La Roja

Reconozco que no me considero una seguidora acérrima de la selección española; de ninguna, en realidad: ni de fútbol, ni de baloncesto, hockey, gimnasia rítmica o natación sincronizada. Para sincronizada la opinión de los medios a la hora de afear ciertos comportamientos, pero vayamos por partes. 

Aunque no sigo de cerca al equipo masculino español de fútbol (lo mío con el balompié es casi exclusivamente osasunismo en vena), siempre me ha gustado ver los partidos de las grandes citas y apoyar a nuestra selección. No suelo ver las rondas previas de clasificación para mundiales o el europeo, sino los partidos decisivos, como en la reciente Eurocopa de Alemania. La final (y la semifinal, los octavos, y los cuartos) se vio en mi casa con todos los nervios y la tensión propios de un momento tan importante. El ánimo estaba por las nubes tras la victoria en Wimbledon de Carlos Alcaraz, y el juego exhibido por la Roja en esta Eurocopa hacía presagiar que, si bien era un partido difícil, había muchas posibilidades de acabar el torneo como campeones de Europa. Y vaya si acabamos campeones, siete victorias de siete conseguidas por los elegidos de Luis De la Fuente. 

Toda España estaba a muerte con los jugadores, hasta quienes no siguen nunca el fútbol ni saben explicar qué es un fuera de juego. Por primera vez en la historia, una selección logra cuatro Eurocopas: 1964, 2008, 2012 y 2024. Los políticos de turno no tardaron en subirse al carro de los ganadores alabando la diversidad y la condición racializada –vomitiva palabra- de algunos jugadores, queriendo así destacar su oposición a la derecha radical que abomina de la inmigración. Matizo: de la inmigración ilegal.  

Ya todo el mundo conoce la historia de Nico Williams y su hermano Iñaki, y la de Lamine Yamal, de solo 17 años. Donde la izquierda recalca y machaca hasta el hartazgo los orígenes extranjeros (orígenes, que no nacionalidad) de estas perlas futbolísticas, los españoles comunes y corrientes solo vemos dos españoles muy jóvenes que se llevan de maravilla y que en absoluto son los pioneros en eso de defender la camiseta de España puesta sobre una piel marrón chocolate. 

Donato (12 veces internacional), Marcos Senna (campeón de la Eurocopa 2008), Adama Traoré Diarra (participó en la Euro 2020), Catanha (3 veces internacional), Thiago Alcántara (participó en las últimas dos Eurocopas), Diego Costa (de vasto currículum, su última participación fue en el Mundial 2018), Vicente Engonga (participó en la Euro 2000), Robert Sánchez (jugó en el Mundial de Qatar 2022, también en la Euro 2020), Alejandro Balde (también jugó en el Mundial 2022), Rodrigo Moreno (participó en el Mundial 2018), Ansu Fati (jugó en el Mundial 2022) e Iñaki Williams (convocado para el Mundial 2018, ha defendido también la camiseta de Ghana): todos ellos han jugado en el pasado con España y tienen orígenes extranjeros, pero son españoles, y entonces la izquierda ni ningún político se percató de su comparecencia con la selección, tanto en la absoluta como en categorías sub. La razón es que ciertos políticos señalan a Nico y Lamine por su color de piel porque esto sí les interesa resaltarlo. Callan cuando alguien del mismo color de piel ha cometido una violación o siembra las calles de desórdenes y violencia. Callan cuando el máximo goleador del torneo ha sido un chico español pero rubio y blanco, Dani Olmo. No interesa hablar de él. Callan cuando el mejor jugador del torneo ha sido un chico español pero madrileño y blanco, Rodri. No interesa hablar de él. 

El fervor de los politicuchos por tan inclusiva y diversa selección y por su logro deportivo comenzó a enfriarse con la celebración posterior. La recepción a los jugadores por Pedro Sánchez en la Moncloa nos dejó imágenes de rostros serios y miradas esquivas, apretones de manos escurridizos, ausencia de aplausos cuando Morata le entregó la camiseta al presidente y una duración de la visita de un cuarto de hora escaso. En el saludo protocolario todas las iras izquierdosas apuntaron a Dani Carvajal, amigo de Abascal y por tanto enemigo público número uno. El defensa de Leganés fue el segundo en saludar a Sánchez, tras el capitán Álvaro Morata, y apenas le miró mientras le daba fugazmente la mano. Qué curioso que Lamine Yamal, nacido en Esplugas de Llobregat, hijo de marroquí y ecuatoguineana, tampoco sonrió ni se mostró encantado con el saludo de Sánchez, y sin embargo ningún medio de opinión sincronizada destacó su ¿mal? comportamiento. Me pregunto cuál será el motivo.

