Qué pelos

Hay cabelleras que se nutren más que algunas personas: manteca de karité, aguacate, cebolla roja, miel, aceite de jojoba, eucalipto… Los champús del mercado son de una variedad apabullante en cuanto a ingredientes, propiedades y precios. A todo esto, me topé el otro día con un vídeo en el que cambiaban, editando su imagen, el tipo de peinado a famosas de ayer y de hoy, y era sorprendente cómo algunas aparentaban más o menos edad en función del estilo de su pelo. Si nos paramos a pensarlo, nuestro cabello -o la ausencia de él en muchos casos- nos dota de personalidad, mal que nos pese. Y si no, que se lo pregunten al portavoz del Partido Popular, Miguel Tellado, a quien la ministra María Jesús Montero describía como «el que tiene menos pelo» porque no recordaba su nombre La MINISTRA MONTERO habla de la CALVICIE de TELLADO y él le REPROCHA «NO ESTAR A LA ALTURA» | RTVE No vamos a explicar aquí qué hubiera pasado de suceder esto a la inversa, pero no nos desviemos del tema.

No conozco a nadie a quien le encante su pelo, a nadie que no tenga un pero o un conque: el color, el grado de lisura o rizo, el encrespamiento, el volumen, si le crece más o menos deprisa, si se le cae mucho o si tiene muchísima cantidad y no lo puede domar. Creo que nos quejamos más veces al día de nuestro pelo que del tráfico o de lo cara que está la cesta de la compra. Y lo siento, chicas, me estoy refiriendo en especial a nosotras.

Y es que, cómo somos, ¿eh? Tanto nos quejamos que incluso en inglés hay una expresión específica, y si no me creéis, vayámonos al diccionario Cambridge:

Traduzco: mal día de cabello (informal): un día en el que no te sientes atractivo, especialmente a causa de tu pelo, y todo parece ir mal. «Estoy teniendo un mal día de cabello». Confieso que he visto muchísimas veces una película que no pasará a la historia del cine por sus virtudes para el séptimo arte pero que a mí me saca siempre una sonrisa y me entretiene, y es Miss Agente Especial (año 2000; Miss Congeniality en su versión original). La protagonista, interpretada por Sandra Bullock, es una agente del FBI que no se preocupa en absoluto por su imagen personal, y usa al principio de la cinta esa expresión, bad hair day. En realidad su pelo tiene una mala década, añade ante la mirada estupefacta del maravilloso Michael Caine, que tiene ante sí el arduo reto de convertirla en toda una miss para que pueda infiltrarse en el concurso (perdón, beca de estudios) de Miss Estados Unidos. Miss Congeniality – bad hair day

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Presiento que mi pelo, por cierto, está entrando en una mala década. Nunca tuvo una época de esplendor, la verdad, lo tengo lacio y escaso, y de un color indefinido: ni castaño, ni rubio, ni de un color fácil de describir. Siendo muy muy pequeña lo tuve muy rubio, ay. Ahora me están empezando a salir canas, y aunque son todavía pocas y cobardes contemplo cómo poquito a poco se van haciendo más numerosas y visibles, las muy canallas. Y es injusto, muy injusto para las mujeres, porque los hombres con canas tienen buena prensa: interesantes, misteriosos, atractivos, con poso, con conversación; te llevan al teatro, a tomar un vino y a charlar sobre el cine de Kubrick. Maldita sea, y a nosotras se nos mira mal si no nos teñimos o nos damos unas mechitas que cubran esa ignominiosa blancura. Una mujer con canas y en chándal es el summum del descuide. Si es la reina Letizia da igual, eso es chic y crea tendencia. Pero las mujeres mortales y del pueblo llano no vamos a la compra vestidas de Caprile o de Pertegaz y con maquillaje de revista, me temo.

Total, que en breve debería pasar por la peluquería a cortarme las puntas, y la gran duda es si me lanzo al pozo sin fondo del tinte o las mechas, porque eso lo veo como abrir una bolsa de patatas fritas, que una vez que empiezas ya no puedes parar. Por otro lado me pica la curiosidad: ¿cómo se verá mi cabello con dos colores, el mío y el encanecido? En fin, el tiempo lo dirá, y mientras van multiplicándose los pelillos blancos tengo aún margen para decidirme.

Acabo disculpándome por este ejercicio de vanidad y superficialidad, pero a veces está bien salirse de lo profundo o lo serio y pasarse al lado rosa de la vida. Rosa como la prensa rosa, me refiero, la misma que nos muestra los peinados de las famosas que luego queremos imitar y nos quedan fatal. Cuántas peluqueras en los noventa habrán imitado con sus tijeras el corte de Jennifer Aniston, por poner un ejemplo. Actriz que, por cierto, sigue luciendo una melena envidiable a sus casi 55 años (los cumple el 11 de febrero).

Me vuelvo a disculpar. ¡Que alguien me exorcice, llevo dentro a María Patiño!

Feliz año nuevo

Mi abuelo vivía el momento de las uvas de nochevieja como un rito inaplazable, venerable y ancestral, de vital importancia para empezar bien el año y no tener mala suerte. Le encantaba Ramón García, y este año que el bilbaíno ha vuelto a la televisión pública no estaba él para verlo. En cuanto en la pantalla salía el reloj de la Puerta del Sol nos mandaba callar a todos: ¡shhh, que va a empezar, calla!, y mi padre siempre le contestaba que tranquilo, hombre, que ya sabemos que es un momento de gran importancia, que todavía están presentando y contando lo de los cuartos, que es lo de todos los años y ya nos lo sabemos.

