A cara descubierta

Casi 700 días hemos estado llevando boca y nariz tapadas (algunos solo la boca, las cosas como son). Nos hemos tirado casi dos años de nuestras vidas acostumbrándonos al dolor de orejas, a tener que repetir las cosas porque no se nos entiende o no se nos oye bien, a que se nos empañen las gafas al entrar desde el frío de la calle a un sitio calentito o a llevar siempre un complemento en el codo, bajo la barbilla o dentro de un bolsillo.

Hemos vivido situaciones incongruentes, como la de ir por la calle con mascarilla, entrar a un bar, sentarnos a consumir y quitarnos la mascarilla durante media hora, una hora o más. O el aguante de los chiquillos en clase con la cara tapada toda la jornada escolar para después jugar en el parque muy cerca de niños de todas las edades y distintos colegios o en casa de algún amigo ir a cara descubierta. O estar en un campo de fútbol bajo el cielo azul con el tapabocas puesto sin comer ni beber mientras otros ven el partido en el bar de abajo echando una cerveza y dejando la mascarilla aparcada los noventa minutos más el tiempo añadido.

Desde el 10 de febrero no es obligatorio su uso al aire libre, salvo en sitios muy concurridos o si no podemos mantener la distancia interpersonal, y sin embargo muchísima gente la ha seguido llevando en sus paseos sin tener a nadie cerca ni potencial peligro de contagiarse: https://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/pamplona-comarca/2022/04/20/21-transeuntes-pamplona-lleva-mascarilla-calle-524700-1002.html

A mis hijos les explico que quitarse una costumbre de dos años nos va a costar mucho, a unos más que a otros. Ellos han sido muy disciplinados, y aguardan con incertidumbre el regreso al colegio tras las vacaciones de Semana Santa. Por un lado están muy contentos con la libertad que va a suponer quitarse esa cortinilla, pero habrá que ver hasta qué punto se sienten seguros sin ella. Nos pasa a la mayoría. Se supone que solo tendríamos que llevar mascarilla en transporte público, centros sanitarios, residencias de mayores y farmacias. ¿Fuera de estos lugares, vía libre? Pues tampoco es así, por lo que se ve a nuestro alrededor. Y aquí entran en juego los conceptos de recomendación, urbanidad o educación. Para hablar con alguien sin mascarilla en un sitio cerrado, se recomienda seguir manteniendo un mínimo de 1,5 metros. Citando el BOE:

Se recomienda para todas las personas con una mayor vulnerabilidad ante la infección por COVID-19 que se mantenga el uso de mascarilla en cualquier situación en la que se tenga contacto prolongado con personas a distancia menor de 1,5 metros.

Por ello, se recomienda un uso responsable de la mascarilla en los espacios cerrados de uso público en los que las personas transitan o permanecen un tiempo prolongado. Asimismo, se recomienda el uso responsable de la mascarilla en los eventos multitudinarios. En el entorno familiar y en reuniones o celebraciones privadas, se recomienda un uso responsable en función de la vulnerabilidad de los participantes.

Vamos, que seguiremos con el constante «quitapón» hasta que se nos inflen las narices, más todavía, y dejemos el odiado complemento olvidado adrede en casa. Confieso que el día 20, primer día sin mascarilla en interiores, fui al partido entre Osasuna y Real Madrid -más de 21.000 personas en el estadio- sin llevar puesta la mascarilla en ningún momento. Como la mayoría, vamos. No saben el gusto que da animar, cantar y jalear a tu equipo sin nada que tape la boca. Todavía no sé qué haré cuando vaya a hacer la compra, típica situación de lugar cerrado con mucha gente alrededor. Supongo que me taparé por precaución y por respeto a los demás, pero me planteo la siguiente reflexión: ¿hasta cuándo? Quiero decir que, estando sana y vacunada, no siendo persona de riesgo por edad y viendo que, supuestamente, el virus se ha debilitado mucho, ¿cuándo diantres nos olvidaremos de todo esto y viviremos como antes y, sobre todo, sin culpabilidad? Porque esa es otra cuestión: si yo decido quitarme la mascarilla, mucha gente me mirará mal, me tachará de maleducada, de insolidaria, de imprudente, de caradura. Y hará que me sienta fatal por mi mala educación, mi insolidaridad, mi imprudencia y mi cara de cemento armado. Más o menos como las personas que, libremente, decidieron no vacunarse, y no entro en los distintos motivos que tuvieran para no hacerlo. Me da la impresión de que si voy en ascensor y se sube alguien, deberé ponerme la mascarilla. Si voy al súper, lo mismo. Si estoy en el trabajo, donde no tengo obligación por las características del puesto, deberé taparme si se me acerca alguien, o si estamos muchos en la misma sala o habitación. Y así con todo. En resumidas cuentas: quitamos la palabra obligatoriedad y la cambiamos por recomendación. Y de paso seguimos recaudando impuestos con la venta de mascarillas, pensará el gobierno.

