Feliz Día de la Madre

Entre el hipotálamo y la hipotenusa

habita una microcélula

que obliga a olvidar.

Olvidar esas piernitas de lorzas a bocados,

olvidar esos faroles llamados ojos.

Ese inexistente parpadeo

y todos sus graciosos gorjeos.

Las noches en modo mecedora,

las vigilias termómetro en mano.

El suave susurro de su respiro acompasado,

los minúsculos dedos aferrando tu meñique.

La exquisita morbidez de unos mofletes

que besaste y apretaste sin calibre.

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La microcélula del olvido trabaja duro

y gana alguna que otra batalla.

Su labor es ingrata pero necesaria

para que tú, madre, les dejes crecer y alejarse

en el tiempo.

Tu tiempo y el suyo, un nudo muy apretado

que lento va aflojándose

hasta liberar dos cuerdas

en donde antes hubo una.

Y al igual que en las cuerdas

que una vez estuvieron atadas

queda la marca del nudo,

así en un hijo y su madre

queda por siempre una huella

i  n  d  e  l  e  b  l  e

Semblanza

Nació a comienzos de 1931, en una familia trabajadora de seis miembros: los padres, dos hijos varones y dos hijas; ella la pequeña. Su padre pronto faltó, siendo ella muy jovencita; creció con sus hermanos y su madre en una casa-cueva, fría en verano, cálida en invierno, y sin lujos. En el pueblo y en casa siempre había quehacer: dar de comer a los animales, limpiar el corral, remendar, salir a comprar -casi nunca mucho; casi siempre les fiaban-, bajar al río a lavar la ropa, rezar el rosario, hacer la comida, atender a los hombres de la casa cuando venían de las labores. Entre rato y rato, a la escuela a aprender cuatro letras y números.

Trabajó mucho dentro de casa pero también en casa ajena, limpiando y cuidando niños. Cuando se daba la ocasión, se llevaba un poco de embutido de los señores para echarlo al guiso propio, pues la carne era un bien de ricos. Alguna vez también ellos comían de la matanza, por noviembre en san Martín, pero no de las partes reservadas para los pudientes, sino del hígado o la morcilla que ella aprendió a elaborar removiendo la sangre del cerdo para que no cuajara. Los huevos los reservaban para sus hermanos, que tenían que reponer fuerzas tras la faena en el campo. Las mujeres compartían un huevo para cada dos, si acaso.

Bien joven conoció al que sería su marido, un mozo del pueblo, hijo único. Años después se casarían, en 1955, y poco después se mudarían a la capital con todos los ahorros. Vivieron en la zona vieja, hoy la más turística; también en la periferia y finalmente en un barrio obrero. Tuvieron dos hijos. Ella conseguiría un trabajo de limpiadora en unas oficinas de una suministradora eléctrica; él de barrendero municipal y más tarde de empleado de mantenimiento en las piscinas. Tuvieron mucha suerte, pero no la hay sin trabajo, sin sacrificio y sin capacidad de ahorro. De las tres cosas iban sobrados.

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El hijo pequeño se les fue para siempre con veintiocho años. Nunca lo superaría, en el fondo, ni con la alegría por la primera nieta (tuvieron dos), que contaba seis años cuando una enfermedad se llevó a su hijo al cementerio. Con 55 años le arrancaron parte del alma, que afloró en luto unos cuantos años y se quedó negra por dentro para los restos.

Pero intentó remontar, como todo el mundo, y no dejó de ser la mujer jovial que siempre fue. Disfrutó con las nietas, a las que cuidó y malcrió como solo saben hacer las abuelas, y se desvivió por que no le faltase de nada a su familia: marido, hija, nietas y yerno. Cuidó además de su suegra y de su madre cuando ambas estaban ya mayores.