Recuerdo las nocheviejas de mi infancia y juventud en casa de mis abuelos, cenando en el salón las primeras veces y en la habitación del fondo los últimos años hasta que mi abuela ya estuvo muy mayor para ejercer de anfitriona y trasladamos las celebraciones navideñas a casa de mis padres. Cuando era pequeña poníamos en la televisión a Martes y Trece, años después a Cruz y Raya, recuerdo cuando pasó lo de la teta de Sabrina; jugábamos al chinchón, reíamos, cantábamos, bailábamos incluso, y no faltaba nunca alguna llamada de otros familiares para desearnos feliz año nuevo. El móvil era un objeto que no existía y no ocupaba manos ni mesas, así que todavía la gente se llamaba por el teléfono fijo, el único que había. Muchas nocheviejas mi hermana y yo nos quedábamos a dormir en esa casa, tras la cena y las uvas, y aquellas noches en casa de los abuelos -y las de reyes, y las de muchos sábados- forman parte de mis numerosísimos momentos felices. Fuimos creciendo y, tras las doce uvas, empecé a salir con las amigas disfrazada. Aclaremos una cosa: en Pamplona nos disfrazamos en nochevieja desde hace 41 años. Una de esas nocheviejas, hace 21, conocí al que es mi marido, pero esa es otra historia.

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Esta última nochevieja (la de la cortina de ducha de Cristina Pedroche y la joya robada que no fue realmente robada; la de la futbolista emporedada y el traje fucsia de un sesentón de Bilbao), estábamos jugando tan a gusto a un juego de mesa cuya partida empezó alrededor de las once que de pronto vimos la hora en el reloj del microondas y rápidamente pusimos la tele porque eran las 23:58. Las uvas estaban preparadas en platitos desde hacía un rato, menos mal, aún teníamos tiempo. Tardamos unos segundos en decidir qué cadena poner, y tras un breve zapeo que acabó dejando el canal ETB, la televisión pública vasca, vimos que iban por la novena campanada en Euskadi. Será porque no quieren seguir el rollo a los españoles, pensamos. Cambiamos a la primera cadena y ahí estaba Ramontxu terminando de decir feliz 2024. Anda, pues resulta que el reloj del microondas va con retraso, mamá.

«Abuelo», dije mirando al cielo (al techo), «contigo no nos habría pasado esto, cagüen diez». Ha sido la vez que más despacio he masticado las uvas. Prisas pa qué.

De recuerdos que olvidamos recordar

Organizar las fotos familiares desde que nadie usa cámaras analógicas y acumulamos miles de instantáneas en el móvil es, para mi gusto, una tarea titánica a la par que aburrida. Mi padre hizo hace un par de meses limpieza de la galería de su teléfono, y se fue a una tienda a imprimir un buen montón de fotos. Unas cuantas eran para mí, y me las tendió dentro de un sobre de gran tamaño. Aquí ando desde entonces reorganizando los álbumes de fotos que ya se me antojaban objetos de un siglo pasado.

En casa de mis padres siguen estando los álbumes con las fotos de mi infancia; siempre me pareció que estaban muy desordenados, pues en la misma hoja (de esas con adhesivo y una lámina de plástico) podían convivir fotos mías en pañales con otras de preadolescente. Una vez que me mudé empecé a rellenar mis propios álbumes, con fotos del noviazgo, de vacaciones en pareja, con amigos, en salidas y excursiones, y años después con las fotos de la boda, los primeros años de casados, nuestros hijos… Eran años en que llevábamos una cámara Canon sencillita a todos los viajes y eventos diversos, y aunque el carrete de fotos estaba en desuso, aún había que ir a revelar esas fotos que entonces contenía la tarjeta de memoria que se insertaba en la cámara. Confieso que aún guardo de esas tarjetas en casa y no tengo ni idea de qué contienen, seguro que fotos ya impresas en su momento. A veces se traspasaban las imágenes de la tarjeta de memoria a un CD, y eso nos parecía la repanocha.

He detectado una laguna de tiempo sin fotos en papel: de mi hijo mayor hay imágenes impresas dentro de su correspondiente álbum, y luego se produce un salto temporal tras el que ya aparecen fotos impresas de mi hija pequeña con cuatro o seis años, supongo que de alguna otra vez que hicimos limpieza de móvil. Pero de ella bebé no tengo, así que deduzco que la llegada de los teléfonos inteligentes influyó para que le hiciéramos muchísimas fotos y no imprimiéramos casi ninguna. A mí este desbarajuste me produce cierta desazón. Me he puesto manos a la obra y quiero rescatar de esos pozos inmensos de olvido y recuerdo (Google Fotos, Amazon Photos y otras nubes) algunas fotos que me faltan para completar la sucesión cronológica, aunque ya sepa de antemano que no las voy a colocar en su sitio ni en el orden correcto, porque eso implicaría quitar y poner, volver a quitar y volver a poner. Mi paciencia es abundante pero tiene límite.

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He mencionado antes esos pozos de olvido y recuerdo; evidentemente las fotos son recuerdos de nuestro pasado y del pasado de otras personas que han transitado por nuestra vida. Y evidentemente de muchas de estas personas no nos harían falta fotos para recordarlas para siempre. Digo que son pozos de recuerdo, pero también de olvido. Porque una vez hecha la foto con el móvil y archivada en algún lugar (el propio móvil, un disco duro, un pendrive o la nube), está abocada al olvido si no tenemos un álbum de papel, con sus tapas y sus hojas con fundas. Qué pocas veces nos da por abrir un archivo informático del tipo que sea para ver fotos, y qué placentero y fácil es, en cambio, hojear un álbum repleto de fotos, aunque estén desordenadas.

Me hace gracia que se llame nube a ese espacio virtual ilimitado e incorpóreo donde dejamos nuestras fotos y hasta nuestros documentos y archivos. Así define nube el DLE en su octava acepción:

8. f. Inform. Espacio de almacenamiento y procesamiento de datos y archivos ubicado en internet, al que puede acceder el usuario desde cualquier dispositivo.

Me hace gracia, decía, porque uno suele andar por las nubes cuando es despistado o soñador y no se apercibe de la realidad (y hay que ver sin embargo, caray, cómo nos damos cuenta de la realidad al ver una foto nuestra y comprobar cómo nos han tratado los años). Una nube es efímera y va a merced del viento, y se deshace o se destruye o se hace más grande según cambia el tiempo. Una nube digital es todo lo contrario, porque tiene intención de durabilidad y fiabilidad, contiene muchísima información y es todo lo tangible y estable que se puede ser mientras no se hunda el internet global y se colapse el mundo, el universo y el metaverso y todo eso. Nube es muy poético, pero no parece un término muy acorde.