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Vamos a ver: los jugadores, y por tanto la Federación Española de Fútbol, deben atender estos actos protocolarios y son muy libres de no bailarle el agua al presidente de la nación. Ninguno dejó de saludarlo ni muchísimo menos lo insultó. Quizá los medios afines al gobierno están tan acostumbrados a la genuflexión constante que creen equivocadamente que todos los españoles (porque además de futbolistas son ciudadanos españoles) deben adorar a su sanchidad como es preceptivo. Está claro que esta selección no quiere ser víctima de manipulaciones políticas (tienen el ejemplo contrario en Jenni Hermoso), y por ello pidieron expresamente que Sánchez no bajara al vestuario a celebrar con ellos después de eliminar a Alemania. 

Creo que no han faltado al respeto a nadie; es más, han devuelto la alegría aunque sea de manera efímera a un pueblo, el español, harto de la polarización, la corrupción, las estrecheces económicas, la dificultad de conseguir vivienda a precios asequibles, las paguitas, la negación de la patria, el venderse por siete votos. En todos los rincones de España se ha celebrado la victoria de la Roja, también en Cataluña o en Euskadi, a pesar de las pintadas en Elorrio contra Merino y Oyarzábal por ser jugadores de la selección. De esto no hablan los medios, como tampoco del vídeo en el que se ve a una pandilla de tíos, muy valientes todos, arrancarle del cuello una bandera de España a una chica en una plaza de San Sebastián. Pensemos también que mientras todos hablamos de Carvajal no se habla de la imputación de Begoña Gómez o de que quieren imponer una censura informativa desde el gobierno. En fin.

Quizá la celebración en Cibeles a la manera de Pepe Reina micrófono en mano y con una tajada del quince en unos jugadores que no pasarían un control de alcoholemia puede resultar algo desfasada en 2024. No voy a juzgarles: su logro deportivo es difícilmente repetible, son jóvenes y se llevan de puta madre, permítaseme la expresión. Quien se ofenda porque uno salga sin camiseta (¿masculinidad tóxica?) y canten Gibraltar es español con todo el humor y la retranca posibles, tiene un problema: no sabe disfrutar de la vida.  Morata show completo Cibeles

Me quedo con la alegría que nos han transmitido en el campo de juego y fuera de él. Me quedo con el compadreo que tienen con el rey Felipe, con el pelazo de Cucurella, el banderín de córner de Mikel y su padre (los Merino y Stuttgart, ese idilio increíble), el cabezazo de Dani Olmo casi en la línea de gol, la unión que han demostrado como equipo, el trabajo y la humildad de De la Fuente, la proclamación de su fe sin sonrojos ni complejos. Ojalá nadie empañe esta alegría y esta unión, qué manía tienen los políticos con llenarlo todo de mierda y confrontación. 

Que viva la Roja (que les ha salido poco roja), que viva España y que vivan sus deportistas.

Trece

Hoy, 16 de marzo de 2024, Osasuna se enfrenta en El Sadar al Real Madrid.

Hace trece años de la última victoria rojilla contra los blancos. Y trece son las victorias totales del club navarro ante los merengues en toda la historia, en los casi 104 años de historia de Club Atlético Osasuna. Repasémoslas, ya que no son tantas, y deleitémonos con un placer que los equipos grandes y con exceso de títulos no conocen: el placer de retener en la memoria todas y cada una de las gestas que suponen ganar a un equipo superior en presupuesto, en socios, en juego, en masa social, en poder mediático, arbitral, etc. Qué aficionado merengue o culé puede recordar con exactitud todas las veces que venció ante el «Osasunica». Alguno habrá, pero para ellos son otras victorias más. Vamos allá:

TEMPORADAJORNADAFECHARESULTADOGOLEADORES ROJILLOS Y MINUTO
1956-57430/09/19562-0Vila Escuer (21’, 80’)
1957-581605/01/19581-0Marañón (47’)
1981-822521/02/19823-2Martín (13’), Iriguíbel (52’), Echeverría (83’)
1982-831619/12/19822-1Rípodas (30’), Echeverría (80’)
1984-852917/03/19851-0Lumbreras (35’)
1986-87705/10/19861-0Bustingorri (37’)
1987-882313/02/19882-1Goikoetxea (21’), Rípodas (60’)
1990-911630/12/19900-4Urban (17’, 37’, 52’), Iñigo Larrainzar (56’)
2001-023414/04/20023-1Fernando (32’), Alfredo (39’), Rosado (74’)
2002-032216/02/20031-0Manfredini (37’)
2003-043211/04/20040-3Valdo (2’), Pablo García (44’), Moha (61’)
2008-093831/05/20092-1Plasil (15’), Juanfran (60’)
2010-112130/01/20111-0Camuñas (62’)
De las trece victorias, once son en casa y dos fuera. Hay enlaces a vídeos con los goles en algunos de los resultados.

