Carne a la parrilla

Disculpen mi ausencia, el verano me ha enganchado con sus zarpas sudorosas y me tiene dando tumbos entre mis propias vacaciones y las de mis hijos, y aún no sé cómo he aterrizado ya en finales de julio después de lo que me costó atravesar las procelosas aguas (casi arenas movedizas) de un junio y final de curso agotadores que parecían no tener término.

Ando fijándome estos días en las pintas que llevamos todos cuando el termostato nos pide mucha agua y poca tela. De ropa, me refiero. A las chiquillas y moceticas les ha dado por recortar los vaqueros a la altura del glúteo: es importante que asome por el bordillo el mollete, y si la tela está deshilachada, mejor que mejor. La combinación con botas camperas es lo más: el culete asomado a la ventana pero los pies bien abrigados, aunque la versión con chancletas «de dedo» también abunda. Cada una de las camisetas egeberas XXL que nos poníamos a finales de los ochenta, con serigrafía de Danone, Chambourcy o Naranjito, daría, por su tamaño, para fabricar cuatro o cinco tops de los que llevan ahora las muchachicas: un escueto cachito de tela para cubrir lo justo del tetamen, y el abdomen al aire, que luego se les enfriará la cena y tal, pero tiene que vérseles el ombligo y si este lo llevan agujereado, mejor que mejor.

Los mocetes van uniformados con bañadores de colorines, cuanto más cuelgue la tela mejor (y con calzoncillo debajo, muy higiénico todo), y camisetas de fútbol de equipos random (como dicen ellos). Vamos, que da igual que vivan en Calzadilla de los Barros porque llevarán una cami de la Roma, el Manchester City o el PSG, haciendo patria. Que no falte en el atuendo un par de auriculares bien grandes y sin cable, que lo mismo sirven para no oír a la madre gritarles que salgan ya de su cuarto que para hacer aterrizar un avión en la pista de la T4.

Pero lo que me inquieta más es lo que se ve en la piscina-barra-playa. Ahora pueden convivir señoras tapadas de pies a cabeza con mujeres de quince, veinte o cuarenta y cinco años que van enseñando literalmente el culo. Vamos, que la tela del biquini está tan escondida que se adivina el color porque suponemos que hará juego con la parte de arriba. Porque no se ve, solo hay nalgas. Que será que me estoy volviendo muy carca, pero digo yo: si vas enseñando todo así de alegremente, ¿qué dejas a la imaginación? Al conocer a una persona, sobre todo si te atrae a primera vista, se supone que hay que ir levantando capas: conversación, personalidad, la mirada, los intereses comunes, un proyecto de vida… Ya habrá tiempo de verse en pelotas, ¿no? ¿O es que con este método enseñas el culo y así, si hay interés, ya vendrán a hablar contigo? Y te mirarán a los ojos, claro, no al escote que irá acorde con la nalga temblequeante.

Photo by Daniel Torobekov on Pexels.com

Con tanto enseñar cacho ha llegado la moda -o la necesidad- de taparse con camisas muy grandes para viajar en el metro. Para lucir palmito en verano, exponiendo más carne que vestido, hay que correr el riesgo de que un tío asqueroso se arrime a ti en exceso o, peor aún, a ese tío o a varios que le acompañan se les vayan las manos donde no deben. En París debe de ser muy común llevar en el bolso una camisa (subway shirt) que tape bien las curvas que a algunos cavernícolas les parece que pueden tocar a su antojo: Cubrirse con camisetas grandes: la última moda entre las parisinas para evitar agresiones en el metro Me parece muy triste, hablando en serio.

En fin, hay ropa preciosa para esta estación del año: vestidos estampados, faldas de todas las larguras, pantalones cortos, monos, camisetas de tirantes, camisas de lino, sombreros que protegen del sol y dan un toque de sofisticación… Yo es que veo la ausencia de ropa de algunas y me tiro de los pelos, perdónenme. Quizá sea envidia sana, pero también les digo que si tuviera veinte años menos -y diez kilos menos- pues… pues tampoco: no me atrevería a lucir pata negra (en mi caso blanquísima) tanto como las chicas de ahora. Juventud, divino tesoro.

Operación Esperanza

Que una persona logre sobrevivir perdida en la naturaleza varios días o una semana ya me parece una proeza. Pero que cuatro niños aguanten vivos 40 días en la selva colombiana y sin demasiados recursos materiales resulta, a mis ojos occidentales y urbanitas, un guion hollywoodiense de una cinta de aventuras o directamente un milagro del cielo. No tardará Netflix o cualquier otra empresa audiovisual en crear un documental o largometraje basado en la historia de los hermanos Mucutuy.

Así es Lesly, la niña de 13 años que cuidó de sus hermanos en la selva

Los niños rescatados en la selva amazónica esperaron ayuda cerca del avión durante cuatro días

Aquí, en el mundo de cemento y hormigón, vivimos rodeados de gente muy joven que no sabe que existía el listín telefónico, que no sabe leer un mapa ni qué es una escala; gente que apenas ha utilizado un diccionario y mucho menos una enciclopedia por tomos. Cualquiera de nosotros ya no da indicaciones para ir a un lugar, sino que envía la ubicación por WhatsApp. Miramos al cielo y no reconocemos las constelaciones, ni dónde quedan el norte y el sur; la dirección del viento no nos cuenta nada de nada, las mareas solo nos interesan si vamos a plantar la toalla en la playa, y todos los árboles nos parecen eso: árboles sin nombre ni apellidos. No hablemos ya del canto de los pájaros, que no distinguimos una tórtola de un gorrión. Solo las personas muy vinculadas al mundo rural tienen algún tipo de habilidad para desenvolverse en la naturaleza.  

Photo by Andreea Ch on Pexels.com

Pero es que la selva son palabras mayores, no es un bosque con mariposas y ardillas. La abuela de los niños rescatados con vida, indígenas de la etnia huitoto (me encanta la palabra), parece ser que les había enseñado los fundamentos indispensables para una supervivencia exitosa en un medio tan hostil. Lesly, la mayor, sabía dónde obtener agua, qué comer o cómo refugiarse, y mis hijos no saben ni manejar bien un cuchillo para trocear una patata. La fortaleza y el buen instinto de la niña mayor, de solo trece años, me parecen increíbles, y sus decisiones y liderazgo resultaron determinantes para que esta historia haya tenido un final casi feliz. Digo casi porque la mamá falleció a consecuencia del accidente de la avioneta donde viajaban, pero allá donde esté observará orgullosa a sus pequeños.

