Cuento de nah-vidad

Hace no muchos años, la magia y el olfato de los grandes magnates del comercio dieron vida a tres pequeños elfos de nahvidad: Zampa, Pimpla y Despilfarra. Su tamaño es imperceptible para el ojo humano, pero con sus poderes mágicos se instalan en el cerebro de niños y mayores moldeando la voluntad de las personas a su antojo, o más bien en pro del interés de quienes los crearon con ese fin.

Estos pequeños seres vestidos de rayas rojas y blancas, con gorro y zapatos puntiagudos y cara de pillastres consiguen que el paso de las hojas del calendario se acelere como un cohete supersónico, y que la noche de Halloween, alojada en el 31 de octubre, dé paso, solo un día inmediatamente después, a la carrera frenética hacia la nahvidad.

Nada más despuntar noviembre todo huele a nahvidad: hay turrones y mazapanes en los supermercados, guirnaldas y árboles con espumillón de mil colores, galletas de jengibre, renos y papanoeles, infinidad de luces parpadeantes en ventanas y balcones y en las calles de las ciudades; suenan jingle-bells y all-I-want-for-Christmas-is-you. Para contribuir a la carrera frenética llega también el black Friday o los black days, con descuentos increíbles (precisamente eso, increíbles) para que las personas, avivadas por el ahorro, satisfagan el susurro imperioso que late en su cabeza y que proviene de la magia poderosa de Zampa, Pimpla y Despilfarra, los elfos de nahvidad.

Las carteras y las tarjetas de crédito se vacían para poblar y saturar los hogares con manjares suculentos, vinos y bebidas alcohólicas de todo tipo, dulces típicos y dulces importados: panetone, barras de chocolate Dubái, Baklava, dátiles. Las personas se vuelven locas buscando los regalos perfectos para toda la familia, creyendo que esa cartera de piel o esa novela best-seller que compran para la cuñada que no soportan el resto del año les hará quedar bien y cumplir el expediente.

Photo by Marta Wave on Pexels.com

Crear la atmósfera idónea es muy importante, y Zampa, Pimpla y Despilfarra son expertos. Llenan diciembre de comidas y cenas de empresa, quedadas con los del instituto, las del gimnasio, los de pádel. Brindis por aquí y por allá, ruido, música y desenfreno. Se trata de consumir, gastar y no pensar, no detenerse ni para mirar el extracto del banco. No hay dolor ni arrepentimiento, es lo que hay que hacer en estas fechas, y si hay gente que puede permitírselo, también los elfos intentan que a algunos se les ocurra hacer un viaje exótico para celebrar la nah-vidad y colgar cientos de fotos en Instagram con el hashtag #merrychristmas.

Y en mitad de todo este desenfreno existen seres arrebujados bajo una manta raída que ven pasar las piernas de la marabunta consumidora. Solo de vez en cuando algunas piernas se detienen y una mano arroja unas monedas al cestillo que sigue todavía muy vacío después del paso de muchas horas y de mucho frío y de mucha soledad y desesperanza.

Esos seres arrebujados bajo una manta raída quizá recuerdan todavía con añoranza esos días de diciembre con castañas calientes en las manos, alrededor de una mesa a la que se sentaban familiares que se marcharon de este mundo ya, y en la que se servía consomé y merluza en salsa verde. A los postres se sacaban los mazapanes, el turrón duro y el blando y algún polvorón; se tocaba la pandereta y la zambomba y se cantaba Los peces en el río y El tamborilero. Los regalos eran humildes y siempre eran objetos que se necesitaban. Presidiendo el hogar estaba el portal de Belén, y no había luces de colores pero sí mucho amor y otra calma de vivir.

Desde la oscuridad de un refugio improvisado al calor de los animales, con la sola luz de una estrella en el cielo que guía hacia la luz más refulgente y hermosa, hay un Niño que no puede creer en qué se ha convertido lo que un día fue Navidad. En nada, en vacío, en nah. En nahvidad.

Vamos de cumple

En cosa de dos o tres meses he llevado a mi hija pequeña a dos cumpleaños de compañeros de clase que cumplían siete años. Hace poco hemos celebrado de manera similar el cumpleaños del mayor. Ninguna de las tres «fiestas» tienen nada que ver con cómo celebrábamos los cumples cuando yo era niña.