Destaquemos los siguientes hechos: trece victorias en 103 años; once de las cuales han sido en El Sadar (la importancia de jugar en casa); nueve de estas victorias se produjeron en temporadas consecutivas (años 1956, 1958, 1982 -dos veces-, 1986, 1988, 2002, 2003, 2004), lo cual habla de la importancia de los ciclos y las buenas plantillas y/o entrenadores; cinco de las trece victorias ocurrieron en los años 80, con aquel Osasuna de los «indios»; y las únicas dos veces que Osasuna cometió la osadía de ganar en el Bernabéu lo hizo goleando. Soy joven pero no tanto: he vivido casi la mitad de estas victorias, seis, desde el 0-4 de 1990 hasta la actualidad. Cómo me gustaría hacer un viaje en el tiempo para ver cómo jugaba aquel Osasuna de los ochenta, eléctrico, de la casa, de partidos con farias, bota de vino y asientos de piedra (estos sí los conocí, ya he dicho que no soy tan joven).

Va siendo hora de cambiar estas estadísticas. Trece son muchos años ya sin ganar a esta cuadrilla de millonarios, y el 13 además es un número feo. El fútbol ha cambiado muchísimo desde entonces, desde aquella última victoria, y no voy a disertar sobre el tema porque daría para otra entrada. Pero voy a apelar desde ya al corazón y la rasmia, palabra tan definitoria del club de mi vida. Estamos en un momento de la temporada sin apuros clasificatorios, venimos de cuatro partidos sin perder, más el tropiezo en Montilivi contra el Girona el otro día, que nos pasó por encima. Sabemos que el Madrid nunca juega cómodo en El Sadar, metemos mucha presión y, tanto jugadores como afición, siempre hemos sido conscientes de ser, a priori, carne de derrota, pero también somos conscientes de que, en un momento como el actual -con la permanencia asegurada- hay que salir a morder, no hay nada que perder y mucho que ganar. ¿Tres puntos? Sí, claro, como en cualquier otro partido. Pero las nuevas generaciones necesitan gestas nuevas, porque no vivieron las anteriores. ¡Trece años!

Es inevitable acordarse hoy del 6 de mayo de 2023, nuestra última final, que se llevó el Real Madrid a la vitrina en forma de su vigésima Copa del Rey. Lo tuvimos muy cerca y cualquier rojillo recuerda lo que sintió y cómo lo vivió cuando marcó gol Torró. Con total seguridad digo que celebrar un gol así (como el de Aloisi en 2005, que tampoco sirvió para ganar la Copa), tiene mucho más poder en la memoria colectiva de una afición que cualquiera de los cientos de copas y trofeos que atesora el club madrileño.

Esta tarde iré al Sadar con el sueño de sumar otra muesca en la historia, la decimocuarta. Los chavales de mi tierra tienen mucho que enseñar a cierto jugador que acapara portadas y recibe premios por sus acciones solidarias, y también recibe todo el cariño que merece de las aficiones rivales, un incomprendido, el brasileño. Deseando estoy de verlo con las orejas gachas porque ha vivido en sus carnes una derrota en el infierno del Sadar.

Termino con una frase de Rafa Nadal: «Si no pierdes, no puedes disfrutar de las victorias». Pues hagámosle el favor a Vini, que pierda de una vez contra Osasuna, y así disfrutará el doble del siguiente triunfo.

Bendita locura la nuestra

Se anunciaba frío polar y sensación térmica de seis bajo cero para el miércoles, 25 de enero de 2023, en Pamplona. La RFEF, la tele y quién sabe más y por qué, deciden programar el encuentro entre Osasuna y Sevilla para ese día a las diez de la noche, que es una hora estupenda para estar 90 minutos o más a la intemperie. Va acercándose el día y me olvido del frío, de la hora, de que es muy difícil aunque, oye, jugando en casa, ¿quién te dice que no pasamos? Leo por ahí que Osasuna ha disputado cinco semifinales de Copa del Rey en su historia: dos ante el Barcelona (1936 y 1988), una ante el Sevilla (1935), otra ante el Recreativo de Huelva (2002), y la última, la que nos dio el pase a nuestra única final, ante el Atlético de Madrid en 2005. La final ese año fue el 11 de junio, contra el Betis, que nos ganó en la prórroga y nos mandó para Pamplona con lágrimas por lo que pudo haber sido y no fue, pero henchidos de osasunismo y orgullo a más no poder. El Betis levantó el trofeo, equipo al que acabamos de eliminar en octavos de final, con prórroga y penaltis, a la heroica, yendo con el marcador en contra hasta rascar el empatico tras 106 minutos jugados y que daba opción en los lanzamientos de penaltis a lograr el pase a cuartos.

