Que gane el mejor

Esta noche se disputa la final de la Copa del Rey entre el Fútbol Club Barcelona y el Sevilla Club de Fútbol. Como ninguno de los dos es mi equipo, veré el partido relajada y plácidamente. Los prolegómenos, ni tan relajada ni tan plácidamente.

Tuve la suerte de asistir el 11 de junio de 2005 a la final de la Copa del Rey que disputaron el Real Betis Balompié y el Club Atlético Osasuna en el estadio Vicente Calderón. Esa es la única final que ha jugado el equipo de mis amores, y además la perdió. Para los aficionados de un equipo humilde que nunca ha ganado ningún gran título, aquel día quedó señalado en rojo, como el rojo del escudo y de la camiseta. Fue una jornada de fiesta, para celebrar y disfrutar, y más allá de las diferencias sociales, culturales, ideológicas o de otra índole, aquel día todos los que estuvimos allí y quienes al otro lado de una pantalla vibraron con Osasuna íbamos remando juntos en la misma dirección. Éramos Fuenteovejuna: arquitectos y fontaneros, operarios y amas de casa, estudiantes y jubilados, dependientas e ingenieras, votantes de izquierdas y votantes de derechas. Una sola cosa en común: amor a los colores de nuestro equipo.

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Por haberlo vivido así es por lo que me resulta tan desconcertante la actitud de una gran parte de la afición barcelonista al pitar el himno de España, pero no es la única. En aquella final de Osasuna hubo un sector de la grada rojilla que pitó el himno. También hinchas del Athletic de Bilbao, en la final de 2015, hicieron retumbar el Camp Nou junto con los hinchas culés silbando en contra del himno. Con la de esta noche serán cuarenta las ocasiones en que el conjunto azulgrana ha disputado la final de Copa. El F.C. Barcelona juega en la Liga española, pertenece a la Federación Española de Fútbol; muchos de sus futbolistas juegan también en la selección española; entre sus socios, aficionados y simpatizantes hay gente de muchas nacionalidades y, por supuesto, gente de otras comunidades españolas. El presidente Bartomeu ha hablado recientemente de respeto, entre otras cosas. Bartomeu anuncia… Miquel Iceta, líder de los socialistas catalanes, reaccionó a estas palabras diciendo que es un gravísimo error usar el fútbol políticamente, y añadió: “Si fuera presidente de un club de fútbol no haría nunca ese tipo de llamamiento y, muy al contrario, pediría respeto para todas las opiniones, porque entre los socios del Barça seguro que hay diversidad de opiniones. Esa idea de que todos pensamos lo mismo me preocupa”. Es solo un partido de fútbol. O debería serlo.

Pero ¿de dónde viene esa tirria hacia el himno? Imagino que, al margen de sentimientos nacionalistas o independentistas, la clave está en que se suele relacionar el himno nacional y la bandera con el franquismo. Por eso existe parecida animadversión en otros ciudadanos no catalanes, como en el País Vasco y Navarra. Si leemos la historia del himno, de cómo se gestó, veremos que Franco quiso recuperar la melodía en 1937, después de que el Himno de Riego fuera el oficial durante la II República a lo largo de diez años. El Himno Español, una marcha militar con un origen muy misterioso

