Pe-tardeo

A punto estuve de coger entradas para ir con mis antiguos compañeros de universidad al concierto Yo fui a EGB que tuvo lugar en Pamplona el pasado día 3. Terminamos desechando el plan porque eran seis horas de espectáculo y nos pareció mucho, la verdad. Que el precio de las entradas tampoco era barato sumó argumentos para no comprarlas (lo del precio de los conciertos da para otro escrito, en serio lo digo).  

Es sorprendente lo que vende la nostalgia. En la tele tenemos la longeva serie Cuéntame, los programas de recuerdos televisivos musicales Cachitos y Viaje al centro de la tele; los viajes al pasado histórico de la magnífica El Ministerio del Tiempo. En la gran pantalla, sagas ochenteras míticas como Regreso al futuro o los estrenos más recientes Voy a pasármelo bien (con números musicales de los éxitos de Hombres G) o Mañana es hoy, en la que vemos a Javier Gutiérrez y Carmen Machi “viajar” de 1991 a 2022 y vuelta al pasado otra vez: por la pantalla desfilan cabinas de teléfonos, el walk-man o los Héroes del silencio.

La tarde en que finalmente no fuimos al concierto acabamos yendo de tardeo, curiosa palabra que aún no sale en el DRAE. Sí que aparece tardear: «Detenerse más de la cuenta en hacer algo por mera complacencia, entretenimiento o recreo del espíritu«. Me cuadra bastante para tardeo eso del entretenimiento y recreo del espíritu. Tardeo yo lo definiría como divertimento para mayores de 40 consistente en echar unos bailes en un garito de moda con música de los 80, 90 y primeros 2000, tras previamente haber comido y bebido a gusto en cuadrilla. Nota: se empieza a partir de las 6 de la tarde y puede prolongarse lo que se quiera o se aguante. Como dice la RAE (aunque sean palabras diferentes), nos podremos detener “más de la cuenta”. 

Pues ahí estábamos, como en tiempos veinteañeros pero a las siete de la tarde en vez de entrada la madrugada. El local, a rebosar; la media de edad, unos 45. La música, la de entonces: El último de la fila, Mecano, Bon Jovi, Spice Girls, Wham, Robbie Williams, Alaska… El universo egebero en todo su esplendor, la gente dándolo todo y coreando las canciones. Es curioso cómo el haber crecido los de mi generación con los mismos grupos musicales, las mismas películas y los mismos entretenimientos (el futbolín, el pin-ball, el VHS y el videoclub (podría seguir enumerando hasta aburrirles), nos hace estar unidos por un hilo invisible a los nacidos en las décadas de los setenta y ochenta, incluso de más edad. Tengo compañeros de trabajo que me pasan casi diez años y no se nota la diferencia cuando hablamos de personajes, músicos, cine, escándalos o programas de televisión.

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Mis hijos me descubrieron hace no mucho a un youtuber barra tiktoker barra creador de contenido (yo ya no sé) llamado Sergio Encinas. Tiene su gracia, un punto club de la comedia pero centrado en sus «clases de historia semimoderna». Por sus vídeos desfilan el tamagotchi, la Nintendo 64, la Game Boy, el Frigopié o los Peta Zeta. Los niños alucinan bastante cuando él describe el objeto en cuestión, lo muestra a cámara, y explica cómo jugaba él o los recuerdos que le suscita hoy. Siempre con un toque de humor, de nostalgia y de niño-adulto muy logrado. Búsquenlo porque pasarán un buen rato.

Me reconozco una viejoven: no escucho apenas la música actual, sí que sé quiénes son Rosalía, Beret, Morat o Aitana, y reconozco muchos de los temas que lo están petando (¿se sigue diciendo esto?). Pero cuando quiero escuchar música por placer voy a lo de antes. Con el cine intento que mis hijos disfruten con películas de siempre, y no hablo del blanco y negro, pero ver a Marty McFly en el Delorean, a ET señalando con el dedo o a unos niños minúsculos encogidos por el chiflado inventor que es su padre bien merece soportar la etiqueta de viejoven. O nostálgica. O boomer, que no sé muy bien qué es pero nos lo llaman a los viejales, ¿no?