Y vaya si pasamos. Cuartos de final, partido único y por fin en El Sadar (donde, por el formato del campeonato y los sorteos, no jugábamos Copa del Rey desde el 12 de septiembre de 2018); el rival, otro sevillano, el Sevilla F.C. Ahí estuvimos 19724 almas encogidas de frío, de nervios y de ilusión, mucha ilusión. Porque estamos séptimos en Liga, y hace 8 años nuestro club estuvo al borde de la desaparición. Jagoba Arrasate es el capitán del barco y nos ha vuelto a ilusionar, ha creado en los últimos años una piña equipo-afición no conocida desde los tiempos en que era entrenador Martín Monreal, por lo menos. Si hay posibilidad de algo grande, es esta temporada.

Me preparé a conciencia las capas de la cebolla: mucha ropa y forros para no pasar frío, que no fue tanto como el que anunciaban, o quizá es que por dentro bullía una gran olla a presión. Solo quien siente los colores de Osasuna lo entenderá: nudos en el estómago los días previos, contando las horas el día del partido, ansiando que lleguen las 22:00. Ni las inclemencias ni todos los inconvenientes del mundo pueden echar atrás a esta afición; se logró una entrada considerable, a pesar de que los socios también tuvimos que pasar por taquilla.

La primera parte fue más del Sevilla, pero a pesar de su insistencia logramos llegar al descanso con la puerta a cero. En la segunda mitad los de Sampaoli asediaron a Sergio Herrera con tres ocasiones clarísimas rondando el minuto 60 de juego. En ese momento la mente está: tanto va el cántaro a la fuente… nos la van a clavar, nos hundiremos y como mucho igual logramos empatar a uno y forzar la prórroga. Pero llega el minuto 70 y Juan Cruz levanta la cabeza, mete un pase en profundidad a Rubén García, que centra al área para que Chimy Ávila baje el balón, se gire, controle y dispare y ¡¡¡¡gooooooooooooool!!!! Ya está, nos hemos adelantado en el marcador, quedan 20 minutos y se puede, ¡se puede!

Poco después, nos acordamos de toda Croacia, del «somos contentos» y de lo mal que tiene que estar pasándolo este hombre de pómulos marcados, Ante Budimir, para no salir de ese bucle de mala racha goleadora, porque no hay tutía y en los minutos 89 y 92 falla dos ocasiones cantadas, muy claras. En la grada nos desesperamos, era la puntilla, qué oportunidad perdida, porque sí, llegó lo más temido: gol in extremis del Sevilla. Minuto 95 (el árbitro había añadido 6 al tiempo reglamentario), y En-Nesyri nos clava un puñal en el costado. Todos pensando que nos íbamos a casa con el 1-0 y tan felices y había que jugar la prórroga.

Quién dijo que sería fácil: aquí no se rinde ni Dios. Cansancio, sueño, calambres: la grada se echa al equipo en la espalda, os vamos a llevar en volandas, no os preocupéis. Juega Abde, el chaval cedido por el Barcelona, el de «encara, encara, Abde». Pues voy y encaro, vaya que sí: minuto 98, el tío echa a correr, se planta delante de un defensa que habrá tenido pesadillas con él, se frena, dribla, chuta y ¡¡¡¡goooooooooooooool!!!! Ahora toca resistir, aguantar el marcador, no hay que permitir que vuelva a empatar el Sevilla. Cada posesión del rival se acompaña de pitidos y abucheos en la grada: hay que minarles la moral, que sientan que no van a poder con Osasuna: el pase a semifinales es nuestro, ya está, queda un minuto. Pitido final y Sergio Herrera, nuestro loco, le quita la bandera a un aficionado y la ondea por el césped hasta que se sale la tela del mástil. La grada enloquece, lo hemos conseguido; los jugadores se abrazan, lloran, cojean, no pueden más del esfuerzo, pero aún pueden correr hacia graderío sur para dedicar la victoria. Está lloviendo y son más de las 12 y media, es jueves y dentro de pocas horas muchos irán a trabajar con ojeras y una sonrisa más grande que el puente de Triana.

