Mi pequeño

Hoy es tu cumpleaños, cariño: ¡felicidades!. Cumples diez preciosos años durante los que has aprendido valiosas enseñanzas: pedir las cosas por favor, dar las gracias, no arrojar basura al suelo, tomar tus propias decisiones sin importar qué dirán, no insultar a nadie y respetar a todo el mundo. Cosas que parecen comunes y corrientes pero que no todos ponen en práctica: felicidades por ser uno de los que sí. Felicidades, hijo, por ser como eres, con tu simpatía y cariño a raudales, tu sensibilidad y creatividad, tu sentido del deber y de la justicia.

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Gracias por haberme hecho crecer tanto, por tener paciencia conmigo cuando a veces pierdo la paciencia. Por comprender que los adultos trabajamos y ocupamos mucho tiempo, a veces demasiado, en cosas de adultos. Gracias por tus ansias de saber, por tus preguntas curiosas y tu escucha atenta. Gracias por ese amor infinito hacia tus abuelos y tus tíos, y por esos abrazos que nos das a todos acompañados siempre de un «te quiero». Gracias por querer tanto a tu hermana, por cuidarla y jugar tanto con ella como sueles hacer. Nunca dejéis de cuidaros el uno al otro. Vosotros dos sois lo más importante para papá y para mí, y estáis por delante de cualquier cosa.

Llevo diez años currando en esto de la maternidad, y no ha sido fácil ni lo será nunca. Pero le pongo todo el empeño: espero estar haciéndolo bien, y seguir creciendo contigo a mi lado, aprendiendo cada día con tu evolución. Te estás haciendo mayor y pronto serás un jovencito con muchos proyectos en la cabeza: seguirás estudiando, trabajarás, te enamorarás. Estaremos a tu lado para lo que necesites, ya lo sabes. Me convertiste en madre un mediodía de noviembre, me encontraba exhausta pero tu llegada me hizo olvidar todos los males, y trajiste contigo el amor más puro, genuino e incondicional.

Estoy orgullosa de ti, mi niño. Disfruta muchísimo de uno de tus días favoritos, el de tu cumple. Te quiere: mamá.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando los pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora «podemos» llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, lo están sobrellevando muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a «hacer recados».

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que me estoy saltando el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Niñofobia

Me sugiere una amiga que hable de los restaurantes «solo para adultos» porque están en auge: Adults only en bares y hoteles. Apuesto a que es un tema de lo más controvertido, cuyas posturas al respecto se verán influidas por ostentar o no la condición de padres. En mi caso, madre como soy, puedo entender la postura en contra así como la postura a favor. Veamos: los empresarios hosteleros quieren una clientela feliz que se encuentre a gusto en sus locales, permanezca el mayor tiempo posible consumiendo y vuelva más veces. Comprensible y respetable: han invertido esfuerzo y dinero y se reservan el famoso derecho de admisión.

Aparte del sector hostelero, están aquellos clientes que salen a comer o cenar buscando un local acogedor, innovador, gastronómicamente satisfactorio, en el que mantener una conversación tranquila sin oír llantos o tiroriros de juguetes estridentes ni presenciar escenas «médico de familia» (si son niños bien portados) o «los Simpson» (si son niños pa echar de comer aparte). A todos nos gusta la calma en ese contexto de gastrónomos y gourmets, en ese romper la rutina que supone que nos mimen el paladar y nos sirvan plato tras plato. Unos niños ruidosos y maleducados destrozan cualquier intento de contexto gastrónomo.

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Y sin embargo, prohibir la entrada a alguien que lleva a un niño o más de la mano tiene algo de capitán Garfio, de niñofobia. El término lo verán así a nada que lo busquen en Google: encontrarán opiniones de todos los colores. A mí me resulta incómodo ver en la mesa de al lado en un restaurante a alguien mascando a dos carrillos y hablando al mismo tiempo, y supongo que no seré la única. ¿Deben prohibir la entrada a las personas sin un mínimo de buenos modales? No digamos si nos regalan un «provechito» ruidoso, si en otra mesa le cantan a un colega de curro el cumpleaños feliz más desafinado de la historia o en otra se ponen a entonar jotas a la hora de los cafés y licores. He visto locales que no permiten la entrada si vas en bañador o similar (los típicos bares junto a la playa), y locales anti-despedidas de soltero/a (en Logroño hay bares con carteles al respecto). Puro sentido común en pro del decoro y el saber estar.

