Primero en casa

En varios de los niveles del instituto donde estudia mi hijo se han llevado a cabo las semanas pasadas unas sesiones de orientación afectivo-sexual, cada cual adecuada, se supone, al curso al que se dirigen. Desde el centro se nos envió a los padres, coincidiendo con el día de la primera sesión (ahí, ahí: avisando con tiempo), una información facilitada por la asociación o empresa que impartía las charlas, en la cual se explicaba a grandes rasgos el contenido de las sesiones según el curso. Junto a dicha información se nos facilitó un correo electrónico para expresar dudas, o cualquier tipo de comunicación, a la empresa responsable de las charlas.

La clase de mi hijo recibió cinco sesiones durante una semana: eso supuso, para empezar, perder cinco clases ordinarias, ya que la educación afectivo-sexual se desarrolló en horario lectivo. Según se iba pasando la semana, mi hijo venía a casa contándonos cosas que, o bien le sorprendieron, o bien le impactaron, o bien le repugnaron o una mezcla de todo ello. A nuestros hijos les hemos hablado de todo siempre, pero atendiendo en primer lugar a su necesidad de saber. Un ejemplo: a mi hija pequeña no le contamos cómo se hace un bebé hasta que lo preguntó. Ella sabía por dónde nace un bebé, pero no cómo llega a formarse un bebé ahí. A la edad que nos preguntó todo esto, estábamos ahí para explicárselo, sin tener en cuenta que, con toda seguridad, algo ya le habrían explicado en el colegio (y no digamos los compañeros de clase, ese colectivo avispado que siempre va por delante de los propios hijos y les va soltando bombas de información o bulos como que fulanito ya lo ha hecho con menganita y son novios).

Como digo, a nuestros hijos les hablamos sin rodeos pero adaptando la información a sus necesidades, su edad y su momento madurativo. No puedes enseñarles a hacer divisiones si no se saben las tablas de multiplicar, ¿cierto? Bien, pues a mi hijo le hablaron de prácticas sexuales de las que no sabía nada, y de otros temas que, a sus trece años, no nos pareció oportuno que se trataran en un aula. Cuando terminó la semana mandé un correo a la empresa encargada, expresándole nuestro punto de vista y lo que había contado nuestro hijo en casa.

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Al día siguiente me llamaron por teléfono y estuve un rato hablando con la sexóloga que estuvo en clase de mi hijo. Me explicó que su forma de trabajar es favorecer que esas sesiones sean un espacio y un lugar donde los alumnos expresen sus dudas e inquietudes con respecto a la sexualidad y donde se les reorienta y corrige cuando tienen ideas erróneas, y se les habla de aquello que van demandando. Algo así me dijo, y claro, hay que tener en cuenta que algunos tienen conocimiento de muchas cosas, otros han repetido y tienen uno o dos años más que el resto y han tenido ya relaciones sexuales, y ellos están ahí para escuchar y orientar y blablabla. Esto no se lo dije a ella, pero me toca las narices muchísimo ese empecinamiento en dejar que el alumno sea quien marque el aprendizaje: ¡vamos a dar en clase lo que a ellos les interese, para que sea un aprendizaje significativo! Que manden ellos, ¿qué puede salir mal?

Aunque argumenté y rebatí, al terminar la conversación telefónica tuve la sensación de que me llevó a su terreno y además me hizo un poco la pelota: qué bien que vosotros como padres le habléis de todo y que estas sesiones hayan favorecido un diálogo, lamento que se haya llevado impresión con algunas cosas, pero así es la vida. Sí, qué bien todo, ajá.

Me mandó un correo la directora del instituto: que estaba al tanto de lo ocurrido y que lamentaba que mi hijo se hubiera llevado una mala experiencia, pero que llevaban años trabajando con esa asociación y sin ningún problema nunca. Que si necesitábamos cualquier cosa, ahí nos tenía. Se lo agradecí, claro. A veces me pregunto si, cuando nunca ha habido ningún problema, será porque nadie se ha atrevido a levantar la voz y expresar su desacuerdo.

En fin, yo solo pido que, en aras de los tan manoseados términos de la diversidad, la inclusión, el respeto, etc., se tenga en cuenta la variedad del público al que se dirige una información tan sensible, solo por el mencionado respeto. Soy muy consciente de, en efecto, la variedad que puede haber en un aula adolescente. Habrá quienes se acercaron al porno (sí, al porno) a los ocho o nueve años (una lacra horrorosa que, como sociedad, hay que atacar), quienes no saben ni siquiera cómo funciona el ciclo menstrual ni conocen ningún método anticonceptivo. Bueno, pues precisamente por esta variedad hay que tratar estos temas con mucho cuidado y yendo de menos a más. Primero, las tablas de multiplicar, y luego las divisiones.

A los pocos días de suceder esto, hablé con una amiga, y en el instituto de su hija iban a tener también varias sesiones de educación afectivo-sexual. Al menos allí les iban a citar las familias para un reunión informativa. Mi amiga y yo estábamos de acuerdo: no podemos pararlo ni posicionarnos en contra, pero afortunadamente ambas tenemos hijos dialogantes que comunican muy bien y que cuentan las cosas. Que sirva todo esto para tener largas conversaciones con ellos, rebatir aquello con lo que no estemos de acuerdo y formarles desde casa, en familia, para enfrentarse al mundo con la información necesaria y los valores que les hagan ver que no hay que ser como la mayoría, que no hay que querer correr, que tienen trece años aún. Y que aquí estamos sus padres para lo que necesiten.

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