Tengo ganas de sentarme con mis hijos a ver Náufrago, película protagonizada por Tom Hanks y que, a bote pronto, me ha venido a la cabeza por tratarse de otra historia de supervivencia, apta además para todos los públicos. Otra peli muy famosa es Lo imposible, en la que un tsunami real como la vida misma destruye todo lo que encuentra a su paso: esta galardonada cinta no he sido capaz de verla todavía, no creo que pudiera soportar la angustia. El milagro de la selva colombiana me ha hecho reflexionar acerca de lo verdaderamente importante y de cómo difieren las prioridades según el entorno y nuestras circunstancias personales y familiares. De nada nos iba a servir saber hacer un trámite de la administración con la clave permanente, manejar una hoja de Excel o los mandos de la Nintendo si sobreviniera un desastre que nos sacara de nuestra comodidad y nos obligara a puramente sobrevivir. No me apetece nada comprobarlo, pero supongo que mi instinto de supervivencia lo tendré más que atrofiado. Ni cantando por Mónica Naranjo sonaría creíble el sobreviviré. Siempre podría entonar el Color esperanza de Diego Torres, aunque me estuviera comiendo los mocos. Quizá al desafinar el agua de lluvia me surtiría de agua potable en caso de necesitarla.

Lo que no te mata te hace más fuerte (#cuestióndealma)

Más de un mes soñando con ir a Sevilla, esa ciudad de color especial y olor a azahar. Nervios de punta por encontrar alojamiento y no dejar la cuenta a cero, sumando el medio de locomoción, la entrada al estadio, comida, bebida, atuendo. Más de 900 kilómetros separaban Pamplona de la sede de la final, pero la distancia y la incomodidad de tener que viajar tan lejos -teniendo que pedir días de vacaciones y tirando de calculadora para llegar a fin de mes- no consiguieron amedrentar a los 25.000 rojillos que nos dimos cita en La Cartuja.

En sus 102 años de historia, Osasuna solo ha disputado dos finales. He tenido la suerte de haber presenciado ambas, y no por televisión, sino in situ. Entre una y otra han pasado 18 años, y en ese tiempo el club ha crecido muchísimo deportivamente y en masa social. También es cierto que hace tan solo ocho años estuvo al borde de la desaparición si no hubiera sido porque el agónico empate a dos en Sabadell nos permitió permanecer en segunda división para ascender un año después (2016), volver a descender a segunda en 2017 y regresar a primera como campeones de segunda división con Jagoba Arrasate, en 2019. Cuatro años llevamos en primera desde entonces, y el de Berriatua ha hecho crecer a Osasuna como nunca, imprimiendo un estilo de juego que arraiga en la forma de vivir el fútbol de ese Sadar renovado que conserva aún la esencia de los indios de Alzate, pero con detalles técnicos y fútbol directo y de calidad, de presión y segundas jugadas.

Lo vivido en Sevilla no se puede expresar con palabras. Ver las calles inundadas de camisetas rojas y buen ambiente invitaba a soñar, por qué no, con la victoria y el primer título de nuestra historia centenaria. Algunos sevillanos preguntaban si se había quedado alguien en Pamplona o estaban todos allá. Los camareros aprendieron a preparar kalimotxo y hacían el agosto en mayo, sorprendidos por la capacidad de ingerir alcohol de muchos navarros. Más de uno entró en el estadio sin voz, pero aún quedaba lo mejor. Poco a poco se fue llenando todo el fondo sur de camisetas rojas. El delirio fue in crescendo cuando salió Roberto Torres al stand de televisión, y siguió creciendo cuando Edu, nuestro speaker, fue cantando la alineación titular. Cada nombre iba seguido del apellido -o cada apellido del nombre- en un rugido unísono que hacía retumbar el cálido aire hispalense, puro coliseo romano. Después llegaría el riau-riau más multitudinario cantado en un estadio de fútbol, baile de bufandas al compás. Y casi con la última nota, el gol del Madrid a los dos minutos.

Photo by Alex Quezada on Pexels.com

Los fantasmas empiezan a aparecer por las mentes: nos van a golear, no puede ser, están como flanes, el Madrid no juega finales, las gana. Todo el planteamiento táctico se desmorona si te marcan a los dos minutos, pero Osasuna supo rehacerse y fue de menos a más. El éxtasis llegó con el trallazo de Lucas Torró, el pulpo de Cocentaina, que metió un golazo para la historia y lo celebró dedo en alto, como Aloisi en el Calderón, allá en 2005. Es imposible no sentir un cosquilleo viendo el gol, la celebración y la reacción de la grada. Grité, abracé a mis padres, a la pareja de jóvenes de mi derecha, al de la fila de abajo que estaba a su vez abrazando a su colega. Salté, reí, soñé: quizá sí. Pero no duró mucho la alegría.

Tras el 2-1 los minutos corrían como Usain Bolt por la pista de atletismo, como la tapada por césped artificial en ese intento de estadio de fútbol llamado La Cartuja. Osasuna lo intentó hasta el final, lástima esa de Kike Barja que no pudo rematar porque Carvajal metió el pie, o antes la de Abde que sacó también Carvajal. Osasuna llegó a disparar más veces a puerta que el Madrid, pero el fútbol puede ser muy injusto. El pitido final cayó como un rayo fulminante en los corazones rojillos, se acabó.

Ver a mi equipo roto por no poder corresponder a su afición es algo que no voy a olvidar nunca. Muchos lloraron, a mí me faltó poco, pero recogimos los pedazos de la desilusión (que no decepción), y con la cabeza muy alta seguimos alentando a Osasuna, ese club humilde de presupuesto ridículo comparado con el del club madridista. En una unión perfecta, jugadores, cuerpo técnico y aficionados nos aplaudimos los unos a los otros con el alma ensanchada porque nuestro pequeño club se había hecho enorme. Había demostrado que se puede jugar de tú a tú a un megaequipo millonario plagado de títulos como el Real Madrid. Hicimos perder el tiempo a Courtois, desquiciamos a Vinicius; más de media España estaba con nosotros, demostramos que el sentimiento por unos colores puede ser más grande y tener más valor que todos los trofeos del mundo. Ahí estaba la afición del Madrid casi en silencio contemplando otra copa más. Y ahí estaba esa grada roja sonriendo a pesar de todo, subcampeones de Copa pero ganadores de todo lo demás. De la diversión, el disfrute, el apoyo incondicional, el saber perder, el compañerismo, el sentimiento de pertenencia.

Llevo tres días (el partido fue el 6 de mayo) sin parar de ver vídeos en internet; vídeos de las calles de Sevilla, del recibimiento al autobús del equipo (tremendas imágenes, pelos de punta), vídeos del partido, declaraciones de jugadores, de Jagoba, de Braulio, del presidente Sabalza; vídeos del riau-riau, del gol de Torró, de gente que no conozco saltando como loca en una grada que casi se viene abajo, valla rota incluida.