Qué tiempos, en fin, en los que todas nuestras fotos cabían en un librito. Si nos propusiéramos imprimir todas y cada una de las que almacenan nuestros teléfonos y cachivaches tecnológicos, no habría sitio suficiente en casa para guardar tanto álbum. Es bonito ver recuerdos, y más bonito aún que una simple instantánea toque nuestro cerebro y descargue de la memoria momentos, personas, sonidos, voces, olores, risas. No hay mayor nube que el corazón.

Gastos de gestión

Algo tan sencillo como comprar billetes de tren en la página oficial de Renfe puede resultar desesperante. Escribes en el buscador Renfe billetes; introduces la estación de origen, la fecha, el número de pasajeros; después la estación de destino, la fecha de regreso, etc. Hay que rellenar los datos personales de todos los viajeros: nombre, apellidos, DNI, teléfono, si se le aplica algún descuento… El siguiente paso, después de haber elegido el horario de tren de entre los que ofrece el sistema y el tipo de billete (normal o con cancelación), toca introducir la forma de pago. Y aquí vienen el llanto y el tirarse de los pelos.

Después de poner el número de tarjeta de crédito y todos sus sacramentos, le das a validar y tras unos pocos segundos aparece el mensaje: «Se han encontrado los siguientes errores: No se puede continuar con la venta (U010)». Y no, no es problema de tu cobertura, ni te has quedado sin datos, ni has tardado demasiado en completar todos los datos requeridos, ni estás sin saldo en la tarjeta, ni le has dado al botón equivocado, ni se ha caído internet, ni Putin ha boicoteado las redes. Nada de eso. Es un problema mucho más simple y crematístico.

Según explica la propia Renfe, la compra de billetes por su página web o su aplicación móvil tiene un recargo de 0. Nada. Gratis. Solo pagas por el viaje, nada por la gestión. Si compras las billetes en alguna de las máquinas de autoservicio que hay en las estaciones o bien llamando por teléfono al servicio de venta de Renfe, la gestión te costará un 3,5 % del precio de los billetes. Y si vas directamente a ventanilla, a la taquilla de la estación de origen, el recargo será de un 5,5 % sobre el precio de los billetes. Por ese módico precio te atiende una persona de verdad detrás de un cristal; imagino que el cristal lo ponen para no recibir ataques furibundos de los sufridos viajeros.

Como ya estarán adivinando, ni la web ni la app de Renfe funcionan. Parece que funcionan, pero no logras completar el pago. Lo vuelves a intentar y sigue dando error. Yo llamé, inocente de mí, a un teléfono de Renfe para explicar lo que me estaba sucediendo y ver si podían arreglar ese fallo informático que no era tal en realidad. La teleoperadora, después de pedirme todos los datos del viaje en cuestión, me informó del importe que tenían mis billetes. Por supuesto, la cifra que me dio era superior a la que me aparecía en la página web antes de producirse el fallo que no era tal. Exactamente un 3,5 % superior. Le respondí que no había llamado para comprar billetes sino para que me solucionaran lo del error con internet, y colgué.

El final de esta historia es que me terminaron apuñalando con el recargo más alto, el de ventanilla. Por un poco más decidí ir a la estación a comprar los billetes, ya que de haberlos adquirido por teléfono hubiera tenido que ir igualmente allí a sacarlos impresos por la máquina. Mi compra tuvo el correspondiente 5,5 % de comisión, pero no me fui sin rellenar una hoja de reclamaciones.

Esa es otra: pedí la hoja y me hice a un lado para cumplimentarla. Era un papel de esos dobles, donde se calca en una segunda hoja lo que escribes. Me despaché a gusto (en el escaso espacio que había para escribir) contra la ineficacia de la venta por internet en pro de cobrar comisiones a todo hijo de vecino. Asumo que le eché bastante cara al asunto cuando vi que se quedaba libre una de las empleadas de ventanilla y le dije al señor que tenía el turno que me dejara entregar la hoja de reclamaciones ya que solamente me tenían que dar una copia. Recordemos que era papel de calco: una de las hojas era para Renfe y la otra para mí. El señor mencionado no dijo nada, pero otro caballero que estaba en la fila un poco más atrás empezó a echar pestes porque me había colado.

De nada sirvieron mis argumentos: a ver, que acabo de estar en ventanilla, que yo también he hecho cola antes pero quería entregar esta hoja de reclamaciones. Que me da igual lo que vayas a entregar, vuelves a hacer la cola como todo dios. Pongan esto último en su cabeza con voz gritada. De energúmeno.

(Mientras tanto, la empleada de Renfe se había llevado mi hoja a una fotocopiadora. ¡A una fotocopiadora de velocidad supersónica! No sabía que se tardaba tanto en hacer una fotocopia, ¡una!, porque el tiempo que dedicó la muchacha a hacer esa fotocopia se me hizo un mundo, creo que el parto de mi primer hijo fue ligeramente más breve).

Mi desesperación por explicar que ¡yo solo quería un cuño! y ¡no sé para qué la fotocopia si es papel de calco! terminó conmigo saliendo de la estación con mi copia en la mano, mi yugular sobresaliendo en mi cuello y varios pares de ojos desorbitados y cabreados clavándose en mi nuca mientras salía por la puerta de cristal. Pasé un mal rato, lo reconozco, pero lo volvería a hacer si es necesario.

Derecho a la pataleta, lo llaman. No servirá de nada, pero es que menuda vergüenza, Renfe, Ministerio de transportes, movilidad y agenda urbana, presidente-del-gobierno-en-funciones. Pero luego no cojas el coche, ¿eh?, que contaminas.

Admitido

Al acabar la primaria, un niño tiene en Navarra tres opciones para estar escolarizado en un centro de secundaria.

Una es continuar en el mismo centro educativo, si este cuenta en su oferta con educación secundaria obligatoria. Los centros concertados suelen recibir al alumnado con 3 años y lo despiden cubierto de acné con 16 (acabada la ESO) o con 18 (tras el bachillerato).

