 2008. Había que rellenar un formulario con nuestros datos e intereses, y ellos buscaban a alguien afín con quien cartearnos. De este modo estuve varios años escribiéndome con un chico de Irlanda del Norte llamado Brian Campbell, y un día, sin más, dejaron de llegar cartas y dejé yo de escribirlas. Supongo que nos habíamos hecho mayores o habíamos empezado la universidad, o ambas cosas. No he vuelto a saber de él, y nunca llegamos a vernos en persona, solo por foto (y bastante mala, por cierto). De aquellos años de carteo obtuve, además de las correspondientes cartas, una cinta de casete de Cindy Lauper (era su cantante favorita) y otra de éxitos variados de Roxette, Wham!, Céline Dion, Elton John, y otros.

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Horas extras

Pasado el ecuador de las fiestas, les dejo aquí mi relato presentado a la edición de este año del concurso de microrrelatos Blog Sanfermin.com

Para mi grata sorpresa, ha quedado en segunda posición entre los cuatrocientos y pico presentados. Espero que les guste.

Horas extras

En el callejón saqué a uno de Wisconsin de entre las astas del jandilla. A mediodía evité que una señora de la peña La Jarana se atragantara con un frito de calamar. Y cerca de Joshepamunda guié a unos padres desesperados hasta donde lloraba su muetico de tres años, al que buscaban entre la multitud. Antes de irme a comer, aún tuve tiempo de asegurar un botón de la casaca de Caravinagre.

A las cuatro dejé una cartera en objetos perdidos. Sujeté del nudo del pañuelo a un mocé a punto de perder el pie en los fosos de la Ciudadela al atardecer. Dando una vuelta por las barracas, apreté una tuerca que andaba floja, por si las moscas. Y cerca de allí, poco antes de los fuegos, alcancé un globo que se quería ir al cielo y se lo di sonriendo a una cría que reprimía un puchero.

Estas han sido las incidencias de un día bastante tranquilo. Señor, dejo el parte donde me dijo, espero que esté bien hecho, ya que no nos han dado instrucciones como a una empresa al uso.

Adiós, me vuelvo a la peana, que mañana es el Día del

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Niño y me espera la chiquillería con flores.

Con la mitad de años

Hoy me ha dado por echar la vista atrás. Me pasa por ver concursos musicales en los que a la mayoría de los pipiolos que intervienen les doblo la edad. Por no hablar de algunas jóvenes promesas del fútbol nacional, a las que también, o por poco, les doblo la edad. Y bien, ¿qué pasaba en mi vida con la mitad de años?

Con la mitad de años, acababa de empezar la carrera universitaria, pero vitalmente no sabía ni por dónde me daba el aire. Aún no tenía carné de conducir, para eso me faltaba un año. Mis mejores amigas eran las mismas de ahora, y en el periplo por la uni coseché nuevas amistades que aún conservo. Me moría por tener novio, pero no me miraba ni el tato. Si me gustaba alguien, era que me gustaba alguien. Ahora a eso se le llama crush. A la juventud de hoy, no hay quien la entienda, y menos mal que sé inglés, que si no…

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Con la mitad de años, había viajado a los mismos países extranjeros que ahora: Francia e Italia. Nota mental: es urgente, muy urgente, que me ponga al día en esto de viajar. Ah, y el World Trade Center estaba ahí, de pie. Todavía.

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Inventando cuentos

En alguna ocasión, cuando vamos en familia en el coche, mis hijos piden que les contemos un cuento, mejor si es inventado. Quien va conduciendo hace las veces de apuntador y da sugerencias, pero es el copiloto el que crea la historia, más que nada porque no tiene que prestar atención a la carretera. Siempre que ha ocurrido esto hemos acabado inventando un cuento hilarante. O al menos lo ha sido para nuestros hijos, que se desternillan en el asiento trasero. Recuerdo una versión de Rapunzel de autoría paterna en la que el príncipe trepaba por el pelo… de los sobacos de la chica. De mi cosecha fue una Blancanieves con acento maño que enamoriscaba a uno de los enanitos, que era bonaerense. Y hace unos días inventé a cierto duende que sufría un gran problema.

