Superliga, o sea.

Pobrecitos de nosotros, qué mal nos va que estamos pringando pasta y con el estadio en obras y sin pagar. Ya no vendemos tantas camisetas desde que se nos fue CR7. Hay más gente viendo La isla de las tentaciones que las galopadas de mi querido Vinicius. La juventud prefiere el Twitch o el Tik Tok antes que tragarse 90 minutos con el añadido, las pausas de revisión del VAR y la de hidratación si hace calor. La reforma que promete la UEFA para 2024 nos va a pillar ya muertos, RIP. Menos mal que yo, tito Floren, tengo la solución. ¿Por qué me tengo que tragar un Levante-Real Madrid que aburre a las ovejas? Me voy a juntar con mis coleguillas millonetis de la élite balompédica y nuestros laureados clubes jugarán una Superliga que sí va a interesar a todo el mundo y va a dejar mucha pasta en las arcas blancas. Las ligas nacionales, si eso, para los pobretones. Y no nos salimos de la española por solidaridad y porque somos muy majos, que a ver qué va a hacer el populacho sin ver los pocos partidos decentes que les proporcionamos Madrid, Atlético y Barcelona.

Claro, Floren, claro. Si tienes razón. A un señor de Pozuelo o a una chica de Castrourdiales les vuelven locos el Manchester United o el Milan. Se saben la historia de todos esos clubes europeos que deslumbran con su fútbol, conocen sus plantillas, han pisado las gradas de los grandes estadios, los templos del fútbol con mayúsculas. La Champions League se os ha quedado pequeña, porque a veces la juegan equipillos del montón, y hasta que no llegan los cuartos o las semis no empieza lo bueno. En el fondo lo vuestro es magnanimidad y amor al prójimo. https://www.eurosport.es/futbol/superliga-europea-formato-funcionamiento-clubes-que-es_sto8279560/story.shtml

Lo dices tú, textualmente: «Una vez que tenemos el dinero, lo repartimos porque el fútbol funciona con solidaridad». Pues nada, el cheque ya nos lo mandas cuando quieras, a la atención de Luis Sabalza, que nosotros también tenemos que pagar la reforma del estadio; la diferencia es que hay dinero para ello. «La situación es muy dramática. No es normal que la gran mayoría de clubes modestos ganen dinero y pierda dinero el Barcelona, por ejemplo. Eso no puede ser». Ah, no, no, no, eso no. Hasta ahí podíamos llegar. A lo mejor los clubes modestos que tú dices no se gastan lo que no tienen, cuentan con una masa social fiel que no da la espalda a la segunda derrota consecutiva (ni a la séptima), y gestionan mejor que un club grande su patrimonio. A lo mejor sus jugadores no tienen inconveniente en bajarse la ficha cuando vienen mal dadas. El amor a los colores y esas cosas.

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«Hoy en día muchos jóvenes dicen que los partidos se les hacen largos (…). El mundo cambia. O no tiene suficientemente interés el partido o hay que acortarlos. Yo hay muchos partidos que no los aguanto». Floren, el fútbol es de los aficionados, y de eso tú tienes poco o nada. Fútbol es ver partidos aburridos de tu equipo, soportar derrotas ignominiosas y aún así no renegar de tus colores. Fútbol es abrazar a un desconocido gritando gol con todas las cuerdas vocales en tensión. Es un pasado con un padre o un abuelo que nos empezó a contagiar el gusanillo cuando no levantábamos ni un metro del suelo. Es llorar de alegría porque os habéis salvado de bajar a los infiernos. Es celebrar un córner en el minuto 92 porque sabes que ahora o nunca. Es sentir como de tu familia a Oier, Torres, David García o Moncayola. Es pasear por la Estafeta y gritarles a unos pelos al viento ¡aúpa ahí, Aridane! Es dar colorido a una grada, pulirse los ahorros para apoyar al equipo en Gijón, Sevilla, Vigo o Burdeos. Es planificar el fin de semana en función de a qué hora juegan los tuyos. Fútbol es todo lo que no propugna esa Superliga que te has inventado. Es soñar con lo imposible a base de esfuerzo y mérito. Es dejar que cualquiera pruebe, si lo ha merecido, las mieles de enfrentarse a los poderosos. Fútbol es que exista el “Alcorconazo” (lo siento, Floren, sé que escuece). Agradezco desde aquí a Valencia y Osasuna, que juegan mañana (y a otros equipos que harán reivindicaciones parecidas), porque van a lucir camisetas con el lema ‘Earn it’ (ganátelo). Dos palabras que resumen lo que opinamos muchísimos aficionados.