Otra es ejercer su derecho a plaza en el instituto adscrito a su colegio: los centros públicos tienen «adjudicado» un centro de secundaria por cercanía o por similitud curricular (modelo lingüístico, por ejemplo), y en principio el alumnado cuyo colegio es un centro adscrito tiene prioridad para estudiar en ese centro de secundaria. Es decir, acaban sexto en su colegio y pasan al instituto que le corresponde a su colegio, que es adonde, en principio, irá la mayoría de sus compañeros. Sobra decir que la decisión acerca de qué instituto le corresponde a cada colegio no está en nuestras manos, queridos, sino en las del departamento de Educación.

Y la tercera vía es optar, a través de una solicitud dirigida al departamento, a que el alumno estudie en un centro de secundaria que no es el que le corresponde. Dicha solicitud requiere enviar en plazo cierta documentación, y pobre de ti si se te pasa ese plazo.

Optando por esta tercera vía, sobreviene un periodo de incertidumbre, peor que cuando estábamos esperando si la UEFA dejaba a Osasuna jugar la Conference. Las plazas que oferte el instituto objeto de nuestros deseos (o institutos, ya que se pueden consignar hasta seis en orden de preferencia) se conceden, de manera preferente, a alumnado con necesidades educativas especiales, y además, como he dicho, a alumnado procedente de centros adscritos. Si después sobran plazas libres, se conceden a los solicitantes teniendo en cuenta un baremo con diferentes criterios puntuables.

Los criterios en cuestión responden a situaciones familiares (familia numerosa, monoparental, víctima de violencia de género…), económicas (nivel de renta), geográficas (puntúa la cercanía del domicilio con el centro o la cercanía del lugar de trabajo de uno de los progenitores con el centro educativo), de coincidencia (tener hermanos en el mismo centro o uno de los padres trabajando en él), etc. Habiendo empate a puntos, se sigue el orden alfabético a partir de las letras que salieron en un sorteo público realizado ad hoc. El listado de admitidos se ordena por puntuación según baremo y atendiendo a este sorteo de letras.

No existe ningún criterio académico en el baremo; un expediente brillante no tiene ninguna importancia. Curioso esto de que, por ejemplo, alguien que ha aprobado la primaria a trompicones tenga más puntos que otro alumno de nueves y dieces solo por contar, por ejemplo, con un hermano mayor en el centro al que quiere entrar.

En marzo hicimos la preinscripción por la «tercera vía». En junio y julio salieron listados de admisión, y mi hijo quedó siempre en lista de espera. No teníamos otra opción que matricularlo en el centro de referencia, que no era de nuestro agrado por diferentes motivos. Capítulo aparte merece el hecho de que los días para hacer la matrícula fueran, exclusivamente, el 5 de julio en horario de oficina y el 6 de julio hasta las 11:45. Los de Pamplona sabemos cómo está el ambiente por esas fechas, ¿verdad? Pobre de ti si se te había ocurrido irte de vacaciones coincidiendo con esos días. Y no, no había más días para hacer la matrícula, qué te habías creído.

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En fin, llegó septiembre y, aunque las listas de espera seguían teniendo vigencia y aún podía ocurrir cualquier cosa, nos habíamos hecho a la idea de que el día 7 nuestro hijo iba a empezar secundaria en un centro que teníamos que aceptar con resignación y todo el optimismo posible. El mismo día 3 fui con mi hijo de casa al instituto para que se aprendiera el camino y las paradas de autobús.

Pero tres días antes del inicio de las clases recibí la llamada, justo un día después de esa pequeña excursión para enseñarle el camino al instituto al que ya no iba a ir. Se habían producido vacantes en el centro de nuestra elección, y me preguntaban si estábamos interesados en formalizar allí la matrícula. Si me hubiera tocado la lotería no me habría puesto tan contenta, creo yo. No olvidaré nunca ese lunes.

Mi reflexión sobre todo este periplo es la siguiente. A pesar del final feliz de la historia, me pregunto a qué cabeza cruel se le ocurrió tener a multitud de familias toda la primavera y casi todo el verano pendientes de si la lista se mueve, de si el departamento le llama, de a qué centro van a ir los compañeros de colegio de su hijo, de si tendrán que hacer malabares con los horarios, de cómo llegar todos los días al instituto, con coche, sin coche, con autobús, villavesas, a pie, etc. Mi solidaridad también con las familias que, inocentemente, creyeron que tenían plaza asegurada en el instituto que les correspondía y que, sin embargo, se han quedado fuera a pesar de tener preferencia para entrar, simplemente porque el departamento no ha abierto más líneas en ese centro y ha habido más demanda que oferta. Hasta en la prensa ha salido esto, con firmas y firmas de las familias afectadas.

Expulso con una sonrisa un gran suspiro de alivio porque todo ha terminado bien para nosotros. Pero envío desde aquí un tirón de orejas virtual a todo aquel con competencias para darle una vuelta a todo este proceso de admisión de locos.

Feliz curso nuevo.

Plaza de la Cruz

La emblemática y céntrica Plaza de la Cruz de Pamplona está viendo últimamente cómo crece el número de sus defensores ante la amenaza del cemento y el taladro percutor. Para quienes no lo sepan, hay un proyecto de aparcamiento subterráneo que afectará a calles aledañas y que acarreará, además de meses de obras, la tala de una cincuentena de árboles con su consecuente pérdida de sombra y aire limpio. Las plazas de aparcamiento para coches, cerca de 350, cuestan 32.000 euros cada una, y tienen una concesión para 75 años (las de moto son 45 plazas a 1.500 euros). En principio están pensadas para resolver el problema de aparcamiento de vecinos y comerciantes. Por lo que se aprecia en las protestas y concentraciones, pocos vecinos y comerciantes están de acuerdo con que les toquen la plaza y su entorno. Las malas lenguas hablan de intereses inmobiliarios (¿viviendas céntricas para alquileres turísticos con su correspondiente placita de garaje?); la gente de a pie habla de especulación. ¿Quién puede pagar 32.000 euros para aparcar? Los comerciantes tiemblan al pensar en echar el cierre, pues se está hablando de casi dos años de obras con el ruido, el polvo, las molestias y la pérdida de clientes que todo eso conlleva. Adjudicada la construcción del aparcamiento subterráneo de la calle Sangüesa, cuyas obras comenzarán este verano

