Campos de Castilla

De vuelta de mis vacaciones en familia, veía con incredulidad las imágenes de una disciplina olímpica no contemplada aún por el COI: las carreras matutinas para pillar primera línea, bártulos playeros en mano https://www.antena3.com/noticias/sociedad/guerra-banistas-primera-linea-playa-oropesa-mar-castellon_202108036109544d007f4e0001d02be5.html

Imagino a los turistas, reloj en muñeca, esperando que dé la hora señalada para echar a correr por la todavía tibia arena, dispuestos a lograr el mejor sitio donde aposentar sus carnes ávidas de rayos UVA, plantar la sombrilla y la nevera repleta de víveres y cerveza fría, y echar el día con los niños, la abuela, la parienta, el cuñado y el Marca. Imagino la planificación familiar: corres tú, cariño, que estás en mejor forma, y cuando hayas conseguido el hueco vamos los demás. Me acordé enseguida de Divino (blanco como la cal), el relato ganador del certamen internacional de microrrelatos Blogsanfermin.com de este año: https://blogsanfermin.com/fallo-del-jurado-del-xiii-certamen-de-microrrelatos-de-san-fermin/

Vengo de pasar una semana en un apartamento rural de un pueblo de Palencia, habiéndome levantado todos los días no antes de las 9 y media y sin oír ni un ruido en toda la noche. En el pueblo estaban los del pueblo y, como mucho, nosotros y algún pirado más. En 6 días hemos visitado San Martín de Tours en Frómista y las esclusas del canal de Castilla, el castillo de Ampudia, Dueñas, la catedral de Palencia y más rincones palentinos preciosos, como su modernista calle Mayor; Valladolid, su centro urbano y el parque de Campo Grande (donde casi acabamos dentro de la fuente), la vallisoletana casa-museo de Cervantes; Tordesillas y las casas del Tratado; Urueña (villa del libro), el castillo de la Mota en Medina del Campo y el de Montealegre de Campos; todo ello con dos niños pequeños a los que adoro, aún más si cabe, por su paciencia y su (casi) total obediencia: no toquéis nada, silencio, no corráis aquí, mirad esto qué interesante. Volvemos con la sensación de que nos hemos dejado aún muchísimo por ver y disfrutar. La galería de mi móvil contiene más de 300 fotos de una tierra que rezuma historia por cada piedra de cada villa –la España vaciada- de las que salpican unos campos llanos, vastos y dorados como la arena de una playa, en los que crecen los girasoles y la lavanda bajo un cielo infinito y azul a ambos lados de unas carreteras trazadas con tiralíneas –rectas como ellas solas- por la que solo pasábamos nosotros, con la excepción de la autovía y las cercanías de las capitales de provincia, donde sí había tráfico. 

Somos de los locos que prefieren el turismo cultural, sin desdeñar tampoco otro tipo de vacaciones. Soy consciente de que mis niños no asimilarán nombres, fechas ni hechos históricos en estas visitas, pero quiero creer que les estará quedando un poso de respeto por el pasado y admiración por el arte, la historia y la belleza. Que estarán aprendiendo cositas, como cuando en Tordesillas les explicamos la importancia que tuvo ese tratado entre Castilla y Portugal para entender el mundo que hoy conocemos. Saben que el chocolate, que tanto le gusta a la pequeña, vino de América, gracias a las expediciones españolas, así como las patatas que se zampan a puñados con el huevo frito. Mi hija, visitando un castillo, me señaló y nombró el paseo de ronda, la torre del homenaje, el foso y el puente levadizo, porque lo ha aprendido este curso en el colegio. Cuando lean partes del Quijote, espero que recuerden que estuvieron una vez en la casa que habitó un tiempo su autor. Han tenido también ratos para ellos: nos salpicamos en las fuentes del Campo Grande y alucinaron con el tamaño del Cristo del Otero, el segundo más grande después del de Corcovado; fuimos un día a comer pizza y otro a comer unas hamburguesas enormes; se montaron en hinchables en Frómista, se compraron Playmobil nuevos en el castillo de la Mota y han comido helado de postre todos los días (gurús de la nutrición infantil, matadme).

Castillo de la Mota

De Castilla y León solo nos queda Zamora por ver. Pero, de lo que hemos visitado, nos quedan muchísimos lugares interesantes como para querer volver. Salir a otros países es magnífico, y tenemos ganas de hacerlo también con los peques, pero tenemos la suerte inmensa de tener tantas joyas y maravillas a tiro de piedra, que no nos resistimos a que las siguientes vacaciones también sean así de impresionantes y dentro de nuestras fronteras.

