Cuando sea, serán.

Hace hoy dos años de los últimos Sanfermines “normales” y parece que han pasado diez. El 6 de julio de 2020 el ayuntamiento de Pamplona desplegó un pañuelo gigante en la fachada de la Casa Consistorial, con la intención de quitarnos un poco la morriña. “Los viviremos”, en español, euskera, francés e inglés, decía el pañuelo. #Sanfermines2021 era lo que se leía a continuación. Bien, pues aquí estamos ya, el 6 de julio de 2021, y seguimos sin chupinazo, sin fiestas, sin encierros ni gigantes. Mucha gente no se resigna, y está hoy almorzando con la cuadrilla desde bien temprano. He visto esta mañana a algunos vestidos de blanco con la faja roja y el pañuelico anudado en la muñeca. Hacen bien mientras respeten las medidas de seguridad, que ya estamos a tope de contagios por el brote de Salou (otra de las merindades navarras). A mí, la verdad, no me sale. Tener una comida deliciosa delante de la nariz, olerla, salivar y no poder probarla es como querer celebrar unas fiestas que sabemos que no pueden tener lugar. Una alegría un tanto impostada, un quiero y no puedo. Pero allá cada uno mientras sus decisiones no traigan consecuencias que haya que lamentar.

Prefiero echar la vista atrás y pensar en todo lo maravilloso que he vivido los julios pasados del 6 al 14, pensar que ha de volver todo aquello, y cuando lo haga lo valoraremos más si cabe. He visto hoy que el Ayuntamiento tiene en una página (www.losviviremos.es) y en redes sociales una serie de vídeos muy emotivos protagonizados por diversas personas amantes de los Sanfermines. ¿Qué son los Sanfermines?, dice el vídeo que encabeza la campaña https://www.instagram.com/p/CQ-xM0iLpz9/?utm_source=ig_web_copy_link

San Fermín ya empieza a asomar el 5 de julio con los nervios y el hormigueo de sabernos en puertas de una explosión vibrante; es alegría que desborda bajo el sol del verano -o el cierzo, según le dé al tiempo en Pamplona. Es vivir sin horarios salvo alguna excepción: las 12 el cohete, las 8 el encierro, las 11 los fuegos, las 10 la procesión. Es dormir de día y darlo todo de noche, pero también es levantarse con legañas y resaca y aguantar el tipo en los gigantes, en el vermú, con la cuadrilla, con los suegros, en la sobremesa, con un cubata a las 6 de la tarde, con más cafés de la cuenta y bastante alcohol regando el hígado. Es poner la lavadora con la vana ilusión de que esas manchas que no sabes cómo han llegado ahí se vayan. Es gentío, compadreo, universalidad. Que te pregunte un guiri si eres de aquí, de Pamplona, y al decirle que sí te conteste ¡qué suerte! Es rito, un rezo al cielo periódico en mano bajo la hornacina; sentir el aliento de un bicho de media tonelada que patea las mismas calles por las que hace unas horas se desparramaba la fiesta.

Es que nos retumbe el pecho al ritmo de bombos y platillos, jalear a la Pamplonesa (¡esa, esa, esa…!), ziriquear a Caravinagre y echar a correr. Es sentir el aire que levantan las faldas de Toko Toko al girar y girar y girar. Es llorar al escuchar una jota a San Fermín, para reír diez minutos después abrazado a alguien conocido al que te acabas de encontrar en medio de la marabunta, porque Pamplona, también en San Fermín, es un pañuelo.

Es la fiesta en mayúsculas, donde cada uno encuentra su hueco: todas las edades, todas las condiciones, todas las confesiones, tendencias, gustos y preferencias. Muy probablemente la única cosa que une a todos los navarros (quizá pueda sumársele el cariño por Osasuna). Una ciudad de provincias con fama de anodina y santurrona que se transforma cual oruga en mariposa para abrazar a decenas de nacionalidades. Pamplona en Sanfermines lucha desde hace tiempo con ahínco por quitarse de encima estereotipos de borracheras, violencia sexual y callejera y descontrol al borde de la ley, imágenes poco o nada representativas de una fiestas que son mucho, muchísimo más.

Ahora mismo, y desde hace dos años, es una ciudad que espera como un niño espera a los Reyes Magos aunque sea aún febrero: con impaciencia pero con ilusión. Mientras tanto, haya que aguantar otro año más o más de un año, vivamos con el recuerdo de los Sanfermines pasados y la mirada puesta en el futuro, tarde lo que tarde.

Que no nos empañen las fiestas

Un año más, la ciudad ha comenzado su transformación de pequeña capital a gran urbe de la Fiesta, con mayúscula. Llega San Fermín, un compendio extraño de tradición, solera, primitivismo, música y alegría, hermandad, borrachera, comilonas, blanco impoluto y calles sucias.

Hace dos años un suceso por todos conocido manchó de la manera más dañina nuestras fiestas. Quedó claro desde el primer minuto que la sociedad pamplonesa y de más allá de estos lares reprobó los hechos, se asqueó y reivindicó unas fiestas libres de agresiones sexuales. Pero hace muchos años que llevamos aguantando que se proyecte una imagen de Pamplona que, aunque lamentablemente existe, no es representativa de lo que aquí ocurre del 6 al 14 de julio cada año.

Me estoy refiriendo a ciertos medios de comunicación que, como aves de rapiña, emiten para el gran público imágenes de reporteras besadas y sobadas en medio de un gentío mayoritariamente masculino; imágenes de beodos próximos al coma etílico, calles plastificadas de vasos y acristaladas de botellas, muchachas pechos al viento manoseadas sin que, al parecer, les importe. Esto es lo que vende, y a estos medios no les interesa ahondar en la fiesta. Recientemente, en unas jornadas en las que se debatía sobre San Fermín, una chica contaba que en la calle, en medio de la fiesta, propuso a un medio televisivo que la acompañaran a conocer los auténticos Sanfermines, pues lo que estaban grabando no lo eran. La respuesta que obtuvo fue: es que eso no vende.

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