La Plataforma No Parking Ez de la Plaza de la Cruz solicita al Defensor del Pueblo que medie con el equipo de Gobierno de Pamplona para paralizar las obras

Esta semana pasé por la plaza: hay carteles en los troncos de los árboles que ruegan «no me tales». En la pared de una caseta de obra han colgado dibujos, muchos dibujos, y algún poema, llegados de toda España y de más allá de nuestras fronteras. La calle Sangüesa ya está vallada y cortada al tráfico, han retirado algunos bancos y pronto empezarán, si no lo han hecho aún, con la tala de árboles de ese lado de la plaza. Hasta el momento han sido varias las concentraciones de protesta que cuentan, cada vez, con más participantes. Los vecinos alzan la voz contra el parking de la calle Sangüesa

Estudié el bachillerato en el instituto que contempla majestuoso el paso de la vida por una plaza que acoge sin problema a los niños que juegan en el parque, los ancianos que pasean a la sombra de sus árboles y se toman un descanso en los bancos de madera, o los jóvenes que ríen sentados en los respaldos de esos mismos bancos. En los recreos de primero, segundo, tercero de BUP, la plaza nos esperaba a los estudiantes para comernos el almuerzo y descansar de matemáticas, historia, latín o química. Guardo muy buenos recuerdos de aquellos años, y me entristece pensar en los actuales estudiantes y los que entrarán nuevos en septiembre cuando tengan que soportar todo el curso las incomodidades de tan ingente obra.

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Quienes somos de aquí no podemos evitar acordarnos de otro aparcamiento que trajo consigo tanta o más polémica: el de la Plaza del Castillo. Hace ya veintidós años de aquello, y aunque un aparcamiento tan céntrico viene bien en muchas ocasiones (no es de plazas en propiedad, sino de rotación y se paga por minutos), nadie que conociera la antigua Plaza del Castillo podrá decir hoy que prefiere la actual a la de antes, con su denso arbolado y aquel suelo de mosaico cuajado de guijarros. https://www.noticiasdenavarra.com/navarra/2021/07/31/20-anos-pasado-enterrado-pamplona-2125912.html

Cuesta creer en la necesidad del aparcamiento de la Plaza de la Cruz estando tan próximo el de la avenida Carlos III, peatonal desde hace años y por cuya reforma y conversión en aparcamiento subterráneo también se llevaron a cabo diversas protestas. La avenida de Galicia, muy cercana a la Plaza de la Cruz, era el emplazamiento que primero se pensó, allá por 2008, para la construcción del aparcamiento. No sabemos el motivo del cambio, pero a buen seguro que el dinero que algunos se llevarán por ello está detrás de esta ubicación, de la adjudicación de las obras y de la venta de las plazas. Es curioso cómo desde las instituciones nacionales (y europeas) se insiste tantísimo en vetar el tráfico rodado en los centros de las ciudades, fomentando el carril bici, los paseos o el transporte público, pero al mismo tiempo aparecen proyectos urbanísticos de este calado que tienen como eje central el coche. Para qué es un aparcamiento subterráneo si no es para los coches. Una mejora de las comunicaciones facilitaría que paseantes, visitantes y dueños de comercios pudieran acceder a la Plaza de la Cruz desde sus respectivos domicilios sin falta de llevarse el coche. ¿No se trataba de eso, de amabilizar las ciudades? ¿Qué hay más amable que un lugar de sombra, de tranquilidad, rebosante de tiendas, de bares y de vida?

A quienes nos gobiernan les tira más el cemento gris, las jardineras horrendas y que desaparezca el comercio de barrio. Al parecer.

Dejo por aquí el enlace a Change.org por si alguien quiere aportar su firma en contra de esta construcción (o destrucción). https://www.change.org/p/no-al-parking-de-la-plaza-de-la-cruz-y-a-la-tala-de-m%C3%A1s-de-50-%C3%A1rboles

Dejo también un vídeo que he encontrado en el que se puede ver cómo es la actual Plaza de la Cruz https://www.youtube.com/watch?v=Bg2_l5R5_1U

Carne a la parrilla

Disculpen mi ausencia, el verano me ha enganchado con sus zarpas sudorosas y me tiene dando tumbos entre mis propias vacaciones y las de mis hijos, y aún no sé cómo he aterrizado ya en finales de julio después de lo que me costó atravesar las procelosas aguas (casi arenas movedizas) de un junio y final de curso agotadores que parecían no tener término.

Ando fijándome estos días en las pintas que llevamos todos cuando el termostato nos pide mucha agua y poca tela. De ropa, me refiero. A las chiquillas y moceticas les ha dado por recortar los vaqueros a la altura del glúteo: es importante que asome por el bordillo el mollete, y si la tela está deshilachada, mejor que mejor. La combinación con botas camperas es lo más: el culete asomado a la ventana pero los pies bien abrigados, aunque la versión con chancletas «de dedo» también abunda. Cada una de las camisetas egeberas XXL que nos poníamos a finales de los ochenta, con serigrafía de Danone, Chambourcy o Naranjito, daría, por su tamaño, para fabricar cuatro o cinco tops de los que llevan ahora las muchachicas: un escueto cachito de tela para cubrir lo justo del tetamen, y el abdomen al aire, que luego se les enfriará la cena y tal, pero tiene que vérseles el ombligo y si este lo llevan agujereado, mejor que mejor.

Los mocetes van uniformados con bañadores de colorines, cuanto más cuelgue la tela mejor (y con calzoncillo debajo, muy higiénico todo), y camisetas de fútbol de equipos random (como dicen ellos). Vamos, que da igual que vivan en Calzadilla de los Barros porque llevarán una cami de la Roma, el Manchester City o el PSG, haciendo patria. Que no falte en el atuendo un par de auriculares bien grandes y sin cable, que lo mismo sirven para no oír a la madre gritarles que salgan ya de su cuarto que para hacer aterrizar un avión en la pista de la T4.