Las semifinales enfrentarán a cuatro equipos, y los cuatro pertenecen a sus socios: F.C. Barcelona, Real Madrid, Athletic Club de Bilbao y Club Atlético Osasuna. Sabemos que ellos nos quieren como rivales. Nosotros, a lo nuestro, porque toque el que toque no nos vamos a rendir. Ellos suman entre los tres 73 copas del Rey ganadas. Osasuna, ninguna. Sabemos que todos los equipos modestos del país están con nosotros, porque es la hora de los humildes, es la hora de hacer historia. Pase lo que pase, estaremos orgullosos. Porque somos Osasuna, y esto nunca va a morir.

La intolerancia por bandera

La víspera del Día de la Hispanidad tuvo lugar en Pamplona un encuentro de fútbol amistoso entre las selecciones femeninas de España y EEUU. El Sadar acogió el partido, que era de pago a 5 euros la entrada (y retransmitido por Teledeporte), a las 20:35 horas de un martes víspera de festivo. Fuimos 11.209 personas, cifra que bate hasta ahora todos los récords de asistencia a un partido de la selección femenina de fútbol como equipo local. Por dar una referencia, el último encuentro de Osasuna en El Sadar congregó a 20.260 espectadores.  

El evento fue posible gracias a la colaboración entre Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona y la Federación Navarra de Fútbol, aunque he de decir que no se le dio mucha publicidad. A pesar de ello, la entrada registrada es para estar contentos: el fútbol femenino parece que sigue arrastrando gente a los estadios, claro está que los precios populares también contribuyen a ello.

Había mucha gente joven en las gradas, y el ambiente fue de animación y respeto en todo momento. Los únicos insultos fueron los proferidos antes del partido por ciertos seres mononeuronales que se juntaron en el exterior del campo que creen de su propiedad a gritar “españoles, hijos de p***”. Días antes, estos mismos energúmenos o amigos suyos pintarrajearon su querido Sadar con el precioso mensaje de “p*** España, p*** selección”. Por supuesto, sacaron además su preceptivo comunicado de repulsa, infumable de principio a fin.  

Llevo 32 años yendo a El Sadar como seguidora y socia rojilla, y en todo este tiempo nunca (¡nunca!) hasta este martes 11 de octubre había visto banderas de España poblando las gradas, con la excepción de cuando viene afición visitante, y no siempre. Nadie insultó a nadie, y antes de que alguien diga que a ver a España solo van votantes de derecha, ultraderecha y cayetanos varios, allí estábamos gente de todo pelo, ¡hasta había gente con camisetas de Osasuna! Varios conocidos míos fueron también, y puedo asegurar que ni ellos ni yo respondemos a esa clasificación que muchos dan por sentada.

El Sadar, y especialmente en un sector de la grada, se llena todos los partidos de ikurriñas. Se ve también alguna bandera de Marruecos (por Abde) o de Argentina (por Chimy Ávila), y no hace mucho de Ecuador, por ejemplo (por Estupiñán). Nunca he llevado ninguna bandera al fútbol, solo mi bufanda de Osasuna, pero cuando veo estas y otras banderas no me hierve la sangre ni me entran ganas de insultar a nadie. Se llama respeto. Eso de lo que carecen muchos, que partido tras partido se ganan a pulso multas económicas que, por supuesto, paga el club, porque han insultado a grito pelao al equipo rival, a España, a UPN, a Javier Tebas o a la santa madre del árbitro.  

El odio no es innato, se aprende: lo tengo clarísimo. Te lo pueden inculcar en casa, en el aula o en el grupo de “amigos”. A veces se odia por inercia, por no ser separado del rebaño. Gritas puta España y luego te vas de vacaciones al Puerto de Santa María y te partes el culo porque qué graciosos son los gaditanos, pisha. Los que intentamos respetar a quien no opina como nosotros deberíamos empezar por afear ciertas conductas. Afortunadamente, hace tiempo que se oyen pitidos reprobatorios cuando estos amantes de la tolerancia sacan su lengua a pasear. Que luego animan como nadie, eso no lo discuto. Pero curiosamente aplauden a rabiar el día que la Liga dedica una jornada a reivindicar que no haya racismo en el deporte. Una vez más, el refranero es implacable: consejos vendo y para mí no tengo.

Ah, España ganó 2-0 y jugando muy bien, por cierto. Bravas. Y añado: el pabellón Navarra Arena ya ha acogido partidos de la selección de baloncesto, con gran afluencia de público. Espero que los combinados nacionales de cualquier deporte sigan viniendo a Navarra. Pese a quien le pese.


Superliga, o sea.

