Todo ofende

La entrada que van a leer es un poco larga, pero se resume en la siguiente idea: vivimos tiempos en que la libertad se nombra y se encumbra como el bien supremo y, al mismo tiempo, se ve machacada cada dos por tres por nimiedades provocadas por quienes tienen la piel muy fina y se arrogan el poder de decidir qué está bien y qué no, cuales vigilantes morales prestos a señalar y vilipendiar a quien ose contravenir el pensamiento que ellos han dictaminado como el único, el real y moralmente válido. En pocas palabras: libertad sí, pero la que yo te diga.

Vayamos a lo concreto. Les voy a adelantar trabajo a los adalides de la nueva moralidad, que estoy viendo que son tantas las áreas que deben acometer, que no van a dar abasto: en lugar de decir «me pone negro cada vez que llega tarde y tengo que esperarle», hay que decir «mi aspecto físico se torna cambiante cada vez que llega tarde…». En lugar de decir «hija, se nota que has estado en la playa, qué negra estás«, hay que decir «hija, se nota que has estado en la playa, la melanina de tu epidermis está realmente potenciada».  No se puede afirmar «siempre lo ves todo negro, no seas pesimista», hay que decir «siempre tiendes a situar tus miras en el entorno de lo negativo, no seas pesimista». No diga usted «tengo la negra, no solo se retrasa el avión sino que me pierden la maleta»; diga «mi mala suerte experimenta una tendencia alcista, no solo se retrasa el avión sino que me pierden la maleta». Ya no cobrará nadie en negro: será dinero no declarado fiscalmente. Ah, y el tablero de ajedrez ya no albergará blancas y negras: mejor azules y naranjas, como en el Pasapalabra.

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Los Conguitos son racistas Conguitos responde a la polémica que acusa a la marca de racista. Los cosméticos que unifican el tono de la piel para aclararla son racistas L’Oréal retirará palabras como «blanco» y «claro» de sus productos

Ya todo el mundo a estas alturas sabe que HBO puso la diana en Lo que el viento se llevó, que está en su parrilla de programación, por las protestas sobre su contenido racista. Mucho se ha comentado ya al respecto. Los defensores de la moral racial y de la corrección política tienen trabajo a espuertas si pretenden revisar y censurar toda producción cinematográfica, pictórica, literaria, etc. hecha en y para occidente desde los tiempos prehistóricos hasta hoy. Porque sí, amigos, todos los males mundiales viven a este lado del planeta: el capitalismo, el patriarcado bla, bla, tienen la culpa de todo lo que nos pase.

Pero volvamos a lo concreto, que me voy por los cerros de Úbeda (y que no se enfaden los oriundos de otros hermosos lugares que también tienen cerros). Todo el mundo sabe, cambiando de asunto, que las voces humanas son distintivas de cada persona, que ninguna voz es igual a otra y que, por la voz, se puede saber el color de la piel, el país de origen, qué ha desayunado la persona dueña de esa voz y si vota por un partido u otro. Ah, que no. Que estas últimas cosas no están determinadas por  la voz, ¿dicen ustedes? No es lo que parece al leer cosas como esta: Los personajes de los Simpson serán doblados por actores de su misma raza. Me pregunto de dónde hay que ser para doblar a unos personajes que son casi todos amarillos… Quieren visibilizar la diversidad racial con medidas así y, a mi modesto entender, están acentuando las diferencias. Si estamos de acuerdo en que todos los seres humanos somos iguales y que no importa el color de la piel ni dónde hemos nacido, etcétera, no entiendo ese interés en que el actor que doble a un hindú tenga que ser de esa procedencia. Quizá se esté rechazando así, no lo sé, a magníficos actores que no dan el perfil porque, fíjate tú, han tenido la mala suerte de no haber nacido de un determinado vientre (como si eso se pudiese elegir, igual que poner en el currículum francés hablado y escrito nivel alto). Otro cuestión es cuando en las audiciones para una película hay un papel para un personaje, pongamos, de origen africano (porque es vital para el guion y para entender la historia), y los actores que no son de origen africano no se presentan para ese papel, por razones obvias. Y todo el mundo lo entiende. Pero me temo que ya no veremos pelis de mafiosos, de narcos mexicanos, sobre esclavitud, sobre la antigua Roma (pérfidos, con las atrocidades que hacían), sobre cualquier hecho histórico susceptible de escocer a esta gente de piel fina.