Pocas cosas nos unen a los navarros como este club. Osasuna nunca se rinde. Y algún día levantaremos un trofeo de metal con inscripción y lazos y todo eso. Pero nuestro mejor trofeo ya lo tenemos desde hace 102 años, y se llama osasunismo.

(La etiqueta que Osasuna ha utilizado para los días previos a la final y durante el propio partido y los días posteriores fue #CuestiónDeAlma).

Manifiesto iracundo

Manos oscuras nos manejan desde las alturas del poder, económicas, ideológicas y, me atrevería a decir, satánicas. Pero ya estoy más que harta. Y si no escupo la bilis se me va a enquistar, así que ahí va (advierto de que llevo tiempo acumulando rabia e impotencia, y acompaño mi texto con enlaces a noticias relacionadas con lo que cuento):

No me vais a encerrar de nuevo en casa, venga la pandemia que venga. No vais a convertir nuestra existencia en perímetros de 15 minutos ni a limitar nuestra movilidad, y por ende, nuestra libertad. Qué son las ciudades de 15 minutos que quieren aplicarse en España No voy a comer insectos, gusanos o bichos que se arrastren, no soy ni Timón ni Pumba. Italia separará la harina de insecto de otros productos en los supermercados (bravo por Italia, por cierto). Nadie va a hacer que me sienta culpable por conducir mi coche de gasolina para irme de vacaciones siete días al año mientras millonarios, jefes de estado y jetas de todo pelo surcan el cielo en sus jets privados megacontaminantes. Los famosos que más contaminan con sus jets privados

No me gusta Gretha Thumberg, creo que solo es una niña histérica manejada cual marioneta, y creo que se silencian muchas voces de científicos y expertos que no entran en la nómina de estómagos agradecidos que sueltan el discurso que interesa a los gobiernos. Y me resulta sospechoso que se culpe al cambio climático de una nefasta o más bien inexistente política preventiva contra los incendios. Desde que los adalides del ecologismo prohibieron la intervención del hombre y del ganado en los montes, estos son un terreno perfecto para que prenda la llama. Pero qué van a saber cuatro aldeanos sobre limpiar el monte, mejor señores trajeados a los que se les llena la boca de sostenibilidad, políticas verdes y lucha contra el cambio climático. Mantener el medio rural vivo ayuda a prevenir los incendios

Mis hijos son míos y de su padre; somos su padre y su madre, no su progenitor no gestante y su progenitora gestante. La Ley Trans también cambia el Código Civil para eliminar «madre» y «padre» e incluir «personas» o «progenitor gestante» Mis hijos son míos, repito, y como su madre tengo derecho a educarlos según mis convicciones. Son niños y no permitiré que se sexualice prematuramente y perniciosamente su vida. Montero: «Los niños tienen derecho a saber que pueden tener sexo con quien quieran» Tampoco permitiré que los hagan cuestionarse si se sienten niño, niña o alpargata de esparto. El fácil acceso a la pornografía no es la única aberración contra la que luchar como padres, lo es también la ideología de género. “Los jóvenes y la pornografía”: Informe revela cómo los adolescentes interactúan con la pornografía

Photo by Tima Miroshnichenko on Pexels.com

Soy hembra heterosexual, y el sexo biológico es o masculino o femenino, y lo marcan los cromosomas. Las tendencias sexuales son otra cosa, respeto la libertad de cada uno para sentir atracción o no sentirla por otro hombre, otra mujer o una piedra. Pero no voy a tolerar que se nos borre a las mujeres y que anulen nuestras conquistas porque señores con rabo digan sentirse mujeres. Vergüenza me da que un ministerio se gaste diez mil euros en un estudio que concluye que «las mujeres trans sufren más tabú sobre la menstruación que el resto de mujeres» Igualdad gasta casi 10.000 euros en concluir que las mujeres trans sufren más tabú sobre la regla que el resto de mujeres. Porque no, las mujeres trans no son mujeres y, por tanto, no menstrúan, por lo que no pueden, aunque quieran, sentir tabú por algo que sucede exclusivamente en el cuerpo de la mujer. Sin ovarios ni endometrio no hay menstruación. Y lo digo amparada por mi libertad de expresión, ya puede decir la ley trans lo que quiera sobre transfobia o patatas fritas.

El deporte de competición debe seguir manteniendo las categorías masculina y femenina, o no habrá igualdad de oportunidades. Irene Aguiar en Twitter: En dos minutos: lo que pasa con el deporte en doce leyes trans autonómicas. Y sí, hombres y mujeres somos diferentes biológicamente: nuestros cuerpos están diseñados para objetivos diferentes, nuestras capacidades son diferentes -ni mejores, ni peores, diferentes-, y en esa disparidad está la clave del éxito, porque somos complementarios. Ni las mujeres debemos masculinizarnos ni los hombres afeminarse. Las 12 diferencias biológicas entre hombres y mujeres

No aguanto el buenismo ni lo políticamente correcto. No se puede censurar una obra literaria porque puede ofender: Los “lectores sensibles” reescriben a Agatha Christie: sus novelas no tendrán más “negritos” ni “orientales”. De los «ofendiditos» estoy más que hasta el gorro, ya hace tiempo que hablé de este tema: Perdona nuestras ofensas

Tener hijos no puede compararse con tener un perro. En nuestro país hay llamativamente más mascotas que niños menores de quince años. En España hay el doble de mascotas que niños menores de 15 años Y sí, a las élites les interesa que no nazcan muchos niños, hay superpoblación y escasez de recursos. Las noticias solo saben hablar de lo estresante que es ser padre, de lo complicado que es conciliar. Se estudia abrir los colegios en verano: aparcaniños. El PSOE quiere que los docentes trabajen en verano y abrir colegios fuera de horario lectivo Las familias no queremos eso para nuestros hijos, queremos que toda la sociedad se involucre para facilitar la crianza. Hay muchas y variadas soluciones, pero no interesa a nadie ponerlas en marcha. Pero oye, demos ayudas a las familias monoparentales porque las familias numerosas no tienen tanto gasto como aquellas, no. Compremos también el voto de la chavalería dándoles bonos culturales de 400 euros, pero no hablemos de bonificaciones o contraprestaciones económicas por traer niños al mundo, no.

Soy aún joven pero el mundo actual cada vez me resulta más ajeno a mis convicciones, a lo que me han enseñado o cómo me han educado. Me preocupa el futuro de mis hijos, y mis desvelos diarios pasan por hablar muchísimo con ellos sobre estos y otros temas. No puedo soportar la idea de que los moldeen contrariamente a lo que se les enseña en casa. Me asusta como nada la clase de sociedad en la que ya están viviendo, carente de valores, empatía o esfuerzo, en la que imperan el egoísmo, el individualismo y la comodidad, haya que pisar a quien haya que pisar.