Pobrecitos de nosotros, qué mal nos va que estamos pringando pasta y con el estadio en obras y sin pagar. Ya no vendemos tantas camisetas desde que se nos fue CR7. Hay más gente viendo La isla de las tentaciones que las galopadas de mi querido Vinicius. La juventud prefiere el Twitch o el Tik Tok antes que tragarse 90 minutos con el añadido, las pausas de revisión del VAR y la de hidratación si hace calor. La reforma que promete la UEFA para 2024 nos va a pillar ya muertos, RIP. Menos mal que yo, tito Floren, tengo la solución. ¿Por qué me tengo que tragar un Levante-Real Madrid que aburre a las ovejas? Me voy a juntar con mis coleguillas millonetis de la élite balompédica y nuestros laureados clubes jugarán una Superliga que sí va a interesar a todo el mundo y va a dejar mucha pasta en las arcas blancas. Las ligas nacionales, si eso, para los pobretones. Y no nos salimos de la española por solidaridad y porque somos muy majos, que a ver qué va a hacer el populacho sin ver los pocos partidos decentes que les proporcionamos Madrid, Atlético y Barcelona.

Claro, Floren, claro. Si tienes razón. A un señor de Pozuelo o a una chica de Castrourdiales les vuelven locos el Manchester United o el Milan. Se saben la historia de todos esos clubes europeos que deslumbran con su fútbol, conocen sus plantillas, han pisado las gradas de los grandes estadios, los templos del fútbol con mayúsculas. La Champions League se os ha quedado pequeña, porque a veces la juegan equipillos del montón, y hasta que no llegan los cuartos o las semis no empieza lo bueno. En el fondo lo vuestro es magnanimidad y amor al prójimo. https://www.eurosport.es/futbol/superliga-europea-formato-funcionamiento-clubes-que-es_sto8279560/story.shtml

Lo dices tú, textualmente: «Una vez que tenemos el dinero, lo repartimos porque el fútbol funciona con solidaridad». Pues nada, el cheque ya nos lo mandas cuando quieras, a la atención de Luis Sabalza, que nosotros también tenemos que pagar la reforma del estadio; la diferencia es que hay dinero para ello. «La situación es muy dramática. No es normal que la gran mayoría de clubes modestos ganen dinero y pierda dinero el Barcelona, por ejemplo. Eso no puede ser». Ah, no, no, no, eso no. Hasta ahí podíamos llegar. A lo mejor los clubes modestos que tú dices no se gastan lo que no tienen, cuentan con una masa social fiel que no da la espalda a la segunda derrota consecutiva (ni a la séptima), y gestionan mejor que un club grande su patrimonio. A lo mejor sus jugadores no tienen inconveniente en bajarse la ficha cuando vienen mal dadas. El amor a los colores y esas cosas.

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«Hoy en día muchos jóvenes dicen que los partidos se les hacen largos (…). El mundo cambia. O no tiene suficientemente interés el partido o hay que acortarlos. Yo hay muchos partidos que no los aguanto». Floren, el fútbol es de los aficionados, y de eso tú tienes poco o nada. Fútbol es ver partidos aburridos de tu equipo, soportar derrotas ignominiosas y aún así no renegar de tus colores. Fútbol es abrazar a un desconocido gritando gol con todas las cuerdas vocales en tensión. Es un pasado con un padre o un abuelo que nos empezó a contagiar el gusanillo cuando no levantábamos ni un metro del suelo. Es llorar de alegría porque os habéis salvado de bajar a los infiernos. Es celebrar un córner en el minuto 92 porque sabes que ahora o nunca. Es sentir como de tu familia a Oier, Torres, David García o Moncayola. Es pasear por la Estafeta y gritarles a unos pelos al viento ¡aúpa ahí, Aridane! Es dar colorido a una grada, pulirse los ahorros para apoyar al equipo en Gijón, Sevilla, Vigo o Burdeos. Es planificar el fin de semana en función de a qué hora juegan los tuyos. Fútbol es todo lo que no propugna esa Superliga que te has inventado. Es soñar con lo imposible a base de esfuerzo y mérito. Es dejar que cualquiera pruebe, si lo ha merecido, las mieles de enfrentarse a los poderosos. Fútbol es que exista el «Alcorconazo» (lo siento, Floren, sé que escuece). Agradezco desde aquí a Valencia y Osasuna, que juegan mañana (y a otros equipos que harán reivindicaciones parecidas), porque van a lucir camisetas con el lema ‘Earn it’ (ganátelo). Dos palabras que resumen lo que opinamos muchísimos aficionados.

Los que tenéis tanto poder, Floren, podíais invertir vuestros esfuerzos en hacer que los aficionados podamos volver a nuestros estadios. Que la pandemia existe y hay que hacer muchos sacrificios, sí, pero el fútbol se ve y se disfruta al aire libre, y con un poco de organización y de voluntad ya se podía haber intentado algo. Que hay actividades más de riesgo que estar en una grada con separación y todo eso. A lo mejor es que os ha venido bien que no podamos estar, no lo sé.

