Kitt, te necesito

Ha sido un placer, queridos lectores. Me despido de ustedes en previsión de muerte violenta por ataque nuclear, conflicto bélico, misil Trump y/o Putin, nueva pandemia, huracán, tornado, sequía pertinaz, desabastecimiento de víveres o cualesquiera otras causas de desaparición de vida humana, animal y vegetal. 

He vivido bien, sin estrecheces; he conocido el amor de mis padres, abuelos y bisabuelas, el de mis hijos, el amor fraterno, el conyugal y el de la amistad, que es otra clase de amor, pero amor, al fin y al cabo. He recibido educación, he estudiado lo que he querido, he viajado, he vivido experiencias inolvidables y no tengo enemigos, que yo sepa. Mi equipo de fútbol no ha ganado nunca un campeonato de nada, pero en ese barco estamos muchísimos mortales, así que tampoco me quita el sueño.  

No guardo esperanza alguna de supervivencia porque se me da fatal usar herramientas, no he encendido nunca un fuego al estilo acampada, y mi condición física y de resistencia es más bien tirando a floja. No he visto ninguna edición de Supervivientes, mecachis. Además soy miope, y aunque no tomo medicación ni tengo mala salud, me veo en considerable desventaja si hay que salir corriendo (me da flato enseguida y no soy nada veloz) o pegarse con el enemigo.  

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, nos advierte: «Con la última tecnología de misiles que vienen desde Rusia, la diferencia de un ataque a Varsovia o un ataque a Madrid es de diez minutos. Así que todos estamos en el flanco oriental: Ámsterdam, Londres e incluso Washington» (fuente: La OTAN advierte de los misiles rusos: «La diferencia de un ataque a Varsovia o Madrid es de 10 minutos»). Para que no nos defienda la OTAN, igual mejor salirse de ella, ¿no? Si el plan de seguridad es armar un mochilón con pastillas, pilas, agua y comida enlatada, me siento mucho más segura, dónde va a parar. 

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Eso sí, preparar un kit de supervivencia para 72 horas me da una pereza tremebunda, a la par que me genera una rabia incontenible por tener que tolerar que se nos imponga a los ciudadanos de a pie la responsabilidad del sálvese quien pueda. Oigan ustedes, gobernantes del mundo: si las vidas de quienes les pagan el sueldo corren peligro, hagan lo que tengan que hacer para evitarlo, pero no nos pasen el marrón de hacer un curso acelerado de supervivencia. En mi casa serían cuatro kits, y no tengo sitio donde guardar tanta mochila. Aunque quizá me bastara con un bolso de señora extragrande, como el que lleva la señora de azul del vídeo Así es el kit de supervivencia de 72 horas que recomienda la UE en caso de guerra que ha divulgado la Comisión Europea. No me digan que el vídeo en cuestión no da un poquito de vergüencilla ajena (cringe, dirán los jovenzuelos). Parece la teletienda, y encima la tía en un momento dado se parte de risa, oigan.

Por salud mental hace mucho, mucho tiempo, que no veo un noticiario en la televisión. Están de nuevo sembrando el miedo e incluso el pánico entre la población, como ya ocurrió otras veces: el gran apagón, incontables meteoritos, el final del granero de Europa, desabastecimiento, el incremento del nivel del mar, la desaparición del hielo del planeta, la viruela del mono, la gripe aviar… Cualquier cosa vale para tener a la ciudadanía acogotada, temerosa y, por ende, manipulable. Durante el confinamiento y la propagación del covid-19 hicimos cosas impensables y tragamos con medidas que, por nuestro bien, elaboraba un comité de expertos (escuchen mi carcajada); medidas inconstitucionales a las que la gran mayoría nos plegamos porque el miedo había clavado sus uñas en nuestras conciencias, impidiéndonos pensar claramente sobre qué estábamos dejando que hicieran con nuestras vidas. 

Así que lo tengo claro: nada va a salvarme de una catástrofe del tipo que sea, ni una equipación para 72 horas, ni el mismo Michael Knight con su Kitt al rescate. La Unión Europea es Rose subida a la tabla, y los ciudadanos somos Jack esperando el final. Ya me disculparán el estoicismo que emana de este texto, queridos míos. Y no se dejen dominar por el miedo: tan solo están haciendo ver que está justificado el gasto ingente en defensa por el que nos van a volver a crujir a impuestos. Como siempre hacen. 

Lo de las hamburguesas

Si vives en Pamplona o has venido de visita en los últimos diez días, has tenido que oír hablar seguro del macroevento culinario del momento: The Champions Burger. O lo que es lo mismo: lo de las hamburguesas. Si vives en una cueva o a mil kilómetros, te dejo la información aquí para que leas de qué va la vaina: https://thechampionsburger.es/ Por cierto, la siguiente edición es en Gijón.

Nosotros también hemos estado -¿y quién no ha estado aún?-, porque en Pamplona, cuando se trata de comer, y aunque no sea gratis, allá que vamos. Y eso que las colas interminables y el mal tiempo no han puesto fácil la labor. Estuvimos un miércoles a las 18:30, que ni que fuéramos ingleses para cenar a esas horas, pero nos habían recomendado ir pronto (abren a las seis) si no queríamos comernos, no solo la hamburguesa, sino hora y pico de fila. También tuvimos que esperar, pero un tiempo relativamente corto, y hasta cogimos mesa donde poder degustar nuestros panes con carne e ingredientes diversos.