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Una amiga mía ya me dijo una vez que nunca volveríamos a la vida de antes. Mi marido opina lo mismo, y añade: y todos a tragar lo que nos echen y a no cuestionarnos nada. Si en el confinamiento del principio teníamos policías de balcón, vamos a tener ahora policías de mascarilla: personas que la seguirán llevando y nos juzgarán a los demás por decidir no llevarla, ojo, sin incumplir ninguna ley. Aclaro a este respecto que en el fútbol nadie miraba mal a nadie, ni por llevar mascarilla ni por no llevarla. Pero más de un rifirrafe habrá cuando a alguien se le diga póngase la mascarilla (un cliente a otro en un comercio, por ejemplo) y este último se niegue con todo derecho.

Antes del coronavirus dichoso, nadie se escandalizaba por entrar a un hospital exhalando aerosoles alegremente, repletos de virus y bacterias, que iban a ver a un recién nacido y a su recién parida madre en manada y sin ningún cuidado. Por no hablar de que visitábamos a enfermos inmunodeprimidos con total impunidad. Casi nadie se echaba las manos a la cabeza cuando la gripe colapsaba las urgencias y morían ancianos todos los inviernos: si algo bueno nos va a dejar esto es que en todo centro sanitario los enfermos y los trabajadores van a estar más seguros.

Pero el día a día no se compone, gracias a Dios, de recorrer pasillos de hospital a no ser que trabajes en el ramo. Nos movemos en ambientes cotidianos y queremos volver a la normalidad. No a la nueva normalidad (no se puede «volver» a algo nuevo, es incoherente), sino a la vieja vida de antes, por difícil que sea. Y respetémonos todos, ya de paso.

La lista de la compra

Me declaro polígama en cuanto a supermercados y cadenas de alimentación. Hace unos años solía comprar en el mismo sitio, normalmente hacía una compra semanal grande y solo reponía en compras pequeñas los productos frescos como la fruta y la verdura. No hacía mucho caso a los precios, siempre caía algún capricho inesperado y tampoco llevaba lista. Hablo de diez años atrás, quizá más.


Pero los últimos tiempos mis hábitos de consumidora han cambiado bastante. Siempre llevo una lista en papel, copiada previamente de la pizarra blanca que tengo en la cocina, en la que voy apuntando aquello que se me ha terminado o está a punto de terminarse. Dicen que así nos limitamos a comprar lo estrictamente necesario, aunque ello esté supeditado a la fuerza de voluntad de cada uno (porque salirse de la lista es muy fácil, reconozcámoslo). En esa lista suelo separar los productos por tienda: unas cosas las compro en un sitio, otras en otro y otras me es indiferente y acabaré comprándolas en donde crea yo que están más baratas. Un ejemplo: manzanas. En cualquier súper las hay, pero el precio cambia según la tienda y la variedad. A veces estarán de oferta por algún excedente y habrá que aprovechar, aunque la jugada no siempre sale bien: compro en el primer sitio y en el segundo resultó que estaban más baratas. Cachis. Otras veces hay suerte y ocurre al revés.


En fin, que soy de las personas que compran los yogures, el pan de molde o el zumo en un sitio; el queso, el pavo en lonchas o el café en otro. Confieso que pruebo distintas marcas blancas: el yogur griego en formato de un kilo me gusta más el de un súper que el del otro. Me ilusiona descubrir delicias, y más aún si son saludables: un paté vegetariano (lo sé, eso no es paté, pero lo pone en el envase) a base de pimiento, calabacín y tomate, ideal para untar en pan, se acaba de sumar a los descubrimientos que me hacen la boca agua. Un pan de harina de centeno y sésamo en formato tostadita que está riquísimo con ese “paté”, o con queso de untar. Los cereales sin azúcar añadido a base de avena, quinoa y arroz que están riquísimos con yogur o con requesón. Las tortitas integrales de trigo que me sacan de un apuro en la cena, porque pegan con casi todo y se preparan en dos minutos. No me reconozco: yo, que me quedaba babeando delante de la sección de chocolates, hablando de comida sana y sin remordimientos.


Tendrá mucho que ver que llevo mes y medio desayunando de manera diferente. Lo saben los pobres incautos seguidores de mi Instagram, donde doy la tabarra con mis fotos de desayuno-by-influencer. Tranquilos, aún no he caído en eso de proferir moderneces como healthy, food-lover, brunch, AOVE o fit. Hasta digo influyente en lugar de influencer, siguiendo los consejos de la Real Academia Española. Cuidemos el idioma, por favor.