Pero lo que me inquieta más es lo que se ve en la piscina-barra-playa. Ahora pueden convivir señoras tapadas de pies a cabeza con mujeres de quince, veinte o cuarenta y cinco años que van enseñando literalmente el culo. Vamos, que la tela del biquini está tan escondida que se adivina el color porque suponemos que hará juego con la parte de arriba. Porque no se ve, solo hay nalgas. Que será que me estoy volviendo muy carca, pero digo yo: si vas enseñando todo así de alegremente, ¿qué dejas a la imaginación? Al conocer a una persona, sobre todo si te atrae a primera vista, se supone que hay que ir levantando capas: conversación, personalidad, la mirada, los intereses comunes, un proyecto de vida… Ya habrá tiempo de verse en pelotas, ¿no? ¿O es que con este método enseñas el culo y así, si hay interés, ya vendrán a hablar contigo? Y te mirarán a los ojos, claro, no al escote que irá acorde con la nalga temblequeante.

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Con tanto enseñar cacho ha llegado la moda -o la necesidad- de taparse con camisas muy grandes para viajar en el metro. Para lucir palmito en verano, exponiendo más carne que vestido, hay que correr el riesgo de que un tío asqueroso se arrime a ti en exceso o, peor aún, a ese tío o a varios que le acompañan se les vayan las manos donde no deben. En París debe de ser muy común llevar en el bolso una camisa (subway shirt) que tape bien las curvas que a algunos cavernícolas les parece que pueden tocar a su antojo: Cubrirse con camisetas grandes: la última moda entre las parisinas para evitar agresiones en el metro Me parece muy triste, hablando en serio.

En fin, hay ropa preciosa para esta estación del año: vestidos estampados, faldas de todas las larguras, pantalones cortos, monos, camisetas de tirantes, camisas de lino, sombreros que protegen del sol y dan un toque de sofisticación… Yo es que veo la ausencia de ropa de algunas y me tiro de los pelos, perdónenme. Quizá sea envidia sana, pero también les digo que si tuviera veinte años menos -y diez kilos menos- pues… pues tampoco: no me atrevería a lucir pata negra (en mi caso blanquísima) tanto como las chicas de ahora. Juventud, divino tesoro.

Operación Esperanza

Que una persona logre sobrevivir perdida en la naturaleza varios días o una semana ya me parece una proeza. Pero que cuatro niños aguanten vivos 40 días en la selva colombiana y sin demasiados recursos materiales resulta, a mis ojos occidentales y urbanitas, un guion hollywoodiense de una cinta de aventuras o directamente un milagro del cielo. No tardará Netflix o cualquier otra empresa audiovisual en crear un documental o largometraje basado en la historia de los hermanos Mucutuy.

Así es Lesly, la niña de 13 años que cuidó de sus hermanos en la selva

Los niños rescatados en la selva amazónica esperaron ayuda cerca del avión durante cuatro días

Aquí, en el mundo de cemento y hormigón, vivimos rodeados de gente muy joven que no sabe que existía el listín telefónico, que no sabe leer un mapa ni qué es una escala; gente que apenas ha utilizado un diccionario y mucho menos una enciclopedia por tomos. Cualquiera de nosotros ya no da indicaciones para ir a un lugar, sino que envía la ubicación por WhatsApp. Miramos al cielo y no reconocemos las constelaciones, ni dónde quedan el norte y el sur; la dirección del viento no nos cuenta nada de nada, las mareas solo nos interesan si vamos a plantar la toalla en la playa, y todos los árboles nos parecen eso: árboles sin nombre ni apellidos. No hablemos ya del canto de los pájaros, que no distinguimos una tórtola de un gorrión. Solo las personas muy vinculadas al mundo rural tienen algún tipo de habilidad para desenvolverse en la naturaleza.  

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Pero es que la selva son palabras mayores, no es un bosque con mariposas y ardillas. La abuela de los niños rescatados con vida, indígenas de la etnia huitoto (me encanta la palabra), parece ser que les había enseñado los fundamentos indispensables para una supervivencia exitosa en un medio tan hostil. Lesly, la mayor, sabía dónde obtener agua, qué comer o cómo refugiarse, y mis hijos no saben ni manejar bien un cuchillo para trocear una patata. La fortaleza y el buen instinto de la niña mayor, de solo trece años, me parecen increíbles, y sus decisiones y liderazgo resultaron determinantes para que esta historia haya tenido un final casi feliz. Digo casi porque la mamá falleció a consecuencia del accidente de la avioneta donde viajaban, pero allá donde esté observará orgullosa a sus pequeños.

Tengo ganas de sentarme con mis hijos a ver Náufrago, película protagonizada por Tom Hanks y que, a bote pronto, me ha venido a la cabeza por tratarse de otra historia de supervivencia, apta además para todos los públicos. Otra peli muy famosa es Lo imposible, en la que un tsunami real como la vida misma destruye todo lo que encuentra a su paso: esta galardonada cinta no he sido capaz de verla todavía, no creo que pudiera soportar la angustia. El milagro de la selva colombiana me ha hecho reflexionar acerca de lo verdaderamente importante y de cómo difieren las prioridades según el entorno y nuestras circunstancias personales y familiares. De nada nos iba a servir saber hacer un trámite de la administración con la clave permanente, manejar una hoja de Excel o los mandos de la Nintendo si sobreviniera un desastre que nos sacara de nuestra comodidad y nos obligara a puramente sobrevivir. No me apetece nada comprobarlo, pero supongo que mi instinto de supervivencia lo tendré más que atrofiado. Ni cantando por Mónica Naranjo sonaría creíble el sobreviviré. Siempre podría entonar el Color esperanza de Diego Torres, aunque me estuviera comiendo los mocos. Quizá al desafinar el agua de lluvia me surtiría de agua potable en caso de necesitarla.

Lo que no te mata te hace más fuerte (#cuestióndealma)

Más de un mes soñando con ir a Sevilla, esa ciudad de color especial y olor a azahar. Nervios de punta por encontrar alojamiento y no dejar la cuenta a cero, sumando el medio de locomoción, la entrada al estadio, comida, bebida, atuendo. Más de 900 kilómetros separaban Pamplona de la sede de la final, pero la distancia y la incomodidad de tener que viajar tan lejos -teniendo que pedir días de vacaciones y tirando de calculadora para llegar a fin de mes- no consiguieron amedrentar a los 25.000 rojillos que nos dimos cita en La Cartuja.