Y a pesar de todo, sé que no estoy sola, que aún queda gente que se rebela contra el mal y la injusticia, personas que merecen la pena. Somos la resistencia, y deberíamos luchar por lo que creemos. Estemos preparados para lanzarnos a las calles, porque mucho me temo que será necesario, más pronto que tarde.

Modo «off» para estar más «on»

Aunque lo parezca, no vengo a hablar de fútbol. Esta imagen fue tomada el 1 de marzo de 2023 en el estadio de El Sadar -y parece de otro siglo, verán por qué-, nada más marcar gol Ez Abde, el futbolista que mira a los aficionados. Intenten encontrar en la grada a alguna persona con un teléfono en la mano. Difícil, ¿verdad? Será de las escasas situaciones de mi día a día en las que veo que la gente deja el móvil de lado, y eso me hace sentirme orgullosa de la afición que somos, pero eso es otro tema.

Madrugo, cojo el autobús, son las siete y media. Viajamos trabajadores (una mayoría de mujeres) y muchos chavales que van al instituto. Unos minutos antes de subir al autobús (la villavesa, para los que somos de Pamplona), ya están en la parada, móvil en mano, haciendo deslizamiento de pantalla o escribiendo a velocidad de vértigo. ¿Qué tienen que mirar con esa avidez a las siete y media de la mañana? E incluyo también a los adultos, claro. Solo hay que aprovechar el viaje de veinte minutos para observar a nuestro alrededor. Cabezas que apuntan al suelo pero no están mirando el suelo sino una pantalla. Algún estudio ha salido ya para simular cómo serán nuestros cuerpos dentro de tropecientos años (si no ha explotado todo), y da repelús ver la deformación que les espera a los esqueletos fruto de tanto agachar la cabeza.

Últimamente intento hacer propósito de soltar más el aparatito, al que recurro -y recurrimos- por mero aburrimiento, por inercia. Es un poco como el fumador que enciende el cigarrillo sin pensar si le apetece, simplemente lo enciende por costumbre; gente que recién se levanta de la cama se echa nicotina al coleto en ayunas, por puro acto reflejo. Así es con el teléfono. Vengo de recoger la cocina, me siento en el sofá, cojo el móvil. Abro Twitter, Instagram (Facebook ya ni lo miro), reviso los estados de WhatsApp, contesto algún mensaje que tenía visto y no respondido (perdón, sé que eso está mal, pero así es la vida). Después de un rato leyendo naderías, hay un clic que sucede a veces y me agarra de los hombros, me sacude y me dice: ¡déjalo ya, estás perdiendo el tiempo, seguro que hay cosas más interesantes que puedes hacer!

Anoche me fui con mi hija a su habitación a escucharla leer en voz alta un libro que tenía que devolver al colegio al día siguiente. Estuvimos casi una hora, y me pregunté luego cómo hemos podido dejar que un cacharro luminoso nos robe el tiempo así. Una hora mirando el móvil se pasa volando, y ya no vuelve. Estoy haciendo autocrítica, que nadie vea en estas líneas una moralina o una acusación contra nadie. Nos pasa a t-o-d-o-s, en mayor o menor medida. Luego ve a decirle a tu hijo adolescente que suelte el móvil ya, que lleva tres horas.

Desde hace un par de meses, me llevo un libro en mis viajes en villavesa. Cuando estudiaba siempre llevaba uno, porque tardaba bastante en llegar a la universidad, y tengo la suerte de no marearme en el trayecto, así que aprovechaba esos ratos para leer, a veces lecturas obligadas y otras escogidas. Ahora no veo a casi nadie leyendo libros, si acaso algún dispositivo electrónico donde se llevan libros en formato digital. Tenemos la mayor de las enciclopedias en la palma de la mano y no le sacamos rendimiento porque lo usamos casi siempre para tonterías.

Ahora estoy leyendo la última novela de Dolores Redondo, y ha conseguido engancharme como el móvil. Un día fui de pie leyendo en el autobús, con la mano derecha agarrando la barra y el brazo izquierdo tonificándose mientras sujetaba el libro, que es de tapa dura y acaba pesando, oyes. Pero me resisto a la ligereza del libro electrónico, necesito páginas de papel: es el oasis analógico en el universo digital, es un ancla al pasado, a lo que está bien. Voy a citar un fragmento de El valor de la atención, de Johann Hari: https://www.todostuslibros.com/libros/el-valor-de-la-atencion_978-84-1100-129-8 «Leer libros nos adiestra en un tipo de lectura muy concreto, nos enseña a leer de manera lineal, centrados en una cosa durante un periodo sostenido. Y [Anna Mangen] ha descubierto que leer pantallas nos habitúa a leer de una manera diferente, a partir de saltos nerviosos que nos llevan de una cosa a otra. Tenemos más probabilidades de seleccionar y descartar […]. Transcurrido un rato, ese seleccionar y descartar se desborda. Y también empieza a colorear o influir en cómo leemos en papel… Ese comportamiento también se convierte en algo que hacemos por defecto, más o menos. […] La gente entiende y recuerda menos lo que absorbe a partir de pantallas […]. Esa brecha en la comprensión que se da entre libros y pantallas es tan grande que en alumnos de primaria equivale a dos terceras partes del progreso anual en comprensión lectora».

En fin, todo esto va de carpe diem, de consciencia plena (anglófilos: mindfulness), de atrapar el momento. Celebrar un gol con toda el alma, pasar un rato con los hijos sin ninguna distracción maligna, echar una partida a las cartas con la familia, hacer un bizcocho, llamar a una amiga. Nos quejamos a todas horas de que no tenemos tiempo de nada. Subámosnos al modo avión: un poco de desconexión no nos va a venir nada mal. Termino con una imagen que habla por sí sola y porque esa señora me parece maravillosa: https://www.huffingtonpost.es/2015/09/23/senora-sin-movil_n_8181282.html

Que te saco el BOE, ¿eh?

@veganaynormal

Qué hartazgo de sistema y de adoctrinamiento 🔥🔥 #Veganismo #Especismo

♬ sonido original – VeganayNormal

Qué en paz está una sin tener TikTok, madremíadelamorhermoso.

Lo malo es que hay vídeos que acaban viéndose y compartiéndose por doquier, y una servidora, que es muy de entrar al trapo, pues entra. Veganaynormal -la cuenta de TikTok de una madre sufridora y «devastada»- ha publicado un vídeo-queja hacia la tutora de su hija de 8 años, Navia, porque en su familia practican el veganismo y a la niña la obligan a ir disfrazada en carnavales de ¡pescadora! Pecadora no, ¿eh? Con ese: ¡pescadora! ¡Habrase visto tamaña desvergüenza!

