Este año sí

Ayer fue día de escalera, el cuarto peldaño, y como en un sueño que no podíamos creer se confirmó la ansiada noticia: habrá San Fermín. En los tiempos convulsos y descorazonadores que vivimos es un rayito de luz para quienes sentimos estas fiestas como parte de nuestra idiosincrasia. Saber que, tres años después, volveremos a vivir unos Sanfermines, hace que vislumbremos poco a poco el final de este túnel en el que hemos transitado entre cuarentenas, fallecidos, malestar, distancia, esfuerzo, renuncias y bocas tapadas. Pienso en las criaturas de menos de cuatro o cinco años: o no han vivido nunca esta fiesta o no tienen recuerdo de ella.

De pronto me descubrí planificando comprar ropa blanca nueva, porque las tallas no perdonan y los hijos han crecido mucho en tres años. Me visualicé comiendo, bebiendo o bailando rodeada de gente, de mucha gente, y qué cosas tienen el cerebro, la costumbre y el miedo: «¿y los contagios?» Imaginar de pronto la multitud que lleva aparejada San Fermín me lleva a creer necesitar una desescalada como la que ideó el gobierno cuando salíamos del confinamiento en 2020. Pensar en dejar de golpe y porrazo una rutina en la que mis contactos sociales en un día normal caben en los dedos de mis manos a vivir en una Pamplona cuya población se quintuplica durante nueve días me genera un poquillo de ansiedad, lo reconozco. Debe de ser resiliencia pero al revés: en lugar de sobreponerse a una adversidad, volver a una felicidad extrañada y lejana. En esto me llevan ventaja los jóvenes que desde hace meses han reconquistado la noche, el salir con los amigos y el relacionarse con todo el mundo como se ha hecho siempre.

Supongo que la clave está en no pensarlo mucho y en lanzarse al ruedo, nunca mejor dicho, sin volverse majara por tener tan cerca a la gente, a desconocidos que exhalan su dióxido de carbono sin tapujos. Porque, no nos engañemos, casi nadie llevará la mascarilla para entonces, si ya están diciendo de quitarla también en interiores para antes de Semana Santa. Ojo, que ganas hay, ya es hora. Pero que habrá síndrome de Estocolmo, también, porque hace casi dos meses que la mascarilla no es obligatoria en la calle y aún se ve gente paseando solitaria con ella puesta.

Será como meter la punta del pie en una piscina del norte o en las aguas del Cantábrico: está el agua fría pero qué a gusto se está cuando te lanzas por fin. Toca disfrutar de veras, desquitarnos y homenajear a quienes ya no pueden estar o a quienes les encantaría estar pero no pueden porque están lejos o por mil motivos. Como la tribu masái del vídeo viral que circula desde ayer. Viva San Fermín, ya falta menos.

Vídeo realizado por Borja Lezáun

Duele

La detonación fue un momento y duró siglos.

Gritos, confusión, miedo. No comprendo, no quiero, no está pasando.

Cristales rotos alfombran mi casa. Mi casa destruida en un suspiro.

Estamos bien, vivos, rotos por dentro, pero vivos. Y el piano.

Lo miro: tan blanco, está entero. ¿Sonará? Hijos, venid. No sé,

no sé si hay tiempo, esperad un momento, necesito pensar, tocar, pensar.

Irina frota las teclas negrasblancasnegrasblancas. Suspira, teme y le duele.

Sabe que hay que marcharse, dejar todo atrás. La música y su vida allí, la música

y la tranquilidad, la tibieza de un hogar labrado a golpe de esfuerzo y amor. La música.

Elige a Chopin, qué delicia, no puede imaginar sus dedos huérfanos.

Sus dedos se irán con ella, el piano se queda atrás. Llegarán otros pianos, quizá otro hogar,

con suerte, no lo sabe.

La música brota de sus manos, está en su cabeza, negrasblancasnegrasblancas y corcheas.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Como en aquella película, cómo se llamaba,

la del pianista.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Suena la última nota.

Nos vamos.