En sus 102 años de historia, Osasuna solo ha disputado dos finales. He tenido la suerte de haber presenciado ambas, y no por televisión, sino in situ. Entre una y otra han pasado 18 años, y en ese tiempo el club ha crecido muchísimo deportivamente y en masa social. También es cierto que hace tan solo ocho años estuvo al borde de la desaparición si no hubiera sido porque el agónico empate a dos en Sabadell nos permitió permanecer en segunda división para ascender un año después (2016), volver a descender a segunda en 2017 y regresar a primera como campeones de segunda división con Jagoba Arrasate, en 2019. Cuatro años llevamos en primera desde entonces, y el de Berriatua ha hecho crecer a Osasuna como nunca, imprimiendo un estilo de juego que arraiga en la forma de vivir el fútbol de ese Sadar renovado que conserva aún la esencia de los indios de Alzate, pero con detalles técnicos y fútbol directo y de calidad, de presión y segundas jugadas.

Lo vivido en Sevilla no se puede expresar con palabras. Ver las calles inundadas de camisetas rojas y buen ambiente invitaba a soñar, por qué no, con la victoria y el primer título de nuestra historia centenaria. Algunos sevillanos preguntaban si se había quedado alguien en Pamplona o estaban todos allá. Los camareros aprendieron a preparar kalimotxo y hacían el agosto en mayo, sorprendidos por la capacidad de ingerir alcohol de muchos navarros. Más de uno entró en el estadio sin voz, pero aún quedaba lo mejor. Poco a poco se fue llenando todo el fondo sur de camisetas rojas. El delirio fue in crescendo cuando salió Roberto Torres al stand de televisión, y siguió creciendo cuando Edu, nuestro speaker, fue cantando la alineación titular. Cada nombre iba seguido del apellido -o cada apellido del nombre- en un rugido unísono que hacía retumbar el cálido aire hispalense, puro coliseo romano. Después llegaría el riau-riau más multitudinario cantado en un estadio de fútbol, baile de bufandas al compás. Y casi con la última nota, el gol del Madrid a los dos minutos.

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Los fantasmas empiezan a aparecer por las mentes: nos van a golear, no puede ser, están como flanes, el Madrid no juega finales, las gana. Todo el planteamiento táctico se desmorona si te marcan a los dos minutos, pero Osasuna supo rehacerse y fue de menos a más. El éxtasis llegó con el trallazo de Lucas Torró, el pulpo de Cocentaina, que metió un golazo para la historia y lo celebró dedo en alto, como Aloisi en el Calderón, allá en 2005. Es imposible no sentir un cosquilleo viendo el gol, la celebración y la reacción de la grada. Grité, abracé a mis padres, a la pareja de jóvenes de mi derecha, al de la fila de abajo que estaba a su vez abrazando a su colega. Salté, reí, soñé: quizá sí. Pero no duró mucho la alegría.

Tras el 2-1 los minutos corrían como Usain Bolt por la pista de atletismo, como la tapada por césped artificial en ese intento de estadio de fútbol llamado La Cartuja. Osasuna lo intentó hasta el final, lástima esa de Kike Barja que no pudo rematar porque Carvajal metió el pie, o antes la de Abde que sacó también Carvajal. Osasuna llegó a disparar más veces a puerta que el Madrid, pero el fútbol puede ser muy injusto. El pitido final cayó como un rayo fulminante en los corazones rojillos, se acabó.

Ver a mi equipo roto por no poder corresponder a su afición es algo que no voy a olvidar nunca. Muchos lloraron, a mí me faltó poco, pero recogimos los pedazos de la desilusión (que no decepción), y con la cabeza muy alta seguimos alentando a Osasuna, ese club humilde de presupuesto ridículo comparado con el del club madridista. En una unión perfecta, jugadores, cuerpo técnico y aficionados nos aplaudimos los unos a los otros con el alma ensanchada porque nuestro pequeño club se había hecho enorme. Había demostrado que se puede jugar de tú a tú a un megaequipo millonario plagado de títulos como el Real Madrid. Hicimos perder el tiempo a Courtois, desquiciamos a Vinicius; más de media España estaba con nosotros, demostramos que el sentimiento por unos colores puede ser más grande y tener más valor que todos los trofeos del mundo. Ahí estaba la afición del Madrid casi en silencio contemplando otra copa más. Y ahí estaba esa grada roja sonriendo a pesar de todo, subcampeones de Copa pero ganadores de todo lo demás. De la diversión, el disfrute, el apoyo incondicional, el saber perder, el compañerismo, el sentimiento de pertenencia.

Llevo tres días (el partido fue el 6 de mayo) sin parar de ver vídeos en internet; vídeos de las calles de Sevilla, del recibimiento al autobús del equipo (tremendas imágenes, pelos de punta), vídeos del partido, declaraciones de jugadores, de Jagoba, de Braulio, del presidente Sabalza; vídeos del riau-riau, del gol de Torró, de gente que no conozco saltando como loca en una grada que casi se viene abajo, valla rota incluida.

Pocas cosas nos unen a los navarros como este club. Osasuna nunca se rinde. Y algún día levantaremos un trofeo de metal con inscripción y lazos y todo eso. Pero nuestro mejor trofeo ya lo tenemos desde hace 102 años, y se llama osasunismo.

(La etiqueta que Osasuna ha utilizado para los días previos a la final y durante el propio partido y los días posteriores fue #CuestiónDeAlma).