Sean como sean sus vacaciones ideales, disfrútenlas mucho porque valen oro. Como pillar hamaca en primera línea.

Cuando sea, serán.

Hace hoy dos años de los últimos Sanfermines “normales” y parece que han pasado diez. El 6 de julio de 2020 el ayuntamiento de Pamplona desplegó un pañuelo gigante en la fachada de la Casa Consistorial, con la intención de quitarnos un poco la morriña. “Los viviremos”, en español, euskera, francés e inglés, decía el pañuelo. #Sanfermines2021 era lo que se leía a continuación. Bien, pues aquí estamos ya, el 6 de julio de 2021, y seguimos sin chupinazo, sin fiestas, sin encierros ni gigantes. Mucha gente no se resigna, y está hoy almorzando con la cuadrilla desde bien temprano. He visto esta mañana a algunos vestidos de blanco con la faja roja y el pañuelico anudado en la muñeca. Hacen bien mientras respeten las medidas de seguridad, que ya estamos a tope de contagios por el brote de Salou (otra de las merindades navarras). A mí, la verdad, no me sale. Tener una comida deliciosa delante de la nariz, olerla, salivar y no poder probarla es como querer celebrar unas fiestas que sabemos que no pueden tener lugar. Una alegría un tanto impostada, un quiero y no puedo. Pero allá cada uno mientras sus decisiones no traigan consecuencias que haya que lamentar.

Prefiero echar la vista atrás y pensar en todo lo maravilloso que he vivido los julios pasados del 6 al 14, pensar que ha de volver todo aquello, y cuando lo haga lo valoraremos más si cabe. He visto hoy que el Ayuntamiento tiene en una página (www.losviviremos.es) y en redes sociales una serie de vídeos muy emotivos protagonizados por diversas personas amantes de los Sanfermines. ¿Qué son los Sanfermines?, dice el vídeo que encabeza la campaña https://www.instagram.com/p/CQ-xM0iLpz9/?utm_source=ig_web_copy_link

San Fermín ya empieza a asomar el 5 de julio con los nervios y el hormigueo de sabernos en puertas de una explosión vibrante; es alegría que desborda bajo el sol del verano -o el cierzo, según le dé al tiempo en Pamplona. Es vivir sin horarios salvo alguna excepción: las 12 el cohete, las 8 el encierro, las 11 los fuegos, las 10 la procesión. Es dormir de día y darlo todo de noche, pero también es levantarse con legañas y resaca y aguantar el tipo en los gigantes, en el vermú, con la cuadrilla, con los suegros, en la sobremesa, con un cubata a las 6 de la tarde, con más cafés de la cuenta y bastante alcohol regando el hígado. Es poner la lavadora con la vana ilusión de que esas manchas que no sabes cómo han llegado ahí se vayan. Es gentío, compadreo, universalidad. Que te pregunte un guiri si eres de aquí, de Pamplona, y al decirle que sí te conteste ¡qué suerte! Es rito, un rezo al cielo periódico en mano bajo la hornacina; sentir el aliento de un bicho de media tonelada que patea las mismas calles por las que hace unas horas se desparramaba la fiesta.

Es que nos retumbe el pecho al ritmo de bombos y platillos, jalear a la Pamplonesa (¡esa, esa, esa…!), ziriquear a Caravinagre y echar a correr. Es sentir el aire que levantan las faldas de Toko Toko al girar y girar y girar. Es llorar al escuchar una jota a San Fermín, para reír diez minutos después abrazado a alguien conocido al que te acabas de encontrar en medio de la marabunta, porque Pamplona, también en San Fermín, es un pañuelo.

Es la fiesta en mayúsculas, donde cada uno encuentra su hueco: todas las edades, todas las condiciones, todas las confesiones, tendencias, gustos y preferencias. Muy probablemente la única cosa que une a todos los navarros (quizá pueda sumársele el cariño por Osasuna). Una ciudad de provincias con fama de anodina y santurrona que se transforma cual oruga en mariposa para abrazar a decenas de nacionalidades. Pamplona en Sanfermines lucha desde hace tiempo con ahínco por quitarse de encima estereotipos de borracheras, violencia sexual y callejera y descontrol al borde de la ley, imágenes poco o nada representativas de una fiestas que son mucho, muchísimo más.

Ahora mismo, y desde hace dos años, es una ciudad que espera como un niño espera a los Reyes Magos aunque sea aún febrero: con impaciencia pero con ilusión. Mientras tanto, haya que aguantar otro año más o más de un año, vivamos con el recuerdo de los Sanfermines pasados y la mirada puesta en el futuro, tarde lo que tarde.