Y de una serie mítica a otra: La creadora de «Friends» pide perdón por la falta de diversidad racial en la serie. Resulta que Monica y Ross Geller son judíos, este último tuvo una novia asiática y otra negra (por iniciativa del actor que daba vida a Ross, según leí). Joey venía de una familia numerosa de orígenes italianos, el padre de Chandler era transexual. La exmujer de Ross es lesbiana y con pareja. Todos los estereotipos están tratados desde el respeto y en pro del humor. Para ser una serie de los noventa, yo creo que de diversidad estaba bien surtida. Cosas de casa (Family matters, en inglés) es de esa época y no hay un solo personaje blanco, caray, qué desfachatez. Como todo el mundo sabe, las series de ¡ficción! deben reflejar fielmente la realidad. Por eso los chicos de Friends son atractivos treintañeros sin demasiados problemas económicos, con piso en el centro de Manhattan, pasan el día tomando café en el Central Perk o piscolabis en el piso de Monica, o jugando al billar en casa de Joey y Chandler. La pura realidad, vamos. Igual que nuestras series: todo el mundo ha ido a un instituto igualito al de Al salir de clase o Compañeros. ¡Venga ya!

Basta ya de poner en tela de juicio lo que ha ocurrido en el pasado. Basta ya de censurar las obras y a sus autores, de buscar discriminación donde no la hay. Dejen de mirar con lupa lo que ocurrió hace siglos con la mentalidad actual, y no nos hagan pedir perdón por lo que hicieron antepasados y gobernantes que llevan siglos criando malvas.  Dejen de inmiscuirse, de agobiar, de estrujar las creaciones de otros; de retorcer el lenguaje y querer evitar que llamemos a las cosas por su nombre. Cultiven más el sentido del humor, la caricatura libre y sin miedo pero con respeto. Dejen tranquila la libertad que tanto nombran y tanto constriñen. 

 

El aula en casa

El curso escolar más extraño de nuestras vidas está a punto de terminar, y aún no sabemos de qué manera será el siguiente. No voy a comentar nada, no sea que vuelva el «donde dije digo, digo Diego», tónica general de cualquier ministerio que se precie. Cuando sepamos realmente las ratios, la obligatoriedad o no de llevar mascarilla, y qué es eso de grupos convivientes en el aula, igual, no lo sé, me dará por opinar algo, aunque no sirva de nada.

Lo que quiero en realidad con esta entrada es romper una lanza en favor de un colectivo generalmente infravalorado e incluso vilipendiado, más aún si cabe en el reciente confinamiento y cuarentena de la era covid-19: los docentes.

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Volverán (relato librero)

Durante el confinamiento, la editorial Nórdica puso en marcha un concurso literario llamado «Relatos libreros», invitando a sus lectores a crear un homenaje en forma de relato a las librerías y los libreros, que vivían tiempos inciertos al no poder abrir. El texto ganador sería sobreimpresionado en una bolsa de tela con la imagen de Nórdica, y el autor del relato premiado recibiría varias bolsas en su casa, así como un lote de libros de Nórdica. ‘Instrucciones para salvar el mundo’, el relato ganador del 1er Concurso de Relatos Libreros

No he ganado, pero me divertí pensando mi relato, y aquí os lo dejo para que lo disfrutéis, que es gratis:

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VOLVERÁN

Los pobladores de Negro Sobre Blanco llevaban un tiempo esperando con paciencia y asomándose tras sobrecubiertas y tapas de cartoné, preguntándose unos a otros qué se hizo de los dedos que recorrían sus habitadas páginas antes de que alguien se decidiera a comprarlas. Algún avispado personaje alertó a los demás cuando descubrió, horrorizado, que ni siquiera los libreros estaban presentes ya. No es un inventario, les advirtió. Estarían aquí, y no veo ni oigo a nadie. Ha de ser fuerza mayor, jamás nos abandonarían. Pero volverán, lo sé.