Estoy hecha una señora en toda regla, digo cosas como “hay que ver qué caro está todo”. O me cisco en la marca Pepito Pérez por subir de repente veinte céntimos el paquete. Comento con mi madre el precio de las mandarinas, y mi madre, a su vez, me da unos plátanos que estaban de oferta y ella dice que ya comprará más. Empiezo a creer que la moda del ayuno intermitente (a esta no pienso apuntarme, ya lo aviso) es la excusa para comprar menos por comer menos y por tanto gastar menos y llegar mejor a fin de mes. Menos es más. Siempre.


Me encanta comer sano pero es costoso, en todos los sentidos. Las “guarrindongadas” están mejor de precio, no es justo. Voy a comerme una fresa.


Mamá, el domingo llevo torrijas, que una cosa no quita la otra.

Este año sí

Ayer fue día de escalera, el cuarto peldaño, y como en un sueño que no podíamos creer se confirmó la ansiada noticia: habrá San Fermín. En los tiempos convulsos y descorazonadores que vivimos es un rayito de luz para quienes sentimos estas fiestas como parte de nuestra idiosincrasia. Saber que, tres años después, volveremos a vivir unos Sanfermines, hace que vislumbremos poco a poco el final de este túnel en el que hemos transitado entre cuarentenas, fallecidos, malestar, distancia, esfuerzo, renuncias y bocas tapadas. Pienso en las criaturas de menos de cuatro o cinco años: o no han vivido nunca esta fiesta o no tienen recuerdo de ella.

De pronto me descubrí planificando comprar ropa blanca nueva, porque las tallas no perdonan y los hijos han crecido mucho en tres años. Me visualicé comiendo, bebiendo o bailando rodeada de gente, de mucha gente, y qué cosas tienen el cerebro, la costumbre y el miedo: «¿y los contagios?» Imaginar de pronto la multitud que lleva aparejada San Fermín me lleva a creer necesitar una desescalada como la que ideó el gobierno cuando salíamos del confinamiento en 2020. Pensar en dejar de golpe y porrazo una rutina en la que mis contactos sociales en un día normal caben en los dedos de mis manos a vivir en una Pamplona cuya población se quintuplica durante nueve días me genera un poquillo de ansiedad, lo reconozco. Debe de ser resiliencia pero al revés: en lugar de sobreponerse a una adversidad, volver a una felicidad extrañada y lejana. En esto me llevan ventaja los jóvenes que desde hace meses han reconquistado la noche, el salir con los amigos y el relacionarse con todo el mundo como se ha hecho siempre.

Supongo que la clave está en no pensarlo mucho y en lanzarse al ruedo, nunca mejor dicho, sin volverse majara por tener tan cerca a la gente, a desconocidos que exhalan su dióxido de carbono sin tapujos. Porque, no nos engañemos, casi nadie llevará la mascarilla para entonces, si ya están diciendo de quitarla también en interiores para antes de Semana Santa. Ojo, que ganas hay, ya es hora. Pero que habrá síndrome de Estocolmo, también, porque hace casi dos meses que la mascarilla no es obligatoria en la calle y aún se ve gente paseando solitaria con ella puesta.

Será como meter la punta del pie en una piscina del norte o en las aguas del Cantábrico: está el agua fría pero qué a gusto se está cuando te lanzas por fin. Toca disfrutar de veras, desquitarnos y homenajear a quienes ya no pueden estar o a quienes les encantaría estar pero no pueden porque están lejos o por mil motivos. Como la tribu masái del vídeo viral que circula desde ayer. Viva San Fermín, ya falta menos.

Vídeo realizado por Borja Lezáun

Duele

La detonación fue un momento y duró siglos.

Gritos, confusión, miedo. No comprendo, no quiero, no está pasando.

Cristales rotos alfombran mi casa. Mi casa destruida en un suspiro.

Estamos bien, vivos, rotos por dentro, pero vivos. Y el piano.

Lo miro: tan blanco, está entero. ¿Sonará? Hijos, venid. No sé,

no sé si hay tiempo, esperad un momento, necesito pensar, tocar, pensar.

Irina frota las teclas negrasblancasnegrasblancas. Suspira, teme y le duele.

Sabe que hay que marcharse, dejar todo atrás. La música y su vida allí, la música

y la tranquilidad, la tibieza de un hogar labrado a golpe de esfuerzo y amor. La música.

Elige a Chopin, qué delicia, no puede imaginar sus dedos huérfanos.

Sus dedos se irán con ella, el piano se queda atrás. Llegarán otros pianos, quizá otro hogar,

con suerte, no lo sabe.

La música brota de sus manos, está en su cabeza, negrasblancasnegrasblancas y corcheas.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Como en aquella película, cómo se llamaba,

la del pianista.

Bello instante incrustado en la tiniebla. Suena la última nota.

Nos vamos.