Los que tenéis tanto poder, Floren, podíais invertir vuestros esfuerzos en hacer que los aficionados podamos volver a nuestros estadios. Que la pandemia existe y hay que hacer muchos sacrificios, sí, pero el fútbol se ve y se disfruta al aire libre, y con un poco de organización y de voluntad ya se podía haber intentado algo. Que hay actividades más de riesgo que estar en una grada con separación y todo eso. A lo mejor es que os ha venido bien que no podamos estar, no lo sé.

No sé qué pasará con tu invento de hermandad universitaria yanqui. Pero recuerda que los empollones, los rezagados, los del club de ciencias y el de ajedrez, los que estudian con beca y malviven en un apartamento de 40 metros cuadrados podemos unirnos y despacharos de la liga. Id a vuestra mansión a celebrar fiestas pijas y a beber ponche, que nosotros nos vamos al bar de la esquina a beber cerveza fría y a gritar los goles de nuestro equipo. Aunque pierda.

Pasen por taquilla

     El 9 de febrero Osasuna se enfrentará al Real Madrid en el Sadar, en un partido declarado por el club rojillo como “medio día del club”, circunstancia que obliga a los socios que deseen ir al encuentro a pagar su correspondiente entrada, a un precio inferior al que pagaría el público general no socio. El partido ante el Real Madrid será Medio Día del Club
Parece que a algunos abonados de Osasuna la noticia les ha sentado como una rotura de ligamento cruzado. Argumentan que el club podría haber anunciado en la renovación de abonos que se iba a hacer “medio día del club”, y así haber cobrado por adelantado este partido a quienes lo deseasen. Ha sentado mal que se anuncie nueve días antes del encuentro. Si bien es cierto que en campañas anteriores Osasuna daba la posibilidad de incluir en el precio del abono de temporada el o los partidos de pago (Real Madrid y Barcelona, casi siempre), y esta práctica era habitual y resultaba cómoda para quienes acudimos a todos los partidos ya esté cayendo una nevada apocalíptica o tengamos que ir con muletas al estadio, no es menos cierto que hace bastantes temporadas que no se nos cobra un “extra” a los socios. Sea porque las últimas temporadas han sido un ir y venir de Primera a Segunda, sea porque el último año en Primera (temporada 2016-2017) no se celebró “día del club” como premio a la afición por el apoyo prestado en la campaña anterior, la del ascenso con Martín Monreal, sea porque el río Sadar pasa junto al estadio homónimo, el caso es que este año en que ha habido que fichar a última hora porque se nos ha roto la estrella (fuerza, Chimy), este año en que tenemos el campo en obras y hay que pagarlas, este año la directiva ha decidido, por estos u otros motivos, cobrar a los socios para ver al Real Madrid. Allá cada cual con su decisión: habrá quien pase por taquilla y compre su entrada, habrá quien no lo haga y prefiera gastarse ese dinero tomando unos pacharanes en el bar y viendo el partido en la tele; habrá quien se gaste el triple o más de lo que cuesta la entrada en pagar autobús, entrada, comida y bebida en algún desplazamiento más o menos lejano por ver a Osasuna; habrá quien no entienda además que al renunciar a comprar la entrada el club pueda disponer en consecuencia de su asiento para venderlo a alguien que sí esté interesado en ir al partido y no sea socio de Osasuna. Yo a esto no lo llamo traición ni pido que se lleve a los juzgados, como se ha insinuado en alguna red social. Lo llamo rentabilizar un asiento: si no lo ocupa el socio, vendo una entrada para que lo ocupe otra persona. El gran beneficiado es el Club Atlético Osasuna, no lo olvidemos.