(Para escuchar a Irina despidiéndose: https://www.youtube.com/watch?v=KkZQuE50b9E)

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El paciente inglés

Ya imaginaba que Victoria Beckham –de soltera Adams y una de las Spice Girls- seguía una dieta estricta para estar cual palo de escoba. Su silueta habla por sí sola, así como su inexpresivo rostro (si es que un rostro así puede “decir” algo). Creo que reprime la sonrisa para evitar la aparición de arrugas, o a lo mejor es así de siesa de manera natural. Hija, que tu marido es David Beckham, un tío por el que, al menos hace un par de décadas, suspiraba la mitad de las mujeres del planeta. Un exfutbolista que tiene su apellido en el título de una película (Quiero ser como Beckham). Un inglés que, aporto el dato, llamó “feo” a Raúl García en un Osasuna-Real Madrid hace 17 años. Raúl es de Zizur Mayor y su único defecto es jugar en el Athletic, así que cállate, Beckham.
Puñal a Guti y Beckham: «Hay guapos que no saben ni andar por la vida»

David, al parecer, además de estar encantado de conocerse, es un cocinillas y un sibarita –con su cuenta corriente, cualquiera. Y lo que es más increíble, demuestra mucho aguante para llevar tantos años amando a su mujer, la quisquillosa, la reina de la monotonía dietética. Victoria Beckham y su estricta dieta: lleva 25 años comiendo lo mismo

Una cosa es estar a dieta de por vida, siguiendo un menú más o menos variado, bajo en calorías, alto en omegas de esos, renunciando a los dónuts, al chocolate y al queso gratinado (y todo esto ya me parece un esfuerzo titánico), y otra cosa es, por iniciativa propia y convicción personal –sin que nadie te obligue, recalco- comer un día y otro, y otro, y así siempre, pescado y verduras al vapor.


Pero vamos a ver: es que a mí me dicen que coma todos los días lo mismo, aunque fuera mi plato favorito, y se me queda la cara que tiene Victoria Beckham desde que se levanta hasta que se acuesta con el pescado hervido en su exiguo estómago. Vicky (perdona la confianza), eres tan fiel a tu menú como lo eres en tu matrimonio, enhorabuena. Tú sola comes más pescado que medio Japón, pero te estás perdiendo uno de los mayores placeres de la vida. Queda demostrado que tu marido te quiere muchísimo, porque salir a comer fuera contigo tiene que desmotivar a cualquiera.

En un programa de radio matutino comentaba la presentadora que se le había chafado una cita porque él confesó que no era lo que se dice disfrutón con la comida, que a él la comida pues sin más. Ella, al oír eso, supo que la posibilidad de que su relación tuviera éxito acababa de esfumarse: “a este me lo llevo a Asturias y se pide una ensalada”, comentó a carcajadas. Pues la comida favorita de Vicky es una tostada con una pizca de sal, cómo te quedas.

Lo más alucinante es que esta mujer ha vivido en España, amigos. Con las maravillas culinarias que tenemos aquí, ha desperdiciado el poder degustar, y sin cargo de conciencia económica, las mejores exquisiteces en los más laureados restaurantes del país. ¡Es que no habrá probado ni las croquetas! Que no hay que irse al Diverxo o al Abac, madredelamorhermoso. Que das un paseo y entras en cualquier bar modesto con menú del día o pintxos y sales de ahí llorando de alegría por lo que te has metido entre pecho y espalda.

Sabemos por la entrevista que le hicieron a su marido lo que come ella y lo que él aguanta estoicamente esta monotonía gastronómica. Pero ¿y los pobres hijos? Espero que ellos sigan la línea paterna y disfruten de una alimentación variada, se den caprichos y, por qué no, coman guarrerías de vez en cuando. Que la vida son dos días y los cuerpos esculturales también se los comen los gusanos.  Disfrutemos del buen yantar antes de que se imponga la ingesta de insectos o de los propios gusanos. ¡Bon apetit!

Vivir es urgente

No sé si es por el subconsciente, donde habita el carpe diem clásico y de El club de los poetas muertos, pero a veces me invade una sensación de no estar aprovechando el momento como es debido; no sé si les pasa: típico domingo por la tarde de sofá y de pulsar el mando a distancia con el móvil en la otra mano, y de repente una vocecilla en el cerebro: no estás exprimiendo el tiempo, podías hacer algo creativo, o salir con la bici, o hacer una manualidad con los críos, o poner orden en las dos mil fotos que no has vaciado del teléfono. Hacer, hacer, llenar los minutos con algo productivo.

Últimamente, y desde hace ya demasiado tiempo, nos engulle la rutina: ese no tener vida social, ese miedo al contagio, del trabajo a casa, sin aglomeraciones, compañía la justa. Destaparse la cara para beber un sorbo es deporte de riesgo; hay que ventilar, no acercarse al otro, ¡desconfía! El termómetro bajo cero no invita a salir, a ir de excursión, a escapar. Un día es parecido al anterior, y al siguiente, y sin embargo tenemos que sonreír porque siempre hay alguien que está peor que nosotros. Gente cuya realidad transcurre en un ay, en no llegar a fin de mes: un desahucio, un embargo, una nevera vacía, un negocio cerrado. Soy afortunada, no puedo quejarme.