(Para escuchar a Irina despidiéndose: https://www.youtube.com/watch?v=KkZQuE50b9E)

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Feliz cumpleaños, papá

Me contaron que no cabías por los pasillos de maternal, que “tú me viste primero” –mi madre dormida aún por la anestesia tras la cesárea. No sé qué cara habrías puesto, papá, pero a buen seguro una muy parecida a la que luciste al coger a tu primer nieto en brazos.

Rigoberta Bandini ha hecho un himno a las madres que tienen siempre caldo en la nevera (o un táper listo para llevar: te quiero, mamá), pero aquí va un homenaje humilde a quien siempre tuvo y tiene un abrazo en la recámara. Rigoberta Bandini – Ay mamá

Llevas tatuada en el corazón la palabra familia. Cuando eras muy pequeño la tuya vio aflojarse el nudo de la lazada ya que la mamá se fue demasiado pronto al cielo. Con el nudo flojo, otros parientes estuvieron ahí para apretarlo un poco y cuidar de ti y tus hermanos. La vida te recompensó de alguna manera cuando formaste tu propia familia con una mujer extraordinaria. No estabas llamado a hacerte seminarista; por suerte te viniste de los Salesianos para Pamplona a buscarte las lentejas y encontraste además a la chica más guapa de la Ribera.

En esas noches de dos canales de televisión y fatiga en el cuerpo, ahí estabas a los pies de mi cama para que me durmiera. Te perdías media película por mi culpa. Nana a media voz y salías de puntillas de mi cuarto creyendo que ya estaba roque pero… papááá, no te vayas – ¿Aún no te has dormido? Historias que se han repetido también en mi casa, con mis hijos.

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Ya sabías lo que hacías cuando aquel enero de hace 32 años me llevaste contigo al Sadar. Muchos dirán que solo es fútbol, pero tengo tantos recuerdos bonitos ligados a nuestro equipo y contigo a mi lado–también después con mamá- que sé que no se borrarán nunca y los reviviré con cada gol celebrado presente y futuro.

Me has dado tu apoyo en mis decisiones en la vida, aunque no siempre estuvieras de acuerdo, dándome tu opinión por si me servía. Y es que siempre has sido conciliador. Discutidor también, pero de buen rollo, que se lo digan a tus yernos si no.

Si he tenido tanta suerte por tenerte de padre, la tengo doble por ser el abuelo de mis hijos: el abuelo pirigüelo al que se le cae la baba a borbotones. Me siento muy dichosa por haber llegado a la edad adulta teniendo a mis padres jóvenes y sanos. La mano siempre tendida antes incluso de que el otro pida ayuda. Tú y mamá sois así con todos: atentos y amables, buena gente con mayúsculas, con la que puedes contar en cualquier momento.

Hoy es tu cumpleaños y tendrás un día muy ajetreado, como cada año. Te quiere tanta gente que el teléfono arderá con llamadas –no tantas como antes, las nuevas tecnologías mandan- y mensajes, muchos mensajes. Doy gracias al cielo porque tu piña familiar, de la que formo parte, podemos darte un abrazo en vivo y en directo más allá del típico mensaje de feliz cumpleaños. Te queremos, papá.

El paciente inglés

Ya imaginaba que Victoria Beckham –de soltera Adams y una de las Spice Girls- seguía una dieta estricta para estar cual palo de escoba. Su silueta habla por sí sola, así como su inexpresivo rostro (si es que un rostro así puede “decir” algo). Creo que reprime la sonrisa para evitar la aparición de arrugas, o a lo mejor es así de siesa de manera natural. Hija, que tu marido es David Beckham, un tío por el que, al menos hace un par de décadas, suspiraba la mitad de las mujeres del planeta. Un exfutbolista que tiene su apellido en el título de una película (Quiero ser como Beckham). Un inglés que, aporto el dato, llamó “feo” a Raúl García en un Osasuna-Real Madrid hace 17 años. Raúl es de Zizur Mayor y su único defecto es jugar en el Athletic, así que cállate, Beckham.
Puñal a Guti y Beckham: «Hay guapos que no saben ni andar por la vida»

David, al parecer, además de estar encantado de conocerse, es un cocinillas y un sibarita –con su cuenta corriente, cualquiera. Y lo que es más increíble, demuestra mucho aguante para llevar tantos años amando a su mujer, la quisquillosa, la reina de la monotonía dietética. Victoria Beckham y su estricta dieta: lleva 25 años comiendo lo mismo

Una cosa es estar a dieta de por vida, siguiendo un menú más o menos variado, bajo en calorías, alto en omegas de esos, renunciando a los dónuts, al chocolate y al queso gratinado (y todo esto ya me parece un esfuerzo titánico), y otra cosa es, por iniciativa propia y convicción personal –sin que nadie te obligue, recalco- comer un día y otro, y otro, y así siempre, pescado y verduras al vapor.