La conclusión de todo esto es que lo que manda en todas las propuestas que se presentan a esta liga de campeones de la «carne con cosas» es apostar por una buena carne (obviedad al canto), casi siempre producto nacional, madurada mucho tiempo, y que el fuego se encargue de exprimirle todo el sabor. Los aderezos son la parte diferencial: salsas con trufa, con picante, sabor umami, de queso, torreznos, doritos, etc. El universo de las hamburguesas tiene como límite la imaginación: palomitas de maíz o glaseado de donut forman parte de algunas de las recetas de un plato que admite cualquier cosa mientras esté bueno. Yo me comí una Acecina (precioso el juego de palabras), de El Surtidor, pero también probé un poco de la Trufada 2.0 de Rico Burger, otro poco de la Bruuuutal 2.0 de Bobby’s y otro poco de la Double Black de Vacarnal (otro juego de palabras: carnaval, carnal, bacanal, vaca-carne).

La primera vez que probé una hamburguesa (muy alejada de lo que se está cocinando estos días en Pamplona), fue con mis amigas a los trece o catorce años en un local, inexistente hoy, llamado Tutti Pasta, en el barrio de San Juan de Pamplona. A pesar del nombre, no era de comida italiana, o quizá sí, pero no lo recuerdo porque todos los de esa edad a lo que íbamos allí era a comer hamburguesas que, como he dicho, no se parecían casi nada a las creaciones de hoy. Era lo más parecido a ir al McDonald’s, que a Pamplona no llegaría hasta muchos años más tarde, aunque en España la primera tienda, en Madrid, se abriera en 1981.

Quizá porque a las ciudades pequeñas como la mía tarda todo en llegar mucho más que en las grandes urbes, o porque hasta hace pocos años era impensable que artistas de primera línea eligieran Pamplona como parada en sus giras de conciertos, a mí me hace especial ilusión que se celebren eventos de este tipo en mi ciudad. Porque no todo va a ser San Fermín para ponernos en el mapa: aquí no hacemos ascos a campeonatos deportivos, exhibiciones, congresos o festivales de comida, cine o literatura. Por eso no entiendo mucho el «vinagrismo» que les entra a algunos cuando se concentra tantísima gente para asistir a eventos tan excepcionales. Los columnistas, opinólogos y odiadores profesionales se despachan a gusto estos días por diferentes medios despotricando de lo mal que está el tráfico en los alrededores del Parque de la Runa (lugar de peregrinación por unos días para comer hamburguesas gourmet), de lo caras que son, de la cantidad de gente que se ve por la Rochapea estos días, de que no hay quien aparque, de que hay que esperar horas y horas en las filas, y todo por una comida guarra.

Pero que tan guarra no es, eh, dicho sea de paso, salvo porque te manchas cuando chorrea la salsa por entre los dedos. Que no es como ir a un restaurante lo tenemos todos claro: no hay platos ni cubiertos, te sirven en un cartón, si llueve te mojas, pagas por adelantado en lugar de al terminar de comer, hay más gente que en la guerra, el precio de la bebida es desorbitado (pero puedes llevar tu bebida sin problema), y has de invertir mucho tiempo para lo poco que tarda la hamburguesa después en acabar dentro de tu estómago. ¿Muchas incomodidades? Oye, la gente va en verano a festivales de música con un saco de dormir mugriento, sin posibilidad de ducha, durmiendo en el suelo, rodeada de gente alcoholizada o cosas peores y escuchando grupos de los que no había oído hablar hasta ese fin de semana.

Creo que la clave, tanto en esos festivales de música como en lo de las hamburguesas, está en la edad del asistente al evento. Cuanto mayor, peor. ¿Sí o no? Bueno, pues como a mí me ha gustado, será señal de que tan mayor no estoy todavía. Cuando vaya (si voy) a un festival de música de esos indies os cuento a ver…

Obligaciones

Sería maravilloso tener este superpoder: eliminar de la existencia y a nuestro antojo aquellas obligaciones o tareas o circunstancias que nos resultan un suplicio y que llevamos a cabo porque el mundo está así montado y no nos queda otro remedio que pasar por el aro. La vida es demasiado corta, y perdemos un tiempo valiosísimo en estupideces y burocracias que yo, con gusto, borraría con mi varita mágica si la tuviera.

Por 25 pesetas, dígannos marrones, quehaceres y requisitos varios que nos vienen impuestos y que ojalá no se tuvieran que hacer. Un, dos, tres, responda otra vez.

La declaración de la renta. ¿Ya la han hecho? En Navarra se acababa hoy el plazo, ¡cachis! Para mí está en el top 3 de mierdas inmensas que lleva aparejado el mero hecho de existir y ganarse la vida. No basta con pagar impuestos, no, también hay que invertir tiempo todas las primaveras en desentrañar qué es eso de los rendimientos, las rentas exentas, la base liquidable y el mínimo personal. Es que, ojo, hace años, al menos, pedías cita con Hacienda y un empleado público te hacía la declaración. Ahora, si no tienes la suerte de que te envían la propuesta, o la intentas hacer tú en tu casita (si tienes ordenador, que estamos presuponiendo cosas) o acabas pagando (por si no has pagado ya bastante en tu vida por cuantísimas cosas) a un asesor fiscal. Hacienda tiene un sentido del humor muy fino: te dicen en su página web que si no has recibido la propuesta tramites tu declaración de manera muy sencilla. Coser y cantar. Solo debes disponer de certificado digi…

El dichoso certificado digital. La administración será digital o no será. Pobres abuelitos, Dios mío. A ver, es cierto que una vez que lo tienes instalado en el ordenador o lo que sea es práctico y agiliza muchas gestiones, pero hasta que llegas a ese punto tienes que pasar las penas de San Patricio: ir a la página de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, poner mogollón de datos -el grupo sanguíneo creo que no lo piden-, ir a una oficina de registro, darles un código que te ha dado la Fábrica, que te validen la petición, volver a casa o adonde tengas el equipo donde quieres descargar el certificado, abrir el correo electrónico, pulsar en el enlace que te han enviado y descargar el puto certificado. Y repetir el proceso cuatro años después, ¡porque caduca! Briconsejo: yo tengo clave permanente, que no requiere instalarse nada y no expira, y sirve prácticamente para lo mismo que el certificado digital. Ambos son gratis, menos mal. Pero te salen canas.