Nuestra existencia sencilla y en ocasiones aburrida choca cada vez más a menudo con que vivir tenga que ser excitante, cada día una aventura. La publicidad y los que viven de enseñar su vida a través de una pantalla de teléfono nos muestran lugares de ensueño, comida deliciosa y perfectamente fotografiada, imagen cuidadísima -cabello, maquillaje, ropa, pose. Pero la mayoría llevamos vidas corrientes y parecidas entre sí, porque esta puta pandemia -permítanme el exabrupto- nos ha hecho ser similares: tenemos el mismo miedo, repetimos el mismo discurso que nos vomitan los medios de comunicación y mantenemos las mismas conversaciones que giran en torno a incidencias acumuladas, ocupación de camas UCI, presión hospitalaria, positivos, cuarentenas y antígenos.

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No estoy siendo ordenada, perdón: no escribo hoy con planteamiento, desarrollo y desenlace. Necesito echar fuera un sentimiento de rabia, hastío y hartazgo que estoy segura comparten conmigo. Tengo ganas de gritar al aire, dar una patada y que reviente por donde sea. Me pongo triste cuando pienso en mis hijos, cuando miro al pasado y veo cuán diferente era de ahora. Me aferro a una esperanza chiquitita de que esto pasará, pero dudo muchísimo de que el mundo vuelva a ser como hace diez o quince años.

Todo va muy deprisa, acojonantemente deprisa, y es oscuro y estremecedor. La libertad, nuestra libertad, debe ser nuestro bien más preciado. Y en cambio se oyen y se leen discursos atroces que salen de personas corrientes, como tú, como yo, en virtud de no sé qué normas.

La última vez que sentí plena felicidad (desbordante, simple y rotunda) fue hace unos meses en la boda de mi hermana. Porque verlos felices era contagioso, porque bailamos todos hasta caer rendidos y nos dieron igual las mascarillas y la distancia, porque estábamos (y estamos) todos hasta las narices, esas narices que llevamos tapadas demasiadas horas al día.

¿Cuándo va a acabar esto? Quiero vivir como antes, urgentemente.

Vida electrónica

Mi primer móvil -sin internet ni nada, un zapatófono de Motorola- lo tuve con 20 años. Mi cuenta de Facebook, eso que los muy jóvenes ni utilizan ya porque es «de viejos», la abrí rozando la treintena. Me hice certificado digital en 2019 para realizar un trámite y, en unos pocos años, me ha servido en numerosas ocasiones para evitarme unas cuantas gestiones presenciales. Una de ellas, muy reciente y de actualidad, ha sido poder descargar el certificado o pasaporte covid. No soy nativa digital: basta con saber mi fecha de nacimiento, así que he tenido que aprender sobre la marcha, y casi siempre de forma autodidacta, a desenvolverme con las nuevas tecnologías. Si en muchos momentos ha resultado arduo y desquiciante, no quiero imaginar cómo les resultará a las personas que me pasan diez, veinte o más años. Mis padres, por ejemplo, quienes recurren a mí o a mi hermana cuando el móvil les hace algo raro o quieren comprar entradas por internet para ir al teatro, por ejemplo. Por no hablar de mi abuelo nonagenario, que bastante tiene con saber llamar de un teléfono de esos para abuelitos, con teclas grandes y sin internet.