Esta introducción me hace reflexionar sobre algunas tendencias en libros infantiles. Hablo como madre de niños pequeños, exlibrera y lectora, no como editora ni como profesional de la literatura. Así, encuentro en librerías y bibliotecas opciones muy similares y repetitivas: mucho libro divulgativo sobre el cuerpo humano, los animales, los dinosaurios, la Edad Media o el antiguo Egipto; libros sobre las emociones, el control de esfínteres -sí, amigos-, la caída de los primeros dientes, la llegada de un hermanito o la pérdida de un abuelo. Son libros, en su mayoría, maravillosos, a mí me lo parecen al menos, porque enseñan, estimulan y ayudan. Casi siempre somos los padres los que leemos estos libros en voz alta a nuestros hijos. En mi caso, solo el mayor sabe leer, pero empiezo a observar que demanda otro tipo de lectura.

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Dos microrrelatos

El año pasado (y este también) participé en el Certamen de Microrrelatos de San Fermín BlogSanFermin.com. No hubo suerte con ninguno de los dos, pero ahora que las fiestas están llegando a su fin me apetece ponerlos aquí. Las bases de este certamen establecen que los relatos no pueden exceder de 204 palabras, que son las horas totales de fiesta desde el 6 de julio a las 12:00 hasta el 14 de julio a las 00:00. Aquí van: el primero es el que presenté en 2017, y el segundo el de este último certamen. Pongo también el enlace a su página por si a alguien le interesa leer los relatos premiados y finalistas.

El Blog de los Sanfermines

LA MAGIA DE LA FIESTA

Se sintió un poco ridículo metiendo el pañuelico en la maleta, y tentado por un instante a no llevárselo, aunque tampoco ocupaba tanto, así que…
Contento por un esperadísimo puesto en un prestigioso laboratorio; mohíno por tener que marcharse a una semana del chupinazo.
El año pasado ligó con una parisina que pasaba su quatorze juillet en San Fermín. Se entendieron a la perfección, por el idioma y por una atracción física e intelectual, qué más se podía pedir. Él habló demasiado, muy peteuve con las fiestas, la comida y el pacharán. O estaba loquita por él o el alcohol hizo el resto.
El 6 de julio le pilló ya instalado en Bruselas. Salió un rato a la calle en el descanso del trabajo, y se descubrió nervioso, no como si estuviera en Pamplona, pero casi. Miró un reloj callejero, de esos que marcan también la temperatura, y con un mariposear de tripas elevó al cielo el triángulo de tela roja. Gritó “¡viva san Fermín!” y como un niño imitó un cohete, ¡chisss, pum! y con la emoción por poco no repara en un enérgico ¡viva! que pronunció a su espalda una reconocible voz: femenina, preciosa y parisina. La magia ya había empezado.

CICLO VITAL

Unos regios gigantes me dieron ufanos la bienvenida con sus proezas giratorias. Pronto mi sonrisa fue llanto: tuve miedo a unas figuras cabezonas que atizaban a los de mi tamaño. Pero sentí la protección de un santo moreno que me sonreía y me calmé al instante.

A lomos de un caballo engalanado noté el calor, el olor animal, la raza. Y toqué al día siguiente otro de cartón, mitad equino, mitad hombre, cuya intención era asustar a niños y mayores. El ferial vespertino me recibía con música estridente y sirenas, luces de neón, remolinos y rifas y olor a comida.

A las diez con los amigos, las primeras veces en las primeras noches sin acompañamiento familiar. Fuegos y bocatas, excesos también. Bailé sin descanso, sin mirar el reloj y sintiendo cientos de miradas de otros tantos países. Algunos de aquellos ojos fueron mis cómplices y caímos sobre la hierba en un beso apasionado. Noches veraniegas, de diversión sin igual, daban la bienvenida al alba, a la carrera mañanera de seis astados y miles de inconscientes, al chocolate con churros y a la siesta diurna.

Volví a perseguir kilikis, con unos dedos diminutos enredados en los míos. Deseo que vivas todo lo que yo disfruté.