Termino reconociendo que el reciente invento del tardeo (o pe-tardeo) me gusta mucho. Ojalá se hubiera puesto de moda hace veinte años. La buena noticia es que aún queda cuerda para rato.

La culpa es del guisante

¿Recuerdan el cuento de La princesa y el guisante? Para casar al príncipe, debían encontrar a una verdadera princesa a la que hicieron pasar una prueba sin ella saberlo: colocaron un guisante debajo de una decena de colchones. Al día siguiente, la candidata contó que no había descansado nada porque notaba algo molesto bajo el colchón. Ella era la nuera perfecta: delicada y de piel fina hasta para notar un mísero guisante a bastante distancia de su trasero.

Vivimos rodeados de princesas de piel fina que denuncian pequeñeces. La última, que Disney haya señalado tres clásicos suyos por contenidos racistas. Pueden leer el asunto aquí: https://www.huffingtonpost.es/entry/disney-bloquea-por-racismo-dumbo-peter-pan-y-los-aristogatos-para-menores-de-7-anos_es_600ea626c5b6fe97669e0eaa

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Para no alargarme mucho, me centraré en una de mis películas favoritas: Peter Pan. Resulta que se ridiculiza a los nativos americanos -nativos de Nunca Jamás, como todo el mundo sabe- llamándolos ‘pieles rojas’. A qué está esperando la tropa de censores para eliminar por siempre todos los wéstern de extensas praderas, indios (perdón, nativos americanos) emplumados que no saben hablar inglés, oh my God, salvajes cortacabelleras que montan a caballo «a pelo» y tienen una endiablada puntería con el arco y las flechas. Qué imagen denigrante para esos antepasados venerables. Normal que el cine los retratara así, crueles y salvajes, para justificar de algún modo la masacre deliberada que llevaron a cabo los estadounidenses contra las tribus que obstaculizaban la expansión política y territorial. Si les gusta la historia, lean sobre ello porque hemos crecido engañados viendo pelis de John Wayne: https://www.abc.es/historia/abci-verdad-7-caballeria-jinetes-lideraron-genocidio-indio-eeuu-201908210124_noticia.html

Más allá de cuestiones raciales, facilitemos el trabajo a los ‘pieles finas’ y desmenucemos Peter Pan hasta dejarla como la bazofia infumable que quieren que sea. Qué dirían…

  • El Partido Pirata en defensa del Ron (PPR): la imagen que se da en Peter Pan de la piratería es falsa: se nos pinta como torpes, cobardes e inútiles, incapaces de pararles los pies a unos mocosos maleducados e insolentes. Pardiez.
  • Los Coleguis Animalistas en defensa de los Peluditos (CAP): el personaje de Nana, un perro san bernardo al que explotan laboralmente como niñera de tres hermanos, acaba expulsado de su hogar y durmiendo a la intemperie. Es intolerable.
  • La Asociación Brigitte Bardot contra las Pieles (ABB): esos pulgosos Niños Perdidos van ataviados con pieles de animales muertos. ¿Qué clase de mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones: que pueden matar a su antojo para abrigarse?
  • Hadas en Lucha (HL): Nosotras tenemos voz, no como esa Campanilla ridícula y muda que suspira como una tonta por Peter, que no le hace ni caso hasta que Garfio la enjaula y él teme por su vida. La película no retrata bien a las hadas, no nos representa. Tonto Pan y tonta Wendy.
  • Sirenas Veganas (SSVV): Las sirenas salimos en la película como seres frívolos y holgazanes, sin objetivos en la vida, y no es así porque llevamos siglos denunciando la pesca indiscriminada y la contaminación de los mares.
  • Amigas de Irene Montero por la Igualdad (AIMI): El personaje de Wendy es un insulto a la inteligencia: una niñita remilgada cuya gran aspiración es ser madre para contarles cuentos a sus hijos, una tonta que bebe los vientos por un duende con mallas verdes al que aún no le ha salido pelo en el pecho. Wendy perpetúa los estereotipos de género porque sabe coser sombras, cantar, contar cuentos, no lleva pantalones, tiene el pelo largo y tirabuzones, y ha de cuidar de sus hermanos porque sus padres pasan del tema. Es un personaje desvalido y sin recursos que necesita en todo momento que la rescate una figura masculina.