La tecnología debería servir para facilitarnos las cosas, no para abrir una brecha que habría que salvar invirtiendo tiempo y recursos económicos en formar al ciudadano y en atenderlo con calidez humana y paciencia, mucha paciencia. Ninguna de estas tres cosas parece abundar, en general y salvo excepciones, en nuestra sociedad digitalizada y cada vez más unipersonal. El mencionado pasaporte covid se ha convertido de la noche a la mañana en lo más demandado para acceder a un restaurante, entre otras cosas. Aquí en Navarra lo podían descargar sin problema quienes ya tenían activada su carpeta personal de salud. Yo misma lo obtuve así desde el teléfono, porque tengo activada la carpeta desde hace más de dos años. Pero muchísima gente no la conocía, y comenzó a acudir en masa hace pocas semanas a su centro de salud para solicitarla y poder conseguir así el pasaporte covid. Los centros de salud se colapsaron, los administrativos se quejaron, y el Departamento de Salud habilitó dos puntos en Pamplona en donde pedir su activación mediante usuario y contraseña. Siempre desde internet, uno entra con esas credenciales y puede acceder a la carpeta y a la consiguiente descarga del pasaporte. ¿Cuál ha sido el problema? Que el colapso que podía haber en cinco o diez centros de salud se trasladó de buenas a primeras a la calle Tudela (registro del Servicio Navarro de Salud) y al edificio Conde Oliveto, con colas interminables bajo la lluvia. Sin refuerzo de personal y casi sin ser avisados, los trabajadores de estos lugares no han dado abasto en los cuatro días laborables que llevan atendiendo a estas personas ávidas de obtener su certificado de vacunación. Cuatro días contados, sí, porque se les trasladó esta gestión el 30 de noviembre, en vísperas de todo un puente foral cargado de festivos. Hoy leo en las noticias que Salud va a buscar pronto una manera de descargar el certificado desde internet sin necesidad de ningún otro trámite previo. Mejorará bastante la cosa porque se evitarán esperas y colapsos, pero seguimos con la webdependencia: los abuelos a pedir ayuda a los hijos y a los nietos. Con lo sencillo que sería enviarlo en papel a cada persona vacunada, teniendo como tienen nuestros datos sanitarios y de domicilio.

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Pero la administración electrónica intenta prescindir del papeleo. Y no solo la administración, porque hoy leo que en enero arrancará un proyecto piloto para eliminar de los fármacos el famoso prospecto, ese papelito doblado por el mismísimo Belcebú (nunca consigo volverlo a doblar como estaba), ese papelito con tan característico sonido y que siempre está estorbando cuando abrimos la caja: de diez veces que abramos un medicamento, nueve veces lo abriremos por el lado en donde está el prospecto, parece hecho a mala idea. Bromas aparte, muchos añorarán el prospecto si acaba desapareciendo del todo, porque entonces, si alguien quisiera leer las contraindicaciones, la posología o los efectos adversos, tendrá que… ¡escanear un código QR! Pobres abuelos, enfermos crónicos, pacientes en general: si ya era un rollo desdoblar el papel y dejarse los ojos, ahora habrá que tener móvil con aplicación de escáner para enterarse de qué va el medicamento. Menos mal que los amables farmacéuticos, que ya de por sí ayudan muchísimo a sus clientes/pacientes, sumarán a sus labores la de facilitar en papel el prospecto a quien se lo pida, o la de ayudar a una abuelica a leer el QR con su móvil. https://www.ondacero.es/noticias/sociedad/fin-prospectos-medicamentos-papel-como-podran-leer-primeros-farmacos-afectados_2021120861b18e521034750001b7aa5f.html

Pero lo más terrible de las nuevas tecnologías es la banca electrónica, por el maltrato sistemático a la gente mayor desde su implantación. No entenderé nunca jamás que a una persona mayor se le niegue la atención tradicional en ventanilla para sacar 200 euros. O que hacer una transferencia atendidos por un empleado de la caja de ahorros sea misión imposible: hágalo usted en la app, caballero. Aquí tiene su contraseña. Los pagos en metálico solo de 8 a 10, gracias. Si es usted de otra entidad, le cobraremos tres euros de comisión.

Lo de las páginas web, cuentas y contraseñas da para otra entrada. Entre mi marido y yo tenemos apuntadas más de 80 páginas web con sus 80 contraseñas -algunas se repiten, otras no- de acceso con nombre de usuario. Es una maldita locura. Luego los expertos te recomiendan no usar contraseñas facilonas que un hacker podría averiguar sin mucho esfuerzo. Es imposible: para cualquier cosa hay que registrarse: usuario y contraseña. No podemos poner la misma para todo, pero poner una diferente para cada cosa es impensable a no ser que seas superdotado y recuerdes tus quinientas veinticuatro contraseñas. Solo nos queda encomendarnos a San Weborio de la Red Infinita para que no nos pirateen las cuentas con nuestras contraseñas de mierda. Y los pobres abuelicos rezan también para volver a los tiempos en que cobraban el jornal en un sobre, el del banco los llamaba por su nombre y el único móvil que conocían era el que colgaba de la cuna de sus hijos -y eso si tenían móvil o cuna.

Que llueva, que llueva

Llevamos muchas semanas, al menos aquí en Navarra, viviendo un día de la marmota climático: fresquito por la mañana, subida de temperaturas a mediodía rondando los 20 grados y caída progresiva del termómetro según avanza la tarde. Y ni una gota. No sé ustedes, pero yo necesito que llueva.

