Incomprensible

284 días han transcurrido -ni un año- entre los terribles accidentes ferroviarios de Adamuz (Córdoba) y el de ayer en Urda (Toledo). Misma línea de alta velocidad, la de Madrid-Sevilla; más víctimas mortales, 69 en el momento de escribir esto -46 fallecieron en Adamuz-, y decenas de heridos de distinta gravedad. Otra vez encogidos y golpeados, todo un país sumido en la tristeza y la indignación, y la misma pregunta: ¿por qué? ¿Qué ha cambiado entre Adamuz y Urda? ¡Nada! No se han solucionado los problemas de abandono y mantenimiento de una red viaria, inaugurada en 1992, por la que viajan a diario miles de personas. Cualquier usuario habitual de estos trenes puede confirmar las paradas repentinas, las continuas averías, los retrasos horarios y el bamboleo de los vagones. En treinta años hemos pasado de ser un país puntero en transporte ferroviario a llorar a más de cien muertos en menos de un año por el estado deplorable de los trenes y las vías por las que circulan.

Han pasado más de 24 horas, y se está tratando de hallar la causa y de depurar responsabilidades, que no pueden únicamente recaer sobre operarios o empleados del puesto de control. ¿Fallos de seguridad? Es inadmisible atribuir todo a un error humano, porque para algo existen los protocolos, los mecanismos automáticos de supervisión y los procedimientos de emergencia. A quien ha perdido un familiar, un amigo o un compañero de trabajo nada le va a aliviar saber a qué se debió el accidente. Debe de doler, de una manera imposible de explicar, pensar que se podría haber evitado con el mantenimiento, la inversión y la gestión adecuados. Pero si el máximo responsable dedica más tiempo a tuitear y enzarzarse en discusiones en redes que a la gestión eficaz de su ministerio, no hay fallos humanos que valgan. Si además la inversión necesaria para revertir esta situación se lleva a terceros países, el macabro chiste se cuenta solo: Sánchez concedió 247 millones de euros a Marruecos y Uzbekistán para mejoras en trenes y tranvías – Libre Mercado

Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a la dejadez y a que ningún responsable político dé un paso al frente y asuma errores, y que esto sea lo normal. Lo repugnante, por las fechas en que estamos, es que unos y otros aprovecharán la desgracia ocurrida para sacar provecho político en puertas de las elecciones. Este país no recuperará la senda mientras la clase política no empiece a trabajar por los ciudadanos y no por resultar el más gracioso, el más hiriente o el más viral.

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Cuando ocurren catástrofes de este calibre, desgracias que sufren personas que salieron de casa una mañana o una tarde a cumplir con su rutina y ya no regresaron, no puedo evitar pensar en las vidas que llevaban y en la gente que llora su pérdida. Pienso en la cantidad de veces que proferimos quejas, gruñidos y lamentaciones por nimiedades que nos suceden en el día a día. Siento como si quisiera desdoblarme para colocarme frente a mí, agarrarme de la pechera del jersey y sacudirme diciendo: ¡disfruta de cada momento! ¡Sonríe! No lamentes no haberte lanzado, no lamentes lo que no dijiste o no hiciste a tiempo. No estás libre de que te ocurra algo parecido, así que ¡espabila!

En otros idiomas existen palabras que vienen a expresar la actitud vital de disfrutar de lo cotidiano y lo pequeño. Algunas hace tiempo que se pusieron de moda para utilizarlas en un tatuaje. Modas aparte, me parecen preciosas, tanto por su sonoridad como por su significado. Hygge, en danés, es la actitud de encontrar la felicidad en las cosas simples, cotidianas y reconfortantes. Wabi-Sabi, en japonés, es la filosofía estética de encontrar la belleza en la imperfección, la sencillez y la transitoriedad de la vida cotidiana. Ikigai, en japonés, se compone de las pequeñas alegrías cotidianas que hacen que valga la pena levantarse por la mañana. Meraki, en griego, es poner el alma, la creatividad y el amor en todo lo que hacemos, y refleja la necesidad de romper con el automatismo del día a día para saborear y embellecer las tareas ordinarias. Glimmer, en inglés, es literalmente ‘destello’, un pequeño momento de felicidad o paz que regula nuestro sistema nervioso.

Poner en práctica una mezcla de todas ellas no va a impedir que nos libremos de un destino aciago, pero podría hacernos más conscientes de nuestras pequeñas alegrías y cotidianeidades, volvernos más conformes con lo que hay y lo que nos llega. Seamos agradecidos por cada minuto vivido, y hagamos, al mismo tiempo, la vida más fácil a los demás. ¿Filosofía barata? Seguramente. Pero ahora mismo es a lo que me intento agarrar pues, aunque no conocía a nadie que viajara en esos vagones, el golpeo se ha sentido fuerte aquí dentro.

Descansen en paz todas las víctimas, y mucha fuerza para sus seres queridos, para que encuentren ikigai en estos momentos tan duros. Que el abrazo de todo un país, como ocurrió otras veces (volcán, incendios, inundaciones, terremotos…), os logre reconfortar mínimamente.