Se invitaba a los mejores amigos del cole a merendar a casa. La mamá ponía medias noches con nocilla o chorizo, gusanitos, patatas de bolsa y refrescos, nos apretujábamos en la cocina y mojábamos los ganchitos en cocacola, y cantábamos el cumpleaños feliz ante un bizcocho casero que devorábamos antes de irnos a jugar a la habitación del homenajeado. Si era en tiempo bueno, salíamos al parque a jugar. Los papás de los invitados rara vez se quedaban: volvían un par de horas o tres más tarde a recoger a sus hijos. A veces había regalos, que solían ser libros de Barco de Vapor o puzzles o unos rotus Carioca. Como yo cumplo en agosto, a casa venían solo mis amigas muy amigas, porque seguíamos viéndonos en verano, pero no invitaba a otros niños de mi clase: cumplir en verano tiene esa desventaja de dejar de verse. No tengo recuerdo de cuándo empecé a celebrar así mi cumple, pero no creo que fuera antes de los nueve años.

Los padres de hoy en día organizamos fiestas de cumpleaños a nuestros hijos en cuanto empiezan el colegio con tres años; algunos, aún en la guardería, montan unos saraos con cientos de globos, decoración temática y tarta de tres pisos e invitan a toda la familia, familia política y primos lejanos incluidos. Y el niño en cuestión no ha dejado todavía los pañales ni recordará jamás ese primer cumpleaños hiperbólico. Estas nuevas ¿tradiciones? las considero llegadas fundamentalmente de América latina: hasta hace poco tiempo a los españolitos no se nos hubiera ocurrido montar estas parties.

Photo by Rodrigo Souza on Pexels.com

Confieso que me metí en esta noria de las fiestas de cumpleaños cuando a mi hijo mayor lo invitó un compañero a los tres años. Las madres en aquel momento ni nos conocíamos apenas, y sonrío porque hoy, varios años después, ya las considero mis amigas. Aquel primer cumpleaños tuvo los mismos ingredientes que los que fueron llegando en años sucesivos: parque infantil integrado en centro comercial, merienda poco o nada sana; niños hiperestimulados y sudorosos dándolo todo en el hinchable, los laberintos y la piscina de bolas; padres alrededor de la mesa sirviendo platos de tarta del Mercadona y tratando de ser sociables con otros padres desconocidos que, a fuerza de juntarse en otros cumpleaños, irán dejando de ser tan desconocidos.

Me he encontrado con opiniones contrarias a estas celebraciones: la última, la de la peluquera, también madre y con niños de las edades de los míos. Padres como ella arguyen que, al no ser viable invitar a toda la clase, quienes no son invitados se sienten excluidos. Añaden que se fomenta además el consumismo y el recibir regalo de cada uno de los amiguitos del cumple. Proponen concentrar trimestralmente en un mismo día todos los cumpleaños de ese periodo y celebrarlos con toda la clase en el patio del colegio o en un parque al aire libre, sin regalos; me explicó que en la ikastola de sus hijos se juntan en el comedor para tal propósito. No me parece mala propuesta si tienen ese lugar cerrado (en invierno es un problema querer celebrar nada a la intemperie); tampoco es mala idea si los padres (y madres, claro) en cuestión están todos de acuerdo, se llevan bien y organizan adecuadamente el tinglado. Otra ventaja es que en una tarde te ventilas de un plumazo unos cuantos cumpleaños que, de haber sido por separado, te hubiesen jorobado varios fines de semana del año y te hubiesen obligado a comprar algún juguete por compromiso y con tique regalo por si lo quieren cambiar por otra cosa.

Como digo, son varias las ventajas. Sin embargo, en mi experiencia personal, creo que conceder protagonismo a mis hijos cuando llega su cumpleaños y darles la oportunidad de celebrarlo con sus mejores amigos es un pequeño sacrificio que estoy dispuesta a hacer. Otros padres se gastan burradas más a menudo que yo en ir a cenar porquerías con los niños, en que jueguen a las maquinitas del centro comercial o en unas zapatillas de marca para su retoño. O les sueltan un móvil de 400 euros en su primera comunión. Por supuesto, nadie tiene obligación de aceptar la invitación a una fiesta de cumpleaños: parece perogrullada pero existe la opción de decir no, gracias. Tampoco dice en ningún sitio que haya que ir con un regalo para el cumpleañero. Mis hijos invitan a quienes quieren, y suelen ser poquitos niños; por descontado, reparten las invitaciones sin que se entere toda la clase, aunque ya sabemos que los niños luego lo van largando todo. Mis hijos saben que la propia fiesta ya es un regalo de nuestra parte: no reciben paquete alguno de papá y mamá. Con la dichosa pandemia dejamos de hacer la celebración: mi hija no tuvo «fiesta» ni en 2021 ni en 2022 porque ambos años, en enero, el virus estaba desatado. Mi hijo se perdió solo la de 2020, ha tenido más suerte. No van a ser niños eternamente, y no me arrepiento de haberles organizado siempre que se ha podido su pertinente combinado de camas elásticas, hinchables, coches de choque, pizza, chuches y hasta partida de bolos. Ver sus caras y las de sus amigos es la mejor recompensa. Ya llegará el día en que echaremos todo esto de menos.