El cartel

Volviendo de mis vacaciones el 27 de julio iba yo de copiloto en el coche cotilleando Twitter cuando me sorprendió un cartel del Ministerio de Igualdad con el rótulo “El verano también es nuestro”, escrito con una tipografía que me recordaba a la del sorteo de verano de la ONCE o a algo similar. Pero las chicas del cartel no jugaban a la lotería, leí después que eran ejemplos de “cuerpos no normativos” (sic, véase https://www.inmujeres.gob.es/actualidad/noticias/2022/Julio/elveranotambienesnuestro.htm), de cuerpos víctimas de “violencia estética” (sic, de nuevo).
Con el paso de los días se ha ido sabiendo que, por ejemplo, del diseño del cartel se ha encargado Arte Mapache, que a través de Twitter ha pedido disculpas por utilizar una tipografía sin tener la licencia, y también por (y aquí viene lo más chungo) utilizar imágenes de personas reales sin su consentimiento. Textualmente la artista tuiteó: “Mi intención jamás fue hacer abuso de su imagen, sino trasladar en mi ilustración la inspiración que suponen para mí mujeres como ellas, Nyome Nicholas, Raissa Galvão… Su trabajo y su imagen deben ser respetados. Gracias por vuestra labor, incluso en este caso”. Después añadió que de forma privada tratará de solucionar este asunto con las partes implicadas. También la cuenta oficial del Instituto de las Mujeres pidió disculpas: “en ningún momento tuvimos conocimiento de que eran modelos reales. Estamos resolviendo con la autora y vamos a contactar con las modelos para resolver esta cuestión. Pedimos disculpas por el daño ocasionado”. Curiosamente, ni en la cuenta del Instituto ni en la del Ministerio de Igualdad encuentro hoy, 1 de agosto, el famoso cartel. Borrado por arte de magia, también por cierto de sendas páginas web oficiales. Tampoco existe la web de Arte Mapache, borrada también del mapa virtual. Pero les dejo aquí esta noticia donde se ve muy bien el cartel: https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2022/07/29/la-autora-del-cartel-elveranoesnuestro-uso-imagenes-de-modelos-sin-permiso-y-ahora-les-ofrece-repartir-beneficios-1590739.html


Empecemos por el hecho de que alguien que se dedica a la ilustración (su perfil de Twitter dice “artivismo gordo y de la diversidad corporal”) debería saber qué es una licencia o qué ocurre cuando usas una imagen de alguien públicamente. Gisela Escat se llama, se presenta como diseñadora audiovisual, artista multidisciplinar y experta en la autogestión (sea lo que sea eso). Con su trabajo busca “a través de la ilustración y testimonios reales, mostrar la diversidad de cuerpos, romper con la normatividad, dar lugar a otras realidades invisibilizadas, empoderar, liberar, empatizar, formar redes de cuidados, crear nuevos referentes y espacios de reflexión” (fuente: https://okdiario.com/espana/asi-gisela-escat-ilustradora-activista-contra-gordofobia-detras-del-cartel-igualdad-9467726).
La cosa se ha liado bastante porque, claro, estas mujeres del cartel se han quejado con razón de que el gobierno de España haya usado su imagen sin su permiso. Y no solo eso, sino que además se han manipulado estas imágenes. No voy a extenderme mucho, pueden leer al respecto en muchos sitios. El resumen es que a una chica con pierna protésica le han puesto una pierna de verdad y le han pintado pelos en el sobaco y las piernas, a una mujer con doble mastectomía le han puesto un pecho por arte de magia y el otro se lo han dejado extirpado (robando de paso la imagen original a la fotógrafa Ami Barwell en su colección Mastectomy), a otra chica le han cambiado el peinado y añadido celulitis –quizá porque en la realidad sus piernas eran demasiado lisas-, y otra chica de las que están sentadas también se ha visto reconocida (la imagen real era de pie, en el cartel está sentada). Mujeres reales con nombres y apellidos, a algunas de las cuales les han hecho retoques nada inclusivos y sí muy violentos.

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Mire, señora ministra: usted ve problemas donde no los hay. Ve discriminación, machismo y violencia donde no los hay. Yo tengo un cuerpo de esos “no normativos”. Con sobrepeso, celulitis, muchísimas pecas, tripa flácida, piel blancucha y talla 44-46. He ido toda mi vida a la piscina, con bañador y con biquini, y un poco menos a la playa por razones geográficas, y jamás, jamás, he sufrido “violencia estética”. Hace cuatro días estaba chapoteando en la Costa del Sol y la gente iba a su bola, y fíjese, lo que abundaban eran los cuerpos nada esculturales. Ni rastro de modelos de pasarela, y todos tan contentos. Nadie me ha dicho nunca ni mu sobre mi precioso cuerpo, cuerpo que me gusta con todos sus rasgos porque me permite llevar una vida plena, está sano y me ha dado dos hijos maravillosos.