La Inspección Técnica de Vehículos, la ITV, o cómo pasar un rato agradable haciendo fila detrás de un montón de coches para que, cuando por fin es el turno de tu bólido, un señor vestido de mecánico y con una carpeta de clip en la mano y un boli en la otra te vaya dando órdenes mientras tú te pones muy nerviosa porque conduces tu coche todos los puñeteros días pero de repente se te ha olvidado cómo se ponen las luces largas, y estás ahí como cuando hacías la selectividad, sudando tinta para aprobar. Y además, pagando. Menos mal que luego te dan una pegatina, como cuando te portas bien en el pediatra.

Registrarse para todo es otro de los castigos divinos que hemos de sufrir en nuestras ocupadas vidas. Para comprar entradas para el teatro, para reservar un hotel o un vuelo, para participar en un sorteo, inscribir al niño en el comedor, responder a una encuesta, ver las notas de tus hijos, hacerse una cuenta de correo, entrar en una red social, pedir un libro en préstamo a la biblioteca, etc., etc., etc. Y para todo ello, tachán, tachán, redoble de tambor: usuario y contraseña, usuario y contraseña, usuario y contraseña. Y luego los gurús del internet: no utilices la misma contraseña para todo, que te hackean. Espera, voy a clonar mi cerebro para registrar todas las elaboradísimas y superencriptadas contraseñas que tengo, todas diferentes, para las mil quinientas ochenta mierdas y paridas diversas en las que me he registrado desde que soy un ser humano digital y mandé el papel al ostracismo o al rollo con el que me limpio las posaderas cada vez que me cisco en la vida moderna.

Cualquier día, la cabeza

Lo que me ha pasado esta tarde es digno de guion de película. Tras recoger a mi hija del colegio hemos ido en coche a renovar su DNI, para lo cual teníamos cita a las cinco y media. Íbamos ya un poco justas, y en esa zona de Pamplona, si de por sí es difícil aparcar, las salidas de los colegios complican más la tarea. Como veía imposible encontrar sitio cerca de la comisaría, he tirado hacia Lezkairu, un barrio próximo donde también cuesta lo suyo aparcar, pero ha habido suerte y aún teníamos tiempo de llegar a la cita, a paso ligero, eso sí. Todavía nos faltaba sacar las fotos de carné, pero afortunadamente la tienda (que está frente a la comisaría) estaba vacía y el fotógrafo ha sido muy rápido y amable.

Hago aquí un inciso. El sitio donde hemos aparcado es una calle larga con muchas plazas para estacionar en batería, y anexa hay una ladera con rampa peatonal por la cual se accede al patio de un colegio. Rápidamente he deducido que no solo se podría acceder al colegio sino que habría algún camino aledaño para llegar a la calle donde está la entrada principal, desde la que, a 300 metros, se encuentra la comisaría de policía. Estaban saliendo los niños de clase en ese momento, y nosotras íbamos en dirección contraria, rampa arriba mientras todo el mundo iba rampa abajo. Para corroborar mi deducción, le pregunto a una mamá de las tantas que nos íbamos cruzando, y me dice que sí, que hay salida a la calle después de atravesar el patio. En esto que se termina la rampa y accedemos al colegio, que es un bullir de uniformadas criaturas masticando la merienda, y papis y mamis cargando con mochilas y abrigos. Con los nervios y las prisas vuelvo a preguntar, en este caso a un papá, por dónde salgo del patio hacia la calle principal. Me lo indica amablemente y, por fin, mi hija y yo vemos la luz al final del túnel y hacemos válido el atajo colegial con el que nos hemos evitado unos cuantos pasos de más.

Hasta aquí el inciso. Y ahora viene lo bueno: al salir de la policía tan contentas con el DNI en la mano me doy cuenta de que no llevo el móvil. La última vez que lo había usado lo llevaba en la mano en el patio del enorme colegio, pero no consigo averiguar dónde ni en qué momento lo he perdido. Volvemos hasta donde habíamos aparcado mientras mi lengua reprime unas cuantas maldiciones y mi cerebro está ya pensando en la cantidad de información que guardo -y que guardamos- en el móvil, y en la faena que supone perder un dispositivo del que somos tan dependientes ya para todo. Iba pensando en esto y en que debía volver a casa para llamarme a mí misma, a ver si alguien lo había encontrado.

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Por fin, arranco el coche y desaparco, y a los pocos metros veo a mi marido salir marcha atrás de una plaza de aparcamiento. Nos saludamos con el claxon y al pasar a su altura me grita por la ventanilla: ¡tengo tu móvil!

Doy media vuelta y detengo el coche, me bajo y me acerco a él. He aquí lo sucedido: un padre del mencionado colegio encontró mi teléfono, pulsó el botón de emergencia que aparece en la pantalla de bloqueo y accedió a los contactos de emergencia. Y ahí estaba el número de mi marido, al que llamó para explicarle que tenía mi teléfono. Claro, el pobre no sabía de qué le estaban hablando ni por qué yo había perdido el móvil en un colegio que no es el de nuestros hijos. No supo relacionar la proximidad de la comisaría con el lugar donde apareció el teléfono. En cualquier caso, dejó lo que estaba haciendo y se fue a donde le dijo este hombre que estaba aguardando para entregarle el móvil.