Croqueta de mi amor

(No se me tenga en cuenta el nivel de locura, es por el confinamiento. No se me tenga en cuenta tampoco el plagio a Espronceda en el verso 10. No creo que se levante de la tumba, aunque todo puede ser…)

 

De huevo, pollo o jamón,

y crujiente rebozado,

tu interior bien amasado

me ha ganado el corazón.

 

Manjar eres de los pobres;

de las sobras, solución.

Chiquitilla o croquetón,

tapa reina en los fogones.

 

Te adoran los paladares

del uno al otro confín

cuando en la barra por fin

te reponen en los bares.

 

Las mejores, las caseras,

de jugosa bechamel,

las preparan a granel

nuestras queridas abuelas.

Horas extras

Pasado el ecuador de las fiestas, les dejo aquí mi relato presentado a la edición de este año del concurso de microrrelatos Blog Sanfermin.com

Para mi grata sorpresa, ha quedado en segunda posición entre los cuatrocientos y pico presentados. Espero que les guste.

Horas extras

En el callejón saqué a uno de Wisconsin de entre las astas del jandilla. A mediodía evité que una señora de la peña La Jarana se atragantara con un frito de calamar. Y cerca de Joshepamunda guié a unos padres desesperados hasta donde lloraba su muetico de tres años, al que buscaban entre la multitud. Antes de irme a comer, aún tuve tiempo de asegurar un botón de la casaca de Caravinagre.

A las cuatro dejé una cartera en objetos perdidos. Sujeté del nudo del pañuelo a un mocé a punto de perder el pie en los fosos de la Ciudadela al atardecer. Dando una vuelta por las barracas, apreté una tuerca que andaba floja, por si las moscas. Y cerca de allí, poco antes de los fuegos, alcancé un globo que se quería ir al cielo y se lo di sonriendo a una cría que reprimía un puchero.

Estas han sido las incidencias de un día bastante tranquilo. Señor, dejo el parte donde me dijo, espero que esté bien hecho, ya que no nos han dado instrucciones como a una empresa al uso.

Adiós, me vuelvo a la peana, que mañana es el Día del

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Niño y me espera la chiquillería con flores.

Guía láctea

Reconozco que soy bastante urbanita, y no me atrae demasiado la convivencia con cuadrúpedos y otros animales. Sin embargo, de vez en cuando hay que salir de la rutina y acercarse a la naturaleza, y eso es lo que hice con mi familia y unos amigos este pasado sábado. Cerca de Pamplona hay una explotación ganadera de vacas lecheras. La leche que se ordeña pertenece a un grupo de producción integrada muy conocido en Navarra, pero no diré la marca. Lo interesante, al margen de preferencias y de nombres, es que ofrecen visitas guiadas a su granja. Mis amigos hicieron la reserva para todos a través de su página web. La visita cuesta muy poco dinero, y se puede elegir el horario (hay dos visitas cada día).

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Éramos un grupo numeroso y con muchos niños pequeños. La primera grata sorpresa es que estos últimos, si no son demasiado pequeños, pueden ir con una de las guías de forma separada, de modo que disfrutan de la granja y sus moradoras blanquinegras sin aburrirse -y sin “molestar” a sus padres, dicho con todo el cariño, ya nos entendemos. Así, los adultos van con otra guía y, durante casi hora y media, escuchamos atentamente las interesantes explicaciones sobre cría del ganado, alimentación, propiedades de la leche, fases de la producción, ordeño, etc. Todos estos aspectos referidos a esta granja en particular, porque ellos hablan de su día a día y de su trabajo, como es lógico, y se nota por lo bien explicado que queda todo.

Previamente a que los peques de marcharan con su guía, estuvimos todos dando de comer a las terneras. Primero tímidamente, después algo menos, todos cogían hierba y se la arrimaban a las vaquitas. Les acariciamos la frente, muy suave, y alguno que otro se llevó un lametón. Me parece muy enriquecedor que nuestros niños, tan ajenos casi todos a la vida de campo, vean, aunque sea a su manera infantil, todo lo que implica tener un vaso de leche en la mesa. Mis hijos, desde luego, disfrutaron mucho, igual que alguna vez que hemos ido a visitar una granja-escuela, donde hay más variedad de animales, obviamente.

Con la visita nos obsequiaron a cada uno con un litro de leche, y nos dieron a degustar yogures de su marca, hechos también con la misma leche. Lo de menos fue eso, desde luego, ya que con lo que vimos y aprendimos fue más que suficiente. Quiero destacar la amabilidad del personal y lo hermoso del entorno, además: verdes prados y un silencio acogedor. A mí, que me encanta la leche, me resultó un día fantástico, sin duda.