¿Los lectores también? –preguntó una niña desde la página contigua.

Claro, los buenos libreros siempre van acompañados de buenos lectores.

 

De respeto, educación y normas

Algunas personas estaban mejor confinadas y no esparciendo su mala educación en las horas establecidas, las no establecidas y las inventadas. Para lo poco que salgo, cuántas maldades veo.

Todo empezó el 26 de abril, primer día en que los niños podían salir a pasear con un progenitor, una hora al día, no más de un kilómetro desde su domicilio, y entre las 12 y las 19 horas. Abro la ventana y veo la plaza de abajo llena de gente, con padres haciendo corrillos, sin guardar distancia, mientras sus niños juegan con los del vecino compartiendo balón y quizá algo más. Paseando, no muchos. Los días sucesivos la historia se repite, aunque poco a poco va tomándose conciencia del uso de la mascarilla y la distancia preceptiva. En este tiempo me he encontrado casualmente en la calle y en dos días diferentes con dos conocidas, sin mascarilla ambas, y les hablé de lejos, no las besé ni toqué. Noté extrañeza en su mirada pero, qué quieren que les diga, me da igual.

Continuamente veo guantes y mascarillas tirados por la calle, amén de bolsas de basura apiladas junto a contenedores que deben de estar ahí de adorno, porque parece que cuesta mucho trabajo introducir los propios desechos por la abertura.

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Hay personas a las que, de repente, les da apurillo apartarse como si el prójimo fuese un apestado. ¡Y es que a lo mejor el otro sí es un «apestado»!Que vaya alguien por la acera y le rebasen viandantes sin mascarilla, ciclistas o corredores que no se apartan lo más mínimo para evitar riesgos de contagio, sin inmutarse ni pedir disculpas, me hace pensar que, una de dos, o son unos desconsiderados, o son considerados de más porque no quieren que los tachen de misántropos. En cualquier caso, mal.

Mal no, peor, es manifestarse por el motivo que sea abarrotando calles y favoreciendo que los hospitales vuelvan a desbordarse. Si el motivo es ensalzar a un asesino, entonces la temeridad, además de sanitaria, es de índole moral. Pero ahí ya no entro.

O la gente tiene una grave falta de comprensión lectora, o reinterpreta las normas según su conveniencia. Sabemos que leer el BOE es mortalmente aburrido, pero es que ni siquiera hay que pasar ese trance: cualquier noticiero, periódico, página web o incluso influencer nos puede poner al día de manera más concisa y clara. Si luego ya «adaptamos» la norma, así nos va. Niños a las 9 de la noche por la calle, octogenarios a las ocho, adolescentes en grupo sin distancia ni mascarilla, terrazas atestadas que no cumplen la normativa.

A nadie le gusta estar privado de tantas libertades como teníamos antes de esta pandemia. Pero no hay que olvidar que mi libertad acaba donde coarto la del otro. Listillos podemos ser todos, pero es mejor ser listos, no listillos, para que toda esta pesadilla acabe, para que no haya más contagios, para dejar que el personal sanitario se recupere física y mentalmente, para que puedan seguir abiertos los comercios y no nos vuelvan a confinar. Nunca antes la solidaridad, el buen comportamiento y la empatía habían sido tan importantes. Y de todo eso, algunos están muy faltos.