Estimado conciudadano: ¡gracias, gracias, muchas gracias! No todo el mundo es así de honrado, ni todo el mundo sabe que en la pantalla de bloqueo se puede acceder a los contactos de emergencia, ni todo el mundo está dispuesto a perder unos minutos de su ajetreada vida para ayudar a alguien. Gracias por llamar, por preocuparte, por esperar. Te podrás imaginar el gran favor que me has hecho hoy.

Apunten: en los ajustes del móvil, vayan a «seguridad y emergencias«. Pulsen «información de emergencia«, y ahí podrán añadir su nombre, grupo sanguíneo, si son donantes de órganos, y más abajo los contactos de emergencia. Añadan los contactos que deseen. Será la forma más sencilla de que, si pierden el teléfono, como yo, les puedan avisar, o si un día están indispuestos o inconscientes y un sanitario debe llamar a alguien por lo que sea, pueda hacerlo. También se puede agregar información médica, como la medicación que toman o si son alérgicos a alguna cosa. Una vez rellenado todo, prueben a bloquear el móvil. Pulsen el botón de desbloqueo pero no pongan el pin ni dibujen el patrón. En la pantalla verán «emerg…». Desde ahí cualquier persona que no pueda desbloquear el móvil entrará en los contactos de emergencia, y solo ahí. No podrá ver ninguna otra información del teléfono. Y está comprobado que puede ser de gran ayuda.

Qué rabia da

En la colada que he recogido del tendedero tenía una sudadera a la que se le había salido el cordón de la capucha. Potente centrifugado ha debido de ser… He agarrado una horquilla del pelo, he capturado el cordón con ella y la he pasado con toda mi santa paciencia por el exiguo túnel de tela del que nunca debió escaparse (el cordón, no la horquilla). Una vez ambos cabos del cordón han asomado por sendos agujeros, he hecho unos nudos para que no vuelva a ocurrir lo mismo, espero.

Con la lavadora también me ha llegado a pasar que meto y lavo una prenda en cuyo bolsillo yace, sin yo saberlo, un pañuelo de papel usado y olvidado, que acaba más desintegrado que la ética del gobierno más progresista de la historia. Al abrir el tambor para tender la ropa encuentro minúsculos trocitos de papel mojado que se adhieren a la ropa y se esparcen por el suelo, como confeti en un día lluvioso, pero sin colorines.

¿Y la moneda que cae del bolsillo del pantalón al estrecho hueco existente entre el asiento del conductor, el cierre del cinturón y el suelo del coche? Ese dinero es más difícil de recuperar que la dignidad cuando te has vendido por un puñado de votos. Con las monedas que no has perdido todavía compras un paquete de galletas (o de pipas, o de gusanitos); esos envoltorios de plástico siempre los intentas abrir con cuidado por uno de los cierres engomados, y acaban rasgados en diagonal para que se salgan migas, pipas y galletas, y el plástico ya ni guarde ni proteja, y se te desparrama el contenido.

Y ahí empiezas a cascar pipas con tus paletas alineadas con ortodoncia, y las pipas te saben bien, te recuerdan a las tardes de infancia y adolescencia en la plaza con tus colegas, y masticas absorta con un ritmo marcado de clic-clac-ñam , clic-clac-ñam, sin darte cuenta de que esa pipa, esa que te acabas de meter en la boca está amarga y rancia y sabe a demonios. Y tendrás que comer una docena y media más de pipas con sabor normal para que desaparezca el regusto de esa única y ponzoñosa pipa traidora.

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Otro día compras fresas y tienen una pinta estupenda, las sacas del paquete y las colocas con lo verde hacia abajo en los huecos de una huevera de cartón porque has leído que así se conservan mejor. Al día siguiente te quieres comer unas pocas y vas escogiendo las de mejor aspecto para lavarlas bien y trocearlas, y desechas las chungas que no llevan ni veinticuatro horas en tu nevera y parece que vienen de Chernobyl. Tampoco les puedes quitar la parte estropeada porque has leído que los microorganismos ya se han esparcido por toda la pieza y es mejor tirarla. Y te comes las cuatro fresas que has salvado de acabar en el cubo de la basura orgánica que tiras como un ciudadano ejemplar en el contenedor orgánico, ese que otra gente ni abre porque deja sus asquerosas bolsas en el suelo de la calle como esperando que leviten y se depositen solas tras el conjuro wingardium leviosa.

Y hablando de convecinos amables, mis favoritos (y los tuyos también, seguro) son los que van alfombrando las aceras con las deposiciones de sus perros para que tú, incauto ciudadano, decores la suela de tu zapatilla del Decathlon con un precioso tono marrón café con leche, porque, oh desgracia, no mirabas dónde ponías el pie. Esos amables convecinos son los mismos que no ceden el asiento en el autobús a las personas mayores, los que no vuelven a dejar el carrito de la compra bien metido en su sitio, los que no saben reciclar ni saben dónde está el punto limpio de su barrio, los que aparcan antes que tú en un sitio que tú has visto primero, los que no dan los buenos días ni dan las gracias ni piden nada por favor.

Pero eh, sonríe. A ellos también se les queman las tostadas, se les rompe alguna uña o les sale un tomate en el calcetín. O incluso les sale la declaración de la renta a pagar. La vida, a veces, puede ser maravillosa.

