Miedo

De las aglomeraciones en sitios cerrados, de tocar algo y no lavarnos las manos (¿dónde he dejado el hidrogel?), de ir a un bar, de tocar la mascarilla para ajustarla mejor, aunque no se debe tocar, no, no, no, no toques. De quedar con amigos a los que estoy deseando ver, tocar, abrazar. De los desconocidos que van con la nariz al aire, o se han tocado la cara para luego tocar otra cosa. De que mis hijos jueguen en el parque con niños completamente desconocidos, muchos de los cuales no llevan mascarilla porque de 6 a 12 años no es obligatorio mientras guarden 1,5 metros de distancia (que no guardan). De ir a la piscina (cuánto la echamos de menos). La playa no, no la echo nada de menos (quien me conoce o ha leído un poco este blog, sabe que odio la playa). De ir de tiendas, probar un pantalón, una camisa, una blusa. No, no, no, no te arriesgues, no.

Miedo. Llevamos desde marzo con el miedo metido en el cuerpo, y nos estamos olvidando de vivir. Nuestro presente está invadido por el miedo, pero también el futuro más próximo. ¿Trabajaremos? ¿Cómo será la vuelta a las aulas, si es que se da? ¿Nos volverán a confinar? ¿Contagiaré, sin saberlo, a mi abuelo, a mis padres?

El enemigo está ahí fuera, nos lo han grabado a fuego, nos lo repetimos día a día. Es un enemigo invisible, no sabes cuándo ataca, no sabes quién ya ha sido atacado. Pero ¡no se puede vivir con miedo! Vivir es un morir lentamente, nos guste o no. Se puede vivir en la angustia, atenazado, alerta, temeroso, receloso de todo y de todos, siempre en pro de la seguridad y de preservar la salud. Pero no es vivir. Lejos de fortalecernos, nos debilita.

Viajamos en coche, continuamente. Nos ponemos el cinturón, respetamos los límites de velocidad e intentamos conducir con los cinco sentidos. Estas son nuestras mascarillas a la hora de coger el coche. ¿Significa eso que no pueda llegar un loco, un borracho, un metepatas, y nos haga sufrir un accidente fatal? No estamos a salvo nunca: es un virus, pero es también una caída, un accidente, un cáncer. La vida es corta y única.

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Soy consciente de lo poco estructurado de esta entrada, y es a propósito, porque la cabeza no para de dar vueltas desde hace meses. Ha sido una primavera entre cuatro paredes y está siendo un verano de mierda, con perdón, y lo que espera a la vuelta no depara cosas más halagüeñas. Hay necesidad de descargar, desahogarse, llorar si hace falta. Hemos vivido un duelo, pasando de la negación o incredulidad a la rabia, la negociación, la depresión, la aceptación, y no precisamente en ese mismo orden, porque todos estos estados de ánimo se repiten, se entrecruzan, vuelven a la carga.

Me digo hoy: ¡basta ya! Voy a seguir siendo precavida, con mascarilla como cinturón de seguridad, con distancia e higiene como límites de velocidad. Pero con ganas de vivir, de ser consciente de todo lo bueno que me rodea, de ser agradecida. Lucharé para que mis hijos y todos los que me importan sean felices en esta nueva forma de estar y de convivir. Sin miedo. Y si vienen mal dadas, lo afrontaremos juntos.

Los olvidados

Aún a riesgo de tener que retractarme -ojalá- porque, pasados unos días, rectifiquen tamaña sandez, necesito despacharme contra quienes han alumbrado la feliz idea de que, tal como se anunció que el día 27 de abril los niños podrían salir a la calle aquí en España, esa salida vaya a ser solamente para acompañar a uno de los progenitores a la compra, al banco, a la farmacia, al cajero o al quiosco de prensa.

Les voy a hablar como madre, señores gobernantes. ¿Ustedes creen, sinceramente, que el mejor lugar al que pueden ir los niños es el supermercado o la farmacia? Me da igual si es una tienda pequeñita de barrio. ¿Saben lo que hacen los niños en las tiendas? Tocan el género, tocan las cestas o carros, se acercan a la gente, les hablan. Se les caen las cosas al suelo, piden desaforadamente que les compres un huevo Kinder, un juguete, unas chuches, una muñeca chochona. Estornudan, tosen, se limpian los mocos con la mano. Si ven otros niños cerca, es probable que entablen relación, se acerquen, hablen. No me digan que todo esto es responsabilidad de los padres, porque me gustaría verles a ustedes haciendo la compra semanal con mascarilla y guantes, guardando las distancias, evitando los pasillos más concurridos y al mismo tiempo vigilando a uno, dos, tres o más hijos. Si estamos haciendo compras espaciadas para evitar ir al supermercado a menudo porque es un riesgo, no nos digan que ahora «podemos» llevarnos a los críos.

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Los niños, en general, lo están soportando muy bien, mejor que los mayores. Desde mi experiencia -y la de otros padres con los que hablo-, no protestan demasiado por tener que estar en casa, están con la sonrisa siempre y, aunque se aburren muchas veces, lo están sobrellevando muy bien. Eso no significa que les tengan que quitar sus derechos. Se pueden organizar salidas controladas, con horarios por franjas de edad. Incluso, para evitar masificación, podría establecerse que los días pares salgan los que vivan en portales pares, y los impares los de portales impares. No se trataría de salir a diario. Podría salir uno de los padres con los niños de la mano, con la premisa de no tocar manillas de puertas (las de la finca en la que vivan) ni mobiliario urbano. Simplemente se trataría de dar un paseo sin interferir con otras familias, sin contacto. Solo su padre o su madre y ellos. Lo agradecerían muchísimo, y más ahora en primavera que los días alargan y luce el sol (algunos días, hoy hace frío y quiere llover). Estos días leemos por doquier informes de expertos en infancia recalcando la importancia de salir al exterior para el desarrollo cognitivo y todas esas cosas que dicen los que saben del tema. En ningún lado he leído yo que lo que los niños necesiten sea acompañar a sus padres a «hacer recados».

¿Están buscando la desobediencia civil? Quizá necesitan aumentar el acopio de multas, no lo sé. A mí me dan ganas de bajar a por el pan con mis niños y, con la barra en la mano, darme unas cuantas vueltas al barrio. A ver si me pillan y tienen la cara dura de decirme que me estoy saltando el confinamiento y que estoy poniendo en peligro a mis vecinos. Por cierto, que algunas personas aprovechan para señalarnos con el dedo a los padres y decirnos que, en el fondo, utilizaremos a los hijos como excusa para salir más. Que nos pensábamos que el gobierno nos iba a dar carta blanca para sacar las bicis y el patinete y ahora nos tenemos que fastidiar porque lo que solo podremos hacer es lo que ya se permitía hacer, pero acompañados por las criaturas. Pues miren, no. A mis hijos los quiero demasiado para utilizarlos de excusa para salir. Si quiero que salgan, es para que estiren las piernas, vean un pájaro o dos volar, sientan el viento, el sol, hagan un collar de margaritas o jueguen a ver formas en las nubes. Media hora al día, no pido más. Si quiero que salgan, no es para meterlos en el súper y que me vuelvan loca y acabe gritándoles que no toquen nada, que se van a contagiar, nos van a contagiar a los padres, y vamos a acabar en el hospital. No quiero que vivan el miedo, ya lo vivimos los mayores en su lugar.