Junio extraño

El que termina ahora en junio es el quinto curso escolar en el que no existe la recuperación de septiembre. Fue a partir del curso 2021-2022 cuando un alumno con una o varias asignaturas suspensas ya no podía examinarse en septiembre tras un verano de estudio entre chapuzón y chapuzón. Desde entonces la evaluación del curso termina en junio, y es durante las últimas semanas de ese mes cuando tienen lugar los exámenes de recuperación.


Los alumnos que, a primeros de junio, con la entrega de notas, tienen todo aprobado, deben seguir asistiendo a clase hasta mediados de mes, al igual que quienes tienen los exámenes de recuperación de junio. Estos últimos reciben clases de repaso dentro de la jornada lectiva, aunque muchos se quedan en casa estudiando. Son días lectivos, siento repetirme; así lo marca la resolución que anualmente dicta el Director General de Educación y Formación Profesional en Navarra.


Los afortunados que han aprobado todas las materias se ven ante la siguiente disyuntiva: ir al instituto y encontrarse con aulas semivacías en las que no se imparte materia ni se rellena el tiempo con nada productivo o quedarse en casa y que sus padres presenten un justificante de enfermedad u otra circunstancia eximente de acudir a clase. Esta trampilla no me la estoy inventando, así lo dicen los tutores directamente a sus alumnos.


Por lo que me cuenta mi hijo, hay profesores que al menos rellenan estos extraños días con actividades menos académicas (un concurso de preguntas, ver una película y mantener un posterior debate sobre ella, incluso tomar un pequeño almuerzo de picoteo para despedir el curso), pero otros llegan al aula y, viendo que tienen tres o cuatro alumnos, les dan vía libre para que adelanten o alarguen el recreo o jueguen a algo en el Chromebook. A veces concentran en una misma aula a alumnos de diferentes “letras” (3º. A, 3º. C y 3º. E, por ejemplo) para que no haya dos alumnos en un aula, tres en otra y cuatro en una tercera, y así por lo menos un mismo profesor los tiene a todos juntos, y los otros compañeros docentes pueden dedicarse a otra cosa.


Este año, en el instituto de mi hijo, se ha programado para todo el alumnado que ha aprobado el curso la proyección de tres películas en el salón de actos y en horario lectivo para que, al menos, tengan “algo que hacer”. Supongo que tratan de incentivar así que acudan al instituto y no se queden por ahí en la calle. Desconozco si la medida ha tenido éxito.


Como madre, y como alumna de instituto que fui en su día, no entiendo estas vacaciones adelantadas. Siguen siendo menores de edad que deben asistir a clase mientras dure el periodo lectivo; los padres tenemos que trabajar y confiamos en que están en el instituto hasta la hora de comer. Qué sentido tiene que sigan madrugando, vayan a clase durante semana y media después de publicarse las notas, y no hagan absolutamente nada. Pues que se queden en casa, me dirán. Ellos, además, esgrimen el argumento de “mis amigos no van a clase, yo tampoco quiero ir”.


No, miren, no; y si el problema es que el profesorado está con los alumnos de la recuperación y no puede ocuparse del resto, que el departamento de Educación busque soluciones: contratación temporal que cubra esos días prevacacionales y mantenga a los alumnos aprobados dentro de clase y aprendiendo algo.
Se les puede hablar de hábitos de salud, se les puede instruir en economía básica para la vida, explicarles conceptos del mundo laboral, enseñarles una receta de cocina, medidas preventivas de seguridad alimentaria, primeros auxilios, qué valores mide un análisis de sangre… ¡Cientos de cosas!


No olvidemos que están cursando Educación Secundaria Obligatoria. ¡Obligatoria! Los de bachiller van a clase si quieren, pero en la ESO la asistencia es obligatoria, o así lo entiendo yo, o quizá estoy equivocada y todo esto es lo más normal del mundo y no tengo derecho a quejarme.

De tarea

Me he dado cuenta de que en 2024 llevo publicadas trece entradas en el blog, así que, aunque no soy supersticiosa, vaya aquí la decimocuarta para no conjurar la mala suerte en el último día del año.

Un año más se me han vuelto a pasar los 365 días + 1 (ya que fue bisiesto) volando. Entre trabajar, los niños, los quehaceres cotidianos y los imprevistos que se inventa la vida, se acaba ya el año en que cumplí 44. Qué razón tenía mi abuelo cuando me decía que, pasando de los 18 años, el tiempo corría que se las pela. Sin darme ni cuenta ya tengo un hijo adolescente y otra cada vez más cerca de serlo. Confieso que a veces me entra morriña y desearía, por un minuto, que menguaran y volviesen a gatear, balbucear y tener esa textura blandita y achuchable de bebés. Después se me pasa, claro, pero algo ha detectado el algoritmo del móvil que no hace más que proponerme vídeos de bebés monísimos.