Qué pelos

Hay cabelleras que se nutren más que algunas personas: manteca de karité, aguacate, cebolla roja, miel, aceite de jojoba, eucalipto… Los champús del mercado son de una variedad apabullante en cuanto a ingredientes, propiedades y precios. A todo esto, me topé el otro día con un vídeo en el que cambiaban, editando su imagen, el tipo de peinado a famosas de ayer y de hoy, y era sorprendente cómo algunas aparentaban más o menos edad en función del estilo de su pelo. Si nos paramos a pensarlo, nuestro cabello -o la ausencia de él en muchos casos- nos dota de personalidad, mal que nos pese. Y si no, que se lo pregunten al portavoz del Partido Popular, Miguel Tellado, a quien la ministra María Jesús Montero describía como «el que tiene menos pelo» porque no recordaba su nombre La MINISTRA MONTERO habla de la CALVICIE de TELLADO y él le REPROCHA «NO ESTAR A LA ALTURA» | RTVE No vamos a explicar aquí qué hubiera pasado de suceder esto a la inversa, pero no nos desviemos del tema.

No conozco a nadie a quien le encante su pelo, a nadie que no tenga un pero o un conque: el color, el grado de lisura o rizo, el encrespamiento, el volumen, si le crece más o menos deprisa, si se le cae mucho o si tiene muchísima cantidad y no lo puede domar. Creo que nos quejamos más veces al día de nuestro pelo que del tráfico o de lo cara que está la cesta de la compra. Y lo siento, chicas, me estoy refiriendo en especial a nosotras.

Y es que, cómo somos, ¿eh? Tanto nos quejamos que incluso en inglés hay una expresión específica, y si no me creéis, vayámonos al diccionario Cambridge:

Traduzco: mal día de cabello (informal): un día en el que no te sientes atractivo, especialmente a causa de tu pelo, y todo parece ir mal. «Estoy teniendo un mal día de cabello». Confieso que he visto muchísimas veces una película que no pasará a la historia del cine por sus virtudes para el séptimo arte pero que a mí me saca siempre una sonrisa y me entretiene, y es Miss Agente Especial (año 2000; Miss Congeniality en su versión original). La protagonista, interpretada por Sandra Bullock, es una agente del FBI que no se preocupa en absoluto por su imagen personal, y usa al principio de la cinta esa expresión, bad hair day. En realidad su pelo tiene una mala década, añade ante la mirada estupefacta del maravilloso Michael Caine, que tiene ante sí el arduo reto de convertirla en toda una miss para que pueda infiltrarse en el concurso (perdón, beca de estudios) de Miss Estados Unidos. Miss Congeniality – bad hair day

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Presiento que mi pelo, por cierto, está entrando en una mala década. Nunca tuvo una época de esplendor, la verdad, lo tengo lacio y escaso, y de un color indefinido: ni castaño, ni rubio, ni de un color fácil de describir. Siendo muy muy pequeña lo tuve muy rubio, ay. Ahora me están empezando a salir canas, y aunque son todavía pocas y cobardes contemplo cómo poquito a poco se van haciendo más numerosas y visibles, las muy canallas. Y es injusto, muy injusto para las mujeres, porque los hombres con canas tienen buena prensa: interesantes, misteriosos, atractivos, con poso, con conversación; te llevan al teatro, a tomar un vino y a charlar sobre el cine de Kubrick. Maldita sea, y a nosotras se nos mira mal si no nos teñimos o nos damos unas mechitas que cubran esa ignominiosa blancura. Una mujer con canas y en chándal es el summum del descuide. Si es la reina Letizia da igual, eso es chic y crea tendencia. Pero las mujeres mortales y del pueblo llano no vamos a la compra vestidas de Caprile o de Pertegaz y con maquillaje de revista, me temo.

Total, que en breve debería pasar por la peluquería a cortarme las puntas, y la gran duda es si me lanzo al pozo sin fondo del tinte o las mechas, porque eso lo veo como abrir una bolsa de patatas fritas, que una vez que empiezas ya no puedes parar. Por otro lado me pica la curiosidad: ¿cómo se verá mi cabello con dos colores, el mío y el encanecido? En fin, el tiempo lo dirá, y mientras van multiplicándose los pelillos blancos tengo aún margen para decidirme.

Acabo disculpándome por este ejercicio de vanidad y superficialidad, pero a veces está bien salirse de lo profundo o lo serio y pasarse al lado rosa de la vida. Rosa como la prensa rosa, me refiero, la misma que nos muestra los peinados de las famosas que luego queremos imitar y nos quedan fatal. Cuántas peluqueras en los noventa habrán imitado con sus tijeras el corte de Jennifer Aniston, por poner un ejemplo. Actriz que, por cierto, sigue luciendo una melena envidiable a sus casi 55 años (los cumple el 11 de febrero).

Me vuelvo a disculpar. ¡Que alguien me exorcice, llevo dentro a María Patiño!

Feliz año nuevo

Mi abuelo vivía el momento de las uvas de nochevieja como un rito inaplazable, venerable y ancestral, de vital importancia para empezar bien el año y no tener mala suerte. Le encantaba Ramón García, y este año que el bilbaíno ha vuelto a la televisión pública no estaba él para verlo. En cuanto en la pantalla salía el reloj de la Puerta del Sol nos mandaba callar a todos: ¡shhh, que va a empezar, calla!, y mi padre siempre le contestaba que tranquilo, hombre, que ya sabemos que es un momento de gran importancia, que todavía están presentando y contando lo de los cuartos, que es lo de todos los años y ya nos lo sabemos.

