Una historia “covidiana”

Covidiano“. Acrónimo que me acabo de inventar a partir de cotidiano y covid.

Les voy a contar un caso real y reciente, aunque con nombres falsos para preservar la identidad de los protagonistas. En Pamplona, Iñaki regenta un bar junto a su mujer, Laura, y su hija, María. Algunos fines de semana, el hermano de Laura, José, les echa una mano trabajando en el bar. José está soltero y es el que atiende a sus padres y el que más está con ellos.

El viernes 12 de marzo, un cliente habitual del bar acudió como tantas otras veces y pidió que le dieran de almorzar. Iñaki decidió almorzar con él, pues se llevan bien, y María, la hija, atendió la mesa. En el bar también estaban Laura y José.

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El lunes 15, Laura e Iñaki supieron que habían dado positivo en coronavirus (ya tenían síntomas el día 14), y también su hija María. José, el hermano de Laura, empieza a tener síntomas el martes 16 y da positivo. Afortunadamente, no ha contagiado a sus padres. Pero sí ha contagiado a su otro hermano, Patxi, y su mujer, Lorena, y a su sobrina, Leire, que habían estado con José en la casa del pueblo el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero ese martes 16, Patxi y Lorena no saben aún que están contagiados. Patxi y Lorena se enteran el lunes de lo ocurrido con el almuerzo del día 12 y su cuñado Iñaki. Por si acaso, Lorena decide que ese lunes no irá a visitar a su madre, como suele hacer. Patxi y Lorena se encuentran bien, y su hija también. Patxi ha ido toda la semana a trabajar, y Leire al colegio.

El viernes 19, Lorena tiene fiebre, dolor de garganta y dolor de cabeza. El sábado 20 la prueba da positivo. El domingo se hacen la prueba Patxi y la pequeña Leire, los dos asintomáticos. Ambos se enteran de que son positivos el lunes 22. Lorena, Patxi y Leire habían estado con José el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Pero cuando José dio sus nombres el martes 16 al equipo de rastreadores, no consideraron necesario hacerles PCR porque no habían estado con José el lunes 15. Desde el 15 de marzo hasta el 19, Lorena ya tenía el virus. Pero no es hasta el día 20 cuando sale el positivo. Ese mismo día, por la noche, Iñaki se encontraba muy mal y no podía respirar bien. Para entonces ya sabían que el “amigo” del almuerzo había ido al bar siendo positivo en coronavirus, y sabiéndolo. Laura llamó a urgencias pero no le quisieron mandar una ambulancia al pueblo donde viven, cerca de Pamplona. Que no había ambulancia, le dijeron. Laura no tuvo otro remedio que coger el coche, de noche, y llevar a su marido, que no respiraba bien, a urgencias. Recordemos que ambos son positivos y en teoría no deben salir de casa. Pudieron haber lamentado ese trayecto para siempre si Iñaki se hubiera puesto peor mientras Laura conducía.

Decíamos que Leire ha estado yendo al colegio los días previos al positivo de sus padres y el suyo propio. Lorena, afortunadamente, no ha estado con personas vulnerables y no trabaja, así que sus contactos han sido mínimos. Lorena comunica al colegio el día 22 por la mañana que su hija ha dado positivo en la prueba del domingo 21. Los rastreadores comunican al colegio el lunes 22 por la noche que no es necesario confinar a la clase de esta niña porque han pasado más de 48 horas desde que estuvo en clase por última vez (la niña salió del colegio el jueves 18 y no había vuelto a ir desde ese día, ya que el 19 era festivo. El 19 fue cuando su madre empezó con síntomas).

Lorena, positivo en coronavirus y con síntomas, no tendrá que hacerse una segunda PCR después de los diez días de cuarentena, pero sí le harán seguimiento desde su centro de salud. Eso es lo que dice el protocolo en Navarra. El tipo que fue a almorzar el día 12 quizá se había saltado su cuarentena.  O quizá estaba en el décimo día y por eso se fue al bar, pero contagió. No sabemos los detalles de su historia. Pero les ha calzado el bicho a Iñaki (en la UCI, asmático), Laura, María, José. Patxi, Lorena y Leire.