Siento un hormigueo

Microrrelato presentado al Certamen 4º peldaño Escalera de San Fermín (blogsanfermin.com)

“¿Por dónde vamos ahora?” Habían dejado atrás una pronunciada cuesta, y el camino torcía ligeramente a la izquierda hacia una plaza desierta, tan desierta como todo lo recorrido desde que partieron. El silencio era avasallador; la reina tenía razón y la suya había sido una gran idea: aquella era la mejor época para hacer esa excursión. Llevaban años planeándola, fue siempre su ilusión, pero los riesgos eran grandes. No podían exponerse a perder efectivos, ya que siempre había sido una zona muy concurrida. Hacerlo de noche tampoco era una opción. Así que ahí estaban, cumpliendo un sueño, y juntas como la gran familia que eran. En cabeza, la reina las guiaba. Ni siquiera ella sabía por qué, de repente, ningún zapato amenazaba con acabar con la colonia. Era como si los humanos hubieran caído en un sueño eterno como el de la princesa del cuento.

“Ya estamos en la curva de Mercaderes”, anunció la reina. Las hormigas sonrieron y gritaron al unísono: ¡Ya falta menos!

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Vecinos nuevos

El siguiente texto es un relato que mandé a la editorial Mueve Tu Lengua, que organizó un pequeño certamen a través de sus redes sociales durante estos días de confinamiento. No resultó premiado, pero me han regalado un vale de descuento para comprar libros suyos. Lo pongo aquí, especialmente dedicado a las personas mayores, a nuestros pueblos vacíos y vaciados, a nuestro hermoso país lleno de encanto en cada piedra, y a la esperanza de que saldremos adelante.

VECINOS NUEVOS

Volvía de dar su paseo matinal cuando Avelina se detuvo a pocos metros de su casa y contempló aquel descomunal camión de mudanzas. Lo siguió con la mirada: el camión continuó subiendo un poco más la cuesta y giró a la derecha. Avelina recorrió el mismo trayecto, y pronto vio el camión detenido frente a la casa donde en tiempos vivieron Antonio y Brígida. Junto al camión había otro vehículo grande, de tipo familiar, en el que no había reparado hasta ese momento. “Vecinos nuevos, alguien ha comprado la casa”, pensó.

Se aproximó más y pudo ver a un niño de unos diez años mirando lo que parecían unos cromos –una buena colección que a duras penas podía sujetar en sus pequeñas manos- y a una niña cuatro o cinco años más pequeña que sostenía una muñeca de pelo largo y rubio mientras daba saltitos sobre una pierna. La pequeña reparó en Avelina, mientras el que sería su hermano cambiaba de mano un cromo tras otro. La niña estaba mirándola fijamente y acabó por esbozar una sonrisa.

-Hola. Te pareces a mi abuela, que se fue al cielo.

La anciana le devolvió la sonrisa, metió la mano en el bolsillo de su bata y le tendió a la niña un caramelo de naranja. “Tienes una muñeca muy bonita. ¿Qué le pasó a tu abuelita?”.

-Cogió el coronavirus. Mis papás están ahí dentro sacando nuestras cosas.

Entonces, de la casa de piedra salió una pareja que pasaba de los cuarenta. Se notaba a la legua que venían de ciudad. La mujer se acercó a Avelina. “Hola, buenos días. ¿Es usted de aquí, del pueblo?”.

Hechas las primeras presentaciones, pasaron unos pocos días y los nuevos vecinos fueron entablando relación con los cuatro gatos que vivían aún en el pueblo, entre ellos Avelina. Las tardes soleadas que aún le quedaban al verano las pasaban los dos niños correteando por las cuestas, persiguiendo pájaros y jugando a nombrar todos los futbolistas de los cromos de una temporada inacabada. Su madre era sobrina-nieta de Antonio y Brígida, y propietaria de la casa y de un terreno que pertenecieron a sus tíos.

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La vida en la ciudad se había vuelto complicada. Además del desconsolador aspecto laboral, estaba el emocional. Los niños –y también los padres- necesitaban el contacto con la vida más pura y libre. Abrirían en la enorme casa un alojamiento rural, pues tenían habitaciones de sobra.