Vivan los objetores de conciencia de la piscivoracidad. Pobre Navia, le están enseñando en el colegio que existe en el mundo (y desde tiempos de Jesucristo ¡o antes incluso!) una profesión (durísima, por cierto) consistente nada menos que en echar redes al océano para capturar seres vivos con escamas y branquias, que sienten y lloran como tú y yo escuchando el Nessun dorma de Puccini. Inocentes cuerpos con espinas que son arponeados para que nosotros, los humanos, nos alimentemos con sus proteínas, sus omegas-3 y su fósforo. Habiendo como hay tofu, quinoa y semillas de chía, ¿quién quiere comer besugo o rodaballo? Qué insensibles, de verdad.

Pobre madre, y encima llama a su hija Navia. ¡Si tiene nombre de ferry! Mamá, ya estoy en Barcelona, dentro de dos horas cogeré el Navia para Menorca. Irónico, ¿no? Eso sí, le veo a esta señora muchos recursos: dice que irá a pelearse con la dirección del centro y a enseñarles el BOE, donde se dice, según cuenta ella, que nadie puede ser discriminado por sus creencias religiosas, morales o éticas.

El BOE es muy amplio, Maricarmen, y no sé en qué número sale eso que comentas. Pero la Constitución Española, en su artículo 27.3, dice: Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Mucha carta magna y yo, que también soy madre, me tengo que aguantar con que a mis hijos les digan que existen 54 géneros o que los niños pueden tener vulva. Menos mal que en casa luego les quito las tonterías.

Tú deja a la chiquilla que se disfrace, no sea que la llamen bicho raro porque no come sardinillas en aceite. Luego tú ya si eso le preparas unas zanahorias ecológicas hervidas con salteado de brócoli y la llevas a la pescadería del barrio para que sienta el asco por ese olor a vísceras húmedas y viscosas. Mano de santo. Ah, no vayáis a Málaga de vacaciones, que igual el olor a espeto y a pescaíto frito le nubla la razón. Pero déjala que se divierta en el carnaval, mujer. En el fondo estamos en el mismo barco (perdón, no quería ofenderte): mis hijos hacen oídos sordos cuando les sueltan a todas horas el todas y todos o el chicas y chicos (lo de chiques no lo han llegado a oír en las aulas, a Dios gracias), asienten como borreguicos y después en casa me lo cuentan y nos echamos unas risas despotricando un buen rato del progrerío, la incultura y la insensatez.

Bendita locura la nuestra

Se anunciaba frío polar y sensación térmica de seis bajo cero para el miércoles, 25 de enero de 2023, en Pamplona. La RFEF, la tele y quién sabe más y por qué, deciden programar el encuentro entre Osasuna y Sevilla para ese día a las diez de la noche, que es una hora estupenda para estar 90 minutos o más a la intemperie. Va acercándose el día y me olvido del frío, de la hora, de que es muy difícil aunque, oye, jugando en casa, ¿quién te dice que no pasamos? Leo por ahí que Osasuna ha disputado cinco semifinales de Copa del Rey en su historia: dos ante el Barcelona (1936 y 1988), una ante el Sevilla (1935), otra ante el Recreativo de Huelva (2002), y la última, la que nos dio el pase a nuestra única final, ante el Atlético de Madrid en 2005. La final ese año fue el 11 de junio, contra el Betis, que nos ganó en la prórroga y nos mandó para Pamplona con lágrimas por lo que pudo haber sido y no fue, pero henchidos de osasunismo y orgullo a más no poder. El Betis levantó el trofeo, equipo al que acabamos de eliminar en octavos de final, con prórroga y penaltis, a la heroica, yendo con el marcador en contra hasta rascar el empatico tras 106 minutos jugados y que daba opción en los lanzamientos de penaltis a lograr el pase a cuartos.

Y vaya si pasamos. Cuartos de final, partido único y por fin en El Sadar (donde, por el formato del campeonato y los sorteos, no jugábamos Copa del Rey desde el 12 de septiembre de 2018); el rival, otro sevillano, el Sevilla F.C. Ahí estuvimos 19724 almas encogidas de frío, de nervios y de ilusión, mucha ilusión. Porque estamos séptimos en Liga, y hace 8 años nuestro club estuvo al borde de la desaparición. Jagoba Arrasate es el capitán del barco y nos ha vuelto a ilusionar, ha creado en los últimos años una piña equipo-afición no conocida desde los tiempos en que era entrenador Martín Monreal, por lo menos. Si hay posibilidad de algo grande, es esta temporada.

Me preparé a conciencia las capas de la cebolla: mucha ropa y forros para no pasar frío, que no fue tanto como el que anunciaban, o quizá es que por dentro bullía una gran olla a presión. Solo quien siente los colores de Osasuna lo entenderá: nudos en el estómago los días previos, contando las horas el día del partido, ansiando que lleguen las 22:00. Ni las inclemencias ni todos los inconvenientes del mundo pueden echar atrás a esta afición; se logró una entrada considerable, a pesar de que los socios también tuvimos que pasar por taquilla.

La primera parte fue más del Sevilla, pero a pesar de su insistencia logramos llegar al descanso con la puerta a cero. En la segunda mitad los de Sampaoli asediaron a Sergio Herrera con tres ocasiones clarísimas rondando el minuto 60 de juego. En ese momento la mente está: tanto va el cántaro a la fuente… nos la van a clavar, nos hundiremos y como mucho igual logramos empatar a uno y forzar la prórroga. Pero llega el minuto 70 y Juan Cruz levanta la cabeza, mete un pase en profundidad a Rubén García, que centra al área para que Chimy Ávila baje el balón, se gire, controle y dispare y ¡¡¡¡gooooooooooooool!!!! Ya está, nos hemos adelantado en el marcador, quedan 20 minutos y se puede, ¡se puede!

Poco después, nos acordamos de toda Croacia, del «somos contentos» y de lo mal que tiene que estar pasándolo este hombre de pómulos marcados, Ante Budimir, para no salir de ese bucle de mala racha goleadora, porque no hay tutía y en los minutos 89 y 92 falla dos ocasiones cantadas, muy claras. En la grada nos desesperamos, era la puntilla, qué oportunidad perdida, porque sí, llegó lo más temido: gol in extremis del Sevilla. Minuto 95 (el árbitro había añadido 6 al tiempo reglamentario), y En-Nesyri nos clava un puñal en el costado. Todos pensando que nos íbamos a casa con el 1-0 y tan felices y había que jugar la prórroga.