Pero vamos a ver: es que a mí me dicen que coma todos los días lo mismo, aunque fuera mi plato favorito, y se me queda la cara que tiene Victoria Beckham desde que se levanta hasta que se acuesta con el pescado hervido en su exiguo estómago. Vicky (perdona la confianza), eres tan fiel a tu menú como lo eres en tu matrimonio, enhorabuena. Tú sola comes más pescado que medio Japón, pero te estás perdiendo uno de los mayores placeres de la vida. Queda demostrado que tu marido te quiere muchísimo, porque salir a comer fuera contigo tiene que desmotivar a cualquiera.

En un programa de radio matutino comentaba la presentadora que se le había chafado una cita porque él confesó que no era lo que se dice disfrutón con la comida, que a él la comida pues sin más. Ella, al oír eso, supo que la posibilidad de que su relación tuviera éxito acababa de esfumarse: “a este me lo llevo a Asturias y se pide una ensalada”, comentó a carcajadas. Pues la comida favorita de Vicky es una tostada con una pizca de sal, cómo te quedas.

Lo más alucinante es que esta mujer ha vivido en España, amigos. Con las maravillas culinarias que tenemos aquí, ha desperdiciado el poder degustar, y sin cargo de conciencia económica, las mejores exquisiteces en los más laureados restaurantes del país. ¡Es que no habrá probado ni las croquetas! Que no hay que irse al Diverxo o al Abac, madredelamorhermoso. Que das un paseo y entras en cualquier bar modesto con menú del día o pintxos y sales de ahí llorando de alegría por lo que te has metido entre pecho y espalda.

Sabemos por la entrevista que le hicieron a su marido lo que come ella y lo que él aguanta estoicamente esta monotonía gastronómica. Pero ¿y los pobres hijos? Espero que ellos sigan la línea paterna y disfruten de una alimentación variada, se den caprichos y, por qué no, coman guarrerías de vez en cuando. Que la vida son dos días y los cuerpos esculturales también se los comen los gusanos.  Disfrutemos del buen yantar antes de que se imponga la ingesta de insectos o de los propios gusanos. ¡Bon apetit!

Vivir es urgente

No sé si es por el subconsciente, donde habita el carpe diem clásico y de El club de los poetas muertos, pero a veces me invade una sensación de no estar aprovechando el momento como es debido; no sé si les pasa: típico domingo por la tarde de sofá y de pulsar el mando a distancia con el móvil en la otra mano, y de repente una vocecilla en el cerebro: no estás exprimiendo el tiempo, podías hacer algo creativo, o salir con la bici, o hacer una manualidad con los críos, o poner orden en las dos mil fotos que no has vaciado del teléfono. Hacer, hacer, llenar los minutos con algo productivo.

Últimamente, y desde hace ya demasiado tiempo, nos engulle la rutina: ese no tener vida social, ese miedo al contagio, del trabajo a casa, sin aglomeraciones, compañía la justa. Destaparse la cara para beber un sorbo es deporte de riesgo; hay que ventilar, no acercarse al otro, ¡desconfía! El termómetro bajo cero no invita a salir, a ir de excursión, a escapar. Un día es parecido al anterior, y al siguiente, y sin embargo tenemos que sonreír porque siempre hay alguien que está peor que nosotros. Gente cuya realidad transcurre en un ay, en no llegar a fin de mes: un desahucio, un embargo, una nevera vacía, un negocio cerrado. Soy afortunada, no puedo quejarme.

Nuestra existencia sencilla y en ocasiones aburrida choca cada vez más a menudo con que vivir tenga que ser excitante, cada día una aventura. La publicidad y los que viven de enseñar su vida a través de una pantalla de teléfono nos muestran lugares de ensueño, comida deliciosa y perfectamente fotografiada, imagen cuidadísima -cabello, maquillaje, ropa, pose. Pero la mayoría llevamos vidas corrientes y parecidas entre sí, porque esta puta pandemia -permítanme el exabrupto- nos ha hecho ser similares: tenemos el mismo miedo, repetimos el mismo discurso que nos vomitan los medios de comunicación y mantenemos las mismas conversaciones que giran en torno a incidencias acumuladas, ocupación de camas UCI, presión hospitalaria, positivos, cuarentenas y antígenos.

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No estoy siendo ordenada, perdón: no escribo hoy con planteamiento, desarrollo y desenlace. Necesito echar fuera un sentimiento de rabia, hastío y hartazgo que estoy segura comparten conmigo. Tengo ganas de gritar al aire, dar una patada y que reviente por donde sea. Me pongo triste cuando pienso en mis hijos, cuando miro al pasado y veo cuán diferente era de ahora. Me aferro a una esperanza chiquitita de que esto pasará, pero dudo muchísimo de que el mundo vuelva a ser como hace diez o quince años.