No sé qué pasará con tu invento de hermandad universitaria yanqui. Pero recuerda que los empollones, los rezagados, los del club de ciencias y el de ajedrez, los que estudian con beca y malviven en un apartamento de 40 metros cuadrados podemos unirnos y despacharos de la liga. Id a vuestra mansión a celebrar fiestas pijas y a beber ponche, que nosotros nos vamos al bar de la esquina a beber cerveza fría y a gritar los goles de nuestro equipo. Aunque pierda.

Pasen por taquilla

     El 9 de febrero Osasuna se enfrentará al Real Madrid en el Sadar, en un partido declarado por el club rojillo como “medio día del club”, circunstancia que obliga a los socios que deseen ir al encuentro a pagar su correspondiente entrada, a un precio inferior al que pagaría el público general no socio. El partido ante el Real Madrid será Medio Día del Club
Parece que a algunos abonados de Osasuna la noticia les ha sentado como una rotura de ligamento cruzado. Argumentan que el club podría haber anunciado en la renovación de abonos que se iba a hacer “medio día del club”, y así haber cobrado por adelantado este partido a quienes lo deseasen. Ha sentado mal que se anuncie nueve días antes del encuentro. Si bien es cierto que en campañas anteriores Osasuna daba la posibilidad de incluir en el precio del abono de temporada el o los partidos de pago (Real Madrid y Barcelona, casi siempre), y esta práctica era habitual y resultaba cómoda para quienes acudimos a todos los partidos ya esté cayendo una nevada apocalíptica o tengamos que ir con muletas al estadio, no es menos cierto que hace bastantes temporadas que no se nos cobra un “extra” a los socios. Sea porque las últimas temporadas han sido un ir y venir de Primera a Segunda, sea porque el último año en Primera (temporada 2016-2017) no se celebró “día del club” como premio a la afición por el apoyo prestado en la campaña anterior, la del ascenso con Martín Monreal, sea porque el río Sadar pasa junto al estadio homónimo, el caso es que este año en que ha habido que fichar a última hora porque se nos ha roto la estrella (fuerza, Chimy), este año en que tenemos el campo en obras y hay que pagarlas, este año la directiva ha decidido, por estos u otros motivos, cobrar a los socios para ver al Real Madrid. Allá cada cual con su decisión: habrá quien pase por taquilla y compre su entrada, habrá quien no lo haga y prefiera gastarse ese dinero tomando unos pacharanes en el bar y viendo el partido en la tele; habrá quien se gaste el triple o más de lo que cuesta la entrada en pagar autobús, entrada, comida y bebida en algún desplazamiento más o menos lejano por ver a Osasuna; habrá quien no entienda además que al renunciar a comprar la entrada el club pueda disponer en consecuencia de su asiento para venderlo a alguien que sí esté interesado en ir al partido y no sea socio de Osasuna. Yo a esto no lo llamo traición ni pido que se lleve a los juzgados, como se ha insinuado en alguna red social. Lo llamo rentabilizar un asiento: si no lo ocupa el socio, vendo una entrada para que lo ocupe otra persona. El gran beneficiado es el Club Atlético Osasuna, no lo olvidemos.

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Si de verdad es el club de nuestros amores, no es tan grande el sacrificio económico pagar una entrada cuyos beneficios van a reportar una mejora económica a Osasuna. No son precios tan astronómicos para lo que se estila en otros campos. Cuando muchísimos aficionados acompañan al equipo a Bilbao, a Madrid, a Valencia o a Sevilla, mayores serán los gastos que tendrán que soportar, y lo hacen encantados porque su ilusión es ver al equipo (dicen que estamos locos de la cabeza, cantamos en el Sadar). También habrá quienes paguen la entrada para luego revenderla por treinta o cuarenta euros más y sacarse así un beneficio a costa de algún “merengue”. Todas las opciones son respetables.
Lo que no puedo entender es que haya gente que lapide a un equipo directivo que cogió en sus manos a un club desahuciado y en pleno escándalo por temas extradeportivos. Ellos, con sus aciertos y sus errores, han saneado el club y lo han vuelto a llevar a la élite deportiva. Algunos aficionados, en rebeldía ante la decisión de cobrarnos a los socios, están hablando ya de boicot y de protestas el día del partido. Un partido que debería ser una fiesta: no todos los años pasa por Pamplona el Real Madrid (o cualquier otro equipo de Primera). Nos acordaremos de esto cuando regresen (espero que tarden mucho en regresar) los años fatídicos de Segunda. No está muy lejos aquel partido de Sabadell. Ojalá estemos muchas temporadas teniendo que rascarnos el bolsillo porque vienen aquí a jugar los equipos grandes. A Fermín Ezcurra también se le criticó sobremanera cuando cobró a los socios mil pelas de entonces porque venía el Ajax de Amsterdam al Sadar (año 1991, eliminatoria de UEFA), equipo que acabaría ganando el torneo europeo. Si alguna vez volvemos a Europa, ¿también nos quejaremos si hay que pagar?

