Toletum – Tulaytulah – Toledo

Este verano hemos estado tres días y pico en Toledo a mediados de julio, en plena ola de calor, con 41 grados diurnos y 31 nocturnos. Todo bien, gracias. Llevábamos años queriendo ir, y lo íbamos dejando porque que si en verano no, que hace mucho calor (ejem), que si espera a que el crío sea mayor, que si ahora tampoco porque acabamos de tener a la segunda, que si vamos a esperar a que esta también crezca un poco… A ver, que ya sé que hay familias que van donde sea con un bebé o con chiquillos que apenas saben hablar, pero nosotros preferimos esperar a este momento en que están más mozos y autónomos y pueden incluso absorber algo de cultura e historia y recordar un poquito de ello en el futuro.

Toledo, la ciudad de las tres culturas. El guía (Dani) que nos llevó a callejear por la ciudad empezó su explicación con una apreciación muy cierta: conocer la historia de Toledo es conocer la historia de España. No voy a soltar un rollo aquí porque para eso hay libros y publicaciones varias. Lo de «rollo» es un decir: las explicaciones del guía se nos hicieron muy amenas, estábamos bastantes personas en esta visita y creo que todas disfrutamos mucho. Quien tenga interés, que no deje de indagar sobre la historia de Toledo y también sobre sus leyendas. Al nombrar Dani el mazapán como producto típico de Toledo -leyenda incluida, que atribuye la receta a un milagro de san Clemente-, una chica que no era española sino del otro lado del Atlántico contestó que no cuando el guía preguntó «¿todos sabemos lo que es el mazapán, no?». Seguro que a ella no se le olvidará jamás si llegó a probarlo. Leyenda del mazapán de Toledo. Aprovecho para recomendar las delicias de mazapán del obrador de Santo Tomé (hay muchas confiterías típicas en Toledo, yo hablo del mazapán que probé): Santo Tomé, obrador de mazapán

Nosotros nos alojamos en un apartamento, El muro de piedra, situado a 300 metros de la Catedral de Toledo y a 600 de Zocodover, que es la plaza donde se reúnen los toledanos y punto neurálgico de la ciudad, de donde salen prácticamente todas las visitas guiadas. Teníamos todo cerca, y aire acondicionado en la sala-cocina y en el dormitorio principal. El coche lo aparcamos en la cochera del alojamiento pagando un poco más (8 euros la noche), y merece la pena, ya que no movimos el vehículo en los días que estuvimos, además de que es complicado o más bien imposible aparcar en el centro histórico de Toledo. No cobro por la publicidad, pero recomiendo el apartamento por su situación, su limpieza, su cocina equipada y la amabilidad de la propietaria, Cristina. Desayunábamos allí, y también hicimos alguna cena aunque no todas las noches. Para comprar comida teníamos a 200 metros una tienda de barrio, San Justo, donde compramos leche, huevos, yogures, pan y alguna otra cosa. Recuerdo que en algún paseo por la judería vimos también un Carrefour. Las cosas claras: la mayoría de las tiendas en el meollo turístico son de recuerdos en forma de espadas, damasquinados, abanicos, frikadas de El señor de los anillos, Juego de tronos o Harry Potter. Bastantes heladerías y cafeterías, sin que falte un Starbucks, un McDonald’s o un Burger King -la globalización no entiende de siglos de historia.

Os dejo aquí dos sitios donde comimos que nos gustaron mucho y donde nos pusimos las botas: Niño malo La Malquerida de la Trinidad

Para ver Toledo no es necesaria mucha planificación; antes de ir, reservé por internet un par de visitas guiadas, con una empresa llamada Rutas de Toledo. Hicimos el free tour (que duró dos horas y por el que se paga la voluntad) y también la visita Toledo subterráneo, que cuesta 15 euros por persona. Nos gustaron muchísimo las dos: con la primera te sitúan en la ciudad, aprendes las calles principales y los sitios que no debes perderte, y además te empapas en un momento de la historia de la ciudad y de muchas anécdotas y leyendas. Con la subterránea, vimos unos restos de termas romanas, unas mazmorras del siglo XVI, las de la Santa Hermandad, una casa judía y unos baños árabes. Encontraréis bastantes empresas que ofertan rutas y visitas guiadas, y cualquiera que escojáis será un acierto, estoy convencida, porque Toledo es de esas ciudades mágicas que tienen tanto que contarnos que limitarse a pasear por ella sin ir más allá es como ver las olas desde la arena sin mojarse ni los pies. Hablando de magia, nos quedamos con las ganas de comprar la visita de Toledo de noche o la de las leyendas, pero el cansancio hace mella y siempre hay que dejar algo para una próxima vez. Recuerdo lo que nos dijo Cristina, de El muro de piedra, sobre unos clientes suyos que repetían visita en Toledo pero esa vez para siete días (más que la primera vez). Y le dijeron que así sí estaban conociendo Toledo. Lo tengo claro: quiero volver.