Todo va muy deprisa, acojonantemente deprisa, y es oscuro y estremecedor. La libertad, nuestra libertad, debe ser nuestro bien más preciado. Y en cambio se oyen y se leen discursos atroces que salen de personas corrientes, como tú, como yo, en virtud de no sé qué normas.

La última vez que sentí plena felicidad (desbordante, simple y rotunda) fue hace unos meses en la boda de mi hermana. Porque verlos felices era contagioso, porque bailamos todos hasta caer rendidos y nos dieron igual las mascarillas y la distancia, porque estábamos (y estamos) todos hasta las narices, esas narices que llevamos tapadas demasiadas horas al día.

¿Cuándo va a acabar esto? Quiero vivir como antes, urgentemente.

Vida electrónica

Mi primer móvil -sin internet ni nada, un zapatófono de Motorola- lo tuve con 20 años. Mi cuenta de Facebook, eso que los muy jóvenes ni utilizan ya porque es «de viejos», la abrí rozando la treintena. Me hice certificado digital en 2019 para realizar un trámite y, en unos pocos años, me ha servido en numerosas ocasiones para evitarme unas cuantas gestiones presenciales. Una de ellas, muy reciente y de actualidad, ha sido poder descargar el certificado o pasaporte covid. No soy nativa digital: basta con saber mi fecha de nacimiento, así que he tenido que aprender sobre la marcha, y casi siempre de forma autodidacta, a desenvolverme con las nuevas tecnologías. Si en muchos momentos ha resultado arduo y desquiciante, no quiero imaginar cómo les resultará a las personas que me pasan diez, veinte o más años. Mis padres, por ejemplo, quienes recurren a mí o a mi hermana cuando el móvil les hace algo raro o quieren comprar entradas por internet para ir al teatro, por ejemplo. Por no hablar de mi abuelo nonagenario, que bastante tiene con saber llamar de un teléfono de esos para abuelitos, con teclas grandes y sin internet.

La tecnología debería servir para facilitarnos las cosas, no para abrir una brecha que habría que salvar invirtiendo tiempo y recursos económicos en formar al ciudadano y en atenderlo con calidez humana y paciencia, mucha paciencia. Ninguna de estas tres cosas parece abundar, en general y salvo excepciones, en nuestra sociedad digitalizada y cada vez más unipersonal. El mencionado pasaporte covid se ha convertido de la noche a la mañana en lo más demandado para acceder a un restaurante, entre otras cosas. Aquí en Navarra lo podían descargar sin problema quienes ya tenían activada su carpeta personal de salud. Yo misma lo obtuve así desde el teléfono, porque tengo activada la carpeta desde hace más de dos años. Pero muchísima gente no la conocía, y comenzó a acudir en masa hace pocas semanas a su centro de salud para solicitarla y poder conseguir así el pasaporte covid. Los centros de salud se colapsaron, los administrativos se quejaron, y el Departamento de Salud habilitó dos puntos en Pamplona en donde pedir su activación mediante usuario y contraseña. Siempre desde internet, uno entra con esas credenciales y puede acceder a la carpeta y a la consiguiente descarga del pasaporte. ¿Cuál ha sido el problema? Que el colapso que podía haber en cinco o diez centros de salud se trasladó de buenas a primeras a la calle Tudela (registro del Servicio Navarro de Salud) y al edificio Conde Oliveto, con colas interminables bajo la lluvia. Sin refuerzo de personal y casi sin ser avisados, los trabajadores de estos lugares no han dado abasto en los cuatro días laborables que llevan atendiendo a estas personas ávidas de obtener su certificado de vacunación. Cuatro días contados, sí, porque se les trasladó esta gestión el 30 de noviembre, en vísperas de todo un puente foral cargado de festivos. Hoy leo en las noticias que Salud va a buscar pronto una manera de descargar el certificado desde internet sin necesidad de ningún otro trámite previo. Mejorará bastante la cosa porque se evitarán esperas y colapsos, pero seguimos con la webdependencia: los abuelos a pedir ayuda a los hijos y a los nietos. Con lo sencillo que sería enviarlo en papel a cada persona vacunada, teniendo como tienen nuestros datos sanitarios y de domicilio.