“Culpable” del verdor de los campos, de ríos caudalosos y cascadas de ensueño, de impresionantes cielos encapotados y poblados de grises nubarrones, del ambiente húmedo que ensancha las fosas nasales y despeja la cabeza, la lluvia también nos rompe la rutina y nos regala recuerdos para el futuro.

¿Quién no ha disfrutado de niño saltando dentro de los charcos pertrechado de botas de goma y chubasquero? Con doce años fui en junio a un campamento de una semana en Ultzama y solo dejó de llover el último día. Benditos monitores que supieron entretenernos con juegos en interiores, canciones, relatos o gymkanas. Y sin embargo lo pasé muy bien: al mal tiempo, buena cara.

Pero también de adultos la lluvia nos ha chafado unas vacaciones cuando no se la esperaba, y hemos tenido que reinventar los planes que traíamos pensados de casa. Luego está el caso contrario: reporteros de televisión que, alcachofa en mano, preguntan a turistas en pleno enero o febrero a ver qué tal sienta estar de vacaciones en Alicante a 25 grados, y los turistas responden que encantados de la vida, que así tenía que ser siempre. No, por favor.

Las novias antes llevaban huevos a las Clarisas para que no lloviera el día de su boda: esto es comprensible; nadie quiere un día deslucido en el que preciosos trajes y zapatos acaben hechos un asco. Ahora bien, con lluvia o sol, una boda siempre es algo inolvidable.

¿Y los partidos de fútbol en un césped embarrado? Una victoria en tales circunstancias tiene más valor todavía. El balón no rueda bien, las piernas “pesan” y cada aterrizaje en una lucha por la pelota deja pantalón, camiseta y medias de color chocolate. Épica.

Como todo en esta vida, no son buenos ni el exceso ni el defecto. Tan grave es la sequía como unas inundaciones; nunca olvidaré el 8 de julio de 2019 porque iba al volante por la autopista y con mis hijos en el asiento de atrás y nos pilló la gran tormenta a la altura de Pueyo. No he pasado tanto miedo conduciendo como ese día. Un hombre falleció arrastrado por la riada, y las pérdidas materiales tras aquel aciago día fueron cuantiosas en la zona media de Navarra, sobre todo en Tafalla. Recuerdo con mucha tristeza también la tragedia de la que hace poco se han cumplido 25 años: la inundación del camping de Biescas que causó casi 90 fallecidos.

Ojalá llegase el día en el que el ser humano pudiese controlar a su antojo el clima y decidir cuándo hace falta que llueva y cuándo hace falta tiempo soleado. Aunque me temo que saldrían a relucir los intereses particulares y colectivos y el tema acabaría siendo motivo de discusión y tensiones en el Congreso. Porque nunca llueve a gusto de todos. Y últimamente hay que quitar “a gusto de todos” y quedarnos en “nunca llueve”. Lástima grande.

 

 

 

 

 

 

 

Política infantil

El Gobierno debe de tener mucho tiempo libre a pesar del problema de los ERTE, la gestión de la pandemia, la inmigración, la erupción del Cumbre Vieja, los macrobotellones, la movida de Cataluña o la crisis en general. Tiene tanto tiempo libre que ha creado un órgano para el politiqueo cuyos miembros serán niños y adolescentes, por aquello de perpetuar la especie homo politicus vitalicius: dícese del espécimen que desde la más temprana infancia dedica su vida a vivir del cuento y del dinero de los ciudadanos hasta que puede vivir del dinero de las eléctricas o de tertuliano en la Sexta.

https://www.europapress.es/epsocial/infancia/noticia-gobierno-crea-consejo-estatal-participacion-infancia-estara-formado-34-menores-17-anos-20210927123512.html

Esto de que los chiquillos jueguen a cosas de mayores siempre me ha dado grima. Esos concursos de cantar o de cocinar en los que los críos hablan y se comportan como adultos en miniatura me dan como repelús, por muy bien que canten y cocinen, que no digo yo que no lo hagan. Ya me imagino a esos padres orgullosos diciendo en el trabajo que su niño tiene hoy reunión por videoconferencia con el Consejo (el compañero de curro agachará la cabeza porque sus hijos solamente van a baloncesto y a kárate); lo vestirán de Bebé Jefazo o de Angelita Merkel, y sonreirán porque su hijo o hija está dando su tiempo y sus grandes ideas por su país. Todo muy orwelliano; se me ponen los pelos de punta.