Como un cohete

Este no es un blog sobre fútbol, pero me van a permitir que, al igual que hice en una anterior entrada Soy rojilla desde que nací, y rojilla me voy a morir me salga un poco del guion.

El osasunismo se encuentra esta temporada exultante, rebosante de ilusión, orgulloso y, a ratos, incrédulo. No voy a hablar aquí de los puntos que lleva el equipo, de las estadísticas que va rompiendo a machetazos colocando récord tras récord en la historia del club. No voy a hablar de que se acerca el centenario de su creación, de los pocos puntos que necesita ya para certificar el ascenso directo -qué bien suena eso, as-cen-so di-rec-to-, ni del juego eléctrico, certero, técnico y táctico que ejecuta (gracias, Jagoba Arrasate).

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Si han leído hasta aquí es porque algo les interesa Osasuna. Y es que el fútbol, con todo lo que lleva aparejado, está en muchos sectores de la sociedad muy denostado, y no lo discuto. Pero Osasuna es más que fútbol. De hecho reconozco que no suelo ver muchos partidos que no sean los de Osasuna. No significa eso que no me guste ver jugar a otros equipos, pero ver a otros carece de chispa, de sentimiento, de ¡uy!, ¡ay!, ¡casi!, ¡noooo!, ¡eeeh!, y todas las interjecciones que se les ocurran.

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Que gane el mejor

Esta noche se disputa la final de la Copa del Rey entre el Fútbol Club Barcelona y el Sevilla Club de Fútbol. Como ninguno de los dos es mi equipo, veré el partido relajada y plácidamente. Los prolegómenos, ni tan relajada ni tan plácidamente.

Tuve la suerte de asistir el 11 de junio de 2005 a la final de la Copa del Rey que disputaron el Real Betis Balompié y el Club Atlético Osasuna en el estadio Vicente Calderón. Esa es la única final que ha jugado el equipo de mis amores, y además la perdió. Para los aficionados de un equipo humilde que nunca ha ganado ningún gran título, aquel día quedó señalado en rojo, como el rojo del escudo y de la camiseta. Fue una jornada de fiesta, para celebrar y disfrutar, y más allá de las diferencias sociales, culturales, ideológicas o de otra índole, aquel día todos los que estuvimos allí y quienes al otro lado de una pantalla vibraron con Osasuna íbamos remando juntos en la misma dirección. Éramos Fuenteovejuna: arquitectos y fontaneros, operarios y amas de casa, estudiantes y jubilados, dependientas e ingenieras, votantes de izquierdas y votantes de derechas. Una sola cosa en común: amor a los colores de nuestro equipo.

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Por haberlo vivido así es por lo que me resulta tan desconcertante la actitud de una gran parte de la afición barcelonista al pitar el himno de España, pero no es la única. En aquella final de Osasuna hubo un sector de la grada rojilla que pitó el himno. También hinchas del Athletic de Bilbao, en la final de 2015, hicieron retumbar el Camp Nou junto con los hinchas culés silbando en contra del himno. Con la de esta noche serán cuarenta las ocasiones en que el conjunto azulgrana ha disputado la final de Copa. El F.C. Barcelona juega en la Liga española, pertenece a la Federación Española de Fútbol; muchos de sus futbolistas juegan también en la selección española; entre sus socios, aficionados y simpatizantes hay gente de muchas nacionalidades y, por supuesto, gente de otras comunidades españolas. Sigue leyendo

Soy rojilla desde que nací, y rojilla me voy a morir

La primera vez que mi padre me llevó al estadio del Sadar fue el 7 de enero de 1990, y Osasuna venció al Real Oviedo por cuatro goles a cero. Eran los años en que los futbolistas aún no se depilaban ni llevaban cintas en el pelo. Se fumaba mucho más que ahora, o al menos esa era mi sensación de niña de nueve años rodeada de hombretones lanzando exabruptos atados a un puro humeante. Aquel equipo de sangre navarra en su mayoría, con Pedro Mari Zabalza al mando, el ambiente de gentío exaltado dejándose la garganta y las palmas de las manos, mi padre explicándome las reglas del fútbol, nombrando a los jugadores para que los fuese conociendo; todo ello me enganchó de tal manera que ya nunca dejé de ir a animar a Osasuna. Sigue leyendo