Venían de dejar atrás muchas lágrimas e incertidumbres, pero bajo aquel atardecer estival aún podían sonreír viendo a sus hijos jugar felices.

“¿Y aquí no tuvieron ningún contagio?”, le preguntaron un día a Avelina. “Ninguno. Somos muy de cuidarnos. Y estamos acostumbrados a estar solos”.

“Bueno, ahora estamos nosotros”, le dijo la mujer a Avelina poniéndole la mano sobre la rodilla.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando los pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora «podemos» llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, lo están sobrellevando muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a «hacer recados».

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que me estoy saltando el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.

Lista de buenos propósitos

El 4 de abril, día de escalera sanferminera, la página Blogsanfermin recibió decenas de relatos tras lanzar unos días antes la iniciativa de que todo el quisiera escribiera relatos de no más de 204 palabras y que tuvieran algo que ver con la mítica frase «ya falta menos». Los relatos los harían llegar al Complejo Hospitalario de Navarra para entretener a los pacientes y trabajadores. Envié dos, y uno de ellos ya ha salido publicado, así que lo comparto también por aquí:

Lista de buenos propósitos

Para comer pintxos en lo viejo. Para abrir una caja de garroticos y unos boletos de la tómbola. Para volver a la niñez con un cucurucho de Nalia. Para subirnos al quiosco y contemplar nuestro salón repleto de vida. Para unas compras por la calle Mayor y un concierto en Condestable. Para disfrutar de las vistas desde el Caballo Blanco. Para embobarnos con el remozado claustro de la catedral. Para un paseo por la Vuelta del Castillo y un rato de charla sentados en la hierba. Para unas cañas en una terraza, pero una terraza de las que tienen camareros, no la terraza del ático, que de esa ya estamos más que aburridos. Para un rato en los columpios de la Plaza de la Cruz. Para un trago de agua fría en la fuente de Recoletas. Para contemplar las aves de la Taconera. Para chutar un balón en el verde de Yamaguchi. Para cantar un gol en el Sadar. Para volver a ser libres. Ya falta menos.

Croqueta de mi amor

(No se me tenga en cuenta el nivel de locura, es por el confinamiento. No se me tenga en cuenta tampoco el plagio a Espronceda en el verso 10. No creo que se levante de la tumba, aunque todo puede ser…)

 

De huevo, pollo o jamón,

y crujiente rebozado,

tu interior bien amasado

me ha ganado el corazón.

 

Manjar eres de los pobres;

de las sobras, solución.

Chiquitilla o croquetón,

tapa reina en los fogones.

 

Te adoran los paladares

del uno al otro confín

cuando en la barra por fin

te reponen en los bares.

 

Las mejores, las caseras,

de jugosa bechamel,

las preparan a granel

nuestras queridas abuelas.

¿Qué diría Freud?

Siento ser tan pesada, que no hace más que tres días de mi último escrito, pero me he despertado con un sueño palpitando en las meninges, tan real y a la vez tan imposible, que he sentido como si me estuviese ocurriendo de verdad.  He pasado el sábado y el viernes viendo a ratos un maratón en directo en YouTube de mi serie favorita, cuyos protagonistas son tres patrulleros. Quizá por eso en mi sueño éramos tres también. Ya se sabe que lo que vivimos tiene incidencia directa en los sueños. Y tantos capítulos seguidos habrán influido en mi subconsciente, intuyo. Eso sí, en mi sueño no íbamos a salvar la historia ni cruzábamos puertas del tiempo.

En el sueño estaba yo con dos amigos, un chico y una chica de mi edad, que son también amigos entre sí. Se intuía que habíamos quedado para comer, porque recuerdo imágenes sentados en un bar y con comida en la mesa, y luego hubo sobremesa, charla y hasta chupitos. Después me vienen unas escenas extrañas de nosotros tres viendo una especie de performance a cargo de una mujer joven. Sobre un césped algo mal cuidado, ella iba colocando tablones, ramas, hierbas y diferentes elementos naturales, y afirmaba estar representando una escuela. La gente, igual que nosotros tres, se agolpaba alrededor intentando desentrañar el significado de la disposición de los elementos, y a nosotros nos entraba la risa -quizá por los chupitos de antes- y acabamos quedándonos al final de la representación para hablar con la mujer artista, que amablemente nos iba explicando el significado de su obra.

