Soy rojilla desde que nací, y rojilla me voy a morir

La primera vez que mi padre me llevó al estadio del Sadar fue el 7 de enero de 1990, y Osasuna venció al Real Oviedo por cuatro goles a cero. Eran los años en que los futbolistas aún no se depilaban ni llevaban cintas en el pelo. Se fumaba mucho más que ahora, o al menos esa era mi sensación de niña de nueve años rodeada de hombretones lanzando exabruptos atados a un puro humeante. Aquel equipo de sangre navarra en su mayoría, con Pedro Mari Zabalza al mando, el ambiente de gentío exaltado dejándose la garganta y las palmas de las manos, mi padre explicándome las reglas del fútbol, nombrando a los jugadores para que los fuese conociendo; todo ello me enganchó de tal manera que ya nunca dejé de ir a animar a Osasuna.

Cuatro años después de aquel primer partido, Osasuna bajó a segunda división. Pasé mi adolescencia entre domingos de fútbol con las amigas (y siempre mi padre llevándonos a todas en coche al estadio), noches de cine y palomitas, exámenes del instituto y tardes comiendo pipas en un banco hablando hasta las tantas. Cuántos domingos me habré llevado esquemas para repasar en la grada del Sadar lo que caía en el examen del lunes: todo menos renunciar al partido. Y cuando Osasuna jugaba lejos de Pamplona, a poner la radio, que entonces no se televisaba más que un encuentro por jornada, y siempre era de primera división.

Tras seis temporadas surcando el infierno de Segunda con entrenadores de todo pelaje (Chechu Rojo, Paquito, Rafa Benítez, Miguel Sola, Enrique Martín, Miguel Ángel Lotina), Osasuna por fin logró el ansiado ascenso. Nunca olvidaré aquel 2 a 1 al Recreativo (4/6/2000), con goles de Orbaiz y Trzeciak, la invasión de campo, la celebración hasta las tantas de la mañana con mis amigas, mis casi veinte años y alegría a raudales; la misma que debió de sentir César Palacios, entonces capitán del equipo, al prender la mecha del chupinazo aquel seis de julio de 2000.

En tantos años como socia, no son muchas las alegrías que me ha dado el Club Atlético Osasuna. A Osasuna hay que sentirlo, no es plato para gourmets. Futboleros abstenerse, aquí hay que saber sufrir. Nadie que no lo sepa podrá entender que perder la final de la Copa del Rey en 2005 (la única final que ha jugado Osasuna) no doliese tanto como debería, porque fue una experiencia inolvidable para todos los que amamos este club. Madrid se tiñó de rojo, el Calderón se quedó pequeño y casi se vino abajo con el gol de Aloisi, aquel australiano de sonrisa de anuncio.

Osasuna se ha paseado también por Europa. Allí donde juegue, siempre va acompañado. Mucho se habla de la mareona del Sporting, la hinchada del Rayo, los béticos, los colchoneros… Como la afición rojilla, ninguna, viajando en masa a Sabadell para el partido más agónico de la historia de un club desahuciado. Es para creer en los milagros: la gente no puede entender / porque nunca lo vivió / salvarse en el último minuto / de la desaparición. Gracias, Javier Flaño, por anotar el empate a dos más celebrado de la historia.

Poca gente lo sabe, pero guardo una recopilación de temporadas del equipo (de 1990 a 2012) elaborada por mí con recortes de prensa y resúmenes de mi cosecha. Hojear este “almanaque” casero me produce mucha nostalgia. Fui una joven extraña que lo pasaba en grande en su habitación tecleando en una Olivetti (más adelante en un ordenador) los resultados de la temporada, estadísticas, fichajes.

Todo esto es gracias a mi padre. Mi vida de rojilla va indisolublemente unida a él. Siempre le voy a agradecer que me inoculara el veneno. En Primera, en Segunda, donde sea que esté jugando, siempre con Osasuna. Siempre rojillos.

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