No voy a erigirme ahora en madre coraje ni a defender a mis niños: reconozco que me cuesta que se comporten si estamos comiendo fuera de casa; ni son buenos comedores -raritos me han salido- ni aguantan demasiado tiempo de sobremesa. Pero al menos suelen quedarse sentados -no corretean por todo el restaurante-, no gritan ni tiran comida al suelo. Una libreta y unas pinturas son mano de santo para que nos dejen acabar de comer.

La culpa de la niñofobia no solo hay que buscarla en los padres permisivos que dejan al crío a su libre albedrío y no le afean su mala conducta. La sociedad actual cada vez es menos tolerante con la infancia. Babeamos viendo un anuncio de pañales, pero luego gritamos «los niños, para sus padres». Olvidamos que los niños de hoy serán adultos en menos que canta un gallo. Los niños estorban: paralizan la vida laboral, especialmente la de la madre; nos joroban planes, viajes, vida social. Nos contagian sus virus, nos ponen en evidencia, airean nuestras intimidades. Dificultan el poder compaginar nuestras mil historias con sus horarios y necesidades. Son dependientes, exigentes, egocéntricos, desagradecidos; ensucian, desordenan, hablan cuando queremos silencio. Puedo entender tanta animadversión hacia ellos porque yo misma la siento en muchas ocasiones, y eso que son mis propios hijos. Con más motivo pueden sentirla quienes no han sido padres por decisión propia.

Pero no olvidemos que todos fuimos niños una vez. No hace mucho tiempo, a los niños se les dejaba más en paz. Corrían libres por la calle, no tenían ni la cuarta parte de los juguetes que tienen ahora; celebraban los cumpleaños con toda la familia y algunos amigos apelotonados en un cuarto de estar diminuto, sin «parques de bolas» ni salas de fiestas infantiles a «cojón de pato» el cubierto de sándwich de chorizo y bolsa de gusanitos. Hemos pasado del «calla, que estamos hablando los adultos» al «¿qué quiere mi chiquitín para merendaaar?». Es curioso esto último: cuanto más los mimamos con cosas materiales, peor nos salen. Los niños de hoy palpan ese sentir general de que estorban: Toma el móvil y cállate. Vete a tu cuarto y déjame ver la tele. Notan que se les deja con abuelos (quienes tengan la suerte de tenerlos), vecinos y nannies para que sus padres puedan hacer esto o aquello. Crecerán y serán adultos con los mismos o peores problemas, con situaciones laborales precarias y con un afán desmedido por encontrar la felicidad en el consumo, el autobombo, las experiencias y demás mandangas que dejan fuera el sacrificio, el dar la vida por la familia, el darse entero a los demás. Serán adultos que no querrán hijos.

Un último apunte: estos restaurantes para adultos sin niños deberían replantearse si no les merece la pena reconvertirse en restaurantes «kids-friendly». Si lo ponen así, en inglés, éxito seguro. Lugares donde aceptan niños, con salas donde estos puedan comer acompañados de otros niños, mientras cerca y a la vista están sus padres comiendo tranquilamente sabiendo que lo están pasando bien. Si el negocio va bien, esos mismos niños volverán de mayores al mismo restaurante… pero acompañados de sus propios hijos.

Con todas las sillas ocupadas

Algún que otro alcalde ya está peleando con sus colegas sobre quién lo tiene más grande. El árbol, se entiende: el de Navidad. Más alto, más frondoso, con más luces. En Vigo saben de eso. Melania ha recibido ya el que va a decorar la Casa Blanca, y se ha ido luego al vestidor a elegir modelo para la foto navideña oficial.

