Échame un ojo al niño

Una vecina de la misma calle donde me crie era quien me llevaba al colegio en mis primeros años de la EGB. Aún viven ella y su marido en el mismo portal, en la misma acera que mis padres. Llevaba a sus dos hijos y de paso a mí y a otra niña de la edad de la suya. No era un trayecto largo, apenas quince minutos a pie, pero en aquel entonces el barrio tenía muchas zonas sin urbanizar, y el peatón no estaba tan protegido como en las ciudades actuales: los coches no sorteaban badenes o guardias dormidos, ni circulaban por calles de límite 30 por hora, y los peatones teníamos aceras estrechas y pocos pasos de cebra.

El caso es que andaba yo pensando en la importancia de esas vecinas que antaño nos sacaban de más de un apuro, y no me refiero al típico prestar un poco de sal para el guiso. Siendo yo pequeña, otra vecina de la misma calle me acogió en su casa un par de noches porque había fallecido mi tío tras varios días hospitalizado.

Mis padres, abuelos desde hace muchos años, también cuidan en contadas ocasiones de los hijos de los vecinos de arriba, muy pequeños aún (el mayor tiene siete). Los padres no tienen muchas veces de quién tirar, y mi madre, sobre todo, es quien les hace el favor de cuidarlos, teniéndolos en su casa o en el propio piso de los vecinos.

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Cuando los míos eran así de pequeños, he tenido la inmensa suerte de contar con mis padres y con mi suegra, quienes me han ayudado –y lo siguen haciendo- siempre encantados y con una sonrisa tan grande que, más que hacerme ellos el favor a mí pareciera lo contrario. Si no hubiera sido por ellos tres, dudo mucho de que cualquiera de mis vecinos se hubiese ofrecido a hacer de canguro. Claro que en mi vecindario hay parejas con niños –ahora esos niños ya me pasan una cabeza-, pero nunca he sentido la confianza necesaria para cruzar la barrera de intercambiar unas palabras de cortesía, un «buenos días» o un silencio incómodo en el ascensor.

Nuestra sociedad actual, occidental y urbana, es individualista en exceso y centrada en el yo-mí-me-conmigo. Seguro que habrá excepciones, y está claro que la ciudad no es el entorno más propicio –los pueblos pequeños son otra historia-, pero la tónica general no invita a dejar a los hijos con un vecino. Curiosamente, publicamos todo tipo de intimidades, en forma de fotos, principalmente, y ese exceso de información, paradójicamente, no se traduce en herramientas válidas para decidir si un conocido, un vecino o un compañero de trabajo son realmente de fiar.

Existen, por otro lado, iniciativas que persiguen la creación de esa «red de cuidados» cuando estos se salen de los lazos puramente familiares. Hablo de los comerciantes que ofrecen su apoyo y ponen a disposición su teléfono para que, cuando un adolescente aún no tiene móvil por decisión, sabia, por otra parte, de sus padres, pueda comunicarse con quien necesite. Una simple llamada para decir «me quedo un rato más» o «nos vamos a casa de Nico a jugar a la Play». Las plataformas de Adolescencia Libre de Móviles promueven este tipo de iniciativas, y me parece de diez.

Recuerdo cuando de pequeña me bajaba a casa de la vecina a jugar a las barbis, y en el patio interior nos juntábamos con los niños de medio bloque a jugar al escondite, o salíamos a la plaza con una cuerda y un balón y echábamos la tarde. Me reconozco culpable porque no hemos dado a nuestros hijos nada de eso, y no sé achacarlo a un solo motivo. Ahora crecen inexplicablemente antes o más rápido o nos empujan a que lo hagan más precozmente. Y la calle deja de sonar a risas y a canciones infantiles para ser solo un lugar gris de hormigón desnudo sin vecinas charlando sobre la vida o las lentejas que dejaron en el puchero.

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