Reinos de balcón

Como pequeños reinos de taifas, países del mundo entero se han desintegrado en estados-balcón. No voy a escribir sobre la pandemia, los contagios, las medidas de seguridad, los hospitales o el permanente estado de alarma; de todo estoy vamos sobrados con solo encender la tele, aparato que apenas enciendo desde hace semanas si no es para ver una película o algún programa de entretenimiento. Voy a hablar en clave personal de sensaciones, sentimientos, angustias, alegrías y toboganes emocionales. De esto último también andamos sobrados todos, solo hay que pararse un momento y atender.

He descubierto que, las poquísimas veces que piso la calle (para comprar el pan o tirar la basura), el corto trayecto que recorro y lo que veo a mi alrededor (bloques de casas y un parque vacío) ahora me parecen más grandes, como si yo hubiese encogido y los edificios fuesen más altos. El silencio que me rodea, lejos de tranquilizar, inquieta. Cuando, sentada en el sofá, surge ahí afuera una risa infantil proveniente de algún balcón o ventana, sonrío y doy gracias a la vida por los niños: por los míos y los de los demás. Intento no venirme abajo pensando en qué diferentes serán sus vidas -y las de todos- a partir de ahora; ya lo están siendo, pero el futuro no pinta mucho mejor. Sonrío al darme cuenta de lo fuertes que están demostrando ser. Aunque sigan con sus enfados y riñas y sus vengaaa, porfaaa, yo no he sidooo, nos están dando una lección de aguante y conformidad.

Extrañamente no se me hacen muy largos los días, ¿señal de que lo estoy llevando bien? Suelo encontrar fácilmente algo que hacer: ordenar un cajón alborotado o la sobrecargada despensa, limpiar los cristales (confieso que es algo que no hacía nada, pero nada a menudo), leer, ayudar a mi hijo con las tareas, contestar mensajes, escribir, darle a la bici estática (¡en buena hora la compramos!), recortar una huevera de cartón y convertirla en colorida flor… La de escribir es una actividad que me asalta constantemente. No en este blog, pero en mis perfiles estoy poniendo a diario alguna frase que me viene a la mente con todo esto, y la verdad es que desahoga bastante, afila mi sentido del humor y le quita pesadez a la incertidumbre.

Me da por pensar en épocas pasadas: las atrocidades que vivía la gente, ese no saber si despertarían con el nuevo amanecer. No éramos conscientes de nuestra finitud, pendientes como estábamos de lucir bien, comer sano, viajar mucho -y contarlo-, llegar a todo, ser esclavos del reloj. El mío de pulsera descansa desde el 13 de marzo en un estante.

low angle photo of balconies

Photo by Jovydas Pinkevicius on Pexels.com

Cualquiera puede ser la siguiente víctima, porque un bicho malaje ha venido para democratizar y asemejar a ricos y pobres, anónimos y famosos. Si alguna cosa buena puedo sacar de todo esto es que nos va a cambiar la perspectiva, o debería hacerlo. Lo malo, me temo, es que se nos acabó esa manera tan nuestra de ser: los bares de bote en bote, los conciertos hombro con hombro sudando y cantando, las fiestas patronales, un único plato de bravas y ocho tenedores alrededor. Todo eso que alaban los anuncios de cerveza: la vida mediterránea, lo nuestro, la “marca España”. Pienso en los orientales con su “distancia social”, sus reverencias, su estatismo. Cómo nos va a cambiar la vida.

Faltan veinte minutos para las ocho. Los primeros días sentía como vergüencilla aplaudiendo al aire; los últimos días me apetece mucho que lleguen las ocho, porque oigo las palmas y siento que estamos unidos sin conocernos. Miro el bloque de enfrente y no sé quiénes son esas personas, pero siempre salimos las mismas. Cada vez aplaudimos con más fuerza, me duelen los brazos y se me ponen las manos rojas porque los aplausos están durando más y más cada día que pasa. Nos necesitamos. Y nos recompondremos, ya sea en mayo, junio o cuando quiera Dios.

 

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