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Pero la administración electrónica intenta prescindir del papeleo. Y no solo la administración, porque hoy leo que en enero arrancará un proyecto piloto para eliminar de los fármacos el famoso prospecto, ese papelito doblado por el mismísimo Belcebú (nunca consigo volverlo a doblar como estaba), ese papelito con tan característico sonido y que siempre está estorbando cuando abrimos la caja: de diez veces que abramos un medicamento, nueve veces lo abriremos por el lado en donde está el prospecto, parece hecho a mala idea. Bromas aparte, muchos añorarán el prospecto si acaba desapareciendo del todo, porque entonces, si alguien quisiera leer las contraindicaciones, la posología o los efectos adversos, tendrá que… ¡escanear un código QR! Pobres abuelos, enfermos crónicos, pacientes en general: si ya era un rollo desdoblar el papel y dejarse los ojos, ahora habrá que tener móvil con aplicación de escáner para enterarse de qué va el medicamento. Menos mal que los amables farmacéuticos, que ya de por sí ayudan muchísimo a sus clientes/pacientes, sumarán a sus labores la de facilitar en papel el prospecto a quien se lo pida, o la de ayudar a una abuelica a leer el QR con su móvil. https://www.ondacero.es/noticias/sociedad/fin-prospectos-medicamentos-papel-como-podran-leer-primeros-farmacos-afectados_2021120861b18e521034750001b7aa5f.html

Pero lo más terrible de las nuevas tecnologías es la banca electrónica, por el maltrato sistemático a la gente mayor desde su implantación. No entenderé nunca jamás que a una persona mayor se le niegue la atención tradicional en ventanilla para sacar 200 euros. O que hacer una transferencia atendidos por un empleado de la caja de ahorros sea misión imposible: hágalo usted en la app, caballero. Aquí tiene su contraseña. Los pagos en metálico solo de 8 a 10, gracias. Si es usted de otra entidad, le cobraremos tres euros de comisión.

Lo de las páginas web, cuentas y contraseñas da para otra entrada. Entre mi marido y yo tenemos apuntadas más de 80 páginas web con sus 80 contraseñas -algunas se repiten, otras no- de acceso con nombre de usuario. Es una maldita locura. Luego los expertos te recomiendan no usar contraseñas facilonas que un hacker podría averiguar sin mucho esfuerzo. Es imposible: para cualquier cosa hay que registrarse: usuario y contraseña. No podemos poner la misma para todo, pero poner una diferente para cada cosa es impensable a no ser que seas superdotado y recuerdes tus quinientas veinticuatro contraseñas. Solo nos queda encomendarnos a San Weborio de la Red Infinita para que no nos pirateen las cuentas con nuestras contraseñas de mierda. Y los pobres abuelicos rezan también para volver a los tiempos en que cobraban el jornal en un sobre, el del banco los llamaba por su nombre y el único móvil que conocían era el que colgaba de la cuna de sus hijos -y eso si tenían móvil o cuna.

¿Para qué esforzarse?

Hemos llevado el coche al taller para cambiar la batería y al recogerlo nos dicen que le han puesto media batería porque es suficiente. Salimos de la peluquería con el pelo medio mojado y el corte sin terminar. La guarnición del entrecot que nos hemos pedido en el bar de la esquina está a medio cocer. En el examen teórico de conducir nos dan el apto con 16 fallos de un total de 30 preguntas. Nos operan de la vista pero solamente en un ojo, total, ¿qué más da? Y en un examen de oposición con 100 preguntas nos ponen en la lista de aprobados habiendo fallado 25 y habiendo dejado 40 sin responder.


Algunas de estas situaciones nos han podido ocurrir de verdad, como la del entrecot. En tal caso nos habremos quejado al camarero o nos habremos dejado sin tocar la guarnición cruda. Lo de los exámenes entra ya en terreno de lo inimaginable. ¿O no?


https://www.elcorreo.com/sociedad/educacion/limite-suspensos-pasar-20211116132324-ntrc.html Lo primero que pensé al leer la noticia fue que, una vez más y por desgracia para nuestro país, con independencia de quién gobierne, las decisiones importantes en materia de educación se toman sin contar con la opinión de docentes con años de experiencia que tendrían bastante más que decir que lo que se saque de la manga el ministro o ministra de turno o turna. Lo segundo que pensé fue qué pena que se iguale por debajo y no se premie la excelencia: cualquiera va a aprobar la ESO tenga una media de 8, de 6, haya aprobado todas las asignaturas o haya terminado secundaria con cinco cates. En este último caso la decisión la tomarán sus profes, a los que ya veo recibiendo agasajos y detallitos en forma de jamón ibérico si los pudientes progenitores quieren aportar su granito de arena para que el chiquillo obtenga el título de graduado en ESO.