Llevamos más de un año con la mierda esta, con perdón, de la pandemia. Todavía hay quien no se lo toma en serio. Quien es positivo y sale de casa. Quien se quita la mascarilla en cuanto pone sus posaderas en la silla de un bar y no se vuelve a cubrir la cara hasta que sale de ahí. Quien aún no sabe colocarse correctamente una puñetera mascarilla (es una mascarilla, no un mueble de Ikea). Quien se junta con quince en una casa a comer, beber y celebrar cualquier cosa, todos bien juntos y sin mascarilla. Quien se queja, y con razón, de las mil restricciones que nos imponen pero luego no pone nada de su parte para que estas vayan desapareciendo y nos vayan soltando cuerda.

Lorena es amiga mía. Leire va al colegio con mis hijos. Mi deseo es que ellas y todos sus familiares se recuperen bien de esta enfermedad diabólica. Y que historias como esta y con otros protagonistas y otros avatares nos den una lección a todos sobre lo que no hay que hacer.

Almas tristes

En la película de animación Trolls (Dreamworks), esos pequeños seres de pelos de colores, canciones pegadizas y purpurina a raudales se ven por un momento atrapados por los tristes “bergen”, y sus esperanzas de escapar se desvanecen. Sus cuerpos de colores y sus cabelleras llenas de luz y vida se apagan y se tornan grises. Hasta que uno de los trols entona una melodía llena de amor y poco a poco hace que cada trol vuelva a recuperar sus colores, su esperanza y el ánimo para intentar un plan de huida en equipo que finalmente resulta exitoso.

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Vivimos un tiempo gris, nuestras cabelleras han perdido su arcoíris, y entonar canciones felices resulta cada vez más difícil. Siguiendo con el símil cinematográfico, vivimos un día de la marmota perenne. De casa al trabajo y del trabajo a casa -el que tenga trabajo, claro. El ocio se ha reducido a ver pelis y series en el sofá, guasapear mensajes a nuestros familiares y amigos, a quienes no vemos o vemos muy poco, en la calle y sin un triste abrazo, y marchar al monte más próximo a pasear a ver si la naturaleza es capaz de sanar nuestra alma triste.

El otro día fui con mis hijos al cine, no habíamos estado desde el verano. Era miércoles, no esperaba ver mucha gente en la sala. La película, Trolls 2, quizá por eso he empezado esta entrada hablando de estos seres. Sesión de las 18:30 y la sala vacía, sin poder comer ni beber. Vacía a excepción de nosotros cuatro. Ignoro cuánta gente podría haber en las demás salas, pero a juzgar por cómo estaba el pasillo de acceso imagino que estarían desiertas o casi.

La pandemia nos está quitando muchas cosas y a muchas personas, y una de esas cosas es la capacidad de dar sorpresas. Se nos ha acabado presentarnos de improviso en casa de un amigo, o tomar unos potes después del trabajo y terminar yendo de farra sin haberlo planeado. O visitar a los abuelos y que los niños imploren a la hora de marchar a casa quedarse a dormir con ellos, porfi, porfi. Las fiestas de cumpleaños con mucha gente y soplando muchas velas también se han extinguido. Por cierto, nunca hasta ahora habíamos pensado en la guarrería que supone soplar encima de un alimento. En fin. El azúcar de la rutina se va desvaneciendo, y estamos permanentemente ante un plato de brócoli hervido.