El Gobierno se ha curado en salud y la elección de los miembros correrá a cargo de otros menores de colectivos o asociaciones locales o estatales. Vamos, que no vayamos a pensar que los van a poner en el Consejo a dedo o por ser hijos, sobrinos o nietos de. Ni se nos ocurra creer tampoco que los vayan a llevar a su terreno ideológico o que las reuniones vayan a ser guiadas o guionizadas, qué va. No hay que ser malpensados, el Gobierno solo quiere dar voz a las generaciones futuras. Porque es más fácil sacar una partida presupuestaria para crear otro chiringuito cuqui y progresista que enviar al político de turno a entrevistarse con asistentes sociales, docentes, psicólogos infantiles, pedagogos, terapeutas, pediatras o agentes de inmigración para palpar los verdaderos problemas y quebraderos de cabeza de la infancia y la adolescencia. Hacer eso requiere del político de turno una cosa poco común en su especie: trabajar. Pero trabajar de verdad, codo con codo con los miembros de la sociedad, no desde el despacho. Igual que cierta ministra de Educación, que sacó su ley educativa sin pisar un aula, por ejemplo. Es mejor que el trabajo lo hagan los niños, que además no cobran.

Señores políticos: dejen a los niños vivir su infancia y a los adolescentes su adolescencia. Preocúpense más de dotarlos de un sistema educativo firme y sólido, de buenas perspectivas laborales, de inversión en ciencia y tecnología. Preocúpense por sus padres y tutores legales, para que no tengan dificultades en sacarlos adelante.

Y hagan su trabajo, que para eso les pagamos.

Nos vamos de «cerdintxo»

Hace unos años unos hosteleros instauraron en Pamplona el llamado «juevintxo«: ofertas especiales los jueves para ir de pintxos. Pero ya hace mucho, y últimamente con más motivo, que el nombre deberían cambiarlo por «cerdintxo«.

No pasa semana sin que los vecinos del Casco Antiguo, que son quienes más sufren esto, contemplen impotentes cómo se quedan sus calles tras una tarde-noche de juevintxo. Sumémosle la del viernes y la del sábado, y añadamos al ocio de ir de bares el bebercio callejero: el botellón, y ya tendremos el pack completo de ruido, voces y carcajadas, vasos alfombrando el suelo, bebidas derramadas que hacen que se peguen las suelas y, a veces también, peleas callejeras, broncas, música en móviles con altavoces, etc.

Podemos entender la efervescencia juvenil, las ganas de pasarlo bien, la necesidad de salir con los amigos, de echarse unas cervezas. Pero no logro entender que todo esto tenga que llevar aparejada la suciedad inmunda que acaba llenando esta parte de la ciudad mayoritariamente. Llevar tres copas de más no debería ser excusa. Parece que la pandemia y sus restricciones han hecho que tanto aguantar y acatar haya acabado explosionando en forma de libertinaje y diversión mal entendida. No solo se trata de suciedad, claro, sino de las molestias que ocasionan a quienes quieren descansar, que también están en su derecho.

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Lo sé, es el cuento de nunca acabar. Algunos dicen que ya se sabe lo que conlleva vivir en la parte vieja. Otros, que todo el mundo tiene derecho a pasarlo bien, que qué se le va a hacer. Otros echan la culpa a los hosteleros, o a que han quitado el toque de queda. Los más afortunados tendrán una segunda vivienda a la que huir a partir del jueves, o habrán invertido dinero en insonorizar su casa. Muchos, por desgracia, acaban mudándose, dejando la parte más bonita de Pamplona cada vez más desierta.

No me imagino qué clase de educación recibirán algunos en su casa: como ya están los de la limpieza del ayuntamiento para eso, pues qué más da, ya limpiarán ellos. Si en el fondo es para que no se queden sin trabajo…

En fin, sé que hay temas más trascendentes, pero veo las imágenes de Barcelona -las últimas de las fiestas de Sants y del barrio de Gracia-, veo Pamplona, o las «no fiestas» de tantos lugares de España, y me entran ganas de agarrar a esos cerdos con dos piernas por las orejas o algún sitio peor, darles un cesto, una escoba y unos guantes (o sin guantes, qué leches) y mandarlos de una patada en el culo a dejar la ciudad como los chorros del oro. ¿Me sale la vena madre? Pues sí, pero ya llegarán a mis años, ya. Que yo a los suyos no era ninguna cerda.