Felices vacaciones

Los Refrescos: Aquí no hay playa

Quizá se deba a que la playa más cercana me queda a hora y cuarto de casa, pero el caso es que este tipo de turismo y una servidora no nos llevamos muy bien. Imagino que no seré la única porque, de ser así, no existiría la famosa pregunta de “¿playa o montaña?”

Me gustaría que alguien que haya nacido en la costa, que tenga verdadera costumbre de pisar la playa casi todos los días del año (y, por descontado, del verano), me intente convencer de las bondades de dicha costumbre; a saber: la brisa del mar, la belleza del paisaje, el rumor del oleaje, el yodo del agua marina (que todas las abuelas dicen que es lo mejor para el reuma), ese azul infinito que se besa con el horizonte, esos veleros en lontananza… Todos estos detalles de postal de vacaciones, de película de James Bond, de anuncio de perfume con tío cachas saliendo del agua, o de perfil de influencer luciendo biquini en Zahara de los Atunes son el compendio de lo chachi y fantástico que es ir a la playa.

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Pero las que no somos Paula Echevarría -o Anita Obregón en sus años buenos-, tenemos algo que decir. Llego a la playa, con mi familia, cargada con: sombrilla XXL (porque sin ella corro el riesgo de volver a casa del color de la camiseta de Osasuna), bolso XL donde llevo el bote de crema solar factor 50+ pediátrico para mi piel dorada, la botella de agua para no morir de sed y que además me ayudará a quitarme el salero que parecerá que habré estado lamiendo tras darme un baño, las gafas “de ver” (las de sol ya las llevo puestas), cuatro pares de chanclas, una camiseta vieja para ponerme encima del biquini porque los hombros y la espalda son las zonas que más se queman, las toallas para sentarnos bajo la sombrilla, otra toalla protegida dentro de una bolsa con la que poder secarnos la cara (toalla a la que no puede caerle arena bajo ningún concepto, porque no queremos una exfoliación, solo secarnos), gorras con visera para toda la familia (porque es importante proteger la cabeza del sol), unos bocadillos, los cubos y las palas para los castillitos de arena, la muda para después de quitarnos los bañadores mojados, el monedero y la llave del coche. Matizo que los bocadillos son para la merienda de los niños, porque no entiendo el placer que encuentran algunos en la actividad de comer en la playa.

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A vista de pájaro

Se acaba de conocer que los alpinistas Reinhold Messner, italiano, y Krzysztof Wielicki, polaco, son los galardonados este año con el Premio Princesa de Asturias de los Deportes. Messner, entre otras proezas, es la primera persona que ha logrado escalar las catorce cumbres de más de 8.000 metros del planeta sin ayuda de botellas de oxígeno. Algunos lo consideran el más grande alpinista de todos los tiempos, y no es para menos. Entrevista a Reinhold Messner

Wielicki fue el primero en hollar la cima del Everest, el Kangchenjunga y el Lhotse ¡en invierno! Y sí, también ha ascendido los catorce ochomiles, es el quinto hombre que lo ha logrado. Wielicki, el “guerrero del hielo”

Admiro de verdad a quienes encuentran en el alpinismo y la escalada su objetivo vital. Algo realmente inefable e inconmensurable se debe de sentir al practicar estos arriesgados ascensos para que seres humanos corrientes -y no superhéroes- se atrevan a hacerlo. Lo cual me hace extraer la conclusión de que las personas nos sentimos irremediablemente atraídas por las alturas. Quienes no tenemos el arrojo ni el físico (sobre todo el físico) para lanzarnos a tamañas empresas, nos conformamos con ascender monumentos o cuanto lugar de interés turístico que disponga de escaleras, rampas, ascensores o teleféricos y quede unas decenas de metros por encima del suelo.

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Por tierras leonesas

Acabo de pasar con mi familia unos días de vacaciones en León, lugar que visitábamos por primera vez. Al ser la semana de Pascua, ya se habían terminado las procesiones y los distintos actos religiosos, así que la ciudad estaba en calma y no había demasiados turistas. Partíamos hacia León con la expectativa de visitar muchos lugares, de la capital y de la provincia. Y aunque hemos hecho bastantes cosas, viajar con niños pequeños imposibilita en muchos momentos ver todo lo que se había planificado al comienzo. No pretendo parecer una guía turística ni este es un blog de viajes, pero me gustaría dar unas pinceladas y recomendaciones por si alguien está pensando en viajar a León alguna vez.