Será esta luz de otoño, será la proximidad de unas no-navidades. Será la crispación que atraviesa la pantalla del televisor cuando vemos las noticias. La tristeza nos inunda, y necesitamos un trol cantarín y colorido que nos devuelva la sonrisa. Busquen a su trol, quizá es ese amigo con el que hace tiempo que no habla. Quizá son sus hijos ya crecidos e independientes, a los que debe recordar más a menudo que los quiere mucho y los echa de menos. O sus hijos pequeños, esos valientes que no se quejan de todo lo que están viviendo porque su capacidad de adaptación es asombrosa. O un libro por abrir y que inesperadamente les hace olvidar un rato las penurias. Les deseo de corazón que encuentren a diario a su trol cantarín que les anime el alma. Cuídense y dejen que la vida les sorprenda, por difícil que sea.

Miedo

De las aglomeraciones en sitios cerrados, de tocar algo y no lavarnos las manos (¿dónde he dejado el hidrogel?), de ir a un bar, de tocar la mascarilla para ajustarla mejor, aunque no se debe tocar, no, no, no, no toques. De quedar con amigos a los que estoy deseando ver, tocar, abrazar. De los desconocidos que van con la nariz al aire, o se han tocado la cara para luego tocar otra cosa. De que mis hijos jueguen en el parque con niños completamente desconocidos, muchos de los cuales no llevan mascarilla porque de 6 a 12 años no es obligatorio mientras guarden 1,5 metros de distancia (que no guardan). De ir a la piscina (cuánto la echamos de menos). La playa no, no la echo nada de menos (quien me conoce o ha leído un poco este blog, sabe que odio la playa). De ir de tiendas, probar un pantalón, una camisa, una blusa. No, no, no, no te arriesgues, no.

Miedo. Llevamos desde marzo con el miedo metido en el cuerpo, y nos estamos olvidando de vivir. Nuestro presente está invadido por el miedo, pero también el futuro más próximo. ¿Trabajaremos? ¿Cómo será la vuelta a las aulas, si es que se da? ¿Nos volverán a confinar? ¿Contagiaré, sin saberlo, a mi abuelo, a mis padres?

El enemigo está ahí fuera, nos lo han grabado a fuego, nos lo repetimos día a día. Es un enemigo invisible, no sabes cuándo ataca, no sabes quién ya ha sido atacado. Pero ¡no se puede vivir con miedo! Vivir es un morir lentamente, nos guste o no. Se puede vivir en la angustia, atenazado, alerta, temeroso, receloso de todo y de todos, siempre en pro de la seguridad y de preservar la salud. Pero no es vivir. Lejos de fortalecernos, nos debilita.

Viajamos en coche, continuamente. Nos ponemos el cinturón, respetamos los límites de velocidad e intentamos conducir con los cinco sentidos. Estas son nuestras mascarillas a la hora de coger el coche. ¿Significa eso que no pueda llegar un loco, un borracho, un metepatas, y nos haga sufrir un accidente fatal? No estamos a salvo nunca: es un virus, pero es también una caída, un accidente, un cáncer. La vida es corta y única.

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Soy consciente de lo poco estructurado de esta entrada, y es a propósito, porque la cabeza no para de dar vueltas desde hace meses. Ha sido una primavera entre cuatro paredes y está siendo un verano de mierda, con perdón, y lo que espera a la vuelta no depara cosas más halagüeñas. Hay necesidad de descargar, desahogarse, llorar si hace falta. Hemos vivido un duelo, pasando de la negación o incredulidad a la rabia, la negociación, la depresión, la aceptación, y no precisamente en ese mismo orden, porque todos estos estados de ánimo se repiten, se entrecruzan, vuelven a la carga.

Me digo hoy: ¡basta ya! Voy a seguir siendo precavida, con mascarilla como cinturón de seguridad, con distancia e higiene como límites de velocidad. Pero con ganas de vivir, de ser consciente de todo lo bueno que me rodea, de ser agradecida. Lucharé para que mis hijos y todos los que me importan sean felices en esta nueva forma de estar y de convivir. Sin miedo. Y si vienen mal dadas, lo afrontaremos juntos.