Tiene tela

En un abrir y cerrar de ojos hemos pasado en Pamplona del abrigo al pantalón corto, y eso solo puede asegurarnos una cosa: toca cambio de armario. Pero no un cambio radical, que en dos días nos pega de nuevo el bajón térmico y hay que sacar las sudaderas otra vez. Y ya cuando el cambio de armario aplica a miembros menores de la familia y en plena edad de crecimiento y estirones, el soponcio es extremo al comprobar que no les vale nada o casi nada del verano pasado. Y llegan las prisas por comprar ropa fresca de su talla, y después el reconcome de qué hacer con la ropa que no les entra.

Aquí en la comarca de Pamplona pusieron hace varios años unos contenedores para ropa y calzado donde depositar este tipo de ¿residuo? para que operarios de Traperos de Emaús hagan recogidas periódicas y reutilicen esas prendas como consideren. Personalmente siento bastante desasosiego cuando me deshago de bolsas y bolsas de ropa, casi toda ella en buen estado de uso. A las prendas más monas o de más valor intento buscarles nuevo dueño, regalándolas a primas o conocidas que tengan hijos más pequeños y con quienes tenga yo suficiente confianza. Me da mucha pena tirar o entregar toda esa ropa a rastros de segunda mano o a la parroquia. Lo de la venta por internet nunca me funcionó, quizá es que no he insistido demasiado, pero las veces que anuncié alguna prenda nadie preguntó por ella.

Photo by Polina Tankilevitch on Pexels.com

Mi mala conciencia transita entonces por un camino tortuoso donde se bifurcan y se juntan alternativamente:

  1. El remordimiento por ser tan consumista;
  2. La vena economista por tanto dinero gastado en ropa que habrá que volver a gastar en ropa nueva;
  3. La neura ecológica por los litros y litros de agua que se necesitan para fabricar ropa;
  4. La desazón y la pena al pensar en las personas de países lejanos que han sido explotadas laboralmente para confeccionar la ropa que yo tiro.

Intento borrar estos pensamientos intrusivos diciéndome que hay gente que compra mucha más ropa que yo, que compra incluso compulsivamente hasta el punto de tener prendas con etiqueta y sin estrenar aún en su armario, que goza de unos armarios de suelo a techo que ocupan como la mitad de mi piso, en el interior de los cuales podrían vivir cómodamente un matrimonio, dos hijos y un gato. También me digo que la ropa que entrego acabará siendo aprovechada por alguien con menos recursos, y casi acabo sintiéndome peor.

Luego pienso en esas series americanas en las que los personajes sacan sus enseres al jardín de su casa y se acercan a él los vecinos a comprarles la tostadora, el vinilo, el chaquetón o el vestido de novia. Todo el mundo sale ganando: el que vende se deshace de cosas que no usa y gana un dinerillo; el que compra obtiene alguna que otra ganga, y todos pasan un día estupendo conversando y regateando, sonriendo y diciendo muchas veces thank you very much.

A veces me gustaría vivir en una serie americana, pero luego me acuerdo de que no conocen el aceite de oliva ni el bocata de chistorra y se me pasa.

Deja un comentario