Recuerdo las nocheviejas de mi infancia y juventud en casa de mis abuelos, cenando en el salón las primeras veces y en la habitación del fondo los últimos años hasta que mi abuela ya estuvo muy mayor para ejercer de anfitriona y trasladamos las celebraciones navideñas a casa de mis padres. Cuando era pequeña poníamos en la televisión a Martes y Trece, años después a Cruz y Raya, recuerdo cuando pasó lo de la teta de Sabrina; jugábamos al chinchón, reíamos, cantábamos, bailábamos incluso, y no faltaba nunca alguna llamada de otros familiares para desearnos feliz año nuevo. El móvil era un objeto que no existía y no ocupaba manos ni mesas, así que todavía la gente se llamaba por el teléfono fijo, el único que había. Muchas nocheviejas mi hermana y yo nos quedábamos a dormir en esa casa, tras la cena y las uvas, y aquellas noches en casa de los abuelos -y las de reyes, y las de muchos sábados- forman parte de mis numerosísimos momentos felices. Fuimos creciendo y, tras las doce uvas, empecé a salir con las amigas disfrazada. Aclaremos una cosa: en Pamplona nos disfrazamos en nochevieja desde hace 41 años. Una de esas nocheviejas, hace 21, conocí al que es mi marido, pero esa es otra historia.

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Esta última nochevieja (la de la cortina de ducha de Cristina Pedroche y la joya robada que no fue realmente robada; la de la futbolista emporedada y el traje fucsia de un sesentón de Bilbao), estábamos jugando tan a gusto a un juego de mesa cuya partida empezó alrededor de las once que de pronto vimos la hora en el reloj del microondas y rápidamente pusimos la tele porque eran las 23:58. Las uvas estaban preparadas en platitos desde hacía un rato, menos mal, aún teníamos tiempo. Tardamos unos segundos en decidir qué cadena poner, y tras un breve zapeo que acabó dejando el canal ETB, la televisión pública vasca, vimos que iban por la novena campanada en Euskadi. Será porque no quieren seguir el rollo a los españoles, pensamos. Cambiamos a la primera cadena y ahí estaba Ramontxu terminando de decir feliz 2024. Anda, pues resulta que el reloj del microondas va con retraso, mamá.

«Abuelo», dije mirando al cielo (al techo), «contigo no nos habría pasado esto, cagüen diez». Ha sido la vez que más despacio he masticado las uvas. Prisas pa qué.

Carne a la parrilla

Disculpen mi ausencia, el verano me ha enganchado con sus zarpas sudorosas y me tiene dando tumbos entre mis propias vacaciones y las de mis hijos, y aún no sé cómo he aterrizado ya en finales de julio después de lo que me costó atravesar las procelosas aguas (casi arenas movedizas) de un junio y final de curso agotadores que parecían no tener término.

Ando fijándome estos días en las pintas que llevamos todos cuando el termostato nos pide mucha agua y poca tela. De ropa, me refiero. A las chiquillas y moceticas les ha dado por recortar los vaqueros a la altura del glúteo: es importante que asome por el bordillo el mollete, y si la tela está deshilachada, mejor que mejor. La combinación con botas camperas es lo más: el culete asomado a la ventana pero los pies bien abrigados, aunque la versión con chancletas «de dedo» también abunda. Cada una de las camisetas egeberas XXL que nos poníamos a finales de los ochenta, con serigrafía de Danone, Chambourcy o Naranjito, daría, por su tamaño, para fabricar cuatro o cinco tops de los que llevan ahora las muchachicas: un escueto cachito de tela para cubrir lo justo del tetamen, y el abdomen al aire, que luego se les enfriará la cena y tal, pero tiene que vérseles el ombligo y si este lo llevan agujereado, mejor que mejor.

Los mocetes van uniformados con bañadores de colorines, cuanto más cuelgue la tela mejor (y con calzoncillo debajo, muy higiénico todo), y camisetas de fútbol de equipos random (como dicen ellos). Vamos, que da igual que vivan en Calzadilla de los Barros porque llevarán una cami de la Roma, el Manchester City o el PSG, haciendo patria. Que no falte en el atuendo un par de auriculares bien grandes y sin cable, que lo mismo sirven para no oír a la madre gritarles que salgan ya de su cuarto que para hacer aterrizar un avión en la pista de la T4.

Pero lo que me inquieta más es lo que se ve en la piscina-barra-playa. Ahora pueden convivir señoras tapadas de pies a cabeza con mujeres de quince, veinte o cuarenta y cinco años que van enseñando literalmente el culo. Vamos, que la tela del biquini está tan escondida que se adivina el color porque suponemos que hará juego con la parte de arriba. Porque no se ve, solo hay nalgas. Que será que me estoy volviendo muy carca, pero digo yo: si vas enseñando todo así de alegremente, ¿qué dejas a la imaginación? Al conocer a una persona, sobre todo si te atrae a primera vista, se supone que hay que ir levantando capas: conversación, personalidad, la mirada, los intereses comunes, un proyecto de vida… Ya habrá tiempo de verse en pelotas, ¿no? ¿O es que con este método enseñas el culo y así, si hay interés, ya vendrán a hablar contigo? Y te mirarán a los ojos, claro, no al escote que irá acorde con la nalga temblequeante.

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Con tanto enseñar cacho ha llegado la moda -o la necesidad- de taparse con camisas muy grandes para viajar en el metro. Para lucir palmito en verano, exponiendo más carne que vestido, hay que correr el riesgo de que un tío asqueroso se arrime a ti en exceso o, peor aún, a ese tío o a varios que le acompañan se les vayan las manos donde no deben. En París debe de ser muy común llevar en el bolso una camisa (subway shirt) que tape bien las curvas que a algunos cavernícolas les parece que pueden tocar a su antojo: Cubrirse con camisetas grandes: la última moda entre las parisinas para evitar agresiones en el metro Me parece muy triste, hablando en serio.