Ahora en serio. Estamos llegando a un punto en que todo ofende y es censurable, cualquier cosa es susceptible de herir sentimientos. La corrección política lleva camino de ir acabando con películas, libros, series y canciones. Los personajes malvados, ¿alguien sabe qué tipo de actores o actrices deberán interpretarlos? Si son mujeres, será machismo. Si no son blancos caucásicos, será racismo. Si hablan otro idioma, será xenofobia. Si son bajitos, o gordos, o calvos, o miopes, será discriminación. Cualquier manifestación cultural que hable de hechos pasados será censurable a ojos de la corrección política: los mencionados western, el conocido caso de Lo que el viento se llevó y HBO, las pelis de nazis, todos los cuentos clásicos, cualquier historia en la que la mujer no aparezca empoderada, líder y resolutiva, sino sumisa y unida a un hombre que se lleva el protagonismo.

Disney tiene trabajo si quiere limpiar su imagen, porque la mayoría de sus películas, al menos las antiguas, retrata a princesas enamoradas a primera vista de un hombre que acaba rescatándolas con un beso de amor o luchando contra dragones. Hay que esperar a Mérida, Vaiana, Elsa y Anna para descubrir mujeres jóvenes tenaces, luchadoras e independientes. Es la simple evolución de los tiempos, lo cual no significa que haya que cargarse lo del pasado.

Se trata de ignorar el guisante y disfrutar del sueño reparador.

Almas tristes

En la película de animación Trolls (Dreamworks), esos pequeños seres de pelos de colores, canciones pegadizas y purpurina a raudales se ven por un momento atrapados por los tristes «bergen», y sus esperanzas de escapar se desvanecen. Sus cuerpos de colores y sus cabelleras llenas de luz y vida se apagan y se tornan grises. Hasta que uno de los trols entona una melodía llena de amor y poco a poco hace que cada trol vuelva a recuperar sus colores, su esperanza y el ánimo para intentar un plan de huida en equipo que finalmente resulta exitoso.

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Vivimos un tiempo gris, nuestras cabelleras han perdido su arcoíris, y entonar canciones felices resulta cada vez más difícil. Siguiendo con el símil cinematográfico, vivimos un día de la marmota perenne. De casa al trabajo y del trabajo a casa -el que tenga trabajo, claro. El ocio se ha reducido a ver pelis y series en el sofá, guasapear mensajes a nuestros familiares y amigos, a quienes no vemos o vemos muy poco, en la calle y sin un triste abrazo, y marchar al monte más próximo a pasear a ver si la naturaleza es capaz de sanar nuestra alma triste.

El otro día fui con mis hijos al cine, no habíamos estado desde el verano. Era miércoles, no esperaba ver mucha gente en la sala. La película, Trolls 2, quizá por eso he empezado esta entrada hablando de estos seres. Sesión de las 18:30 y la sala vacía, sin poder comer ni beber. Vacía a excepción de nosotros cuatro. Ignoro cuánta gente podría haber en las demás salas, pero a juzgar por cómo estaba el pasillo de acceso imagino que estarían desiertas o casi.

La pandemia nos está quitando muchas cosas y a muchas personas, y una de esas cosas es la capacidad de dar sorpresas. Se nos ha acabado presentarnos de improviso en casa de un amigo, o tomar unos potes después del trabajo y terminar yendo de farra sin haberlo planeado. O visitar a los abuelos y que los niños imploren a la hora de marchar a casa quedarse a dormir con ellos, porfi, porfi. Las fiestas de cumpleaños con mucha gente y soplando muchas velas también se han extinguido. Por cierto, nunca hasta ahora habíamos pensado en la guarrería que supone soplar encima de un alimento. En fin. El azúcar de la rutina se va desvaneciendo, y estamos permanentemente ante un plato de brócoli hervido.

Será esta luz de otoño, será la proximidad de unas no-navidades. Será la crispación que atraviesa la pantalla del televisor cuando vemos las noticias. La tristeza nos inunda, y necesitamos un trol cantarín y colorido que nos devuelva la sonrisa. Busquen a su trol, quizá es ese amigo con el que hace tiempo que no habla. Quizá son sus hijos ya crecidos e independientes, a los que debe recordar más a menudo que los quiere mucho y los echa de menos. O sus hijos pequeños, esos valientes que no se quejan de todo lo que están viviendo porque su capacidad de adaptación es asombrosa. O un libro por abrir y que inesperadamente les hace olvidar un rato las penurias. Les deseo de corazón que encuentren a diario a su trol cantarín que les anime el alma. Cuídense y dejen que la vida les sorprenda, por difícil que sea.