Quién dijo que sería fácil: aquí no se rinde ni Dios. Cansancio, sueño, calambres: la grada se echa al equipo en la espalda, os vamos a llevar en volandas, no os preocupéis. Juega Abde, el chaval cedido por el Barcelona, el de «encara, encara, Abde». Pues voy y encaro, vaya que sí: minuto 98, el tío echa a correr, se planta delante de un defensa que habrá tenido pesadillas con él, se frena, dribla, chuta y ¡¡¡¡goooooooooooooool!!!! Ahora toca resistir, aguantar el marcador, no hay que permitir que vuelva a empatar el Sevilla. Cada posesión del rival se acompaña de pitidos y abucheos en la grada: hay que minarles la moral, que sientan que no van a poder con Osasuna: el pase a semifinales es nuestro, ya está, queda un minuto. Pitido final y Sergio Herrera, nuestro loco, le quita la bandera a un aficionado y la ondea por el césped hasta que se sale la tela del mástil. La grada enloquece, lo hemos conseguido; los jugadores se abrazan, lloran, cojean, no pueden más del esfuerzo, pero aún pueden correr hacia graderío sur para dedicar la victoria. Está lloviendo y son más de las 12 y media, es jueves y dentro de pocas horas muchos irán a trabajar con ojeras y una sonrisa más grande que el puente de Triana.

Las semifinales enfrentarán a cuatro equipos, y los cuatro pertenecen a sus socios: F.C. Barcelona, Real Madrid, Athletic Club de Bilbao y Club Atlético Osasuna. Sabemos que ellos nos quieren como rivales. Nosotros, a lo nuestro, porque toque el que toque no nos vamos a rendir. Ellos suman entre los tres 73 copas del Rey ganadas. Osasuna, ninguna. Sabemos que todos los equipos modestos del país están con nosotros, porque es la hora de los humildes, es la hora de hacer historia. Pase lo que pase, estaremos orgullosos. Porque somos Osasuna, y esto nunca va a morir.

Mamitis

Un profesor que impartía lingüística general en la universidad nos decía a los aprendices de filólogos que todo el mundo tiende a opinar sobre el lenguaje porque todos somos hablantes y nuestro idioma materno lo sentimos tan propio como nuestros lunares o el color de nuestros ojos (esto último no lo decía él, pero bueno). Sí que nombraba a menudo a los hablantes diletantes; en su segunda acepción, diletante es la persona que cultiva un arte o una disciplina como aficionado, no como profesional, generalmente por no tener capacidad para ello.

https://www.rae.es/noticia/la-rae-presenta-las-novedades-del-diccionario-de-la-lengua-espanola-en-su-actualizacion-236 Con la presentación de las nuevas incorporaciones del DLE (Diccionario de la Lengua Española), cuya actualización 23.6 cuenta con 3152 novedades, han salido a la palestra las inevitables y quejosas voces diletantes contrarias a la RAE, rancia institución de señoros machistas y anclados al pasado que siguen impenitentemente sin aceptar todes, todxs, tod@s y demás engendros. Una tal Ana Morgade, presentadora popular de televisión que lleva gafas de mentira y alguna vez me ha hecho incluso reír, ha debido de leerse las 3152 novedades de la actualización y ha resaltado de todas ellas mamitis. Además de inflamación de la mamá, la nueva acepción es «excesivo apego a la madre«. Morgade no ha sido la única en saltar a la yugular académica; aquí dejo un artículo con numerosas reacciones: https://www.publico.es/tremending/2022/12/24/la-rae-se-moderniza-mal-lluvia-de-criticas-por-la-definicion-de-mamitis-que-se-ha-incorporado-en-el-diccionario/

En su cuenta de Twitter, Morgade expresa que se le hizo raro que la RAE no añada «PAPITIS también al diccionario. Pero claro, el afecto y el apego solo es excesivo si se tiene hacia una madre, eso está documentadísimo por la universidad de los c0j0nes cuadrados. Circulen, que aquí no pasa nadEN FIN». Lo he copiado textualmente y con la tipografía original de su cuenta @ana_morgade, aquí dejo por si acaso el enlace: https://twitter.com/ana_morgade/status/1606393714913558534?s=20&t=oSzYz9ea-88zvzfT59aXGQ

Imaginemos que es al revés: que papitis está en el diccionario y mamitis no. Las voces exaltadas como la de Ana habrían dicho entonces que no es justo que los bebés y niños pequeños tengan excesivo apego al padre y no a la madre, qué desfachatez no reflejar el amor materno en el diccionario. A ver, Ana: los lexicógrafos introducen nuevas palabras, añaden nuevas acepciones a palabras ya existentes o retiran voces en desuso con arreglo a lo que palpan en el uso de los hablantes, con arreglo a cuánto de documentada está tal o cual palabra en publicaciones coetáneas tales como literatura, prensa, radio, publicaciones científicas y técnicas, etc. Tú puedes utilizar papitis si te place, y cuando esté tan extendida y documentada como mamitis también aparecerá en el diccionario. La buena noticia es que si dices papitis la gente te entenderá porque existe mamitis, simplemente por conciencia metalingüística (por hablar tu mismo idioma, vamos). Como hablantes tenemos un superpoder que es el de crear palabras utilizando los recursos conocidos de nuestro idioma. Te pongo un ejemplo, Ana. ¿Has leído a Julio Cortázar? Pues el adjetivo cortazariano es otra de las novedades del DLE, y está formada por el apellido del escritor y el sufijo -iano, igual que en bolivariano o kantiano. Aunque no sepamos el significado de cortazariano, si sabemos quién es Cortázar deduciremos que hace referencia a ese escritor, porque el sufijo nos informa de ello. Así que, en resumen, tú puedes crear palabras con los recursos del español y te entenderán, es algo que escritores, periodistas, hablantes en general e incluso humoristas ¿como tú? llevan haciendo toda la vida.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Pero, querida, para estar en el diccionario una palabra necesita mucho más. Necesita presencia textual, uso extendido y estar acorde con las normas gramaticales y léxicas del español. Y ser necesaria, además, porque nombra una realidad nueva. Conspiranoico no estaba en el DLE hasta ahora, pero se ha usado tanto en los últimos tiempos que había que incluirla, porque designa un rasgo muy específico de una realidad muy concreta. Las palabras tienen ese nosequé (mira, otra palabra que no está en el diccionario pero podría estarlo): las leemos o escuchamos y sabemos exactamente adónde apuntan, son como una flecha o un letrero luminoso; y sin embargo no siempre son clarividentes, también son equívocas y confunden, son polisémicas, sarcásticas, irónicas, hiperbólicas. Pero son piezas del idioma, un idioma que tú y yo y todos construimos.

El castellano, el español, no es machista ni racista ni clasista, en todo caso lo serían sus hablantes. Y alguien que escribe un diccionario debe reflejar en él los usos de las palabras, nos guste o no lo que designan esas palabras. Ojalá no existieran palabras como subnormal: 1. adj. Dicho de una personaQue tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la considerada normal. U. t. c. s. U. frec. c. insulto o en sent. despect.

