El otro día fuimos mi marido y yo a realizar una gestión en una oficina de la compañía con la que tenemos contratadas las líneas de teléfono móvil y la tele de pago. Nos atendieron muy bien, y, para cerrar la gestión, el empleado nos dijo que tenía que hacerse un selfi con el titular del contrato. Nos miramos y lo miramos a él con caras de extrañeza. Al parecer, y según nos explicó, cada vez va a ser más frecuente que en bancos, empresas y otros organismos la firma autorizada del titular no consista ya estampar un autógrafo con boli, ni siquiera con una PDA, sino una fotografía tomada en tiempo real y vinculada al documento de identidad. Esto de manera resumida, pero en este artículo lo explican más extensamente.
Así que el empleado envió un mensaje de texto a mi teléfono, abrí el enlace, apareció una casilla y varios «acepto», y finalmente una ventanita redonda donde insertar una fotografía con la cámara del móvil. El dependiente tomó mi celular, se posicionó al lado de mi marido, como dos amigos que han salido a tomar un vino, extendió el brazo y apretó el botón para registrar la instantánea. La cara de mi esposo, un poema de versos alejandrinos, con lo que le emocionan los avances tecnológicos y lo rápido que va todo…

«El documento ha sido firmado con éxito». La vida moderna… Aproveché que estábamos ahí para comentar una incidencia que nos había ocurrido al intentar ver el partido de fútbol el anterior fin de semana, ya que la plataforma en cuestión incrustaba continuamente en la pantalla de la tele un mensaje de error. Al parecer, nos explicó, le había pasado a mucha gente, y podría tener que ver con que el televisor no soportaba las características técnicas del canal en el que se estaba emitiendo el partido, canal que no era de los habituales donde se retransmite la Liga en esta plataforma.
Terminamos charlando de cómo las empresas tecnológicas fabrican ya todo con la intención de que todo se quede desfasado enseguida: la famosa obsolescencia programada, que obliga a comprar un nuevo teléfono móvil cada poco tiempo, que obliga a actualizaciones, que obliga, en definitiva, a consumir, a gastarnos el dinero. Esto es extensivo a televisores, tabletas, robots que aspiran la casa, lavadoras inteligentes, coches…
Los libros no piden actualizaciones, pensé, no se quedan obsoletos –bueno, los de medicina o ciencias u otras disciplinas, sí, pero por su contenido, no por su continente-, no se estropean salvo que se mojen, se quemen o se usen como arma arrojadiza, son infinitamente más baratos, y en lugar de atontarnos nos cultivan, nos enriquecen y nos vuelven mejores, de eso estoy segura. Pero volviendo a lo de antes: me abrumé al darme cuenta de cómo vuela la tecnología a una velocidad de la que aún no nos hacemos idea.
Hoy vi un anuncio del nuevo programa de Masterchef Celebrity Legends. La cabecera está hecha totalmente con IA: aparecen uno por uno los concursantes, con su nombre rotulado en pantalla, y cada uno de ellos interactúa con platos de comida; David Bustamante, por ejemplo, sonríe a la cámara, bailando entre espaguetis del mismo tamaño que él, que giran y saltan a su alrededor en un plato gigante. Habrá a quien le hagan mucha gracia estas imágenes de la IA generativa, y quien, además, se asombre de lo logrado que está, de lo bonito que queda y de lo original que parece.
Pues ni logrado, ni bonito, ni original. A mí personalmente me horroriza. Esos carteles que ya cuelgan de cualquier esquina o farola anunciando clases de taekwondo o de yoga, o las fiestas del barrio, hechos con cualquier IA para torpes, son todos iguales. Iguales de feos e impersonales, con la misma tipografía de letra y colores chillones, crean en mí el efecto contrario de lo que persiguen: en lugar de hacer que me pare a leer lo que pone, logran mi indiferencia. Me da mucha tristeza, qué quieren que diga; veo a mi hijo dibujar con ese arte que tiene y que nos deja boquiabiertos, y pienso en qué futuro tienen las profesiones creativas.
Y bueno, tampoco sería tan grave si la cosa de la inteligencia artificial se quedara en generar (y digo bien: generar, no crear) carteles, vídeos publicitarios o incluso canciones. No se queda ahí, y es lo que asusta. Los jefes de Anthropic y OpenAI piden frenar el «ritmo» del desarrollo de la IA, tras varios incidentes preocupantes. Dario Amodei, director ejecutivo y cofundador de Anthropic, habla de posibilidades reales de la extinción humana por una descontrolada inteligencia artificial.
No quiero vivir en un relato de Isaac Asimov, luchando contra robots cabreados que buscan eliminarnos. Nunca me han gustado demasiado las historias apocalípticas o futuristas, y la literatura y el cine están repletos de ellas. Esas historias vieron la luz gracias a cerebros humanos, inteligencias naturales, de carne y hueso, de meninges e hipotálamos: escritores, guionistas, directores de cine, historietistas que idearon y plasmaron ficciones que, leídas o vistas, nos conmueven, nos asustan y asombran como nada puede hacerlo, y hasta nos hacen disfrutar porque nos parecen irrealizables o distópicas.
Por muy inteligente que sea, la IA lleva la A de artificial. Y lo artificial siempre ha tenido malas connotaciones, ¿o no? O si no, a ver qué preferimos comer: un puchero de la abuela o una sopa de sobre.