La ciudad nos pareció fácil de recorrer y de orientarse en ella. Nuestro hotel estaba en la zona del campus universitario san Mamés, que queda a unos veinte minutos a pie del centro histórico. Se podía aparcar libremente -así que nos movimos a pie sin necesitar apenas el coche-, y además había comercio de todo tipo en los alrededores, lo cual nos vino muy bien para comprar comida, ya que en la habitación teníamos una pequeña cocina y frigorífico.

El día después de nuestra llegada descubrimos un lugar interesante que acabaría siendo una gran solución para nosotros. Nuestros hijos no son muy andarines y no tienen edad para apreciar el arte gótico, las pinturas al fresco o la orfebrería medieval, y nos quedó muy claro la primera tarde que intentamos pasear por el casco histórico y empezar a visitar algún monumento y ellos iban pidiendo ir al parque, y se peleaban por quién iba sentado en el carrito. Decía que habíamos descubierto un lugar interesante, y es que a dos manzanas del hotel hay una guardería 0-3 años y ludoteca para niños de 4 a 12 años, abierta de 7 a 22 horas y que cobra por horas. Guardería Tataruga

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A nuestros hijos les entusiasmó la idea de estar juntos tres horas jugando y divirtiéndose. A nosotros, pasar tres horas sin niños nos dio la posibilidad de visitar la catedral de León, su museo y el claustro, con todos los sentidos puestos en ello y experimentando la maravillosa visión de las vidrieras más impresionantes.

Otro día cogimos el coche hasta Ponferrada, a hora y media aproximadamente de León. Allí recorrimos durante casi una hora el interior del castillo, cuya parte más antigua data del siglo XII. Los peques disfrutaron algo más que el día anterior, quizá por la atmósfera de cuento de reyes y princesas que parece envolver el castillo. Eso sí, la pequeña tuvo a su padre de porteador toda la visita, pues el carrito no puede acceder al recinto, y los brazos paternos le aliviaron mucho el cansancio. El padre amaneció la mañana siguiente con unas estupendas agujetas.

Después de comer como en casa en la taberna de Toño (un encanto de persona), salimos para Astorga, que queda a medio camino entre León y Ponferrada. Taberna San Andrés, Ponferrada Vimos el palacio episcopal concebido por Gaudí, que hoy es museo y se puede visitar, aunque no nos detuvimos mucho en él. Junto al palacio está la catedral de Astorga, la cual también visitamos rápidamente.

Y sin salir de Astorga, fuimos además al Museo del Chocolate. Astorga, ciudad del chocolate Esta localidad fue en su momento una gran productora de chocolate artesanal, llegando a tener en los años veinte del pasado siglo más de cincuenta empresas distintas dedicadas al chocolate. El museo está pensado también para el público menudo, es bastante interactivo y las explicaciones claras. Al salir se puede degustar chocolate, y comprarlo en la propia tienda del museo.

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Al día siguiente no pudimos hacer gran cosa porque nuestro hijo mayor estaba indispuesto, así que la pequeña disfrutó de la ludoteca mientras yo me escapaba sola a visitar la basílica de san Isidoro, su museo y el panteón de los reyes. Es este un monumento no tan conocido como la catedral, pero que merece mucho la pena visitar. La iglesia no cuenta con visita guiada, se puede entrar gratis respetando, eso sí, las horas de culto. Pero el museo y el panteón se visitan con guía, y son muy interesantes. Las pinturas al fresco del panteón fueron lo que más me gustó. La foto no es mía, puesto que no se permitían fotos:

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Sí es mía esta foto del exterior de la basílica y esta otra del interior de la iglesia:

Lo último que vimos en familia no está en la capital, sino al norte de la provincia: las hoces de Vegacervera y la cueva de Valporquero. Siguiendo el río Torío pasamos diversos pueblos como Matallana de Torío o Garrafe de Torío, hasta llegar a Vegacervera. Según se asciende, el paisaje se vuelve más impresionante. Había mucha nieve aún en las montañas, y el río bajaba atronador.

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La cueva de Valporquero es bien conocida por los vecinos del lugar, aunque sólo hace unos cincuenta años que está acondicionada para el turismo. Se puede recorrer con guía durante una hora o durante hora y media, según nuestra capacidad y espíritu aventurero. Con niños es recomendable la visita de una hora. La fuerza del agua es la responsable de su profundidad y de las formaciones de estalactitas y estalagmitas, columnas y demás fantasías pétreas. El ruido del agua en el interior era sobrecogedor, y toda la cueva era un festival para la vista. Las fotos no hacen justicia,  pero aquí van.

Animo a todos a visitar León, una tierra con mucha historia, con unas gentes muy hospitalarias. Nos queda la pena de no haber tapeado por el barrio Húmedo, pero en otra ocasión será.