A todos nos horroriza (o debería horrorizarnos) que alguien llame subnormal a una persona con discapacidad intelectual. Pero debe estar en el diccionario (y bien señalado su sentido despectivo) porque alguien que está aprendiendo español y desconoce esta palabra debe poder encontrarla en el diccionario, por ejemplo. Si miras en la entrada brazo aparece brazo de gitano como 1. m. Pastel formado por una capa delgada de bizcochocon crema o algún dulce por encimay enrollada en forma de cilindro.

Mientras ese pastel en concreto con esa descripción concreta siga llamándose brazo de gitano, deberá seguir apareciendo en el diccionario. Ese es el quid de la cuestión, querida Ana, no sé si me sigues.

Termino despidiéndome de ti como cuarentañera (nueva incorporación, mucho mejor que cuarentona o cuadragenaria, que ya estaban en el DLE): de cuarentañera a cuarentañera (nos llevamos solamente un año, querida), déjame decirte que ya me tocaste los ovarios bastante cuando hace no mucho en Pasapalabra pusiste verde la canción de Hombres G «Sufre, mamón» por su letra machirula y patriarcal. David Summers ya te contestó adecuadamente. Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, explica: Hemos incorporado ‘mamitis’ y no ‘papitis'», declara Muñoz. Para evitar críticas por cuestiones de género ha añadido a su comunicado que no es que consideren que «una cosa existe y otra no: ‘mamitis’ está documentada y ‘papitis’ no».

Pues eso, Ana. Esperando estoy tu próxima salida de pata de banco en el universo tuitero. Y hablando de Twitter, quiero elogiar y recomendar la cuenta @RAEinforma, que es la de la Real Academia Española. Por medio de su etiqueta #dudaRAE se pueden plantear dudas lingüísticas. Tienen una paciencia infinita con ciertas cuestiones, he aquí un ejemplo de alguien que insistía con la discriminación del género femenino en el idioma y la brillante respuesta de @RAEinforma. Lo mejor es el final.

La intolerancia por bandera

La víspera del Día de la Hispanidad tuvo lugar en Pamplona un encuentro de fútbol amistoso entre las selecciones femeninas de España y EEUU. El Sadar acogió el partido, que era de pago a 5 euros la entrada (y retransmitido por Teledeporte), a las 20:35 horas de un martes víspera de festivo. Fuimos 11.209 personas, cifra que bate hasta ahora todos los récords de asistencia a un partido de la selección femenina de fútbol como equipo local. Por dar una referencia, el último encuentro de Osasuna en El Sadar congregó a 20.260 espectadores.  

El evento fue posible gracias a la colaboración entre Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona y la Federación Navarra de Fútbol, aunque he de decir que no se le dio mucha publicidad. A pesar de ello, la entrada registrada es para estar contentos: el fútbol femenino parece que sigue arrastrando gente a los estadios, claro está que los precios populares también contribuyen a ello.

Había mucha gente joven en las gradas, y el ambiente fue de animación y respeto en todo momento. Los únicos insultos fueron los proferidos antes del partido por ciertos seres mononeuronales que se juntaron en el exterior del campo que creen de su propiedad a gritar “españoles, hijos de p***”. Días antes, estos mismos energúmenos o amigos suyos pintarrajearon su querido Sadar con el precioso mensaje de “p*** España, p*** selección”. Por supuesto, sacaron además su preceptivo comunicado de repulsa, infumable de principio a fin.  

Llevo 32 años yendo a El Sadar como seguidora y socia rojilla, y en todo este tiempo nunca (¡nunca!) hasta este martes 11 de octubre había visto banderas de España poblando las gradas, con la excepción de cuando viene afición visitante, y no siempre. Nadie insultó a nadie, y antes de que alguien diga que a ver a España solo van votantes de derecha, ultraderecha y cayetanos varios, allí estábamos gente de todo pelo, ¡hasta había gente con camisetas de Osasuna! Varios conocidos míos fueron también, y puedo asegurar que ni ellos ni yo respondemos a esa clasificación que muchos dan por sentada.

El Sadar, y especialmente en un sector de la grada, se llena todos los partidos de ikurriñas. Se ve también alguna bandera de Marruecos (por Abde) o de Argentina (por Chimy Ávila), y no hace mucho de Ecuador, por ejemplo (por Estupiñán). Nunca he llevado ninguna bandera al fútbol, solo mi bufanda de Osasuna, pero cuando veo estas y otras banderas no me hierve la sangre ni me entran ganas de insultar a nadie. Se llama respeto. Eso de lo que carecen muchos, que partido tras partido se ganan a pulso multas económicas que, por supuesto, paga el club, porque han insultado a grito pelao al equipo rival, a España, a UPN, a Javier Tebas o a la santa madre del árbitro.  

El odio no es innato, se aprende: lo tengo clarísimo. Te lo pueden inculcar en casa, en el aula o en el grupo de “amigos”. A veces se odia por inercia, por no ser separado del rebaño. Gritas puta España y luego te vas de vacaciones al Puerto de Santa María y te partes el culo porque qué graciosos son los gaditanos, pisha. Los que intentamos respetar a quien no opina como nosotros deberíamos empezar por afear ciertas conductas. Afortunadamente, hace tiempo que se oyen pitidos reprobatorios cuando estos amantes de la tolerancia sacan su lengua a pasear. Que luego animan como nadie, eso no lo discuto. Pero curiosamente aplauden a rabiar el día que la Liga dedica una jornada a reivindicar que no haya racismo en el deporte. Una vez más, el refranero es implacable: consejos vendo y para mí no tengo.

Ah, España ganó 2-0 y jugando muy bien, por cierto. Bravas. Y añado: el pabellón Navarra Arena ya ha acogido partidos de la selección de baloncesto, con gran afluencia de público. Espero que los combinados nacionales de cualquier deporte sigan viniendo a Navarra. Pese a quien le pese.