A pesar de ser julio y del fuego que salía de los adoquines, había bastantes turistas, muchos de ellos extranjeros. Las calles principales, como la calle Comercio y todas las que llevan a Zocodover o las que quedan cerca de la catedral, tenían un incesante ir y venir de gente. Sin embargo podíamos adentrarnos en la judería y estar completamente solos en diálogo con casas y piedras que habrán observado el paso de los siglos y sus gentes diversas. El segundo día de nuestra estancia compramos, también por internet, dos pulseras turísticas: un trozo de tela con un código QR con el que, por 10 euros, se pueden visitar siete monumentos de Toledo (la catedral no es uno de ellos) por menos dinero que pagando la entrada normal de cada lugar (tres euros). Se puede, además, repetir visita sin coste adicional (hasta tres visitas extra en cada monumento), y la pulsera tiene una duración de un mes. Entre los lugares a que da derecho la pulsera están la iglesia de santo Tomé, donde se encuentra el cuadro El entierro del conde de Orgaz, de El Greco, o también la sinagoga de Santa María la Blanca o el monasterio de San Juan de los Reyes. La pulsera te la dan en el primer monumento que escojas visitar de entre los siete, el orden es libre. Tan solo hay que enseñar el código QR de la compra que previamente has hecho por internet, y así queda activada. Los menores de 11 años no pagan, así que a nosotros nos salió redondo. No te la puedes quitar mientras la quieras utilizar, porque entonces pierde su vigencia. Las pulseras se pueden adquirir en muchos puntos, yo las compré aquí, aunque veo que han subido de precio, porque ahora cuestan 12 euros y no 10.

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Y llegamos a la joya turística, la que, según el citado guía no te puedes perder si vas a Toledo: la Catedral Primada. La entrada general cuesta 10 euros (los menores de 12 años entran gratis). Las entradas se adquieren en la tienda de la catedral, que está justo enfrente del acceso para turistas. Allí te alquilan una audioguía por la que hay que dejar 50 euros en concepto de señal (te los devuelven cuando dejas las audioguías tras acabar la visita). La audioguía (PDA, creo que se llama), tiene un menú táctil con los puntos señalizados por el recorrido dentro de la catedral. Es cuestión de ir siguiendo la ruta indicada y escuchar en el idioma que se quiera las explicaciones relativas a la construcción del templo, los artistas, fechas, marco histórico y referencias artísticas y religiosas. Me parece una manera muy práctica de visitar un lugar de culto aprendiendo todo lo importante sobre él sin que haya un ruido excesivo dentro. Todo el mundo iba con sus auriculares en respetuoso silencio y no había grupos numerosos escuchando al guía de turno y quebrantando el silencio y el recogimiento. Otra ventaja es que puedes hacer la visita a tu ritmo, administrando el tiempo como te parezca: mientras la catedral esté abierta, bien puedes estarte ahí con tu audioguía las horas que necesites. Nosotros, yendo con niños y teniendo en cuenta que ellos no iban escuchando la audioguía (aunque les íbamos contando cositas que ellos podían comprender y apreciar a su edad), estuvimos unas dos horas y media. Nombrar aquí los tesoros artísticos de todas las disciplinas (arquitectura, escultura, pintura) que alberga esta catedral nos llevaría muchas líneas, y para saberlo lo mejor es ir a Toledo un par de días o tres y disfrutar de lo lindo. Para los tacaños: se puede acceder gratis a primera hora de la mañana, de 8 a 9:30, y además hay misa por el rito mozárabe, en latín. No lo pude comprobar (me gusta demasiado dormir), pero es una opción interesante, aunque ese acceso gratuito desconozco si incluye la totalidad del templo o únicamente la capilla donde se celebra la misa. Una curiosidad: la fachada principal de la catedral es asimétrica porque solo tiene una torre. Iba a tener una segunda torre que no llegó a terminarse, quedando solo el arranque y albergando en él la capilla mozárabe. El motivo de que no haya dos torres iguales pudo ser la humedad del terreno o la falta de fondos para acabarla, quién sabe.

Ahora que tenemos el otoño llamando a las puertas y que (esperemos) las temperaturas no serán tan elevadas, animo desde mi humilde blog a visitar una de las ciudades más bonitas y con más historia de nuestro país. Ojalá nos lleguen los dineros para seguir viajando todos los años, que no hay cosa mejor en el mundo.

A la sombra, mejor

Me van a matar los que viven en otras latitudes, sin ir más lejos mis amigos de Zaragoza o mi prima de Málaga. Lo digo por mi asumida baja tolerancia al calor, la canícula, el bochorno, el sofoco. Por aquí en el norte todavía no ha apretado mucho la cosa, hay que decir. Pero es que las redes sociales ya están llenas de gente topeguay dando la bienvenida al veranito posando en la piscina, la playa o la terraza de su casa. Pero nadie habla de lo chungo del verano, así que me pongo el disfraz de enanito Gruñón de Blancanieves y disparo:

Da igual las veces que nos duchemos, que estaremos todo el día sudando. El bolso lo tendremos lleno de enseres tales como botella de agua, crema solar, gafas de sol, gorra o sombrero, abanico o tiritas. Estas últimas son indispensables para minimizar las rozaduras provocadas por ese calzado tan mono y fresquito que nos hemos comprado pero que, por efecto del sudor y el roce, nos deja en carne viva la parte de atrás del tobillo. Vivimos en continua dependencia del ventilador o el aire acondicionado, y nos agarramos unos buenos catarros con los cambios bruscos de temperatura. Tratamos a duras penas de conciliar el sueño en eternas noches a 30 grados, abriendo las ventanas y dejando entrar a toda la fauna mosquitera en nuestra alcoba.

barefoot beach blur break

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Soportamos el olor a sobaquera en autobuses, metro, ascensores y demás lugares cerrados y de mucho trasiego. Visitamos a menudo el infierno mismo al montarnos en el coche que ha estado media hora aparcado al sol (no digamos ya si ha estado más tiempo). En el medievo no tenían coches, pero obligarle a alguien en una situación así a agarrar con fuerza un volante con las dos manos podría haber sido una magnífica tortura.

Los lugares turísticos están masificados. Los chiringuitos y terrazas inflan los precios. A diferencia del invierno, en verano vamos todos a parar a los mismos sitios, y así está todo, que no cabe un alfiler: piscinas abarrotadas, playas abarrotadas, embalses, ríos, pozas, choperas, robledales. No podemos ir al súper y hacer otra cosa a continuación sin haber llevado antes toda la compra a casa, dándonos prisa en meterla al frigorífico o al congelador. A los hijos no se les hace hora de irse a la cama porque aún es de día. Del mismo modo, no entienden un «no podemos ir al parque ahora porque es el mismo averno». Ah, y además no hay colegio en verano. Aaarg.

Quienes somos blancos y pecosos temblamos de terror si se nos ha olvidado echarnos protección, ya que unas horas después tendremos quemaduras de segundo grado donde no nos cubre la ropa. Como ahora tenemos la predicción del tiempo en el móvil y la sabemos constantemente, vamos con el chip «hace calor», «va a hacer calor», «voy a morir de calor» incrustado en el cerebro desde que salimos de casa. Lo malo del calor es que, por mucho que nos quitemos ropa o nos abaniquemos, seguiremos teniendo calor. El frío es una delicia: tengo frío, me tapo, me pongo cien forros, echo una carrerita, y listo.

Resulta que han descubierto unos científicos españoles dos exoplanetas con buenas condiciones para albergar vida y muy parecidos a la Tierra. Descubren dos planetas similares a la Tierra con opciones de albergar vida Los han llamado Teegarden b y Teegarden c. Orbitan alrededor de una estrella enana roja cuya temperatura, al parecer, es la mitad de la de nuestro Sol. No sé ustedes, pero yo voy a ir ahorrando para una futura mudanza, que ahí se tiene que estar mucho más fresco, y además tienen nombre de zona residencial molona: Teegarden. Suena bien, ¿no?

Felices vacaciones

Los Refrescos: Aquí no hay playa

Quizá se deba a que la playa más cercana me queda a hora y cuarto de casa, pero el caso es que este tipo de turismo y una servidora no nos llevamos muy bien. Imagino que no seré la única porque, de ser así, no existiría la famosa pregunta de «¿playa o montaña?»

Me gustaría que alguien que haya nacido en la costa, que tenga verdadera costumbre de pisar la playa casi todos los días del año (y, por descontado, del verano), me intente convencer de las bondades de dicha costumbre; a saber: la brisa del mar, la belleza del paisaje, el rumor del oleaje, el yodo del agua marina (que todas las abuelas dicen que es lo mejor para el reuma), ese azul infinito que se besa con el horizonte, esos veleros en lontananza… Todos estos detalles de postal de vacaciones, de película de James Bond, de anuncio de perfume con tío cachas saliendo del agua, o de perfil de influencer luciendo biquini en Zahara de los Atunes son el compendio de lo chachi y fantástico que es ir a la playa.

beach foam landscape nature

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Pero las que no somos Paula Echevarría -o Anita Obregón en sus años buenos-, tenemos algo que decir. Llego a la playa, con mi familia, cargada con: sombrilla XXL (porque sin ella corro el riesgo de volver a casa del color de la camiseta de Osasuna), bolso XL donde llevo el bote de crema solar factor 50+ pediátrico para mi piel dorada, la botella de agua para no morir de sed y que además me ayudará a quitarme el salero que parecerá que habré estado lamiendo tras darme un baño, las gafas «de ver» (las de sol ya las llevo puestas), cuatro pares de chanclas, una camiseta vieja para ponerme encima del biquini porque los hombros y la espalda son las zonas que más se queman, las toallas para sentarnos bajo la sombrilla, otra toalla protegida dentro de una bolsa con la que poder secarnos la cara (toalla a la que no puede caerle arena bajo ningún concepto, porque no queremos una exfoliación, solo secarnos), gorras con visera para toda la familia (porque es importante proteger la cabeza del sol), unos bocadillos, los cubos y las palas para los castillitos de arena, la muda para después de quitarnos los bañadores mojados, el monedero y la llave del coche. Matizo que los bocadillos son para la merienda de los niños, porque no entiendo el placer que encuentran algunos en la actividad de comer en la playa.

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