Cuando sea, serán.

Hace hoy dos años de los últimos Sanfermines «normales» y parece que han pasado diez. El 6 de julio de 2020 el ayuntamiento de Pamplona desplegó un pañuelo gigante en la fachada de la Casa Consistorial, con la intención de quitarnos un poco la morriña. «Los viviremos», en español, euskera, francés e inglés, decía el pañuelo. #Sanfermines2021 era lo que se leía a continuación. Bien, pues aquí estamos ya, el 6 de julio de 2021, y seguimos sin chupinazo, sin fiestas, sin encierros ni gigantes. Mucha gente no se resigna, y está hoy almorzando con la cuadrilla desde bien temprano. He visto esta mañana a algunos vestidos de blanco con la faja roja y el pañuelico anudado en la muñeca. Hacen bien mientras respeten las medidas de seguridad, que ya estamos a tope de contagios por el brote de Salou (otra de las merindades navarras). A mí, la verdad, no me sale. Tener una comida deliciosa delante de la nariz, olerla, salivar y no poder probarla es como querer celebrar unas fiestas que sabemos que no pueden tener lugar. Una alegría un tanto impostada, un quiero y no puedo. Pero allá cada uno mientras sus decisiones no traigan consecuencias que haya que lamentar.

Prefiero echar la vista atrás y pensar en todo lo maravilloso que he vivido los julios pasados del 6 al 14, pensar que ha de volver todo aquello, y cuando lo haga lo valoraremos más si cabe. He visto hoy que el Ayuntamiento tiene en una página (www.losviviremos.es) y en redes sociales una serie de vídeos muy emotivos protagonizados por diversas personas amantes de los Sanfermines. ¿Qué son los Sanfermines?, dice el vídeo que encabeza la campaña https://www.instagram.com/p/CQ-xM0iLpz9/?utm_source=ig_web_copy_link

San Fermín ya empieza a asomar el 5 de julio con los nervios y el hormigueo de sabernos en puertas de una explosión vibrante; es alegría que desborda bajo el sol del verano -o el cierzo, según le dé al tiempo en Pamplona. Es vivir sin horarios salvo alguna excepción: las 12 el cohete, las 8 el encierro, las 11 los fuegos, las 10 la procesión. Es dormir de día y darlo todo de noche, pero también es levantarse con legañas y resaca y aguantar el tipo en los gigantes, en el vermú, con la cuadrilla, con los suegros, en la sobremesa, con un cubata a las 6 de la tarde, con más cafés de la cuenta y bastante alcohol regando el hígado. Es poner la lavadora con la vana ilusión de que esas manchas que no sabes cómo han llegado ahí se vayan. Es gentío, compadreo, universalidad. Que te pregunte un guiri si eres de aquí, de Pamplona, y al decirle que sí te conteste ¡qué suerte! Es rito, un rezo al cielo periódico en mano bajo la hornacina; sentir el aliento de un bicho de media tonelada que patea las mismas calles por las que hace unas horas se desparramaba la fiesta.

Es que nos retumbe el pecho al ritmo de bombos y platillos, jalear a la Pamplonesa (¡esa, esa, esa…!), ziriquear a Caravinagre y echar a correr. Es sentir el aire que levantan las faldas de Toko Toko al girar y girar y girar. Es llorar al escuchar una jota a San Fermín, para reír diez minutos después abrazado a alguien conocido al que te acabas de encontrar en medio de la marabunta, porque Pamplona, también en San Fermín, es un pañuelo.

Es la fiesta en mayúsculas, donde cada uno encuentra su hueco: todas las edades, todas las condiciones, todas las confesiones, tendencias, gustos y preferencias. Muy probablemente la única cosa que une a todos los navarros (quizá pueda sumársele el cariño por Osasuna). Una ciudad de provincias con fama de anodina y santurrona que se transforma cual oruga en mariposa para abrazar a decenas de nacionalidades. Pamplona en Sanfermines lucha desde hace tiempo con ahínco por quitarse de encima estereotipos de borracheras, violencia sexual y callejera y descontrol al borde de la ley, imágenes poco o nada representativas de una fiestas que son mucho, muchísimo más.

Ahora mismo, y desde hace dos años, es una ciudad que espera como un niño espera a los Reyes Magos aunque sea aún febrero: con impaciencia pero con ilusión. Mientras tanto, haya que aguantar otro año más o más de un año, vivamos con el recuerdo de los Sanfermines pasados y la mirada puesta en el futuro, tarde lo que tarde.