Pensando más fríamente, he de reconocer que una cosa buena tiene poder titular con suspensos, y es la siguiente. En el pasado, pongamos que cuando yo estudiaba bachillerato, un alumno podía tener clarísimo querer estudiar Traducción, o Geografía e Historia, o Filología, o Derecho, o cualquier titulación de letras. En 2º de BUP (lo equivalente al actual 4º de ESO) se le atragantaban matemáticas y física y química, que eran materias obligatorias y comunes para todo el alumnado. En la recuperación de junio este alumno conseguía aprobar física y química y se iba a septiembre con las mates. Sufriendo un verano de clases particulares y codos, conseguía aprobar matemáticas en septiembre y pasaba a 3º de BUP limpio. Esta manera de promocionar de curso es la que contemplaba la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa en su artículo 28.2 (“Los alumnos de dichos centros que no alcanzaren el nivel mínimo exigible en todo o en parte de las materias que integran cada curso podrán someterse a pruebas de suficiencia en las mismas, realizadas en el propio centro, superadas las cuales podrán pasar al curso siguiente”) y en su artículo 28.5 (“Los alumnos que no superen las pruebas de suficiencia quedarán obligados a repetir curso; pero si las deficiencias de aprovechamiento se redujeran a una o dos materias, podrán efectuar una nueva prueba dentro del mismo curso, tras haber seguido las enseñanzas de recuperación en la forma que reglamentariamente se determine”).

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Con el decreto chupiguay del actual gobierno, si el equipo docente sabe que un alumno es brillante en determinadas materias pero suspende matemáticas sin remedio –sin remedio aquí significa “no hay examen de recuperación porque nos lo hemos cargado de un decretazo”-, ese equipo docente bien puede ahora darle el título sin problemas porque no haber aprobado matemáticas no va a suponer un lastre en sus conocimientos ni en su futuro académico y profesional. Dicho de otra manera: yo misma aprobaba matemáticas en bachillerato sufriendo, pero aprobaba en junio sin pasar por recuperaciones. Y nunca en la vida he tenido que usar aquello que me martirizaba de los senos y cosenos, los límites o los números irracionales, porque estudié Filología. Y aunque hubiera estudiado otra cosa, tampoco. Se ve dónde quiero llegar, ¿no?


Así que me encuentro todavía digiriendo la noticia, entre la rabia y la incertidumbre. Como madre solo sé que a mis hijos les pido esfuerzo y mérito, que busquen mejorar siempre, que sean inconformistas. No les va a valer lo ramplón y lo mediocre si yo sé que son capaces de más. Por mucho que pasar de curso vaya a ser desde ahora tan sencillo. Rafa Nadal ha logrado lo que ha logrado tras esfuerzos inimaginables, constancia y afán de superación. Los mejores en su campo (educación, ciencia, medicina, deporte, etc.) lo son porque nadie les ha regalado nada y lo han peleado a pulso. De nosotros, padres, depende que nuestros hijos se conformen con que les pasen de curso haciendo lo mínimo exigible o buscando obtener la mejor nota, ya que fuera de casa está claro que no se lo van a exigir tanto. Están creando un mundo de mediocres y analfabetos funcionales para que parezca que hay menor abandono escolar y mejores resultados.


Termino con esta cita, que viene al pelo: «El mundo recompensa antes las apariencias de mérito que el mérito mismo» (François de la Rochefoucauld, 1613-1680).

Mi pequeño

Hoy es tu cumpleaños, cariño: ¡felicidades!. Cumples diez preciosos años durante los que has aprendido valiosas enseñanzas: pedir las cosas por favor, dar las gracias, no arrojar basura al suelo, tomar tus propias decisiones sin importar qué dirán, no insultar a nadie y respetar a todo el mundo. Cosas que parecen comunes y corrientes pero que no todos ponen en práctica: felicidades por ser uno de los que sí. Felicidades, hijo, por ser como eres, con tu simpatía y cariño a raudales, tu sensibilidad y creatividad, tu sentido del deber y de la justicia.

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Gracias por haberme hecho crecer tanto, por tener paciencia conmigo cuando a veces pierdo la paciencia. Por comprender que los adultos trabajamos y ocupamos mucho tiempo, a veces demasiado, en cosas de adultos. Gracias por tus ansias de saber, por tus preguntas curiosas y tu escucha atenta. Gracias por ese amor infinito hacia tus abuelos y tus tíos, y por esos abrazos que nos das a todos acompañados siempre de un «te quiero». Gracias por querer tanto a tu hermana, por cuidarla y jugar tanto con ella como sueles hacer. Nunca dejéis de cuidaros el uno al otro. Vosotros dos sois lo más importante para papá y para mí, y estáis por delante de cualquier cosa.

Llevo diez años currando en esto de la maternidad, y no ha sido fácil ni lo será nunca. Pero le pongo todo el empeño: espero estar haciéndolo bien, y seguir creciendo contigo a mi lado, aprendiendo cada día con tu evolución. Te estás haciendo mayor y pronto serás un jovencito con muchos proyectos en la cabeza: seguirás estudiando, trabajarás, te enamorarás. Estaremos a tu lado para lo que necesites, ya lo sabes. Me convertiste en madre un mediodía de noviembre, me encontraba exhausta pero tu llegada me hizo olvidar todos los males, y trajiste contigo el amor más puro, genuino e incondicional.

Estoy orgullosa de ti, mi niño. Disfruta muchísimo de uno de tus días favoritos, el de tu cumple. Te quiere: mamá.