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Después dábamos un paseo. En los sueños, los lugares suelen recordarnos a sitios reales aunque no se parezcan en nada. Pues en este sueño, las calles eran claramente las de Pamplona. No calles en particular que fueran reconocibles e inconfundibles, pero sí el entorno: el embaldosado, incluso; la altura de los edificios, la anchura de las aceras. Todo ello señalaba claramente hacia Iturrama o San Juan: Pío XII, Sancho el Fuerte, toda esa zona. Por ahí andábamos, en amena conversación, y recuerdo que atravesamos también los pasillos de una biblioteca pública: entrar y salir, como quien dice. Luego nos recuerdo sentados en un banco de esos con listones de madera verdes. Era una tarde de cielo encapotado, y se puso a llover estando nosotros sentados en el banco. Abrí mi bolso y saqué uno de los ¡tres paraguas plegables! que llevaba. Aquí viene otro motivo onírico -e irónico-: tenía tres paraguas pero solo saqué uno, lo abrí y nos juntamos los tres, ahí sentados, bajo el mismo paraguas, riéndonos como los amigos se ríen, abiertamente, en confianza y perfecta sintonía.

De pronto, de las ventanas y balcones que nos circundaban, salía la gente y se oían aplausos. ¡Son las ocho!, dije yo. ¡Ostras, que no se puede estar en la calle! Sí, esto pasaba en mi sueño. Aclaro una cosa: mientras paseábamos y ocurría lo que he contado antes, no habíamos estado solos en ningún momento, había más gente por la calle. Pero fue como si, al llegar el aplauso sanitario, nos hiciéramos conscientes de que no teníamos que estar ahí. Así que, metidos los tres bajo el paraguas, nos levantamos del banco y caminamos hacia las paradas de villavesa que nos iban a llevar a cada uno a su casa, y nos entraba el miedito de qué excusa íbamos a poner si nos paraba la policía. Recuerdo claramente ir caminando por la acera del hotel Tres Reyes desde la calle Navas de Tolosa, y cómo mi amiga me decía señalando con el dedo: ¡por ahí viene tu villavesa! (por la zona del Rincón de la Aduana).

Ahora viene un momento genial: di a cada uno de mis amigos un abrazo profundo, intenso, tan real que, si no es porque estaba soñando, juraría que nos lo dimos de verdad. «Bueno, hay que quedar otro día, ¿eh?» En la siguiente escena estoy yo en la parada de villavesa (mis amigos ya se han ido), rodeada de gente que también va para casa (y todos vamos sin mascarillas ni nada, ¡a lo loco!) sacando la tarjeta del bus del bolso mientras reparo en el teléfono móvil, que no he mirado en toda la tarde. Abro los mensajes y tengo un millón entre mi marido y mi suegra, que hablan alarmados entre sí porque nuestra hija pequeña, que debía de estar al cuidado de la abuela esa tarde, está con 40 de fiebre.

Lo adivinan: ahí me he despertado.

PD: prometo que no me he inventado nada. El sueño ha sido tal y como lo he contado. Empiezo a pensar que si esto dura mucho más acabo en el psiquiátrico.

PD2: la villavesa es como se le llama tradicionalmente al autobús urbano en Pamplona. Su nombre viene de Villava, localidad limítrofe con Pamplona, cuna del gran ciclista Miguel Induráin. 

PD3: mañana mis hijos y yo cumplimos un mes, ¡un mes!, de confinamiento. Como miles y miles de personas, no piensen que me creo especial. Pero quería recalcar el dato. Un mes. Feliz domingo.