El cartel

Volviendo de mis vacaciones el 27 de julio iba yo de copiloto en el coche cotilleando Twitter cuando me sorprendió un cartel del Ministerio de Igualdad con el rótulo “El verano también es nuestro”, escrito con una tipografía que me recordaba a la del sorteo de verano de la ONCE o a algo similar. Pero las chicas del cartel no jugaban a la lotería, leí después que eran ejemplos de “cuerpos no normativos” (sic, véase https://www.inmujeres.gob.es/actualidad/noticias/2022/Julio/elveranotambienesnuestro.htm), de cuerpos víctimas de “violencia estética” (sic, de nuevo).
Con el paso de los días se ha ido sabiendo que, por ejemplo, del diseño del cartel se ha encargado Arte Mapache, que a través de Twitter ha pedido disculpas por utilizar una tipografía sin tener la licencia, y también por (y aquí viene lo más chungo) utilizar imágenes de personas reales sin su consentimiento. Textualmente la artista tuiteó: “Mi intención jamás fue hacer abuso de su imagen, sino trasladar en mi ilustración la inspiración que suponen para mí mujeres como ellas, Nyome Nicholas, Raissa Galvão… Su trabajo y su imagen deben ser respetados. Gracias por vuestra labor, incluso en este caso”. Después añadió que de forma privada tratará de solucionar este asunto con las partes implicadas. También la cuenta oficial del Instituto de las Mujeres pidió disculpas: “en ningún momento tuvimos conocimiento de que eran modelos reales. Estamos resolviendo con la autora y vamos a contactar con las modelos para resolver esta cuestión. Pedimos disculpas por el daño ocasionado”. Curiosamente, ni en la cuenta del Instituto ni en la del Ministerio de Igualdad encuentro hoy, 1 de agosto, el famoso cartel. Borrado por arte de magia, también por cierto de sendas páginas web oficiales. Tampoco existe la web de Arte Mapache, borrada también del mapa virtual. Pero les dejo aquí esta noticia donde se ve muy bien el cartel: https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2022/07/29/la-autora-del-cartel-elveranoesnuestro-uso-imagenes-de-modelos-sin-permiso-y-ahora-les-ofrece-repartir-beneficios-1590739.html


Empecemos por el hecho de que alguien que se dedica a la ilustración (su perfil de Twitter dice “artivismo gordo y de la diversidad corporal”) debería saber qué es una licencia o qué ocurre cuando usas una imagen de alguien públicamente. Gisela Escat se llama, se presenta como diseñadora audiovisual, artista multidisciplinar y experta en la autogestión (sea lo que sea eso). Con su trabajo busca “a través de la ilustración y testimonios reales, mostrar la diversidad de cuerpos, romper con la normatividad, dar lugar a otras realidades invisibilizadas, empoderar, liberar, empatizar, formar redes de cuidados, crear nuevos referentes y espacios de reflexión” (fuente: https://okdiario.com/espana/asi-gisela-escat-ilustradora-activista-contra-gordofobia-detras-del-cartel-igualdad-9467726).
La cosa se ha liado bastante porque, claro, estas mujeres del cartel se han quejado con razón de que el gobierno de España haya usado su imagen sin su permiso. Y no solo eso, sino que además se han manipulado estas imágenes. No voy a extenderme mucho, pueden leer al respecto en muchos sitios. El resumen es que a una chica con pierna protésica le han puesto una pierna de verdad y le han pintado pelos en el sobaco y las piernas, a una mujer con doble mastectomía le han puesto un pecho por arte de magia y el otro se lo han dejado extirpado (robando de paso la imagen original a la fotógrafa Ami Barwell en su colección Mastectomy), a otra chica le han cambiado el peinado y añadido celulitis –quizá porque en la realidad sus piernas eran demasiado lisas-, y otra chica de las que están sentadas también se ha visto reconocida (la imagen real era de pie, en el cartel está sentada). Mujeres reales con nombres y apellidos, a algunas de las cuales les han hecho retoques nada inclusivos y sí muy violentos.

Photo by Jonas Ferlin on Pexels.com

Mire, señora ministra: usted ve problemas donde no los hay. Ve discriminación, machismo y violencia donde no los hay. Yo tengo un cuerpo de esos “no normativos”. Con sobrepeso, celulitis, muchísimas pecas, tripa flácida, piel blancucha y talla 44-46. He ido toda mi vida a la piscina, con bañador y con biquini, y un poco menos a la playa por razones geográficas, y jamás, jamás, he sufrido “violencia estética”. Hace cuatro días estaba chapoteando en la Costa del Sol y la gente iba a su bola, y fíjese, lo que abundaban eran los cuerpos nada esculturales. Ni rastro de modelos de pasarela, y todos tan contentos. Nadie me ha dicho nunca ni mu sobre mi precioso cuerpo, cuerpo que me gusta con todos sus rasgos porque me permite llevar una vida plena, está sano y me ha dado dos hijos maravillosos.


En el cartel hay muchos fallos: solo hay mujeres (su ministerio se llama de “Igualdad”), dichas mujeres están ahí sin que nadie les haya preguntado si quieren salir, a algunas les han retocado sus “deficiencias”, ya que parece que la playa está vetada a las personas con prótesis. Es un cartel innecesario, una campaña que no responde a ninguna urgencia social, porque la gente, normalmente, disfruta del verano tenga el cuerpo que tenga. Otra cosa es si su cartera le da para disfrutar del verano, tal como está la inflación, aunque esa es otra cuestión. Da la sensación de que había que gastar en algo la millonada de presupuesto que tiene su ministerio, y esto es lo mejor que se les ha ocurrido. Las posibles demandas con consecuencias económicas supongo que las pagaremos los españoles y que no habrá ninguna dimisión por este motivo.


Habrá quien esté pensando en replicarme con argumentos como que la sociedad ensalza los cuerpos bonitos en la publicidad, que las marcas siempre ponen modelos con determinadas medidas y cánones, y que esto daña a quien no se ve reflejado en esos cuerpos, empujándolo a dejar de comer, a someterse a cirugía o a hacer dietas salvajes y ejercicio a saco para perder unos gramos y parecerse a esa chica de Instagram que tiene tantos seguidores o a aquel maromo musculado y depilado que está como un queso. No lo voy a negar: la imagen vende y mucha gente, sobre todo joven, consume a diario el contenido de estos influencers con cuerpos esculpidos y modélicos, llegando a creer que el éxito en la vida dependerá de nuestra imagen ideal. Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Empezamos a cerrar cuentas de toda la “gente guapa”? ¿Obligamos a las marcas a contratar modelos gordos, feos, con pelo en las orejas, nariz aguileña o con estrabismo, para que cualquiera con un rasgo de estos se sienta plenamente identificado y respetado? ¿Va a estar prohibida la belleza? ¿O hay alguien tan hipócrita que prefiera ver un cuerpo con molletes y lorzas en una valla publicitaria antes que a un tío buenorro o a una mujer de piernas infinitas? Y no me digan que a ver quién determina qué es bello y qué no lo es. Bueno sí, ya sé la respuesta: el heteropatriarcado, ¿verdad, Irene?


Sé que es un tema peliagudo, y empiezo a abrir el paraguas para recoger la lluvia de críticas que vendrá. La sociedad es diversa, siempre lo ha sido y lo es cada vez más: diferentes etnias, cuerpos, caras, orientaciones sexuales, discapacidades, colores de piel. El secreto está en enseñar a respetar a las personas sin etiquetarlas. Respeta a todo el mundo, no respeta al gay, respeta al negro, respeta al transexual, respeta al ateo, al discapacitado, a la lesbiana, al gordo, al feo, al calvo, al pobre, al rico. Cuando dejen de poner etiquetas para resaltar la diferencia, desaparecerán las diferencias. Y que dejen de tirar el dinero de nuestros impuestos en tonterías, ya de paso.