Disfrutaba siendo el alma de la fiesta, teniendo todo a punto como perfecta anfitriona. Siempre debía abundar la comida: «mejor que sobre que no que falte». Cuando se jubilaron, su marido y ella viajaron por la costa como hacen muchos jubilados; les encantaba la playa, y bailar el pasodoble, jugar a las cartas y al bingo. Pasaron muchos veranos en la casa del pueblo, y en ella disfrutaron con la familia de comidas al aire libre y juegos en la sobremesa, y de paso visitaban a los hermanos y los cuñados, los primos, los sobrinos.

Celebró rodeada de seres queridos las bodas de oro con su marido. Cincuenta años casados, que finalmente serían algo más de sesenta (¡sesenta!). Vivió la alegría de ser bisabuela por dos veces, el gozo de tener de nuevo en brazos un bebé y verlos crecer, aunque sea un poquito.

Vela por sus bisnietos y por toda su familia desde un lugar privilegiado, allí en las alturas.

Ella es Juana, mi abuela, y hoy, 4 de abril, hace dos años que nos dejó.

Chanel nº 5

No soy yo muy aficionada a echarme perfume, todo lo contrario que algunas personas a las que se les ha ido la mano con el bote o el flis-flis, que llegan a dejar un rastro tan intenso que confieso que a veces me ha dado hasta la tos. Sin embargo, sí me declaro fan absoluta de ciertos olores que en ocasiones nos rodean. Algunos son caros de oler (por infrecuentes), como por ejemplo el olor a mar para los que no vivimos cerca de él. Por eso mismo, cuando visitamos un lugar con costa, los que somos de interior percibimos rápidamente cómo huele el aire a sal y a mar aun cuando no hemos llegado siquiera a pisar la arena de la playa.

Otros olores nos quedan muy atrás porque ya hace tiempo que dejamos la niñez, pero si alguna vez los volvemos a percibir regresamos al instante a esos momentos: el forro para proteger los libros tiene un olor muy particular, que a mí me recuerda al comienzo del curso; igual de particular es el olor que tienen las aulas en los colegios. Cuando ahora tengo que ir a alguna reunión con la tutora de mi hijo, visitar el aula es como un regreso al pasado, huele exactamente igual que olía mi clase en el cole.

El papel y los libros también provocan un olor reconocible. Es entrar en una librería o en una biblioteca y sentir de inmediato ganas de leer. Y qué sensación única la de abrir un libro, pasar sus páginas aceleradamente con el pulgar de modo que estas te abanican, y de pronto percibir su olor, el papel, la tinta.

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Catálogo de placeres inefables

Comer la última croqueta del plato, la que nadie se atreve a coger, esa: para mí, ¡ñam!

Estar en la cola del supermercado, ver que en la otra caja se avanza más rápido. Ser fuerte para no cambiar de caja, y descubrir finalmente que sí, que la que tú elegiste ha sido en verdad la más rápida.

Que alguien te deje pasar antes en la cola del supermercado porque ha visto que solo llevas dos cositas.

Encontrar aparcamiento a la primera. Llegar y ya.

Aparcar en dos maniobras de nada cuando te está mirando una cuadrilla de expectantes señores que piensan a ver si la cagas porque eres mujer.

Dejar fundir en la boca una pastilla de chocolate del bueno.

Devorar un huevo frito con la única ayuda de un buen trozo de pan y los dedos.

Encontrar dinero en un bolsillo de un pantalón que no te ponías desde hace tiempo.

Cantar un temazo a grito pelao y bailar como una posesa en compañía de tus amigas en un bar abarrotado con la música atronando, porque te da igual, nadie te oye desafinar, y es como si estuvierais solas en ese bar.

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Feliz San Valentín

En la calidez del refugio residen

la sensación del nosotros,

la mirada anclada en el tú.

La emoción atenuada por el paso de los años

pervive y sobrepasa los primeros escalofríos.

Una hoja del calendario no apuntala el amor,

ni una caja de bombones debería ser obligada.

Déjame quererte el veinticuatro, el tres,

el quince – y no solo el catorce – por infinitos lustros,

mientras crecen nuestras flores,

esas que sí nos apuntalan, más que nada

en el mundo.

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