En el cartel hay muchos fallos: solo hay mujeres (su ministerio se llama de “Igualdad”), dichas mujeres están ahí sin que nadie les haya preguntado si quieren salir, a algunas les han retocado sus “deficiencias”, ya que parece que la playa está vetada a las personas con prótesis. Es un cartel innecesario, una campaña que no responde a ninguna urgencia social, porque la gente, normalmente, disfruta del verano tenga el cuerpo que tenga. Otra cosa es si su cartera le da para disfrutar del verano, tal como está la inflación, aunque esa es otra cuestión. Da la sensación de que había que gastar en algo la millonada de presupuesto que tiene su ministerio, y esto es lo mejor que se les ha ocurrido. Las posibles demandas con consecuencias económicas supongo que las pagaremos los españoles y que no habrá ninguna dimisión por este motivo.


Habrá quien esté pensando en replicarme con argumentos como que la sociedad ensalza los cuerpos bonitos en la publicidad, que las marcas siempre ponen modelos con determinadas medidas y cánones, y que esto daña a quien no se ve reflejado en esos cuerpos, empujándolo a dejar de comer, a someterse a cirugía o a hacer dietas salvajes y ejercicio a saco para perder unos gramos y parecerse a esa chica de Instagram que tiene tantos seguidores o a aquel maromo musculado y depilado que está como un queso. No lo voy a negar: la imagen vende y mucha gente, sobre todo joven, consume a diario el contenido de estos influencers con cuerpos esculpidos y modélicos, llegando a creer que el éxito en la vida dependerá de nuestra imagen ideal. Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Empezamos a cerrar cuentas de toda la “gente guapa”? ¿Obligamos a las marcas a contratar modelos gordos, feos, con pelo en las orejas, nariz aguileña o con estrabismo, para que cualquiera con un rasgo de estos se sienta plenamente identificado y respetado? ¿Va a estar prohibida la belleza? ¿O hay alguien tan hipócrita que prefiera ver un cuerpo con molletes y lorzas en una valla publicitaria antes que a un tío buenorro o a una mujer de piernas infinitas? Y no me digan que a ver quién determina qué es bello y qué no lo es. Bueno sí, ya sé la respuesta: el heteropatriarcado, ¿verdad, Irene?


Sé que es un tema peliagudo, y empiezo a abrir el paraguas para recoger la lluvia de críticas que vendrá. La sociedad es diversa, siempre lo ha sido y lo es cada vez más: diferentes etnias, cuerpos, caras, orientaciones sexuales, discapacidades, colores de piel. El secreto está en enseñar a respetar a las personas sin etiquetarlas. Respeta a todo el mundo, no respeta al gay, respeta al negro, respeta al transexual, respeta al ateo, al discapacitado, a la lesbiana, al gordo, al feo, al calvo, al pobre, al rico. Cuando dejen de poner etiquetas para resaltar la diferencia, desaparecerán las diferencias. Y que dejen de tirar el dinero de nuestros impuestos en tonterías, ya de paso.

Felices vacaciones

Los Refrescos: Aquí no hay playa

Quizá se deba a que la playa más cercana me queda a hora y cuarto de casa, pero el caso es que este tipo de turismo y una servidora no nos llevamos muy bien. Imagino que no seré la única porque, de ser así, no existiría la famosa pregunta de «¿playa o montaña?»

Me gustaría que alguien que haya nacido en la costa, que tenga verdadera costumbre de pisar la playa casi todos los días del año (y, por descontado, del verano), me intente convencer de las bondades de dicha costumbre; a saber: la brisa del mar, la belleza del paisaje, el rumor del oleaje, el yodo del agua marina (que todas las abuelas dicen que es lo mejor para el reuma), ese azul infinito que se besa con el horizonte, esos veleros en lontananza… Todos estos detalles de postal de vacaciones, de película de James Bond, de anuncio de perfume con tío cachas saliendo del agua, o de perfil de influencer luciendo biquini en Zahara de los Atunes son el compendio de lo chachi y fantástico que es ir a la playa.

beach foam landscape nature

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Pero las que no somos Paula Echevarría -o Anita Obregón en sus años buenos-, tenemos algo que decir. Llego a la playa, con mi familia, cargada con: sombrilla XXL (porque sin ella corro el riesgo de volver a casa del color de la camiseta de Osasuna), bolso XL donde llevo el bote de crema solar factor 50+ pediátrico para mi piel dorada, la botella de agua para no morir de sed y que además me ayudará a quitarme el salero que parecerá que habré estado lamiendo tras darme un baño, las gafas «de ver» (las de sol ya las llevo puestas), cuatro pares de chanclas, una camiseta vieja para ponerme encima del biquini porque los hombros y la espalda son las zonas que más se queman, las toallas para sentarnos bajo la sombrilla, otra toalla protegida dentro de una bolsa con la que poder secarnos la cara (toalla a la que no puede caerle arena bajo ningún concepto, porque no queremos una exfoliación, solo secarnos), gorras con visera para toda la familia (porque es importante proteger la cabeza del sol), unos bocadillos, los cubos y las palas para los castillitos de arena, la muda para después de quitarnos los bañadores mojados, el monedero y la llave del coche. Matizo que los bocadillos son para la merienda de los niños, porque no entiendo el placer que encuentran algunos en la actividad de comer en la playa.

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