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Si de verdad es el club de nuestros amores, no es tan grande el sacrificio económico pagar una entrada cuyos beneficios van a reportar una mejora económica a Osasuna. No son precios tan astronómicos para lo que se estila en otros campos. Cuando muchísimos aficionados acompañan al equipo a Bilbao, a Madrid, a Valencia o a Sevilla, mayores serán los gastos que tendrán que soportar, y lo hacen encantados porque su ilusión es ver al equipo (dicen que estamos locos de la cabeza, cantamos en el Sadar). También habrá quienes paguen la entrada para luego revenderla por treinta o cuarenta euros más y sacarse así un beneficio a costa de algún “merengue”. Todas las opciones son respetables.
Lo que no puedo entender es que haya gente que lapide a un equipo directivo que cogió en sus manos a un club desahuciado y en pleno escándalo por temas extradeportivos. Ellos, con sus aciertos y sus errores, han saneado el club y lo han vuelto a llevar a la élite deportiva. Algunos aficionados, en rebeldía ante la decisión de cobrarnos a los socios, están hablando ya de boicot y de protestas el día del partido. Un partido que debería ser una fiesta: no todos los años pasa por Pamplona el Real Madrid (o cualquier otro equipo de Primera). Nos acordaremos de esto cuando regresen (espero que tarden mucho en regresar) los años fatídicos de Segunda. No está muy lejos aquel partido de Sabadell. Ojalá estemos muchas temporadas teniendo que rascarnos el bolsillo porque vienen aquí a jugar los equipos grandes. A Fermín Ezcurra también se le criticó sobremanera cuando cobró a los socios mil pelas de entonces porque venía el Ajax de Amsterdam al Sadar (año 1991, eliminatoria de UEFA), equipo que acabaría ganando el torneo europeo. Si alguna vez volvemos a Europa, ¿también nos quejaremos si hay que pagar?

Como un cohete

Este no es un blog sobre fútbol, pero me van a permitir que, al igual que hice en una anterior entrada Soy rojilla desde que nací, y rojilla me voy a morir me salga un poco del guion.

El osasunismo se encuentra esta temporada exultante, rebosante de ilusión, orgulloso y, a ratos, incrédulo. No voy a hablar aquí de los puntos que lleva el equipo, de las estadísticas que va rompiendo a machetazos colocando récord tras récord en la historia del club. No voy a hablar de que se acerca el centenario de su creación, de los pocos puntos que necesita ya para certificar el ascenso directo -qué bien suena eso, as-cen-so di-rec-to-, ni del juego eléctrico, certero, técnico y táctico que ejecuta (gracias, Jagoba Arrasate).

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Si han leído hasta aquí es porque algo les interesa Osasuna. Y es que el fútbol, con todo lo que lleva aparejado, está en muchos sectores de la sociedad muy denostado, y no lo discuto. Pero Osasuna es más que fútbol. De hecho reconozco que no suelo ver muchos partidos que no sean los de Osasuna. No significa eso que no me guste ver jugar a otros equipos, pero ver a otros carece de chispa, de sentimiento, de ¡uy!, ¡ay!, ¡casi!, ¡noooo!, ¡eeeh!, y todas las interjecciones que se les ocurran.

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Soy rojilla desde que nací, y rojilla me voy a morir

La primera vez que mi padre me llevó al estadio del Sadar fue el 7 de enero de 1990, y Osasuna venció al Real Oviedo por cuatro goles a cero. Eran los años en que los futbolistas aún no se depilaban ni llevaban cintas en el pelo. Se fumaba mucho más que ahora, o al menos esa era mi sensación de niña de nueve años rodeada de hombretones lanzando exabruptos atados a un puro humeante. Aquel equipo de sangre navarra en su mayoría, con Pedro Mari Zabalza al mando, el ambiente de gentío exaltado dejándose la garganta y las palmas de las manos, mi padre explicándome las reglas del fútbol, nombrando a los jugadores para que los fuese conociendo; todo ello me enganchó de tal manera que ya nunca dejé de ir a animar a Osasuna. Sigue leyendo