Antes de ser madre

Antes de ser madre, no pensaba que:

Llevar un paraguas de Spiderman y que me diera igual pudiera ser posible.

Me encantaría tener sobras de todo tipo de comida en la nevera para no hacer cena después de un día agotador de prisas, gritos y reniegos.

El salón del que tan orgullosa estaba se iba a convertir en un totum revolutum de juguetes, correo sin abrir, y calcetines por el suelo en convivencia con migas de pan, trozos resecos de plastilina, horquillas, gomas de pelo, pinturas de mil colores y las omnipresentes y escurridizas minipiececitas de Lego y/o Playmobil.

Iba a valorar tanto pequeños placeres como leer en silencio, dormir siete horas seguidas, ducharme sin prisa, ver una película sin interrupciones o charlar con mis amigas sin oír vocecitas infantiles cada treinta segundos.

Elevaría a los altares a la persona que inventó la anestesia epidural, que según parece fue un oscense (¡anda!) en 1921, Fidel Pagés Miravé. Mira qué bien.

Me daría la risa floja al recordar cosas que dije en el pasado, como la de cuando sea madre, mis hijos no verán la tele más de media hora diaria, o la de no les sobrecargaré de juguetes, o mi favorita: no les daré chucherías.

Todo mi universo iba a girar en torno a ellos, desde que sentí la primera patadita (ay, esa sensación) y ya para siempre jamás. Porque son muchas las cosas que añoro. Pero son infinitas las emociones, las vivencias y las sonrisas que ellos me dan todos los días.

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