«Pequeñerías»

Una entrevista al cantante Dani Martín en su visita a El Hormiguero, a propósito de su últimos disco y gira, propicia la entrada que van a leer a continuación. Les dejo el enlace: https://www.antena3.com/programas/el-hormiguero/entrevista/entrevista-completa-dani-martin_20210429608b18d6e56957000125cb51.html

Gran parte del tiempo Dani Martín explica a Pablo Motos la historia que hay detrás de la canción Cómo me gustaría contarte, dedicada a su hermana Míriam, fallecida hace doce años https://www.youtube.com/watch?v=DgTSVNMBc3I. Dani ha escrito una letra hermosa y cotidiana, desde un dolor superado que aflora en forma de sonrisa, la sonrisa que suscitan los buenos recuerdos y que se nubla un poquillo por los ojos empañados. «Hay que vivir de los presentes», dice en un momento del programa. A él se le pegaban siempre las sábanas, y su hermana, que le acercaba al sitio al que tuviera que ir, le decía desde el rellano «a las 9 me piro». Esta frase aparece en la canción, como ejemplo de un pasado de días normales y corrientes en los que su hermana estaba. Al cantante le gustaría poder contar a su hermana cómo están sus padres, dónde viven ahora, cómo les va todo: «Cómo me gustaría robarte / del sitio al que te fuiste». Es una canción verdaderamente preciosa.

A veces vamos buscando llenar nuestras vidas de grandes experiencias: viajes increíbles, conciertos en primera fila, restaurantes con estrella Michelín o intensas tardes en parques de atracciones. Nos atrae lo que se sale de la rutina, de esa monotonía de jingle publicitario donde no tienen cabida las sorpresas; de esa peli Atrapado en el tiempo en que a veces convertimos nuestro día a día. Somos unos ciegos que no reparamos en los «presentes» de los que habla Dani Martín. Curioso que ‘presente’ sea el tiempo actual y también un regalo. Cuánto nos cuesta aprender eso: que la vida es un regalo.

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No sé qué recordaré de la gente que quiero dentro de unos cuantos años cuando eche la vista atrás. Hoy, que aún no tengo canas -pero alguna quiere asomar ya-, hago el ejercicio de revivir «presentes», «pequeñerías«, de recordar otros «a las 9 me piro». Los despertares remolones un domingo cualquiera con el amor de mi vida, con nuestros niños trepando por la cama, dándonos besos y abrazos y los buenos días. Los bailes y las risas con mi hermana cantando como locas alguna de Bon Jovi o de los Backstreet Boys en el salón de casa de nuestros padres, o actuando como en los episodios de Friends. Los gritos de alegría con mis padres en cada gol cantado en las gradas de El Sadar. Mi abuelo revolviendo las brasas en el hogar de la casa del pueblo antes de poner la parrilla con la carne, o contando penurias de su juventud acabando siempre con la frase «qué sabréis lo que hemos pasado». Mi abuela en bata o delantal, sin los dientes puestos y recién levantada poniéndonos el desayuno a mi hermana y a mí cuando nos quedábamos a dormir en su casa. O la hermana de mi abuela y su particular manera de jugar a cartas, con el antebrazo apoyado en la mesa y silbando entre turno y turno.

Los «hija mía» y «princesa» de mis bisabuelas; los largos viajes a Málaga por carretera para ver a mi prima, quemando el radiocasete de la Renault Express, sin cinturones atrás y saliendo de Pamplona de madrugada. Las risas que nos echamos en uno de esos viajes en un bar de carretera, de donde salió para quedarse la frase «son de paso». La camarera nos atendió un poco «regulín» y le escuchamos decir a una compañera lo de «son de paso». Mi madre escondió en el bolso un cenicero de barro (que a saber dónde acabó con los años), y nos fuimos de allí muertos de risa para continuar el viaje. La frasecilla nos saca aún sonrisas a los cuatro, recuerdo de los años de nuestra niñez y adolescencia, ¿verdad, tata?

Aquella camarera dio en el clavo: éramos de paso, sí, meros transeúntes de camino al sur. Nunca hemos vuelto a ese bar; ella ya sabía que con clientes así no merecía la pena esmerarse en la atención. Con su actitud mi familia y yo nos llevamos una anécdota divertida, así que gracias, estés donde estés, no te lo reprochamos porque todos tenemos un mal día. En el viaje de la vida todos somos/estamos de paso, y de nosotros depende dejar huella.

Hay que vivir de los presentes,

que serán pasados

en un futuro.