En fin, hay ropa preciosa para esta estación del año: vestidos estampados, faldas de todas las larguras, pantalones cortos, monos, camisetas de tirantes, camisas de lino, sombreros que protegen del sol y dan un toque de sofisticación… Yo es que veo la ausencia de ropa de algunas y me tiro de los pelos, perdónenme. Quizá sea envidia sana, pero también les digo que si tuviera veinte años menos -y diez kilos menos- pues… pues tampoco: no me atrevería a lucir pata negra (en mi caso blanquísima) tanto como las chicas de ahora. Juventud, divino tesoro.

Que te saco el BOE, ¿eh?

@veganaynormal

Qué hartazgo de sistema y de adoctrinamiento 🔥🔥 #Veganismo #Especismo

♬ sonido original – VeganayNormal

Qué en paz está una sin tener TikTok, madremíadelamorhermoso.

Lo malo es que hay vídeos que acaban viéndose y compartiéndose por doquier, y una servidora, que es muy de entrar al trapo, pues entra. Veganaynormal -la cuenta de TikTok de una madre sufridora y «devastada»- ha publicado un vídeo-queja hacia la tutora de su hija de 8 años, Navia, porque en su familia practican el veganismo y a la niña la obligan a ir disfrazada en carnavales de ¡pescadora! Pecadora no, ¿eh? Con ese: ¡pescadora! ¡Habrase visto tamaña desvergüenza!

Vivan los objetores de conciencia de la piscivoracidad. Pobre Navia, le están enseñando en el colegio que existe en el mundo (y desde tiempos de Jesucristo ¡o antes incluso!) una profesión (durísima, por cierto) consistente nada menos que en echar redes al océano para capturar seres vivos con escamas y branquias, que sienten y lloran como tú y yo escuchando el Nessun dorma de Puccini. Inocentes cuerpos con espinas que son arponeados para que nosotros, los humanos, nos alimentemos con sus proteínas, sus omegas-3 y su fósforo. Habiendo como hay tofu, quinoa y semillas de chía, ¿quién quiere comer besugo o rodaballo? Qué insensibles, de verdad.

Pobre madre, y encima llama a su hija Navia. ¡Si tiene nombre de ferry! Mamá, ya estoy en Barcelona, dentro de dos horas cogeré el Navia para Menorca. Irónico, ¿no? Eso sí, le veo a esta señora muchos recursos: dice que irá a pelearse con la dirección del centro y a enseñarles el BOE, donde se dice, según cuenta ella, que nadie puede ser discriminado por sus creencias religiosas, morales o éticas.

El BOE es muy amplio, Maricarmen, y no sé en qué número sale eso que comentas. Pero la Constitución Española, en su artículo 27.3, dice: Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Mucha carta magna y yo, que también soy madre, me tengo que aguantar con que a mis hijos les digan que existen 54 géneros o que los niños pueden tener vulva. Menos mal que en casa luego les quito las tonterías.

Tú deja a la chiquilla que se disfrace, no sea que la llamen bicho raro porque no come sardinillas en aceite. Luego tú ya si eso le preparas unas zanahorias ecológicas hervidas con salteado de brócoli y la llevas a la pescadería del barrio para que sienta el asco por ese olor a vísceras húmedas y viscosas. Mano de santo. Ah, no vayáis a Málaga de vacaciones, que igual el olor a espeto y a pescaíto frito le nubla la razón. Pero déjala que se divierta en el carnaval, mujer. En el fondo estamos en el mismo barco (perdón, no quería ofenderte): mis hijos hacen oídos sordos cuando les sueltan a todas horas el todas y todos o el chicas y chicos (lo de chiques no lo han llegado a oír en las aulas, a Dios gracias), asienten como borreguicos y después en casa me lo cuentan y nos echamos unas risas despotricando un buen rato del progrerío, la incultura y la insensatez.

Mamitis

Un profesor que impartía lingüística general en la universidad nos decía a los aprendices de filólogos que todo el mundo tiende a opinar sobre el lenguaje porque todos somos hablantes y nuestro idioma materno lo sentimos tan propio como nuestros lunares o el color de nuestros ojos (esto último no lo decía él, pero bueno). Sí que nombraba a menudo a los hablantes diletantes; en su segunda acepción, diletante es la persona que cultiva un arte o una disciplina como aficionado, no como profesional, generalmente por no tener capacidad para ello.

https://www.rae.es/noticia/la-rae-presenta-las-novedades-del-diccionario-de-la-lengua-espanola-en-su-actualizacion-236 Con la presentación de las nuevas incorporaciones del DLE (Diccionario de la Lengua Española), cuya actualización 23.6 cuenta con 3152 novedades, han salido a la palestra las inevitables y quejosas voces diletantes contrarias a la RAE, rancia institución de señoros machistas y anclados al pasado que siguen impenitentemente sin aceptar todes, todxs, tod@s y demás engendros. Una tal Ana Morgade, presentadora popular de televisión que lleva gafas de mentira y alguna vez me ha hecho incluso reír, ha debido de leerse las 3152 novedades de la actualización y ha resaltado de todas ellas mamitis. Además de inflamación de la mamá, la nueva acepción es «excesivo apego a la madre«. Morgade no ha sido la única en saltar a la yugular académica; aquí dejo un artículo con numerosas reacciones: https://www.publico.es/tremending/2022/12/24/la-rae-se-moderniza-mal-lluvia-de-criticas-por-la-definicion-de-mamitis-que-se-ha-incorporado-en-el-diccionario/

