¿Ya se ha acabado el verano?

La percepción humana del transcurrir del tiempo puede verse afectada por factores como la memoria, la atención, la motivación y las emociones, pero además cambia a medida que envejecemos: los niños tienden a percibir el tiempo de manera más lenta que los adultos debido a su desarrollo cognitivo y a la novedad de sus experiencias.

Esta obviedad que acabo de soltar la he tomado de la página del colegio de psicólogos en Argentina (de dónde mejor). Pero no hace falta colegiarse ni estudiar psicología para darse cuenta de que el paso del tiempo no lo percibimos de igual manera a los ocho años que a los dieciocho, veintiocho o cincuenta y ocho.

No sé que ha pasado este verano para que mi percepción al llegar septiembre haya sido la de ir caminando por la vida, como Melendi, sin pausa pero sin prisa, y de repente ver cómo un tren se dirige hacia mí a una velocidad desbocada y terrorífica sin que yo muestre más reacción que quedarme en el sitio esperando a ser arrollada.

Qué tiene el mes de septiembre para que muchas personas lo sintamos como el año nuevo pero sin uvas, ni campanadas, ni brindis a medianoche. Supongo que tener en casa a dos individuos en edad escolar ayuda bastante. Preparar material, ropa, libros; pagar matrículas, extraescolares y cuotas; recordar cargar el chromebook, poner almuerzos, firmar justificantes; asistir a reuniones, mandar correos, contestar en el grupo de padres… y cientos de tareas como estas, relacionadas con el inicio de curso, caen y rebotan constantemente dentro del cajón cerebral, ya de por sí lleno a rebosar, de padres y madres de todo el mundo civilizado.

Sobre todo de madres. La tan famosa carga mental sigue siendo cosa de ellas -de nosotras-, por mucho reparto de tareas que nos propongamos con el padre de las criaturas. Y ojo, que aún así hemos avanzado muchísimo con respecto a la generación anterior. Aunque me arriesgo a asegurar que la carga mental de entonces (en los años ochenta y noventa), en lo que a los hijos y el colegio se refiere, no pesaba los quintales que pesan las nuestras. Porque la vida era mucho más fácil. Ahora tenemos hijos hiperdigitalizados, hiperestimulados, hiperextraescolarizados, en una sociedad multitarea, extracompetitiva y contrarrelojizada. Siento tanta invención de palabras, pero así se entiende mejor lo que quiero decir.

Y si la carga mental fuera poco, la administración que nos cobra los impuestos a todos tampoco pone las cosas fáciles. Que se lo digan a la mamá de Arturo, que sube a su hijo a la espalda por las escaleras del colegio porque el ascensor que debería funcionar en dicho colegio lleva estropeado desde el final del curso pasado. Hay que ser de piedra para no sentir una punzada de rabia y tristeza con situaciones como esa. ES.DECIR en X: «Un mundo teóricamente accesible y prácticamente imposible para personas como Arturo (por desgracia)» La verdadera inclusión es que niños como Arturo puedan estudiar en un colegio que les haga la vida más llevadera, sin complicar más el ya de por sí duro transcurrir de los días. Arreglar un ascensor no debería costar tanto, ni en dinero ni en tiempo.

Y ya que hablamos de tiempo, soy consciente de que no me prodigo mucho por aquí últimamente. Mis sinceras disculpas. O quizá agradecen este silencio bloguero al que les tengo condenados en los últimos meses. La verdad es que el verano me ha tenido entretenida; quizás ahora que nos encaminamos hacia los nubarrones, el frío y las tardes de sofá y manta les empiece a dar la turra con más asiduidad.

Respiremos hondo, que ya ha empezado el curso.

Que llueva, que llueva

Llevamos muchas semanas, al menos aquí en Navarra, viviendo un día de la marmota climático: fresquito por la mañana, subida de temperaturas a mediodía rondando los 20 grados y caída progresiva del termómetro según avanza la tarde. Y ni una gota. No sé ustedes, pero yo necesito que llueva.

“Culpable” del verdor de los campos, de ríos caudalosos y cascadas de ensueño, de impresionantes cielos encapotados y poblados de grises nubarrones, del ambiente húmedo que ensancha las fosas nasales y despeja la cabeza, la lluvia también nos rompe la rutina y nos regala recuerdos para el futuro.

¿Quién no ha disfrutado de niño saltando dentro de los charcos pertrechado de botas de goma y chubasquero? Con doce años fui en junio a un campamento de una semana en Ultzama y solo dejó de llover el último día. Benditos monitores que supieron entretenernos con juegos en interiores, canciones, relatos o gymkanas. Y sin embargo lo pasé muy bien: al mal tiempo, buena cara.

Pero también de adultos la lluvia nos ha chafado unas vacaciones cuando no se la esperaba, y hemos tenido que reinventar los planes que traíamos pensados de casa. Luego está el caso contrario: reporteros de televisión que, alcachofa en mano, preguntan a turistas en pleno enero o febrero a ver qué tal sienta estar de vacaciones en Alicante a 25 grados, y los turistas responden que encantados de la vida, que así tenía que ser siempre. No, por favor.

Las novias antes llevaban huevos a las Clarisas para que no lloviera el día de su boda: esto es comprensible; nadie quiere un día deslucido en el que preciosos trajes y zapatos acaben hechos un asco. Ahora bien, con lluvia o sol, una boda siempre es algo inolvidable.

¿Y los partidos de fútbol en un césped embarrado? Una victoria en tales circunstancias tiene más valor todavía. El balón no rueda bien, las piernas “pesan” y cada aterrizaje en una lucha por la pelota deja pantalón, camiseta y medias de color chocolate. Épica.

Como todo en esta vida, no son buenos ni el exceso ni el defecto. Tan grave es la sequía como unas inundaciones; nunca olvidaré el 8 de julio de 2019 porque iba al volante por la autopista y con mis hijos en el asiento de atrás y nos pilló la gran tormenta a la altura de Pueyo. No he pasado tanto miedo conduciendo como ese día. Un hombre falleció arrastrado por la riada, y las pérdidas materiales tras aquel aciago día fueron cuantiosas en la zona media de Navarra, sobre todo en Tafalla. Recuerdo con mucha tristeza también la tragedia de la que hace poco se han cumplido 25 años: la inundación del camping de Biescas que causó casi 90 fallecidos.

Ojalá llegase el día en el que el ser humano pudiese controlar a su antojo el clima y decidir cuándo hace falta que llueva y cuándo hace falta tiempo soleado. Aunque me temo que saldrían a relucir los intereses particulares y colectivos y el tema acabaría siendo motivo de discusión y tensiones en el Congreso. Porque nunca llueve a gusto de todos. Y últimamente hay que quitar “a gusto de todos” y quedarnos en “nunca llueve”. Lástima grande.