El germen musical de lo que hoy conocemos data de 1749, y era la Marcha de los Granaderos, una más de las muchas melodías que se tocaban en cada unidad militar cuando se rendían honores al rey. Fernando VI decidió unificarlas y reglamentarlas, y la marcha granadera, aún sin escribir, ya es mencionada en documentos de dicha reglamentación, en 1751. En la siguiente década se sucedieron reglamentaciones e instrumentaciones, y tampoco se conoce el autor del himno. Con los años, la melodía caló en la ciudadanía, ya que al ser los granaderos las tropas que solían desfilar ante los reyes, era esta marcha la que sonaba, y así los madrileños y visitantes acabaron identificando esa música con las personas de la realeza, según explica el estudioso Juan María Silvela Miláns del Bosch. Durante la Guerra de la Independencia la composición fue representativa de la resistencia contra las tropas de Napoleón. En 1815 se decretó que fuera la única marcha que se tocara fuera cual fuera la unidad militar en cuestión. Y poco a poco, con el fin de desterrar otras melodías afrancesadas, se extendió a todos los lugares de España. En 1870, los progresistas (que derrotaron a los partidarios de la reina Isabel II) promovieron una serie de reformas entre las que se encontraba la de sustituir la Marcha Real por otra composición nueva, y el general Prim convocó un concurso para ello. La pieza ganadora sería el nuevo himno nacional, pero entre las más de cuatrocientas presentadas, ninguna obtuvo el premio. Según del Bosch, «Ninguno de los cuatro compositores (del jurado) quiso pasar a la historia por ser el protagonista de la supresión de un himno tan arraigado ya en la conciencia popular. No insistieron mucho en su calidad artística, pues entre las composiciones presentadas habría seguramente algunas extraordinarias”. Así pues, en 1871 el rey Amadeo I de Saboya declaró oficialmente la Marcha Real como Marcha Nacional. Y, como explicaba antes, solo durante diez años en la II República no fue el himno nacional. Regresó en 1937, y quizá por eso se asocia a la dictadura.

En muchos ámbitos se enarbolan cual banderas las palabras respeto y libertad de expresión, pero no se obra en consecuencia: se miran el ombligo. Un amplio sector de la grada barcelonista apela a la libertad de expresión para pitar el himno, pide respeto porque se manifiesta además ataviada de amarillo contra las encarcelaciones de algunos políticos por todo el asunto del procés, y, ojo, está en su derecho de manifestarse. Pero hay más gente a su alrededor, para empezar hay otra afición que va a ver el mismo partido. Hay unas instituciones que hacen posible que su equipo dispute ese partido, hay una audiencia planetaria que quizá se lleve una imagen distorsionada de Cataluña, de los catalanes y, por ende, de los españoles. Hay muchísimos niños que sueñan con ser Messi o Piqué, besan el escudo y cantan som la gent Blau Grana, y que aprenden que España, su bandera y su himno son entes del franquismo.

El presidente del Consejo Superior de Deportes ha dicho: “Desde el CSD respetamos la libertad de expresión. Esa libertad de expresión, tolerancia y respeto la pedimos también para los símbolos que nos unen también a todos los españoles. No nos gusta mezclar la política con el deporte y eso resta protagonismo a la gran fiesta del fútbol español”. No se trata de que vayamos todos besando la bandera española, ni de que nos pongamos la mano en el pecho cuando suene el himno. Otra cosa sería si fuésemos como los franceses. El presidente Chirac, en 2002, estuvo a punto de suspender el partido de la final de la Copa de Francia entre el Loriant y el Bastia, por los pitidos de la afición corsa del Bastia hacia la Marsellesa. En Córcega, claramente independentista, uno de cada cuatro habitantes es socio del Bastia, equipo que actúa como selección nacional corsa, aunque juegue en el Championnat de France National. En 2008, el presidente Sarkozy estableció que si se pita el himno, los miembros del gobierno deben abandonar el estadio, el partido debe ser suspendido y el combinado francés no puede volver a enfrentarse al equipo del otro país por un tiempo. Esto lo dijo tras un partido amistoso entre Francia y Túnez, en el que la afición tunecina pitó la Marsellesa. ¿Cómo se sancionan las pitadas…?

Vivimos en democracia, esa que nos permite trasladar nuestra forma de pensar a una urna. La libertad de expresión forma parte de esta democracia, pero esta libertad nos pertenece a todos. Mi libertad tiene su límite en cuanto falta al respeto al otro que no piensa como yo. Si suena el himno de España, y no estoy de acuerdo o no me representa, me quedo en silencio y me aguanto. Si suena Els Segadors y no estoy de acuerdo o no me representa, me quedo en silencio. Si veo a alguien con una senyera en la mano, no digo nada. Si veo a alguien con la bandera española, con una ikurriña, con el escudo de armas de su familia, el logotipo de McDonald’s o de Iron Maiden, y nada de todo esto me representa, no digo nada. Porque yo también puedo exhibir aquello que sí me representa. Se llama civismo, empatía, respeto.

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