En su cuenta de Twitter, Morgade expresa que se le hizo raro que la RAE no añada «PAPITIS también al diccionario. Pero claro, el afecto y el apego solo es excesivo si se tiene hacia una madre, eso está documentadísimo por la universidad de los c0j0nes cuadrados. Circulen, que aquí no pasa nadEN FIN». Lo he copiado textualmente y con la tipografía original de su cuenta @ana_morgade, aquí dejo por si acaso el enlace: https://twitter.com/ana_morgade/status/1606393714913558534?s=20&t=oSzYz9ea-88zvzfT59aXGQ

Imaginemos que es al revés: que papitis está en el diccionario y mamitis no. Las voces exaltadas como la de Ana habrían dicho entonces que no es justo que los bebés y niños pequeños tengan excesivo apego al padre y no a la madre, qué desfachatez no reflejar el amor materno en el diccionario. A ver, Ana: los lexicógrafos introducen nuevas palabras, añaden nuevas acepciones a palabras ya existentes o retiran voces en desuso con arreglo a lo que palpan en el uso de los hablantes, con arreglo a cuánto de documentada está tal o cual palabra en publicaciones coetáneas tales como literatura, prensa, radio, publicaciones científicas y técnicas, etc. Tú puedes utilizar papitis si te place, y cuando esté tan extendida y documentada como mamitis también aparecerá en el diccionario. La buena noticia es que si dices papitis la gente te entenderá porque existe mamitis, simplemente por conciencia metalingüística (por hablar tu mismo idioma, vamos). Como hablantes tenemos un superpoder que es el de crear palabras utilizando los recursos conocidos de nuestro idioma. Te pongo un ejemplo, Ana. ¿Has leído a Julio Cortázar? Pues el adjetivo cortazariano es otra de las novedades del DLE, y está formada por el apellido del escritor y el sufijo -iano, igual que en bolivariano o kantiano. Aunque no sepamos el significado de cortazariano, si sabemos quién es Cortázar deduciremos que hace referencia a ese escritor, porque el sufijo nos informa de ello. Así que, en resumen, tú puedes crear palabras con los recursos del español y te entenderán, es algo que escritores, periodistas, hablantes en general e incluso humoristas ¿como tú? llevan haciendo toda la vida.

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Pero, querida, para estar en el diccionario una palabra necesita mucho más. Necesita presencia textual, uso extendido y estar acorde con las normas gramaticales y léxicas del español. Y ser necesaria, además, porque nombra una realidad nueva. Conspiranoico no estaba en el DLE hasta ahora, pero se ha usado tanto en los últimos tiempos que había que incluirla, porque designa un rasgo muy específico de una realidad muy concreta. Las palabras tienen ese nosequé (mira, otra palabra que no está en el diccionario pero podría estarlo): las leemos o escuchamos y sabemos exactamente adónde apuntan, son como una flecha o un letrero luminoso; y sin embargo no siempre son clarividentes, también son equívocas y confunden, son polisémicas, sarcásticas, irónicas, hiperbólicas. Pero son piezas del idioma, un idioma que tú y yo y todos construimos.

El castellano, el español, no es machista ni racista ni clasista, en todo caso lo serían sus hablantes. Y alguien que escribe un diccionario debe reflejar en él los usos de las palabras, nos guste o no lo que designan esas palabras. Ojalá no existieran palabras como subnormal: 1. adj. Dicho de una personaQue tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la considerada normal. U. t. c. s. U. frec. c. insulto o en sent. despect.

A todos nos horroriza (o debería horrorizarnos) que alguien llame subnormal a una persona con discapacidad intelectual. Pero debe estar en el diccionario (y bien señalado su sentido despectivo) porque alguien que está aprendiendo español y desconoce esta palabra debe poder encontrarla en el diccionario, por ejemplo. Si miras en la entrada brazo aparece brazo de gitano como 1. m. Pastel formado por una capa delgada de bizcochocon crema o algún dulce por encimay enrollada en forma de cilindro.

Mientras ese pastel en concreto con esa descripción concreta siga llamándose brazo de gitano, deberá seguir apareciendo en el diccionario. Ese es el quid de la cuestión, querida Ana, no sé si me sigues.

Termino despidiéndome de ti como cuarentañera (nueva incorporación, mucho mejor que cuarentona o cuadragenaria, que ya estaban en el DLE): de cuarentañera a cuarentañera (nos llevamos solamente un año, querida), déjame decirte que ya me tocaste los ovarios bastante cuando hace no mucho en Pasapalabra pusiste verde la canción de Hombres G «Sufre, mamón» por su letra machirula y patriarcal. David Summers ya te contestó adecuadamente. Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, explica: Hemos incorporado ‘mamitis’ y no ‘papitis'», declara Muñoz. Para evitar críticas por cuestiones de género ha añadido a su comunicado que no es que consideren que «una cosa existe y otra no: ‘mamitis’ está documentada y ‘papitis’ no».

Pues eso, Ana. Esperando estoy tu próxima salida de pata de banco en el universo tuitero. Y hablando de Twitter, quiero elogiar y recomendar la cuenta @RAEinforma, que es la de la Real Academia Española. Por medio de su etiqueta #dudaRAE se pueden plantear dudas lingüísticas. Tienen una paciencia infinita con ciertas cuestiones, he aquí un ejemplo de alguien que insistía con la discriminación del género femenino en el idioma y la brillante respuesta de @RAEinforma. Lo mejor es el final.