Las peleas ahora no son para que coman, duerman la siesta o se les pase una rabieta. Los esfuerzos se centran en combatir el exceso de pantallas, en que se concentren por más de treinta minutos seguidos para realizar una tarea o estudiar para un examen, en que lean, salgan a la calle, hagan deporte y les dé el aire, desarrollen su personalidad y eviten las malas compañías. En definitiva, estas y otras batallas libradas cada día por padres y madres de adolescentes tienen lugar en un escenario a veces nada alentador: llegamos del trabajo cansados, nuestros hijos regresan también de una jornada intensa que los ha levantado a las siete de la mañana y los ha tenido en clase seis horas. Tras la comida quieren descansar un poco, pero enseguida han de enfrentarse a los deberes. LA TAREA.

Añadamos otro ingrediente: las nuevas tecnologías. En secundaria utilizan el chromebook para todo. Los profesores suben al classroom (de Google) las tareas de su asignatura: tal o cual ejercicio en tal o cual formato y su fecha de entrega. El alumno se acostumbra o se tiene que acostumbrar a diseñar presentaciones, crear diapositivas, contestar kahoots o interpretar mapas virtuales, o simplemente contestar preguntas, pero en el chromebook: realiza la mayor parte de sus tareas en una pantalla, la mayoría de las veces por pura intuición o aprendiendo a base de errores, ya que manejan aplicaciones que sus padres desconocen por mera brecha generacional.

Supongo que a los profesores les resultará mucho más cómodo corregir treinta o cincuenta ejercicios y trabajos que llegan directamente a su cuenta de classroom, donde controlarán fácilmente quién ha entregado la tarea a tiempo y quién no, donde corregirán y evaluarán a golpe de ratón y devolverán la calificación con un clic. Supongo, también, que no les queda otra porque son directrices de los de arriba, y que habrá muchos docentes contrarios a estas prácticas.

Pues bien, voy a hablar por boca de mi hijo. Está en segundo de ESO y ya está harto de tanto chromebook y tanta pantalla. Cree (y estoy de acuerdo con él) que tardaría la mitad de tiempo en hacer esas mismas tareas en papel. Luego está la cuestión de si se exceden o no con la cantidad de tareas. Al mío le ha caído en suerte -más bien en desgracia- una profesora de física y química que no descansa un solo día: todos los días que toca su asignatura vuelve mi hijo con tarea. Como además no le gusta la materia, es un suplicio enfrentarse todas las tardes y muchos fines de semana a esos deberes. Igual la clave no es la cantidad y la frecuencia de esas tareas, sino la calidad. Valdría más la pena centrarse en tareas importantes, realizadas en clase, y corregidas y explicadas delante de los alumnos, que mandar a diario ejercicios sin ton ni son que solo se califican, sin entrar en explicaciones de dónde se ha fallado o qué se puede mejorar.

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¿Cómo vamos a fomentar que nuestros adolescentes realicen actividades al aire libre o socialicen fuera de una pantalla o del WhatsApp si pasan las tardes encerrados en su habitación despachando deberes mirando una pantalla?

Habrá quien me diga que estamos en el siglo XXI y hay que evolucionar con los tiempos: que las nuevas tecnologías son cruciales para nuestra forma de vivir y trabajar, y que los estudiantes de hoy son los adultos del mañana y deben ser competentes en el uso de aplicaciones digitales de toda índole. Mi opinión es que algo de esto es cierto, pero sin excedernos.

La escritura y el uso del papel y de los libros de texto son cruciales en el aprendizaje, y muchos estudios avalan esta postura. Y ahora que menciono la escritura: mi hija está en cuarto de primaria y sus profesoras les están mandando copiar a mano, como una tarea más que añadir a las divisiones o al inglés, textos de cuentos tradicionales para que practiquen la caligrafía, la ortografía y la presentación escrita. Deben escribir un trocito cada semana, ya que han detectado que la letra les ha empeorado desde infantil, en muchos casos. Por qué será que al final se vuelve a la enseñanza tradicional.

En fin, ya perdonarán estas disertaciones. Tenía ganas de desahogarme sobre estos temas y se me ha echado el año encima. Que Dios nos asista, que nos queda más de la mitad de la secundaria aún.

Muy feliz año nuevo, que 2025 les traiga salud, buenas noticias y días felices.