Ya estamos todos empezando a comprar cosas que no necesitamos. A llenar el congelador de comida que engulliremos para, inmediatamente después, arrepentirnos de haber ingerido porque nos echará al cuerpo unos kilos de más. Ya hemos empezado a adquirir décimos de lotería a la que no jugamos jamás el resto de los días del año. En nada mantendremos conversaciones de cortesía en persona, por teléfono, por correo, WhatsApp o Facebook con gente a la que el resto de los días del año no hacemos casi ni recordar.

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Los pasillos de los supermercados ya se encuentran atiborrados de cajas de turrón y mazapanes. Luces de mil colores pueblan escaparates, calles y tiendas. Y falta un mes aún, pero nunca es demasiado pronto para que nos recuerden con un sinfín de señales que debemos empezar ya a gastar indiscriminadamente, a tirar de tarjeta de crédito, a poner el árbol, a asaltar jugueterías, perfumerías o, en el mejor de los casos, librerías.

Los restaurantes ya se están frotando las manos con las comidas de empresa y las cenas de cuadrillas. Las salas de fiestas publicitan sus packs de cena y cotillón, y en Pamplona alguno está ya confeccionando su disfraz para fin de año, o al menos pensando de qué personaje u objeto va a disfrazarse.

En las casas en las que somos afortunados de tener niños pequeños, nos quedan ellos. Son la alegría de estas fechas, porque las viven con ilusión, con mirada inocente y el relajo de saberse de vacaciones. Los mayores que estamos a su alrededor deberíamos desprendernos de todo lo demás, y dar gracias porque, de la pasada Navidad a esta, ninguna silla se va a quedar vacía. Ese es el mejor de los regalos: sentarnos con quienes todos los días del año nos demuestran su amor, mirarles a los ojos y decirles «gracias por estar siempre a mi lado, por regalarme tu amistad. Perdona si en algo te ofendí, y aquí me tienes para cualquier cosa».

Felices 28 días previos a Navidad. Y feliz Navidad.

Pequeños ludópatas

Recientemente algunos medios se hicieron eco de la labor preventiva que realiza la Policía Foral en el entorno de los centros educativos de Navarra que cuentan en sus inmediaciones con locales de apuestas deportivas. Visitaban estos negocios para recordar a sus empleados y dueños su deber de vigilar escrupulosamente que todos los apostantes son mayores de edad, y ante la duda, pedir siempre el DNI. La ludopatía no es cosa de risa, desde luego (aunque juego, en latín IOCUS, significaba ‘broma’) y se debe atajar desde la adolescencia o cuanto antes. La Policía Foral ha realizado 365 inspecciones este año para prevenir apuestas de menores

Sin salir del tema del juego, traigo a colación mis visitas esporádicas con mi familia a cierto centro comercial. Centro comercial Itaroa Quién no ha pasado un domingo en familia en el cine, en la bolera o merendando «marranadas» de las que no está permitido comer a diario. Bien, pues allá que nos fuimos para un bautismo de bolera con nuestros retoños. La novedad les impactó, y gritaban de felicidad cada vez que derribaban más de un bolo. El recinto dedicado al ocio está plagado de máquinas recreativas: desde las que permiten batallar contra marcianos o echar carreras de fórmula 1 hasta las infantiles que se balancean y encienden lucecitas para regocijo del peque, previo pago de un euro. Todo a un euro, señores.

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¿Comemos fuera?

Comer fuera de casa cuando se tienen niños pequeños es una aventura en el más completo sentido. El Bulli de los restaurantes para ir con niños debería tener, por razones obvias, un menú infantil. Porque no todos los niños comen alubias de Tolosa, cordero al chilindrón o risotto de hongos. Ojalá. Por eso los macarrones, la pechuga de pollo o el sanjacobo con montaña de patatas fritas se hacen imprescindibles si queremos tener la comida (o la cena) en paz. Sigue leyendo