Mira lo que has hecho, Berto

En dos ratitos de nada nos hemos visto en casa la nueva serie de Movistar +, creada por Berto Romero y dirigida por Carlos Therón. Consta de seis capítulos de veinticinco minutos, y eso, de entrada, es de agradecer. Breve y buena, en dos palabras. Mira lo que has hecho nos presenta a una pareja formada por Berto (alter ego del mismísimo Berto Romero, que se interpreta a sí mismo) y Sandra (Eva Ugarte). Se quieren y acaban de ser padres de Lucas. Por los capítulos desfilan secundarios maravillosos que interpretan a los padres de Berto, a su hermano, su cuñada, su suegro (quien no lo traga porque no tiene un trabajo «de verdad»), su suegra (alegre separada y con un novio más que conocido), o el pediatra de Lucas, inolvidable personaje.

A pesar de la brevedad de los episodios, la forma de narrar los acontecimientos logra una condensación que sorprende por su elocuencia. En el primer capítulo, recién estrenada su paternidad, Berto y Sandra reciben en su casa las visitas de padres, cuñada y amigos con una fingida amabilidad y a todas luces sobrepasados por la situación. Aunque pueda parecer una serie solo para que la disfruten quienes son padres y han vivido situaciones parecidas, en realidad se retratan otras cuestiones de nuestra sociedad, y siempre con una comicidad inusual. Hacía tiempo que no me divertía tanto con una serie de televisión.

Mira lo que has hecho es ante todo una comedia: urbana, bastante gamberra, cotidiana, a ratos absurda, que trata temas variados como las dudas de los padres primerizos, lo efímero de la fama, la permisividad de algunos padres con sus hijos (fantástico capítulo el del youtuber Polímero), la suficiencia de muchos padres (brutal el episodio del grupo de padres de la guardería, el Guardipapis), la vida en pareja, la pérdida de la pasión cuando nos gana el estrés, los estereotipos… Sin embargo, también tiene momentos emotivos, sobre todo al final, cuando casi todos los personajes comparten escena en el hospital, donde espera el desenlace sublime que nos arrastra desde la lágrima por lo que acaba de vivir Berto a la carcajada irreprimible de la escena del pediatra en cierta situación incómoda. Incómoda para otros, no para él -no quiero desvelarlo, hay que verla.

Otro punto a favor es su universalidad, porque las historias que se cuentan podrían transcurrir en cualquier lugar de nuestra sociedad occidental, con lo cual la serie es fácilmente exportable.

Me alegro muchísimo de que se haya confirmado que habrá continuación, y espero que esta mantenga el nivel, muy alto de por sí.

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Allí estaré por ti, cuando la lluvia empiece a caer

Intro de Friends

Friends en Wikipedia

Explicando Friends a los millennials

Friends llega a España

Vaya por delante que no voy a hablar de Friends a los millennials ni a explicarles de qué iba mi seriefavoritadetodoslostiempos. Tan solo déjenme hablar de por qué a mí me encanta Friends, déjenme defenderla a capa y espada y contarles cómo la conocí.

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En España empezó a emitirse en abierto en Canal + el 27 de noviembre de 1997, cuando en EEUU ya emitían su cuarta temporada (la serie data de 1994). Cuando empecé a engancharme a esta deliciosa sitcom acababa de entrar en la universidad, era 1998. Una compañera de clase, Isabel María, era más fanática que yo. Se sabía diálogos en inglés, la canción de la cabecera al completo (maravillosa I’ll be there for you), y había visto más capítulos que yo. El fenómeno Friends no había hecho más que empezar.

El personaje con quien más me identificaba entonces era el de Monica. Era como la madre de todos, la amiga incondicional, una chica insegura en el pasado por su obesidad, pero feliz como la que más. Su obsesión por el orden y su tendencia al perfeccionismo hacían que entre mi hermana pequeña y yo ella se adjudicara “ser” Rachel y yo Monica. Sigue leyendo