Manifiesto iracundo

Manos oscuras nos manejan desde las alturas del poder, económicas, ideológicas y, me atrevería a decir, satánicas. Pero ya estoy más que harta. Y si no escupo la bilis se me va a enquistar, así que ahí va (advierto de que llevo tiempo acumulando rabia e impotencia, y acompaño mi texto con enlaces a noticias relacionadas con lo que cuento):

No me vais a encerrar de nuevo en casa, venga la pandemia que venga. No vais a convertir nuestra existencia en perímetros de 15 minutos ni a limitar nuestra movilidad, y por ende, nuestra libertad. Qué son las ciudades de 15 minutos que quieren aplicarse en España No voy a comer insectos, gusanos o bichos que se arrastren, no soy ni Timón ni Pumba. Italia separará la harina de insecto de otros productos en los supermercados (bravo por Italia, por cierto). Nadie va a hacer que me sienta culpable por conducir mi coche de gasolina para irme de vacaciones siete días al año mientras millonarios, jefes de estado y jetas de todo pelo surcan el cielo en sus jets privados megacontaminantes. Los famosos que más contaminan con sus jets privados

No me gusta Gretha Thumberg, creo que solo es una niña histérica manejada cual marioneta, y creo que se silencian muchas voces de científicos y expertos que no entran en la nómina de estómagos agradecidos que sueltan el discurso que interesa a los gobiernos. Y me resulta sospechoso que se culpe al cambio climático de una nefasta o más bien inexistente política preventiva contra los incendios. Desde que los adalides del ecologismo prohibieron la intervención del hombre y del ganado en los montes, estos son un terreno perfecto para que prenda la llama. Pero qué van a saber cuatro aldeanos sobre limpiar el monte, mejor señores trajeados a los que se les llena la boca de sostenibilidad, políticas verdes y lucha contra el cambio climático. Mantener el medio rural vivo ayuda a prevenir los incendios

Mis hijos son míos y de su padre; somos su padre y su madre, no su progenitor no gestante y su progenitora gestante. La Ley Trans también cambia el Código Civil para eliminar «madre» y «padre» e incluir «personas» o «progenitor gestante» Mis hijos son míos, repito, y como su madre tengo derecho a educarlos según mis convicciones. Son niños y no permitiré que se sexualice prematuramente y perniciosamente su vida. Montero: «Los niños tienen derecho a saber que pueden tener sexo con quien quieran» Tampoco permitiré que los hagan cuestionarse si se sienten niño, niña o alpargata de esparto. El fácil acceso a la pornografía no es la única aberración contra la que luchar como padres, lo es también la ideología de género. “Los jóvenes y la pornografía”: Informe revela cómo los adolescentes interactúan con la pornografía

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Soy hembra heterosexual, y el sexo biológico es o masculino o femenino, y lo marcan los cromosomas. Las tendencias sexuales son otra cosa, respeto la libertad de cada uno para sentir atracción o no sentirla por otro hombre, otra mujer o una piedra. Pero no voy a tolerar que se nos borre a las mujeres y que anulen nuestras conquistas porque señores con rabo digan sentirse mujeres. Vergüenza me da que un ministerio se gaste diez mil euros en un estudio que concluye que «las mujeres trans sufren más tabú sobre la menstruación que el resto de mujeres» Igualdad gasta casi 10.000 euros en concluir que las mujeres trans sufren más tabú sobre la regla que el resto de mujeres. Porque no, las mujeres trans no son mujeres y, por tanto, no menstrúan, por lo que no pueden, aunque quieran, sentir tabú por algo que sucede exclusivamente en el cuerpo de la mujer. Sin ovarios ni endometrio no hay menstruación. Y lo digo amparada por mi libertad de expresión, ya puede decir la ley trans lo que quiera sobre transfobia o patatas fritas.

El deporte de competición debe seguir manteniendo las categorías masculina y femenina, o no habrá igualdad de oportunidades. Irene Aguiar en Twitter: En dos minutos: lo que pasa con el deporte en doce leyes trans autonómicas. Y sí, hombres y mujeres somos diferentes biológicamente: nuestros cuerpos están diseñados para objetivos diferentes, nuestras capacidades son diferentes -ni mejores, ni peores, diferentes-, y en esa disparidad está la clave del éxito, porque somos complementarios. Ni las mujeres debemos masculinizarnos ni los hombres afeminarse. Las 12 diferencias biológicas entre hombres y mujeres

No aguanto el buenismo ni lo políticamente correcto. No se puede censurar una obra literaria porque puede ofender: Los “lectores sensibles” reescriben a Agatha Christie: sus novelas no tendrán más “negritos” ni “orientales”. De los «ofendiditos» estoy más que hasta el gorro, ya hace tiempo que hablé de este tema: Perdona nuestras ofensas

Tener hijos no puede compararse con tener un perro. En nuestro país hay llamativamente más mascotas que niños menores de quince años. En España hay el doble de mascotas que niños menores de 15 años Y sí, a las élites les interesa que no nazcan muchos niños, hay superpoblación y escasez de recursos. Las noticias solo saben hablar de lo estresante que es ser padre, de lo complicado que es conciliar. Se estudia abrir los colegios en verano: aparcaniños. El PSOE quiere que los docentes trabajen en verano y abrir colegios fuera de horario lectivo Las familias no queremos eso para nuestros hijos, queremos que toda la sociedad se involucre para facilitar la crianza. Hay muchas y variadas soluciones, pero no interesa a nadie ponerlas en marcha. Pero oye, demos ayudas a las familias monoparentales porque las familias numerosas no tienen tanto gasto como aquellas, no. Compremos también el voto de la chavalería dándoles bonos culturales de 400 euros, pero no hablemos de bonificaciones o contraprestaciones económicas por traer niños al mundo, no.

Soy aún joven pero el mundo actual cada vez me resulta más ajeno a mis convicciones, a lo que me han enseñado o cómo me han educado. Me preocupa el futuro de mis hijos, y mis desvelos diarios pasan por hablar muchísimo con ellos sobre estos y otros temas. No puedo soportar la idea de que los moldeen contrariamente a lo que se les enseña en casa. Me asusta como nada la clase de sociedad en la que ya están viviendo, carente de valores, empatía o esfuerzo, en la que imperan el egoísmo, el individualismo y la comodidad, haya que pisar a quien haya que pisar.

Y a pesar de todo, sé que no estoy sola, que aún queda gente que se rebela contra el mal y la injusticia, personas que merecen la pena. Somos la resistencia, y deberíamos luchar por lo que creemos. Estemos preparados para lanzarnos a las calles, porque mucho me temo que será necesario, más pronto que tarde.